Mostrando entradas con la etiqueta revolución digital. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta revolución digital. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de marzo de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "La ilusión de Silicon Valley". Nicholas Carr

   En "El País":

La ilusión de Silicon Valley

Ante el puñado de empresas californianas que están transformando el mundo a su antojo emerge un coro de voces que alerta del lado oscuro de la revolución digital


Sede central de Oracle en Silicon Valley, California. / JAVIER MARTÍN

Silicon Valley, conjunto monótono de centros comerciales, parques empresariales y complejos de comida rápida, no parece un núcleo cultural, y, sin embargo, en eso precisamente se ha convertido. En los últimos 20 años, desde el mismo momento en que la empresa tecnológica estadounidense Netscape comercializó el navegador inventado por el visionario inglés Tim Berners-Lee, el Valle del siliciose ha ocupado de remodelar Estados Unidos y gran parte del mundo a su imagen y semejanza. Ha dado un vuelco a la manera de trabajar de los medios de comunicación, ha cambiado la forma de conversar de las personas y ha reescrito las reglas de realización, venta y valoración de las obras de arte y otros trabajos relacionados con el intelecto.
De buen grado, la mayoría de la gente ha ido otorgando un creciente poder al sector tecnológico sobre sus mentes y sus vidas. Al fin y al cabo, los ordenadores e Internet son útiles y divertidos, y los empresarios y los ingenieros se han empleado a fondo en inventar nuevas maneras de hacer que disfrutemos de los placeres, beneficios y ventajas prácticas de la revolución tecnológica, por lo general sin tener que pagar por ese privilegio. Mil millones de habitantes del planeta usan Facebook cada día. Alrededor de 2.000 millones llevan consigo un teléfono inteligente a todas partes y suelen echar un vistazo al dispositivo cada pocos minutos durante el tiempo que pasan despiertos. Las cifras subrayan lo que ya sabemos: ansiamos las dádivas de Silicon Valley. Compramos en Amazon, viajamos con Uber, bailamos con Spotify y hablamos por WhatsApp y Twitter.

Una oleada de artículos recientes da a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa
Pero las dudas sobre la llamada revolución digital van en aumento. La luminosa visión que la gente tenía del famoso valle se ha ensombrecido incluso en Estados Unidos, un país de forofos de los aparatos tecnológicos. Una oleada de artículos recientes, aparecidos a raíz de las revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia en Internet por parte de los servicios secretos, ha empañado la imagen brillante y benévola que los consumidores tenían del sector informático. Dan a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa.
Las investigaciones periodísticas han encontrado pruebas de que en los almacenes y las oficinas de Amazon, así como en las fábricas asiáticas de ordenadores, se trabaja en condiciones abusivas. Han descubierto que Facebook lleva a cabo experimentos clandestinos para evaluar los efectos psiclógicos en sus usuarios manipulando el “contenido emocional” de los post y las noticias sugeridas. Los análisis económicos de las llamadas empresas de servicios compartidos, como Uber y Airbnb, indican que, si bien proporcionan beneficios a los inversores privados, es posible que estén empobreciendo a las comunidades en las que operan. Libros como el de Astra Taylor The People’s Platform [La plataforma del pueblo], publicado en 2014, muestran que seguramente Internet está agudizando las desigualdades económicas y sociales en vez de poniéndoles remedio.
Las incertidumbres políticas y económicas ligadas a los efectos del poder de Silicon Valley van a más, al tiempo que el impacto cultural de los medios de comunicación digitales se somete a una severa reevaluación. Prestigiosos literatos e intelectuales, entre ellos el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa y el novelista estado­unidense Jonathan Franzen, presentan a Internet como causa y síntoma de la homogeneización y la trivialización de la cultura. A principios de este año, el editor y crítico social Leon Wieseltier publicaba en The New York Times una enérgica condena del “tecnologicismo” en la que sostenía que los “gánsteres” empresariales y los filisteos tecnófilos han incautado la cultura. “A medida que aumenta la frecuencia de la expresión, su fuerza disminuye”, decía, y “el debate cultural está siendo absorbido sin cesar por el debate empresarial”.

Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente 
También en el plano personal se están multiplicando las inquietudes por nuestra obsesión con los artilugios suministradores de datos. En varios estudios recientes, los científicos han empezado a vincular algunas pérdidas de memoria y empatía con el uso de ordenadores y de Internet y están encontrando nuevas pruebas que corroboran descubrimientos anteriores según los cuales las distracciones del mundo digital pueden entorpecer nuestras percepciones y nuestros juicios. Cuando lo trivial nos invade, parece que perdemos el control de lo esencial. En Reclaiming Conversation [Recuperar la conversación], su controvertido nuevo libro, Sherry Turkle, catedrática del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), expone cómo una dependencia excesiva de las redes sociales y de los sistemas de mensajería electrónica puede empobrecer nuestras conversaciones e incluso nuestras relaciones. Sustituimos la intimidad real por la simulada.
Cuando examinamos más de cerca el credo de Silicon Valley, descubrimos su incoherencia básica. Es una filosofía quimérica que engloba una torpe amalgama de creencias, entre ellas la fe neoliberal en el libre mercado, la confianza maoísta en el colectivismo, la desconfianza libertaria en la sociedad y la creencia evangélica en un paraíso venidero. Ahora bien, lo que de verdad motiva a Silicon Valley tiene muy poco que ver con la ideología y casi todo con la forma de pensar de un adolescente. La veneración del sector tecnológico por la disrupción se asemeja a la afición de un adolescente por romper cosas, sin reparos incluso si ello tiene las peores consecuencias posibles.

Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde
Por tanto, no es de extrañar que cada vez más gente contemple con mirada crítica y escéptica el legado del sector. A pesar de proliferar, los detractores siguen, no obstante, constituyendo una minoría. La fe de la sociedad en la tecnología como panacea para los males sociales e individuales todavía es firme, y sigue habiendo una gran resistencia a cualquier cuestionamiento de Silicon Valley y de sus productos. Aun hoy se suele despachar a los detractores de la revolución digital calificándolos de nostálgicos retrógrados o de luditas y tachándolos de “antitecnológicos”.
Tales acusaciones muestran lo distorsionada que ha llegado a estar la visión predominante de la tecnología. Al confundir su avance con el progreso social, hemos sacrificado nuestra capacidad de ver la tecnología con claridad y de diferenciar sus efectos. En el mejor de los casos, la innovación tecnológica nos facilita nuevas herramientas para ampliar nuestras aptitudes, centrar nuestro pensamiento y ejercer nuestra creatividad; expande las posibilidades humanas y el poder de acción individual. Pero, con demasiada frecuencia, las tecnologías que promulga Silicon Valley tienen el efecto contrario. Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente en lugar de ensancharlos.
Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde. Visto retrospectivamente, nos equivocamos al ceder tanto poder sobre nuestra cultura y nuestra vida cotidiana a un puñado de grandes empresas de la Costa Oeste de Estados Unidos. Ha llegado el momento de enmendar el error.
Nicholas Carr escribe sobre tecnología y cultura. Es autor de Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? y, más recientemente, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras mentes. Traducción de News Clips.

domingo, 21 de febrero de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "Silicon Valley contra la socialdemocracia". Evgeny Morozov

   En "El País":

Silicon Valley contra la socialdemocracia

La supremacía del mercado virtual supondrá un retroceso en los derechos conquistados el último siglo. ¿Vivimos en el poscapitalismo o en el precapitalismo?


MIGUEL BRIEVA

Silicon Valley seguramente tiene las mayores reservas mundiales de desfachatez y arrogancia, pero ¿podría también estar sentando las bases del nuevo orden económico? Al menos, esa es la opinión cada vez más extendida entre sus detractores y sus defensores; en lo que no están de acuerdo es en cómo será ese orden.
El nuevo libro de Paul Mason Post Capitalism, que está triunfando en Reino Unido, tiene coincidencias con los dos bandos en este debate. Su argumento es que, a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes, incluso nuestros grandes señores empresariales tendrán dificultades para contener el radicalismo potencial —tanto de nuevas formas de disidencia como de organización social— en su interior.
Ahora bien, ¿y si Mason sólo tiene razón en parte? ¿Por qué suponer que saldría mal parada la idea del capitalismo y no, por ejemplo, la de la socialdemocracia? Hoy parece más probable esta última perspectiva.
Desde el primer momento, la socialdemocracia fue un sistema basado en concesiones. Llegó a distintos países en diferentes momentos históricos, pero su esencia siempre era la misma, las grandes empresas y los Gobiernos intervencionistas llegaban a un acuerdo beneficioso para ambas partes: los Gobiernos no cuestionaban la primacía del mercado como principal vehículo del desarrollo económico, y las empresas aceptaban una supervisión reguladora considerable.
Fue el famoso compromiso socialdemócrata el que hizo que Europa fuera un lugar tan cómodo para vivir. Las economías crecían; los trabajadores estaban protegidos y disfrutaban de magníficas prestaciones sanitarias; los consumidores podían confiar en que las empresas con las que trataban no iban a infringir sus derechos.

Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad
El sistema pareció funcionar al menos durante un tiempo. Pero la fragilidad de sus mecanismos internos no eran visibles para todo el mundo. En primer lugar, presuponía que las economías iban a seguir creciendo casi de forma indefinida, con lo que el Estado podría costear las generosas transferencias sociales. Segundo, para garantizar la dignidad del trabajo eran necesarias intervenciones tácticas ocasionales del Estado en industrias y sectores concretos; pero los que estaban privatizados, liberalizados o insuficientemente regulados —el sector de la tecnología, en su más amplia definición, es una combinación de las tres cosas— dejaban a los gobiernos escaso margen de maniobra. Tercero, el espíritu de la socialdemocracia dictaba que los propios ciudadanos apreciaran nobles valores como la solidaridad y la justicia, una actitud que también estaba sometida a reglas específicas.
Ahora, estas tres bases están viniéndose abajo a causa del feroz ataque de los mercados, pero también de Silicon Valley, que se apresura a explotar las numerosas incongruencias, ambigüedades y debilidades retóricas del ideal socialdemócrata.
La estrategia de la aplicación Uber es especialmente significativa. ¿Qué más da que algunas ciudades exijan a los taxistas cursos de formación, por ejemplo, sobre cómo tratar a los pasajeros ciegos o discapacitados? Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad.
Hace unos cuantos decenios, cuando el consumismo imprudente no había deteriorado aún nuestro raciocinio colectivo, esta actitud quizá nos habría parecido aberrante. Pero hoy las cosas no son tan obvias. ¿Por qué, pueden decir algunos, cada vez que tomo un taxi tengo que subvencionar que puedan tomarlos los ciegos y los discapacitados?
Como empresa, Uber también quiere que se la dejen en paz, y asegura que de esa forma puede dar más satisfacción al cliente; mientras el único criterio para medir la satisfacción sea el precio que paga.
Lo irónico es que Uber recurre precisamente al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información —las señas de identidad del poscapitalismo según Mason— para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920.
A pesar del control al que los somete Uber, estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas.
Un rápido repaso a otras facetas de lo que se consideraba socialdemocracia ofrece un panorama igualmente sombrío; sus cimientos están desmoronándose. Por ejemplo, existen pocos sistemas de salud en Europa que puedan sobrevivir a los problemas cada vez mayores del envejecimiento, la obesidad y los recortes presupuestarios. De ahí que haya una exuberancia tan irracional sobre las posibilidades de los dispositivos portátiles, sensores inteligentes y sus distintas combinaciones, que prometen transformar el modelo actual de cuidados preventivos. Se acabaron los tiempos en los que era posible no pensar demasiado ni demasiado a menudo en nuestra salud. Las aplicaciones de salud son fuentes inagotables de preocupación, y lo que había logrado el proyecto socialdemócrata era precisamente disminuir esa angustia.

Los consumidores vivimos una nueva época de oscurantismo: no sabemos por qué pagamos lo que pagamos
El mercado digital también está acabando con la idea de la protección al consumidor. A medida que la publicidad y la recogida de datos tienen más importancia en la economía digital, nos encontramos con precios determinados en función de algoritmos, muy personalizados y con frecuencia fijados para que paguemos el precio más alto posible. A muchos de nosotros también nos resulta difícil explicar por qué el billete de avión que compramos por Internet cuesta lo que cuesta. A pesar de todas las aplicaciones que cuentan las calorías y nos dicen el país de origen de los productos que compramos, los consumidores estamos entrando en una nueva época de oscurantismo: no tenemos ni idea de por qué pagamos lo que pagamos por unos productos que nos han empujado subliminalmente a comprar.
Además, Silicon Valley está organizando un asalto contra la filosofía en la que se basa la socialdemocracia, la noción de que los Gobiernos y los ayuntamientos pueden fijar normas y leyes que regulen el mercado. Silicon Valley opina que no: el único límite a los excesos del mercado debe ser el propio mercado. Son los propios consumidores los que deben castigar —poniendo malas notas, por ejemplo— a los malos conductores o a los anfitriones poco fiables; los Gobiernos no deben entrometerse.
¿Todo esto es poscapitalismo? Tal vez, pero sólo si estamos dispuestos a reconocer que el capitalismo, al menos durante el último siglo, se ha estabilizado gracias al compromiso socialdemócrata, que ahora está quedándose obsoleto. Cuando el poscapitalismo nace del debilitamiento de las protecciones sociales y las regulaciones de la industria, entonces definamos con propiedad: si Silicon Valley representa un cambio de modelo, es más bien al de precapitalismo.
Evgeny Morozov es editor asociado en New Republic y autor de La locura del solucionismo tecnológico (Katz / Clave Intelectual), que se publicará en España el 10 de noviembre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.