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jueves, 25 de febrero de 2016

LITERATURA. UMBERTO ECO, "IN MEMORIAM". "La vieja amistad de Umberto Eco y Sherlock Holmes"

   En "El País":

La vieja amistad de Umberto Eco y Sherlock Holmes

El detective ejerció una gran influencia sobre la obra del profesor italiano: los dos buscaron la verdad, en la literatura y en la vida

Madrid 

Sean Connery y Christian Slater en 'El nombre de la rosa'.
Sean Connery y Christian Slater en 'El nombre de la rosa'.
Una de las más profundas y fructíferas amistades que ha producido la literatura fue la que mantuvieron Sherlock Holmes y el escritor italiano Umberto Eco. No importa que uno de ellos sea un personaje de ficción: es un detalle insignificante. Afortunadamente, nadie se toma muy en serio la inexistencia de Holmes: la sucursal bancaria que estuvo emplazada durante décadas en el 221B de Baker Street antes de que se convirtiese en un museo tuvo que emplear a una persona para gestionar la enorme cantidad de correo que llegaba a su nombre y al de Watson. El detective victoriano enriqueció de manera extraordinaria la obra de Eco, no solo le tributa un gran homenaje en El nombre de la rosa, el más célebre de todos los apócrifos de Arthur Conan Doyle, sino que incluso le dedicó un libro de ensayo, El signo de los tres. Dupin. Holmes. Peirce (Lumen, 1989), un conjunto de artículos que coordinó junto a Thomas A. Sebeok. Pero, lo que es más importante, la sabiduría de Eco proporcionó una nueva forma de leer las aventuras de Watson y Holmes, una visión más académica que detectivesca, pero igualmente divertida: la posibilidad de buscar nuevos ángulos en los rincones de los textos. Ahora, el fallecimiento de Eco, el pasado viernes en Milán, coloca a estos dos genios de la agudeza en el mismo plano y, esperemos, en un lugar lo más cercano posible.
Fue la semiótica la que acercó a Eco y Holmes, porque los dos dedicaron toda su vida a la interpretación de los signos, al estudio de los detalles que dejan atrás los crímenes, en el caso del detective, y de los que dejan atrás la cultura y los textos, en el caso de Eco. No es una casualidad para la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa, Jean-Jacques Annaud escogiese a los mayores expertos de la Edad Media, Jacques LeGoff y Michel Pastoureau. Este último es un erudito en todo lo que podía interesar al profesor de Bolonia, la historia simbólica del Medievo, desde los colores hasta los juegos, los animales o las flores.
El protagonista de esta novela es un monje franciscano llamado Guillermo de Baskerville, un homenaje por un lado al célebre relato de Conan Doyle y, por otro, al filósofo escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349), uno de los padres del pensamiento moderno. En el célebre principio de la Navaja de Ockham se esconde una de claves de todo el discurso científico: "La explicación más sencilla suele ser la verdadera". Una fórmula sólo comparable en eficacia y universalidad al principio más célebre de Sherlock Holmes: "Cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad". Las dos fórmulas invitan a dejar atrás cualquier prejuicio en la búsqueda de respuestas, a no dejarnos llevar por lo que creemos que sabemos, sino por lo que vamos descubriendo: eso es precisamente lo que hace Guillermo de Baskerville para resolver los crímenes en la Abadía y lo que siempre hizo Umberto Eco como profesor y como novelista: dejarse llevar por la inmensa fuerza del descubrimiento.
"No sabía qué buscaba fray Guillermo y aún ahora lo ignoro y supongo que ni siquiera él lo sabía, movido como estaba sólo por el deseo de la verdad", asegura Adso, el narrador de El nombre de la Rosa, que describe al monje como alguien "capaz de atraer la atención del observador menos curioso" con "una mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña". Una descripción clavada a la que hace Watson de Holmes. Que se nutriese de las aventuras del detective no quiere decir que no fuese un escritor original, todo lo contrario. Umberto Eco fue sobre todo el gran narrador de la duda, de la búsqueda, del juego, que dejaba al lector lleno de preguntas. Su inmensa perspicacia le llevó a intuir el eterno enfrentamiento entre apocalípticos e integrados en el que vivimos ahora más que nunca o a escribir el primer gran best seller de la era de la globalización, un relato popular a la altura de Charles Dickens o Alejandro Dumas. Eco unió la literatura y la vida como pocos autores lo han logrado y esperemos que él también, muy pronto, comience a recibir una nutrida correspondencia en el 221B.

martes, 11 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "El caso Sherlock Holmes sigue abierto"

   En "El País":

El caso Sherlock Holmes sigue abierto

Una exposición en Londres revela la inagotable fascinación por el detective creado por Arthur Conan Doyle


Una vitrina de la exposición de Londres dedicada a Sherlock Holmes. / MUSEUM OF LONDON
Sherlock Holmes es el personaje ficticio más real que existe. El banco que estuvo ubicado durante años en el 221B de Baker Street –la dirección en la que Arthur Conan Doyle situó el domicilio del detective y de su compañero Watson– empleó durante décadas a una persona para contestar el correo que llegaba a nombre de Holmes. Lo curioso es que la dirección, en la época en que se publicaron sus aventuras, no existía porque la calle era entonces más corta. Pero, ¿qué importa? El título de la primera exposición dedicada a Holmes en la capital británica en más de 60 años, que ofrecerá el Museo de Londres hasta el 12 de abril, no puede ser más significativo: “El hombre que nunca vivió pero que nunca morirá”.
“Creado en un momento en que la vida moderna estaba convirtiéndose en más compleja y acelerada, Sherlock Holmes fue presentado como la persona que podía darle sentido a todo esto”, asegura el catálogo de la muestra, que juega con una mezcla constante entre la realidad y la ficción. La exposición ofrece desde unmonet y un turner hasta un manuscrito de Los crímenes de la calle Morgue, la novela con la que arranca el género de detectives y a la que Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859 – Crowborough, 1930) homenajea en la primera aventura de Holmes, publicada en 1887. Se pueden ver muchas ilustraciones originales de Sidney Paget, que creó la imagen de Holmes con su pipa y su batín que ha llegado hasta nosotros, y la única entrevista filmada con el autor, en 1927, en la que explica que se inspiró en el médico Joseph Bell, que fue su profesor y que, tras impresionarle con sus deducciones, le dio la idea “de crear un nuevo tipo de detective”.


Ilustración de Paget con la muerte de Sherlock Holmes. / MUSEUM OF LONDON
También se expone el abrigo de espiga que Benedict Cumberbatch luce en la serie de la BBC, que en 2015 estrenará una cuarta temporada, además de un pedazo de papel manuscrito que el comisario de la muestra, Alex Werner, ha definido como “el sancta santorum de los sherlockianos”: en él Conan Doyle tomó las primeras notas de lo que luego sería la primera novela de Holmes, Estudio en Escarlata. Londres también ocupa un papel muy importante en la muestra porque es imposible desligar la ciudad de las aventuras de Holmes y Watson. Otra cosa que cuenta Conan Doyle en la entrevista es que los dos primeros libros, el citado y El signo de los cuatro, pasaron casi inadvertidos y sólo alcanzaron un éxito monumental cuando empezaron a ser publicados como historias cortas por la revista The Strand, de la que se exhiben unos cuantos incunables en la muestra, una anécdota que dice mucho sobre la influencia que llegó a alcanzar la prensa escrita. “Fue entonces cuando prosperó”, dice el novelista escocés. El eclecticismo de la muestra refleja también las inabarcables lecturas que ofrece el personaje.
Pese al éxito, Conan Doyle tuvo la peregrina idea de matar a su detective en diciembre de 1893, en el relato El problema final. La exposición ofrece tanto el ejemplar original de The Strand con la historia como un turner con las cataratas de Reichenbach de las que Holmes y su archienemigo Moriarty se cayeron y, aparentemente, fallecieron. Las protestas de los lectores fueron tan estruendosas que el narrador tuvo que recuperar al detective, primero en el pasado, con El perro de los Baskerville, que transcurre antes de que fuese engullido por el precipicio, y luego con aventuras posteriores ya que sobrevivió a la caída milagrosamente, lo que resulta desconcertante para un personaje que encarna el triunfo de la lógica. Para tratar de poner orden en todo este lío, la estupenda edición de Jesús Urceloy en Cátedra, Todo Sherlock Holmes, clasifica las historias por el orden en el que ocurren en la ficción y no por el que fueron escritas. La muestra ofrece también un dibujo extraordinario, en el que se ve a Conan Doyle atrapado por su creación, que refleja como condicionó toda su vida como escritor. El último cuento, publicado en 1926, es un relato de espías ambientado al principio de la I Guerra Mundial: el detective se retiró entonces porque quizás sí desapareció cualquier esperanza de un mundo en el que podía imponerse la razón. De hecho, su creador se dedicó al final de su vida al espiritismo y defendió la existencia de seres mágicos del bosque en un célebre caso de falsificación –las hadas de Cottingley–. Había olvidado las enseñanzas de Holmes.
El hombre que nunca vivió pero que nunca morirá refleja la inagotable fascinación por el personaje, que puede medirse tanto por sus incontables adaptaciones cinematográficas –actualmente hay tres en marcha: la serie de la BBC, que traslada a Holmes y Watson al Londres actual; Elementary, que lleva a los personajes a Nueva York, y la franquicia que protagoniza Robert Downey– como por la parafernalia que le rodea, desde la cocaína disuelta al 7% hasta el violín o los gorros de tweed. Algunas piezas provienen de sociedades sherlockianas remotas y otras de coleccionistas insólitos, como Glen Miranker, antiguo jefe técnico de Apple.
El filósofo John Gray resumió con lucidez en un pequeño ensayo escrito para la BBC titulado El inagotable atractivo de Sherlock Holmes los motivos por los que nunca nos podremos librar del detective: “Más allá de algunas reliquias del racionalismo victoriano, la mayoría de nosotros aceptamos que la razón no puede dar un sentido a la vida. Por eso necesitamos mitos y los mitos son contradictorios. Holmes es uno de ellos. Al ser capaz de encontrar orden en el caos utilizando sólo métodos racionales, demuestra el permanente poder de la magia. ¿Seremos capaces de ser razonables sin esperar demasiado de la razón? ¿Fracasaremos al intentar remodelar el mundo basándonos en principios racionales que en la práctica producen en el caos?”.

sábado, 27 de agosto de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Rodney Stone" y "El valle del miedo", de Conan Doyle

Adrian (izquierda) y Denis, hijos de Arthur Conan Doyle, practican boxeo en 1936.- H. ALLEN / GETTY IMAGES. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Conan Doyle se enfrenta al Mal absoluto

JOSÉ MARÍA GUELBENZU 20/08/2011

   Narrativa. Siempre se vuelve a sir Arthur Conan Doyle porque era un gran contador de historias. A su pesar, debe su fama a su criatura Sherlock Holmes, pues no era ésa su mayor ambición, pero sus admiradores se lo agradecemos infinitamente. Sin embargo, quien lea Rodney Stone obtendrá como recompensa dos o tres tardes de lectura fascinante. Se encontrará inmerso en la Inglaterra de principios del XIX siguiendo las peripecias de un chico de pueblo al que un golpe de fortuna sitúa en la élite londinense de la mano de su tío, íntimo del círculo de dandis que rodea al príncipe de Gales y árbitro de la elegancia que, por cierto, mira por encima a un joven elegante que empieza a destacar conocido como Beau Brummell. El tío Charles es muy aficionado al boxeo a puño desnudo, tal y como se practicaba en la época, lo que da lugar a una mezcla de tipos rudos y aristócratas que conviven y se enfrentan en un ambiente boxístico admirablemente narrado lleno de emoción y aventura, donde no falta una intriga muy bien llevada y muy del gusto del sano melodrama decimonónico. Conan, que es tan imperial como Kipling en su mentalidad, nos obsequia con una historia de buenos y malos donde triunfa la Inglaterra de generosos y abnegados luchadores y guerreros siempre dispuestos a demostrar su coraje y valía por el ancho mundo que hicieron suyo. El relato es una suma de episodios muy entretenidos y bien contados, engarzados en una trama de boxeo que, a su vez encierra una subtrama con un enigma digno de las mejores novelas de aventuras.
   El valle del miedo, novela de Sherlock Holmes que el maestro John Dickson Carr tenía por "una de las cinco mejores novelas de intriga de la literatura de misterio", hace el volumen número siete de la serie que bajo el epígrafe de 'Sherlock Holmes / El canon' vienen publicando Juan Antonio Molina Foix y Valdemar y que es, sin duda, la edición Holmes en castellano. Cada volumen está prologado con toda eficiencia, se adorna con magníficas ilustraciones, la traducción es impecable y el aparato crítico es exhaustivo. No puede faltar en la casa de ningún amante de las aventuras de Sherlock Holmes. Y dicho esto, añadamos que, en efecto, quizá sea esta la mejor novela de Holmes, menos conocida que las demás. Está dividida en dos partes: en la primera se desarrolla el misterio y se resuelve; en la segunda, se retrocede veinte años atrás para conocer la historia que sostiene la resolución del enigma de la primera. La primera parte responde al esquema clásico: Holmes recibe una carta, parte a un rincón rural a resolver una muerte, desarrolla sus calidades deductivas y resuelve el problema. En la segunda cambia el escenario: estamos en América, donde una sociedad secreta de las que tanto le gustan a Conan y que es, en realidad, un Sindicato del Crimen, opera impunemente en un lugar conocido como El Valle del Miedo. Amores y rufianes se mezclan para ofrecernos un escenario trepidante que, desde el pasado, vendrán a confluir en el presente. Y siempre, la sombra fatídica de Moriarty representando a un Mal absoluto que, sin embargo, puede ser derrotado en batallas concretas, lo mismo que el Bien, pero dentro de una guerra sin fin. Esa visión del Absoluto, que ha pervivido hasta hoy en las novelas de acción, sea la Espectra de Bond o los detestables psicópatas de la novela negra o de terror, procede de una concepción religiosa que continúa instalada en nuestro interior contra viento y marea, aunque sin la gracia, en general, con que caballeros como sir Arthur eran capaces de hacerlo antaño y hacernos estremecidamente felices.

Rodney Stone / El valle del miedo
Arthur Conan Doyle
Traducción de Armando Lázaro Ros
Capitán Swing / Valdemar. Madrid, 2011
368 / 320 páginas. 19 euros

jueves, 31 de diciembre de 2009

LITERATURA. Sherlock Holmes. "Un caso de identidad" (y 4ª entrega)



Un caso de identidad (y 4)
El hombre que entró era corpulento, de estatura media, de unos treinta años de edad, bien afeitado y de piel cetrina, con modales melosos e insinuantes y un par de ojos grises extraordinariamente agudos y penetrantes. Dirigió una mirada inquisitiva a cada uno de nosotros, depositó su reluciente chistera sobre un aparador y, con una ligera inclinación, se sentó en la silla más próxima.
––Buenas tardes, señor James Windibank ––dijo Holmes––. Creo que es usted quien me ha enviado esta carta mecanografiada, citándose conmigo a las seis.
––Sí, señor. Me temo que llego un poco tarde, pero no soy dueño de mi tiempo, como usted comprenderá. Lamento mucho que la señorita Sutherland le haya molestado con este asunto, porque creo que es mucho mejor no lavar en público los trapos sucios. Vino en contra de mis deseos, pero es que se trata de una muchacha muy excitable e impulsiva, como ya habrá notado, y no es fácil controlarla cuando se le ha metido algo en la cabeza. Naturalmente, no me importa tanto tratándose de usted, que no tiene nada que ver con la policía oficial, pero no es agradable que se comente fuera de casa una desgracia familiar como ésta. Además, se trata de un gasto inútil, porque, ¿cómo iba usted a poder encontrar a ese Hosmer Angel?
––Por el contrario ––dijo Holmes tranquilamente––, tengo toda clase de razones para creer que lograré encontrar al señor Hosmer Angel.
El señor Windibank tuvo un violento sobresalto y se le cayeron los guantes.
––Me alegra mucho oír eso ––dijo.
––Es muy curioso ––comentó Holmes–– que una máquina de escribir tenga tanta individualidad como lo que se escribe a mano. A menos que sean completamente nuevas, no hay dos máquinas que escriban igual. Algunas letras se gastan más que otras, y algunas se gastan sólo por un lado. Por ejemplo, señor Windibank, como puede ver en esta nota suya, la “e” siempre queda borrosa y hay un pequeño defecto en el rabillo de la “r”. Existen otras catorce características, pero éstas son las más evidentes.
––Con esta máquina escribimos toda la correspondencia en la oficina, y es lógico que esté un poco gastada ––dijo nuestro visitante, mirando fijamente a Holmes con sus ojillos brillantes.
––Y ahora le voy a enseñar algo que constituye un estudio verdaderamente interesante, señor Windibank ––continuó Holmes–. Uno de estos días pienso escribir otra pequeña monografía acerca de la máquina de escribir y su relación con el crimen. Es un tema al que he dedicado cierta atención. Aquí tengo cuatro cartas presuntamente remitidas por el desaparecido. Todas están escritas a máquina. En todos los casos, no sólo las “es” están borrosas y las “erres” no tienen rabillo, sino que podrá usted observar, si mira con mi lupa, que también aparecen las otras catorce características de las que le hablaba antes.
El señor Windibank saltó de su silla y recogió su sombrero.
––No puedo perder el tiempo hablando de fantasías, señor Holmes ––dijo––. Si puede coger al hombre, cójalo, y hágamelo saber cuando lo tenga.
––Desde luego ––dijo Holmes, poniéndose en pie y cerrando la puerta con llave––. En tal caso, le hago saber que ya lo he cogido.
––¿Cómo? ¿Dónde? ––exclamó el señor Windibank, palideciendo hasta los labios y mirando a su alrededor como una rata cogida en una trampa.
––Vamos, eso no le servirá de nada, de verdad que no ––dijo Holmes con suavidad––. No podrá librarse de ésta, señor Windibank. Es todo demasiado transparente y no me hizo usted ningún cumplido al decir que me resultaría imposible resolver un asunto tan sencillo. Eso es, siéntese y hablemos.
Nuestro visitante se desplomó en una silla, con el rostro lívido y un brillo de sudor en la frente.
––No ... no constituye delito ––balbuceó.
––Mucho me temo que no. Pero, entre nosotros, Windibank, ha sido una jugarreta cruel, egoísta y despiadada, llevada a cabo del modo más ruin que jamás he visto. Ahora, permítame exponer el curso de los acontecimientos y contradígame si me equivoco.
El hombre se encogió en su asiento, con la cabeza hundida sobre el pecho, como quien se siente completamente aplastado. Holmes levantó los pies, apoyándolos en una esquina de la repisa de la chimenea, se echó hacia atrás con las manos en los bolsillos y comenzó a hablar, con aire de hacerlo más para sí mismo que para nosotros.
––Un hombre se casó con una mujer mucho mayor que él, por su dinero ––dijo––, y también se beneficiaba del dinero de la hija mientras ésta viviera con ellos. Se trataba de una suma considerable para gente de su posición y perderla habría representado una fuerte diferencia. Valía la pena hacer un esfuerzo por conservarla. La hija tenía un carácter alegre y comunicativo, y además era cariñosa y sensible, de manera que resultaba evidente que, con sus buenas dotes personales y su pequeña renta, no duraría mucho tiempo soltera. Ahora bien, su matrimonio significaba, sin lugar a dudas, perder cien libras al año. ¿Qué hace entonces el padrastro para impedirlo? Adopta la postura más obvia: retenerla en casa y prohibirle que frecuente la compañía de gente de su edad. Pero pronto se da cuenta de que eso no le servirá durante mucho tiempo. Ella se rebela, reclama sus derechos y por fin anuncia su firme intención de asistir a cierto baile. ¿Qué hace entonces el astuto padrastro? Se le ocurre una idea que honra más a su cerebro que a su corazón. Con la complicidad y ayuda de su esposa, se disfraza, ocultando con gafas oscuras esos ojos penetrantes, enmascarando su rostro con un bigote y un par de pobladas patillas, disimulando el timbre claro de su voz con un susurro insinuante... Y, doblemente seguro a causa de la miopía de la chica, se presenta como el señor Hosmer Angel y ahuyenta a los posibles enamorados cortejándola él mismo.
––Al principio era sólo una broma ––gimió nuestro visitante––. Nunca creímos que se lo tomara tan en serio.
––Probablemente, no. Fuese como fuese, lo cierto es que la muchacha se lo tomó muy en serio; y, puesto que estaba convencida de que su padrastro se encontraba en Francia, ni por un instante se le pasó por la cabeza la sospecha de una traición. Se sentía halagada por las atenciones del caballero, y la impresión se veía aumentada por la admiración que la madre manifestaba a viva voz. Entonces el señor Angel empezó a visitarla, pues era evidente que, si se querían obtener resultados, había que llevar el asunto tan lejos como fuera posible. Hubo encuentros y un compromiso que evitaría definitivamente que la muchacha dirigiera su afecto hacia ningún otro. Pero el engaño no se podía mantener indefinidamente. Los supuestos viajes a Francia resultaban bastante embarazosos. Evidentemente, lo que había que hacer era llevar el asunto a una conclusión tan dramática que dejara una impresión permanente en la mente de la joven, impidiéndole mirar a ningún otro pretendiente durante bastante tiempo. De ahí esos juramentos de fidelidad pronunciados sobre el Evangelio, y de ahí las alusiones a la posibilidad de que ocurriera algo la misma mañana de la boda. James Windibank quería que la señorita Sutherland quedara tan atada a Hosmer Angel y tan insegura de lo sucedido, que durante diez años, por lo menos, no prestara atención a ningún otro hombre. La llevó hasta las puertas mismas de la iglesia y luego, como ya no podía seguir más adelante, desapareció oportunamente, mediante el viejo truco de entrar en un coche por una puerta y salir por la otra. Creo que éste fue el encadenamiento de los hechos, señor Windibank.
Mientras Holmes hablaba, nuestro visitante había recuperado parte de su aplomo, y al llegar a este punto se levantó de la silla con una fría expresión de burla en su pálido rostro.
––Puede que sí y puede que no, señor Holmes ––dijo––. Pero si es usted tan listo, debería saber que ahora mismo es usted y no yo quien está infringiendo la ley. Desde el principio, yo no he hecho nada punible, pero mientras mantenga usted esa puerta cerrada se expone a una demanda por agresión y retención ilegal.
––Como bien ha dicho, la ley no puede tocarle ––dijo Holmes, girando la llave y abriendo la puerta de par en par––. Sin embargo, nadie ha merecido jamás un castigo tanto como lo merece usted. Si la joven tuviera un hermano o un amigo, le cruzaría la espalda a latigazos. ¡Por Júpiter! ––exclamó acalorándose al ver el gesto de burla en la cara del otro––. Esto no forma parte de mis obligaciones para con mi cliente, pero tengo a mano un látigo de caza y creo que me voy a dar el gustazo de...
Dio dos rápidas zancadas hacia el látigo, pero antes de que pudiera cogerlo se oyó un estrépito de pasos en la escalera, la puerta de la entrada se cerró de golpe y pudimos ver por la ventana al señor Windibank corriendo calle abajo a toda la velocidad de que era capaz.
––¡Ahí va un canalla con verdadera sangre fría! ––dijo Holmes, echándose a reír mientras se dejaba caer de nuevo en su sillón––. Ese tipo irá subiendo de delito en delito hasta que haga algo muy grave y termine en el patíbulo. En ciertos aspectos, el caso no carecía por completo de interés.
––Todavía no veo muy claros todos los pasos de su razonamiento   –dije yo.
––Pues, desde luego, en un principio era evidente que este señor Hosmer Angel tenía que tener alguna buena razón para su curioso comportamiento, y estaba igualmente claro que el único hombre que salía beneficiado del incidente, hasta donde nosotros sabíamos, era el padrastro. Luego estaba el hecho, muy sugerente, de que nunca se hubiera visto juntos a los dos hombres, sino que el uno aparecía siempre cuando el otro estaba fuera. Igualmente sospechosas eran las gafas oscuras y la voz susurrante, factores ambos que sugerían un disfraz, lo mismo que las pobladas patillas. Mis sospechas se vieron confirmadas por ese detalle tan curioso de firmar a máquina, que por supuesto indicaba que la letra era tan familiar para la joven que ésta reconocería cualquier minúscula muestra de la misma. Como ve, todos estos hechos aislados, junto con otros muchos de menor importancia, señalaban en la misma dirección.
––¿Y cómo se las arregló para comprobarlo?
––Habiendo identificado a mi hombre, resultaba fácil conseguir la corroboración. Sabía en qué empresa trabajaba este hombre. Cogí la descripción publicada, eliminé todo lo que se pudiera achacar a un disfraz –las patillas, las gafas, la voz y se la envié a la empresa en cuestión, solicitando que me informaran de si alguno de sus viajantes respondía a la descripción. Me había fijado ya en las peculiaridades de la máquina, y escribí al propio sospechoso a su oficina, rogándole que acudiera aquí. Tal como había esperado, su respuesta me llegó escrita a máquina, y mostraba los mismos defectos triviales pero característicos. En el mismo correo me llegó una carta de Westhouse & Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que la descripción coincidía en todos sus aspectos con la de su empleado James Windibank. Voilà tout!
––¿Y la señorita Shutherland?
––Si se lo cuento, no me creerá. Recuerde el antiguo proverbio persa: “Tan peligroso es quitarle su cachorro a un tigre como arrebatarle a una mujer una ilusión”. Hay tanta sabiduría y tanto conocimiento del mundo en Hafiz como en Horacio.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

LITERATURA. Sherlock Holmes. "Un caso de identidad" (3ª entrega)



Un caso de identidad (3)
Sherlock Holmes permaneció sentado y en silencio durante unos cuantos minutos, con las puntas de los dedos juntas, las piernas estiradas hacia adelante y la mirada fija en el techo. Luego tomó del estante la vieja y grasienta pipa que le servía de consejera y, después de encenderla, se recostó en su butaca, emitiendo densas espirales de humo azulado, con una expresión de infinita languidez en el rostro.
––Interesante personaje, esa muchacha ––comentó––. Me ha parecido más interesante ella que su pequeño problema que, dicho sea de paso, es de lo más vulgar. Si consulta usted mi índice, encontrará casos similares en Andover, año 77, y otro bastante parecido en La Haya el año pasado.
––Parece que ha visto en ella muchas cosas que para mí eran invisibles ––le hice notar.
––Invisibles no, Watson, inadvertidas. No sabía usted dónde mirar y se le pasó por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la importancia de las mangas, de lo sugerentes que son las uñas de los pulgares, de los graves asuntos que penden de un cordón de zapato. Veamos, ¿qué dedujo usted del aspecto de esa mujer? Descríbala.
––Pues bien, llevaba un sombrero de paja de ala ancha y de color pizarra, con una pluma rojo ladrillo. Chaqueta negra, con abalorios negros y una orla de cuentas de azabache. Vestido marrón, bastante más oscuro que el café, con terciopelo morado en el cuello y los puños. Guantes tirando a grises, con el dedo índice de la mano derecha muy desgastado. En los zapatos no me fijé. Llevaba pendientes de oro, pequeños y redondos, y en general tenía aspecto de persona bastante bien acomodada, con un estilo de vida vulgar, cómodo y sin preocupaciones.
Sherlock Holmes aplaudió suavemente y emitió una risita.
––¡Por mi vida, Watson, está usted haciendo maravillosos progresos! Lo ha hecho muy bien, de verdad. Claro que se le ha escapado todo lo importante, pero ha dado usted con el método y tiene buena vista para los colores. No se fie nunca de las impresiones generales, muchacho, concéntrese en los detalles. Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas. En un hombre, probablemente, es mejor fijarse antes en las rodilleras de los pantalones. Como bien ha dicho usted, esta mujer tenía terciopelo en las mangas, un material sumamente útil para descubrir rastros. La doble línea justo por encima de las muñecas, donde la mecanógrafa se apoya en la mesa, estaba perfectamente definida. Una máquina de coser del tipo manual deja una marca semejante, pero sólo en la manga izquierda y en el lado más alejado del pulgar, en vez de cruzar la manga de parte a parte, como en este caso. Luego le miré la cara y, advirtiendo las marcas de unas gafas a ambos lados de su nariz, aventuré aquel comentario acerca de escribir a máquina siendo corta de vista, que tanto pareció sorprenderla.
––También me sorprendió a mí.
––Pues resultaba bien evidente. A continuación, miré hacia abajo y quedé muy sorprendido e interesado al observar que, aunque sus zapatos se parecían mucho, en realidad estaban desparejados: uno tenía un pequeño adorno en la punta y el otro era de punta lisa. Y de los cinco botones de cada zapato, uno tenía abrochados sólo los dos de abajo, y el otro el primero, el tercero y el quinto. Ahora bien, cuando ve usted que una joven, por lo demás impecablemente vestida, ha salido de su casa con los zapatos desparejados y a medio abotonar, no tiene nada de extraordinario deducir que salió a toda prisa.
––¿Y qué más? ––pregunté vivamente interesado, como siempre, por los incisivos razonamientos de mi amigo.
––Advertí, de pasada, que antes de salir de casa, pero después de haberse vestido del todo, había escrito una nota. Usted ha observado que el guante derecho tenía roto el dedo índice, pero no se fijó en que tanto el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta. Había escrito con prisas y metió demasiado la pluma en el tintero. Ha tenido que ser esta mañana, pues de no ser así la mancha no estaría tan clara en el dedo. Todo esto resulta entretenido, aunque bastante elemental, pero hay que ponerse a la faena, Watson. ¿Le importaría leerme la descripción del señor Hosmer Angel que se da en el anuncio?
Levanté a la luz el pequeño recorte impreso. “Desaparecido, en la mañana del día 14, un caballero llamado Hosmer Angel. Estatura, unos cinco pies y siete pulgadas; complexión fuerte, piel atezada, cabello negro con una pequeña calva en el centro, patillas largas y bigote negro; gafas oscuras, ligero defecto en el habla. La última vez que se le vio vestía levita negra con solapas de seda, chaleco negro con una cadena de oro y pantalones grises de paño, con polainas marrones sobre botines de elástico. Se sabe que ha trabajado en una oficina de Leadenhall Street. Quien pueda aportar noticias, etc., etc.”.
––Con eso basta ––dijo Holmes––. En cuanto a las cartas... – continuó, echándoles un vistazo–– son de lo más vulgar. No hay en ellas ninguna pista del señor Angel, salvo que cita una vez a Balzac. Sin embargo, presentan un aspecto muy notable, que sin duda le llamará la atención.
––Que están escritas a máquina ––dije yo.
––No sólo eso, hasta la firma está a máquina. Fíjese en el pequeño y pulcro “Hosmer Angel” escrito al pie. Y, como verá, hay fecha pero no dirección completa, sólo “Leadenhall Street”, que es algo muy inconcreto. Lo de la firma resulta muy sugerente... casi podría decirse que concluyente.
––¿De qué?
––Querido amigo, ¿es posible que no vea la importancia que esto tiene en el caso?
––Mentiría si dijera que la veo, a no ser que lo hiciera para poder negar que la firma era suya, en caso de que se le demandara por ruptura de compromiso.
––No, no se trata de eso. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que dejarán zanjado el asunto. Una, para una firma de la City; y la otra, al padrastro de la joven, el señor Windibank, pidiéndole que venga a visitarnos mañana a las seis de la tarde. Ya es hora de que tratemos con los varones de la familia. Y ahora, doctor, no hay nada que hacer hasta que lleguen las respuestas a las cartas, así que podemos desentendernos del problemilla por el momento.
Tenía tantas razones para confiar en las penetrantes dotes deductivas y en la extraordinaria energía de mi amigo, que supuse que debía existir una base sólida para la tranquila y segura desenvoltura con que trataba el singular misterio que se le había llamado a sondear. Sólo una vez le había visto fracasar, en el caso del rey de Bohemia y la fotografía de Irene Adler, pero si me ponía a pensar en el misterioso enredo de El signo de los Cuatro o en las extraordinarias circunstancias que concurrían en el Estudio en escarlata, me sentía convencido de que no había misterio tan complicado que él no pudiera resolver.
Lo dejé, pues, todavía chupando su pipa de arcilla negra, con el convencimiento de que, cuando volviera por allí al día siguiente, encontraría ya en sus manos todas las pistas que conducirían a la identificación del desaparecido novio de la señorita Mary Sutherland.
Un caso profesional de extrema gravedad ocupaba por entonces mi atención, y pasé todo el día siguiente a la cabecera del enfermo. Eran ya casi las seis cuando quedé libre y pude saltar a un coche que me llevara a Baker Street, con cierto miedo de llegar demasiado tarde para asistir al desenlace del pequeño misterio.
Sin embargo, encontré a Sherlock Holmes solo, medio dormido, con su larga y delgada figura enroscada en los recovecos de su sillón. Un formidable despliegue de frascos y tubos de ensayo, más el olor picante e inconfundible del ácido clorhídrico, me indicaban que había pasado el día entregado a los experimentos químicos que tanto le gustaban.
––Qué, ¿lo resolvió usted? ––pregunté al entrar.
––Sí, era el bisulfato de bario.
––¡No, no! ¡El misterio! ––exclamé.
––¡Ah, eso! Creía que se refería a la sal con la que he estado trabajando. No hay misterio alguno en este asunto, como ya le dije ayer, aunque tiene algunos detalles interesantes. El único inconveniente es que me temo que no existe ninguna ley que pueda castigar a este granuja.
––Pues, ¿de quién se trata? ¿Y qué se proponía al abandonar a la señorita Sutherland?
Apenas había salido la pregunta de mi boca y Holmes aún no había abierto los labios para responder, cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y unos golpes en la puerta.
––Aquí está el padrastro de la chica, el señor James Windibank –dijo Holmes––. Me escribió diciéndome que vendría a las seis. ¡Adelante!

domingo, 27 de diciembre de 2009

LITERATURA. Sherlock Holmes. "Un caso de identidad" (2ª entrega)


Un caso de identidad (2)
––Le conocí en el baile de los instaladores del gas ––dijo––. Cuando vivía papá, siempre le enviaban invitaciones, y después se siguieron acordando de nosotros y se las mandaron a mamá. El señor Windibank no quería que fuéramos. Nunca ha querido que vayamos a ninguna parte. Se ponía como loco con que yo quisiera ir a una fiesta de la escuela dominical. Pero esta vez yo estaba decidida a ir, y nada me lo iba a impedir. ¿Qué derecho tenía él a impedírmelo? Dijo que aquella gente no era adecuada para nosotras, cuando iban a estar presentes todos los amigos de mi padre. Y dijo que yo no tenía un vestido adecuado, cuando tenía uno violeta precioso, que prácticamente no había sacado del armario. Al final, viendo que todo era en vano, se marchó a Francia por asuntos de su negocio, pero mamá y yo fuimos al baile con el señor Hardy, nuestro antiguo capataz, y allí fue donde conocí al señor Hosmer Angel.
––Supongo ––dijo Holmes–– que cuando el señor Windibank regresó de Francia, se tomaría muy a mal que ustedes dos hubieran ido al baile.
––Bueno, pues se lo tomó bastante bien. Recuerdo que se echó a reír, se encogió de hombros y dijo que era inútil negarle algo a una mujer, porque ésta siempre se sale con la suya.
––Ya veo. Y en el baile de los instaladores del gas conoció usted a un caballero llamado Hosmer Angel, según tengo entendido.
––Así es. Le conocí aquella noche y al día siguiente nos visitó para  preguntar si habíamos regresado a casa sin contratiempos, y después le vimos... es decir, señor Holmes, le vi yo dos veces, que salimos de paseo, pero luego volvió mi padre y el señor Hosmer Angel ya no vino más por casa.
––¿No?
––Bueno, ya sabe, a mi padre no le gustan nada esas cosas. Si de él dependiera, no recibiría ninguna visita, y siempre dice que una mujer debe sentirse feliz en su propio círculo familiar. Pero, por otra parte, como le decía yo a mi madre, para eso se necesita tener un círculo propio, y yo todavía no tenía el mío.
––¿Y qué fue del señor Hosmer Angel? ¿No hizo ningún intento de verla?
––Bueno, mi padre tenía que volver a Francia una semana después y Hosmer escribió diciendo que sería mejor y más seguro que no nos viéramos hasta que se hubiera marchado. Mientras tanto, podíamos escribirnos, y de hecho me escribía todos los días. Yo recogía las cartas por la mañana, y así mi padre no se enteraba.
––¿Para entonces ya se había comprometido usted con ese caballero?
––Oh, sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que dimos juntos. Hosmer..., el señor Angel... era cajero en una oficina de Leadenhall Street... y...
––¿Qué oficina?
––Eso es lo peor, señor Holmes, que no lo sé.
––¿Y dónde vivía?
––Dormía en el mismo local de las oficinas.
––¿Y no conoce la dirección?
––No... sólo que estaban en Leadenhall Street.
––Entonces, ¿adónde le dirigía las cartas?
––A la oficina de correos de Leadenhall Street, donde él las recogía. Decía que, si las mandaba a la oficina, todos los demás empleados le gastarían bromas por cartearse con una dama, así que me ofrecí a escribirlas a máquina, como hacía él con las suyas, pero se negó, diciendo que si yo las escribía se notaba que venían de mí, pero si estaban escritas a máquina siempre sentía que la máquina se interponía entre nosotros. Esto le demostrará lo mucho que me quería, señor Holmes, y cómo se fijaba en los pequeños detalles.
––Resulta de lo más sugerente ––dijo Holmes––. Siempre he sostenido el axioma de que los pequeños detalles son, con mucho, lo más importante. ¿Podría recordar algún otro pequeño detalle acerca del señor Hosmer Angel?
––Era un hombre muy tímido, señor Holmes. Prefería salir a pasear conmigo de noche y no a la luz del día, porque decía que no le gustaba llamar la atención. Era muy retraído y caballeroso. Hasta su voz era suave. De joven, según me dijo, había sufrido anginas e inflamación de las amígdalas, y eso le había dejado la garganta débil y una forma de hablar vacilante y como susurrante. Siempre iba bien vestido, muy pulcro y discreto, pero padecía de la vista, lo mismo que yo, y usaba gafas oscuras para protegerse de la luz fuerte.
––Bien, ¿y qué sucedió cuando su padrastro, el señor Windibank, volvió a marcharse a Francia?
––El señor Hosmer Angel vino otra vez a casa y propuso que nos casáramos antes de que regresara mi padre. Se mostró muy ansioso y me hizo jurar, con las manos sobre los Evangelios, que, ocurriera lo que ocurriera, siempre le sería fiel. Mi madre dijo que tenía derecho a pedirme aquel juramento, y que aquello era una muestra de su pasión. Desde un principio, mi madre estuvo de su parte e incluso parecía apreciarle más que yo misma. Cuando se pusieron a hablar de casarnos aquella misma semana, yo pregunté qué opinaría mi padre, pero ellos me dijeron que no me preocupara por mi padre, que ya se lo diríamos luego, y mamá dijo que ella lo arreglaría todo. Aquello no me gustó mucho, señor Holmes. Resultaba algo raro tener que pedir su autorización, no siendo más que unos pocos años mayor que yo, pero no quería hacer nada a escondidas, así que escribí a mi padre a Burdeos, donde su empresa tenía sus oficinas en Francia, pero la carta me fue devuelta la mañana misma de la boda.
––¿Así que él no la recibió?
––Así es, porque había partido para Inglaterra justo antes de que llegara la carta.
––¡Ajá! ¡Una verdadera lástima! De manera que su boda quedó fijada para el viernes. ¿Iba a ser en la iglesia?
––Sí, señor, pero en privado. Nos casaríamos en San Salvador, cerca de King's Cross, y luego desayunaríamos en el hotel St. Pancras. Hosmer vino a buscarnos en un coche, pero, como sólo había sitio para dos, nos metió a nosotras y él cogió otro cerrado, que parecía ser el único coche de alquiler en toda la calle. Llegamos las primeras a la iglesia, y cuando se detuvo su coche esperamos verle bajar, pero no bajó. Y cuando el cochero se bajó del pescante y miró al interior, allí no había nadie. El cochero dijo que no tenía la menor idea de lo que había sido de él, habiéndolo visto con sus propios ojos subir al coche. Esto sucedió el viernes pasado, señor Holmes, y desde entonces no he visto ni oído nada que arroje alguna luz sobre su paradero.
––Me parece que la han tratado a usted de un modo vergonzoso – dijo Holmes.
––¡Oh, no señor! Era demasiado bueno y considerado como para abandonarme así. Durante toda la mañana no paró de insistir en que, pasara lo que pasara, yo tenía que serle fiel, y que si algún imprevisto nos separaba, yo tenía que recordar siempre que estaba comprometida con él, y que tarde o temprano él vendría a reclamar sus derechos. Parece raro hablar de estas cosas en la mañana de tu boda, pero lo que después ocurrió hace que cobre sentido.
––Desde luego que sí. Según eso, usted opina que le ha ocurrido alguna catástrofe imprevista.
––Sí, señor. Creo que él temía algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado así. Y creo que lo que él temía sucedió.
––Pero no tiene idea de lo que puede haber sido.
––Ni la menor idea.
––Una pregunta más: ¿cómo se lo tomó su madre?
––Se puso furiosa y dijo que yo no debía volver a hablar jamás del asunto.
––¿Y su padre? ¿Se lo contó usted?
––Sí, y parecía pensar, lo mismo que yo, que algo había ocurrido y que volvería a tener noticias de Hosmer. Según él, ¿para qué iba nadie a llevarme hasta la puerta de la iglesia y luego abandonarme? Si me hubiera pedido dinero prestado o si se hubiera casado conmigo y hubiera puesto mi dinero a su nombre, podría existir un motivo; pero Hosmer era muy independiente en cuestiones de dinero y jamás tocaría un solo chelín mío. Pero entonces, ¿qué había ocurrido? ¿Y por qué no escribía? ¡Oh, me vuelve loca pensar en ello! No pego ojo por las noches. Sacó de su manguito un pañuelo y empezó a sollozar ruidosamente en él.
––Examinaré el caso por usted ––dijo Holmes, levantándose––, y estoy seguro de que llegaremos a algún resultado concreto. Deje en mis manos el asunto y no se siga devanando la mente con él. Y por encima de todo, procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, como se ha desvanecido de su vida.
––Entonces, ¿cree usted que no lo volveré a ver?
––Me temo que no.
––Pero, ¿qué le ha ocurrido, entonces?
––Deje el asunto en mis manos. Me gustaría disponer de una buena descripción de él, así como de cuantas cartas suyas pueda usted proporcionarme.
––Puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle del sábado pasado ––dijo ella––. Aquí está el recorte, y aquí tiene cuatro cartas suyas.
––Gracias. ¿Y la dirección de usted?
––Lyon Place 31, Camberwell.
––Por lo que he oído, la dirección del señor Angel no la supo nunca. ¿Dónde está la empresa de su padre?
––Es viajante de Westhouse & Marbank, los grandes importadores de clarete de Fenchurch Street.
––Gracias. Ha expuesto usted el caso con mucha claridad. Deje aquí los papeles, y acuérdese del consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un libro cerrado y no deje que afecte a su vida.
––Es usted muy amable, señor Holmes, pero no puedo hacer eso. Seré fiel a Hosmer. Me encontrará esperándole cuando vuelva.
A pesar de su ridículo sombrero y de su rostro inexpresivo, había un algo de nobleza que imponía respeto en la sencilla fe de nuestra visitante. Dejó sobre la mesa su montoncito de papeles y se marchó prometiendo acudir en cuanto la llamáramos.