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jueves, 19 de diciembre de 2013

PRENSA. Corea del Norte, "El país de las castas de desafectos"

Norcoreanos en un autobús, este viernes en Pyongyang. / DAVID GUTTENFELDER (AP) ("El país")

 En "El País":

El país de las castas de desafectos

La población norcoreana está clasificada según un estricto sistema de control ideológico con tres rangos y 51 subcategorías, según su lealtad al régimen

 Madrid 13 DIC 2013 

Ser norcoreano, como ser indio, es mucho más que ser un ciudadano de una parte del mundo. Ser norcoreano implica —como en el caso de un indio, aunque con marcadas diferencias en el sistema de castas— ser sujeto de un determinismo social —y político— que decide el destino, la clase y las oportunidades de alimentarse, recibir educación, encontrar un empleo o simplemente vivir.
El rígido sistema de castas conocido como songbun marca de por vida a todos los norcoreanos según hayan nacido —o progresado, o descendido, como en el probable caso de la familia del ejecutado Jang Song-thaek— en uno de los tres escalones en que, según su lealtad o desapego al régimen de Pyongyang, se clasifican todos los norcoreanos.
Son los siguientes: “leales”, la aristocracia, el entorno del poder; “vacilantes” o dudosos, todos aquellos sospechosos de desafección, los tibios o no suficientemente entusiastas con el líder, esa fina línea gris que puede oscilar entre la salvación y el ostracismo; y, por último, los “hostiles”, sobre los que no cabe duda alguna y que acarrean de por vida una existencia arrastrada.
Como explica el investigador Robert Collins en el informe Songbun, marcados de por vida, publicado por el Comité por los Derechos Humanos en Corea del Norte, con base en Nueva York, los tres rangos o castas, que se distribuyen a su vez en 51 categorías casi gremiales, clasifican de manera hereditaria a los 23 millones de norcoreanos.
En el songbun la movilidad social, o ideológica, resulta tan escasa que progresar desde una de las dos castas inferiores resulta casi imposible. No lo es, sin embargo, descender de la primera a la última, pues el ascensor social funciona a toda velocidad en la bajada.
Los leales descienden de quienes lucharon contra los japoneses desde 1910 hasta la II Guerra Mundial (es decir, los 35 años de dominio nipón en la península); los combatientes de la guerra de Corea (1950-1953) y los correligionarios de Kim Il-sung, presidente eterno del país y creador de este sistema de castas. Sus privilegios incluyen poder vivir en Pyongyang y un trato preferente en el acceso a la vivienda, alimentos, sanidad, educación y empleo.
La franja intermedia o “vacilante” es fundamentalmente menestral y se nutre de familias de artesanos o comerciantes, retornados de China o los intelectuales (profesiones liberales) educados bajo el dominio japonés. Desempeñan trabajos poco cualificados y no son considerados enemigos, pero sí sospechosos.
Los parias del sistema de castas son los “hostiles”, entre los que se engloban los descendientes de colaboracionistas con Japón o los enemigos confesos de Kim Il-sung; también los familiares de todos cuantos han huido a Corea del Sur o tienen lazos de cualquier tipo con surcoreanos. Condenados casi a trabajos forzados —a tareas peligrosas o duras en las zonas más remotas del país—, tienen racionado el acceso a la alimentación.
El sistema de castas songbun es “el método de control social más elaborado e intruso [en la vida del ciudadano]” de cuantos utiliza el régimen totalitario de Pyongyang, según el informe de Collins; “una forma de asegurar la propia supervivencia del régimen” y, además, una garantía de “castigo sistemático” para todos los hostiles que va mucho más allá de la adscripción ideológica y que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, o la supervivencia al menos, en ámbitos como el del acceso a la alimentación. En un discurso pronunciado en 1958, el entonces jefe de Estado, Kim Il-sung —abuelo del actual líder, Kim Jong-un—, cifró en un 25% el número de miembros de la casta aristocrática; en el 55%, el de la intermedia, y en el 20%, la de los parias u hostiles al régimen. La distribución se corresponde, subraya el informe, con los estragos de la gran hambruna de los noventa: de menos a más según se descendía en la escala social.

lunes, 8 de abril de 2013

PRENSA. Sobre la vida en Corea del Norte. Reportaje

Un autobús de Pyongyang. / REINHARD KRAUSE (REUTERS ) ("El país")

   En "El País":

Un paraíso sin minusválidos ni luz

¿Cómo es la vida real de los norcoreanos? EL PAÍS ha buscado los testimonios de los pocos extranjeros que han residido en el país para retratar el día a día de los súbditos de Kim Jong-un

 7 ABR 2013

Ni los campos de castigo, ni la gran bomba yanqui. Hay una amenaza más directa para los habitantes de Pyongyang: el aburrimiento de los actos políticos. Lo descubrió el embajador británico John Everard cuando sirvió en el país. Siempre le preguntaba a los norcoreanos sobre qué hablaban los mítines y las sesiones de adoctrinamiento a las que debían acudir semanalmente. “No lo sé”, le contestaban, y él pensaba que era por discreción. Hasta que se dio cuenta de que no: de que al escuchar las letanías sobre las bondades del régimen, los norcoreanos desenchufaban y quedaban en estado catatónico, soñando despiertos con que ojalá hubiera un poco de carne para la cena.
Corea del Norte es un misterio. ¿Hasta qué punto aplauden sus habitantes el discurso de Kim Jong-un? ¿Puede ser que las presiones internas estén espoleando las bravuconadas bélicas contra Corea del Sur y EE UU? Difícil de contestar cuando ni siquiera se conocen los aspectos más banales de la vida en el país. Recientemente la agencia de noticias AP abrió la primera oficina internacional en Pyongyang y la comunidad internacional lo celebró como un paso hacia la transparencia, hasta que se reveló que los dos periodistas contratados habían sido elegidos de una lista propuesta por el régimen. Como vía alternativa de conocimiento quedan los refugiados huidos y los escasos occidentales que han vivido en el país, un colectivo poco parlanchín compuesto por miembros de embajadas, ONG y organismos internacionales conscientes de que violar la confidencialidad les crearía problemas. El embajador británico entre 2006 y 2008, John Everard, escribió sus experiencias en Only beautiful please (Shorenstein Asia-Pacific Research Center, 2012) tras dejar la carrera diplomática, y su editor —la Universidad de Stanford— no ha respondido a las peticiones de entrevista. La embajada española en Seúl, que se ocupa de cubrir Pyongyang, también ha declinado expresarse. Solo una fuente diplomática ha relatado sus experiencias en Pyongyang (tres millones de habitantes) a condición de no revelar ni siquiera su país de origen. Este diplomático describe una vida gris, hermética y jerarquizada. “Con todas sus limitaciones, Pyongyang es una especie de paraíso proletario. Vivir allí es un premio porque no hay hambrunas y tienes más oportunidades, así que al que deja de merecerlo le meten las cosas en un camión y se lo llevan al campo. Esa amenaza genera cierta paranoia agravada por detalles como el control de las visitas en casas. Una reunión de más de uno es una conspiración. En los sitios públicos se puede hablar, pero nada más”, explica. Su experiencia no fue especialmente entrañable. “Nada de tomarse una cerveza después del trabajo”, dice con fastidio. “No querían intimar”. El diplomático pide que no se especifique el año en que trabajó allí: “Tampoco importa. La rutina no cambia mucho ni en 3 años ni en 40”.

Hay una única cadena de televisión y emite solo media hora a la semana de información internacional
Everard no percibió que los norcoreanos tuvieran tantos problemas para hablar (una vez esquivado el control gubernamental), y opina que al final se acaba imponiendo sobre la tremenda timidez asiática la pasión por charlar y acumular cotilleos. Se podían establecer conversaciones de una relativa intimidad en las que abordar temas como la infidelidad conyugal o la conflictiva relación con los mayores que impone el confucianismo. Incluso le sorprendió hallar cierta candidez en sus interlocutores. Por ejemplo, al alertarles de que podía haber micrófonos cerca de su conversación, estos se reían y apuntaban que, siendo aquello Corea del Norte, seguro que estarían estropeados.
El embajador decidió recoger sus experiencias cansado de la alegría con que en el lado occidental se repetían los clichés sobre norcoreanos bajitos desfilando sumisos. Más precisamente, el embajador se fijó un enemigo: los analistas que por televisión acostumbraban a debatir sobre el lavado de cerebro norcoreano sin poner un pie en el país. Los peinados de los Kim son divertidos, de acuerdo; el culto a su persona estridente y las canciones que le dedican, de un patetismo cómico: nadie lo duda. Lo que Everard pide es no reducir a los norcoreanos a sujetos de una enorme broma. “Es un país real, donde vive gente real, cuyas vidas no giran alrededor de la política nuclear, sino de sus familias, sus colegas y las preocupaciones cotidianas”.


Trabajadoras en una fábrica de seda. /BOBBY YIP  (REUTERS )
El resultado es un relato revelador: en el país hay grandes diferencias sociales, y a los que no pertenecen a la casta superior les ofenden los bolsos caros que lucen las mujeres de los cuadros del partido o que los misteriosos coches de lujo bendecidos con la matrícula “2.16” (en referencia a la fecha de nacimiento de Kim Jong-il, 16-02-1941) puedan saltarse las señales de tráfico. Incluso los funcionarios de clase media con los que trata el embajador viven en pisos atestados en los que es necesario desayunar por turnos. Su dieta es mala, compuesta casi exclusivamente por arroz, y tienen una desmesurada afición por el tabaco y el alcohol. Everard detecta que la omnipresente propaganda ha perdido influencia y que los ciudadanos compran solo una parte de la misma. “No se creen que las montañas bailaran de alegría cuando nació Kim Il-sung, pero les parecía de mal gusto que les preguntara por esas cosas”, cuenta. Su obra está salpicada de consejos, como que no es muy divertido ir al karaoke, donde todas las canciones versan sobre los poderes del Gran Líder. También de anécdotas reveladoras; por ejemplo, cuando es invitado a sembrar arroz en una granja colectiva. “¿No les molestan las visitas?”, preguntó a un campesino. “Qué va: cuando vienen ustedes nos dejan sacar el tractor”, respondió.
La oscuridad derivada de la falta de combustible es lo primero que sorprende. Tanto que las viñetas del cómic Pyongyang (Astiberri, 2005), del canadiense Guy Delisle, se llenan de siluetas negras en cuanto cae el sol: fantasmas que andan por una ciudad en la que solo brillan como faros para ánimas las estatuas de los líderes de la revolución. Guy Delisle, que también ha rechazado hablar para este reportaje, describe carreteras de cuatro carriles sin coches y guías que se niegan a responder a sus preguntas (bastante impertinentes, por cierto) o que lo hacen de forma escalofriante. Por ejemplo, cuando le inquirió a su traductor por qué no se veían minusválidos en la capital, este respondió: “Porque todos los norcoreanos nacen fuertes, inteligentes y saludables”. El ex embajador británico asegura que escuchó otra explicación: los disminuidos son enviados fuera de la capital por motivos de imagen.

Es casi imposible darse una ducha caliente, incluso cuando la temperatura en invierno baja de los 20 grados
El caso del canadiense es particular. Llegó al país porque la empresa francesa de animación para la que trabajaba había deslocalizado la producción de sus dibujos animados. Delisle tiene la misión de supervisar la calidad, y no se le olvida el cinismo que representa que su empleador pague sueldos miserables a los norcoreanos por crear entretenimiento infantil. Sus apuntes sobre el mundo laboral son enriquecedores. Aunque el mercado es nominalmente libre y la gente puede cambiar de empleo, el canadiense refleja que cuando un dibujante era malo, desaparecía y lo sustituía uno venido de provincias. Los norcoreanos son trabajadores devotos, con ganas de que su país funcione. Eso no quita que la mayoría aspire a un trabajo en el comercio que les dé acceso a divisas y productos extranjeros. “No conocí a nadie cuya ambición fuera servir en la jerarquía del partido”, cuenta Everard. Trabajan seis días a la semana. El ocio no es una prioridad del régimen, pero los norcoreanos buscan huecos para divertirse, casi siempre en grupo mediante paseos comunitarios, bailes en la calle o juegos.

Una dictadura en viñetas. En estos extractos del cómic autobiográfico Pyongyang, el canadiense Guy Delisle muestra varios aspectos de la realidad norcoreana que le resultaron chocantes en los dos meses en los que vivió allí: el metro-búnker, los niños prodigio entrenados por el régimen, la escasez energética y el extremado pudor de las mujeres.
Y luego está el placer de charlar. La falta de información convierte el cotilleo en una actividad fundamental, lo cual explica el valor que dan los norcoreanos a tener amigos de total confianza, normalmente conocidos en la escuela. Aparte de ese esencial medio de comunicación, no hay Internet, cuentan con una única cadena de televisión y solo media hora a la semana de información internacional. Los norcoreanos no conocen nada sobre su Gobierno: ni el nombre de los ministerios, ni que los líderes tienen familia. Menos aún, el revuelo que se organizó cuando uno de los hijos de Kim Jong-il fue interceptado yendo a Disneyland. Aun así, las influencias se cuelan mediante teléfonos chinos o los DVD de telenovelas surcoreanas llegados de contrabando. Visionar una de estas fantasías opulentas implica prisión, pero las familias tapan las ventanas para poder verlas tranquilamente en casa.
La militarización de la vida es angustiosa en un país que técnicamente sigue en guerra desde 1953 y en el que el servicio militar dura 10 años. Que el suburbano esté sepultado a 90 metros para servir de refugio nuclear no transmite confianza. Los trayectos en escaleras mecánicas son tan largos que a menudo los viajeros se sientan en los escalones a leer. En cualquier caso, a trabajar hay que ir con tiempo por si hay cortes de energía en el transporte.
Porque tener problemas en el trabajo no es aconsejable. “El racionamiento de la comida es otra forma de control”, explica la fuente diplomática anónima. “Al obrero le dan un sueldo bajo y lo completan con alimentos que garantiza cada centro de trabajo. Así que si no trabajas en algo aprobado por el Estado, no comes”. Los grandes almacenes, con pocos productos y muy anticuados, han encontrado la competencia del mercado negro: “El Estado no puede proveer, y cada vez más necesidades se satisfacen fuera”. Estas transacciones privadas han dado lugar en los últimos años a pequeños actos de desobediencia civil, como mercadillos ilegales de alimentos y productos venidos de China que la policía disuelve y se vuelven a formar a unos cuantos metros, igual que los top manta en España.
Más detalles sobre la escasez. Casi nadie tiene ducha en casa. ¿Quiere decir eso que no son demasiado aficionados a la experiencia? Probablemente, y no se les puede culpar después de saber que en el país es imposible darse una ducha caliente, incluso cuando la temperatura en invierno llega hasta los 20 grados bajo cero.
La escasez de información lleva a recurrir a fuentes tan improbables como el documental holandés Corea del Norte: Un día en la vida (Pieter Fleury, 2004), producido por el Ministerio de Cultura de Corea del Norte. Lo que se supone que debía de ser un glorioso retrato de la rutina revolucionaria resulta más bien inquietante. Por ejemplo, las fanfarrias que reciben a unas trabajadoras al llegar a su fábrica textil, en cuya puerta una voluntaria les arenga: “Aquí sois las protagonistas de la lucha. Esta mañana de nuevo marcháis hacia el campo de batalla de vuestro destino”. Durante todo el día coserán abrigos entre música patriótica y concursos para elegir a la obrera más hacendosa.

Otro recurso valioso es la obra de Barbara Demick, Querido Líder: vida cotidiana en Corea del Norte (Turner, 2011). La periodista de Los Angeles Times fue corresponsal en Seúl y, gracias a los testimonios de huidos por la frontera china, reconstruyó la vida en la vecina del Norte. Los testimonios de seis oriundos de la tercera ciudad de Corea del Norte, Chonghin, ofrecen una imagen contundente de las privaciones en unas provincias casi feudales: operaciones sin anestesia, niños que durante la hambruna de los noventa pasaban días sin comer... Los lamentos de Mi-ran para que su madre le compre papel con que responder a las cartas de amor de su novio emocionarían a una estatua de bronce de Kim Jong-il.
La principal sensación que se rescata del libro vuelve a ser la de la oscuridad, mental y física. En arranques poéticos, los refugiados recuerdan lo tranquilo y natural que resulta su país frente a la masificada Seúl, y evocan el cielo más limpio de Asia, sin un ápice de contaminación lumínica. Esta imagen lírica sabría retorcerla el exsecretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld, que en sus comparecencias de prensa disfrutaba enseñando una foto por satélite de las dos Coreas de noche: la del Sur se veía próspera e iluminada; la del Norte era una mancha negra que se fundía con el mar. Bajo esta gráfica jaculatoria del capitalismo, se puede imaginar a los norcoreanos en sus casas, en silencio y con los ojos abiertos, a la espera de que llegue el sueño, sin poder leer ni encender una bombilla.