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lunes, 16 de mayo de 2016

LITERATURA. "Carlos Fuentes y su novela póstuma..."

   En "El País":

Carlos Fuentes y su novela póstuma sobre Carlos Pizarro, líder guerrillero

'Aquiles o El guerrillero y el asesino', es el título de la obra del escritor mexicano en la que trabajó más de 20 años. EL PAÍS te avanza en primicia un capítulo de la novela

Carlos Pizarro, líder del M-19, envuelve su pistola en una bandera colombiana en el acto de entrega de armas del grupo guerrillero, en marzo de 1990.

Carlos Pizarro, líder del M-19, envuelve su pistola en una bandera colombiana en el acto de entrega de armas del grupo guerrillero, en marzo de 1990.  / REUTERS

“No mates, por favor”, fue la petición del padre, antes de que el hijo cogiera las armas y se echara al monte y luego a la ciudad con el sueño de cambiar la historia de Colombia.
“No mates”, insistió el padre militar a su hijo Carlos Pizarro Leongómez delante de sus cuatro hermanos que prometían seguirlo.
“Ríete de todo lo que te pido, llámame cobarde, anticuado, pero toma en serio esto: no mates”, suplicó el padre, por tercera vez. Pero el muchacho no hizo caso, afanado por cumplir su cita con el destino. Alborotó el avispero colombiano en los setenta y ochenta con la guerrilla urbana Movimiento 19 de abril (M-19). Su presencia fulgurante lo llevó con 38 años a cambiar las armas por la paz y los votos como candidato a la presidencia. Siete semanas después, el 26 de abril de 1990, un adolescente de 16 años, su misma edad cuando asomaron sus primeras ideas revolucionarias, lo mató en un avión.
Aquiles, lo llamó Carlos Fuentes. Aquiles o El guerrillero y el asesino tituló el escritor mexicano la historia de este hombre en la que estuvo inmerso más de 20 años. Un proyecto investigado a fondo; varias veces empezado en sus diferentes máquinas Olivetti; varias veces desechadas sus diferentes versiones. Nada le convencía. Ni estructura, ni enfoque, ni voz. Un desvelo para alguien sin miedo a experimentar, como lo hacía con otros libros que publicó entre medias y con obras imprescindibles como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra nostra o La Silla del Águila. Fuentes parecía devorado por la vorágine de la propia historia de Pizarro y de Colombia… Hasta que halló el feliz mecanismo que lo llevaría a escribir una de sus mejores novelas de los últimos tiempos, aunque no alcanzó a revisarla y la dejó con muchas anotaciones e indicaciones de cómo armarla. Murió el 15 de mayo de 2012. Tenía 83 años, los números invertidos de la edad de su Aquiles.


Carlos Fuentes, en Cartagena de Indias, en 2011. Daniel Mordzinski


“Fuentes no quiso entregar el manuscrito mientras el conflicto armado más antiguo de América Latina no llegara a su fin”, cuenta Silvia Lemus, viuda del autor, en el prólogo del libro. Lemus lo ha entregado ahora, siguiendo el deseo de Fuentes porque “coincide con la que parece ser la última negociación entre la guerrilla y el gobierno colombiano: la hora de la verdad, el fin de las cuentas pendientes, el comienzo de la paz”. La novela, que se publicará este jueves, 19 de mayo, en España y América Latina, sale bajo el sello de Alfaguara y el Fondo de Cultura Económica, con edición de Julio Ortega. Es el testamento de un autor que, explica el experto, “nunca escribió dos libros iguales". "Pero esta novela descubre el tema central de toda su obra: el hombre enfrentado a su destino, en lucha entre la voluntad y la fortuna, cuyo sacrificio es el altísimo precio que demanda una historia que no logra hacer la paz consigo misma”.
Fuentes desanda los pasos que condujeron al destino trágico de su Aquiles. Encuentra el camino cuando él mismo entra en esa historia y se convierte en testigo de los últimos minutos de Pizarro en el avión que lo llevaba de Bogotá a Barranquilla, aquel jueves soleado de abril. Su voz, como pocas veces lo hizo en sus libros, adquiere un tono entre lírico, confidencial y épico para contar el lado más personal que político del guerrillero, a la vez que deambula por la historia de Colombia y sobrevuela la de América Latina. Esa voz revelada en la novela es la suma de las voces de familiares, amigos, testigos y noticias de prensa, radio y televisión durante más de 20 años sobre la vida del guerrillero colombiano que tanto le conmovió.
La historia está situada en algún lugar entre la realidad y la imaginación, entre el sueño y la pesadilla. La novela es un híbrido de géneros literarios, crónica, cuento, lírica, ensayo, monólogo, reflexión. “Convierte a sus personajes en lenguaje, dialoga con el lector”, afirma Ortega. “Donde la historia resuelve el luto civil, y donde la lectura busca hacer sentido para que los héroes no abandonen el lenguaje y sigan actualizando sus demandas”. El resultado es una mezcla de fábula y alegoría llena de simbolismo sobre el curso de la vida de Carlos Pizarro, mientras se cruzan pasajes históricos de la violencia de Colombia como ánimas en pena.
Si Pizarro es Aquiles, otros tres comandantes guerrilleros del M-19 asumen aquí nombres de héroes homéricos salidos del polvo del campo de batalla de Troya: Jaime Bateman, uno de los fundadores, es Diomedes; Álvaro Fayad, cofundador, es Pelayo; e Iván Marino Ospina, fundador, es Cástor.
Y Fuentes hace las veces de Hermes. No salda cuentas, es notario, relata, describe. No justifica por qué se hicieron guerrilleros, ni por qué crearon dolor amparados en el sueño del cambio, pero da los argumentos de ellos. Esboza un retrato de la realidad colombiana sembrada de injusticias de toda calaña, esparcida de enemigos agazapados de la paz y contaminada de una “corrupción que como el espíritu santo está en todas partes, pero nadie la ve”.

Claroscuros de un héroe

Este Hermes muestra lo que hay dentro de la coraza de esos hombres, lo que protege las manos que agarran en una el escudo y en otra la espada. Retrata los claroscuros y pliegues de esos “héroes por fuera, niños por dentro” y el aliento revolucionario en sus mentes a costa de muchas cosas al margen de la ley.
En la novela no aparece la parte más política ni del arrepentimiento por asuntos como el secuestro de la Embajada de República Dominicana, en 1980; ni de la toma del Palacio de Justicia en 1985 (con 43 civiles, nueve magistrados de la Corte Suprema de Justicia, 11 soldados y 33 combatientes muertos y 11 desaparecidos y un edificio en llamas). ¿Por qué? “La lógica de la novela renuncia al juicio de la historia tanto como a la agonía de las cuentas pendientes”, explica Ortega. Y añade: “La tragedia convoca, más bien, la piedad que restañe las heridas”. A cambio, la novela es, también, el testamento sentimental y crítico de Fuentes sobre América Latina.
Laura Restrepo, la autora colombiana que lo conoció, dice en el prólogo del libro de cartas De su puño y letra, publicado por una hija del guerrillero, María José: “¿Se equivocó Pizarro en su vocación guerrera, superó sus posibles desvíos al convertirse hacia el final de sus días en adalid de paz, o por el contrario, marcaba el guerrero el ritmo del futuro, y fue el hombre de paz el que apagó la llama? Puede ser. Tanto lo uno como lo otro. La convulsa marea de la Historia no se deja juzgar. Pero aquí lo extraordinario, lo que queda alumbrado con luz sobrenatural, es que en seres como Carlos Pizarro las contradicciones se entreveran para crear leyenda. En él se reproduce una vez más la parábola del héroe clásico”. Restrepo recuerda que “Pizarro solía decir que él, como el coronel Aureliano Buendía, había peleado cien batallas y no había ganado ninguna. Podría decirse más bien que supo caminar de derrota en derrota hasta la victoria final. ¿Pero cuál victoria, para cuándo, a favor de quién y contra quién? Difícil saberlo en tiempos como estos, desdibujados y apáticos”.
Aquella mañana del 26 de abril de 1990, cuando todo parecía recomponerse, el tiempo se detuvo en Colombia. Por cuarta vez en los últimos tres años, por lo nunca visto: cuatro candidatos a la presidencia asesinados: Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Luis Carlos Galán Sarmiento y este guerrillero que quiso ser Aquiles. En la hora de Pizarro, Colombia estaba en el vórtice de la violencia infernal creada por las diferentes guerrillas, los paramilitares, el narcotráfico, el narcoterrorismo, la delincuencia común y la corrupción política. Incluso algunos policías y militares habrían estado involucrados en el asesinato del líder guerrillero.
Antonio Navarro Wolff, uno de los compañeros de batallas e ideales de Pizarro y que lo sucedió como candidato a la presidencia y actual senador de la República, asegura que "fue un formidable comandante militar y al mismo tiempo un romántico incorregible. Vio primero que nadie la necesidad de firmar la paz en la América Latina contemporánea y condujo a nuestra organización, el M-19, a la firma de ese primer acuerdo el 9 de marzo de 1990. Además, tenía una manera de hablar muy especial. Cuando se firmó la paz dijo que era 'para que la vida no fuera asesinada en primavera', pero no pudo evitar que eso le pasara a él. Lo mataron 46 días después de que juntos firmáramos ese pionero acuerdo de paz".
Todo eso conmovió a Fuentes. El rumbo inevitable de un sino. Su historia, dice Julio Ortega, formaba parte de una trilogía titulada Crónicas de Nuestro Tiempo, que integraban Diana o La cazadora solitaria (sobre las ilusiones y desilusiones de los años 60), Prometeo o el precio de la libertad (sobre un estudiante de Chiloé torturado y asesinado que no llegó a escribirse) y Aquiles... Era el tomo 15 de toda su biblioteca organizada bajo el nombre de La Edad del Tiempo que tenía como colofón este Aquiles o El guerrillero y el asesino narrada en un tiempo sin tiempo. No hay horas, no hay días; solo acciones, solo hechos, solo sueños, solo deseos, solo discusiones, solo promesas, solo preguntas, solo súplicas, como las del padre: “No mates”.
En Colombia hay un dicho que dice que nadie se muere la víspera. Carlos Fuentes lo confirma al desandar la vida del hijo de un militar y una profesora, conocido como el Comandante Papito, que tras hacer caso a la súplica de su padre de no matar, después de varios años, el destino lo encontró en un niño que mataba para vivir.

viernes, 11 de marzo de 2016

FILOSOFÍA. Fragmento de "La aventura de pensar", de Fernando Savater



LA AVENTURA DE PENSAR

Fernando Savater

0

Fragmento

1

Platón, los diálogos que iniciaron todo
¿Qué es la filosofía? Alguien ha llegado a decir que todas las obras filosóficas que se han escrito son simplemente notas a pie de página de los diálogos de Platón. De modo que para hablar de filosofía, de manera inevitable, tenemos que empezar por Platón, autor de una serie de diálogos, protagonizados la mayoría por el protofilósofo Sócrates.
Sócrates fue maestro del propio Platón. Extraño y con sentido del humor, carecía de estudios. Algunos lo tenían por bufón, otros por un subversivo que deambulaba por Atenas, sin ninguna prosopopeya, sin darse importancia, sin considerarse un profesor. Su actividad se resumía en preguntar a los ciudadanos de la polis ateniense si sabían qué era la belleza, qué era la verdad, qué era la justicia. Cuando sus interlocutores le daban una respuesta convencional —en medio de risas, seguros de que se trataba de temas muy sencillos—, él les volvía a preguntar una y otra vez hasta dejar claro que no sabían cuál era la respuesta correcta. Esto no significaba que Sócrates ofreciera una contestación definitiva, pero demostraba que los demás tampoco sabían mucho sobre aquello que suponían tan claro, fácil y evidente. ¡Ah, el placer de preguntar, de preguntar no para saber, sino para saber qué se puede preguntar y preguntar!
Preguntar filosóficamente es poner en un compromiso al que cree saber o al que quiere que aceptemos que sabe; lo cual no implica, ni mucho menos, que nosotros, preguntones, sepamos más que él. Esta disposición a preguntar para liberarse del sistema de verdades establecidas pero sin la prisa de sustituirlas por otras es propia de Sócrates en los primeros diálogos platónicos. Luego se va haciendo cada vez más asertivo, más informativo. A veces uno pregunta para podar la frondosidad carcelaria de las creencias vigentes, su apariencia de infranqueable dictadura. Los dogmas no son concluyentes, sino ocluyentes: taponan el libre juego de nuestros sentidos y la libertad de nuestra razón. No hay dogma cuando alguien dice: «Ésta es mi roca de fondo y ya no me haré más preguntas». En ello consiste antes o después la cordura. Pero sí hay dogma cuando pretende públicamente imponer a otros que algo es la roca de fondo y que ya no está permitido hacer más preguntas. En tal situación se hace urgente el riesgo de la pregunta, porque la certeza incuestionable decretada por la autoridad, a la que no hemos llegado por nuestro propio esfuerzo como llega a la playa el nadador exhausto, es más asfixiante que la serie asfixiante de las dudas. En cuanto el gurú ahueca la voz para dar por sentado que el mundo cabalga sobre un gran elefante, que Dios hizo cielos y tierra en seis días o que es nuestro deber amar al prójimo, el niño impertinente, la señora puntillosa y el filósofo preguntan a coro «¿por qué?».
Cuando yo era pequeño, mi padre me regaló mi primera enciclopedia, la única inolvidable: se llamaba El Tesoro de la Juventud. Cada uno de sus volúmenes estaba formado por diferentes «libros»: el de las narraciones extraordinarias, el de los hechos heroicos, el de las grandes exploraciones, el de la naturaleza, el de la magia, el de la ciencia…Y cada una de esas secciones, estupendamente ilustradas, brindaba las más elocuentes lecciones, narraba cuentos o describía paisajes. Una de mis favoritas se titulaba «El libro de los ¿por qué?» y respondía a multitud de inquietudes variopintas: ¿por qué hierve el agua? ¿Por qué flotan los barcos? ¿Por qué los gatos ven en la oscuridad? ¿Por qué a lo lejos las montañas son azules? Apenas recuerdo las respuestas de ese fabuloso cuestionario, y las que me vienen a la cabeza quizá las he aprendido después en otros estudios menos gratos. Pero lo que no se me borra de la memoria es la satisfacción que me producían las preguntas en sí y su vértigo cadencioso.
El primer filósofo, la cicuta y los diálogos
Platón recoge esos diálogos protagonizados por la figura de Sócrates, si bien no sabemos hasta qué punto es fiel a la realidad. ¿Se trata de una figura literaria que crea el propio Platón, protagonista de una historia filosófica? De lo que no hay duda es de que el Sócrates que presenta Platón, sin aires de sabio y que se acerca a los demás ciudadanos de hombre a hombre, siempre con una interrogación en los labios, da comienzo a la filosofía.
Platón nació en Atenas en el año 427 a.C. en el seno de una familia aristocrática. Fue testigo de la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta en la que llegó a combatir,1 y también presenció la decadencia ateniense, sacudida por una tiranía oligárquica primero2 y por una democracia populista y demagógica después.3 Platón, como discípulo de Sócrates, había heredado de su maestro la búsqueda conceptual y la exigencia ética. Pero Sócrates fue víctima de acusaciones absurdas y finalmente resultó condenado a suicidarse mediante envenenamiento el año 399 a.C.
El proceso de Sócrates se desencadenó por razones políticas.Algunos de sus discípulos estuvieron vinculados a la tiranía oligárquica y las autoridades democráticas creyeron oportuno alejarlos de las polis. Se le acusó de pervertir a los jóvenes, de defender el ateísmo y, paradójicamente, de introducir nuevos dioses. Se pidió la pena de muerte porque, según el derecho ateniense, el acusado podía optar por un castigo alternativo como el exilio. Pero Sócrates expresó que o bien era culpable y merecía la muerte, o bien no lo era y entonces debían ser reconocidos sus servicios a la sociedad. Rechazó la posibilidad del exilio y hasta ironizó sobre la idoneidad de sus jueces. Fue condenado a beber una copa de cicuta, aceptó la sentencia con gran dignidad y murió sin sobresaltos.
Platón, escandalizado por el proceso a su maestro y preocupado por lo que consideraba una crisis moral y política ateniense, puso toda su energía en tratar de establecer entre sus conciudadanos un ideal de justicia y de respeto por la verdad. Para ello, fundó su célebre Academia, destinada a ofrecer educación filosófica a los futuros políticos y gobernantes, y escribió un gran número de bellísimos diálogos, donde abordaba diferentes problemas filosóficos.
Los diálogos de Platón se pueden dividir en tres grandes grupos. Están los diálogos tempranos que, en general, plantean un problema y terminan sin dar una respuesta concluyente. Son los más fieles al espíritu socrático: más que solucionar un problema determinado, aspiran a revelar lo problemático de algunas nociones que habitualmente se adoptan sin reflexión. Los diálogos medios o de madurez, entre los que se encuentran las obras más conocidas de Platón como El banquete, Fedón y La República, en donde expone básicamente la teoría de las ideas, aquellas que, según Platón, son objetivas, eternas y universales.Al formular su teoría de las ideas, Platón se preguntaba, por ejemplo, qué es la justicia, la bondad y la belleza.Y con este preguntar abre nada menos que el pensamiento metafísico occidental.
Platón dice que para afirmar que algo tiene una propiedad, esa propiedad debe existir. Pero si esa propiedad no está en ninguna parte ni es percibida por los sentidos, Platón dice que la vemos «con el ojo de la razón». Por ejemplo, ¿cómo podemos reconocer ciertos actos como justos y otros como injustos? Platón indica que hay una idea de justicia que no se agota en ningún acto particular, justo o injusto. Si no hubiera una idea de justicia, no podría llamarse «justo» a ningún acto. Del mismo modo, podemos encontrar bellas diferentes cosas, pero coincidimos en la idea de belleza, que afirmamos de unas y que negamos a otras. Platón expone que el filósofo es quien puede progresar desde las cosas bellas hasta la idea de belleza, es el que puede ascender de un cuerpo bello a todos los cuerpos bellos y de éstos a las bellas normas de conducta, y de ahí a los bellos conocimientos, y terminar en el conocimiento de la belleza absoluta, de la belleza en sí. Si la idea de belleza fuera sólo subjetiva, distinta en cada hombre, nadie sabría a qué se refiere otro al decir que algo es bello. Y la vida en común sería entonces imposible. Esa vida en común exige, según Platón, que podamos compartir algunas ideas que son la base de toda comunicación. En particular, la idea de justicia. Pueden variar nuestras valoraciones respecto de qué cosas son justas y cuáles no, pero no puede cambiar aquello por lo que persistimos en llamar
«justas» a algunas conductas.Así pues, hay una idea eterna, objetiva y universal de justicia, por la cual es posible alcanzar consensos éticos o políticos. Otro ejemplo: los triángulos concretos pueden ser imperfectos, y, dibujados en una hoja de papel, terminan por borrarse o desaparecer, pero la idea de triángulo, en cambio, es perfecta e inmutable. Gracias a la idea de triángulo podemos reconocer que ciertas figuras geométricas, a pesar de lo diferentes que puedan ser entre sí en tamaño y color, son, precisamente, triángulos. Lo mismo ocurre con otras ideas no geométricas.
Finalmente, en los diálogos tardíos o de vejez, Platón expresa una reformulación de su filosofía y advierte que las ideas no son estáticas y autosuficientes, sino que se interconectan y remiten unas a otras. En ese momento de su vida, se vio obligado a admitir que no podía pretender que los gobernantes fuesen lúcidos y desinteresados. En el último de sus diálogos, titulado Las leyes, abandonó la noción del rey-filósofo y confió a la organización legal lo que ya no podía esperar de la sabiduría de los individuos. Se trata de un diálogo extenso en el que ofrece un segundo modelo de Estado, pautado exclusivamente por leyes, a diferencia del modelo de los diálogos medios, donde importa sobre todo que los filósofos gobiernen. Pareciera que, esta vez, la ley no ocupa ya un lugar secundario. Podría decirse que en su último diálogo Platón deposita la esperanza de un orden político justo y armonioso precisamente en el adecuado ordenamiento jurídico. Platón comenzó ocupándose en sus primeros diálogos, muy a la manera de Sócrates, de problemas éticos concretos. Y terminó ascendiendo, en sus diálogos de vejez, a la cuestión de la estructura misma de toda realidad y a la posibilidad efectiva de una sociedad justa.
El ritmo en la polis
Platón no fue un filósofo alejado de la realidad, de la vida social, de la convivencia humana, sino más bien todo lo contrario. La filosofía nace con un propósito político desde sus inicios, y Platón fue un filósofo con conciencia y exigencia política. No buscaba una mera reflexión sobre el mundo, sino que esa reflexión sobre el mundo permitiera mejorar la convivencia y la organización de los seres humanos. A esa mejor organización, Platón la llamaba «justicia», y se traducía en la organización de la polis, de la República, de la situación de la comunidad humana. Es decir, cada cual en su sitio, que cada cual tenga lo que le corresponde y que cada cual desempeñe el papel que mejor le puede ir dentro de la colectividad. Platón reflexiona sobre estos temas en La República, uno de sus diálogos más famosos.Allí describe sus ideas acerca de una ciudad bien organizada. Para él, cada ser humano tiene su propio papel que cumplir. Lo importante, dice Platón, es que los que manden sean aquellos que están más cerca de la contemplación de las ideas y que los que defiendan esa comunidad sean aquellos que tienen un ánimo y un coraje más decidido. Mientras tanto, el resto de los ciudadanos pueden dedicarse al comercio, a la producción y a seguir las pautas y las directrices más o menos geniales de ese Areópago.4 Por supuesto, el régimen pensado por Platón es rígido. En un momento dado, dice incluso que hay que desterrar a los poetas porque mienten mucho y sólo hablan de pasiones y situaciones subjetivas. Por ellos, los seres humanos olvidan que la dimensión más importante de sus vidas es la colectiva, la que comparten con los demás, no la subjetiva.Algunos pensadores, como Karl Popper,5 han dicho que Platón es el padre de los estados totalitarios. Aunque sus planteamientos están muy lejos de los totalitarismos contemporáneos, hay que reconocer que su pensamiento tiene una vocación ordenancista, autoritaria y rígida.
¿Qué es igual y qué es diferente?
Una de las preocupaciones centrales de la filosofía ha sido buscar qué tienen en común las cosas tras su aparente diversidad. Se trata de un tema anterior incluso al propio Platón, que se remonta a los llamados presocráticos,6 ese pequeño grupo de filósofos que no se sabía realmente si lo eran, o si se trataba de poetas, pensadores o nigromantes y que desaparecen antes de que se conozca la filosofía propiamente como tal.
Nosotros vemos que hay una infinita diversidad de cosas distintas, algunas de las cuales las agrupamos en especies dentro de clases o colectivos. Hablamos de árboles, de hombres, de peces y de estrellas. Eso quiere decir que esas cosas tienen algo en común, son elementos de un mismo género y un mismo rango. Estos géneros y rangos son lo que Platón llama «ideas», y que para él son los arquetipos a partir de los cuales se diseña toda la diversidad de un grupo: todos los hombres, todos los peces, todos los árboles, todas las plantas. Se trata de algo aparente, que no se ve, de ahí que tengamos noción de la diversidad de las cosas diferentes, nunca de la idea, del concepto. Por eso Platón supuso que esas ideas, esas categorías arquetípicas, a partir de las cuales se organiza la realidad, pertenecían a otro orden, que es el que da sentido al nuestro, pero que está más allá del orden o mundo de lo que percibimos por los sentidos. Eso es lo que subyace en la fábula metafórica, tan significativa, del mito de la caverna.7 Lo que sale a buscar ese huido de entre los hombres es las ideas, para mirarlas frente a frente. El resto de sus congéneres, en el fondo de la caverna, están sometidos a ver puras sombras, o incluso, sombras de sombras. Sólo pueden romper esa cadena mediante el pensamiento. La forma que tiene un ser humano de liberarse es entregarse al pensamiento y salir a mirar las ideas. Esa experiencia de liberación es lo que Platón muestra en su Apología cuando Sócrates, a punto de ser condenado a muerte, dice: «Una vida sin examen no merece la pena ser vivida». Se refiere a una vida sin romper la rutina con las sombras y sin salir a buscar las ideas. Ése es el criterio filosófico a partir del cual nace el pensamiento occidental.
Platón estaba convencido de que la mejor preparación para la vida pública la daba el espíritu lúcido y desinteresado de la filosofía. Con ese propósito había fundado en Atenas, hacia el año 388 a.C., lo que se podría considerar la primera universidad de Europa. Por estar ubicada cerca del santuario consagrado al héroe Academo había recibido el nombre de «Academia». A ella concurrieron jóvenes de Atenas y de otras ciudades para aprender no sólo filosofía, sino también matemáticas, astronomía, ciencias físicas y naturales.
Nada de la filosofía anterior a Platón precedió su concepción. Los filósofos anteriores sólo habían tratado de explicar la naturaleza física. Pero ahora, a partir del pensamiento platónico, la ética, la política y la estética encontraban también su lugar en la reflexión filosófica al lado de la tradicional pregunta por la realidad física y los problemas del cambio y la permanencia, que habían ocupado ya a Heráclito8 y Parménides,9 entre otros.
Los enemigos de Platón
Los sofistas solían ser viajeros que deambulaban entre las ciudades que mejor podían acogerlos y remunerarlos. Por lo general, comparaban la diversidad de las leyes con la ecuanimidad de la naturaleza humana y aventuraban conclusiones de alarmante impiedad. Eran estudiosos de los mecanismos de la persuasión y el lenguaje, y muchas veces enseñaban a los ciudadanos de las comunidades igualitarias y discursivas a valerse por sí mismos en la esfera pública. Pero su memoria ha llegado hasta nosotros denostada, pues contaron con el antagonismo formidable de Platón. Como maestro de prodigiosa sutileza, detestaba el naturalismo sonriente de Demócrito,10 aunque éste no era un sofista, al que prácticamente nunca menciona. Además, condenó con excelsa habilidad intelectual el relativismo humanista de los sofistas. Como bien señala Jean-François Revel11 en su Historia de la filosofía occidental: «Mientras que en la tesis que opone la Naturaleza a la Ley, los sofistas habían visto sin duda la raíz de una fraternidad humana y de una racionalización de la política, Platón, para desacreditarles, finge ver por su parte una justificación de la fuerza pura. Parecía así defender la justicia, mientras que defendía de hecho la ciudad tradicional, antiigualitaria, intolerante, belicosa y xenófoba».
Platón debe a los sofistas mucho más de lo que habría estado dispuesto a reconocer. Los sofistas son representativos del clima cultural que se gestó en Atenas, después del encumbramiento y del ascenso político y económico que marcó también el comienzo de su decadencia.
Filosofía y religión
El ambiente de los diálogos platónicos, donde se mezclan la ligereza costumbrista con una tensión mental suprema, ha quedado ya para siempre en el imaginario como el clima natural de la filosofía. Pero, atención, quizá con iguales consecuencias negativas que positivas en el desarrollo posterior del pensamiento occidental. La figura de Platón me sirve para introducir dos cuestiones importantes, referentes a lo que yo tengo por filosofía: su relación con la religión y con el humor. La filosofía se opone desde sus orígenes a las creencias religiosas tradicionales y busca explicaciones alternativas, de corte naturalista, a las leyendas sobrenaturales que versan sobre el origen y fundamentos de la realidad. No sólo en el mundo físico, sino también en el social. La justificación del poder, de las leyes, de los tabúes y de las costumbres que brindan los filósofos no apela a dioses ni a genealogías heroicas, sino a fuerzas políticas en conflicto y, en todo caso, a la necesidad de utilizar el temor para disuadir a los díscolos de conductas perturbadoras. El carácter convencional, no sagrado, de las pautas que rigen las sociedades —y que, por lo tanto, pueden ser desafiadas por quienes no aceptan y denuncian ese convencionalismo— es uno de los aportes subversivos del pensamiento filosófico desde sus inicios. La existencia misma de los dioses era negada o considerada irrelevante para el transcurso de los acontecimientos humanos, tal como sostuvo Epicuro.12 Somos los humanos quienes creamos dioses a nuestra imagen y semejanza, y no al revés.
Incluso los filósofos que invocan a la divinidad o reconstruyen mitos para argumentar sus doctrinas como es el caso de Platón, lo hacen de manera claramente distinta a la tradición religiosa vigente: no son creyentes, sino teólogos. Sin embargo, creo que es no sólo posible sino también pertinente intentar señalar lo que distingue la función estrictamente filosófica de los usos teológicos de la filosofía. Esta diferencia queda subrayada por el claro antagonismo de grandes filósofos que fueron también teólogos, como Platón o Aristóteles, frente a filósofos ateológicos,13 como Demócrito o los sofistas. En primer lugar, los teólogos suelen demostrar una desconfianza teñida de desagrado y una condena hacia el mundo corporal que nuestros sentidos nos muestran: la auténtica realidad, la de primera clase, no está sometida a mutaciones, dolorosos afanes y perecimiento, como la que evidentemente nos rodea. La inteligencia humana no está emparentada con los mecanismos transitorios de la materialidad observable, sino que es, supuestamente, garantía de nuestra filiación respecto de un orden inmutable en el que estriba la razón última de la desventurada provincia que habitamos. Por ello, la contemplación de lo real parece ser más alta ocupación que cualquier intervención sobre la realidad contemplada: el elemento que contempla es, para los filósofos-teólogos, de rango superior a lo contemplado. En segundo lugar, como complemento y reforzamiento del punto anterior, los teólogos sostienen que existe un plan definido, un sentido, una finalidad última hacia la que se orientan los seres naturales y deben ser dirigidas las instituciones sociales. Los filósofos ateológicos, por el contrario, no creen en ningún plan final, sino en el azar y en el trenzado eventual de las necesidades. Existe cierto orden universal, pero a ellos les preocupa el funcionamiento y despliegue de ese orden, mientras que a los teólogos el para qué y a partir de quién.
Orden y justicia
En la obra de Platón se reúnen elementos del pasado, como la mentalidad religiosa o una recuperación sui generis de los mitos, con avances formidables en el desarrollo del análisis racional de las perplejidades intelectuales. Sus ideas políticas son aterradoras, es posible, pero las expresó de una manera tan fascinante que nuestra tradición intelectual nunca se ha atrevido a desdeñarlas. En sus diálogos se encuentran ecos de un claro rechazo de carácter aristocrático ante la extensión del poder político y de la igualdad legal a la totalidad de la población. 

viernes, 4 de marzo de 2016

NOVELA. HISTORIA DE ESPAÑA. Fragmento de "Viaje a la aldea del crimen", de Ramón J. Sénder

   En "El País":

La matanza que hundió a Azaña

Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas

Muertos en la revuelta de Casas Viejas (Cádiz) en 1933.
Muertos en la revuelta de Casas Viejas (Cádiz) en 1933
Destruida la choza, asesinado también con las esposas puestas Manuel Quijada y golpeada bárbaramente su mujer, Encarnación Barberán, que quiso protestar, los guardias bajaron en una columna disforme hacia la plaza y formaron en el centro. Más de doscientos hombres. El cura preguntaba tímidamente si había que usar sus servicios y preparaba un sermón para la primera ocasión en que hubiera que repartir en la iglesia “la limosna”. Los oficiales iban y venían con papeles. Después de los disparos últimos contra un grupo de curiosos, todo el mundo había vuelto temerosamente a sus casas, a sus albergues. La luz de las siete de la mañana llegaba por la parte del mar, lívida y penetrante. El jefe paseaba ante la doble fila de las fuerzas formadas. La humareda que seguía subiendo desde lo alto de la colina terciaba el cielo de la aldea con una faja negra. Ardían los cuerpos desmedrados de los campesinos. Todas las viviendas de la aldea estaban cerradas. Los jefes iban y venían con papeles. Uno dijo apresuradamente:
—Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.
Miró el reloj y añadió:
—Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones.
Esta orden no se limitaba expresamente a los sucesos de Casas Viejas, sino que se había dado el día 11 con carácter general a todos los lugares donde se habían producido desórdenes, como otras órdenes no menos bárbaras; las fuerzas rompieron filas y se diseminaron en dirección a la torrentera, hacia las chozas de los jornaleros.
Un guardia preguntaba:
—¿Qué es una razzia?
Y otro respondía, cerrando la recámara del fusil:
—Que hay que cargarse a María Santísima.
En las calles no había un alma. Los campesinos permanecían con sus familias, silenciosos, en las chozas. A la puerta de una de ellas lloraba el niño de once años Salvador del Río Barberán. Llevaba en la mano un cartucho de fusil, disparado. Los guardias le dijeron, riendo:
—Tira eso, muchacho, que no es un pastel.
Luego empujaron la puerta. En el fondo, el viejo Antonio Barberán —el de la chaqueta de rayadillo— yacía sobre un charco de sangre. El muchacho lloraba y juraba que su abuelo no era anarquista. El guardia bisoño subió calle arriba con los otros, conocedor ya de lo que era una razzia. Atrás quedó el muchacho midiendo con los ojos la soledad de la calle. El pueblo había enmudecido. Después de las ilusiones de la noche del día 11, todo volvía a su viejo ser. Las tierras seguirían alambradas y cercadas “para nadie”. El hambre y la desesperación, el no hacer nada y la esperanza —como único horizonte— de que el cura los convocara un día u otro —quizá mañana, siempre ese “quizá”— para darles un bono de una peseta canjeable por sesenta céntimos de víveres; ese porvenir inmediato les aguardaba. No se veía otra cosa en los meses que faltaban hasta la siega. Las hoces esperaban clavadas en la paja de la techumbre. La ilusión de las cuarenta y ocho horas anteriores los había vivificado. Nadie se acordó de comer ni de dormir.
Pero la represión, la destrucción de la choza de Seisdedos, los asesinatos de Francisca Lago y de su padre cuando intentaban huir con las ropas ardiendo, todo aquel estruendo de bombas y fusilería al que estuvieron atentos los campesinos desde sus camastros; el recuerdo de Manuel Quijada, esposado, que caía bajo los culatazos de los guardias y era levantado a puntapiés para morir, por fin, ametrallado frente a la choza; los asesinatos de otros tres detenidos, muertos a bocajarro junto a las cercas; la muerte del septuagenario Barberán al lado de la cama que acababa de abandonar, esos acontecimientos eran conocidos rápidamente en todo el pueblo.
Durante la noche, los campesinos afiliados al sindicato, que tenían armas, huyeron. El campo los acogería en la noche fraternalmente. Por la tierra, por la superficie cultivable, todavía virgen, habían intentado implantar el “comunismo libertario”. En la conquista del campo empeñaban la vida. La habían dado ya muchos campesinos. Al campo fueron a refugiarse. Entre los que quedaban en el pueblo apenas se podrían contar dos o tres testigos de los sucesos y miembros del sindicato.
En la aldea había teléfonos misteriosos que comunicaban con Madrid y con Cádiz constantemente. Había papel para los atestados, sellos judiciales, casas donde tomaban el desayuno los oficiales y los enviados del Gobierno —había llegado uno, de Cádiz—. Había la inseguridad de ofrecer la paz sin que la aceptara el enemigo. La probabilidad de levantar los brazos inermes ante cuatro fusiles y recibir, sin embargo, la descarga. Estaba a cada paso la tapia de los fusilamientos. En el pueblo todo les podía ser hostil. En el campo, un obscuro instinto les decía que todo habría de serles favorable.
Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender, publicado en 1934, ha sido reeditado por Libros del Asteroide.

viernes, 26 de febrero de 2016

NARRATIVA. Primeras páginas de la nueva novela de Mario Vargas Llosa

   En "El País Semanal":

El secreto de ‘Cinco esquinas’

Mario Vargas Llosa regresa a una Lima oprimida bajo el yugo dictatorial. Este es un adelanto de la nueva novela del Nobel de Literatura

Una imagen del barrio limeño de Cinco Esquinas.
Una imagen del barrio limeño de Cinco Esquinas.