sábado, 8 de agosto de 2009

LECTURA. "El sabueso", cuento de Lovecraft


EL SABUESO

I

En mis atormentados oídos resuena incesantemente una pesadilla de zumbidos y aleteos, y un aullido débil y dis­tante, como el de un gigantesco sabueso. No es sueño -ni tampoco, me temo, locura-, ya que han tenido lugar demasia­dos sucesos como para permitirme tales dudas misericordiosas. St. John es un cadáver destrozado; tan sólo yo sé por qué, y por­que lo sé voy a saltarme los sesos por temor a sufrir igual des­tino. A través de tenebrosos e ilimitados pasadizos de espantosa fantasmagoría se escabulle la némesis negra e informe que me empuja al suicidio.
¡Quiera el cielo perdonar la locura y morbo que nos llevaron a este monstruoso final! Hastiados de los lugares comunes de un mundo prosaico donde pronto se pierde el regusto del romance y la aventura, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo cada movimiento estético e intelectual que nos prometiera un respiro en nuestro devastador aburrimiento. En tiempos nos habíamos empapado de los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas, pero cada nueva moda agotaba pronto su divertida novedad y su reclamo. Sólo la sombría filo­sofía de los decadentes lograba retenernos, y tan sólo nos resul­taba suficientemente fuerte incrementando progresivamente la hondura y lo demoníaco de nuestras exploraciones. Baudelaire y Huysman pronto quedaron vacíos de estremecimiento, hasta que por último sólo nos restaron los más directos estímulos de antinaturales aventuras y experiencias personales. Fue esta espantosa necesidad emocional lo que finalmente nos condujo por este detestable camino que aún en mi presente estado de temor menciono con vergüenza y reparo..., ese odioso extremo de la atrocidad humana, la horrenda práctica de violar tumbas.
No puedo revelar los detalles de nuestras estremecedoras expediciones, o dar cuenta ni siquiera parcialmente de los peores trofeos que adornaban el indescriptible museo diseñado por nosotros mismos en la gran casa de piedra que habitábamos, solos y sin criados. Nuestro museo era un sitio blasfemo e in­concebible, donde con el satánico gusto de un virtuoso neuró­tico habíamos recreado un universo de terror y decadencia desti­nado a excitar nuestra mortecina sensibilidad. Era un cuarto secreto, abajo, muy abajo, donde grandes demonios alados, esculpidos en basalto y ónice, vomitaban por sus amplias y son­rientes bocas salvajes luces verdes y anaranjadas; y ocultos respi­raderos agitaban en calidoscópicas danzas de la muerte las filas de rojos seres de ultratumba que entrelazaban las manos en las voluminosas colgaduras negras. A través de esos suspiros llega­ban a voluntad los aromas que nuestros sentidos más apetecie­sen. A veces el olor de los pálidos lirios fúnebres, en ocasiones el narcótico incienso de imaginarios sepulcros orientales conte­niendo a regios difuntos, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— el espantoso, el agobiante hedor de las tumbas abiertas.
Contra los muros de esta repelente estancia se encontraban sarcófagos de antiguas momias, alternando con hermosos cuer­pos, casi vivos, perfectamente disecados y conservados por el arte del taxidermista, y con lápidas hurtadas a todos los más vie­jos camposantos del mundo. Nichos dispersos contenían crá­neos de todas las formas, así como cabezas conservadas en dis­tintos estadios de descomposición. Allí podían verse los restos podridos y expuestos de famosos aristócratas, así como los cabe­llos dorados, lozanos y radiantes de un chiquillo recién desente­rrado. Había estatuas y pinturas, sobre todo tocantes a inferna­les temas; algunos de ellos obras de St. John y de mí mismo. Un portafolios cerrado con llave, realizado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos desconocidos e indescriptibles atribui­dos al propio Goya, de quien se decía que nunca osó exponerlos a la opinión pública. Había nauseabundos instrumentos musica­les de cuerda, metal y madera, con los que St. John y yo a veces interpretábamos disonancias de exquisita morbidez y horror cacodemoníaco; mientras que en una multitud de casilleros de ébano descansaba la más increíble e inimaginable variedad de trofeos fúnebres jamás reunida por la locura y la perversidad humana. Pero de estos trofeos no debo hablar...; gracias a Dios, tuve el valor de destruirlos completamente antes de pensar en destruirme a mí mismo.
Las incursiones predadoras en las que recogíamos nuestros inmencionables tesoros eran siempre eventos artísticamente memorables. No éramos vulgares necrófilos, sino que obrába­mos tan sólo en ciertas condiciones de humor, escenario, ambiente, clima, estación y fase lunar. Tales pasatiempos eran para nosotros la más exquisita forma de expresión artística y prestábamos a cada detalle un fastidioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un efecto de luz desentonando o una inadecuada manipulación de la tierra húmeda podía espantar casi totalmente de nosotros ese extasiado temblor que resultaba de la exhumación de algún ominoso y burlón secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de escenarios novedosos y excitantes condi­ciones era febril, jamás satisfecha... St. John guiaba siempre, y fue él quien al final abrió el camino hacia ese burlesco, ese mal­dito lugar que acarreó sobre nosotros la espantosa e inevitable condenación.
¿A través de qué maligna fatalidad fuimos atraídos a ese terrible camposanto holandés? Creo que fue el rumor y la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que también fuera en vida un profanador de tumbas y que había robado un objeto de poder en un gran sepulcro. Aún puedo recordar los momentos finales de aquella escena..., la pálida luz otoñal sobre las tumbas, derramando sombras horriblemente largas, los árboles deformes, inclinados de forma sombría contra la descuidada maleza y las losas desvencijadas; las legiones de murciélagos extraños y colosales volando al trasluz de la luna; la vieja iglesia cubierta de hierba, apuntando un inmenso dedo espectral hacia el cielo lívido; los insectos fosforescentes que bai­laban como fuegos fatuos bajo los tejos en un rincón apanado; el hedor a moho, vegetación y cosas menos identificables, entre­mezclándose débilmente con los aires nocturnos llegados de lejanos pantanos y mares; y, lo peor de todo, el débil aullido, con notas profundas, de algún gigantesco sabueso que no podía­mos ver ni ubicar. Nos estremecimos al oír este atisbo de ladrido, recordando los relatos de labriegos, ya que a quien bus­cábamos había sido descubierto hacía siglos en este mismo sitio, destrozado y mutilado por las garras y los dientes de alguna bestia inexplicable.
Recuerdo cómo hurgamos con las palas en la tumba de aquel necrófilo; cómo nos estremecíamos de nuestra propia ima­gen, la tumba, la pálida luna menguante, las horribles sombras, los árboles deformes, los titánicos murciélagos, la vieja iglesia, los danzarines fuegos fatuos, los nauseabundos hedores, el leve soplo del viento nocturno y el extraño, oído a medias, aullido que no llegaba de ninguna dirección concreta y de cuya existen­cia real apenas podíamos estar seguros. Luego dimos con una sustancia más dura que el húmedo moho y vimos una caja ova­lada y podrida, incrustada de depósitos minerales durante su larga e inalterada presencia en la tierra. Resultaba increíble­mente dura y densa, pero era tan vieja que finalmente logramos forzarla y nos regalamos los ojos con el contenido.
Quedaba mucho, demasiado, a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrantado en ciertas par­tes por las mandíbulas del ser que le diera muerte, se conservaba asombrosamente sólido, y nos congratulamos de la limpia cala­vera blanca y de sus largos y firmes dientes, así como de las órbi­tas vacías que una vez resplandecieran con una fiebre sepulcral parecida a la que nos consumía. Dentro del ataúd había un amuleto de curioso y exótico diseño, que aparentemente había estado suspendido del cuello del yacente. Era una figura, extra­ñamente formal, de un sabueso agazapado y alado, o la de una esfinge de rostro semicanino, y estaba exquisitamente trabajada en un estilo oriental y antiguo, en una pieza de jade verde. La expresión de ese rostro resultaba sumamente repulsiva, traslu­ciendo a un tiempo muerte, bestialidad y malevolencia. En torno a la base se encontraba una inscripción en caracteres que ni St. John ni yo pudimos reconocer; y al fondo, como la marca del artífice, habían esculpido una calavera grotesca y formidable.
Apenas pusimos los ojos en ese amuleto supimos que tenía­mos que poseerlo; que tal tesoro tenía que ser la lógica recom­pensa que tomásemos de esa tumba centenaria. Lo habríamos deseado aunque su diseño nos fuera ajeno por completo; pero, una vez examinado más detenidamente, descubrimos que nos era completamente extraño. De hecho, estaba lejos de todo arte o literatura que un lector cuerdo y equilibrado pueda conocer, pero lo reconocimos como ese ser que es insinuado en el prohibido Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred; ese horripilante símbolo espiritual del culto necrófago de la inaccesible Leng, en el Asia Central. Demasiado bien pudimos encontrar los siniestros perfiles descritos por el viejo demonólogo árabe; perfiles, escribía, tomados de alguna oscura manifestación sobrenatural de los espíritus de aquellos que mancillaron y se alimen­taron de los muertos.
Cogiendo el objeto de jade verde, echamos un último vis­tazo a la calavera blanca y de órbitas vacías de su dueño y cubri­mos la tumba hasta dejarla tal como la encontramos. Al abando­nar ese lugar espantoso, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, creímos ver a los murciélagos abalanzarse en masa sobre la tierra recién profanada, como buscando algún alimento maldito y repugnante. Y, así mismo, mientras navegábamos al día siguiente entre Holanda y nuestro hogar, creímos oír el débil aullido lejano de algún sabueso gigantesco en la distancia. Pero el viento de otoño gemía triste y desasosegado y no pudimos estar seguros.

II

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglate­rra comenzaron a acaecer sucesos extraños. Vivíamos como ermitaños, sin amigos, solos y sin criados, en unas pocas habita­ciones de una casa solariega, sita en un páramo baldío y poco transitado; así que raramente venía alguna visita a llamar a nues­tra puerta. Ahora, sin embargo, nos vimos perturbados por lo que parecía ser un deambular en la noche, no sólo en torno a las puertas, sino también de ventanas, tanto las altas como las bajas. En una ocasión nos pareció que un cuerpo largo y opaco oscure­cía la ventana de la biblioteca al pasar ante la luna, y otra vez escuchamos zumbidos o aleteos a lo lejos. La investigación no reveló nada y comenzamos a achacar esos sucesos a nuestra imaginación..., la misma imaginación curiosamente perturbada que aún sostenía en nuestros oídos el débil y lejano aullido que ha­bíamos creído oír en el camposanto holandés. El amuleto de jade verde reposaba ahora en uno de los nichos de nuestro museo, y a veces encendíamos velas extrañamente aromatizadas ante él. Leíamos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades, y sobre la relación de los espíritus de los demonios con los objetos que los simbolizaba, y nos sentimos turbados por lo leído. Entonces llegó el terror.
La noche del 24 de septiembre de 19... oí un golpe en la puerta de mi alcoba. Creyendo que era St. John, le invité a entrar, pero tan sólo obtuve como respuesta una risa estridente. No había nadie en el pasillo. Cuando hube despertado a St. John, se manifestó totalmente ajeno al suceso, y se vio tan per­plejo como yo. Fue la noche en la que el aullido débil y lejano sobre el páramo se convirtió para nosotros en una certeza tangi­ble y espantosa. Cuatro días después, mientras estábamos en el museo oculto, se produjo un rasguñar bajo y cauteloso en la puerta sencilla que llevaba a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestro susto fue doble, ya que unido al miedo a lo descono­cido estaba el que siempre habíamos tenido el temor a que se descubriese nuestra espantable colección. Apagando todas las luces, fuimos a la puerta y la abrimos de golpe; fue entonces cuando sentimos un inexplicable soplo de aire y escuchamos, como en retroceso, una mezcolanza de susurros, risas entre dien­tes y charla articulada. No tratamos de determinar si nos había­mos vuelto loco, soñábamos o si estábamos en nuestros cabales. Tan sólo supimos, sumidos en la más negra aprensión, que aquella charla aparentemente incorpórea se realizaba sin duda alguna en holandés.
A partir de entonces vivimos en un creciente horror y fasci­nación. Principalmente sustentábamos la teoría de que estábamos enloqueciendo por culpa de nuestra vida de placeres antinaturales; pero a veces nos complacíamos en plantearnos el drama de las víctimas de alguna maldición reptante y abomina­ble. Las manifestaciones extravagantes resultaban demasiado fre­cuentes ahora como para relatarlas. Nuestra solitaria casa parecía albergar la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos conjeturar, y cada noche el demoníaco aullido iba y venía a través del ventoso páramo, incrementándose sin cesar. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanca, bajo la ventana de la biblioteca, una serie de pisadas imposibles por completo de describir. Eran tan desconcertantes como las hordas de grandes murciélagos que merodeaban alrededor de la vieja casa en un número sin precedentes, siempre aumentando.
El horror culminó el 18 de noviembre, cuando St. John, que volvía a casa tras el ocaso desde la lejana estación de tren, fue atrapado por algún espantoso carnívoro y resultó despeda­zado. Sus gritos llegaron hasta la casa y, mientras yo corría hacia la terrible escena, tuve tiempo de escuchar batir de alas y atisbar una nebulosa silueta negra perfilada contra la luna naciente. Mi amigo agonizaba cuando pude hablar con él, y no fue capaz de darme respuestas coherentes. Todo cuanto pudo fue el susurrar:
—El amuleto... esa cosa maldita...
Entonces cedió, convertido en una masa inerte de carne desgarrada.
Lo enterré a la medianoche siguiente en uno de nuestros des­cuidados jardines, murmurando sobre su cuerpo uno de los dia­bólicos rituales de los que tanto gustara en vida. Al pronunciar la última y demoníaca frase, oí a lo lejos en el páramo el débil aullido de algún sabueso gigantesco. Había salido la luna, pero no osé mirar. Y cuando vi sobre el páramo, tenuemente ilumi­nado, una gran sombra indistinta que saltaba de un montículo a otro, cerré los ojos y me lancé de bruces al suelo. Cuando me incorporé tembloroso, no sé cuánto después, fui tambaleándome hacia la casa y realicé estremecidas reverencias en honor de amuleto de jade.
Temeroso ahora de vivir solo en la vieja casa del páramo, me fui al día siguiente a Londres, llevándome el amuleto, tras quemar y enterrar el resto de nuestra impía colección. Pero tres noches más tarde oí de nuevo el aullido y, antes de una semana, sentía en la oscuridad ojos extraños clavados en mí. Una tarde, paseando por el muelle Victoria en busca de un poco de aire fresco, vi una negra silueta oscurecer el reflejo de una de las lámparas en el agua. Soplaba un aire más fuerte que el viento nocturno y comprendí que lo que había alcanzado a St. John me alcanzaría también a mí.
Al día siguiente envolví cuidadosamente el amuleto de jade y me embarqué rumbo a Holanda. Cuánta misericordia podía lograr devolviendo aquello a su silencioso y yacente dueño era algo que no podía saber, pero pensaba que al menos debía dar cualquier paso lógicamente concebible. Qué era el sabueso y por qué me perseguía eran preguntas aún indistintas; pero yo había oído por primera vez su aullido en el viejo camposanto y cada suceso posterior, incluso el susurro agonizante de St. John, habían servido para conectar la maldición con el robo del amu­leto. Por tanto, me vi sumido en el más profundo abismo de desesperación cuando, en un hotel de Rotterdam, descubrí que los rateros me habían privado del único medio de salvación.
El aullido resonó con fuerza esa noche, y a la mañana si­guiente leí de un indescriptible suceso acaecido en el peor barrio de la ciudad. La chusma estaba aterrorizada, ya que sobre una turbia casa de vecindad había caído una muerte roja que reba­saba los más enloquecidos crímenes del barrio. En una mísera madriguera de ladrones toda una familia había resultado despe­dazada por algún ser ignorado que no dejó huella alguna, y quienes se encontraban en las proximidades habían oído por la noche, entre la habitual algarabía de voces ebrias, una nota débil, profunda e insistente, como la de un sabueso gigantesco.
Así que al fin me encontré de nuevo en aquel maligno cam­posanto sobre el que una pálida luna invernal lanzaba sombras espantosas, y los árboles deshojados se ladeaban de forma som­bría hacia la hierba rala y helada y las lápidas desmenuzadas, y la iglesia cubierta de hiedra apuntaba un ofensivo dedo hacia el cielo hostil, y el viento nocturno aullaba de forma maníaca pro­cedente de helados pantanos y mares gélidos. El aullido ahora era muy débil y se detuvo al acercarme a la vieja tumba que ya una vez profanara, y mi llegada espantó a una horda anormal­mente grande de murciélago que antes viera remolonear de forma curiosa por los alrededores.
No sé si había ido sólo a rezar o a farfullar súplicas y discul­pas enloquecidas para el quieto ser blanco que yacía en su inte­rior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el cés­ped medio helado con una desesperación que me salía en parte de dentro y en parte de una dominante voluntad externa a la mía. El cavar resultó mucho más fácil de lo esperado, aunque en cierto momento sufrí una extraña interrupción, cuando un bui­tre flaco se abatió desde el cielo helado para picotear frenético la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de pala. Por último llegué a la podrida caja ovalada e hice a un lado las húmedas incrustaciones que la cubrían. Ése resultó el último acto racional que llevé a cabo.
Ya que, agazapado en ese ataúd centenario, arropado por un prieto séquito de pesadilla de inmensos, nervudos, dormidos murciélagos, se hallaba el ser óseo al que despojáramos mi amigo y yo; pero ya no limpio y tranquilo como lo viéramos, sino cubierto de sangre coagulada y jirones de carne y pelo aje­nos, acechándome despierto con órbitas fosforescentes y agudos colmillos ensangrentados que sonreían aviesamente, burlándose de mi inevitable condenación. Y cuando de aquellas sonrientes fauces brotó un aullido profundo y sardónico, como el de algún sabueso gigantesco, y vi que sostenía en su sucia zarpa ensangrentada el perdido y fatídico amuleto de jade verde, tan sólo grité y eché a correr de forma estúpida, con mis gritos desembo­cando sin tardanza en carcajadas de risa histérica.
La locura cabalga el viento entre las estrellas..., garras y dien­tes afilándose sobre cientos de cadáveres..., muerte goteando a horcajadas de una bacanal de murciélagos procedentes de ruinas negras como la noche, en sepultados templos de Belial... Ahora, mientras el aullido de esta monstruosidad muerta y descarnada se hace más y más fuerte, y los sigilosos susurros y aleteos de esas malditas alas membranosas dan vueltas más y más cerca, lograré gracias a mi
revólver el olvido, que es el único refugio contra lo innombrado y lo innombrable.