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martes, 22 de junio de 2010

PRENSA. "Malos de la historia": Fouché, por Nicolás Casariego

Joseph Fouché
Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos. (El primero estaba dedicado a Medea, escrito por Clara Sánchez. Para leerlo, buscar en las etiquetas -Malos de la historia, Medea, Sánchez Clara-. El segundo, a Elizabeth Bathory -buscar en etiquetas Malos de la historia, Condesa sangrienta, Bathory Elizabeth-. El tercero, al conde Drácula -buscar en Roncagliolo, Malos de la historia, Drácula).

La serpiente enroscada
Joseph Fouché. Su biografía marcó dos décadas de la historia de Francia. Maestro de la doblez, sirvió con ahínco a la monarquía y a la república; a Napoleón y a Luis XVIII. Eterno ministro de Policía, cargo al que dio forma y contenido, hombre feo y funcionarial, fusiló a enemigos y opositores sin inmutarse. Murió humillado en el destierro.

NICOLÁS CASARIEGO
EL PAIS SEMANAL - 28-08-2005

El 15 de enero de 1793 es la víspera de la votación de la Convención en la que se decidirá si el depuesto rey francés Luis XVI morirá o salvará la vida. Joseph Fouché (1759-1820), diputado por Nantes, asegura a sus correligionarios, los moderados girondinos, representantes del clero y la burguesía, que votará no a la ejecución. Desde que pisó la Asamblea, Fouché ha sido muy discreto y se ha dejado notar lo menos posible. Pero esta vez la votación no es secreta, y Europa entera espera el resultado, ansiosa por ver hasta dónde son capaces de llegar los republicanos franceses en el establecimiento de un nuevo orden. En las calles, los agitadores instigados por los radicales del partido de la “montaña”, liderado por Robespierre, movilizan a los parisienses a pedir la cabeza del ahora ciudadano Luis Capeto, prisionero en el Temple. El 16 de enero de 1793, cuando Fouché sube al estrado para otorgar su voto, todavía no está claro el triunfo del no. Pero ante la sorpresa de sus amigos, los girondinos, Fouché les traiciona y vota a favor de la ejecución del rey. Fouché, que sabe ver como nadie el derrotero que van a tomar los acontecimientos, ha llegado a la conclusión de que los radicales se impondrán, y a partir de ese día y durante un tiempo será uno de los más exaltados de entre ellos. El resultado final de la votación es bien conocido: Luis XVI y María Antonieta serán decapitados en la guillotina, entre los vítores del pueblo.
El 1 de agosto de 1815, Joseph Fouché entra en la iglesia para casarse con la joven condesa de Castellane, exponente de la más rancia aristocracia. Fouché no es ahora un furibundo diputado republicano, azote de ricos y curas. Es el duque de Otranto, ministro de Policía del rey. Y como primer testigo del contrato de desposorios del regicida y la condesa firma… el propio rey Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI. ¿Cómo es posible?, se dirán. ¿Quién fue ese hombre, capaz de cambiar de bando de un modo tan hipócrita, y de mantenerse en la escena política? ¿Por qué el rey Luis XVIII se avino a ser testigo de la boda de uno de los asesinos de su hermano? Y lo increíble es que las dos escenas descritas, al principio y al final de su carrera política, no son más que dos ejemplos de una trayectoria vital, la de Joseph Fouché, tan despreciable como fascinante.
Durante más de veinte años, en una de las épocas más convulsas y determinantes de la Historia, Fouché, manejando los hilos tras el escenario, cambiando de partido y haciéndose imprescindible para sus superiores, fue uno de los hombres más poderosos de Francia. Sobrevivió a la Convención, al Directorio, al Consulado, al Imperio, a la corta Restauración, a la vuelta de Napoleón en los célebres Cien Días y al segundo Directorio, y mordió el polvo definitivamente cuando Luis XVIII, testigo de su boda, le humilló, desterrándole.
Imperturbable, educado en el seno de la Iglesia, dejó a sus espaldas miles de cadáveres reales y cientos de cadáveres políticos, algunos de la talla de Danton, Robespierre, Barras, Carnot, o el mismísimo Napoleón. Para ello se valió primero de su habilidad política en la sombra, y más tarde, del manejo de la ingente información de la que dispuso como ministro de Policía para sucesivos Gobiernos en un periodo de 16 años. Llegó a tener a Josefina en nómina, y se dice que no había conversación de tres o más personas sobre cualquier asunto relevante que no llegara a sus oídos.
Sobre Fouché se han vertido muchas opiniones, o más bien meros insultos, ya sea por parte de sus contemporáneos, o de quienes posteriormente se han interesado en su figura. Amoral, demoníaco, taimado, maquiavélico, reptil, artero, frío, cínico, cruel, siniestro, intrigante, feo, traidor, asesino. Chateaubriand definió la escena de su escandalosa boda, en la que el cojo Luis XVIII se ayudaba de su ministro para caminar, como “el vicio apoyado en la traición”. Para Robespierre, amigo de juventud y, después, encarnizado enemigo, Fouché era “un bajo y despreciable impostor… un hombre cuyas manos están llenas de botín y crímenes”. Según Heinrich Heine, poeta romántico alemán del siglo XIX, fue “un hombre que ha llevado su falsedad hasta el punto de publicar, después de muerto, unas memorias falsas”. Talleyrand, aristócrata y gran diplomático, enemigo de Fouché, dijo de él que “desprecia tanto a la humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo”. Pero a veces la crítica esconde una admiración poco disimulada. Napoleón, de quien fue ministro de Policía, escribió: “Sólo he conocido a un traidor verdadero, perfecto: Fouché”. Balzac, que le dedicó más de una página en su novela Un asunto tenebroso, le define como “un genio singular, la cabeza más brillante que he conocido”. Y Stefan Zweig, autor de la magnífica biografía Fouché: un genio tenebroso, acaba la obra con las palabras: “… fue el más excepcional de los hombres políticos”.
Porque este hombre, además de malo, fue astuto, osado, inteligente, meticuloso, prudente, y un fenomenal analista político. Nos guste o no, como ministro de Policía estableció una organización tan perfecta en el mantenimiento del orden, mediante espías y gendarmes, que fue tomada como modelo de los ministerios del Interior décadas más tarde. Firmaba sentencias de muerte si lo consideraba necesario para continuar en su puesto, pero en privado abogaba por el terror sin sangre. Humillaba y perseguía a los curas en público, pero les avisaba con tiempo para que huyeran. Sabía que se estaba representando en un teatro parisiense de barrio La veleta de Saint-Cloud, una comedia en la que se mofaban de su facilidad para cambiar de chaqueta y arrimarse al poder, pero no la prohibía. Se convirtió en el primer terrateniente del país, pero compensaba a quienes había robado. Conspiraba contra todos los Gobiernos para los que trabajaba, pero sólo cuando se daba cuenta de que tenían los días contados.
Como animal político era un depredador, con el único objetivo de su propia supervivencia, pero infinitamente más hábil que muchos de los políticos que vemos hoy en las portadas de los periódicos: además de cambiar cromos y disfrutar del poder, era capaz de reducir los daños de las decisiones tomadas por el Gobierno en situaciones que sólo él leía de un solo vistazo. Cuando Napoleón mandó secuestrar en terreno neutral al duque de Engen y fusilarlo, Fouché comentó: “Fue peor que un crimen: fue una equivocación”. Y tras traicionar al emperador, dijo: “No he sido yo quien traicionó a Napoleón: fue Waterloo”. No era un psicópata, ni una bestia, ni un torturador, ni un asesino al uso. Este mago de la doblez era quizá algo peor. No era nada. En él la idea de que el mal, en contra de lo que piensa mucha gente, es sencillamente banal y aburrido, se tambalea. Su contradictoria y escurridiza figura da miedo porque atrae y se hace difícil que, leyendo alguna de sus frases crueles o el relato de sus fechorías, no se nos escape una incómoda sonrisa.
Tampoco nos podemos apoyar en una infancia terrible, como se suele hacer, para explicar su carácter. Nació el 31 de mayo de 1759 en el puerto de Nantes, hijo de un capitán de la marina mercante, y si sus padres le maltrataban, no ha quedado constancia. Y fue un marido y padre ejemplar. Adoraba a su primera mujer, dicen que feísima, y a sus hijos, pelirrojos, malsanos y todavía más feos que su mujer. Como él era también desagradable físicamente –esmirriado, ojos de pez, pálido, seco–, podemos convenir que todos ellos formaban una familia de aspecto horrible pero bien avenida. La muerte de sus hijos y de su mujer supusieron para Fouché los golpes más terribles que recibió. De su segunda mujer, la joven condesa, ya pasada la cincuentena, apenas disfrutó. Había caído en desgracia, vivía en el destierro, y ella le ponía los cuernos, para mayor escarnio, con el hijo de un republicano exiliado. A veces, también a Fouché la vida le devolvió algún golpe.
Entre los crímenes más terribles que cometió está el que le confirió el sobrenombre del mitrailleur de Lyón. En 1792 es enviado como procónsul a Lyon, ciudad que se había levantado contra la Convención, y había sido derrotada. En tres meses, junto a sus colegas, se ocupa de la demolición de los más bellos palacios y casas de Lyon, y en sucesivas matanzas, de la ejecución de dos mil habitantes. Así, ganándose a pulso la fama de duro, salva su cabeza frente al sanguinario Comité de Salud Pública, que exigía una represión ejemplar. Y aunque en principio logre más tarde echar la culpa a otro, el recuerdo de estos crímenes y de otros muchos le acompañó hasta la tumba, allí en Trieste, lejos de Francia.
Para despedir a Joseph Fouché, quizá sirva el diálogo que mantuvo con el honesto Carnot, viejo militar republicano, cuando éste se enteró de que su compañero jacobino de tantos años había vendido la República a Luis XVIII, y que eso suponía para él la muerte o el exilio. Carnot le pregunta: “¿Y adónde voy ahora?”. Y Fouché, despiadado, responde: “Adonde quieras, majadero”. No es un diálogo en el que Fouché derroche ingenio, como en otras ocasiones. Mejor. Así le vemos tal como fue para quienes se interpusieron en su camino. No en vano el blasón de su ducado mostraba una columna áurea con una serpiente enroscada.

jueves, 17 de junio de 2010

PRENSA. "MALOS DE LA HISTORIA": "El príncipe de las tinieblas", por Santiago Roncagliolo

Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos. (El primero estaba dedicado a Medea, escrito por Clara Sánchez. Para leerlo buscar en las etiquetas -Malos de la historia-, Medea, Sánchez Clara-. El segundo a la Elizabeth Bathory -buscar en etiquetas Malos de la historia, Condesa sangrienta, Bathory Elizabeth-).

El príncipe de las tinieblas

Vlad III de Valaquia, más conocido por Drácula, el hijo del diablo sediento de sangre, fue un hombre cruel transformado en leyenda gracias al escritor Bram Stoker, que lo refinó y le convirtió en un conde exquisito. Su historia es de terror

SANTIAGO RONCAGLIOLO
EL PAIS SEMANAL - 21-08-2005

La novela ‘Drácula’, de Bram Stoker, fue muy injusta con su fuente de inspiración, el príncipe Vlad III de Valaquia. Parece cierto que Vlad asesinó a más de 100.000 personas en un país de medio millón de habitantes. Es verdad que disfrutaba ordenando muertes lentas y torturas como despellejamientos, mutilaciones, descuartizamientos, clavos en la carne humana, marcas con hierros calientes en la piel, prácticas caníbales y, su pasatiempo favorito, empalamientos. Pero la historia no ha podido probar que le haya mordido el cuello a ninguna chica.
Además, tenemos que ponernos en situación: son los estertores de la Edad Media en lo que hoy es Rumania, precisamente la triple frontera entre el imperio otomano, la Europa ortodoxa y la Europa católica. Los gobernantes de Valaquia saben que, sin importar de qué lado se pongan, los de algún otro lado vendrán a machacarlos. Entre los sistemas medievales de presión política figuran la decapitación, el apaleamiento y el saqueo de poblaciones enteras. El código penal de la época tampoco era una perita en dulce: los hechiceros eran quemados; los falsificadores, hervidos en aceite; a los blasfemos se les colgaba de la lengua con un gancho; a quien cortaba un árbol sin permiso se le arrancaban las tripas, se le ataba con ellas y se le obligaba a correr alrededor del árbol hasta que quedase enroscado.
Afrontémoslo: Vlad era un psicópata; pero hay que reconocer que, si eso fuese una carrera académica, la Valaquia del siglo XV habría sido un interminable y sangriento doctorado.
El padre de Vlad, Vlad II, ya había tenido que lidiar con esos tiempos violentos. Era caballero de la Orden del Dragón, creada para combatir a los turcos, y de ahí tomó su apellido Dracul. Por una travesura de la etimología, Dracul en rumano significa “el diablo”. Al pequeño Vlad, nacido en Transilvania en 1431, le correspondió el simpático sobrenombre de Draculea: hijo del diablo.
Con el apoyo del rey de Hungría, papá Vlad llegó a voivoda (o sea, príncipe de Valaquia) a cambio de su apoyo en la lucha contra los impíos otomanos. Pero los húngaros sufrían tantas revueltas internas que no eran capaces de ayudarle a él en la defensa de sus territorios. Los turcos, en cambio, eran muchos y estaban muy bien armados y disciplinados. Nada más llegar al trono, con mucho sentido práctico –y poco ético–, papá Vlad decidió cambiar de bando. Ofreció tributo al sultán, le rindió un homenaje junto a 300 de sus nobles, besó el borde de su manto y, para que no quedase lugar a dudas, le entregó como rehenes a sus dos hijos menores: Vlad y Radu.
Pocos hermanos han sido tan distintos entre sí como esos dos. Si Vlad era corpulento, Radu era un enclenque. Si Vlad mostró desde pequeño un valor rayano en locura temeraria, Radu era débil de carácter y diletante. Si Vlad tenía las cejas espesas, el labio inferior hinchado y unas fosas nasales como dos cráteres, Radu era famoso por su belleza física. Pero, sobre todo, si Vlad era un austero y reprimido moralista, Radu era la sensualidad en persona. Desde la pubertad despertó los apetitos del heredero del sultán, Mehmed, y aunque se resistió al principio, luego descubrió las ventajas y comodidades del intercambio de favores.
Parece que Vlad no se adaptó tan bien. En realidad, tampoco se quedó tanto tiempo. En 1446, los húngaros vengaron la traición de su padre apaleándole hasta la muerte y negándole el derecho a sepultura. Su hermano mayor, Mircea, corrió la suerte inversa: lo enterraron vivo. De un día para otro, el pequeño Vlad se convirtió en heredero directo a príncipe de Valaquia.
Pero el sistema de elección del voivoda no se basaba en la primogenitura. De hecho, dependía de una asamblea de los nobles eslavos llamados boyardos, que elegían entre los candidatos de la familia real. La elección solía realizarse según la conveniencia del momento. Y Vlad no convenía. Su primer gobierno con apoyo turco duró sólo dos meses antes de ser defenestrado. Su sucesor, Vladislav II, no se mostró hostil con el sultán, así que, a Turquía, el cambio le dio igual. Vlad perdió el respaldo otomano. Decepcionado y abandonado una vez más, el joven vagó durante los siguientes ocho años por Europa tratando de recabar apoyos políticos para recuperar el trono que consideraba legítimamente suyo.
La oportunidad llegaría de las manos más inesperadas. Una disputa comercial con Hungría le costaría el trono a Vladislav II. El rey húngaro necesitaba un candidato más condescendiente para gobernar Valaquia, y se acordó de Vlad. Comenzaron los conciliábulos entre los húngaros –siempre dispuestos a olvidar que ellos habían matado a la familia Dracul– y los boyardos –siempre dispuestos a llegar a un acuerdo mientras no les tocasen la cartera–. Ya se sabe que en política la memoria es corta. Ni siquiera el propio Vlad se molestaba con problemas de conciencia. Para alcanzar su ansiado trono sólo tenía dos alternativas: aliarse con los turcos, que ya le habían traicionado, o aliarse con los asesinos de su padre y de su hermano. Optó por lo segundo.
En 1456, a los 25 años, Vlad entró en Valaquia al mando de un ejército transilvano. No le costó mucho hacer prisionero al voivoda Vladislav y ejecutarlo frente a un público más ávido de espectáculo que de justicia. Así se inauguraba el principado de Vlad III, que en adelante añadiría a su nombre de Draculea el apelativo de Tepes (“el empalador”).
Digamos que soy voivoda de Valaquia. Me amenaza, por un lado, un ejército de 100.000 hombres; por el otro, uno de 70.000. No cuento con mis boyardos, que han montado un sistema para limitar mi poder a sus caprichos. Mis campesinos están hartos de la explotación y se niegan a pelear. Mis antecesores han durado un promedio de tres años, dedicados exclusivamente a seguir durando. Soy un pelele político sin dinero, sin poderío militar y sin influencia sobre otros Estados. Sólo hay algo que puede mantenerme al mando: el miedo. Si no me sacan será porque no se atreven.
Consciente de ello, Vlad siguió un orden muy riguroso en la administración de la violencia. Empezó ocupándose del enemigo interior. Siguiendo la costumbre, organizó un festín de Pascua para todos los boyardos con influencia en la elección del principado, unos 500. Cuando la fiesta estaba en lo mejor se le ocurrió un ingenioso juego de preguntas y respuestas. La primera pregunta era: ¿a cuántos voivodas habéis visto pasar? Los nobles se divertían. Varios mencionaron a seis, a ocho. Algunos de los más viejos recordaban hasta 30. La segunda pregunta era: ¿no os parecen demasiados? Ahora, los boyardos se carcajeaban. Son más que platos hay en esta mesa, son más que las jarras de vino que uno se puede beber. Se lo estaban pasando en grande. Vlad dio la respuesta ganadora: “Si han sido tantos es por culpa de vuestra infamia y vuestra traición”. A algunos se les cortó la risa al oírle, otros pensaron que era hora de irse a casa. Pero era tarde. Se abrieron las puertas del salón e ingresó la guardia personal de Vlad.
Los nobles fueron capturados sin mucho esfuerzo. Suplicaron piedad, pero nadie les estaba escuchando. Les ataron las manos a la espalda y les dejaron los pies bien separados. Les colocaron boca abajo y lubricaron con aceite sus orificios posteriores. Luego, los verdugos introdujeron por ahí palos puntiagudos que afirmaron a martillazos hasta que penetraron unos 50 centímetros. Finalmente sembraron los palos como árboles en el suelo. La punta de los palos era roma, de modo que no perforaba los órganos internos; sólo los iba haciendo a un lado a su paso, buscando una salida, mientras los cuerpos descendían por su propio peso. Algunos tardaron en morir tres días.
El empalamiento cumplía una función didáctica. Se realizaba en lugares transitados, como plazas y caminos, a modo de advertencia por si a algún otro gracioso se le ocurría traicionar al voivoda. Las víctimas se dejaban ahí durante meses, mientras los cadáveres se iban descomponiendo.
Vlad repartió las propiedades de los boyardos empalados entre algunos nobles menores, varios monjes y muchos campesinos libres, para crear una nueva clase dominante leal a sus órdenes. Pero no debemos inferir de ello una actitud elitista por su parte. Vlad era muy democrático en su salvajismo. Su siguiente banquete fue para los mendigos y pordioseros de Valaquia. Esta vez, el juego de las preguntas era distinto: “¿Queréis veros libres de miserias y privaciones?”. Los mendigos querían. Para satisfacerlos, Vlad cerró las puertas de la sala y les prendió fuego. El problema de la pobreza estaba resuelto.
A los gitanos también les ofreció una salida productiva. Reunió a unos 300, escogió a tres de ellos y los mandó asar. A fuego lento. A los demás les ofreció una opción: o se comían a sus amigos, o se enrolaban en el ejército. Los gitanos formaron a partir de entonces un contingente armado de dudosa heroicidad.
El problema con los malos es que siempre creen que son buenos. Vlad estaba obsesionado con la virtud de su pueblo, que promovía con medidas drásticas. Si algo realmente le desesperaba era la infidelidad femenina. Las mujeres que engañaban a sus esposos eran empaladas por la vagina con hierros candentes. Sus órganos sexuales y pechos eran mutilados, y si su pecado era grave, se las desollaba antes del empalamiento. Sus hijos, por lo general, sufrían el mismo castigo. Si eran muy pequeños, los empalaban incrustados en los pechos vacíos de las madres. Vlad sabía por experiencia propia lo peligroso que podía ser en el futuro un hijo sediento de venganza. El infanticidio era el modo más práctico de curarse en salud.
Sin embargo, no se puede acusar a Vlad de nepotista. Estaba dispuesto a impartir su peculiar sentido de justicia incluso contra sus seres queridos. Una vez, al verle deprimido, su amante le dijo para alegrarle que esperaba un hijo de él. Pero era mentira. Vlad la hizo revisar por unas comadronas. Tras certificar el falso embarazo la rajó personalmente de la pelvis al pecho en busca del supuesto bebé.
Algunos biógrafos con influencia del psicoanálisis sugieren que su insólito despliegue de crueldad se debía a que Vlad era sexualmente impotente y sublimaba sus carencias sexuales a través de la tortura. Pero él se justificaría diciendo que la suya era una legítima preocupación por la sana moral de los rumanos. Bueno, probablemente no diría nada. Simplemente mandaría empalar al biógrafo. En todo caso, cabe decir en su favor que era igualmente cruel con los ladrones, a quienes, por lo visto, juzgaba tan réprobos como a los pobres, las mujeres, los niños y los gitanos. Conocedores de la severidad de los castigos –que incluían, aparte del consabido empalamiento, la pérdida de los ojos–, los amigos de lo ajeno contuvieron sus impulsos en Valaquia. Vlad estaba especialmente orgulloso del símbolo de su autoridad: la copa para beber de la fuente en la plaza de Tirgoviste. La copa era de oro puro y no estaba custodiada. Pero nadie se atrevió a robarla durante todo su reinado. El imperio de la ley y el orden, que le dicen.
Pero hasta ahora sólo hemos hablado de la paz. Luego hubo una guerra. Y la cosa empeoró.
Aparentemente, Vlad se habría podido ahorrar el enfrentamiento contra el poderoso imperio otomano. Pero es que el príncipe tenía muy malos modales. El emisario encargado de cobrar el tributo del sultán se presentó en su castillo con el turbante puesto. Y eso no le gustó. El turco le explicó que ésa era su costumbre, que ni siquiera ante el sultán se quitaba el turbante. Vlad dijo: “Quiero, entonces, confirmarte en tus costumbres”, y mandó clavarle el turbante a la cabeza. De más está explicar que no pagó el tributo.
Para colmo, Vlad se dedicó a atacar las fortalezas turcas del Danubio. Quizá simplemente decidió adelantarse a la invasión que se produciría más tarde o más temprano. O quizá fantaseaba con liderar a la cristiandad en su cruzada contra los infieles. Eso al menos parece indicar la carta que envió al soberano de Hungría para convencerle de sumarse a los combates: “He matado a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes, desde Oblucitza y Novoselo, donde el Danubio entra en el mar, hasta Samovit y Ghigen. Hemos matado a 23.884 turcos y búlgaros, sin contar aquellos a los que quemamos en sus casas, o cuyas cabezas no fueron cortadas por nuestros soldados […]; 1.350 en Novoselo, 6.840 en Silistria, 343 en Orsova, 840 en Vectrem, 630 en Tutrakan, 210 en Marotim, 6.414 en Giurgiu, 343 en Turnu, 410 en Sistov, 1.138 en Nicópolis, 1.460 en Rahovo…”. El escrito iba acompañado por dos costales llenos de orejas, narices y cabezas. Pero ni así convenció a nadie. Vlad tendría que enfrentarse solo al sultán Mehmed, que además estaba tan furioso que dirigiría personalmente a su guardia de élite, los jenízaros, y a su ejército de 100.000 hombres. Uno de ellos, por cierto, era un viejo conocido: Radu el Hermoso, el hermano de Vlad, el elegido del sultán para ocupar el trono de Valaquia tras la victoria.
Como única estrategia posible, Vlad, que sólo contaba con 20.000 hombres, inventó la guerrilla: atacaba de noche y por sorpresa, rapiñaba la retaguardia turca, asesinaba a los soldados que se apartaban del grueso de la tropa. También tenía métodos para potenciar el valor de sus propios soldados: premiaba y condecoraba a los heridos por el frente; en cambio, a los que presentaban heridas por la retaguardia, señal de huida, los empalaba. Además ordenó a sus súbditos aplicar la estrategia de tierra quemada. Los valacos dejaron los pueblos y se refugiaron en las montañas con víveres y ganado. Los soldados turcos se desmoralizaban al no tener nada que saquear.
El sultán continuaba su avance hacia Tirgoviste, bajo un sol abrasador y sin agua. Cada vez entendía menos qué tenía que ganar en esa guerra. La marcha duró siete días. El último de ellos encontraron el bosque de los empalados: 20.000 cadáveres sembrados en una extensión de 10 kilómetros cuadrados. Hombres, mujeres, niños cubiertos de cuervos y buitres que construían sus nidos en sus cavidades óseas. Tras el bosque estaba la capital abandonada y vacía.
Mehmed dejó ahí a Radu, un heredero legítimo que pronto consiguió el apoyo de los boyardos, hartos de los excesos del anterior voivoda y ansiosos de paz con los turcos. Vlad huyó a Hungría. Sus aliados le habían abandonado, su hermano ocupaba el trono de Valaquia y su mujer se había suicidado ante la inminencia de la derrota. Pero aún no terminaban sus problemas. Los húngaros interceptaron unas supuestas cartas de Vlad ofreciéndole una alianza al sultán. Fue a Buda en busca de ayuda y sólo consiguió hacerse arrestar.
Su cautiverio duró 12 años, pero no parece haber sido especialmente duro. Se trató más bien de un arresto domiciliario. El rey de Hungría se complacía mostrándoselo a sus huéspedes, como una bestia de feria conocida por la leyenda de su crueldad. Quién sabe si Vlad también se divertía con eso. Tenía otros hobbies. Cazaba ratones y los empalaba. Compraba pájaros en el mercado sólo para atormentarlos y dejarlos en libertad. Una vez, un alguacil entró en su casa sin avisar, durante la persecución de un ladrón. Vlad lo mató. Explicó que no se entra así en casa de un príncipe. Al rey húngaro le pareció muy gracioso.
Pero en política, la memoria es corta. Los conflictos en Valaquia continuaron. Radu murió asesinado o en combate, ni siquiera se sabe. Los turcos volvieron a atacar. Los europeos necesitaban al mejor jefe militar que se les había enfrentado. Una vez más, Vlad Drácula volvió a Valaquia para enfrentarse a Mehmed.
Hay tres versiones de lo que ocurrió entonces. La primera dice que Vlad murió en combate; la segunda, que sus hombres le confundieron con un turco y lo mataron; la tercera, que un sicario le degolló por la espalda. En cualquier caso, todos tenían razones para hacerlo. La supervivencia de Vlad entre valacos, turcos y húngaros era imposible. A petición de Mehmed, decapitaron su cuerpo. Enterraron el tronco en el monasterio de Snagov y enviaron la cabeza al sultán conservada en miel para que la exhibiese clavada en una lanza. Años después, el hijo de Vlad, el último Drácula, gobernaría y moriría asesinado, como todos sus familiares.
Un grabado de la época muestra a Vlad almorzando apaciblemente al lado de un bosque de empalados. Frente a él, uno de sus empleados trocea a un cadáver. Sin embargo, Vlad no come carne humana ni bebe sangre, sólo almuerza. En la mesa hay pan, quizá un guiso. El grabado forma parte de las fuentes de la historia de Vlad, que se convirtió en el primer best seller del mundo antes que la Biblia. Las crónicas alemanas hablan de él como un monstruo; las rusas, aunque no ahorran detalles sobre su crueldad, le consideran un hombre justo que defendió a los suyos contra los extranjeros y los nobles corruptos. Incluso muchos rumanos le consideran un héroe nacional, pero uno de ellos parece haber sido el dictador Ceausescu, que no resulta una buena referencia.
A lo largo de la historia, esas leyendas, que tienen mucho de tradición oral y seguramente de exageración, jamás se mezclaron con las de los vampiros –mugrientos muertos-vivos putrefactos y sin glamour– que abundaban en Rumania. Hasta la llegada de Bram Stoker. Stoker convirtió al desagradable engendro en un refinado conde centroeuropeo, haciéndole más digerible para el lector victoriano, y barnizándolo, por supuesto, con una pátina de atractivo sexual.
No está claro cuánto investigó Stoker realmente y cuánto fue producto de su calenturienta imaginación. Está claro que Vlad, el hijo del diablo sediento de sangre cuya cabeza fue arrancada y clavada en una estaca, el príncipe que peleó contra tres religiones y cuya alma vagaría por la tierra rechazada de todos los paraísos, daba juego para todo tipo de fábulas. Pero había cosas que ni el talento literario de Stoker podía prever. En 1931, un equipo de arqueólogos exhumó el sepulcro de Vlad Drácula en el monasterio de Snagov. En el interior sólo encontraron huesos de animales.

domingo, 23 de mayo de 2010

PRENSA. "Malos de la historia": "La condesa sangrienta", por Ignacio Vidal-Folch. Ilustraciones de Santiago Caruso

Ilustración de Santiago Caruso

Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos. (El primero estaba dedicado a Medea, escrito por Clara Sánchez. Para leerlo buscar en las etiquetas -Malos de la historia-, Medea, Sánchez Clara-).

La condesa sangrienta

Erzsébet (Elisabeth) Bathory fue posiblemente la primera asesina en serie de la historia. Descendiente de una de las familias más poderosas de la región centroeuropea que se extiende por las actuales Rumania, Hungría y Croacia, torturó y asesinó a más de 650 jóvenes a mediados del siglo XVI para conseguir la eterna juventud.


IGNACIO VIDAL-FOLCH
EL PAIS SEMANAL - 17-04-2005

Erzsébet Bathory (1560-1614), alias La Condesa Sangrienta, alias La Tigresa de Csejthe. Hija de Jorge y Ana Bathory. Quizá la asesina en serie más abundante de la historia, en compañía de varias sirvientas y brujas torturó mediante los más crueles procedimientos y asesinó a cerca de 650 muchachas en las despensas, salas ocultas, salas de calderas, subterráneos, cuartos de aseo y en sus mismos dormitorios de sus castillos de Lezticzé, Keresztúr, Sárvár, Beckó, Csejthe. Estos horrores sucedieron mediado el siglo XVI, en perdidas y boscosas regiones húngaras batidas por el viento, que hoy pertenecen a la República de Eslovaquia. Una vez fueron puestos a la luz sus crímenes, Erzsébet fue juzgada en Presslau o Presburbo (hoy, la Bratislava eslovaca, y en aquel entonces, caída Budapest en manos de los turcos, capital de Hungría) por 20 jueces y condenada a encierro de por vida. Pasó los últimos años encerrada en una habitación del castillo donde había cometido la mayoría de sus horrendos crímenes. Desde allí clamaba su inocencia y enviaba cartas donde aseguraba que su desgracia obedecía a un complot del rey para quedarse con sus tierras. Pero ni el rey se quedó con sus tierras ni ella salió de esa sala.
Con estas pocas frases podría resumirse el relato de una vida tan estúpida y ruin, y acabar este artículo. Pero claro que podemos extendernos un poco más, y agregar unos detalles, divinos detalles.
Las andanzas de esta mujer tarada están excelentemente glosadas en la biografía documentada y estilizada de la escritora francesa Valentine Penrose, bajo el título La condesa sangrienta (Siruela). En esas páginas de prosa fina, digna de un tema más alto que la descripción a veces insoportablemente detallada y minuciosa de los tormentos físicos inferidos por Erzsébet y su jauría de locas a sus indefensas, aterrorizadas víctimas, se escruta y analiza el único retrato que nos ha llegado de la condesa, realizado por un artista anónimo cuando ella tenía aproximadamente 25 años.
En sus ojos de mirada extraviada puede apreciarse, nos dice Penrose, el invisible velo que la separaba de las cosas y que ella quería atravesar mediante la crueldad extrema, causando el dolor y la muerte y experimentando los éxtasis epilépticos que solían presentarse después de alguna sesión especialmente grotesca, de la que salía manchada de sangre hasta las cejas y con un jirón de carne humana entre los dientes. Parece, dice la biógrafa citando documentos de la época, que fue una mujer de piel pálida, de impresionante aunque helada belleza, una de las más lindas de su tiempo. Es posible. Pero lo que vemos en el anónimo retrato es a una joven de fisonomía corriente y mirada inexpresiva, una noble enjoyada y vestida con ropa distinguida, con una gola aparatosa.
La historiografía húngara y la alemana y los anales de la criminología patológica abundan en escritos sobre el personaje, en reflexiones meditabundas sobre el sinsentido del mal que ejerció en lóbregas estancias, en recreaciones de la pálida condesa, a partir de las actas del juicio celebrado en el año de 1611, que su acusador, el palatino Thurzó, ocultó, más que guardó, en su castillo, y exhumadas en el siglo XVIII por el padre jesuita Laszlo Turoczi, que escribió la primera monografía sobre la condesa.
En esas actas, las criadas que la asistieron en la comisión de aquellas atrocidades hablan explícitamente de su narcisismo, de su obsesión por retener la juventud, de las ceremonias satánicas que celebraban:
–¿Cuántas mujeres has matado?
–Mujeres, no sé; jóvenes he matado a treinta y siete.
–¿Qué torturas empleaban?
–Les ataban muy fuerte las manos y los brazos con cuerda de Viena, y las golpeaban mortalmente hasta que se les ponía el cuerpo negro como el carbón y se les abría la piel. Una aguantó más de doscientos golpes antes de morir. Dorkó les cortaba los dedos uno a uno, con unas cizallas, y luego les pinchaba las venas con unas tijeras.
Etcétera, etcétera, etcétera. Testimonios que pondrían muy caviloso a Bataille. Pero tales documentos y los libros sobre la dama de Csejthe (hoy en día, Chactice, burgo en la zona más occidental de Eslovaquia, con una plaza medieval, un pequeño museo municipal y las ruinas del castillo en lo alto) no explican cómo fue posible que una dama, por noble que fuese, pudiera cometer tantos crímenes, a lo largo de tantos años, sin que las quejas y las protestas de las víctimas llegaran a oídos de las autoridades superiores y éstas tomasen medidas.
El hecho de que sus cómplices fueran condenados a muerte, pero ella ni siquiera tuviese que declarar en el juicio habla ya de su alta posición social. En efecto, aunque en la vida de Erzsébet todo habla de un apartamiento abismal, de una soledad escondida en compañía sólo de otros monstruos y de sus aullantes víctimas, su familia era una de las más importantes y poderosas de la región centroeuropea que se extiende por las actuales Rumania, Hungría, Croacia.
Durante los siglos XV y XVI, esa región fue campo de batalla entre los príncipes cristianos y los ejércitos del imperio turco, empeñado en expandirse por los Balcanes y la Europa Central, aprovechando las guerras de religión que empezaron con la revuelta de los husitas (protoprotestantes) en Bohemia. Aquellos príncipes a menudo cambiaban de lealtades y ora se ponían al servicio de las majestades católicas ora pagaban tributo a la Sublime Puerta, según las necesidades de la supervivencia o las conveniencias de la estrategia.
Pocas décadas antes del nacimiento de Erzsébet Bathory, el rey Luis II de Hungría (1516-1526) y casi toda su nobleza y gobierno murieron en la batalla de Mohacs, la catástrofe nacional húngara. La capital, Budapest, y la mayor parte del país, cayeron bajo el yugo turco. El país se dividió en dos monarquías: la una, habsbúrguica; la otra, tributaria de los turcos durante 150 años. El poder real se redujo a la mínima expresión.
En esas circunstancias, con campañas guerreras que empezaban cada primavera y quedaban suspendidas o terminadas con la llegada del invierno, los monarcas Habsburgo, transilvanos o polacos perdían y ganaban continuamente regiones y plazas fuertes; en estas regiones fronterizas el absolutismo no pudo imponerse con la rotundidad con que lo hizo en España, Inglaterra o Francia. La evolución de las estructuras sociales se demoró. Tras la represión de las revueltas de campesinos propias de la época, pero allí especialmente feroces, el servilismo se extremó. Los señores feudales, a los que los reyes tenían que recurrir cada vez que emprendían una acción guerrera, gozaban de una autonomía casi absoluta, y de gran número de criados a su servicio, cuyo precio era muy bajo, para los parámetros de la época.
Destacaban entre esos señores los Wenzelin, descendientes de ancestros de la Suavia alemana que se convirtieron en “Valientes” o “Bravos” (Bator, Bathory) al servicio de los reyes húngaros, y en grandes latifundistas. Diez años antes de Mohacs, fue uno de ellos precisamente el que dirigió al ejército regular contra los campesinos sublevados. Ya en tiempos de Erzsébet, un primo suyo era príncipe de Transilvania, y otro primo, rey de Polonia. En su familia había cardenales, obispos, jueces. Había también antecedentes de enfermedades mentales, de violencia desmedida. La misma condesa era hija de primos consanguíneos.
Su esposo, Francisco, pertenecía a la muy rica y poderosa, aunque un poquito menos distinguida, familia Nádasdy, y era uno de los más distinguidos señores de la guerra que se pasaron la vida batallando al servicio de la corona, contra el turco.
La Ungría restaurada, compendiosa noticia redactada en toscano por D. Simpliciano Bizozeri y traducido en español por Un curioso, publicado en 1688 en Barcelona, retrata Hungría como un país riquísimo. Un país donde no se vería, “en algunas de sus ciudades en vez de la Cruz enarbolada la Luna si la perfidia de sus moradores no hubiera ayudado al enemigo común a establecer en él su tiranía”. Un reino fertilísimo, al que sólo le faltaban “hombres de buena ley, puesto que todos los historiadores que de ellos escriben los llaman crueles, sediciosos, inconstantes, avarientos, vengativos y sin fe”. Un país tan fértil en minerales y toda clase de riquezas naturales que incluso se habían hallado “yemas de oro finísimo brotado de la tierra y un pámpano medio de oro y que se dice se conserva y se guarda en el tesoro del emperador”.
Sobreabundaban los caballos, corderos, ovejas y carneros; los ciervos, cisnes, cabras monteses, búfalos, liebres y comadrejas. Las vacas eran tantas que no se recogían por la noche, se las dejaba sueltas por los pastos. De pájaros era inmensa la cantidad, “en particular de tordos, faisanes, perdices, tórtolas y otros semejantes”.
En cuanto a las yemas de oro que según Simpliciano Bizozeri brotaban de la tierra, y el misterioso pámpano de oro, seguro que llegaron al tesoro imperial en tiempos de Rodolfo II, aquel sobrino de Felipe II, gran coleccionista de extravagancias de las ciencias, de la alquimia y de las artes que llevó la capital imperial a Praga; hombre peculiar, rey lunar, humanista notable y raro, pero estadista pasivo y militar perezoso, durante cuyo reinado la condesa sangrienta se dedicó a sus fechorías impunemente, con el único y negligible obstáculo de las protestas del pastor János Ponikenus, escamado de sorprender demasiado a menudo a enterradores clandestinos trabajando por la noche en el cementerio junto a su parroquia.
La Hungría de Erzsébet, que pasaba a solas largas temporadas de días interminables, mientras su marido viajaba entre las diferentes fortalezas que defendían la frontera y perseguía las huestes de jinetes enemigos que se aventuraban al pillaje en las aldeas más expuestas, era una Hungría muy diferente de la que describe Bizozeri: una serie de severas mansiones de piedra en lo alto de montes pelados, a la sombra de los montes Tatra, sólo sobrevolados por milanos y otras aves de presa, fortalezas en cuyo interior ella conjuraba a los espíritus de los bosques y las fuerzas telúricas de la tierra, donde sus criadas preparaban cocciones repulsivas y recitaban hechizos que habían de proporcionar a su ama eterna juventud y protección contra sus enemigos. Para la blancura de la piel lo mejor, creía la condesa, eran los baños de sangre de doncella.
A Ferencz Nadasdy parece que le sorprendía pero no escandalizaba la severidad de su mujer con el servicio. Una vez vio a una criada atada a un árbol, dejada a la intemperie en el patio de armas. A otras, castigadas a barrer y fregar desnudas en lo más crudo del invierno. Pero él bregaba en una guerra en que ambos bandos recurrían a la saña más cruel para infundir terror al enemigo, y aquellos episodios le debieron parecer poco más que juegos de mujercita caprichosa. Cuando el caballero murió, a los 49 años, en Csejthe, su viuda se vio con las manos libres para entregarse sin más freno ni disimulo a sus pasiones sádicas. Y así lo hizo durante muchos años.
El rey Matías, después de deponer a Rodolfo, escuchó las alegaciones de algunas familias de la pequeña nobleza rural, donde las malvadas ajustadoras de criadas para el servicio de la condesa Bathory en el castillo de Csejthe habían empezado a reclutar muchachas de buena cuna, de las que nunca más se supo nada; mal estaba que en torno a los castillos de una noble viuda falleciesen o desapareciesen las jovencitas campesinas en número alarmante; ese fenómeno podía achacarse a la combinación de las enfermedades a las que eran tan proclives los tiempos, los rigores de sus vidas y la severidad de su ama. Pero que desapareciesen doncellas de sangre azul ya eran palabras mayores.
Matías encargó la investigación de las denuncias que le llegaban al príncipe palatino, conde Jorge Thurzo. El palatino era la primera persona del Estado después del rey, y el encargado de juzgar al mismo monarca en el caso de que éste fuese acusado. El 29 de diciembre de 1610, Thurzo llegó a Csejthe para poner a Erzsébet bajo arresto domiciliario, y en el registro del castillo encontró una cámara de tortura, y en ella a varias muchachas muertas y alguna otra agonizante, olvidadas allí la noche anterior por las sacerdotisas de la ordalía sádica, que se habían retirado a dormir agotadas y sin acordarse de limpiar la sangre y los despojos y de enterrar los cadáveres.
En el juicio subsiguiente, cuatro de las cómplices de la condesa (que respondían a los nombres de Helena Jo, Ficzko, Dorotea Sientes y Katarina Beneczky, habiendo ya fallecido de muerte natural la más demoníaca, que respondía al muy adecuado nombre de Darvulia) confesaron sus crímenes con absoluta franqueza, confiando en obtener a cambio clemencia del tribunal. Entre la docena larga de criadas y vecinos de las aldeas que dieron testimonio de los asesinatos, de las torturas, o de los entierros clandestinos que habían presenciado, una criada identificada como “la doncella Zusanna” declaró haber visto una lista en la que la condesa había apuntado con su propia mano los nombres de 650 víctimas. Y Penrose agrega que junto a cada nombre la condesa había reseñado alguna característica: “Era muy baja”, “Tenía el pelo negro”, etcétera.
A pesar de la mencionada franqueza de las acusadas, el tribunal condenó a algunas a que les arrancasen los dedos –por haber torturado con ellos a mujeres– y luego las quemasen vivas; otra, en consideración a su maleable juventud, sólo fue condenada a ser ahorcada y luego arrojada a la hoguera; y Erzsébet Bathory, en atención a los servicios prestados por su familia a la monarquía, salvó la piel. Fue declarada demente y condenada a reclusión por vida en una sala de su propio castillo, donde se la emparedó y pasó casi cuatro años sola, recibiendo alimentos por una rendija practicada en la pared, y sumida en quién sabe qué meditaciones y recuerdos, hasta que, cumplida la edad de 54 años, el ángel de la muerte, con una mueca de repugnancia, la besó.
Ilustración de Santiago Caruso

Aquí, más información.
Para saber más, por Alejandra Pizarnik.
Blog de Santiago Caruso.

lunes, 3 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA: "Medea", por Clara Sánchez



(En el centro, Medea, de Eugène Delacroix. A la derecha, la escritora Clara Sánchez)

Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos.

Comenzamos con el personaje de MEDEA, en el artículo de Clara Sánchez titulado Unidos por el Vellocino de oro:


En un cuadro de Eugène Delacroix, Medea aparece matando a sus dos hijos con un puñal. Podría tratarse de una de las desgraciadas noticias que alguna vez asaltan los telediarios, una mujer mata a sus hijos para escarmentar al marido, y que nos produce mayor escozor y rechazo que otras de la misma dimensión. Nos parece lo último en el escalafón criminal. Así que, partiendo de aquí, el resto de muertes cometidas por esta grande de la tragedia griega ya no nos sobresaltará. En la pintura lleva corona, lo que indica un rango noble, pero va desnuda de cintura para arriba, lo que le da un cierto aire salvaje. Y es que Medea a los ojos de los atenienses es una bárbara, una extranjera, hija del rey Eetes del remoto país de Cólquide, que el mito sitúa “al este del Sol y al oeste de la Luna”. El padre de los niños es el griego Jasón, que con los argonautas llega a Cólquide en busca del Vellocino de Oro tras pasar por mil aventuras que bien que mal ha ido superando.Cuando este muchacho espléndido y valiente, un héroe, que ese día “estaba aún más bello que de costumbre”, se presenta ante Eetes solicitándole el Vellocino, Medea lo ve y se enamora locamente de él. La duda es si Jasón se enamora con la misma intensidad de ella o si se deja querer y ayudar, si se trata de una parada más en su camino hacia el objetivo final: conseguir el dichoso Vellocino, para conseguir un reino. Y, por el contrario, lo que debe de ocurrirle a Medea con Jasón es más o menos lo que nos sucede a todos cuando nos incorporamos a la vida de otra persona, que tenemos la engañosa sensación de que su historia acaba de comenzar con nosotros. Grave error porque, si toda historia y toda vida proceden de otra, la de Jasón se remonta a la intrincada de su padre, Esón, cuyo reino de Yolco le arrebató su hermanastro Pelias. Esón, temiendo que matasen a su hijo, se lo confió al centauro Quirón, que como es de suponer no lo iba a educar en un salón, sino en plena naturaleza, donde Jasón aprendió a luchar, a sobrevivir y a ser fuerte. Hasta que al cumplir veinte años decidió ir a reclamar a su tío Pelias el trono que por derecho propio le correspondía. Por venir del medio en el que vivía, Jasón se presentó en Yolco vestido con una piel de pantera y una lanza en cada mano, lo que debía de darle un aspecto imponente. Ah, y una sola sandalia, lo que le daba un aspecto inquietante, pues a su tío le habían vaticinado que tuviese mucho cuidado con los que llevaban una sola sandalia, un detalle bastante intrigante por el que pasaremos de largo para no perdernos por los vericuetos de la mitología. Pero Pelias, para recuperar el trono y sobre todo para deshacerse de su inoportuno sobrino, le impuso como condición encontrar y llevarle el Vellocino de Oro, uno de esos extraños objetos de deseo que ha hecho a los hombres de cualquier época salir de su casa y conocer mundo. Éste en concreto estaba bien protegido por un dragón en un bosque sagrado de Cólquide. Allí, el padre de Medea lo había colgado de una estaca en ofrenda a la diosa Ares. De modo que Jasón se puso de inmediato manos a la obra para reunir a los mejores hombres de Grecia y emprender el viaje de los héroes.
La idea de convertir en oro la lana de un carnero es deslumbrante. Si además a esta rareza se la rodea de peligros se volverá irresistible. La explicación de su origen es igualmente maravillosa y procede de un drama familiar. Dos niños, Hele y Frixo, estaban a punto de ser sacrificados por la insidia de su madrastra cuando un carnero alado de oro los recogió y se los llevó volando. Durante el viaje, la niña, Hele, se mareó y cayó en el mar, en el lugar llamado desde entonces Helesponto, mientras que Frixo llegó hasta Cólquide, donde el rey Eetes lo acogió. En gratitud a Zeus sacrificaron el carnero prodigioso y el rey colocó su tentador vellón en el bosque. Sólo los dioses sabían que tiempo más tarde precisamente un hijo de Frixo, Argo, construiría la embarcación en que Jasón y los argonautas conseguirían llegar a Cólquide y al Vellocino.
Y aquí están. Nada más les queda apoderarse del Vellocino para terminar con esta historia. Pero entonces, de entre las sombras de esa tierra lejana y desconocida, surge una mujer en la flor de la vida, Medea, que experimenta una atracción fatal por Jasón, una atracción que la lanza a hacer cosas terribles. Con él “tocaré las estrellas”, exclama este síndrome viviente del amor excesivo. Pero, ¿quién es Medea, aparte de saber que tiene los escrúpulos de una psicópata a la hora de vengarse o de quitarse de en medio a quien le estorba?; también sabemos que es hechicera, y así la representó el arte griego en muchas ocasiones colocándole como atributo una caja con filtros mágicos. Por supuesto, Medea utiliza los poderes sobrenaturales para sus fines, tanto buenos como malos. Es más, no parece pensar en términos de bien o mal, sino de resolver la situación del momento, del instante que pasa y no volverá, de resolverlo de la forma más favorable a sus exigencias, y para ello usa todos los recursos a su alcance.
Demasiado amor que, por lo pronto, no le viene nada mal a Jasón para lograr su meta. Digamos que la relación se aborda desde dos puntos de vista distintos. Para él, Medea es un eslabón más en su aventura, mientras que la de ella comienza con Jasón. De hecho, Medea entra con fuerza en la mitología a partir de él. De no haber sido por su amor loco, ni Eurípides ni siglos más tarde Séneca hubiesen escrito una tragedia sobre ella, ni varias más griegas y latinas, tampoco lo habría hecho Ovidio en sus Metamorfosis, ni seguiría habiendo versiones contemporáneas, ni su figura continuaría interesando tanto. Es como si hubiera permanecido en la oscuridad hasta que Jasón la enciende por dentro y empieza a brillar en medio de la noche. Y se siente encantada (“no es la ignorancia lo que me aleja de la verdad, sino el amor”) de poder echarle una mano, aunque sea en contra de su propio padre, que impone a Jasón algunas pruebas como condición para entregarle el Vellocino.
Las pruebas que han de superar los héroes clásicos están tan salpicadas de color y exotismo que merece la pena hablar un poco de ellas. Su dificultad y encanto son comprensibles incluso para hombres que han visto estallar la bomba atómica y que han llegado a Marte. Una consiste en ponerles el yugo a dos impresionantes toros de pezuñas de bronce, que despiden fuego por la nariz para arar con ellos un campo y sembrarlo con los dientes de un dragón. Lo que Jasón no sabe es que esos dientes crecerán como hombres armados que tratarán de matarle. Menos mal que ahí está Medea para allanarle el camino proporcionándole un ungüento que lo hará invulnerable al fuego de los toros y aconsejándole que arroje una piedra en el centro de esos guerreros surgidos por generación espontánea para que se peleen unos contra otros. Luego está el dragón inmortal que custodia el bosque y que Medea adormece mediante un encantamiento. Situación que nos hace imaginarnos a Jasón mano sobre mano mientras ella pronuncia el hechizo. Qué mujer esta Medea, cómo se trabaja el amor de Jasón, no se queda a verlas venir, sino que actúa, se la juega. Más aún, desde que Medea ha entrado en acción, aquel héroe, jefe nada menos que de los argonautas, nos está pareciendo un consentido. Si no fuera por los crímenes que se le atribuyen, Medea nos caería bien. Es el reverso de los cuentos de hadas en que el príncipe salva a la princesa. Aquí es ella la que le salva a él, y es ella la que vence al dragón. El auténtico vellocino de oro para Medea es Jasón, y su reino es Jasón y está dispuesta incluso a huir con él en la nave Argos, perseguidos por su propio padre. Lástima que, simplemente para retrasar a sus perseguidores, sea capaz de matar a su hermano Apsirto y arrojar sus miembros al mar, obligándoles así a detenerse para recogerlos.
Según se toma las cosas Medea, esta travesía de unos cuatro meses plagada de peligros debe de ser una maravilla. Está con su amor, ¿qué más quiere? De los muchos obstáculos que en ese tiempo tienen que vencer podemos escoger a Talos por ser un hallazgo casi de ciencia-ficción. Frente al dragón convencional, éste es un monstruo mecánico, construido de metal por el dios herrero Hefesto, que recuerda bastante a un robot. Se encargaba de disuadir a los navíos extranjeros que se acercaban a Creta arrojándoles enormes rocas y no había forma de acabar con él, salvo por un punto, una vena del tobillo protegida por una gruesa capa de piel. ¿Adivinan quién logra que él mismo se mate golpeándose el pie contra las rocas? La abnegada Medea, que no vive para otra cosa que para quitarle obstáculos de en medio a su amado.
Y por fin llegan con el Vellocino a Yolco, adonde seguramente Pelias no esperaba que Jasón regresara jamás. Pero así son estos héroes. Salen de casa, realizan su hazaña y vuelven, aunque en este caso con compañía y puede que brevemente. Aquí nos damos cuenta de que el amor de Medea por Jasón ha derivado en fanatismo, de otra forma no se entiende que maquine una manera tan retorcida de cargarse a Pelias y vengar así a su marido. Medea finge odiar a Jasón para meterse en casa de las hijas de Pelias donde hace la demostración de rejuvenecer a un carnero muy viejo. Ovidio, con su maravillosa forma de describir las situaciones, relata con todo detalle cómo le atraviesa la garganta y luego hierve los miembros del animal en unos poderosos jugos hasta que del interior del caldero se oye un tierno balido y un corderillo sale trotando. Lo que sigue es fácil suponerlo. Medea convence a las incautas para que hagan lo mismo con su padre. Sólo que en esta ocasión del caldero no sale nadie. Lo peor de todo es que parece que Medea le haya tomado gusto a eso de matar, y lo que nos extraña es que Jasón no esté preocupado; claro que en otras versiones ni Jasón es tan buen chico, ni ella tan mala. Después de esto, el hijo de Pelias destierra a Medea y a Jasón, que se refugian en Corinto. Parece que allí viven tranquilos unos años y tienen dos hijos, hasta que el rey Creonte, que no tiene descendencia masculina, pone sus ojos en Jasón como marido de su hija Creúsa y sucesor suyo. El bueno de Jasón acepta y se casa en secreto.
En este punto arranca la tragedia de Eurípides. Medea está muy enfadada, colérica. Y no es para menos, ha perdido su patria y ese amor por el que lo abandonó todo. Además ha de marcharse con sus dos hijos por esas tierras de Dios, puesto que Creonte no se fía de lo que pueda hacer una mujer despechada con poderes mágicos y la destierra. No es de extrañar que con razón Medea exclame: “Ay, ay, para los mortales qué horrible es el amor”. Dicho fríamente, Jasón ha encontrado un partido mejor y le da la patada a Medea y de paso a sus hijos. Además, se ha vuelto un cínico, lo que la altera mucho más. Para nosotros, espectadores del siglo XXI, no puede parecernos normal que al resto de personajes de la obra les parezca normal lo que Jasón ha hecho, pero es que en aquella época era normal hacerlo. Hablamos del siglo V antes de Cristo, el gran siglo de Pericles, en que Atenas se puso a la cabeza de las artes. Sin embargo, se podría decir que las mujeres sólo salían del gineceo, donde prácticamente vivían recluidas, para entrar en las leyendas y tragedias como personajes de ficción desgarrados por la fatalidad. Las de carne y hueso, salvo casos contados, eran invisibles de puertas para afuera de la casa y su función principal era la reproducción. A esto debe de referirse Jasón cuando en la tragedia de Eurípides le dice a Medea: “Los mortales deberían engendrar sus hijos por cualquier otra vía sin necesidad de las mujeres”. En lugar de mujeres reales, hasta nosotros han llegado Clitemnestra, Electra, Mirra, Pasifae, Fedra o Medea envueltas en un huracán de parentescos divinos, pasiones, profecías, incestos y crímenes. En ese extraño mundo de seres divinos, semidivinos y humanos, en que nada más parecen rescatarnos de nuestras miserias los prodigios que somos capaces de imaginar, Medea ha tenido una larga vida. Su figura sigue atrayendo por sentirse fuera de juego como mujer y como extranjera oprimida, como alguien que llevada al límite puede hacer cualquier cosa. Puede que nada más sea una loca a través de la cual cuestionar a la sociedad.
Las mujeres no llegaron a pertenecer a la polis en sentido pleno, porque eran consideradas criaturas que se regían por el instinto y no por la razón, criaturas que nunca alcanzaban la mayoría de edad y que debían tener un dueño, un varón que las tutelase. En este contexto social, el marido era libre de repudiar a su esposa sin tener que justificar absolutamente nada y cuando le viniera en gana, incluso podía casarla con otro. Pero Medea es una extranjera y no está acostumbrada a estas leyes tan civilizadas. La situación le parece humillante, injusta, y se rebela. Jasón le viene a decir que es tonta por no avenirse a las decisiones de los poderosos. No sabemos cómo a Jasón no se le ocurrió pensar que del mismo modo que le había vengado a él matando a Pelias podía ingeniárselas para vengarse a sí misma. Y, en efecto, lo hace. Su próximo acto está dirigido a eliminar a Creonte y a su hija con un odio más maduro y profundo, que la vuelve más creativa que nunca en el arte de matar, más refinada. Resuelve enviar a sus hijos a su enemiga Creúsa, so pretexto de que les permita quedarse en Corinto con ella y su padre, con un bello regalo, un velo muy fino de vivos colores y una corona de oro. Lo que nadie sabe es que velo y corona están impregnados en veneno. Como es previsible, Creúsa corre a un espejo para ponérselos y admirarse, y es entonces cuando Eurípides dibuja una espléndida escena de auténtico terror, con efectos especiales incluidos, en donde la corona y el velo actúan como si tuviesen vida propia. Ella perece envuelta en llamas, y al acudir su padre a socorrerla el velo lo atrapa y se agarra a su cuerpo.
Medea, no contenta con esta exhibición mortífera de sus poderes y su odio, maquina el único crimen que continuamos sin perdonarle, el que nos salta a la cara como un bofetón, el más incomprensible, el que la sitúa en el lado de la enajenación mental. Es el asesinato de sus dos hijos para mortificar a Jasón. Sin embargo, el que en una madre era un acto contra natura, en un padre era un derecho, puesto que su autoridad sobre los hijos y la esposa era total, como si no fuese igual de criminal que otro héroe mítico, Agamenón, sacrificase a su hija Ifigenia.
A pesar de que Medea no existiera realmente, sí que era real la imaginación de aquellos poetas que la hicieron inmortal a imagen y semejanza de su visión del mundo y de la mujer.