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miércoles, 25 de mayo de 2016

LITERATURA Y SOCIEDAD. "Avellaneda". Julio Llamazares

En "El País":

Avellaneda

Hay personajes de la historia cuya aportación a ella fue involuntaria y hasta malvada, pero que sin ellos no sería igual

JULIO LLAMAZARES   23 mayo 2016
Ilustración del Quijote de Avellaneda 'Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha'
Ilustración del Quijote de Avellaneda 'Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha'

De Avellaneda se ha escrito mucho, pero se sabe poco más allá de su condición de impostor, autor de una segunda parte apócrifa del Quijote que obligó a Miguel de Cervantes a escribir una verdadera, para muchas personas la mejor de su inmortal obra. Martín de Riquer, el gran medievalista y cervantista catalán, sostiene que pudo ser el aragonés Jerónimo de Pasamonte, compañero de milicia y aventuras y colega en el oficio de las letras de Cervantes y escarnecido por éste, dada su honda enemistad, en un pasaje del Quijote, aquel en el que el hidalgo y Sancho se encuentran en un camino manchego con unos presidiarios que, condenados a remar en las galeras del rey por sus crímenes, conducen encadenados unos guardianes, y de los que el principal criminal, que incluso se jacta de ello, se llama Ginés de Pasamonte. Lo cual llevaría al escarnecido a vengarse de Cervantes escribiendo una segunda parte falsa del Quijote en la que, aparte de vilipendiar el libro, se aprovechó de su fama y de su popularidad.
Fuera quien fuera y como haya sido la historia, lo cierto es que Avellaneda (Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, según su propia afirmación), indirectamente, ayudó a que acabara siendo como fue una de las obras cumbres de la literatura universal, y, sin embargo, tanto los aniversarios de ésta como del de Cervantes están pasando sin que nadie se lo reconozca. Ocurre con muchos personajes de la historia cuya aportación a ella fue involuntaria y hasta malvada, pero que sin ellos no sería igual. ¿Existiría la religión cristiana sin Pilatos, el hombre que ordenó crucificar a Cristo? ¿Y sin Judas Iscariote, el apóstol al que todos los creyentes vilipendian y desprecian por traidor? ¿Y la actual Europa, cómo sería sin las invasiones árabes? ¿Y América y África sin las europeas? ¿Cómo sería España en la actualidad sin la Guerra Civil o sin el golpe de Estado fallido de Tejero que contribuyó a unir a los partidos políticos para salvar una democracia que se tambaleaba peligrosamente?
No diré yo que personajes abominables y prescindibles de nuestra historia contribuyeron a la mejora de ésta, pero sí que sin ellos no sería igual y que, en algunos casos, hicieron un bien al mundo sin pretenderlo, siquiera sea por aquello que dice la sabiduría casera de que no hay mal que por bien no venga. En el campo de las artes, sobre todo, la aportación de ciertos personajes mezquinos y rencorosos y los propios enfrentamientos entre escritores y artistas, tan habituales como hilarantes contemplados a la luz del tiempo, han sido tan importantes a veces como las de los creadores que de verdad cambiaron aquéllas. Y eso hay que reconocérselo.

lunes, 23 de mayo de 2016

LITERATURA. "Ética y estética en 'El Quijote'". Rafael Sánchez Ferlosio

   En "El País":

Ética y estética en el ‘Quijote’

El escritor reflexiona sobre la figura paródica del personaje de Cervantes, un hidalgo socialmente periclitado

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO   15 mayo 2016
Entre las cosas que halló Cervantes con el Quijote está la de que todo juicio estético guarda alguna relación con una antigua ética. Así, ya el mismo Don Quijote es figura paródica de un viejo personaje heroico y, por lo tanto, ético, socialmente periclitado, o sea al que no le queda nada que hacer en este mundo nuevo, ni, particularmente, con las armas nuevas a las que impone plantar cara, y cuyo lenguaje es una anticuada jerga literaria sobreactuada o sobrecargada de adjetivos laudatorios que encarecen la nobleza y esplendor de su pintura.
Para Don Quijote “poner en efecto su pensamiento” consistía en actuar al dictado de un texto escrito en el futuro, pero con el lenguaje, ya en su tiempo anticuado, de los libros de caballería.
“Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero iba hablando consigo mesmo y diciendo: ¿Quién duda si no que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel".
Si la aventura de Don Quijote consiste en una ficción lúdica y gratuita como la que acabo de transcribir, me parece que habría que reconocerla como una aventura estética o, incluso, literalmente, artística. Y si reparamos ahora en la simulación paródica del lenguaje anticuado que redunda como ficción interna, ficción de ficción, esta aventura lúdico-artística, en cuanto tal parodia no puede ser paródica más que de una aventura ética. Para hacerle el debido contrapunto ético tendríamos así pues que buscar alguna aventura ética no paródica. Como emprendiéramos ese camino llegaríamos a apelar, por ejemplo, al Cantar de Myo Cid, que es, efectivamente, un texto ético pero no paródico; por eso nos conformaremos con la noble y bellísima solución del propio Don Quijote: recurrir al simple encarecimiento de un ayer éticamente digno de añoranza:
“Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la había de gozar luengos siglos”.

miércoles, 4 de mayo de 2016

LITERATURA. Sobre Cervantes. José Manuel Lucía Megías

   En "El País":

Tres preguntas alrededor del hombre Miguel de Cervantes (un personaje en construcción)

La falta de noticias reales, de documentación, es la que ha permitido ir creando toda una serie de leyendas, de mitos, alrededor de su persona

JOSÉ MANUEL LUCÍA MEGÍAS   21 ABRIL 2016
Cervantes.
Cervantes. 


martes, 3 de mayo de 2016

LITERATURA. "El Quijote o la manzana que nunca mordimos"

   En "jotdown":

El Quijote o la manzana que nunca mordimos

Publicado por 
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Don Quijote, Maritornes y Sancho Panza. Ilustración: William Strang (DP).
El fracaso ya estaba ahí el día que Cervantes decidió no querer acordarse de aquel lugar de La Mancha. Lo había estado siempre: como tarde o temprano termina sabiendo todo idealista, la realidad defrauda al deseo. Esto ya lo sabía don Miguel, él mismo había conseguido tirar por la borda todas las oportunidades que la vida le había ofrecido. Primero destrozo mi carrera militar, no sin antes dilapidar la posibilidad que me brinda la corte, para terminar arruinando mi prestigio poético y dramático. Ese resumen de la vida del alcalaíno se extiende también a la hora de hablar de sexo. Cervantes, tartamudo y lisiado, puede comprobar a través de la ventana de su casa cómo otros poetas de renovado prestigio comparten lecho y soneto con doncellas que no pueden evitar sucumbir a sus encantos. Lope de Vega, su gran enemigo, le devuelve la imagen del poeta que, triunfante, maneja el sexo y el amor con sutileza. Es el rostro que reconoce al pardillo en una partida de póquer, es el ganador. Él, sin embargo, debe conformarse con lo que pudo ser y no fue, con esa duda constante: «Qué habría pasado si…».
Pero en tiempo de derrota florece la mejor literatura. Con un contexto incapaz de defraudar más de lo defraudado, nace la genial obra de Cervantes. Y, cómo no, será un canto a esa derrota literaria, derrota amorosa, derrota social… y, por supuesto, también derrota sexual. Porque, en el Quijote, el erotismo está presente de manera continua. Pero no como algo explícito, no como algo tangible. No aparece con la solvencia con la que lo exprimió Lope. Tampoco con la viciosa terquedad de Quevedo. Ni siquiera con la elevación de Góngora. Es más como esa manzana que colocan frente a ti, pura sugerencia. Por eso, viajar a través del Quijote es coquetear página a página con el deseo, con el inconveniente moral. Es difícil saber si el caballero de la Triste Figura, como antes su creador, fue feliz con esta forma de vida. Serán el debe y el haber, también en el caso de Miguel de Cervantes, los encargados de dictar sentencia al final de sus vidas.
Dulcinea, Maritornes y Leandra
Don Alonso Quijano es el más reprimido de todos los obsesos sexuales que han habitado nuestra literatura. Lo digo así, para marcar el terreno. Él abandona su vida por amor, como quisimos hacer todos alguna vez. Atrás quedan la sobrina, el barbero, el cura… A todos les dice adiós por la quijotesca empresa que supone involucrarse en un viaje de fidelidad absoluta, una especie de promesa de cariño eterno. Pero la monogamia no pertenece a la naturaleza del alma humana. Esta etiqueta renacentista de «caballero fiel a su amada» se derrumba cuando el instinto sexual arrecia. Así, solo hace falta que la asturiana Maritornes se confunda de cama y acabe topándose con el Quijote para que este encare los favores sexuales ofrecidos por la dama. ¿Instinto? ¿Confusión real? ¿Triquiñuela quijotesca? ¿Qué habríamos hecho nosotros?
Porque sucumbir a Maritornes como a punto estuvo de hacerlo el Quijote no es más que un salto a la naturaleza del sexo. Hablamos de un personaje, la Maritornes de la venta, que se presenta ante nosotros como un torbellino imparable. No importa que Cervantes nos la dibuje como una mujer poco agraciada en lo físico y en lo moral, esto forma parte del juego erótico del que el arriero de Arévalo, verdadero y principal interesado en yacer con ella, desea formar parte. Es una relación a medio camino entre el lenocinio y la sumisión:
Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. (Capítulo XVI, primera parte)
Esta relación tempestuosa acabará con Maritornes compartiendo cama, por avatares del destino que solo pueden aparecer en la obra de Cervantes, con Sancho. O lo que es lo mismo, con la inocencia. Con el pueblo. Es la debilidad del Imperio hecha escena.
Pero el simbolismo de Maritornes no se acaba ahí. Pocos capítulos más tarde, don Quijote vuelve a sucumbir a sus encantos. Esta vez, la moza asturiana convence al caballero para que este introduzca la mano a través de cierto agujero. Él obedece, sumiso, lo que le costará un disgusto en forma de cruel broma. Acabará colgado de una cuerda, sufriendo los rigores que la metáfora mano-agujero exige. Porque el hecho de introducir el dedo en la grieta ha sido objeto de numerosas lecturas, desde la límpida cristiana hasta la más sórdida de las paganas, y me niego a ser yo quien las siga alimentando.
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Don Quijote colgando de la ventana. Ilustración Gustavo Doré (DP).
Pero dejemos atrás a Maritornes para continuar con nuestro viaje a través del deseo quijotesco. Otro de los personajes que se mueven por un plano que roza la lujuria y la sexualidad es Leandra. Esta hermosa muchacha se deja seducir por Vicente, el hombre que reúne todos los estándares varoniles de la época. Es tanta la atracción que siente que no dudará en escaparse con él dejando atrás a todos los demás pretendientes. Pero la tragedia no se acaba aquí. Días después la joven será encontrada, desnuda y asustada, en una triste cueva alejada de la civilización.
Todos hemos amanecido desnudos, metafórica o literalmente, dentro de una cueva cualquiera de un mes cualquiera de cualquier año. No seré yo quien culpe a Leandra. Ella, como nosotros, se dejó llevar. Y también como nosotros, salió perdiendo. Es el peaje que cobra la lascivia, a menudo demasiado caro. Pero, me temo, podrán volver a cobrárnoslo si la situación lo requiere. Y es que esto de tropezar con la piedra tantas veces como haga falta sí pertenece, nos guste o no, a la naturaleza humana.
Al ser encontrada, Leandra insiste en que no ha sido despojada de su honor. Pero el deseo que por Vicente había sentido está presente en cada renglón del capítulo. ¿Quién puede asegurar que no lo estuvo también durante el momento del desnudo? Además, el narrador deja abierta la puerta a una posible excusa como forma de consuelo para el desolado padre de Leandra. El narrador duda: ¿será todo tan pulcro como ella asegura?
Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó con tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase. (Capítulo LI, primera parte)
Cervantes exhibe sus dotes narrativas a la perfección. Mantiene al lector en un estado ambiguo, sin que sepa si debe optar por el sentido literal, siempre atrofiado por la censura y el contexto, o por el sentido metafórico, mucho más instintivo y natural.
Anselmo, Eugenio y onanismo
Precisamente por desventuras con Leandra, la narración quijotesca se encuentra poco más tarde con Anselmo y Eugenio, dos pastores que deambulan por el monte intentando aliviar sus desdichas amorosas. Pero, ay de mí que no todo en la vida es amor y que incluso con el corazón roto puede uno consolarse sexualmente. Al menos eso se desprende de las palabras de Eugenio al explicar cómo pasan allí los días.
Anselmo y yo nos concertamos de dejar la aldea y venirnos a este valle, donde él apacentando una gran cantidad de ovejas suyas proprias, y yo un numeroso rebaño de cabras, también mías, pasamos la vida entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones o cantando juntos alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra o suspirando solos y a solas comunicando con el cielo nuestras querellas. (Capítulo LI, Primera Parte)
¿Dar vado a sus pasiones? ¿Así, en la soledad del monte? Hasta el más desapasionado de los aquí presentes piensa en el noble arte del onanismo al leer el párrafo. Si, por el contrario, en la sala hay algún enfermo sexual, por su cabeza rondarán ahora todo tipo de obscenidades, desde la zoofilia hasta vaya usted a saber qué demoníacas prácticas. Pero no quiero ser yo, de nuevo, el que las aliente.
Pero no solo de realidad vive el sexo. La masturbación goza del mismo motor que el arte, esto es, el éxito depende de la imaginación que uno le eche. Y me temo que en imaginación y fantasía nadie gana a nuestro querido caballero. Por eso, cuando todavía en la primera parte se afana en evocar una escena placentera, no duda en hacerlo en los siguientes términos:
… Tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido caballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle palabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su madre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada… (Capítulo L, primera parte)
¿Es o no un acto de inalcanzable pero siempre presente deseo el hecho de narrar así un episodio? Porque a la hora de desear también debemos contar con el encanto de lo inaccesible, el gusto por lo prohibido. Y en este sentido, nuestro héroe, tan sólido moralmente, tan cuidadoso en lo formal, debe soltar las riendas en el otro plano: en el interior, en el ilusorio.
Altisidora y Antonio
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Altisidora finge desmayarse ante don Quijote. Ilustración: Gustavo Doré (DP).
Capítulo aparte merece la irrupción de Altisidora, ya en la segunda parte de la novela. La doncella, dama de compañía de la famosa duquesa, no dudará en someter al Quijote a la tentación de la carne, haciendo que se enfrente por primera vez al pecado de forma real. Esta no es una cuestión cualquiera, pues es la primera vez que nuestro caballero cuenta con la posibilidad de abrazarse a su debilidad. Maritornes nace gracias al descuido. Dulcinea, a la idealización. Pero Altisidora está ahí, se puede acariciar.
Y a fe de todos los lectores que nuestro caballero de la Triste Figura duda. Tanto es así que, al presentarse la dama con un ágil romance, don Quijote siente cómo le tiemblan las canillas. Es la manzana, límpida y reluciente, preparada para ser mordida. Por eso, es el propio narrador el que nos recuerda la fragilidad del hombre, consciente de que no puede poner esa muestra de flaqueza en la boca de la moralidad quijotesca. Y lo relata con claridad y buen porte:
Luego imaginó que alguna doncella de la duquesa estaba dél enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su voluntad; temió no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse vencer. (Capítulo XLIV)
Quijote y Sancho huyen del palacio de los duques con la honra renacentista intacta, pero con la sensación de arrepentirse, cada uno en su terreno, de las cosas que no hicieron (que suele ser, por otra parte, el peor de los arrepentimientos). Pero, quien esté libre de Altisidoras, que tire la primera piedra.
Ya con la obra acariciando sus últimas páginas y don Quijote hastiado después de un viaje agotador, la llegada de los dos protagonistas a Barcelona se inicia con un capítulo que rezuma erotismo por los cuatro costados. El caballero andante es ridiculizado, esta vez, por don Antonio. Pero, entre ridículo y ridículo, siempre hay tiempo para jugar con el fornicio.
En un momento dado, y siempre presente el simbolismo al que se ve obligado a recurrir un escritor en plena Contrarreforma, el Quijote disfruta de lo que Cervantes define como «sarao de damas», un término de lo más sugerente que da pie a todo tipo de reflexiones de las que la libido no escapa. Don Alonso Quijano se planta frente a las cuatro amigas de la mujer de don Antonio. Ojo a cómo la define Cervantes: «señora principal y alegre, hermosa y discreta». ¿Señora principal? Prefiero no incitar al mal pensamiento una vez más. Pero, títulos aparte, el Quijote acaba «molido». Y, como bien expresa el narrador, también en lo que al alma se refiere:
Comenzóse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos de gusto pícaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado […] le molieron, no solo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado y, sobre todo, nonada ligero. (Capítulo LXII, segunda parte)
Al acabar la escena, el Quijote sentencia: «¡Fugite, partes adversae!». Esta fórmula viene a significar «¡Fuera, enemigos!», y era utilizada por los religiosos para expulsar al demonio en los exorcismos. ¿Por qué este guiño eclesiástico después de la farra? ¿Qué pecado se lleva dentro?
Al observar como, ya en el último capítulo, don Alonso Quijano se consume entre sábanas, uno no puede evitar entristecerse mientras comprueba que no hay sitio en el último tren. Es el triunfo de la razón. La locura ha muerto y, con ella, todas las oportunidades que se le presentaron a «el Bueno», que así fue llamado un día don Alonso Quijano, de arrojarse al infierno de aquel Dante que tanto admiró el creador de la obra, don Miguel de Cervantes. Quién sabe si al exigir la extrema unción, con Sancho llorando junto al cabecero de la cama, el antiguo caballero andante consiguió percatarse de que allí, en la orilla de los cuerdos, el amor ideal que había supuesto Dulcinea nunca había existido.
Hablamos del Quijote, el hombre que tuvo delante la manzana… y no la mordió. El final ya es conocido por todos: algún día, en tu lecho de muerte, te cruzarás con la cordura y tendrás que rendir cuentas. Y comprenderás que el fracaso ya estaba ahí el día que Cervantes decidió no querer acordarse de aquel lugar de La Mancha. Como lo había estado siempre.

martes, 26 de abril de 2016

LITERATURA. ENTREVISTA. "Limpiando el 'Quijote'"

   En "infolibre.es":

Limpiando el ‘Quijote’

  • Emilio Pascual es responsable, junto a Pollux Hernúñez, de la edición de las aventuras del hidalgo en el sello Reino de Cordelia
  • Su versión apuesta por un texto fiel al original, desbrozado de errores arrastrados durante siglos, para que nada se interponga entre el lector y Cervantes
  • Publicada 22/04/2016


Ilustración para el 'Quijote' editado por Reino de Cordelia.  MIGUEL ÁNGEL MARTíN

IluIlustración para el "Quijote" editado por Reino de Cordelia. MIGUEL ÁNGEL MARTÍN


Emilio Pascual el Quijote le cambió la vida. El niño de nueve años que fue se topó un día con una edición adaptada. El recuerdo es tan fuerte que aún recuerda las ilustraciones del volumen. Ese fue seguramente el germen de su amor por la literatura. Y, de forma más concreta, de su amor por Cervantes

Su nombre está asociado al del príncipe de los ingenios a través de libros (como La última dedicatoria a Cervantes), conferencias (el centenario le tiene pluriempleado, de una a otra), o incluso la radio, adonde ha llevado la lectura en directo del Quijote (en El ojo crítico de Radio Nacional). Hasta que su amor por el hidalgo y su creador le ha arrastrado, inevitablemente, hasta el final: la edición. 

Junto a Pollux Hernúñez, se ha hecho cargo de los dos volúmenes publicados por Reino de Cordelia, con ilustraciones de Miguel Ángel Martín. Ambos tenían un propósito, además de aspectos más académicos, como la división del texto en versículos para facilitar la localización de citas, o recuperar la b con las que Cervantes escribía su apellido: que el lector disfrutara de la novela en sí, sin adulteraciones, pero sin verse sepultados o disuadidos por un millar de notas al pie. Su empeño es un eslabón más en la larga cadena de editores delQuijote que se dan el relevo (y la bronca) desde hace más de 400 años. 

Pregunta. ¿Cuáles eran las principales dificultades a la hora de preparar una nueva edición del Quijote?

Respuesta. Las que se han encontrado todos los editores. Cuando se dice que el Quijote es muy difícil, no es porque lo sea en sí, sino porque es un texto del siglo XVII, y no hay más que ver una edición de esa época para ver cómo eran. Sin puntos y aparte más que a final de capítulo, con la tipografía de la época, con una ortografía que no existe, que es potestad de los propios editores… Eso es con lo que se encuentra cualquier editor que parta de una edición prínceps. Todo el mundo que edita hoy el Quijote sabe que eso es el a, b, c, y que es una tarea que sustancialmente ya está hecha. 

Nosotros hemos hecho esta edición consultando las siete primeras ediciones, las cuatro de la primera parte y las tres de la segunda, y otras 15 posteriores, las que han ido poniendo un hito en la edición del Quijote. 

P. Mirando estas ediciones, ¿cuáles eran las carencias que detectaban?

R. No son carencias textuales, sino una cuestión de forma. Teniendo en cuenta que, sobre todo la primera parte tiene capítulos larguísimos, es muy difícil encontrar una cita de una línea, y decidimos que había que dar un tratamiento de localización similar al de la Biblia o la Divina comedia. AunqueEusebio Aranda ya propuso versicular el Quijote, nadie lo había hecho aún. Así podemos encontrar citas que se citan mucho, como aquel: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”. 

En cuanto a la parte textual, había que revisar unas cuantas lecturas. Por extraño que parezca, hasta 2005 todavía existía una palabra como lercha: “Oh, malaventurados encantadores, quién os viera a todos ensartados por las agallas como sardinas en lerchas”. Pollux Hernúñez resolvió entonces que eso era un hápax, una palabra que no existe más que una sola vez en toda la historia de la literatura. ¿Qué significa eso? Que hace sospechar que es una errata. Este hápax, lercha, fue resuelto en beneficio depercha. Todavía queda alguna otra, como pantalia, a la que se le había dado la acepción de pantalla, que era difícil de aceptar. Aquí, después de mucha investigación, hemos propuesto fantasía.

P. Es un problema, entonces, común a todas las ediciones. 

R. Cualquier editor de la época se daba cuenta de que el Quijote tenía muchas, muchísimas erratas. Los editores posteriores también vieron que había que limpiarlo, había que corregirlo. A finales del siglo XVIII, Pellicer ya descubrió que aquella palabra,lercha, no podía ser. Pero Clemencín, primer comentarista del Quijote, dijo: “¡Eso es imposible!”. Y ahí empezó la idolatría por la primera edición del Quijote. Hasta el punto de que llegó un momento, sobre todo a mediados del siglo XX, se intentó justificar lo injustificable. Hasta los errores más flagrantes se han editado porque estaba en la prínceps. Era idolatría pura. Hasta que llegó la edición de Francisco Rico, que dice: “Vamos a ver, este es un texto cualquiera, como todos los que se editaban en la época”. Y ahí empieza esa labor de intentar subsanar esos errores.

P. Hay autores que critican que el Quijote ha sido raptado por la Academia, que se ha convertido, más que en una novela de la que disfrutar, un objeto literario, de estudio. En su edición han optado por no abundar en las notas explicativas. 


R. El texto del Quijote, contra todo lo que se está diciendo por ahí, es un texto sencillo. El propio Cervantes, que sabía ponerse retórico cuando quería, en el Quijote adopta la narración oral. Aquello que decía Juan de Valdés: “Escribo como hablo”. Hasta el punto de que hay construcciones sintácticas que un escritor no habría dejado si se hubiera fijado. Al principio del capítulo VI, dice: “Pidió el cura las llaves a la sobrina del aposento”. Todos lo entendemos, pero si lo analizas, ves que no es correcto. Cervantes hacía una literatura nada alambicada. Nada que ver con Góngora, que sí había que traducirlo. 

En este Quijote, lo que hemos hecho es poner a pie de página un sinónimo de diccionario, para entendernos, de algunas palabras que no es que sean difíciles, sino que han caído en desuso por el cambio brutal que ha sufrido la sociedad. Nos hemos distanciado enormemente del paisaje rural de don Quijote y Sancho. Y también con algunas fórmulas, como el puesto que por aunque

P. Decía que el Quijote es un texto sencillo. Pero hemos visto en estos años diversas ediciones que versionan o adaptan el texto. ¿Qué piensa de esta apuesta?

R. Andrés Trapiello ha elevado al texto las notas que estaban a pie de página. Y con algunas curiosidades. “Salpicón las más noches”, por ejemplo. Traducción: “Ropavieja la mayoría de las veces”. Yo la palabra ropavieja no la conocí hasta que no tenía más de 30 años. Entiendo que ciertas frases de época se cambien. Pero si nos ponemos a traducir el vocabulario, diré que es bastante más difícil Tirano banderas, que lo tenemos a la vuelta de la esquina, que el Quijote

Es cierto que la argumentación será: “Si fuese tan sencillo no habría que ponerle 4.000 notas”. Yo creo que es un exceso: como todo el mundo lo ha anotado ya, hay que decir lo que es salpicón o lo que es palomino. Porque hay otra traducción, de De Paula, que cambia palomino por pollo de paloma. Si palomino no se entiende, y pollo de paloma es más difícil, ¿para qué? El que quiere leer el Quijote, lo entiende perfectamente. Y el que no quiere leerlo, no lo leerá. 

P. Solo 2 de cada 10 españoles han leído el Quijote completo. ¿Por qué parece antipático para la mayoría de los lectores?

R. La dificultad de leer el Quijote no es un motivo, es una excusa. Yo recuerdo haber leído con 9 años un Quijote escolar, reducido. No me pasó nada, y no soy más listo que los demás. Luego está el que te guste o no, el que quieras o no. Pero alguien, siendo incluso licenciado, que diga que no ha leído el Quijote porque le parece difícil, pero que con la versión sí ha podido… Hay un proverbio en Las mil y unas noches que dice: “No eches las culpas a las flores si estás acatarrado”. Aunque no estoy en contra de nada, con tal de que el Quijote se difunda. 

P. ¿Cómo se puede recuperar para esos lectores que se han perdido?


R. Hay lecturas que están totalmente institucionalizadas en sus países, como La divina comedia o Fausto, que son infinitamente más difíciles. No se le puede echar la culpa al libro, si el libro se enseña mal. Sé que hay profesorado que echa los libros a los niños como los huesos a los perros. Sé perfectamente que el Quijote no se escribió para niños. Pero sé que hay versiones, y sé que yo lo leí de niño y estoy aquí, y al Quijote le debo la mayor parte de lo que soy. Que alguien me diga “Yo leí el Quijote de niño y lo aborrecí toda la vida” me parece muy bien, pero yo leí el Quijote de niño y lo amé toda la vida. Lo que sí puede ocurrir es que hay que saber qué alumnos tienes entre manos y cómo dárselo a leer.

P. ¿Qué confianza tiene por que la celebración del centenario vaya a renovar el interés de los lectores por Cervantes y su obra?

R. Si he de ser pesimista, poca. Pero está bien que se hable. Hay gente que lo oirá por primera vez, por meras razones cronológicas, de edad. Y otros dirán: “Hombre, ¿qué tendrá esto que todo el mundo habla de ello?”. El clásico no surge porque alguien diga: “Este libro es el mejor del mundo”. Un clásico, ya lo decía Borges, se hace cuando mucha gente en muchos lugares y muchas épocas distintas llegan a una conclusión, y es "este libro es mío". No porque lo diga un académico o un centenario. 
IGUEL ÁNGEL MARTÍN