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lunes, 15 de octubre de 2012

PRENSA. "Justicia para los Mau Mau", reportaje

El abogado Martyn Day (a la izquierda) es felicitado por simpatizantes de la causa de los Mau Mau el pasado 5 de octubre. / MATHEW LLOYD (GETTY) ("El país")

   En "El País":

Justicia para los Mau Mau

Tres ancianos kenianos acaban de ganar en la Corte de Londres la primera batalla contra

el Gobierno británico por las violaciones y castraciones que sufrieron hace 60 años durante la época colonial. La tribu rebelde acusada de salvajismo busca reescribir su historia

 Nairobi 14 OCT 2012

Es diciembre de 1952, Kimweli Mbithuka Kilatya, Naomi Nziula Kimweli y sus tres hijos van en autobús de vuelta a su poblado en el centro de Kenia para celebrar la Navidad. Les va bien, Kimweli trabaja para el departamento de Obras Públicas y Naomi está embarazada de cinco meses. Pero en el pueblo de Athi River los soldados detienen el autobús y obligan a bajar a todos los pasajeros. Kenia era entonces una colonia del Reino Unido y al mando estaba un oficial británico al que Kimweli y Naomi llaman Luvai, que en su idioma kamba significa “persona sin piedad”. 
Los soldados separan a hombres de mujeres y niños y los llevan a todos a un campo para detenidos. “Cuando llegamos, vimos que había gente siendo torturada, a todos nos preguntaban que si habíamos tomado el juramento Mau Mau y yo decía que no sabía nada de ningún juramento”, relata ahora Naomi en voz baja, como si no quisiera molestar. “Me habían tapado los ojos y en ese momento oía a mis hijos llorando y llamándome: ‘¡Mamá, mamá!’. Nunca los volví a ver”. Hoy tiene 85 años, lleva un vestido floreado y, sobre la cabeza, un pañuelo de colores que contrasta con su cara triste y enfadada y sus ojos vidriosos, y continúa sin alzar la voz y hablando con rapidez: “Porque cuando me metieron la botella en la vagina, perdí el sentido”.
Naomi despertó tiempo después en el hospital King George de Nairobi y allí descubrió que la violación le había hecho abortar. Muchas otras chicas y mujeres sufrieron la misma agresión, con botellas de cristal llenas de agua hirviendo, a manos de soldados kenianos que seguían órdenes de los oficiales del Gobierno colonial británico.
Kimweli, su marido, que hoy tiene 89 años, sufrió su propio calvario. Fue también interrogado sobre el juramento Mau Mau. “Me hicieron sentarme y estirar las piernas y el oficial empezó a darme pisotones con sus botas: ‘¿Tomaste el juramento?’. ‘¡No he tomado ningún juramento!’, y me pegaba más fuerte”, cuenta mientras se levanta las perneras y muestra unas cicatrices que, dice, son de aquel día. Kimweli viste un traje de chaqueta gastadísimo que le está pequeño. Es alto y seco, de pelo cano, expresión tensa y ceño fruncido, como si estuviera a punto de reprocharte algo. “Entonces me hicieron tumbarme de espaldas, con las piernas abiertas, cogieron un par de pinzas y sentí un tirón en los testículos y mucho dolor”. Los soldados le habían castrado.

“Éramos un movimiento de masas organizado para liberar a Kenia de la dominación”, dicen los veteranos de guerra
Ese año, en 1952, miembros de la etnia kikuyu, la más numerosa de Kenia, se habían alzado contra la Administración colonial británica, que gobernaba este territorio desde 1890. Se hacían llamar Ejército Keniano de la Tierra y la Libertad y no dudaban en asesinar a colonos británicos en sus granjas y a kenianos leales a la Administración colonial.
La represión de las autoridades coloniales fue brutal. Decenas de miles de kenianos murieron o fueron torturados y hasta 1,5 millones de personas fueron retenidas en campos para detenidos o llevadas a la fuerza a “poblados protegidos” rodeados de alambre de espino y patrullados por guardias que se diferenciaban poco de los campos de detención.
En julio, un juez del Tribunal Supremo del Reino Unido escuchó las historias de Kimweli y Naomi y de otros supervivientes de aquellos años. Palizas, violaciones, apaleamientos y diferentes tipos de torturas realizadas por la Administración colonial y narradas en Londres por los propios ancianos kenianos. Cuatro de ellos querían demandar al Gobierno británico en nombre de todos los Mau Mau y exigen una disculpa pública y compensación económica. Ahora, el juez acaba de rechazar el argumento británico de que había pasado demasiado tiempo para que un proceso justo fuera posible y ha dado permiso a tres de los veteranos para que vayan a juicio contra el Gobierno de su majestad. En julio del año pasado, el juez ya desestimó un primer recurso del Reino Unido, que había argumentado que la responsabilidad legal de la Administración colonial había pasado al Gobierno de Kenia durante la entrega de la independencia.
“He llegado a la conclusión de que un juicio justo de esta parte del caso sí que sigue siendo posible y que las pruebas de ambas partes siguen siendo suficientemente convincentes para que la Corte pueda completar su tarea satisfactoriamente”, explicó el juez en su decisión. Además, esta podría permitir a veteranos de otras excolonias británicas (Yemen, Chipre o Palestina) seguir el ejemplo de los kenianos y exigir justicia al Gobierno de su Majestad.

Los británicos estudian que los Mau Mau eran asesinos sin civilizar, pero los académicos están revisando esta versión
“Uno de los oficiales británicos obligó a los soldados a que nos dieran palizas y uno insertó una botella en mis partes íntimas”, cuenta con fría naturalidad Jane Muthoni Mara, una de las demandantes. “Querían que les dijéramos sí habíamos tomado el juramento y con quién. Yo nunca dije nada”, dice aún con orgullo. “Tomábamos el juramento para estar unidos y para pedir libertad y que nos devolvieran nuestra tierra, robada por los colonizadores”.
Jane tiene hoy 75 años, un rostro triste y pelo blanco que cubre con un pañuelo de colores. Fue arrestada, golpeada y violada en 1954, cuando apenas tenía 17 años. Jane narra estas torturas en voz baja en una sala de la Comisión de Derechos Humanos de Kenia (KHRC, en inglés), en Nairobi. La KHRC asesora y financia a los veteranos Mau Mau. El crimen de Jane fue llevar comida a los rebeldes que se escondían en un bosque cerca de su poblado, en el centro de Kenia.
Tras el inicio de la rebelión en 1952, el Gobierno colonial declaró el Estado de emergencia y dedicó todos sus recursos a reprimir el movimiento. Fueron los británicos quienes lo llamaron Mau Mau, una expresión cuyo origen y significado aún hoy siguen sin estar claros.
Como apenas tenían armas de fuego, los rebeldes usaban lanzas y machetes. Cuando mataban, solían dejar los cadáveres despedazados. Los guerrilleros malvivían en los bosques y cuando los oficiales británicos los encontraban se horrorizaban ante estos nativos sucios y de pelo largo o rastas armados con grandes cuchillos. Además, los Mau Mau estaban unidos por un juramento que, decían los colonos británicos, tomaban en una ceremonia bestial en la que consumían sangre y restos humanos. Para las autoridades británicas, los Mau Mau representaban el África violenta y salvaje que debía ser civilizada por la fuerza.
“¡Pero no es verdad! Éramos un movimiento de masas organizado para liberar Kenia de la dominación colonial”, responde encendido Gitu wa Kahengeri, presidente de la Asociación de Veteranos de la Guerra Mau Mau. “Cuando se fueron de Kenia, los británicos dejaron a mucha gente discapacitada, muchos perdieron algún miembro, otros perdieron sus propiedades, otros murieron, otros fueron torturados en campos de detención o en prisiones, nuestras mujeres también fueron torturadas…”, enumera enérgicamente Kahengeri, que aparenta menos de sus 84 años.
A Gitu wa Kahengeri le ha ido mucho mejor que al resto de los veteranos. Habla un perfecto inglés, llegó a ser diputado y hoy vive de su pensión, mientras que Kimweli, Naomi, Jane y otros supervivientes malviven con lo justo, aún trabajando en el campo a pesar de su edad, o gracias al apoyo de familiares y vecinos.
Gitu viste un elegante traje gris y habla en los tranquilos jardines del refinado Fairview Hotel, cerca del centro de Nairobi, que ya se alzaba en los años treinta. Entonces, la capital keniana servía de base administrativa a los miles de británicos que se habían trasladado a la colonia, atraídos por la posibilidad de poseer grandes extensiones de tierra y mano de obra nativa, ambas muy baratas.
“Eran muy duros con nosotros [los colonos], nos daban los peores trabajos y si te quejabas te pegaban”, describe Paulo Muoka Nzili, de 85 años, otro de los demandantes. Pequeño, encogido por el paso de los años, de entrecejo arrugado y ojos apagados, cuenta: “Tuvimos que alzarnos contra ellos por todas estas injusticias”.
En Nairobi y en sus fincas en el lago Naivasha, el Valle del Rift y el centro de Kenia, los colonos, algunos de ellos descendientes de la nobleza británica, disfrutaban de un nivel de vida altísimo y solo se ocupaban de vigilar el trabajo de sus empleados y criados nativos. Muchos kenianos se vieron despojados de sus tierras, obligados a realizar duros trabajos por sueldos miserables. Incluso necesitaban un permiso oficial para desplazarse por su propio país. Mientras tanto, las fiestas que organizaban los colonos y su agitada vida social eran legendarias en el Reino Unido, donde se hizo popular la pregunta: “¿Estás casado o vives en Kenia?”.
Paulo, que hoy no oye bien y a quien le cuesta entender las preguntas, cuenta que se refugió en el bosque y luchó contra los británicos junto a otros rebeldes, con rifles de fabricación casera. Él sí tomó el juramento Mau Mau y dice que tuvo que hacerse un corte y beber su propia sangre, además de otros líquidos hechos mezclando plantas del bosque. Con esta promesa, uno se comprometía a no informar sobre otros Mau Mau, a ayudar al grupo y a combatir al hombre blanco, al que veían como opresor y ocupante ilegal de sus tierras. Otros supervivientes describen de forma más simple la ceremonia, en la que sencillamente se comprometían a luchar por la liberación de los kenianos, sin sangre de por medio y en ningún caso con restos humanos.
Paulo fue capturado en 1955. “Me obligaron a tumbarme boca arriba, mis brazos estaban atados y mis piernas encadenadas y este hombre, Luvai, ordenó a un soldado que me castrara”, recuerda hablando a trompicones y, como los demás, a través de un traductor. “Así que el soldado me castró usando unas pinzas”, concluye sin más.
Los británicos describían a los Mau Mau como bárbaros que atacaban a los blancos y se mataban entre ellos. “No había enfrentamientos entre africanos”, responde indignado Ndiku Mutwiwa Mutua, que aparenta menos de sus 85 años. Era otro de los demandantes, pero que no va a poder continuar en el proceso por un tecnicismo legal. Alto, de pelo aún muy negro, rostro afable y sonrisa fácil, el gesto y el tono de Ndiku se endurecen cuando recuerda aquella época. “Lo que queríamos era libertad y claro que usamos armas. Nos escondimos y luchamos. Técnicamente, un keniano que apoyaba a los británicos era nuestro enemigo, pero no se trataba de kenianos contra kenianos”.
En 1961, el Gobierno británico declaró finalizada la rebelión y los números de kenianos detenidos y retenidos por la fuerza y la violencia sistemática que sufrieron no llegó a formar parte de la historia oficial. Dos años más tarde, Kenia obtuvo su independencia y su primer Gobierno estuvo mayoritariamente formado por antiguos colaboracionistas, a quienes tampoco interesó desenterrar la verdad de la revuelta Mau Mau y que ni siquiera levantaron la prohibición que pesaba sobre el movimiento.
“El Gobierno no ha hecho nada por nosotros”, se indigna de nuevo Ndiku. “Dependemos de nosotros mismos o de nuestros parientes, el Gobierno no ha hecho nada por los que luchamos por la libertad”.
Los demás veteranos corroboran esta versión y desde la KHRC, más diplomáticos, señalan que el Gobierno keniano se ha comprometido en alguna ocasión a financiar parte de los gastos legales del caso, aunque por el momento no ha aportado nada de dinero.
En 2003, el nuevo Ejecutivo del presidente Mwai Kibaki eliminó la norma que ilegalizaba a los Mau Mau. Inmediatamente, los veteranos comenzaron a reunirse y a compartir sus historias. Crearon la asociación y, junto con la KHRC, empezaron a trabajar en la posible demanda contra el Reino Unido.
La KHRC dijo que había conseguido documentar 40 casos de abusos sexuales, castraciones y detenciones ilegales. Al principio había cinco litigantes, pero uno de ellos, otra mujer que había sido violada, ya ha muerto desde entonces. La historia de Naomi y Kimweli, que abre este reportaje, no era conocida entonces y no forma parte del proceso legal.
El cuarto demandante es Wambugu wa Nyingi, que hoy tiene 84 años y una cara cansada y amable. Wambugu fue arrestado también en la Navidad de 1952. No había tomado el juramento ni participado con los Mau Mau, pero sí era miembro de otra organización política prohibida por el régimen colonial. Como los demás detenidos, fue llevado a un campo. “Allí nos golpearon y golpearon, tanto que 16 personas murieron”, asegura hoy en una mezcla de swahili y kikuyu, vestido con camisa y corbata. “Lo vi con mis propios ojos, no les dispararon sino que les pegaron hasta que murieron y luego los prisioneros tuvimos que enterrarlos”.
Esta violencia sigue sorprendiendo a muchos británicos, que en el colegio estudiaron cómo los Mau Mau eran unos salvajes y asesinos sin civilizar que fueron reeducados gentilmente por el Gobierno de su majestad. Pero la insistencia de los veteranos y el trabajo de algunos académicos occidentales ha ido cambiado esta versión de la historia.
Caroline Elkins, historiadora en la Universidad de Harvard, calcula que entre 160.000 y 320.000 kenianos fueron llevados a los campos y que, en total, alrededor de 1,5 millones de personas fueron detenidas o trasladadas a la fuerza a los “poblados protegidos”. La historiadora estima que entre varias decenas de miles y, según los cálculos más pesimistas, hasta 300.000 kenianos murieron durante la revuelta. Por comparar, menos de 100 británicos y unos 1.800 africanos leales al régimen colonial murieron en este periodo.
“Fueron ellos [los británicos] los que escribieron nuestra historia de la forma que ellos querían que fuera vista o escuchada”, dice Gitu wa Kahengeri, el presidente de la asociación de veteranos. “Pero espero que, con el apoyo de nuestro Gobierno, en el futuro podamos reescribir nuestra historia, quizá incluso antes de que muramos”.

sábado, 9 de julio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Razón a destiempo", por Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Razón a destiempo

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 28/05/2011

   Hay historias que no parece que terminen nunca de contarse del todo, quizás porque no dejan de seguir sucediendo, por mucho que se alejen en el tiempo. La I Guerra Mundial, la Gran Guerra, terminó en noviembre de 1918, hace ya casi un siglo: pero los dos últimos veteranos británicos murieron hace solo unos años, y cada año se recogen todavía, en los antiguos campos de batalla de Francia y de Bélgica, más de doscientas toneladas de material de guerra. En 2005 se excavaron 250 nuevos cadáveres de soldados británicos y neozelandeses. Brigadas especiales siguen recorriendo los campos en busca de los muchos miles de minas y de bombas que siguen sin explotar desde hace casi cien años. En 1991, durante las excavaciones para un tendido de ferrocarril de alta velocidad, murieron 36 trabajadores por explosiones de bombas de la guerra. En 2005, tan solo en la zona de la batalla del Somme, los equipos franceses desactivaron 50 toneladas de explosivos. Los tractores de los campesinos siguen llevando blindajes delanteros por el peligro de las explosiones. En cuanto cavan un poco más hondo sus cuchillas alcanzan un estrato geológico inagotable de cascos de guerra, fusiles, fragmentos de esqueletos, botas, cantimploras, mochilas, casquillos de balas, relojes, platos abollados de latón, hebillas de cinturones. Cuatrocientos cementerios de cruces blancas idénticas puntean los campos del Somme, en los que cayeron muertos o heridos 57.000 soldados y oficiales británicos antes del anochecer del primer día de la batalla, el primero de julio de 1916; 125.000 habían muerto a principios del otoño, cuando el barro y la lluvia forzaron a paralizar las operaciones. Llovía tanto en aquellos campos de Flandes que muchos miles de soldados murieron ahogados en el barro. Uno de ellos, llegado de India, escribió a su familia: "Esto no es la guerra. Esto es el fin del mundo".
   La escala de la matanza desafía la capacidad humana de imaginar lo espantoso. Entre 8,5 y 10 millones de soldados murieron en los frentes; hombres muy jóvenes sobre todo: la mitad de los varones franceses entre 20 y 32 años; más de la tercera parte de los alemanes; 6 de cada 20 británicos. Hubo entre 12 y 13 millones de víctimas civiles. Y la gripe que empezó en un campamento militar americano en los primeros meses de 1918 mató a 50 millones de personas. Hubo 21 millones de heridos, muchos de ellos trastornados mentales que siguieron llevando vidas oscuras de sufrimiento en manicomios. En Inglaterra la asociación de veteranos con las caras desfiguradas por heridas de guerra tenía en 1919 41.000 miembros. En 1918 el 70% del producto nacional bruto de Gran Bretaña se dedicó a gastos militares. En Berlín había tanta hambre que cuando un caballo de tiro caía muerto en la calle una multitud de mujeres se congregaba en torno a él y lo despedazaba con tijeras o cuchillos hasta que no quedaba más que el esqueleto. Con las ropas y las caras ensangrentadas las mujeres huían llevando pedazos de carne cruda en las manos. "¡Matad alemanes, matadlos!", clamaba el obispo anglicano de Londres en un sermón publicado en 1915, "no por el gusto de matar, sino para salvar al mundo... Matad a los buenos y matad a los malos, a los viejos igual que a los jóvenes, a los crueles y a los que muestren compasión". Según avanzaba la guerra y las oficinas de reclutamiento no daban abasto para procesar más carne de cañón, Winston Churchill alentaba a la aceptación de lo peor: "Muchachos de 18 y de 19, hombres mayores de hasta 45, el último hermano superviviente, el último hijo de una madre ya viuda, el padre que es el único sustento de su familia, el débil, el tuberculoso, el herido tres veces, todos tienen ahora que prepararse para la guadaña".
   Por muchas veces que se cuente aquel horror sigue sobrecogiendo. Pero quizás sobrecoge todavía más la inconsciencia humana que dio lugar a tanta destrucción, y el entusiasmo casi unánime con que fue recibido en agosto de 1914 el advenimiento de la guerra. Muchas de las más lúcidas inteligencias de la época la saludaron como una ocasión gloriosa: Thomas Mann, Sigmund Freud, incluso Stefan Zweig. En el mundo de habla alemana la única excepción luminosa fue Albert Einstein. Y había que tener mucho valor, mucha fortaleza de criterio, mucha capacidad de resistencia solitaria, para no dejarse llevar por una marea que lo arrastró todo, como una apetencia delirante de suicidio colectivo, una borrachera universal de los peores instintos elevados a la categoría de patriotismo y pestilente retórica, de coacción sin escrúpulo contra cualquier disidencia.
   La historia de aquella guerra sigue sucediendo y sigue siendo contada. El añadido más reciente es un libro de Adam Hochschild, To End All Wars, que ojalá sea traducido cuanto antes al español, porque además del relato de los horrores y de las imbecilidades que ya conocíamos contiene un catálogo preciso de algunos de los hombres y las mujeres que conservaron la lucidez en medio de aquella pavorosa demencia, que se negaron a dejarse llevar por la corriente, que resistieron con un heroísmo sin recompensa, sin esperanza, aislados entre la muchedumbre de los celebradores de la guerra, perseguidos, calumniados, sometidos a la infamia y en muchos casos a la cárcel. Adam Hochschild es un historiador que ha escrito con admirable talento narrativo sobre algunos de los grandes espantos de la humanidad civilizada y sobre las personas que se atrevieron a enfrentarse a ellos: sobre la explotación colonial y el genocidio del Congo en El fantasma del rey Leopoldo; sobre la esclavitud y los movimientos progresistas para abolirla a principios del XIX en Enterrad las cadenas. Como el colonialismo, como la esclavitud, la guerra fue en 1914 una causa moralmente noble, patrióticamente necesaria. Un siglo o varios siglos después las posiciones justas se ven muy claras, y a ninguno de nosotros nos cuesta nada afiliarnos a ellas: pero cuánto coraje, cuánto empeño, cuánta claridad intelectual y moral necesitaron los primeros abolicionistas, los primeros testigos que contaron al mundo la mezcla de crueldad y codicia que se escondía detrás de la aparente nobleza civilizadora del colonialismo.
   Los héroes de Hochschild en To End All Wars son los objetores de conciencia, las militantes feministas, los dirigentes obreros, los escritores, poquísimos, que se atrevieron a levantar la voz. Yo sabía de Jean Jaurès, el dirigente socialista que siguió defendiendo el internacionalismo de la clase trabajadora y la necesidad de la paz hasta el momento mismo en que lo asesinaron, y también de Bertrand Russell, que aceptó sobriamente la infamia y la cárcel por denunciar la guerra. Pero no había oído hablar de Keir Hardie, un parlamentario laborista que había trabajado de niño en las minas de carbón y que no cedió nunca en sus convicciones pacifistas, ni de Sylvia Pankhurst, Alice Wheeldon, Charlotte Despard, Emily Hobhouse, mujeres que se rebelaron contra la barbarie patriótica con el mismo arrojo con el que llevaban años defendiendo el sufragio femenino, que tuvieron el mérito y la desgracia de tener razón a solas y de tenerla antes de tiempo.

   To End All Wars. A Story of Loyalty and Rebellion, 1914-1918. Adam Hochschild. Houghton Mifflin Harcourt, 2011. 480 páginas. El fantasma del rey Leopoldo y Enterrad las cadenas están publicados en Península. antoniomuñozmolina.es

miércoles, 12 de enero de 2011

PRENSA. 12 enero 2011

   En "El País":

1. Juguemos. Columna de Elvira Lindo.

2. ¿Es el copyright un robo? Por Manuel Rodríguez Rivero.

3. ¡Ups!, mi madre está en Facebook. Reportaje de María R. Sahuquillo. Las redes sociales ponen a prueba la relación entre generaciones - Los padres quieren seguir a sus hijos para supervisar su vida - Los expertos, divididos ante la presión a la intimidad del menor.

4. Israel toca de nuevo los tambores de guerra. Artículo de Ilan Pappé, historiador israelí; ha sido profesor en las universidades de Haifa y en Exeter. Traducción de Pilar Salamanca.

5. Descolonizar al cuadrado. Por M. Á. Bastenier.

lunes, 29 de diciembre de 2008

LA AVENTURA COLONIAL

Mario Vargas LLosa escribe contra el colonialismo y contra una de sus manifestaciones más genocidas e increíbles: la del rey belga Leopoldo II, en el Congo. ¿Por qué las naciones no se han pronunciado contra este rey y lo que hizo en ese país africano?
LEOPOLDOIIYELCONGO