Mostrando entradas con la etiqueta películas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta películas. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. CINE. "De héroes, niños y utopías"

   En "jotdown":

De héroes, niños y utopías

Publicado por 
Raiders-of-the-Lost-Ark_3
En busca del arca perdida (1981). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
Ah, las corrientes de opinión… a veces se convierten en maremotos que arrasan con el criterio, la razón o la opinión individual. Y, a veces, acaban fijando en esa especie de memoria colectiva popular ideas que damos por ciertas, clavadas en nuestra cabeza como la espada atrapada en la roca. Lo hemos visto recientemente con la última adaptación a cine de los Cuatro Fantásticos, universalmente aclamada como una de las peores películas de la historia del género superheroico, como si viviéramos en un mundo que no ha tenido que sufrir a un Batman con pezones. Y es que basta un visionado sin prejuicios de la película de Josh Trank para darse cuenta de que, entre sus muchos defectos y algún despropósito, asoman virtudes que, si no la convierten en una gran obra (spoiler: no lo hacen) sí la sitúan por encima de mucha, mucha morralla como ElektraBatman & RobinCatwoman o las propias e infames primeras adaptaciones de los 4F. Es tan corto el amor y tan presto el olvido: claro, hoy es fácil pensar en la serie de Netflix y olvidar que tuvimos aquel mediocre Daredevil con la cara de Ben Affleck y una mirada perdida que no se debía a la ceguera.
Pasado el tifón del estreno, los Cuatro Fantásticos no quedará para la posteridad como una gran película (ese tercer acto que lo arruina todo…), pero sin duda tampoco es Josh Trank la reencarnación de Ed Wood que algunos han querido ver. Pero claro, con el ejemplo reciente surge la duda: ¿cuántas veces hemos hecho algo similar, crucificando a una película que no lo merecía? ¿Con qué obras hemos sido injustos, condenándolas a un olvido o desprecio que no se corresponde con la realidad? ¿O quizá, por el contrario, hemos encumbrado como dios de la cinematografía a algún triste hombrecillo que movía los hilos tras la cortina de la Ciudad Esmeralda? Igual es hora de reevaluar algunas ideas preconcebidas…
Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma
oie_2105819vKMuCiDR
Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma (1999). Imagen: Lucasfilm
Quizá con Jar-Jar Binks empezó la gran moda de la lapidación colectiva de películas icónicas. Y ojo: no seré yo quien defienda al bicho, que es sin duda lo peor de la cinta (junto con un par de chistes de cacas y pedos dignos de alguna serie televisiva española). Pero ya hubo que hacer un esfuerzo en El retorno del Jedi para que los ewoks no nos impidieran ver el bosque de Endor, y en esta sucede algo parecido: dejando aparte algunas concesiones a la infantilización, y obviando las comparaciones con la trilogía original, La amenaza fantasma sigue siendo una gran película de aventuras espaciales por sus propios méritos. Con un derroche de inventiva que no se veía desde las novelas pulp de Edgar Rice Burroughs (o desde las épocas doradas de la Marvel, en todo caso). Un villano y un duelo de esgrima que habría firmado encantado Michael Curtiz. Una carrera digna de William Wyler. Y una banda sonora como ya no se hacen. En suma, y aun con gungans y midiclorianos, La amenaza fantasma fue (y sigue siendo, vista hoy) más imaginativa, audaz y emocionante que cualquier otra superproducción estrenada en 1999. No en vano el fallecido Ángel Fernández-Santos la calificó en El País como «cine de riada, porque se sale mejor persona después de bañarse en él». No es poco, y no es fácil hoy en día encontrar películas así.
Y es que, os pongáis como os pongáis, La amenaza fantasma le da mil vueltas a
Matrix
Matrix
Matrix (1999) . Imagen: Warner Sogefilms
Que por mucho que en su día fuera recibida como la segunda venida de Philip K. Dick, esta discretita película de ciencia ficción se ha desinflado con el paso del tiempo como un soufflé mal cocinado. Vale, no es un espanto, y se deja ver como entretenimiento si no ponen nada mejor en la tele. Pero no deja de ser una sarta de tópicos (¿«sigue al conejo blanco»? ¿En serio? ¿A estas alturas de vida?) y malas interpretaciones (Keanu Reeves hace que Ben Affleck parezca Konstantin Stanislavski), personajes planos, pensamientos filosóficos de cuenta de Twitter e ideas recicladas de filmes mejores. Todo ello, claro, envuelto en unos efectos especiales que, en su momento, disimulaban bastante bien las mil carencias de la película. Agotado ya el efecto sorpresa, qué quieren que les diga: me quedo con Dark City y Nivel 13.
Por no hablar de unas secuelas que ríete tú del supuesto declive de Lucas y Spielberg: los Wachowski apenas tardaron cuatro años en alcanzar las más profundas simas de la ridiculez. Hablando de lo cual…
El reino de la calavera de cristal
indy 4
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
No, Spielberg no había perdido su toque. No, los aliens no son más inverosímiles que «la ira de Dios». Y no, lo de la nevera no es lo más tonto que ha pasado en una película de Indiana Jones. Pero vayamos por partes…
Lo cierto es que servidor aún se queda perplejo ante el torrente de furia vertido contra Steven Spielberg por Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. El bueno de Steve sufrió en sus carnes las iras desatadas unos años antes por La amenaza fantasma, y por idénticos motivos: sobre todo, la incapacidad de competir con películas que solo existen en nuestra memoria. «Ah, pero yo he vuelto a ver las antiguas y…». Ya, pero cada vez que vemos En busca del arca perdida, en realidad estamos proyectando la película que vimos de niños. No me entiendan mal: creo que es una cinta maravillosa, y otro tanto puede decirse de Indiana Jones y la última cruzada. Pero son aventuras tan inverosímiles como ver a James Bond volar con una mochila propulsora, y ahí radica su encanto. Nos hemos creído el poder del arca porque lo hemos interiorizado, lo hemos hecho nuestro y ahora nos parece que siempre ha estado ahí. Unos hombrecillos verdes del espacio interdimensional no pueden competir con eso. Además, no podemos pasar por alto una de las grandes virtudes del film: si las tres primeras entregas eran un tributo a los seriales de aventuras de los años cuarenta, la cuarta, introducida ya de lleno en la era atómica, homenajea a los seriales de ciencia ficción de los cincuenta, llenos de hombrecillos verdes y platillos volantes. ¿O es que preferíamos una tercera demostración del poder de Dios?
Por otro lado, El reino de la calavera de cristal es una coda impecable para La última cruzada: el spielbergiano tema del padre ausente se invierte de manera magistral, e Indy, hijo desatendido de Sean Connery, se ha convertido no solo en el abuelo entrañable que era aquel (pantalones a la altura de la sobaquera incluidos), sino en un espejo de su desastrosa labor paternal. Todo un ejemplo de autocrítica, madurez y melancolía por parte de un Spielberg que, como su Peter Banning, acabó creciendo a la vuelta de Nunca Jamás.
Y si en esta defensa de la indianidad notan ustedes una ausencia, eso es porque…
… El templo maldito…
templo maldito
Indiana Jones y el templo maldito (1984). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
… nunca fue tan buena como las demás. Ya, ya, yo también me he quedado un poco así al escribirlo. Pero es verdad. Imaginen mi sorpresa cuando descubrí que mis mejores recuerdos de Indiana Jones y el templo maldito eran en realidad de El secreto de la pirámide. Que era la misma película, pero mejor hecha. Y es que vale, el comienzo en el club Obi-Wan es brillante (all pun intended), y hay momentos impagables aquí y allá. Y, qué demonios, es Indy, así que mola y punto. Pero de nuevo son los anteojos color de rosa de la infancia… ¿Cómo, si no, podemos criticar la escena de la nevera y dar por buena la del bote salvavidas? ¿Un crío chino de metro y medio haciendo artes marciales contra guerreros gigantes? ¿Indiana Jones frenando un vagón con los pies cual Pedro Picapiedra sin acabar con un muñón a la altura de la rodilla? Súmenle a todo ello a la peor «chica Jones» de la serie (una Willie insoportablemente gritona) y a un protagonista egocéntrico y nada heroico, mucho menos atractivo que el Indy que discutía de igual a igual con Marion Ravenwood… y tenemos la película más descompensada de la, hasta ahora, tetralogía. Tampoco es válido el argumento tan repetido de «pero es la más oscura de las cuatro» como si eso fuera un valor per se. ¿Qué hay de bueno en una película oscura de Indiana Jones? Precisamente el tono que hizo grande al personaje ensalza todo lo contrario: aventuras old-style, no sufrimiento y desolación.
En todo este fenómeno de las opiniones colectivas, es obligado mencionar una curiosa manía que se ha instaurado entre los espectadores del siglo XXI de manera generalizada: el odio visceral e irracional a cualquier personaje infantil o juvenil que se atreva a manchar los recuerdos que atesoramos de nuestras propias sagas de la niñez. Donde antes aceptábamos a Tapón, ahora rechazamos a Mutt o al pequeño Anakin. Escudándonos en unas supuestas carencias interpretativas que no son tales, o en una pretendida construcción deficiente de sus personajes. Y es que podrá decirse lo que se quiera de Hayden Christensen, pero Jake Lloyd o Shia LaBeouf defienden sus personajes con una solvencia que ya hubiéramos querido ver en Ke Huy Quan o Sean Astin. La otra excusa suele ser que «no era necesario meter a un niño». Uno acaba teniendo la sensación de que son celos, pura y llanamente: que somos incapaces de aceptar que otro crío ocupe el protagonismo en esas nuevas historias: un lugar que aún sentimos que pertenece por derecho al niño que fuimos.
Inteligencia artificial
Inteligencia artificial
Inteligencia Artificial (2001). Imagen: Warner Bros. Pictures
Además, ¿quiénes somos nosotros para dar lecciones sobre la infancia a Steven Spielberg? Si el mismo Stanley Kubrick entendió que no había nadie mejor que el director de Hook para hacerse cargo de la historia del pequeño David en Inteligencia artificial… Y aquí topamos con una opinión generalizada que es, además, radical e históricamente falsa (atención, vienen spoilers: si no has visto Inteligencia artificial, te espero unas líneas más abajo, entrados ya en materia de superhéroes). Cuando se estrenó la película, muchos medios la presentaron como la obra semipóstuma de Stanley Kubrick, finalizada por Spielberg tras la muerte de aquel y según sus propios antojos. En realidad, y aunque el proyecto fue impulsado inicialmente por Kubrick, este decidió muy pronto que la adaptación del relato Los superjuguetes duran todo el verano, de Brian Aldiss, necesitaba a un director con unas sensibilidades distintas a las suyas, y rápidamente se lo propuso a Steven. Juntos fueron desarrollando el guion, pero siempre con la idea de que lo dirigiera este último. En cualquier caso, todo ello llevó a la idea errónea de que el epílogo, en el que David despierta después de miles de años para encontrar a los últimos seres (mecánicos) que sobreviven en el planeta, era una concesión de Spielberg al happy ending. La conclusión facilona, superficial y, en definitiva, errónea, era que Kubrick, mucho más frío y cerebral, habría acabado la película con David sumergido bajo el agua, esperando, por toda la eternidad.
Lo cual solo demuestra que a los seres humanos nos gusta más un golpe de efecto barato que la lógica y la coherencia. Porque ese supuesto final kubrickiano, qué duda cabe, nos habría hecho salir del cine impactados. Y luego, al llegar a casa y repasar mentalmente la película, nos habríamos dado cuenta de que faltaba algo. Que no podía acabar ahí. ¿Qué significaba el modo en que el film representaba a los humanos? ¿Cuál era la moraleja de este Pinocho futurista? ¿Qué nos querían decir con la escena (esta sí, salvajemente kubrickiana) del «mercado de la carne»? Todo ello quedaba en suspenso, y muchos de los hilos argumentales que se habían ido tendiendo a lo largo del metraje se truncaban de golpe al llegar esa escena, ese no-final, para resolverse de golpe en el epílogo. Lo mismo ocurría con la historia del propio David. Acabar ahí, por suerte, nunca fue una opción para ninguno de los dos directores. El desenlace de Inteligencia artificial necesitaba un final para el viaje de David, pero los dos cineastas no contaron con que los espectadores nos estamos volviendo cínicos y descreídos, y la ciencia ficción ya no es terreno para soñadores, sino para distopías. No queremos niños en nuestras pantallas, y si por un casual los hay, qué coño… que sufran. Vivimos en la era de las relecturas oscuras de la fantasía, y no se libran ni los géneros más luminosos, como ya demostrara…
Watchmen
watchmen
Watchmen (2009). Imagen: Warner Bros / Paramount Pictures / Legendary Pictures / Lawrence Gordon Productions / DC Comics
Claro, tarde o temprano había que dar una vuelta de tuerca al género superheroico, y allá por los años ochenta, en pleno reinado tenebroso de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, gente como Alan Moore o Frank Miller redefinió el cómic tirando por la borda la esperanza. El mundo estaba jodido (lo sigue estando), y eso siempre da como resultado un buen puñado de obras maestras en cualquier disciplina. Watchmen, el cómic de Moore y Dave Gibbons, hizo lo que nadie había hecho hasta entonces. Entre otras cosas, porque presentaba a los superhéroes como imperfectos, llenos de defectos y vicios, y en definitiva humanos. Pero Watchmen era mucho más que una historia oscura: era una exploración de los límites del cómic como medio artístico. Por eso, cuando Zack Snyder lo adaptó a cine creyendo ser absolutamente fiel, adaptó coma por coma la letra, sí, pero se olvidó de la música. Llena de juegos de espejos y simetrías, de simbolismos, de capas superpuestas de argumentos y temas que se retroalimentaban, la obra de Moore era sobre todo experimentación narrativa. Los ritmos y engranajes del cómic no estaban en la película, y daba la impresión de que el cineasta ni siquiera había sido consciente de esos elementos. Watchmen, el film, no es un desastre, y puede que sea lo más decente que ha hecho Snyder en toda su carrera, pero está muy lejos de ser una adaptación digna del Quijote de los cómics. Por supuesto, buena parte de los aficionados la recibieron como una obra maestra, porque era oscura, era despiadada y era (engañosamente) fiel. Toda una reacción contra aquella encarnación de la verdad y la justicia que una vez fueran los héroes del tebeo como Superman. Oh, a propósito, ¿recuerdan aquella gran película llamada…
Superman Returns
superman returns
Superman Returns (2006). Imagen: Warner Bros / Legendary Pictures / Peters Entertainment / Bad Hat Harry Productions / DC Comics
… que tan injustamente recibida fue? Aún resuenan en alguna parte los gritos enfebrecidos de los fans, quejándose de que no había suficiente acción, que Superman no peleaba, que todo era demasiado cursi y bienintencionado. No querían ver un relato de fuerte carga metafórica (toda la película es un remake de la Pasión de Cristo, como por otra parte ya lo eran E. T. o Matrix) sobre el sacrificio, la inspiración y la esperanza. Ni una continuación de aquellas superproducciones maravillosas con las que creímos por primera vez, Christopher Reeve mediante, que un hombre podía volar. La marcha de John Williams ya no funcionaba, y el público clamaba por un héroe nuevo para un mundo nuevo. Un mundo peor, de colores desvaídos, donde el rojo, el azul y el amarillo resultan ya demasiado ingenuos, demasiado naífs. Tuvo que venir…
El hombre de acero
man of steel
El hombre de acero (2013). Imagen: Warner Bros.
… de nuevo dirigida por Zack Snyder, para hacernos ver que la oscuridad no es un valor por sí misma. Por un lado, porque la tortura existencial que le sienta como un guante de neopreno a Batman no encaja con las coloridas mallas del kriptoniano. Por otro, porque Snyder nunca entendió que lo cool, sin unos personajes que impulsen adelante la historia, apenas da para hacer pósteres molones y fondos de escritorio de Windows (un poco lo que le pasaba a La vida de Pi, solo que sin provocar tanta vergüenza ajena. Pero no voy a entrar ahí). Si algo nos enseñó Joss Whedon en Los Vengadores (qué demonios: ya en Buffy, cazavampiros, muchos años antes) es que una escena de acción no es una pausa en la historia: una escena de acción es la historia. Por eso sus protagonistas no dejan de hablar, sufrir, reflexionar y, en definitiva, evolucionar mientras se pegan entre sí. Cuarenta minutos de hostias como panes a palo seco no son cine, Zack. Caray, ni siquiera son pressing catch.
Y súbele el contraste a la tele, anda.
Podría uno seguir eternamente, porque infinita es la injusticia del ser humano (o quizá porque aquí un servidor es fundamentalmente puñetero y le gusta llevar la contraria). Podría argumentar que en el Spiderman 3 de Sam Raimi, la infame escena del baile y el Peter Parker «emo» no consiguen arruinar una obra coral en la que todos los personajes están unidos por el tema común de la redención y la búsqueda del perdón. O que Los Goonies tiene problemas de ritmo que la sitúan muy por debajo de otras obras míticas de su quinta, como La princesa prometida o Dentro del laberinto. Que en el Dune de David Lynch hay más cine que en toda la filmografía de Michael Bay. Pero en definitiva, la lista sería interminable y tampoco es la intención de este texto sentar una cátedra alternativa a ese extraño pensamiento único que criticábamos.
Lo que quizá sí merece la pena es preguntarse por qué condenamos algunas obras por las mismas razones que antes aplaudíamos otras. Si no será, quizá, que ahora juzgamos las historias de manera sumarísima e implacable porque hemos crecido y, como el adolescente que juega a ser mayor fumando a escondidas, despreciamos los divertimentos infantiles y renunciamos al sentido de lo lúdico creyendo estar, a estas alturas de la vida, por encima de algo tan pueril. Quizá hoy, adultos resabiados, no estamos dispuestos a dejarnos llevar por el disfrute sin buscar detrás de cada rincón dónde está la trampa, el error, el truco que revele que todo es mentira… Queremos historias sombrías, secas, con finales tristes, resignados y convencidos de que la vida, al final, era eso. Pero a fin de cuentas, si la fantasía ha de servir para algo, es para recordarle al niño que fuimos que la aventura y la emoción aún se esconden tras la segunda estrella a la derecha. Nos están esperando.

viernes, 7 de noviembre de 2014

PRENSA. "Películas y videojuegos no provocan más violencia en las calles"

   En "El País":

Películas y videojuegos no provocan más violencia en las calles

Un estudio analiza el contenido violento de los filmes y videojuegos más exitosos de la historia sin encontrar correlación con la tasa de homidios o delincuencia juvenil

Archivado en:



Carátula de la versión DVD de 'La naranja mecánica', de Stanley Kubrick. Warner Bros.
Un repaso de las películas más taquilleras de la historia apenas ha encontrado correlación entre las más violentas y el número de asesinatos en los años siguientes a su estreno. En el caso de los juegos, la relación es incluso negativa. el aumento de su contenido violento ha coincidido con una reducción de la violencia juvenil en la vida real.
Una búsqueda en Google Scholar, la versión académica del buscador, muestra casi un cuarto de millón de referencias a estudios y libros sobre la violencia de los juegos o las películas y la violencia en la vida real. Por cada uno que sostiene que sus escenas violentas generan actos violentos, hay otro que afirma lo contrario. Aunque el debate no va a terminar con este, un nuevo trabajo usa un enfoque diferente para determinar si existe una relación entre la violencia virtual y la real.
La mayoría de los estudios sobre el impacto de la violencia en el cine o los juegos se han realizado en el laboratorio. Se exponía a los participantes a escenas violentas y se observaba sus reacciones. Pero el profesor de psicología de la Universidad Stetson (Estados Unidos), Christopher Ferguson, ha buscado la conexión en la vida real, comparando la evolución de la violencia en los medios con las cifras de crímenes. Y lo ha hecho en dos estudios paralelos, uno para el cine y el otro para los juegos.

En el primero de sus trabajos, Ferguson recopiló las películas más taquilleras desde 1920 en lapsos de cinco años. Un grupo de colaboradores analizó el minutaje de las 90 películas de la muestra para obtener un cociente de su violencia dividiendo el número de minutos violentos por la duración total. La gráfica resultante la sobrepuso sobre la de la ratio de homicidios en Estados Unidos. El estudio controló otras variables como el nivel histórico de ingresos de las familias, el número de policías en cada momento, la tasa de población juvenil o el Producto Interior Bruto.

No hay correlación entre las escenas violentas de las películas actuales y la tasa de homicidios
En la primera década, los años 20, con títulos como las primeras versiones cinematográficas de Ben Hur o El último Mohicano, las películas eran más violentas que la propia sociedad. De hecho, la introducción del Código Hay por parte de la MPAA, la asociación de productoras de cine, en 1930, redujo la distancia al implantar un sistema de autocensura para rebajar las escenas violentas o de sexo.
Solo durante las décadas centrales del siglo pasado, el estudio presenta una ligera correlación entre la violencia de Hollywood y la real. Correlación que se invierte para ser negativa desde los años 70 y, en especial desde la década del 80, cuando las escenas violentas inundan las pantallas mientras que la tasa de homicidios se reduce.

"Si se observa la tendencia global entre la violencia en el cine y la violencia en la sociedad, encontramos algunas pequeñas correlaciones", dice en un correo electrónico. "Se ven acentuadas a mediados del siglo XX, cuando la violencia en las películas y los homicidios aparecen correlacionados. Sin embargo, este hallazgo se ve cuestionado por las primeras tendencias anteriores a 1940 y desde 1990, cuando la violencia en los medios y la social experimentan una relación inversa. Es una forma de comprobar cómo aunque algunas veces se producen correlaciones, tenemos que ser muy cuidadosos al hacer una lectura causal de los efectos", añade.
Para confirmar sus dudas sobre la relación entre ambos tipo de violencia, Ferguson repitió el análisis pero esta vez con los juegos. Los videojuegos han tomado el testigo de las películas y hoy son señalados como factores que influyen en la conducta de los jóvenes. Incluso la Asociación Americana de Psicología publicó un aviso en 2005 vinculando ambos fenómenos, declaración contestada por centenares de expertos en una carta posterior.


La gráfica muestra la creciente popularidad de los juegos violentos (barra continua) y el descenso de la delincuencia juvenil en Estados Unidos. C Ferguson.
En este estudio, publicado en Journal of Communication, Ferguson tuvo más fácil la tarea de catalogar los juegos. Desde 1996, año en el que inicia su análisis, la patronal del sector califica cada título según la violencia o el sexo de su contenido, recomendando su uso por edades. El psicólogo seleccionó los cinco juegos más vendidos de cada año hasta 2011. La calificación para un juego violento va del 1 al 5, así que la cifra máxima anual sería un valor de 25.
El primer resultado es llamativo: de los 16 años analizados, todos salvo cuatro superaron la cifra de 20 sobre un máximo posible de 25. La media del periodo es de 21,4. Es decir, los juegos violentos son los que más gustan. Pero su segundo resultado lo es aún más: las dos últimas décadas son las que, según las estadísticas oficiales, menor violencia juvenil ha habido en Estados Unidos. Así que hay una correlación pero inversa entre la violencia de los juegos y la violencia de los jóvenes.
¿Se acaba el debate entonces? "Probablemente nunca", opina Ferguson. Para él, "se trata de una cuestión muy emocional, una dialéctica moral que se nutre de guerras culturales y conflictos generacionales. Siempre estará ahí y mientras surjan nuevos medios, habrá reacciones extremas contra ellos".

miércoles, 27 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. El cine y la Primera Guerra Mundial


   En "diagonalperiodico.net":
La lucha contra el nazismo condicionó la imagen de la I GM en Hollywood, instrumentalizando y aminorando su recuerdo
periodista cultural
22/08/14 · 8:00
Edición impresa
ImprimirEnviar por e-mailVersión PDF+A+A     
Durante la I Guerra Mundial, el cine estadounidense abordó la contienda con películas tan agresivas como Hearts of the world (1918) o The heart of humanity (1918). La primera de ellas fue obra de D. W. Griffith, autor de la racista El nacimiento de una nación, que propuso un espectáculo germanófobo. Chaplin no se enfrentó frontalmente a esos mensajes, pero sí concluyó su parodia Armas al hombro (1918) con un “buena voluntad para toda la humanidad”, alejado de los discursos dominantes. Mien­tras tanto, en Europa se comenzaba a dimensionar el horror sufrido: J’accuse (1919) mostraba un siniestro desfile de caídos.

La resaca antibelicista

El tiempo y los testimonios de los veteranos cambiaron la opinión pública de los EE UU. Historiadores como Nicholas J. Cull consideran que la ciudadanía se sintió manipulada para participar en un conflicto que ésta percibía ajeno. Habían algunos motivos, comenzando porque Hearts of the world fue un encargo británico. En tiempos de paz también se diluía el furor patriótico, y más aún el tabú del derrotismo. Eso pudo alentar el inusual auge de grandes producciones con vocación masiva y sensibilidad antibelicista. El gran desfile (1925) partía del molde posvictoriano de flirteos castos y galanes tímidos, pero acababa mostrando la intimidad terrible de las muertes cuerpo a cuerpo o el poder destructor del armamento pesado. Otros largometrajes, como Remor­dimiento (1932), exploraron las cicatrices psicológicas de los supervivientes y la difícil reconciliación europea.
Muchas miradas penetrantes al absurdo bélico se siguen remontando a las masacres de principio de siglo XX
En ese contexto de desapego hacia el pasado bélico, no faltaron los intentos humanistas de asumir el punto de vista del antiguo enemigo. John Ford filmó el drama familiar Four sons (1928), que mostraba la destrucción de la familia de una viuda germana, cayendo en el tópico del paraíso perdido previo a la confrontación. Si este filme apenas incluía batallas, la perturbadora Sin novedad en el frente (1930) suponía una mirada sin contemplaciones al día a día de los soldados alemanes. En comparación, Adiós a las armas (1932) resultó menos cruda: una trama romántica, aun con su dramatismo, aleja la acción del enloquecimiento y la masacre en las trincheras. Fue, además, un ejemplo temprano de las limitaciones expresivas motivadas por el Código Hays de autocensura. Con todo, no puede afirmarse que el antibelicismo fuese una tendencia hegemónica. Otros éxitos del momento, como Alas (1927) o Ángeles del infierno (1930), proyectaban fascinación por la tecnología armamentística. El recuerdo de El gran desfile dificultaba volver a representar la guerra como un enfrentamiento entre caballeros. Pero trasladando la acción centenares de metros por encima del fango y de los cadáveres, matar y morir por la patria recuperaba glamur.

La historia, arma arrojadiza

La Alemania hitleriana apostó por un cine dirigido políticamente. Entre otras líneas de actuación propagandística, rememoró la I Guerra Mun­dial para legitimar sus agresiones mediante películas como Die Reiter von Deutsch-Ostafrika (1934). En Estados Unidos, las productoras no querían cerrarse las puertas de ningún mercado, y por ello ficciones abierta o subliminalmente antifas­cistas como Bloqueo (1938), Confe­siones de un espía nazi (1939) y El halcón de mar (1940) despertaron incomodidad. La Gran Guerra se había seguido retratando sin grandes intenciones políticas en La patrulla perdida (1934) o Camino de gloria (1936). Pero con The fighting 69th (1940) y Sargento York (1941), Warner Brothers apostó por reavivar el recuerdo para justificar un nuevo choque, visualizándolo como un deber religioso. Así, comenzaba la primera gran interferencia de la II Guerra Mundial en la representación cinematográfica de su predecesora.
Jack Warner llegó a ser investigado por el Senado, acusado de difundir propaganda probélica. Pero el ataque a Pearl Harbor abrió un nuevo ciclo: el Gobierno de Roosevelt encontró el apoyo decidido de una industria del entretenimiento que se entregó a vender la guerra, incluso loan­do a Stalin en Mission to Moscow (1942). Los sobrentendidos y las instrumentalizaciones del pasado fueron desplazadas mayoritariamente por una agresividad evidente, por heroicidades y sacrificios contemporáneos narrados bajo cualquier molde genérico. Incluso Batman, Tarzán, Sherlock Holmes o El Hombre Invi­sible se enfrentaron a las potencia del Eje. Ese torrente de propaganda contribuyó a difuminar el recuerdo de la confrontación previa y, de paso, a sepultar las intentonas críticas del Hollywood en tiempos de paz. El anticomunismo perpetuó esa lógica militarista, sólo resquebrajada en los 60.
La Gran Guerra siguió recordándose periódicamente en el cine. Pero su sucesora se convirtió en algo parecido a la contienda cinematográfica por defecto, y el nazismo en una villanía referencial con algo de icono pop. En tiempos de zozobra, además, la lucha contra Hitler se ha recordado a menudo para proteger el autorretrato de los Estados Unidos como nación libertadora. Quizá eso contribuyó a que algunas de las miradas más penetrantes al absurdo bélico siguiesen remontándose más atrás, a las masacres de miles de hombres a principios del siglo XX. Senderos de gloria (1957) o Johnny cogió su fusil (1971) fueron buenos ejemplos de ello.

jueves, 5 de marzo de 2009

CINE. Blog para bachillerato.

Este blog, actualizado periódicamente por un profesor del IES "Chabàs de Dénia", reúne artículos y comentarios de las películas que se proyectan quincenalmente para los alumnos de bachillerato. Contiene archivos pdf de los folletos que se confeccionan y álbumes de imágenes con los pósters inspirados en las películas.