Blog de la biblioteca del IES "Maimónides" (Córdoba).
TU BIBLIOTECA: TU CENTRO DE RECURSOS.
A las aladas almas de las rosas/
del almendro de nata te requiero,/
que tenemos que hablar de muchas cosas,/
compañero del alma, compañero.
MIGUEL HERNÁNDEZ
Más allá de donde aún se esconde la vida, queda un reino, queda cultivar como un rey su agonía, hacer florecer como un reino la sucia flor de la agonía: yo, que todo lo prostituí, aún puedo prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema.
Tú que eres tan sólo una herida en la pared y un rasguño en la frente que induce suavemente a la muerte: tú ayudas a los débiles mejor que los cristianos tú vienes de las estrellas y odias esta tierra donde moribundos descalzos se dan la mano día tras día buscando entre la mierda la razón de su vida; yo que nací del excremento te amo y amo posar sobre tus manos delicadas mis heces. Tu símbolo es el ciervo y el mío la luna: que caiga la lluvia sobre nuestras faces uniéndonos en un abrazo silencioso y cruel en que como el suicidio, sueño sin ángeles ni mujeres desnudo de todo salvo de tu nombre de tus besos en mi ano y tus caricias en mi cabeza calva rociaremos con vino, orina y sangre las iglesias regalo de los magos y debajo del crucifijo aullaremos.
La poesía destruye al hombre mientras los monos saltan de rama en rama buscándose en vano a sí mismos en el sacrílego bosque de la vida las palabras destruyen al hombre ¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre de vida! Sólo es hermoso el pájaro cuando muere destruido por la poesía.
Esperando todos los días para que venga el cierzo para que venga el ciervo azul como el poema, como el gamo que corre fugitivo sobre el poema y que sea la nada mi último poema baba de los labios para que el hombre muera azul sobre la página «victorieusement fuit le suicide beau» Mallarmé lo dijo oh belleza húmeda del suicidio única rosa, única flor rosa cúbica de la página para que el hombre descubra que no es un hombre.
Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada con peces muertos en los peldaños y una sirena ahogada en mi mano que enseño mudo a los viandantes pidiendo como el poeta limosna mano de la asfixia que acaricia tu mano en el umbral que me une al hombre que pasa a la distancia de un corcel y cándido sella el pacto sin saber que naufraga en la página virgen en el vértice de la línea, en la nada cruel de la rosa demacrada donde ni estoy yo ni está el hombre
Hombre normal que por un momento cruzas tu vida con la del esperpento has de saber que no fue por matar al pelícano sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada de demonio o de dios debo mi ruina
He vivido entre los arrabales, pareciendo un mono, he vivido en la alcantarilla transportando las heces, he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas y aprendido a nutrirme de lo que suelto. Fui una culebra deslizándose por la ruina del hombre, gritando aforismos en pie sobre los muertos, atravesando mares de carne desconocida con mis logaritmos. Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla y que mis padres me sedujeron para ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos. He enseñado a moverse a las larvas sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran. Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar, y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas» y «qué oscuro es tu nombre». He vivido los blancos de la vida, sus equivocaciones, sus olvidos, su torpeza incesante y recuerdo su misterio brutal, y el tentáculo suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies frenéticos de huida. He vivido su tentación, y he vivido el pecado del que nadie cabe nunca nos absuelva.
Vosotros, todos vosotros, toda esa carne que en la calle se apila, sois para mí alimento, todos esos ojos cubiertos de legañas, como de quien no acaba jamás de despertar, como mirando sin ver o bien sólo por sed de la absurda sanción de otra mirada, todos vosotros sois para mí alimento, y el espanto profundo de tener como espejo único esos ojos de vidrio, esa niebla en que se cruzan los muertos, ese es el precio que pago por mis alimentos.
No soporto la voz humana, mujer, tapa los gritos del mercado y que no vuelva a nosotros la memoria del hijo que nació de tu vientre.
No hay más corona de espinas que los recuerdos que se clavan en la carne y hacen aullar como aullaban en el Gólgota los dos ladrones. Mujer, no te arrodilles más ante tu hijo muerto. Bésame en los labios como nunca hiciste y olvida el nombre maldito de Jesucristo.
Así arderá tu cuerpo y del Sabbath quedará tan sólo una lágrima y tu aullido.
Leopoldo María Panero, en la imagen de su perfil de Twitter. / @LeopoldoPanero
Resulta que ha muerto dulcemente, mientras dormía, o al menos eso ha dicho Segundo Manchado, su médico, en el sanatorio canario donde vivía Leopoldo María Panero. Así que sus grandes temores de una muerte mala se han disipado por fin. El poeta maldito por excelencia, amigo íntimo de Mallarmé, admirador profundo de la vida de Rimbaud, el que extremaba hasta límites insoportables su dolor por la dificultad de entenderse con la gente y de quererse a sí mismo lo suficiente se largó sin ruido, después de cenar y de charlar por teléfono con alguien que sabía que esa era la hora en que se le podía telefonear.
Se acostó y se apagó, quién sabe si acunado por los versos de todos los poetas que han merecido su atención en la vida.
Su editor y amigo, Antonio Huerga, se pasó la noche sin pegar ojo, emocionado y llorando a moco tendido –nos lo ha confesado a cuartopoder.es-, sin encontrar consuelo ni en Charo Fierro, coeditora y compañera. Tenía que pasar pero, ¡qué raro cuando pasa!
Huerga y Fierro Editores tienen preparado su último libro, Rosa enferma, que pensaban publicar en otoño, pero, sabiendo que Leopoldo estaba empeñado en asistir también este año a la Feria del Libro de Madrid, es posible que el libro salga antes. Me cuenta Antonio que llevaban 15 años trayendo ininterrumpidamente al poeta a Madrid por la feria. Que a veces, algo cansados por el esfuerzo que suponía esa movida, se lo pensaban como remoloneando para que pasara de ellos el cáliz. “Traerlo a Madrid suponía dos billetes ida y vuelta en avión, porque no podía venir solo; y gastos dobles en todos los sitios, además de que lo acomodábamos en hoteles de cuatro estrellas”.
Un intercambio justo ya que las ventas de los libros de Leopoldo María Panero salvaban la Feria a los editores, como confiesa Antonio. Miembros de tribus urbanas compraban los libros del poeta, heavies, punkies; señores trajeados también hacían cola ante la caseta; jovencitas armadas con el móvil solicitaban su foto y otro libro. Y así. Una poesía tan difícil de leer encontró caminos insondables en los corazones de lectores improbables. La vida.
El caso es que ha muerto el poeta novísimo unos días después de que muriera su amiga querida, la también novísima Ana María Moix. Coincidían en muchas cosas, además de en su segundo nombre y en la afición por los cigarrillos.
“En una ocasión en que yo fui a Barcelona a conocer a Joan Brossa –cuenta Antonio Fierro- Felicidad Blanc, la madre de Leopoldo, se empeñó en que su hijo fuera conmigo. Eso fue a finales de los años 70. El caso es que nos perdimos en la estación de Sants y no supe de él hasta que me llamaron de la comisaría de Roger de Lauria, porque andaba sin carnet de identidad. Como que lo tenía yo, junto con el dinero que me había dado Felicidad. Menudo sofoco.”
Los Panero, la saga de poetas a la sombra del poeta padre, se han extinguido con la muerte de Leopoldo María. Queda el sonido lejano y las figuras en blanco y negro de El Desencanto, la película documental de Jaime Chávarri que nos hipnotizó a muchos en aquel tiempo.
Antonio y Charo, sus editores, se harán cargo de las cenizas y las llevarán quizás al parque del Retiro, cerca del Paseo de Coches, donde se instala la Feria del Libro que con tantas ganas se preparaba Leopoldo María a visitar otro año más. Quieren que un artista esculpa un busto para que se quede mucho rato mirando al vacío, a los árboles, a la gente que pasa por el Retiro. Habrá que organizar un crowdfunding para reunir unos cuantos miles de euros.
Quizá, si a alguien afecta la muerte de Panero, sea porque vivió tiempos muy intensos y extremos, y se bebió y fumó la vida sin límite. Algunos compartimos algunas horas con él. Así, que es –como se suele decir- como si parte de tu vida se muriera también. Seguiremos leyéndole, cuando reunamos el valor necesario para hacerlo.
Fragmentos de la intervención de Leopoldo María Panero en la película de Jaime Chávarri ‘El Desencanto’. / Vídeo: manutzn
El autor de ‘Poemas del manicomio de Mondragón’ y ‘Así se fundó Carnaby Street’ muere a los 65 años tras una vida destilada en la escritura y la desmesura
“No tenía a nadie”. Así resumía hace unas horas el editor Antonio Huerga la soledad en la que ha muerto Leopoldo María Panero a los 65 años. Lo decía para explicar la incertidumbre sobre los restos del poeta: “¿Incinerarlo? ¿Enterrarlo? ¿Quién decide? No tenía a nadie”. Tras la desaparición de su hermano Juan Luis en septiembre pasado, la muerte de Leopoldo es el último capítulo de una convulsa historia familiar llevada al cine por Jaime Chávarri y Ricardo Franco. Él decía que prefería la película del segundo “por los colores”. Lo decía como lo decía todo, con una salvaje ingenuidad llena de citas de poemas ajenos y propios, teorías conspirativas, críticas a España, a la OTAN, a sus editores o a sus compañeros en el psiquiátrico de Las Palmas, donde se había recluido voluntariamente hace más de una década. Los elogios quedaban reservados para sus colegas de generación: Gimferrer, Colinas o Ana María Moix, fallecida la semana pasada.
“Vivo dentro de la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren en ella. Todas mis palabras son la misma que se inclina hacia muchos lados, la palabra FIN, la palabra que es el silencio, dicha de muchos modos”. Así abría Panero su poética para Nueve novísimos, la antología de Josep Maria Castellet que le señaló en 1970 como una de las grandes promesas de la literatura por venir. Era el más joven de la selección y dos años antes se había estrenado con Por el camino de Swan, publicado en Málaga en 1968.
Poema inédito
SCIAMMARELLA
En cuanto a la tristeza como modo de venerar la libertad no libre del delirio
Diré lo mismo de otra forma porque la repetición es un señuelo casi inteligente
Ciertamente la mano polvorienta de un enano
Enseña a los hombres un pez
Significando la poesía
Que se opone bastardamente a la verdad
Que rumia aforismos en pie sobre las tumbas
Sobre las que llora el ruiseñor
Como una bruja significando el silencio
Con un vaso de placenta enemiga de la verdad
La poesía como un hombre enemigo del hombre
Azuzando a sus perros
Para que persigan la eternidad que venden los relojeros.
Del poemario Rosa enferma, que publicará en otoño Huerga y Fierro.
Repasar su vida durante ese año inaugural permitiría hacerse una idea de quién era Leopoldo María Panero, un poeta crucificado entre su propia desmesura y los tópicos de loco oficial de la poesía española. 1968 fue el año de su primer libro, de su primer intento de suicidio, de su ingreso en el Instituto Frenopático de Barcelona y de su paso por la cárcel de Carabanchel después de que lo detuvieran en Madrid junto a Eduardo Haro Ibars por consumo de marihuana y le aplicaran la Ley de Vagos y Maleantes. También fue el año en que escribió Así se fundó Carnaby Street. Publicado en 1970, ese libro contiene ya hecha (y deshecha) la voz de un autor que escribía todo lo que se le ocurría y publicaba todo lo que escribía. Cuando en 2001 Visor reunió su poesía completa hasta ese momento -588 páginas, una veintena de títulos- Panero tenía ya tres libros más en marcha en tres editoriales distintas. Uno de ellos Prueba de vida, una “autobiografía de la muerte” cuyo maltrecho mecanoscrito original paseaba por Las Palmas dentro de una bolsa de tela entre cintas de Los Chichos y antologías de Emily Dickinson.
A su muerte, Leopoldo María Panero ha dejado, al menos, un poemario inédito que tal vez se titule La rosa enferma. Huerga y Fierro, su editorial de los últimos años, pensaba publicarlo el próximo otoño. Entre tanto, el sello madrileño ha emprendido la publicación de su obra título a título. De esa serie forman parte poemarios como Teoría, Narciso en el acorde último de las flautas, Last River Together, El último hombre, Poemas del manicomio de Mondragón, Contra España y otros poemas no de amor o Locos. Irracionalismo, expresionismo, culturalismo y hermetismo atraviesan una obra irreductible a una fórmula salida del cerebro de un hombre irreductible, más fácil de tratar para los rockeros que para los catedráticos.
El desencanto, sus intervenciones en público y sus apariciones en la radio (La ventana) o la televisión (Crónicas marcianas) quedarán para la leyenda del penúltimo poeta oficialmente maldito. En la memoria de sus lectores -y son muchos- quedarán los versos de “Deseo de ser piel roja”, “El loco mirando desde la puerta del jardín” o “Ma mère”, dedicado “A mi desoladora madre, con esa extraña mezcla de compasión y náusea que puede solo experimentar quien conoce la causa, banal y sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre”. Era en 1979. Ocho años más tarde subtituló como “reivindicación de una hermosura” otro poema, “A mi madre”, que termina: “y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra / y ahora que el poema expira / te digo como un niño, ven / he construido una diadema / (sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)”.