lunes, 3 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA: "Medea", por Clara Sánchez



(En el centro, Medea, de Eugène Delacroix. A la derecha, la escritora Clara Sánchez)

Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos.

Comenzamos con el personaje de MEDEA, en el artículo de Clara Sánchez titulado Unidos por el Vellocino de oro:


En un cuadro de Eugène Delacroix, Medea aparece matando a sus dos hijos con un puñal. Podría tratarse de una de las desgraciadas noticias que alguna vez asaltan los telediarios, una mujer mata a sus hijos para escarmentar al marido, y que nos produce mayor escozor y rechazo que otras de la misma dimensión. Nos parece lo último en el escalafón criminal. Así que, partiendo de aquí, el resto de muertes cometidas por esta grande de la tragedia griega ya no nos sobresaltará. En la pintura lleva corona, lo que indica un rango noble, pero va desnuda de cintura para arriba, lo que le da un cierto aire salvaje. Y es que Medea a los ojos de los atenienses es una bárbara, una extranjera, hija del rey Eetes del remoto país de Cólquide, que el mito sitúa “al este del Sol y al oeste de la Luna”. El padre de los niños es el griego Jasón, que con los argonautas llega a Cólquide en busca del Vellocino de Oro tras pasar por mil aventuras que bien que mal ha ido superando.Cuando este muchacho espléndido y valiente, un héroe, que ese día “estaba aún más bello que de costumbre”, se presenta ante Eetes solicitándole el Vellocino, Medea lo ve y se enamora locamente de él. La duda es si Jasón se enamora con la misma intensidad de ella o si se deja querer y ayudar, si se trata de una parada más en su camino hacia el objetivo final: conseguir el dichoso Vellocino, para conseguir un reino. Y, por el contrario, lo que debe de ocurrirle a Medea con Jasón es más o menos lo que nos sucede a todos cuando nos incorporamos a la vida de otra persona, que tenemos la engañosa sensación de que su historia acaba de comenzar con nosotros. Grave error porque, si toda historia y toda vida proceden de otra, la de Jasón se remonta a la intrincada de su padre, Esón, cuyo reino de Yolco le arrebató su hermanastro Pelias. Esón, temiendo que matasen a su hijo, se lo confió al centauro Quirón, que como es de suponer no lo iba a educar en un salón, sino en plena naturaleza, donde Jasón aprendió a luchar, a sobrevivir y a ser fuerte. Hasta que al cumplir veinte años decidió ir a reclamar a su tío Pelias el trono que por derecho propio le correspondía. Por venir del medio en el que vivía, Jasón se presentó en Yolco vestido con una piel de pantera y una lanza en cada mano, lo que debía de darle un aspecto imponente. Ah, y una sola sandalia, lo que le daba un aspecto inquietante, pues a su tío le habían vaticinado que tuviese mucho cuidado con los que llevaban una sola sandalia, un detalle bastante intrigante por el que pasaremos de largo para no perdernos por los vericuetos de la mitología. Pero Pelias, para recuperar el trono y sobre todo para deshacerse de su inoportuno sobrino, le impuso como condición encontrar y llevarle el Vellocino de Oro, uno de esos extraños objetos de deseo que ha hecho a los hombres de cualquier época salir de su casa y conocer mundo. Éste en concreto estaba bien protegido por un dragón en un bosque sagrado de Cólquide. Allí, el padre de Medea lo había colgado de una estaca en ofrenda a la diosa Ares. De modo que Jasón se puso de inmediato manos a la obra para reunir a los mejores hombres de Grecia y emprender el viaje de los héroes.
La idea de convertir en oro la lana de un carnero es deslumbrante. Si además a esta rareza se la rodea de peligros se volverá irresistible. La explicación de su origen es igualmente maravillosa y procede de un drama familiar. Dos niños, Hele y Frixo, estaban a punto de ser sacrificados por la insidia de su madrastra cuando un carnero alado de oro los recogió y se los llevó volando. Durante el viaje, la niña, Hele, se mareó y cayó en el mar, en el lugar llamado desde entonces Helesponto, mientras que Frixo llegó hasta Cólquide, donde el rey Eetes lo acogió. En gratitud a Zeus sacrificaron el carnero prodigioso y el rey colocó su tentador vellón en el bosque. Sólo los dioses sabían que tiempo más tarde precisamente un hijo de Frixo, Argo, construiría la embarcación en que Jasón y los argonautas conseguirían llegar a Cólquide y al Vellocino.
Y aquí están. Nada más les queda apoderarse del Vellocino para terminar con esta historia. Pero entonces, de entre las sombras de esa tierra lejana y desconocida, surge una mujer en la flor de la vida, Medea, que experimenta una atracción fatal por Jasón, una atracción que la lanza a hacer cosas terribles. Con él “tocaré las estrellas”, exclama este síndrome viviente del amor excesivo. Pero, ¿quién es Medea, aparte de saber que tiene los escrúpulos de una psicópata a la hora de vengarse o de quitarse de en medio a quien le estorba?; también sabemos que es hechicera, y así la representó el arte griego en muchas ocasiones colocándole como atributo una caja con filtros mágicos. Por supuesto, Medea utiliza los poderes sobrenaturales para sus fines, tanto buenos como malos. Es más, no parece pensar en términos de bien o mal, sino de resolver la situación del momento, del instante que pasa y no volverá, de resolverlo de la forma más favorable a sus exigencias, y para ello usa todos los recursos a su alcance.
Demasiado amor que, por lo pronto, no le viene nada mal a Jasón para lograr su meta. Digamos que la relación se aborda desde dos puntos de vista distintos. Para él, Medea es un eslabón más en su aventura, mientras que la de ella comienza con Jasón. De hecho, Medea entra con fuerza en la mitología a partir de él. De no haber sido por su amor loco, ni Eurípides ni siglos más tarde Séneca hubiesen escrito una tragedia sobre ella, ni varias más griegas y latinas, tampoco lo habría hecho Ovidio en sus Metamorfosis, ni seguiría habiendo versiones contemporáneas, ni su figura continuaría interesando tanto. Es como si hubiera permanecido en la oscuridad hasta que Jasón la enciende por dentro y empieza a brillar en medio de la noche. Y se siente encantada (“no es la ignorancia lo que me aleja de la verdad, sino el amor”) de poder echarle una mano, aunque sea en contra de su propio padre, que impone a Jasón algunas pruebas como condición para entregarle el Vellocino.
Las pruebas que han de superar los héroes clásicos están tan salpicadas de color y exotismo que merece la pena hablar un poco de ellas. Su dificultad y encanto son comprensibles incluso para hombres que han visto estallar la bomba atómica y que han llegado a Marte. Una consiste en ponerles el yugo a dos impresionantes toros de pezuñas de bronce, que despiden fuego por la nariz para arar con ellos un campo y sembrarlo con los dientes de un dragón. Lo que Jasón no sabe es que esos dientes crecerán como hombres armados que tratarán de matarle. Menos mal que ahí está Medea para allanarle el camino proporcionándole un ungüento que lo hará invulnerable al fuego de los toros y aconsejándole que arroje una piedra en el centro de esos guerreros surgidos por generación espontánea para que se peleen unos contra otros. Luego está el dragón inmortal que custodia el bosque y que Medea adormece mediante un encantamiento. Situación que nos hace imaginarnos a Jasón mano sobre mano mientras ella pronuncia el hechizo. Qué mujer esta Medea, cómo se trabaja el amor de Jasón, no se queda a verlas venir, sino que actúa, se la juega. Más aún, desde que Medea ha entrado en acción, aquel héroe, jefe nada menos que de los argonautas, nos está pareciendo un consentido. Si no fuera por los crímenes que se le atribuyen, Medea nos caería bien. Es el reverso de los cuentos de hadas en que el príncipe salva a la princesa. Aquí es ella la que le salva a él, y es ella la que vence al dragón. El auténtico vellocino de oro para Medea es Jasón, y su reino es Jasón y está dispuesta incluso a huir con él en la nave Argos, perseguidos por su propio padre. Lástima que, simplemente para retrasar a sus perseguidores, sea capaz de matar a su hermano Apsirto y arrojar sus miembros al mar, obligándoles así a detenerse para recogerlos.
Según se toma las cosas Medea, esta travesía de unos cuatro meses plagada de peligros debe de ser una maravilla. Está con su amor, ¿qué más quiere? De los muchos obstáculos que en ese tiempo tienen que vencer podemos escoger a Talos por ser un hallazgo casi de ciencia-ficción. Frente al dragón convencional, éste es un monstruo mecánico, construido de metal por el dios herrero Hefesto, que recuerda bastante a un robot. Se encargaba de disuadir a los navíos extranjeros que se acercaban a Creta arrojándoles enormes rocas y no había forma de acabar con él, salvo por un punto, una vena del tobillo protegida por una gruesa capa de piel. ¿Adivinan quién logra que él mismo se mate golpeándose el pie contra las rocas? La abnegada Medea, que no vive para otra cosa que para quitarle obstáculos de en medio a su amado.
Y por fin llegan con el Vellocino a Yolco, adonde seguramente Pelias no esperaba que Jasón regresara jamás. Pero así son estos héroes. Salen de casa, realizan su hazaña y vuelven, aunque en este caso con compañía y puede que brevemente. Aquí nos damos cuenta de que el amor de Medea por Jasón ha derivado en fanatismo, de otra forma no se entiende que maquine una manera tan retorcida de cargarse a Pelias y vengar así a su marido. Medea finge odiar a Jasón para meterse en casa de las hijas de Pelias donde hace la demostración de rejuvenecer a un carnero muy viejo. Ovidio, con su maravillosa forma de describir las situaciones, relata con todo detalle cómo le atraviesa la garganta y luego hierve los miembros del animal en unos poderosos jugos hasta que del interior del caldero se oye un tierno balido y un corderillo sale trotando. Lo que sigue es fácil suponerlo. Medea convence a las incautas para que hagan lo mismo con su padre. Sólo que en esta ocasión del caldero no sale nadie. Lo peor de todo es que parece que Medea le haya tomado gusto a eso de matar, y lo que nos extraña es que Jasón no esté preocupado; claro que en otras versiones ni Jasón es tan buen chico, ni ella tan mala. Después de esto, el hijo de Pelias destierra a Medea y a Jasón, que se refugian en Corinto. Parece que allí viven tranquilos unos años y tienen dos hijos, hasta que el rey Creonte, que no tiene descendencia masculina, pone sus ojos en Jasón como marido de su hija Creúsa y sucesor suyo. El bueno de Jasón acepta y se casa en secreto.
En este punto arranca la tragedia de Eurípides. Medea está muy enfadada, colérica. Y no es para menos, ha perdido su patria y ese amor por el que lo abandonó todo. Además ha de marcharse con sus dos hijos por esas tierras de Dios, puesto que Creonte no se fía de lo que pueda hacer una mujer despechada con poderes mágicos y la destierra. No es de extrañar que con razón Medea exclame: “Ay, ay, para los mortales qué horrible es el amor”. Dicho fríamente, Jasón ha encontrado un partido mejor y le da la patada a Medea y de paso a sus hijos. Además, se ha vuelto un cínico, lo que la altera mucho más. Para nosotros, espectadores del siglo XXI, no puede parecernos normal que al resto de personajes de la obra les parezca normal lo que Jasón ha hecho, pero es que en aquella época era normal hacerlo. Hablamos del siglo V antes de Cristo, el gran siglo de Pericles, en que Atenas se puso a la cabeza de las artes. Sin embargo, se podría decir que las mujeres sólo salían del gineceo, donde prácticamente vivían recluidas, para entrar en las leyendas y tragedias como personajes de ficción desgarrados por la fatalidad. Las de carne y hueso, salvo casos contados, eran invisibles de puertas para afuera de la casa y su función principal era la reproducción. A esto debe de referirse Jasón cuando en la tragedia de Eurípides le dice a Medea: “Los mortales deberían engendrar sus hijos por cualquier otra vía sin necesidad de las mujeres”. En lugar de mujeres reales, hasta nosotros han llegado Clitemnestra, Electra, Mirra, Pasifae, Fedra o Medea envueltas en un huracán de parentescos divinos, pasiones, profecías, incestos y crímenes. En ese extraño mundo de seres divinos, semidivinos y humanos, en que nada más parecen rescatarnos de nuestras miserias los prodigios que somos capaces de imaginar, Medea ha tenido una larga vida. Su figura sigue atrayendo por sentirse fuera de juego como mujer y como extranjera oprimida, como alguien que llevada al límite puede hacer cualquier cosa. Puede que nada más sea una loca a través de la cual cuestionar a la sociedad.
Las mujeres no llegaron a pertenecer a la polis en sentido pleno, porque eran consideradas criaturas que se regían por el instinto y no por la razón, criaturas que nunca alcanzaban la mayoría de edad y que debían tener un dueño, un varón que las tutelase. En este contexto social, el marido era libre de repudiar a su esposa sin tener que justificar absolutamente nada y cuando le viniera en gana, incluso podía casarla con otro. Pero Medea es una extranjera y no está acostumbrada a estas leyes tan civilizadas. La situación le parece humillante, injusta, y se rebela. Jasón le viene a decir que es tonta por no avenirse a las decisiones de los poderosos. No sabemos cómo a Jasón no se le ocurrió pensar que del mismo modo que le había vengado a él matando a Pelias podía ingeniárselas para vengarse a sí misma. Y, en efecto, lo hace. Su próximo acto está dirigido a eliminar a Creonte y a su hija con un odio más maduro y profundo, que la vuelve más creativa que nunca en el arte de matar, más refinada. Resuelve enviar a sus hijos a su enemiga Creúsa, so pretexto de que les permita quedarse en Corinto con ella y su padre, con un bello regalo, un velo muy fino de vivos colores y una corona de oro. Lo que nadie sabe es que velo y corona están impregnados en veneno. Como es previsible, Creúsa corre a un espejo para ponérselos y admirarse, y es entonces cuando Eurípides dibuja una espléndida escena de auténtico terror, con efectos especiales incluidos, en donde la corona y el velo actúan como si tuviesen vida propia. Ella perece envuelta en llamas, y al acudir su padre a socorrerla el velo lo atrapa y se agarra a su cuerpo.
Medea, no contenta con esta exhibición mortífera de sus poderes y su odio, maquina el único crimen que continuamos sin perdonarle, el que nos salta a la cara como un bofetón, el más incomprensible, el que la sitúa en el lado de la enajenación mental. Es el asesinato de sus dos hijos para mortificar a Jasón. Sin embargo, el que en una madre era un acto contra natura, en un padre era un derecho, puesto que su autoridad sobre los hijos y la esposa era total, como si no fuese igual de criminal que otro héroe mítico, Agamenón, sacrificase a su hija Ifigenia.
A pesar de que Medea no existiera realmente, sí que era real la imaginación de aquellos poetas que la hicieron inmortal a imagen y semejanza de su visión del mundo y de la mujer.