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martes, 2 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Ricardo Piglia, narrador argentino

   En "Babelia":

Ricardo Piglia: “La literatura es el escudo de los tímidos”

El autor de 'Plata quemada' publica su 'Antología personal', que incluye textos inéditos y que será presentada en la Feria de Guadalajara


Ricardo Piglia recuerda la lectura decisiva del primer libro de cuentos de Ernest Hemingway. / MARIANA ELIANO
El primer recuerdo de Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1941) es el de su abuelo leyendo, y la imagen que él deja es también la de un hombre leyendo. Acodado en una silla, al aire libre, en Xalapa, México, hace años, este hombre, uno de los más importantes escritores vivos de Argentina (y de la lengua española), hablaba sobre Jorge Luis Borges ante un auditorio fascinado, como si de pronto de las palabras de Piglia fuera a hacerse presente el famoso ciego de Maipú.
Esa magia de lector está también en su escritura, que es, por otra parte, la de un narrador leyendo. Y esa fascinación por la palabra, que traslada en los libros y en persona, como autor y como profesor, proviene de ahí, de esa primera imagen, “mi abuelo leyendo, la sensación de asombro que me provocaba ver a un hombre tan abstraído en la biblioteca… Había muerto su mujer y el abuelo vivía con nosotros en esa época”.
El calendario del abuelo estaba fijo en el día de esa muerte, 25 de agosto de 1943. “Yo tenía tres años. Estoy mirando y no sé muy bien qué hacer porque él está como ausente. Luego hay un corte. Yo me subo a una silla, bajo un libro azul de la estantería y me siento en el umbral de mi casa, es una calle muy tranquila cerca de la estación. Cada media hora pasaba la gente que llegaba en tren desde la capital y yo me siento ahí para hacerme ver leyendo. Algo que he hecho toda la vida: hacerme ver leyendo. Veo una sombra que me dice que tengo el libro al revés. ¡Debe haber sido Borges, ja ja!, ¡a qué otro se le puede ocurrir tener esa precisión pedagógica! Un día le pregunté a mi padre cuál podría ser ese libro y mi padre, que era muy irónico, me dijo: ‘Sería el libro azul del peronismo’, ¡ja ja ja!”.
La infancia, en todo caso, “hizo de mí el escritor que soy, muy interesado en los libros… A veces me recuerdo con un libro, regalado o comprado, tengo la sensación de que fue importante, pero no recuerdo el contenido: como si la imagen del libro fuera lo fundamental”. No fue la infancia de un lector, pues, la de Ricardo Piglia, sino “la de un niño que jugaba al billar y al fútbol” que aprendió a leer deletreando el nombre de la casa de los abuelos. La madre le enseñó esas letras.

Bibliografía

Jaulario (1967). La edición cubana de este primer libro de relatos fue reeditada, corregida y ampliada bajo el título La invasión ese mismo año (1967). Cuatro décadas después, La invasión (2007) fue corregida de nuevo y reeditada por Anagrama.
Respiración artificial (1980) fue su primera novela, marcó un antes y un después, y descubrió su peculiar mente y su pluma. Su protagonista, Emilio Renzi, reaparece en las cuatro nouvelles de Prisión perpetua (Sudamericana, 1988). Más de una década después llegó el éxito de Plata quemada (Planeta, 1997), y más recientemente, Blanco nocturno (Anagrama, 2010) y El camino de Ida (Anagrama, 2013).
Crítica y ficción (Anagrama, 2001) amplía la primera edición sumando a los ensayos charlas y entrevistas.
La crónica escrita por Ricardo Piglia sobre la muerte de la madre forma parte de los textos que lloran solos: “Llevaba un vestido azul, su imagen en el recuerdo es más nítida que la luz de esta lámpara, siempre estaba alegre. Al final, entre leves delirios, preguntó: ‘¿Qué dice usted?’, y sonrió antes de morir. Yo no estaba ahí, ¡oh, madre!”…
“Yo no estaba ahí… Estaba en Princeton, no me daba tiempo a llegar, me contaron lo que había pasado. Tenía 92 años, murió lúcida. Para mí fue triste, siempre lo es no estar en el entierro de tus padres porque es como que no mueren; por eso me sucede que siempre viene esa sensación de que tengo que llamarla… Con mi padre estuve el último mes de su vida, falleció a los 75 años, en 1990. Los padres son destinatarios de lo que hacemos, diría que en un sentido muy secreto, como figuras que luego se reproducen en amigos y enemigos. ¡Y yo me he peleado mucho con ellos!”.
El padre, médico, fue peronista, “y yo mismo lo fui, de niño: era una manera de ser argentino, no era nada que se pudiera elegir… A mi padre venían a verlo sus amigos con unos grabadores que tenían la voz de Juan Domingo Perón. Una voz totalmente abstracta, que venía de Madrid, enviada por Perón desde su retiro. Como tardaban en llegar las cintas, en ellas Perón no podía decir nada concreto sobre lo que estuviera pasando… Hay algo de espiritista en el peronismo: siempre hay una voz que viene desde algún lado remoto”.
Cuando dejó la casa, a los 23 años, para irse a estudiar a Buenos Aires, Ricardo cenó con los padres, “y la madre estuvo llorando hasta la salida del tren: se iba el hijo”. Los dos le dieron lo que es: literatura y narración. “La literatura me la dio mi padre, lector como su padre. Y mi madre me dio la narración. La familia de mi madre era muy grande: tenía al que se había ido a África, el estafador, el borracho, el más simpático, la que estaba loca… Había todo un repertorio de historias de personajes que después yo encontraba en otros sitios. Y mi madre tenía una cualidad que siempre he valorado y que creo que es su gran lección: nunca juzgaba a nadie, ¡los consideraba parientes! Si había una asesina en serie, mi madre decía: ‘Bueno, siempre fue un poco nerviosa’… Como si fueran parientes. Un día me dijo: ‘¡Mira, en la Biblia todos eran parientes!’. Me sirvió mucho para adoptar el punto de vista del narrador; trabajar con los personajes como si fueran parientes”.
En todas sus novelas alguien acecha, como acechan los niños. “Quizá eso sea también la mirada del niño, la mirada que yo tenía cuando escuchaba aquellas historias. Me entusiasma contar historias que vayan más allá de la experiencia de mis lectores. Y he intentado hacerlo. Me gustan las historias muy cotidianas. Mi pulsión narrativa, lo que hace que me entusiasme y escriba una novela viene de ahí, de lo que sentía escuchando contar a mi madre. Siempre tiene que haber un personaje que esté haciendo cosas que se escapan un poco a mi propio registro”. Ese es el registro “en el que yo imagino que se mueven los lectores que lo conocen”.

"A medida que vas escribiendo un diario te das cuenta de que las grandes decisiones las tomas sin darte cuenta"
Y el ejemplo máximo, cree él, es Plata quemada: “Ahí me manejo con personajes muy alejados de mí; el reto es imaginar cómo piensan y cómo sienten. Me parece que tiene algo que ver con estas mitologías familiares. Nuestros abuelos eran más épicos que nosotros: agarraban un barco, se iban a cualquier parte; nosotros nos desesperamos si no nos vienen a buscar a los aeropuertos… Fíjate, es algo que admiro mucho: agarraban a su familia y se iban a un lugar desconocido. Por eso creo que las historias de la familia son un repertorio heroico”.
Así que ese es el poso de la literatura. ¿Y cuándo ellos se van? “Tuve una crisis seria cuando murió mi padre; tenía 50 años y me costó mucho recuperarme. Creo que por eso me divorcié de mi tercera mujer…, ese tipo de crisis que nunca acabas de entender cómo vienen. La muerte aparece, viví la experiencia de estar mientras él moría y fue algo durísimo. No tenía ninguna esperanza; sabía que no había solución médica, él además era médico. Fue un golpe muy duro que tardó tiempo en desvanecerse… En el caso de mi madre la ausencia es nostalgia… El camino de Ida a lo mejor la retrata de joven… A veces imagino lo que puede ser perderlos cuando se es muy chico; debe ser una experiencia durísima y rarísima. Mi padre, que era muy lúcido, se resistió mucho a mi tendencia a estudiar literatura. Mi madre, en cambio, tendía a justificar todo lo que se moviera en su ámbito”.
Hubo, claro, lecturas decisivas. Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, por supuesto. “Pero una de las lecturas que recuerdo como muy decisivas es el primer libro de cuentos de Ernest Hemingway, el maestro de la elipsis, donde los sentimientos, aunque van por abajo, son fortísimos. Precisamente por eso no se habla de ello nunca directamente… No digo que esos relatos hayan constituido mi modo de ser, para nada, pero sí encontré algo que yo quería hacer y no sabía cómo”.
En ese lado de la vida es cuando se le recuerda a Ricardo Piglia su carácter reservado: como si el niño que lo mira ahí se hiciera tímido. “Es como si la reserva fuera el escudo de los corazones demasiado sensibles, una manera de preservar ciertas marcas que son muy fuertes. Tengo pasión por la amistad, he tenido muchos amigos a lo largo de la vida, con los que he mantenido relaciones muy intensas. Pero siempre han sido relaciones que han estado definidas por esa incapacidad o por el estilo de no hacer visible lo que estaba pasando. O hablar de ello, pero de una manera desplazada. Y lo mismo pasa con las mujeres”.
—¿Hubo alguna situación en la infancia o en la adolescencia que acentuó esa reserva?

"Mi pulsión narrativa, lo que hace que me entusiasme y escriba una novela viene de lo que sentía escuchando contar a mi madre"
—Creo que para muchos la literatura fue el escudo de los tímidos y de los que teníamos tendencia a cierto retraimiento. Es un refugio, un modo de encontrar un lugar que ya tiene socialmente su legitimidad… Es un elemento muy íntimo de mi manera de ser: cierta reserva respecto a ser explícito con los sentimientos… He sido alguien que, junto a esos momentos más decisivos, he tenido una vida social activa, como estudiante, como escritor… He estado en la vida pública con fluidez, pero siempre había detrás como un secreto. Las horas de soledad, la lectura, después del ajetreo, son de gran felicidad.
Piglia el lector. Cuenta una anécdota. “Es la adolescencia. Cortejo a una muchacha bellísima. Ella me pregunta: ‘¿Qué has estado leyendo?’. Le digo que La peste, de Camus. Me la pide. Entonces la arrugo, para que parezca leída, y se la llevo. A partir de ahí empecé a leer sin parar”.
Ese lector está en El último lector; y como en todas partes, pero sobre todo en sus diarios (que aquí pudieron leer los que leen Babelia), hay confesiones espeluznantes, como si el Piglia privado se desnudara al completo. Es cuando anuncia que se va a suicidar en tal fecha concreta. “Puse una fecha: me voy a matar tal día, sería un momento ridículo, por una muchacha que no me quiso, por una pavada así. Debía de tener treinta años y me di cinco años de plazo… Incluso me subí a la terraza para comprobar si desde allí podía hacerlo. Ese día pasó, y aquí me ves, ja ja ja”.
—¿Era tristeza?
—Sí, creo que el fracaso siempre fue una sensación muy fuerte para mí como probabilidad… Consiste en no poder organizar el deseo, la sensación de que hay algo que quieres y no puedes hacer… Hay mucho de eso. Es muy fuerte en mí la idea de cambiar de vida, que también es una metáfora. ¡Como si pudieras decidir! Creo que también es la fantasía por la que se escribe un diario: la idea de que vas a decidir siempre. A medida que vas escribiendo un diario te das cuenta de que las grandes decisiones las tomas sin darte cuenta.
—En sus diarios hay una entrada del 3 de marzo de 1957: “Todo lo que hago parece que lo hago por última vez”. ¿Sigue teniendo esa sensación?
—No. Estaba muy ligado al hecho de que yo sentía que iba a ese club por última vez, que iba a comprar pan a esa panadería por última vez…, esa es la sensación que confluye en esa frase, que los lugares que yo amaba de chico los estaba recorriendo por última vez. La sensación de que lo que hago se está yendo de ese lugar y me estoy despidiendo.
Con la realidad, dice, “siempre me he llevado mal”, y la literatura lo defiende contra lo real, para recuperar quizá la mirada del niño que quería leer como el abuelo, aunque el libro se le pusiera del revés.

Una luminosidad inesperada

La Antología personal de Ricardo Piglia acaba de salir en América, publicada por el Fondo de Cultura Económica. El próximo mes de enero la publica en España Anagrama, donde está prácticamente toda su obra. En la FIL de Guadalajara la presentarán, el 3 de diciembre, Juan Villoro, Martín Caparrós y Martín Kohan. “Elegí los textos del volumen”, dice Piglia, “pensando que el conjunto tenía cierta unidad y que los relatos y los ensayos adquirían así nuevos sentidos; no importa si ese objetivo se cumple, lo importante es que buscando las correspondencias entre prosa escrita a lo largo de 50 años, volvían a tener una luminosidad inesperada”.
En el volumen, que recoge, por tanto, medio siglo de producción reelegida por Piglia, hay 10 textos inéditos, entre relatos y ensayos; el propio Piglia nos hizo llegar algunos fragmentos del borrador del prólogo, en el que se aprecia, como siempre en su obra, su capacidad para hacer que la vida y la literatura vivan su abierta correspondencia, su disponibilidad para contar heridas y para cauterizarlas gracias a la capacidad poética que tienen la esperanza y la lectura. Estos son dos de los fragmentos. 
La densidad hermética de la vida. “Elegí una serie de cuentos, ensayos y fragmentos de mi diario personal, no porque esos textos me parecieran sencillamente los mejores, sino porque, unidos, dibujan una forma inicial siempre incierta e incomprensible que guía implícitamente la obra de un autor desde el principio. Creo que ese resplandor define la silueta esquiva que unifica una serie de prosas que —leídas en cierto orden— producen un efecto nuevo, y eso sería lo personal de una antología. En este libro he tratado de plantearme ese problema y el volumen reúne una serie de textos ligados entre sí —de un modo tangencial— a esa cuestión. La heterogeneidad, el cambio de registro, los distintos estilos son para mí un primer dato que identifica a las historias personales. En definitiva, se parecen a los relatos que todos nos contamos para darle sentido —y cierta unidad— a la experiencia vivida. No pueden ser domesticados por una forma fija que los homogeneice, porque se mueven y mutan en especies y modos distintos: solo se unifican porque quien los narra —en secreto, en las noches de insomnio, en los viajes solitarios, en los pensamientos todavía no pensados— es también quien los recibe (Sherezade y el califa son aquí la misma persona). Qué hubiera pasado si aquella vez…es uno de sus íncipit básicos. Su forma verbal es el potencial: lo posible, lo que no fue pero pudo haber sido y está siempre presente. Esas historias son relatos privados de los que la literatura se ha hecho cargo desde su origen: tejidos con leyendas familiares, mitos, conversaciones, frases oídas al azar, historias de otros y recuerdos alterados fluyen como un río, y sus aguas arrastran imágenes, voces, espectros, noticias, hechos, ideas fijas que retornan y retornan como si fueran únicas o fueran los únicos pensamientos propios. Las antologías personales están hechas de esos materiales múltiples e inciertos y se parecen a otras historias ya contadas, salvo que en este caso imaginamos que son nuestras y que su densidad hermética es la de nuestra propia vida”.
La estructura secreta. “En este libro he elegido textos escritos en distintos momentos que elaboran y registran imaginariamente experiencias vividas y no vividas: son ficciones, ensayos, notas autobiográficas, cuentos, intervenciones públicas y fragmentos del diario que “llevo” —como se dice— desde hace décadas. Lo he dividido en cuatro secciones que no siguen un orden cronológico, he buscado —no sé si con éxito— que el conjunto tuviera cierta estructura secreta a la manera —para recordar el cine y su arte del montaje— del rompecabezas que la mujer de Kane (en el filme de Orson Welles) arma y desarma, tirada en el piso ajedrezado de un enorme cuarto solitario en el palacio de Xanadu, buscando hacer coincidir las piezas individuales con una forma inicial que ya existía antes de empezar. Como hacen los poetas en esos libros antológicos que cambian con el tiempo y se escriben a lo largo de una vida (Life Studies, de Robert Lowell, o Poesía vertical, de Roberto Juarroz, o los Poemas de amor, de Idea Vilarino, o Antes o después, de José Emilio Pacheco, para nombrar algunos de los que admiro), esa forma inicial —que se busca— es en realidad lo verdaderamente personal de la literatura. Acaso esa sea la estructura secreta de este volumen, ya que el libro me representa más fielmente que ningún otro que haya publicado”.

lunes, 9 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Reseña de "El camino de Ida", última novela de Ricardo Piglia. Por Alberto Manguel


   En "El País":

Incomprensible realidad

Ricardo Piglia se ha propuesto investigar la mecánica de la fascinación por la violencia

'El camino de Ida' es una novela con referencias a Thoreau y Conrad

 7 SEP 2013

La violencia nos fascina. Códigos morales, leyes civiles, tradiciones, intentan contener y reprimir nuestros impulsos destructivos; no lo logran. Desde la decisión divina de ahogar al mundo en el Diluvio hasta los cotidianos atentados suicidas de nuestro tiempo, nuestras soluciones son como la de aquel crítico que argüía que cierto texto no podía ser purificado sin aniquilación.
Ricardo Piglia, cuyas primeras novelas auguraban una promesa de maestría felizmente cumplida en Blanco nocturno, se ha propuesto investigar no las razones (siempre incomprensibles) sino la mecánica de tal fascinación. Somos violentos hacia quienes detestamos, hacia quienes meramente despreciamos y también hacia quienes amamos, como si en el intento de destrucción del otro estuviera la curiosidad por conocerlo, como quien desarma un reloj para ver cómo funciona.
El narrador nada fiable de El camino de Ida es Emilio Renzi, un Piglia apenas disfrazado quien, como su autor, es argentino, ya no joven, profesor en una “elitista y exclusiva” universidad norteamericana, admirador de Conrad y de W. H. Hudson. “En aquel tiempo”, dice Renzi, “vivía varias vidas, me movía en secuencias autónomas: la serie de amigos, del amor, del alcohol, de la política, de los perros, de los bares, de las caminatas nocturnas”. Desde este primer párrafo, la novela avanza fiel a estas secuencias hasta el acontecimiento del que Renzi quiere “dejar testimonio” y al cual, ingenuamente, cree que lo ha conducido el azar. “¿No es notable —pregunta Renzi hacia el fin de su búsqueda— que una serie de acontecimientos y el carácter de un individuo concreto se puedan describir transcribiendo el fragmento de una obra literaria? No era la realidad la que permitía comprender una novela, era una novela la que daba a entender una realidad que durante años había sido incomprensible”. Este es el ambicioso (y logrado) propósito de El camino de Ida.
En la muy anglosajona universidad de Taylor, donde dictará un curso sobre Hudson, un inglés-argentino que, como nadie, recuperó para la literatura la experiencia de la pampa, Renzi tratará de sobreponerse al desasosiego de su exilio y de su divorcio. No lo ayudarán ni el alcohol ni las caminatas nocturnas, donde se encontrará repetidamente con un extraño vagabundo llamado Orión, como el gigante nacido de la orina de los dioses, y que jalonará la narración a la manera de un coro griego. Tampoco lo ayudará la relación amorosa con la directora de su departamento, la brillante, bella y controvertida Ida Brown, cuyo nombre permite el melancólico calembour del título. “No sé si uno puede conocer (o decir que conoce) a una mujer por haber pasado unas noches con ella, pero conocía la intensidad de Ida y eso era todo”, confiesa Renzi. Tiene razón: los encuentros con la intensa e indescifrable Ida acabarán en la muerte violenta de la directora, el primer crimen de una serie de atentados contra prestigiosos académicos que Renzi (y el FBI) intentarán resolver. Renzi nos cuenta que, en Argentina, una de sus ocupaciones era traducir “múltiples novelas policiales que parecían ser siempre la misma”. Ahora se encuentra metido en una singular novela policial con múltiples asesinatos idénticos.
A pesar de la aparente inocencia de la primera parte de la novela, que parece prometer al lector otra crónica más de la vida del campusacadémico con sus imbecilidades burocráticas, sus envidias, sus amoríos y sus borracheras, ciertos indicios jalonan las páginas de El camino de Ida para advertirnos que otra cosa acecha en las sombrías páginas finales. Por ejemplo, una alucinante secuencia de animales va apareciendo a medida que Renzi avanza en su narración: un enorme tiburón conservado vivo en el acuario del decano de la universidad, un cuervo vivo (el énfasis es del autor) que es parte o no del postfacio a un coito, un ciervo congelado en el claro de un bosque como esa persona que uno ve (dice el asesino) cuando observa su vida pasada, un loro agrio y amarillo que repite incansablemente “vamos al hotel, vamos al hotel, Tom”. Todas estas son claves que, al contrario de una novela policial, admiten pero no ofrecen ni justifican una explicación.
Los dos primeros tercios de la novela cuentan la laboriosa estadía de Renzi en la universidad con numerosos y brillantes apartes acerca de la obra de Hudson y de Conrad, breves reflexiones magistrales que hacen desear al lector un futuro ensayo sobre el tema; la tercera parte es la historia del asesino, cuyo misterio Renzi se empeña en descifrar. Uno se refleja en el otro como en un espejo invertido: Renzi, el narrador, es infeliz y desorientado; el criminal, Thomas Munk, es un hombre dichoso y satisfecho. Munk es también una de las creaciones más logradas de Piglia: un erudito inteligente, de una lógica despiadada. Intentando salir del opresivo (y a su juicio, hipócrita) ambiente universitario, Munk se refugia en una cabaña solitaria y salvaje, al estilo del Walden de Thoreau “un Thoreau enfurecido”. Munk arguye que “existe una base ética justificada para matar”. Munk razona: “La cuestión no era pensar lo que se vive, sino cómo hay que vivir para poder pensar”. Cuando es arrestado, Munk se deja llevar “con la dignidad y el gesto altivo de un prisionero político”.
En un prólogo escrito en 1920 a su novela El Agente secreto (que como Renzi descubre, Ida había leído), Conrad confiesa que la historia del anarquista Verloc nació del sentimiento de hartazgo del propio autor, quien como Renzi, buscaba cambiar algo “en mi imaginación, en mi visión, y en mi actitud mental”. Conrad recuerda pensar “en la futilidad de la cosa, su doctrina, sus acciones, su mentalidad, y en el aspecto despreciable de su pose semidemente, como un descarado estafador aprovechándose de las conmovedoras miserias y la credulidad apasionada de una humanidad siempre tan trágicamente ansiosa de su propia destrucción. Esto es lo que hacía que, para mí, sus pretensiones filosóficas fuesen tan imperdonables”. En las últimas páginas de la obra, el lector no atina a saber si Renzi posee la lucidez de Conrad. No cabe duda de que Piglia sí.
El camino de Ida. Ricardo Piglia. Anagrama. Barcelona, 2013.296 páginas. 17,90 euros

jueves, 5 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Piglia, un extraño en Princeton que abre la temporada literaria".

Ricardo Piglia

   En "El País":

Piglia, un extraño en Princeton que abre la temporada literaria

La inmersión del escritor argentino en los campus de Estados Unidos alimenta su nueva novela, ‘El camino de Ida’, donde hibrida autobiografía, historia y ficción

Abre la temporada editorial en la que hay otros grandes nombres

 Buenos Aires 2 SEP 2013

Rumbo a su oficina, y antigua vivienda, en la calle porteña de Marcelo T. de Alvear, es probable que muchos argentinos no lo reconozcan, pero él es uno de los escritores en español más notables de la actualidad.Ricardo Piglia, de 71 años, autor de las novelas Plata quemada y Blanco nocturno (Premio Rómulo Gallegos y de la Crítica, en España), iba allí cada mañana de 2012 para escribir su último título, El camino de Ida(Anagrama). Después de 15 años dando clases en las universidades de Princeton y Harvard, Piglia regresó de Estados Unidos en diciembre de 2011 y se puso a redactar esta novela que en agosto ha llegado a las librerías de Argentina y este mes estará en las de España. Entre libros apilados contra las paredes de todo el piso, el autor bonaerense ofrece agua mineral, zumo de naranja y frutos secos para acompañar la charla.
“En esta novela me dije que sería bueno hacer algo más o menos autobiográfico a partir de mi experiencia estadounidense, tratando de tomar un aspecto que me parecía lo más narrativo, que era la sensación rara que tenía de extranjería, que no es la misma que cuando uno es inmigrante, exiliado o un viajero que pasa mucho tiempo en un lugar”, cuenta Piglia.

La pró

“Estaba instalado con un cargo de profesor, había comprado una casa, como tantos colegas que venían también de otros lados. No tenía ninguna nostalgia de Buenos Aires en el sentido clásico argentino, porque iba y venía. No tenía la sensación que, a veces, tiene alguna gente que empieza a cultivar el tango, cosa que acá no hacía. Ni siquiera me veía mucho con argentinos, más bien mis amigos eran locales. Traté de hacer la vida como si fuera de ahí. Pero eso no impedía que tuviera una visión: como si todo estuviera demasiado subrayado. Me sentía cómodo, en el sentido de estar haciendo una vida distinta a la que hago acá, con otros amigos y otro tipo de sociabilidad, y con cierta idea, que creo que todos los escritores tenemos, de una vida más monástica”, relata el autor. Su personaje principal también es un profesor argentino que vive en Estados Unidos una suerte de vida paralela.
A partir de aquella experiencia propia comenzó la ficción. “Apareció un romance con una profesora bastante clásica en los ambientes universitarios estadounidenses de los años actuales. Es gente muy radicalizada desde el punto de vista de las discusiones sobre literatura y cultura, lo que se llaman estudios culturales, estudios poscoloniales y una serie de modas que vienen de EE UU, y que en general están todas definidas por actitudes de revisión del canon, de cuestiones de discriminaciones a minorías, que nunca están acompañadas por ninguna acción real, política, como sí en Argentina o España. Me interesaba mucho la sensación de una historia de amor muy tensa y que de pronto ella muriera. Estuve dando vueltas sobre por qué moría y cómo”, cuenta.
Fue entonces cuando recordó la historia de Unabomber, aquel filósofo y matemático estadounidense que enviaba cartas bomba a universidades y líneas aéreas para expresar su crítica a la sociedad tecnológica moderna, y con las que murieron tres personas y otras 23 resultaron heridas entre 1978 y 1995. “Trabajando en la novela, de una manera inesperada, en lo que algunos llaman inspiración y yo llamo ocurrencia, ligué la historia personal con esta otra historia que para mí expresaba tantas cosas de Estados Unidos. ¿Por qué trabajé el personaje de Unabomber? Por dos cosas que habían sucedido en la realidad y que para mí fueron asombrosas. Una es que el personaje real había leído muchas veces la novela de [Joseph] Conrad El agente secreto, y otra es que se había inspirado en el personaje que hay en la novela. Me interesó mucho el hecho de que el FBI hubiera gastado en la persecución de este individuo a lo largo de casi 20 años gran cantidad de dinero y fuerzas, y que solo lo hubiera atrapado porque el hermano lo delató, una resolución dostoievskiana de Karamazov”, desarrolla Piglia, amable y simpático desde su escritorio.

Traté de hacer la vida como si fuera de allí. Pero no me impedía otra visión”
El autor argentino quería contar su experiencia en Estados Unidos, una cultura que admira y con la que se había formado, al igual que otros colegas de su generación que ya no se criaron mirando a Francia sino a la generación beat, el cine y el jazz del Norte. “Como soy un hombre de izquierda, siempre he pensado que Estados Unidos era una problema para América Latina y siempre he establecido una distinción entre el Estado y la sociedad estadounidense”, aclara.
Ahora dirige una colección de reediciones de la literatura argentina y acaba de grabar un programa de televisión de cuatro capítulos en los que enseña sobre Jorge Luis Borges. De su experiencia en la universidad estadounidense contrasta las virtudes y las carencias: “Una son las condiciones de trabajo, la libertad de cátedra. Hay una gran dinámica. Tiene una virtud para el tipo de tensión que tenemos los escritores, y es que es totalmente autónoma de la cultura de masas. La contra es que está muy aislado de la vida real. Nosotros tenemos demasiada vida real. Sería bueno que tuviéramos un poco menos, porque esas son las crisis, la política, todos los líos que hay”.
Por aquellas aulas y pasillos de Princeton se ha cruzado durante años con escritores que iban a dar programas de escritura creativa, como Toni Morrison, Gabriel García Márquez, Paul Auster, Philip Roth o Mario Vargas Llosa. También le tocó vivir de cerca el suicidio de Antonio Calvo, un profesor español que había sido despedido de Princeton por unas frases que sonaron provocativas en aquel ambiente: “Fue un hecho que nos conmovió a todos. Era un amigo. Entiendo a los colegas que no quieren intervenir en estas cosas, pero en Argentina hemos intervenido en cosas más complicadas y peligrosas”.

La próxima narrativa en español

La novela de Piglia será una de las novedades de la rentrée literaria, junto a otros nombres.
Mario Vargas Llosa: El héroe discreto (Alfaguara).
Guillermo Cabrera Infante: Mapa dibujado por un espía (Galaxia Gutenberg).
José Mará Guelbenzu: Mentiras aceptadas (Siruela).
Gonzalo Hidalgo Bayal: La sed de sal (Tusquets).
Piedad Bonnett: Lo que no tiene nombre (Alfaguara).
Manuel Longares: Los ingenuos (Galaxia Gutenberg).
Jesús Ferrero: La noche se llama Olalla (Siruela).
Fernando Vallejo:Casablanca la bella (Alfaguara).
Alejandro Gándara: Las puertas de la noche (Alfaguara).
Darío Jaramillo. La muerte de Alec (Pre-Textos)
Juan Gabriel Vásquez: Las reputaciones (Alfaguara).
Juan Bonilla. Una manada de ñus (Pre-Textos)
Isaac Rosa: La habitación oscura (Seix Barral).
Guillermo Saccomano: Cámara Gesell (Seix Barral).
Jorge Zepeda Patterson: Los corruptores (Destino).
Adolfo García Ortega: Verdaderas historias extraordinarias (Seix Barral).
Leila Guerriero: Una historia sencilla (Anagrama).
Manuel Gutiérrez Aragón: Cuando el frío llegue al corazón (Anagrama).
Leonardo Padura: Herejes (Tusquets).

sábado, 11 de junio de 2011

PRENSA. 11 junio 2011

   En "El País":

1. "Pones un nazi en una novela y ya eres cosmopolita". Entrevista al escritor Ricardo Piglia. Por Javier Rodríguez Marcos.

2. Cruz y cara. Columna de Manuel Rivas.  

3. Borges se agranda después de Borges. Reportaje de Elsa Fernández-Santos. En el 25º aniversario de su muerte, la obra del escritor mantiene su plena vigencia - Un seminario y una batería de novedades literarias celebran su perenne influencia.

4. Por qué fascinan las vidas de los canallas. Reportaje de Diego A. Manrique. Las editoriales dan con un filón en las autobiografías de rockeros, que atraen a un público multigeneracional y causan revuelo mediático - El lector quiere gestas de degradación y salvación.

5. Interiorismo y nada. Por Vicente Verdú.

6. Genial, pero mal bicho. Artículo de Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV. Autor de La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral (Pre-textos).

7. Pantalla sobre pantalla. Artículo de José María Álvarez Monzoncillo, catedrático de Comunicación Audiovisual en la URJC y coordinador del libro La televisión etiquetada: nuevas audiencias, nuevos negocios. Es un error común comparar la televisión e Internet como si fueran excluyentes. Al contrario, uno de los principales usos de la Red es, precisamente, ver televisión. Eso sí, en otros soportes y con el individuo mandando.

jueves, 2 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Notas en un diario", por Ricardo Piglia

Ricardo Piglia

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
FRAGMENTO LITERARIO: NOTAS EN UN DIARIO

El oso

RICARDO PIGLIA 21/05/2011

   El autor reflexiona, entre otros asuntos, sobre la muerte del profesor español Antonio Calvo en Princeton y la interpretación de las cartas de evaluación por parte de las autoridades académicas que decidieron la suspensión inmediata de sus clases.

Martes
   Han visto un oso en el bosque, al costado de una hondonada, no lejos de aquí. Era una mancha entre los árboles, una niebla en el aire. Se abrió paso y apareció en un descampado, en el borde de Mountain Avenue. Alzado en dos patas, alterado por el ruido de los automóviles, con un brillo asesino en los ojos, se movió en círculos y por fin se alejó hacia la espesura.
   Me hizo acordar al oso de un circo ambulante que se instaló en un baldío en los fondos de mi casa, en Adrogué, cuando yo era chico. Lo observé durante horas desde el cerco de ligustro. Atado con una cadena, también se movía en círculos y a veces lo escuchaba aullar en la noche.
   El circo cerraba la función con un espectáculo teatral. Las obras eran adaptaciones de piezas costumbristas y de radioteatros populares. Los actores le pidieron prestado unos muebles a mi madre para armar el decorado. Cuando asistí a la representación, los sillones de madera clara del jardín de casa que aparecían en el escenario me impidieron creer en lo que veía. El oso merodeando en las cercanías del campus me produce el efecto inverso.

Miércoles
   Estoy leyendo Letters de Saul Bellow. Escritas entre 1932 y 2005 las cartas se pueden ver como la historia de un escritor que construye -o inventa- su propia tradición.
   Bellow es el primer traductor de Isaac Bashevis Singer al inglés (el relato Gimpel, the fool, traducido por él, se publica en 'Partisan Review' en 1952) pero se distancia del retrato realista de las víctimas (los schimazl) y los grises hombres vencidos de la tradición judía a la Bernard Malamud.
   "En alguna parte de mi sangre judía e inmigrante hay claras huellas de duda sobre si tengo o no derecho de ser un escritor", dice Bellow. El momento de ruptura fue Las aventuras de Augie March (1953) donde encuentra su voz y descubre que no tiene por qué forzarse a escribir "siguiendo las reglas de nuestro querido establishment blanco, anglosajón y protestante como si yo fuera un inglés o un colaborador de 'The New Yorker'".
   El héroe de sus grandes novelas es un intelectual: lo que importa no es cómo la realidad construye la conciencia de los personajes, sino cómo la conciencia de los personajes define -y da forma- a la realidad. Herzog es el punto más alto en esa línea.
   Entre nosotros el que realiza esa operación de ruptura es Roberto Arlt: escribía en contra de la tradición central y por eso inaugura un modo nuevo de hacer literatura. Su hija, Mirta Arlt, lo ha definido con claridad: "Mi padre era amigo de Güiraldes, que era un señor paquetísimo, pero mi padre no tenía ninguna aspiración de parecerse a la gente paquetísima a la que en el fondo despreciaba. Entre otras cosas porque a la gente paquetísima le parecía que a un hijo de inmigrantes no le correspondía ser escritor sino guardiacárcel".

Jueves
   Empecé a ir al gimnasio. La categoría en el boxeo no se define por la edad sino por el peso. He sido un welter (66 kilos) pero ahora soy un peso mediano (72 kilos). Los que se entrenan aquí son chicos de catorce o quince años que se preparan para los 'Golden Gloves'. Algunos sin embargo vienen a fortalecer su brazo para los lanzamientos de bola rápida del béisbol. Practican el jab y el directo contra la bolsa de arena y ejercitan el impulso del hombro y el giro del cuerpo para poder lanzar la bola a cien millas por hora sin desgarrarse. La rutina de los ejercicios sigue el ritmo de las peleas: tres minutos de entrenamiento riguroso y uno de descanso.
   El instructor es un viejo cubano exiliado que dice haber sido campeón pluma en unos remotos campeonatos socialistas de boxeo en Moscú. Mulato y muy tranquilo, es admirador de Kid Gavilán y de Ray Sugar Leonard. En el pugilato, dice, el estilo depende de la vista y de la velocidad, es decir, de lo que él llama, "científicamente", la visión instantánea.
   Todos sospechan que vine acá para escribir una crónica sobre los gimnasios y me cuentan sus historias. Varios dicen ser conocidos de la novelista Joyce Carol Oates que ha escrito un buen libro sobre el box y a quien, con simpatía, llaman Olivia por su parecido con la mujer de Popeye.

Viernes
   Releo el Journal de Stendhal. Recuerdo la visita a la biblioteca de Grenoble con Michel Lafon. En los sótanos tuve acceso al original del Diario. La encargada de los manuscritos era una figura stendhaliana, una mujer severa y atractiva, de un erotismo helado, que trajo el cuaderno sobre un almohadón de terciopelo rojo. Tuve que calzarme un par de guantes de látex blanco para poder tocar las páginas mientras sentía la respiración de la dama francesa a mis espaldas.
   Stendhal acompaña con dibujos y bocetos las escenas que narra en su Diario. Cuenta una cena con amigos y luego hace un croquis minucioso de la sala y de la disposición de los comensales sentados a la mesa. Tenía una imaginación espacial, cartográfica. Basta recordar la panorámica del pueblo de Verrières en el comienzo de Rojo y Negro.
   Anota en el Diario, el 23 de agosto de 1806: "He aquí la razón por la que creo tener algún talento: observo mejor que nadie, veo más detalles, veo con más justeza, incluso sin necesidad de fijar la atención...". El Diario de Stendhal, otro ejercicio de "visión instantánea".

Sábado
   La primera traducción al chino de Don Quijote fue obra del escritor Lin Shu y de su ayudante Chen Jialin. Como Lin Shu no conocía ninguna lengua extranjera, su ayudante lo visitaba todas las tardes y le contaba episodios de la novela de Cervantes. Lin Shu la traducía a partir de ese relato. Publicada en 1922, con el título de La historia de un caballero loco, la obra fue recibida como un gran acontecimiento en la historia de la traducción literaria en China. Sería interesante traducir al castellano esa versión china del Quijote. Por mi parte, me gustaría escribir un relato acerca de las conversaciones entre Lin Shu y su ayudante Chen Jialin mientras trabajan en su transcripción imaginaria del Quijote.

Domingo
   El suicidio de Antonio Calvo, encargado de la enseñanza de la lengua española en 'Princeton University', ha producido una conmoción en la comunidad académica. Tres días antes de su trágica muerte, Calvo había sido cesanteado por la administración, que no solo decidió la suspensión inmediata de sus clases sin mediar explicación alguna, sino que envió a un guardia de seguridad a bloquearle el acceso a su oficina, como si se tratara de un merodeador peligroso.
   Las autoridades utilizaron para tomar su decisión las observaciones y opiniones vertidas en algunas de las cartas de evaluación pedidas por la administración a estudiantes y a colegas de Calvo. Lo que está en juego en este penosísimo acontecimiento no es el contenido de esas cartas -que habitualmente circulan en los procesos de evaluación, multitudinarias y kafkianas-, sino el modo de leerlas. En los diez años de trabajo de Calvo en la universidad no hubo un solo hecho que justificara esa decisión: se trató básicamente de una cuestión de interpretación de metáforas, dichos y estilos culturales.
   Los académicos encargados de leer las cartas actuaron como aquel campesino del cuento clásico que interrumpe una obra de teatro para avisarle al héroe de que se encuentra en peligro. Antonio Calvo era un joven intelectual español, formado en los debates de la transición democrática en su país. Nada explica un suicidio, pero nada explica tampoco la decisión arrogante de los encargados de juzgar a colegas que pertenecen a tradiciones culturales diferentes a las que dominan en la academia norteamericana.
   Los héroes de la tragedia clásica pagaban con su vida la comprensión equivocada de la palabra oracular, en la actualidad son otros quienes leen tendenciosamente los textos que cifran los destinos personales. La significación de las palabras -diría alguno de los discípulos de Wittgenstein que abundan en el campus- depende de quien tenga el poder de decidir su sentido.

Lunes
   El pianista que vive enfrente, del otro lado de la calle, ensaya todas las tardes la última sonata de Schubert. Avanza un poco, se detiene, y vuelve a empezar. Sensación de una ventana que tarda en abrirse. Hoy lo he visto, de pie frente a su auto, el capot levantado, en estado de quietud. De vez en cuando se inclinaba y escuchaba el sonido del motor en marcha. Volvía a erguirse y persistía, inmóvil, en su espera, indescifrable y tranquila.

   Ricardo Piglia participará el domingo 12 de junio (11.00) en la mesa redonda Metamorfosis de la literatura y la crítica, organizada por Babelia en la Feria del Libro de Madrid. Piglia ha obtenido el 'Premio de la Crítica' por su novela Blanco nocturno.

martes, 28 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". LOS LIBROS DEL AÑO (3): "Blanco nocturno", de Ricardo Piglia (Argentina, 1940)

Ricardo Piglia
Blanco nocturno
Ricardo Piglia
Anagrama. Barcelona, 2010
302 páginas. 19 euros

   Quizá lo más notable de la obra de Ricardo Piglia es que escribe libros (sean de narrativa, de crítica o un híbrido de ambos) de los que, una vez publicados, no podemos prescindir. Esto no es un elogio, sino una constatación. Los apenas cuatro meses transcurridos desde la aparición de Blanco nocturno parecen desenvolver un tiempo mucho más amplio, como si la novela llevara ya años publicada. Sin duda es fruto de su repercusión. Pero también se trata del efecto exclusivo de una obra que, a la vez que se rige por el apremio de la convención, desborda esos límites y problematiza su propuesta. Aquí la convención es la novela policiaca y de investigación (que no se reduce a la aclaración del crimen) y la recuperación (sin alarde reivindicativo) de lo rural como un espacio cerrado que incrimina a los personajes con sus chismorrerías y equívocos. Un pueblo de la llanura argentina que concentra el laberinto de la gran ciudad. En la obra de Piglia no hay situación narrativa que no requiera agregar alguna nota discordante a la exhibición de sus códigos. En esta ocasión le ha tocado dejar en el aire la apostilla de descubrir al criminal. Para los partidarios de la novela policiaca al uso, Blanco nocturno tal vez defraude sus expectativas. Pero la novela prescinde de esa necesidad de reordenación moral porque no quiere tranquilizar al lector. Quien busque sosegar sus nervios se ha equivocado de texto. La trama criminal no se implanta aquí con la reclamación de despejar incógnitas, sino para revelar la admirable maquinaria con que se construye una novela. Imprescindible, ya se dijo.
                                                                       Francisco Solano

sábado, 18 de septiembre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). AVANCE EDITORIAL. "Blanco nocturno" (2010), de Ricardo Piglia

Ricardo Piglia

Fragmento de Blanco nocturno

15
Desde lejos la construcción –rectangular y oscura– parece una fortaleza. El Industrial –como todos lo llaman aquí– ha reforzado en los últimos meses la estructura original con planchas de acero y tabiques de madera y con dos torretas de vigilancia construidas en los ángulos suroeste y sureste en los lindes extremos de la fábrica que dan a la llanura que se extiende por miles de kilómetros hacia la Patagonia y el fin del continente. Las banderolas y los techos de vidrio y todas las ventanas están rotos y no se los repone porque sus enemigos los vuelven a romper; lo mismo sucede con las luces exteriores, los focos altos y los faroles de la calle, que han sido destrozados a pedradas, salvo algunas lámparas altas que seguían prendidas esa tarde, suaves luces amarillas en la claridad del atardecer; las paredes y los muros exteriores estaban cubiertos de carteles y pintadas políticas que parecían repetir en todas sus variantes la misma consigna –Perón vuelve–, escrita en distintas formas por distintos grupos que se atribuyen –y celebran– ese retorno inminente –o esa ilusión–, repetida con dibujos y grandes letras entre los carteles arrancados y de nuevo pegados con la cara –siempre como de vuelta de todo y sonriente– del general Perón. Bandadas de palomas que entran y salen por los huecos de los muros y los vidrios rotos vuelan en círculo entre las paredes mientras abajo varios perros callejeros ladran y se pelean o están tirados a la sombra de los árboles en las veredas rotas. Para no ver ese paisaje ni la decrepitud del mundo exterior, hace meses que Luca no sale a la calle, indiferente a las zonas exteriores de la fábrica de las que le llegan, sin embargo, ecos y amenazas, voces y risas y el ruido de los autos que aceleran al cruzar por la ruta que bordea la alambrada sobre la zona de carga y el playón del estacionamiento.
Luego de hacer sonar varias veces la puerta de hierro cerrada con cadena y candado, de asomarse por la ventana y de golpear las manos, los recibió el mismo Luca Belladona, alto y atento, extrañamente abrigado para la época, con una tricota negra de cuello alto y un pantalón de franela gris, con una gruesa campera de cuero y botines Patria, y los hizo pasar de inmediato a las oficinas principales, al final de una galería cubierta, con los cristales rotos y sucios, sin entrar en la planta, que, les dijo, visitarían más adelante.
Había –igual que en el frente exterior– frases y palabras escritas a lo largo de las paredes interiores donde Luca anotaba, según explicó, lo que no podía olvidar.
En el patio interior se veía una superficie verde que cubría todo el piso hasta donde daba la vista, una pampa uniforme de yerba porque Luca vaciaba el mate por la ventana que daba al patio interior, al costado de su escritorio, o, a veces, cuando recorría el pasillo de un lado a otro, usaba el pozo de aire, que comunicaba el patio con los depósitos y las galerías, para cambiar la yerba, golpeando luego el mate vacío contra la pared, mientras esperaba que se calentara el agua, y tenía entonces un parque natural con palomas y gorriones que revoloteaban sobre el manto verde. Su dormitorio estaba al fondo, sobre el ala oeste, cerca de una de las antiguas salas de reunión del directorio, en una pieza chica que había sido en el pasado el cuarto de los archivadores, con un catre, una mesa y varios armarios con papeles y cajas de remedios.
De ese modo no tenía que moverse demasiado mientras realizaba sus cálculos y sus experimentos, sencillamente se quedaba en esa ala de la fábrica y paseaba por el pasillo hasta la puerta de entrada y volvía por el costado para bajar por la escalera que daba a sus oficinas. A veces, les dijo de pronto, al realizar sus paseos matutinos por la galerías tenía que escribir en las paredes los sueños que acababa de recordar al levantarse de la cama porque los sueños se diluyen y se olvidan en cuanto hemos suspirado y es necesario anotarlos donde sea. La muerte de su hermano Lucio y la fuga de su madre eran los temas centrales que aparecían –a veces sucesiva y a veces alternadamente– en la mayoría de sus sueños.

Para seguir leyendo este fragmento.