Mostrando entradas con la etiqueta refugiados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta refugiados. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de junio de 2016

PRENSA. SÁHARA OCCIDENTAL. "Escuelas en el desierto"

   En "El País":

Escuelas en el desierto

Para los niños con discapacidad de los campamentos saharauis no es fácil ir al colegio

Un grupo de profesoras ha impulsado la creación de centros especializados en su cuidado

 Sahara Occidental 7 ABR 2015  

  • Un niño juega con un avión de juguete en uno de los centros para discapacitados de los campamentos saharauis. / JAVI JULIO (NERVIOFOTO)


    "Al principio había gente que tiraba piedras al tejado de la escuela y nos llamaba locas", recuerda Fátima, directora del centro de discapacitados de Dajla, uno de los campamentos de refugiados saharauis de la provincia de Tinduf, en el desierto argelino. Este 2015 se cumplen 40 años desde la ocupación del Sahara Occidental por parte de Marruecos. Desde entonces, alrededor de 180.000 saharauis viven como refugiados en este territorio.
    Fátima no es una docente cualquiera; posee el honor de ser una de las primeras y mayores impulsoras de la educación para niños con patologías mentales y físicas en los asentamientos. Pero ella, por entonces, aún no lo sabía.  "Estudié Educación Infantil en Cuba y, al regresar a los campamentos, comencé a trabajar en una guardería". Corría 1993 y la guerra que mantenían el Frente Polisario y Marruecos había entrado en tablas hacía unos meses. Comenzaban entonces las negociaciones y pronto, el esperado referéndum y la solución al conflicto. "Pensé que estaría trabajando aquí sólo por un tiempo", confiesa mientras baja la mirada y esboza una mueca amarga.
    Mientras ajusta con sus manos una colorida melfa sobre su cabeza, mira hacia el suelo e intenta ordenar sus recuerdos. Y la sonrisa se dibuja otra vez. "Conmigo habían regresado varias amigas más que habían terminado cursos de Educación Especial y, entre las cuatro, intentamos buscar una solución para las personas con deficiencia mental que fueran más allá de lo asistencial".

    Teníamos energía, queríamos construir centros pero no sabíamos por dónde empezar
    Fátima, profesora
    Hasta entonces, los discapacitados vivían apartados o vagaban por la calle, pasando el tiempo sin hacer nada. Otros no salían de sus jaimas. Y a pesar de que algunos se matriculaban en las escuelas ordinarias, no acudían al colegio por miedo o vergüenza de sus familiares. Por aquel entonces, sólo existía un centro para discapacitados en los campamentos. Estaba en el de Smara y fue bautizado como el centro de Castro porque su creador fue un cubaraui, es decir, uno de los saharauis que fueron acogidos y educados en Cuba. "Teníamos energía, queríamos construir centros para todas las wilayas (campamentos saharauis), pero no sabíamos muy bien por dónde empezar", afirma Fátima.
    Tras hablar con varias asistentas que tenían un registro de personas con deficiencias, decidieron dar un paso más. Fátima dejó su trabajo en la guardería y se centró en la creación de estas escuelas. "Al principio nos dedicábamos a ir de jaima en jaima buscando a los chicos, hablando con sus familias... No tuvimos una gran acogida", recuerda, "aunque unas pocas accedieron".
    En estos duros inicios, cuando hay que construir desde cero la creación de las escuelas, comienza la lucha contra las supersticiones o viejos mitos. "¿Para qué quieres llevarte a mi hijo? No sabe hacer nada, no anda, se cae... Sólo mira al cielo y ríe sin sentido", espetaban algunas madres. Respuestas de este tipo ponen a prueba la determinación de estas cuatro mujeres, que no cejan en su empeño. Entonces comienza el trabajo explicando la necesidad de estar escolarizados, de juntarse con otros chicos, de hacer valer su potencial. Al principio, muchas familias se negaban a reconocer la discapacidad de sus hijos, incluso cuando éste era evidente, pues lo consideraban una vergüenza para la familia.
    "El trabajo con los parientes durará años", afirma Mamia Brahim. Mamia, como Fátima, es también directora de un centro de educación especial, en este caso en la wilaya de Auserd. Formada gracias a la ayuda de varias becas, estudia entre Argelia e Italia, de donde conserva el acento cuando intenta chapurrear algunas palabras en castellano. Yamila, como se la conoce en el centro, es una mujer de pequeña estatura pero llena de energía. Llegó siendo una niña con su familia a Tindouf en 1975, huyendo de las bombas y del napalm. El paso del tiempo le ha hecho olvidar Smara, la ciudad del Sahara Occidental donde nació, de la que afirma ya no recordar nada. "La gente no confiaba mucho en nuestro trabajo. Durante años estuvimos trabajando con las familias para que trajeran a sus hijos al centro y vieran nuestro trabajo y se concienciaran. Fueron años duros".
    Sin embargo, ese trabajo de hormiga ha dado con el tiempo sus resultados. "Hemos conseguido que las madres acudan con sus hijos o que vengan a resolver dudas o a buscar orientación cuando éstos son pequeños", afirma la profesora.
    Una vez que logran que varias familias se comprometan a llevar a sus hijos a la nueva escuela, queda por resolver el problema del espacio. "Fuimos a hablar con el gobernador explicando nuestras intenciones y se mostró receptivo: nos cedió un local para trabajar. Ya teníamos un local,  pero ni siquiera había sillas donde sentarnos", exclama entre risas Fátima. "Entonces comenzó la búsqueda de material entre las escuelas ordinarias, consiguiendo que nos cedieran mobiliario, libretas, pinturas...".
    Los refugiados saharauis dependen casi por completo de la ayuda internacional por lo que, al comienzo, la búsqueda de material se emprende dentro de los campamentos, algo que limita el éxito porque no hay muchos lugares a donde ir. "La falta de recursos se suplía con la ilusión del comienzo" sentencia Fátima.

    La integración de los talleres

    Un turbante negro protege a Mohamed Salem Hamudi del implacable sol del desierto. Viene de Rabuni, el campamento donde se encuentran todos los ministerios de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), de donde acaba de terminar una reunión. Su papel como director de los centros es coordinar sus actividades, preparar los viajes de los niños saharauis que pasan los veranos en España, cursos con cooperantes... "No hay tiempo para aburrirse" afirma divertido.
    Al entrar en la jaima, se descalza y comienza a saludar a sus primos. Se tumba en el suelo y busca acomodo con ayuda de un cojín. Ha sido un día interminable. Lembrabit, uno de sus primos, atiza unas brasas y pone a calentar agua en una tetera. En un rato comenzará el ritual del té.
    Mohamed, o Paisano, como le conocen sus vecinos tras su paso por Cuba, lleva coordinando las escuelas desde hace más de 10 años. Este saharaui con acento cubano comienza a haciendo una fotografía de la situación actual:

    Más de 200 alumnos acuden ya a las escuelas donde, además, reciben la comida del día
    "Las cosas han cambiado mucho desde aquellos primeros años. En total hay cinco centros para discapacitados y cuatro más para ciegos. Más de 200 alumnos acuden diariamente a las escuelas donde, además, reciben la comida del día", señala con orgullo. Hay más niños matriculados, pero la falta de transporte las enfermedades o la necesidad de cuidados más específicos les impide acudir, como sus compañeros, con regularidad.
    Los talleres de las escuelas cumplen una función integradora. Hay cursos de carpintería, donde los alumnos hacen puertas y ventanas, o de costura, donde las chicas cosen vestidos o banderas. Los ingresos que logran con su venta son para auto financiarse. "Por ahora no es mucho lo que conseguimos", confiesa Mohamed, "porque dependemos por completo de la ayuda internacional, pero la idea es esa". Mientras tanto, cumplen con su cometido creando sentimientos de confianza y autonomía en sus usuarios para cuando les llegue la hora de comenzar a trabajar.
    El tiempo libre escasea. Además de las actividades educativas, dentro de varias semanas se celebrará, como todos los años, el Sahara Marathon, un acontecimiento en el que también colaboran las escuelas de educación especial. En ediciones anteriores, varios de los alumnos corrieron acompañando a los atletas.
    El té comienza a hervir, y Lembrabit lo reparte lentamente entre varios vasos, volcando el líquido una y otra vez. Por un momento, se hace el silencio en la habitación. Paisano saborea su té dando pequeños sorbos. El sonido de su teléfono móvil interrumpe el descanso. Se levanta y lentamente, comienza colocarse el turbante de nuevo. Varios cooperantes acuden al campamento para realizar un curso de formación para el profesorado, y tiene que ir a buscarlos. "Cómo ves, esto es un no parar", se disculpa antes de salir. "Siempre queda trabajo por hacer".

    viernes, 18 de marzo de 2016

    DERECHOS HUMANOS. POLÍTICA. "¿Qué hacer con los refugiados?". Samí Naïr

       En "El País":

    ¿Qué hacer con los refugiados?

    Las elecciones parciales en Alemania demuestran la impopularidad creciente de la política de asilo

    Una mujer ayuda a otra a lavarse el pelo en el campo de refugiados de Idomeni.
    Una mujer ayuda a otra a lavarse el pelo en el campo de refugiados de Idomeni.  AP
    Los resultados de las elecciones parciales en Alemania demuestran la impopularidad creciente de la política de acogida a los refugiados y el auge de los movimientos xenófobos, racistas y antieuropeos. A su vez, Alemania, potencia dirigente de la Unión Europea, se enfrenta a los efectos de la crisis de 2008 que, debido a la política de austeridad que ella misma ha impuesto, están provocando la explosión del sistema de partidos que prevalecía en toda Europa. De ahí el surgimiento de una constelación de movimientos antisistema, unos progresistas e incluyentes, otros reaccionarios y excluyentes. En este contexto, la cuestión de los refugiados funciona hoy como un condensador de todas las contradicciones sociales, identitarias, nacionales e intereuropeas, tal y como sucedió en la crisis del euro. La renacionalización progresiva de las políticas globales, en particular las migratorias, es, a partir de ahora, la tendencia dominante en Europa.
    Así, el acuerdo que Alemania ha alcanzado con Turquía corresponde esencialmente a intereses nacionales. Constituye un giro radical de la política europea de asilo y de inmigración de la UE. Y supone una violación frontal, al menos por tres razones, del espíritu y la letra de los principales instrumentos jurídicos en materia de asilo. Asimismo, fragiliza a Europa ante un país, Turquía, que por el momento no reúne las condiciones de adhesión a la Unión Europea.
    Este acuerdo va, en primer lugar, contra el espíritu de la Convención de Ginebra de 1951 y los Acuerdos de Nueva York de 1967 que afirman la necesidad de acoger a los demandantes de asilo; en segundo lugar, se opone a la directiva de procedimiento de 2005 que reafirma, tras la modificación de los Acuerdos de Dublín, la obligación de permitir al demandante de asilo quedarse en el país donde ha interpuesto su demanda hasta que esta sea resuelta y, finalmente, se enfrenta a la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea en dos puntos clave: la obligación de examinar el dossier del demandante y, sobre todo, el artículo 19 que estipula de forma expresa: “Se prohíben las expulsiones colectivas”.


    Campo de refugiados de Idomeni, cerca de la frontera greco-macedonia.  Getty


    Por último, a cambio de la estabilización (financiada con 6.000 millones de euros) de los refugiados en Turquía, acepta la libre circulación de los ciudadanos turcos en Europa, lo que constituye una interpretación unilateral de los Acuerdos de Schengen.
    Claramente, esa apuesta alemana es una huida hacia delante; muestra la ausencia de una política común europea de asilo y de inmigración y prohíbe elaborar una estrategia cooperativa realista. El único modo de salir de este laberinto que concierne al asilo y la inmigración en el cual se ha sumergido Alemania, así como la gran mayoría de las naciones europeas, es la articulación de las exigencias nacionales con una visión a largo plazo que sea, al mismo tiempo, europea y mundial. Frente a la realidad de las desigualdades mundiales y las guerras periféricas entorno a la Europa actual, es hora de cuestionarse la cultura del cierre de fronteras europeas a los no comunitarios que prevalece desde 1986; y resulta crucial, frente al incremento de los racismos europeos, reflexionar seriamente sobre las consecuencias, en términos de valores comunes europeos, de las decisiones tomadas hoy en relación con los refugiados. Esto supone tener el valor para afrontar política y culturalmente a los movimientos xenófobos si se quiere evitar reproducir los dramas del pasado.

    Es necesario revisar la definición de “países seguros” establecida en el Acuerdo de Dublín

    La Unión Europea debe, a partir de ahora, orientar su estrategia en tres direcciones complementarias, incluso aunque no pueda lograr sus objetivos de forma rápida.
    Primero, respecto a la gestión de las fronteras europeas, hay que revisar la definición de los “países seguros” en el Acuerdo de Dublín y aportar una ayuda ingente a los países de primeras llegadas, de forma que tengan los medios de gestionar el flujo masivo y de crear las condiciones para un tránsito aceptable hacia los países de destino. Esto implica, tanto la aplicación del protocolo europeo de protección temporal como el aumento de las concesiones de visados humanitarios. Es decir, elaborar una estrategia más importante y funcional que la escasa y superficial política actual de cuotas que, por otra parte, nadie aplica. Ello solo podrá hacerse mediante el aumento del presupuesto europeo consagrado a la crisis de los refugiados o, lo que es lo mismo, a una política de déficit presupuestario mucho más flexible para el conjunto de los países de la Zona euro, que deberían recibir legítimamente a la gran mayoría de los refugiados. De igual modo, resulta indispensable facilitar las vías legales de la inmigración económica si quiere evitarse que la inmigración clandestina continúe. Es decir, adaptar el sistema Schengen a la demanda migratoria que surge de un entorno extracomunitario profundamente penalizado por la crisis económica mundial.

    El concepto de asilado ha cambiado: ahora incluye las causas económicas y medioambientales

    A continuación, en cuanto a las fronteras de los países en conflicto desde donde huyen hoy los refugiados, es indispensable financiar zonas interiores de protección humanitaria. Es particularmente válido para Siria, Irak y Libia. Los países vecinos, Turquía, Líbano, Jordania y Túnez, deben beneficiarse de los medios para estabilizar a los refugiados, con una ayuda condicionada y bajo la supervisión de los organismos europeos y del ACNUR.
    Finalmente, en el plano de la solidaridad mundial con los refugiados, es urgente la revisión de la Convención de Ginebra sobre asilo, puesto que ya no se corresponde con la realidad que la vio nacer. Fue concebida en la Guerra Fría para acoger a los disidentes políticos que huían de los países comunistas. El principal ejemplo de llegadas importantes fue el caso húngaro de 1956; el estatuto de refugiado fue concedido, por cierto, automáticamente a solicitantes que, como varios estudios posteriores demostraron, no eran solicitantes de asilo por razones políticas sino inmigrantes económicos que se beneficiaron de la crisis para huir al extranjero. Ya entonces, la aplicación de la Convención de Ginebra se hizo en detrimento de sus principios. Asimismo, el concepto de refugiado ha cambiado, pues no solamente cubre hoy en día a los demandantes de asilo por razones políticas, sino que también por razones económicas y medioambientales. Eso no significa que haya que acoger “a toda la miseria del mundo”, tal y como temía un primer ministro francés, sino poner en marcha una política de ayuda y de seguridad alimentaria para las poblaciones desesperadas. Es el deber de una política mundial de solidaridad, en la cual deben participar los países occidentales, en particular, Estados Unidos, igualmente responsables de los desastres humanos contemporáneos. Es urgente comprender que el desafío de los refugiados y la demanda de la migración económica son, hoy en día, elementos esenciales de la agenda mundial y que Europa, lejos de replegarse en el chovinismo o capitular ante los movimientos racistas electoralmente aupados por la crisis económica, necesita una política común y una visión internacional solidaria.
    Sami Naïr es catedrático de Ciencias Políticas y profesor invitado de la Universidad Internacional de Andalucía.

    viernes, 15 de enero de 2016

    CRISIS HUMANITARIA. "La próxima crisis de refugiados". Santiago Roncagliolo

       En "El País":

    La próxima crisis de refugiados

    Más de cinco millones de palestinos viven en campos de Siria; si un nuevo estallido de violencia les obliga a huir la cifra de quienes se dirigen a Europa se duplicará. Es urgente encontrar una solución política al conflicto palestino

     31 diciembre 2015
    La próxima crisis de refugiados                                                                      RAQUEL MARÍN
    "Yo nací aquí. Y he pasado toda mi vida aquí. Pero soy de otro lugar”.
     A sus 49 años, Hatim Mihjiz jamás ha salido de la franja de Gaza. Aun así, cuando le preguntan de dónde es, sigue respondiendo que del pueblo de Al Jiyya, cerca de Ashkelon.
    En realidad, el que vivía ahí era su padre, Ibrahim, hasta la guerra árabe-israelí de 1948, cuando Israel ocupó la zona y echó a los palestinos. Ibrahim fue enviado al sur, al campo de refugiados de Beach, en la costa de Gaza, donde acabó sus días, y donde sus descendientes siguen esperando el momento de volver.
    Para gran parte de la opinión pública europea, los refugiados son un fenómeno surgido este año, cuando la violencia empujó a centenares de miles de sirios hacia el Mediterráneo y hacia los titulares. En cambio, para Hatim, “refugiado” es casi una nacionalidad. Nació en esa condición. Quizá muera en ella.
    Su barrio, Beach, no se parece a los campos que uno ve por televisión. En seis décadas y media, ha dejado de ser un campamento para convertirse en un conjunto habitacional de cemento y asfalto. De no ser por las pintadas en árabe de las paredes, se confundiría con cualquier chabola de Lima o Bogotá. Los refugiados tienen descendencia —hoy son más de un 1.300.000, dos tercios de la población de la franja—, y el espacio no crece por arte de magia. Gaza ostenta una de las mayores densidades humanas del mundo.
    Cuando Hatim se casó, dividió con un tabique el piso familiar y se instaló ahí con su esposa. Trabajaba en una fábrica textil. Tenía expectativas. Pero el huracán de la historia se llevó su futuro. Cuando llegó su segunda hija, Ola, estalló la segunda Intifada. Mientras nacía el tercero, Waseem, Israel levantó muros alrededor de Gaza, y ya nadie pudo entrar ni salir sin permiso. Las dificultades para comprar y vender obligaron a cerrar la fábrica, dejando a Hatim sin trabajo. Tras el nacimiento de su quinto hijo, Lama, el grupo radical Hamas tomó el poder de la franja por la fuerza y el cerco israelí se endureció.
    Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.

    Como Hatim, más de cinco millones de refugiados palestinos viven en campos de Siria, Líbano, Jordania y la propia Palestina bajo gestión de la United Nations Relief and Works Agency (UNRWA). Estos parias no son aceptados como ciudadanos ni por Israel ni por los países árabes. Para ellos, UNRWA es lo más parecido a un Estado. La agencia ofrece educación, salud, alimentos, algunas infraestructuras y servicios sociales, como centros para mujeres y préstamos para microempresas. Además, es la principal fuente de empleo: 29.000 de sus 30.000 empleados son refugiados.Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.
    El problema es que, tras 65 años —los últimos 15 de encierro a cal y canto—, la paciencia se agota y la presión aumenta. Aparte de Gaza, los asentamientos de Israel asfixian a los beduinos palestinos de Cisjordania: sus familias no pueden acceder al agua. Sus casas son sistemáticamente demolidas. Sus rebaños son confiscados cuando traspasan los límites —cada día más estrechos— de sus pueblos.
    En este espeso pantano, la violencia cría sus larvas: periódicamente, adolescentes de los campos cisjordanos se rebelan y arrojan piedras o palos al otro lado del muro. Algunos acuchillan. En respuesta, los militares israelíes disparan. En dos años, el porcentaje de refugiados heridos de bala aumentó un 139%. En 2014 murieron así 53 palestinos, 21 de ellos refugiados. Y solo en octubre de este año, 71 palestinos y 8 israelíes han perdido la vida en ataques armados.
    Hasta hoy, lo único que ha evitado una revuelta violenta o un éxodo de la población palestina es UNRWA. Con un presupuesto de unos 2.500 millones de dólares anuales, equivalente al de un país pobre, la agencia se las ingenia para crear oportunidades, proteger los derechos básicos de la población y mantener la paz social. Sin embargo, la guerra en Siria está reventando las costuras del statu quo. La violencia desestabiliza los campos sirios y encarece el mantenimiento de todos los demás. Este año, UNRWA necesitó un fondo de emergencia de 420 millones de dólares extra. Para el año que viene, faltan por cubrir 81 millones de dólares.
    El último verano, los refugiados se asomaron al abismo: un déficit de 101 millones de dólares estuvo a punto de impedir que se abran los colegios en los campos de UNRWA. Aparte de cancelar el porvenir de millones de personas, el cierre habría dejado en la calle a cientos de miles de jóvenes sin nada que hacer excepto, por ejemplo, descargar su frustración contra los militares israelíes. O tratar de saltar los muros.
    La situación se salvó in extremis con una inyección de fondos a cargo de la Unión Europea, Estados Unidos, algunos Estados europeos a título individual y varios países árabes. Gracias a ellos, el déficit quedó cubierto justo a tiempo. Los colegios abrieron. La bomba del tiempo detuvo el temporizador. Pero una nueva crisis es cuestión de tiempo. Los costos y la presión no paran de crecer.
    ¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
    No. Desde este año es también, crucialmente, un problema europeo. ¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
    La gran emergencia de refugiados hacia Europa estuvo cerca del millón de personas. Pero en los campos de UNRWA se acumulan cinco millones más. Si un estallido de violencia los obliga a huir, con que solo el 20% busque un futuro en la UE, la cifra de refugiados en el Mediterráneo se duplicará. La agencia calcula que 52.000 pobladores de los campos sirios pueden haber emigrado ya hacia Occidente. Y habrá que sumar a ellos los desplazamientos de población que produzcan los bombardeos contra el Estado Islámico.
    Convertirse en refugiado es como saltar de un rascacielos en llamas: solo se hace si resulta peor quedarse. En Oriente Próximo, no es posible contener la huida de las zonas arrasadas por la guerra. Pero la comunidad internacional sí puede presionar a las partes para encontrar por fin una solución política al conflicto palestino. Un acuerdo de paz es la única forma de evitar un nuevo foco de violencia y éxodo en la región. Y permitiría reasignar enormes recursos a las nuevas emergencias.
    La familia de Hatim lleva 65 años esperando esa solución. Hoy, Europa también la necesita.
    Santiago Roncagliolo es escritor.

    sábado, 7 de noviembre de 2015

    PRENSA. Sobre los refugiados en Europa: "Las 'frías cifras'". Isaac Rosa

       En "eldiario.es":

    Las "frías cifras"

    Una colección de números sobre "el drama de los refugiados" que no nos dicen nada
    Grecia realizará el miércoles la primera reubicación de refugiados hacia Luxemburgo
    EFE

    Dice el tópico del periodismo sensiblero que detrás de las cifras hay personas con nombre y apellido, y que los grandes números (lo mismo del paro que de accidentes de tráfico) nos impiden ver la “dimensión humana”. Pero en el caso de los refugiados que llegan a Europa, ni por esas.
    Ahí está el caso del niño Aylan. Con solo leer su nombre, ya saben de quién les hablo, ¿verdad? El kurdo de tres años ahogado en una playa de Turquía no quedó invisible tras una cifra, al contrario: supimos nombre y apellido, vimos fotos vivo y muerto, conocimos a sus padres y hermanos, supimos peripecias y anécdotas de su corta vida. Durante varios lacrimógenos días de septiembre pusimos nombre, apellido y rostro al "drama de los refugiados". Y aquí seguimos, olvidados del "refugees welcome".
    Los nombres y apellidos no han servido para nada. Y tampoco las fotos, pues tras Aylan hemos visto nuevas fotos de niños hinchados, flotando en enormes chalecos salvavidas, depositados en la arena. Así que, como el “rostro humano” no sirve, probemos con las “frías cifras”. Estos días se acumulan números que, se supone, deberían sacudirnos, cambiar el orden de prioridades, presionar a los gobernantes. Pero la mayoría somos de letras, analfabetos matemáticos, y en cuanto hay más de dos ceros ya nos perdemos, lo mismo nos da diez mil que diez millones.
    Aquí les dejo algunas cifras picoteadas de la prensa de ayer, a ver qué tal suenan. Se las ordeno de menor a mayor, así las asimilamos mejor: 2 niños muertos al día. 50 plazas para refugiados habilitadas por España. 55 cuerpos en la morgue de Lesbos, sin sitio para enterrarlos. 108 niños muertos desde que apareció el cadáver de Aylan. 116 refugiados ubicados por Europa en los dos últimos meses. 400 muertos en octubre. 1.418 plazas habilitadas por Europa para acoger a los que llegan. 3.406 ahogados en lo que va de año. 5.000 esperamos cada día de aquí a final de año. 9.000 niños han llegado solos, sin familia, en lo que va de año. 28.000 refugiados en el último fin de semana. 160.000 son los que se han comprometido a acoger los países europeos. 172.000 han llegado hasta septiembre. 218.000 más solo en el mes de octubre. 300.000 se esperan de aquí a final de año. 760.000 han alcanzado Europa en los últimos diez meses. 1.000.000 se calcula que habrán entrado en Europa en todo el 2015.
    ¿Les dicen algo todos esos números? Poca cosa, lo sé. Puedo intentar usar otras unidades de medida más manejables, no sé: decir que en los dos próximos meses llegará el equivalente a tres Bernabeus de refugiados; que en el último fin de semana desembarcó el equivalente a toda la población de Durango o Crevillente; que cada dos horas muere un refugiado en el mar; que en la morgue de Lesbos hay un autobús entero lleno de cadáveres sin enterrar; o que en dos meses han muerto niños que llenarían seis clases de Primaria, un colegio entero tirado en las playas.
    Ni por esas, ya lo sé. Cifras, fotos, nombres, que no dan la medida de esta Europa miserable que no solo no ha establecido vías legales de llegada en origen, que no solo no ha abierto corredores humanitarios ni mandado la ayuda necesaria a los países de acogida cuando está llegando el frío; es que ni siquiera ha sido capaz de organizar una misión de salvamento y tienen que ser los socorristas voluntarios los que rescaten vivos y pesquen muertos. Qué asco de Europa, qué asco de nosotros, qué asco de mí.

    lunes, 1 de junio de 2015

    PRENSA. "Los 'daños colaterales' del último conflicto birmano"

       En "El País":

    Los ‘daños colaterales’ del último conflicto birmano

    Más de 100.000 desplazados internos están condenados a la miseria en Birmania

    Diversos conflictos hacen que falten medicamentos, comida, y acceso a la educación

    Un niño enfermo espera atención a en el hospital de Laiza, que ha cerrado su planta de pediatría por falta de recursos.
    Un niño enfermo espera atención a en el hospital de Laiza, que ha cerrado su planta de pediatría por falta de recursos. / ZIGOR ALDAMA

    Lahtaw Zansan solo tiene el graduado escolar, pero en sus manos está la educación de más de 200 niños. Son los que acuden al improvisado colegio del campo de desplazados internos de Jeyang, un complejo de chabolas de madera que cubre a duras penas las necesidades educativas de los 8.500 habitantes de estas instalaciones situadas a unos 20 kilómetros de Laiza, la ciudad del norte de Myanmar —antes conocida como Birmania— que sirve de bastión al Ejército Independentista Kachin (KIA en sus siglas en inglés), uno de los dos grupos armados que continúan enfrentándose al ejército regular del país en conflictos cuya violencia ha escalado este año. El Gobierno asegura que han muerto 126 soldados en la cercana región de Kokang desde el inicio de los enfrentamientos el pasado 9 de febrero, pero se ignora cuántos civiles han perdido la vida.
    "Apenas tenemos material escolar y la cualificación de los profesores es escasa. Pero aquí no llega casi nada de ayuda internacional, y los militares impiden la llegada de los convoyes de la ONU", se lamenta Zansan, que abandonó su hogar en junio de 2013 con otros cinco miembros de su familia. "Teníamos miedo de que nos mataran porque el Ejército entraba en las aldeas disparando y destrozando las casas. Muchas mujeres también fueron violadas, así que decidimos escapar", recuerda su madre, Tangban Hkawng. Después de haber buscado cobijo en otras localidades cercanas a la frontera con China, siguieron al resto de los que huían de los combates. "Ahora no creo que podamos regresar en mucho tiempo", sentencia.
    A pesar de las numerosas conversaciones de paz que han protagonizado en los últimos años los dirigentes birmanos y los líderes del KIA, la situación ha empeorado desde finales del año pasado, cuando una pieza de artillería mató a 23 cadetes kachin. Desde entonces los ataques son constantes, se han extendido al cercano territorio que ocupa la etnia kokang, y ahora amenazan con convertirse en un conflicto internacional después de que el pasado 13 de marzo una bomba lanzada por un caza birmano matase a cuatro agricultores en suelo chino. Es, sin duda, una losa excesivamente pesada para el ya de por sí difícil desarrollo de una región que, sin embargo, es rica en oro, jade, y madera. Así, a pesar de que el Banco Asiático para el Desarrollo estima que la economía de Myanmar crecerá un asombroso 7,8% durante el año fiscal de 2014 —que concluye el 31 de marzo—, en la treintena de campos de desplazados del Estado Kachin ya se hacinan más de 80.000 personas en condiciones completamente insalubres. "Nuestro objetivo ya solo es sobrevivir", asegura una de ellas, Tubu Gam.
    "Los desplazados llevan más de tres años en construcciones completamente inadecuadas, y hacen falta ropa, mosquiteras, alimentos, y medicinas", enumera Labai Dan Pisa, director del organismo que administra los campos, que depende del gobierno guerrillero, la Organización Independentista Kachin (KIO). "Nosotros no podemos proporcionar trabajo y escasean los recursos. Así, están aumentando de forma alarmante los casos de desnutrición y tememos que una generación de niños pierda su capacidad para labrarse un futuro por la falta de formación", explica. Aunque no lo mencione, los más jóvenes también son vulnerables a otra gran lacra: la trata de personas. Gracias a la cercanía de China, las mafias tienen mucho más fácil comerciar con mujeres y niñas para la prostitución o para venderlas en matrimonio en el gigante asiático.
    Responsables de Naciones Unidas que hablan bajo condición de anonimato reconocen que las autoridades birmanas ponen todo tipo de impedimentos a la distribución de ayuda humanitaria esencial como medida de presión para forzar al KIA a firmar un alto el fuego similar al que ya está en vigor con otros 14 grupos armados. "A veces los convoyes pueden pasar y entonces algo que debería ser habitual se convierte en noticia", comenta en Yangon un trabajador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). "Nuestro acceso está muy restringido y eso dificulta que podamos evaluar la situación correctamente y acudir para impedir que se deteriore todavía más".

    Nu Kai posa en su vivienda con sus hermanos. La metralla le dañó la espina dorsal y ahora tanto ella como su hermana mayor han tenido que dejar de acudir a la escuela para cuidar de ella y ahorrar con el objetivo de pagar las operaciones que requiere.
    Nu Kai posa en su vivienda con sus hermanos. La metralla le dañó la espina dorsal y ahora tanto ella como su hermana mayor han tenido que dejar de acudir a la escuela para cuidar de ella y ahorrar con el objetivo de pagar las operaciones que requiere. / ZIGOR ALDAMA
    Mientras tanto, ajeno a los tejemanejes políticos, Zansan tiene que sacar adelante a su familia con los escasos 20 euros que gana al mes como profesor. "A veces los chinos nos dan algo de arroz y de aceite, tenemos suerte de no haber enfermado, y no aquí no hay que pagar por la vivienda", afirma. "Pero es muy pequeña, está llena de goteras, y sí que hay que abonar la electricidad y cualquier otro tipo de comida, que es muy cara". Por eso, en un riachuelo cercano uno de sus hijos se afana en la pesca con redes artesanales. Cualquier criatura viviente es bienvenida. "En ocasiones, si pasamos mucha hambre, tenemos que robar alguna gallina fuera del campo", admite entre risas nerviosas uno de sus amigos que, a sus 12 años y como muchos otros, está pensando en alistarse en el KIA para escapar de Jeyang.
    Al fin y al cabo, la desesperación que se vive en los campos de desplazados es el mejor caldo de cultivo para los guerrilleros, cuya exigencia actual es la creación de un Estado federal en el que se les otorgue una amplia autonomía. Es una de las muchas promesas que no se han cumplido en Myanmar, un país que ahora está inmerso en una transición democrática que debería culminar a finales de año con las primeras elecciones libres desde 1990, año en el que los militares se negaron a reconocer la victoria en las urnas de Aung San Suu Kyi, hija del fundador del país y líder de la Liga Nacional por la Democracia.
    "Nosotros somos cristianos —el 90% de los birmanos son budistas—, tenemos una cultura diferente, y exigimos que se respete", comenta Myitung Seng Pan, que ha celebrado su mayoría de edad vistiendo el traje verde claro que los nuevos reclutas lucen en el mayor centro de adiestramiento del KIA, situado a pocos kilómetros de Laiza. Junto a ella, decenas de jóvenes y adolescentes, algunos de solo 15 años, empuñan fusiles de madera esculpidos a golpe de machete y sudan bajo el intenso calor tropical mientras los instructores gritan órdenes y les hacen correr de un lado a otro. "Cuando se recrudeció la guerra —en 2011 se rompió el acuerdo de no agresión que llevaba en vigor 17 años— tuve que dejar el colegio y escapar a uno de los campos con mi madre, porque las tropas del Gobierno avanzaban rápidamente matando a la gente. Cuando vi la situación en la que estaba mi pueblo decidí alistarme para tratar de aliviar su sufrimiento y evitar que mis dos hermanos pequeños tengan que sufrir lo mismo que nosotros", apostilla Seng Pan. A su alrededor, el resto de reclutas que escuchan la conversación asienten en silencio.
    Saben que pueden morir en cualquier momento, y una visita al principal hospital de Laiza hace pensar que eso es mejor que caer malherido. Porque este centro sanitario amenaza ruina. "La zona de pediatría está cerrada por falta de enfermeras, y hemos tenido que poner a los pacientes de tuberculosis y de VIH con el resto porque carecemos de una zona de aislamiento. De hecho, ni siquiera podemos aislar la máquina de rayos X, así que el personal está recibiendo dosis extremadamente altas de radiación. Por si fuese poco, en la estación de lluvias la malaria nos desborda. Hemos retrocedido una década en la calidad de asistencia sanitaria que estamos ofreciendo a la población", explica el asistente del director, Nangzing Bawk.
    Los cuidados que ofrecen en el hospital son gratuitos, pero Bawk niega con la cabeza cuando se le pregunta si pueden pagar las medicinas. "Hay pacientes que mueren porque no pueden hacer frente a su costo". Buen ejemplo de ello es un hombre tumbado en una camilla: tiene el hígado tan hinchado que parece que su abdomen vaya a explotar en cualquier momento. Hace un par de días el médico lo drenó, pero los medicamentos que requiere son demasiado costosos y su situación empeora. "Cada bote de estos que le damos por vía intravenosa cuesta unos 400 yuanes (60 euros) al otro lado de la frontera, más de lo que gana él en un año", comenta Bawk con un gesto de impotencia. "Los casos graves, si quieren sobrevivir, deben ser trasladados a China y costearse el tratamiento allí".

    Myiuntung Seng Pan reza poco antes de comer un plato de arroz con verduras en las instalaciones de entrenamiento del KIA.
    Myiuntung Seng Pan reza poco antes de comer un plato de arroz con verduras en las instalaciones de entrenamiento del KIA. / ZIGOR ALDAMA
    No muy lejos del hospital, en una pequeña casa de la ciudad, Nu Kai es un buen ejemplo de cómo el conflicto en Kachin está destrozando para siempre la vida de civiles inocentes. Sobre todo de los más pequeños. Ella tiene 12 años, y a finales de 2012 fue víctima de un ataque con artillería del Ejército. "Era pronto por la mañana, había mucho ruido de armas, así que salimos corriendo de casa en busca de refugio", recuerda su hermana. "Justo entonces comenzó un bombardeo. Cuando terminó, descubrimos que Nu estaba en el suelo, y que la metralla le había alcanzado". Concretamente le afectó a la espina dorsal, razón por la que ha perdido la movilidad en las piernas y sufre graves dolores por la noche. Ahora requiere de atención constante y ha dejado de acudir a la escuela. Aunque el KIA donó el equivalente a 1.200 euros para tratarla en un hospital chino, su condición no mejora. "Tenemos que ahorrar todo lo que podamos para pagar el resto de las operaciones que los médicos chinos le han recomendado".
    Desafortunadamente, no parece que vayan a alcanzar su objetivo, así que Nu Kai quedará como uno de los muchos daños colaterales que está dejando la última guerra de Myanmar justo cuando más esperanza tiene la población birmana en un cambio político y en un rápido desarrollo económico que saque al país de la pobreza. "Las minorías étnicas no compartimos el optimismo porque nos sentimos fuera del proceso de democratización", dispara Dan Pisa. "Se nos ha excluido tradicionalmente del desarrollo del país, una de las razones por las que existen veinte grupos étnicos armados, y tememos que nada vaya a cambiar aunque la Liga Nacional por la Democracia sustituya a los militares disfrazados de civiles. El conflicto solo acabará cuando todos tengamos las mismas oportunidades".