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viernes, 18 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Cómo tachar un libro con la mano de Borges", por Benjamín Prado

Benjamín Prado

   En "El País":
Cómo tachar un libro con la mano de Borges

    Los propietarios de legados literarios pueden ejercer durante largo tiempo una censura sin límites. Vuelve a ponerlo en evidencia la actuación de María Kodama ante un libro que recreaba la obra 'El hacedor'.

BENJAMÍN PRADO 08/10/2011

   La polémica que acaba de enfrentar a los herederos de Jorge Luis Borges con el escritor Agustín Fernández Mallo, al que han forzado a retirar del mercado un libro, El hacedor (de Borges), Remake, en el que recreaba el célebre relato en prosa y verso del autor de El Aleph, pone de nuevo sobre la mesa una pregunta antigua: ¿dónde acaba en estos casos el homenaje y empieza la apropiación indebida?
   Los abogados de María Kodama, la viuda de Borges, tenían tan clara la respuesta que tras una llamada suya, la editorial Alfaguara ha retirado de la circulación la obra de Fernández Mallo, pero mientras las puertas de las librerías se cierran, las interrogaciones vuelven a abrirse: ¿hasta qué punto se pueden retomar los personajes o las historias de otros para crear las propias? Bertolt Brecht hizo una secuela de El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek, titulada Švejk en la II Guerra Mundial. Ezra Pound publicó docenas de poemas en los que parafrasea a Dante, Propercio, James Joyce, Baudelaire, Yeats, Lope de Vega o Confucio. Y a Cervantes le salieron discípulos e imitadores de toda clase, desde el impostor que firmaba como Alonso Fernández de Avellaneda y que publicó en 1614 un falso Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, hasta el propio Borges, autor de Pierre Menard, autor del Quijote; pasando por Andrés Trapiello, que imaginó en Al morir don Quijote la vida de algunos personajes de la novela tras la desaparición de su protagonista, y hasta es posible que por el mismo William Shakespeare, que según algunos investigadores escribió junto a su amigo John Fletcher un drama titulado Cardenio que se inspiraba en uno de los secundarios de la obra maestra de Cervantes, cuya primera parte había leído porque fue muy pronto traducida al inglés, y que se llegó a representar dos veces en Londres, poco antes de que el manuscrito desapareciera en un incendio. ¿Si hubieran existido los teléfonos en 1613, los abogados de Cervantes habrían llamado a los de Shakespeare para exigirle que el telón del teatro 'Globe' cayera como una guillotina sobre aquella farsa?
   El ejemplo de Cervantes explica que no es lo mismo que te sigan Shakespeare o Borges a que lo haga el oportunista Avellaneda. William Thackeray escribió, además de La feria de las vanidades y Barry Lyndon, una secuela del Ivanhoe de Walter Scott, titulada Rebeca y Rowena, y un autor portugués llamado Alfredo Possolo Hogan, que era contemporáneo de Alejandro Dumas, una continuación barata de El conde de Montecristo llamada La mano del muerto. Dos notables narradores como Peter Ackroyd y Brian Aldiss se atrevieron a seguir el Frankenstein de Mary Shelley en Diario de Victor Frankenstein y Frankenstein encadenado, pero otros tres mucho menos de fiar, Alexandra Ripley, Katherine Pinotti y Donald McCaig, tuvieron el valor de seguir Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, en Scarlett, Los vientos de Tara y Rhett Butler. Y un nieto de Bram Stoker quiso emular a su abuelo en Drácula: el no-muerto.
   Son solo unos cuantos ejemplos que demuestran que todo tiene sus matices. En España, la editorial 451 promueve una serie de volúmenes colectivos en los que autores como Ángela Vallvey, Isaac Rosa, Lorenzo Silva, Luis Sepúlveda, Antonio Orejudo, Juan Bonilla, José Ovejero, Alicia Giménez Bartlett, Juan Madrid, José Carlos Somoza o Jesús Ferrero, entre otros muchos, han recreado desde Las mil y una noches y los Artículos de Larra hasta el Poema de mio Cid. Y, en Gran Bretaña y en el otro extremo de esta cuestión, el sello Quirk Classics se dedica a transformar los clásicos en literatura-basura. Entre sus volúmenes de más éxito, algunos de los cuales han sido traducidos a nuestro idioma en la editorial Umbriel, se cuentan Sentido y sensibilidad y monstruos marinos y Orgullo y prejuicio y zombis, en las que los personajes de Jane Austen son devorados a la orilla de los lagos por pulpos asesinos o se dedican a cazar seres de ultratumba. Incluso se han atrevido a convertir en robot a la Ana Karenina de Tolstói, transformada en Andoide Karenina, y a alterar La metamorfosis de Kafka en The Meowmorphosis, algo así como La miaumorfosis, en la que se cuenta cómo Gregorio Samsa despierta una mañana convertido en un adorable gato doméstico. Los autores de esa colección usan seudónimos, pero se rumorea que uno de ellos, el que firma como Coleridge Cook -el cocinero de Coleridge- es un escritor muy famoso.
   Fernández Mallo escribió El hacedor (de Borges), Remake a partir de las ideas que le sugería la lectura de El hacedor, e incluyó en su texto algunos fragmentos literales del original, algo que sin duda puede ser tan discutible como cuando Leon Garfield acabó El misterio de Edwin Drood, la famosa novela de misterio que había dejado a medias Dickens, o Robert B. Parquer escribió el final que le faltaba a La historia de Poodle Springs, de Raymond Chandler, o un hijo de Hemingway editó la novela inconclusa de su padre, True at First Light, reduciendo sus casi 900 páginas a poco más de 300. Pero una cosa es que se comparta o no su manera de agasajar a Borges, o que lo hiciese con más o menos fortuna, y otra que se le pueda impedir hacerlo y, de esa forma, dar a entender que el tributo es un plagio, cosa que podrá ver que no es cualquiera que lea los dos libros.
   En el fondo del problema hay un conflicto que va más allá de Fernández Mallo y los propietarios de los derechos de Borges: ¿hasta dónde tiene que llegar el poder de los dueños de un legado literario? Por una parte, en España, como en casi toda Europa, los descendientes de un escritor pierden los derechos de sus obras pasados 70 años de su muerte, cosa que no le ocurre a los de un banquero o una duquesa, por ejemplo, cuyos bienes nunca van a pasar al dominio público aunque se trate de un cuadro de Goya, de Velázquez o de El Greco, o de un palacio neoclásico. Y eso, sin duda, es un agravio comparativo.
   En la otra orilla del asunto, mientras los propietarios de los derechos de un escritor poseen el control de su obra, pueden ejercer la censura sin límites y, entre otras cosas, evitar que se publiquen ediciones críticas de sus libros, que se haga pública su correspondencia o que se representen sus obras en un teatro si el montaje no es de su gusto, algo que aquí ha ocurrido, por una u otra razón, con autores del nivel de Valle-Inclán, Alberti, García Lorca o Pedro Salinas. En este caso concreto, los límites están claros: los dueños de la obra de Borges han ido mucho más lejos que él, que no hizo nada contra Guillermo Cabrera Infante ni contra el narrador argentino Fogwill cuando uno y otro publicaron, respectivamente, una imitación del epílogo de El hacedor, en su libro Exorcismos de esti(l)o, y una parodia erótica de El Aleph, convertido en Help a él.
   Sin duda, María Kodama, quien por otra parte defiende y propaga desde hace tanto tiempo y con una perseverancia tan admirable la obra de su marido, tendrá sus razones y sus argumentos para actuar del modo en que lo han hecho sus abogados, pero seguro que le habrá inquietado hacer que se ponga la palabra prohibido en la portada premonitoriamente negra del libro de Agustín Fernández Mallo. A Borges no le hubiera gustado tener ese lápiz rojo entre los dedos.

   Benjamín Prado es escritor.

miércoles, 8 de febrero de 2012

PRENSA. "Dickens sigue diciendo la verdad", por Benjamín Prado

Charles Dickens

   En "El País":
Dickens sigue diciendo la verdad

   A los 200 años de su nacimiento, nuestro mundo, por desgracia, se parece en demasiadas cosas al suyo: la condición de vida de los trabajadores, la usura, el desequilibrio entre ricos y pobres.

BENJAMÍN PRADO 07/02/2012

   Algunas personas mueren y otras solo desaparecen. El novelista Charles Dickens, por ejemplo, dejó este mundo en 1870 pero sigue estando aquí. Y no solo porque obras suyas como David Copperfield, Cuento de Navidad, Oliver Twist o Historia de dos ciudades, entre otras muchas, sean clásicos imprescindibles en cualquier biblioteca que intente ser tomada en serio, sino también porque la mayoría de sus temas característicos, como la lucha de clases, la explotación infantil o la ineficacia de la justicia, siguen de actualidad y porque sus personajes continúan entre nosotros, con nombres diferentes pero con los mismos problemas. ¿O es que no podrían estar dentro de Oliver Twist, junto a los niños callejeros que la protagonizan, esos otros niños reales que hoy son abandonados en las calles de Grecia por sus familias, con la esperanza de que alguien los alimente? ¿No nos recuerdan los convictos de La pequeña Dorrit, presos en la cárcel de Marshalsea, a orillas del río Támesis, por no poder pagar sus deudas, a los desahuciados que aquí y ahora, en la España del siglo XXI, arrojan a la miseria los bancos cuando ya no pueden pagar la hipoteca salvaje que tenían con ellos? ¿No nos hacen pensar muchos de los métodos y teorías del neoliberalismo a los del usurero Scrooge en Cuento de Navidad o a los del avaro Uriah Heep en David Copperfield? Dickens fue uno de los abanderados del realismo, junto a Balzac, Tolstói, Stendhal o Benito Pérez Galdós, y un escritor social que denuncia en sus libros las desigualdades que se producían en la Inglaterra victoriana y especialmente el modo en que se explotaba a los trabajadores para conseguir la industrialización del país. Su contemporáneo Carlos Marx dijo de él que "en sus libros se proclamaban más verdades que en todos los discursos de los políticos y los moralistas de su época juntos". Y sin ninguna duda, el autor de Grandes esperanzas es la mejor prueba de que Balzac estaba en lo cierto cuando dijo que las buenas novelas son la historia privada de los países. Hoy se cumplen 200 años de su nacimiento y nuestro mundo, por desgracia, se parece en demasiadas cosas al suyo. Para comprenderlo, no hay más que leer el principio de Historia de dos ciudades: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación".
   En Tiempos difíciles, Dickens critica ácidamente las lamentables condiciones de vida de los obreros ingleses y la desproporcionada distancia que había entre su existencia y la de los ricos del país. Hoy, en plena crisis, con la Bolsa en números rojos, los impuestos por las nubes y los sueldos por los suelos; con los Gobiernos de Europa intentando llenar con dinero público el pozo sin fondo del sistema financiero y las cifras del paro creciendo en nuestro país hasta el borde del abismo, es muy posible que el lector se asombre al ver cómo esa novela publicada en 1854 describe la actualidad. ¿O acaso el desequilibrio entre las miserables casas de los proletarios que dibuja Dickens, frías, oscuras y casi sin muebles, y las lujosas mansiones de los capitalistas, que consideran a sus empleados simples bestias de carga, no es comparable al que hay entre los salarios de los mileuristas y los sueldos astronómicos que se ponen a sí mismos los directivos de los bancos, hoy día? La única diferencia entre aquellos privilegiados y estos es que entonces se llamaban utilitaristas y hoy se llaman neoliberales, y que unos citaban a Stuart Mill y otros a Milton Friedman, pero nada más.
   Cuando Dickens retrata en Los papeles póstumos del club Pickwick, David Copperfield o La pequeña Dorrit a unos seres sin escapatoria y de la familia de los pícaros españoles, el Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo o El buscón, sabía de qué hablaba, porque él mismo había sufrido en su infancia los latigazos de la miseria, cuando su padre estuvo tres meses encerrado en la prisión de Marshalsea, por una deuda con un panadero que hoy equivaldría a 3,50 euros y que hizo que él fuese enviado a trabajar en una infernal fábrica de betún. Su batalla contra la injusticia ya anticipaba el fracaso de un sistema que se basara en la explotación, aunque sus advertencias a los poderosos fuesen voces en el desierto: "¡Oh, economistas utilitarios", escribe, "comisarios de realidades, elegantes incrédulos... si seguís llenando de pobres vuestra sociedad y no cultiváis en ellos la esperanza, cuando hayáis conseguido arrancar de sus almas todo idealismo y ellos se encuentren a solas con su vida desnuda, la realidad se convertirá en un lobo y os devorará". Se equivocó, y no hace falta más que volver una vez más los ojos hacia la Grecia de hoy, verá que los dos extremos siguen en su sitio: las televisiones hablan de niños que a media mañana se desmayan en los colegios a causa del hambre y los diarios dicen que mientras el país solicitaba un rescate de la Unión Europea, sus potentados se llevaban a Suiza más de 200.000 millones de euros. En el fondo, y como demuestran de forma brutal las colas ante las oficinas del Inem y en los comedores de beneficencia de nuestras ciudades, las novelas de Charles Dickens son una constatación de hasta qué punto el capitalismo ha fracasado en su búsqueda del famoso Estado de bienestar.
   Otra de las obsesiones de Dickens es la lentitud, ineptitud y en ocasiones impureza del sistema judicial, que tiene su mejor expresión en Casa desolada, donde se refleja la mezcla de incompetencia y prepotencia de una Corte de la Cancillería que a algunos les podrá hacer pensar en ciertos magistrados y causas de nuestra Audiencia Nacional y nuestro Tribunal Supremo. O en Oliver Twist, donde se puede ver la forma en que la ley es cuidadosa con los fuertes y abusiva con los débiles por el modo en que el juez Fang insulta y castiga con desproporción a su desventurado protagonista. O, una vez más, en Tiempos difíciles, donde el escritor se burla de la incompetencia del sistema y de su invento más perverso, la burocracia, un laberinto sin salida simbolizado en un supuesto Departamento del Circunloquio cuya función es "hacer lo que sea necesario para que no se pueda hacer nada". En un país como España, donde solo el 27% de los ciudadanos opina que los medios que el Estado destina para garantizar la defensa jurídica son suficientes y la gran mayoría piensa que funciona mal, está anticuada y es ininteligible, los libros de Dickens siguen contando la verdad: nuestro mundo no ha sabido mantenerse a flote porque no ha sabido ser ni solidario, ni ecuánime, ni flexible, y al final se ha quedado sin respuestas.
   En junio de 1865, Dickens viajaba en un tren que sufrió un accidente terrible cuando cruzaba un puente en obras. Los siete vagones que precedían al suyo se despeñaron por un precipicio y él pasó horas atendiendo a los heridos hasta que llegaron las ambulancias y pudo ocuparse de regresar a su asiento y recuperar el manuscrito, aún sin acabar, de su penúltima novela, Nuestro común amigo. No hay que tener una gran imaginación para ver en esa escena una metáfora de esta Europa que hoy descarrila poco a poco, primero Grecia, luego Irlanda, después Portugal... Tal vez el derrumbe se detenga a tiempo, y los que nos conducen a la catástrofe recuperen el sentido común igual que lo hizo el tacaño señor Scrooge en Un cuento de Navidad, que al ver el negro porvenir que le anunciaban los espíritus del Pasado, el Presente y el Futuro, donde podía verse una tumba con su nombre y sin ninguna flor encima, supo cambiar a tiempo y convertirse en un hombre generoso. Es una parábola que, hoy más que nunca, merece la pena no olvidar.

   Benjamín Prado es escritor.

sábado, 3 de julio de 2010

PRENSA. "Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo", por Benjamín Prado

Benjamín Prado
En "El País":
Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo

El gaditano se ha convertido últimamente en una presa fácil, una presa enjaulada donde todos los cazadores vacían a placer sus escopetas. Su pecado fue llevar un carné político lejano de ese centro hoy tan sacralizado.

BENJAMÍN PRADO 02/07/2010

En vida, Rafael Alberti se definía como un poeta en la calle y como un marinero en tierra; tras su muerte, lo han convertido justo en lo contrario: en una empresa fantasmal y en un barco lleno de agujeros. Las dos cosas dan el mismo resultado: un naufragio. Porque entre los ataques externos y el fuego amigo, su biografía se ennegrece día a día y sus libros están cada vez más lejos de sus lectores y de la verdad, puesto que algunos resultan inencontrables y otros están manipulados no se sabe si por sus herederos, sus editores, sus estudiosos o, más bien, por la suma de todos ellos.
Parece mentira, pero el nombre del autor de libros capitales como Sobre los ángeles, Baladas y canciones del Paraná, Retornos de lo vivo lejano, A la pintura y tantos otros, cada vez se cita menos a la hora de hablar de literatura y, en cambio, cada vez aparece más en los periódicos como parte de un escándalo o como víctima de un insulto. La tarea de desprestigiarlo parece haberse convertido en el deporte nacional, y da lo mismo abrir una novela, una biografía, un libro de poemas o un ensayo de algunos de nuestros autores más notables, para demostrarlo. Dan ganas de salir a defenderlo a pesar de su familia, cuya última versión es un gran ejemplo de que, cuando uno tiene mala suerte, la ropa limpia se mancha en casa.
En lo que debería de ser la casa de su obra, la 'Fundación Rafael Alberti', montada en El Puerto de Santa María con la bisutería de la que iba a abrirse originalmente en Cádiz, y por lo tanto sin ninguno de los tesoros artísticos que fueron trasladados a España, con dinero público, desde la casa del poeta en Roma, todo son sospechas y acusaciones de inmoralidad.
Los dos últimos episodios de esa historia negra son un nuevo caso de manipulación de la obra de Alberti y la denuncia que acaba de presentar el secretario de la institución, en la que señala gravísimas irregularidades cometidas por sus máximos responsables, entre ellas la de comprar serigrafías del autor de Noche de guerra en el Museo del Prado para revendérselas por cinco veces su precio de mercado a la propia 'Fundación'. En cuanto a la censura que se ejerce desde hace años sobre los textos del maestro, que ya expliqué en su momento en mi libro A la sombra del ángel y en varios artículos publicados en este mismo periódico, esta vez le ha tocado a un estudio del arquitecto Joan Carles Fogo Vila titulado Los espacios habitados de Rafael Alberti que ha sacado la misma "fundición", como la llama José Manuel Caballero Bonald, con una serie de cambios y supresiones que son, más o menos, los mismos que sufrieron las últimas ediciones de las memorias de Alberti, La arboleda perdida, que la editorial Seix Barral sigue publicando en sus versiones tergiversadas: Luis García Montero y yo hemos sido tachados, también Teresa Alberti, a veces su hija Aitana, y en este caso nuevos enemigos-consorte como Almudena Grandes o Pedro Guerra. Qué miseria y, sobre todo, qué despropósito.
Sin nadie que lo defienda y en contra de las corrientes de opinión que nos arrastran, Alberti se ha convertido en la jaula donde todos los cazadores van a vaciar sus escopetas. Últimamente, la disculpa para atacarlo es Miguel Hernández, enfrentando el drama del poeta-soldado a la supuesta farsa de los "intelectuales de mono planchado y pistolas de juguete" -como los llama el biógrafo José Luis Ferris en Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta- que hicieron la guerra en la retaguardia, escondidos en la 'Alianza de Intelectuales Antifascistas' de Madrid. En su biografía Oficio de poeta, por lo demás muy completa, Eutimio Martín lo acusa, con otras palabras, de egocéntrico y de oportunista, al aprovecharse de que su mujer dirigiera el 'Teatro de Arte y Propaganda' para estrenar allí varias de sus obras, mientras que las del autor de Viento del pueblo se rechazaban; y eso a pesar de que el propio Martín reconoce que el teatro de Hernández no era gran cosa, mientras que el de Alberti está entre lo mejor que se escribió durante la contienda.
Siguiendo la misma línea, se deja entrever que Alberti no hizo todo lo que pudo por salvar a Miguel Hernández, pese a que luego se asume que fue el propio autor de Romancero y cancionero de ausencias quien se equivocó al elegir su huida, con lo que Martín repite el modelo que marcó Ignacio Martínez de Pisón en su obra Enterrar a los muertos, donde decía que Rafael no quiso salvar al traductor de John Dos Passos y, a la vez, llegaba a la conclusión de que su asesinato no lo pudo parar ni el presidente Negrín, puesto que fue el resultado de una lucha de poder entre dos poderosos generales rusos. Como remate, en la edición ampliada de su absorbente libro Las armas y las letras, Andrés Trapiello, que pese a su antipatía manifiesta por Alberti reconoce que este le ofreció su ayuda a Hernández para que pudiera salir de España en un avión de la República, aporta una foto del poeta gaditano, vestido de miliciano y dedicada al escritor ruso Ilya Erhemburg con la frase "la belle époque", de la que saca la conclusión de que para Alberti la Guerra Civil fue una fiesta. ¿No parece mucho más sensato deducir que de lo que habla Alberti es de su juventud, 25 años después de haber sido tomada esa imagen?
Si saltas del ensayo a la ficción, encuentras más de lo mismo.
Abres la última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, y Alberti es, sin duda, uno de esos señoritos hipócritas que lanzan vivas a la clase trabajadora mientras se cruzan de piernas y piden otra copa en la terraza del hotel Ritz; o te cuentan cómo él y su esposa viajaban a Rusia "costeados por el dinero de la República, y al volver se hacían fotos en la cubierta del barco, los dos levantando el puño cerrado, ella envuelta en pieles, rubia, con los labios muy pintados, como una Jean Harlow soviética con cara de pepona española".
O lees el último libro de poemas de Miguel d'Ors, Sociedad limitada, y en su poema 1938, encuentras esto: "Capital de la gloria. Una vez más los versos / doloridos de Alberti, con silbidos de balas / y sangre y trimotores y trincheras en donde / huelen los capotones a corderos mojados. / Y al fondo de estas páginas, en aquel horizonte / en que rasgan la noche lívidos fogonazos, / al otro lado de las alambradas, justo / donde la voz de Alberti señala al enemigo...". Son solo dos ejemplos.
Rafael Alberti fue un poeta colosal y un símbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición, cuyas primeras Cortes inauguró como vicepresidente de la Cámara junto a Dolores Ibárruri y cuya esencia tal vez resume mejor que ningún otro su gesto al descender del avión que lo trajo a España tras 38 años de exilio: "Me fui con el puño cerrado y regreso con la mano abierta".
Pero nada de eso hace que se le tenga el más mínimo respeto. Al contrario, hay tanta gente a la caza del poeta rojo, tantos buscadores de oro tratando de sacarle el último euro al muerto y tan pocos que quieran recordar su categoría literaria, civil y humana, que dentro de poco su nombre será parte de esa sombra que se ha echado sobre toda la parte de nuestro pasado que no se ha podido arrastrar al centro político. Un centro que funciona como un desagüe por el que lo mismo se cuela una 'Ley de Memoria Histórica' que el prestigio de un escritor que, según sentencia del tiempo, llevaba el carné equivocado en la cartera.

Benjamín Prado es escritor.

sábado, 26 de septiembre de 2009

PRENSA CULTURAL. "Babelia". 26 septiembre 2009 (3)


En Babelia, un EXTRA dedicado al tren (Subirse al tren), visto no sólo como un medio de transporte, sino como una "máquina llena de cultura". En él encontramos textos de Luis García Montero, Luciano G. Egido, José María Guelbenzu, Maruja Torres, etc.

De Benjamín Prado, se publica el relato EL VIAJE, que obtuvo el Primer Premio de Cuento de los Premios del Tren 2008, Antonio Machado de Poesía y Cuento, que concede la Fundación de los Ferrocarriles Españoles.

Lo reproducimos a continuación:

Sobre todo, era convincente. Eso es lo que pensó cuando volvió a leerlo, nada más echar a andar el tren y mientras las personas que estaban en los andenes, entre ellas su madre y su marido, se empequeñecían según iban quedando atrás, como si retrocedieran hasta su infancia disminuyendo de la talla cuarenta y ocho a la treinta y seis, la veinte, la ocho, la dos... "Solvencia, experiencia y buena apariencia", se dijo, a modo de resumen y como quien repite una divisa comercial, la mujer a la que, entre todos los pasajeros, he elegido este relato para contar su historia.
Permítanme que se la presente: se llama Pilar, tiene treinta y cinco años, es atractiva sin llegar a ser guapa y a la mayor parte de las personas que reparan en ella les gusta más cuanto más la miran, según van descubriendo la llamativa melena pelirroja, que ella sabe mover con coquetería y cierta arrogancia, los ojos entre verdes y castaños y, sobre todo, la boca voluptuosa, que a muchos hombres les parece un riesgo que merecerá la pena correr. Aquella mañana viajaba a otra ciudad para hacer una entrevista de trabajo y por ese motivo en el instante en que este texto la encontró acababa de leer una vez más su currículum vitae y se había infundido ánimos de la manera que acaban de ver. Luego cuadró las cuartillas en las que estaba su expediente académico y profesional golpeándolas contra la mesa de su asiento, alisó las solapas del traje de chaqueta que había elegido para la ocasión, se miró en el cristal de la ventana y sonrió. Era la viva imagen de una triunfadora.
La reunión que le esperaba era una mera formalidad, porque ya había tenido las suficientes conversaciones telefónicas con los jefes de la empresa que iba a contratarla como para saber que el puesto era suyo, y aunque la presunción no estaba entre sus defectos más sobresalientes, en ese caso, si era sincera, no podía decir que le extrañara, porque su historial era extraordinario y se adaptaba como anillo al dedo a las necesidades de la compañía que iba a emplearla. En su época de estudiante había sido una alumna ejemplar, había hecho toda su carrera universitaria con muy buenas notas y se había licenciado con uno de los primeros números de su promoción. Su experiencia laboral era corta, pero en ella también había acumulado sucesivos éxitos, aunque fuese a pequeña escala, en ocupaciones modestas y con sueldos que no eran nada del otro mundo. Ahora sentía que sus esfuerzos habían dado fruto y que al fin había llegado el tiempo de recoger la cosecha.
Volvió a leer el currículum. El primer párrafo hablaba, efectivamente, de sus estudios, y al verlo se acordó de aquellos años en los que era la niña perfecta: responsable, ordenada, seria. Tal vez demasiado seria, si lo pensaba detenidamente, hasta el punto de que muchas veces se sintió aislada, recluida en un plano superior que por una parte la hacía destacar y por otra la dejaba al margen de los demás, a los que ella consideraba demasiado infantiles, superficiales, inmaduros. Cerró los ojos. Igual que si fueran las personas que a las horas punta del día se agolpan en las estaciones del metro y empujan para entrar en los vagones, se le amontonaron en la cabeza imágenes de chicos que quisieron conquistarla, de compañeras que intentaron ser sus amigas... Nunca había perdido demasiado tiempo en noviazgos ni pandillas, y cuando lo hizo, por una mezcla de pura curiosidad y miedo, supo que ya empezaban a murmurar de ella, a llamarla monja, empollona y ese tipo de cosas, el resultado fue desastroso. Se acordó de un muchacho llamado Emilio, al que se atribuía cierta fama de donjuán y con el que tuvo sus primeras experiencias eróticas, si es que pueden llamarse de ese modo. El joven no le interesaba especialmente, pero empezó a salir alguna vez con él por evitar las habladurías. Era, en su opinión, el mismo adolescente que todos los demás, un simple guaperas que alardeaba de sus conquistas por los pasillos del colegio y a la hora de la verdad hacía poco más que besar a las chicas hasta que los labios se les hinchaban a los dos y manosearlas con notable incompetencia por encima de la ropa. Ella, por otro lado, tampoco le dejaba ir mucho más allá, y él debió de burlarse de su pudor, porque pronto supo que las malas lenguas seguían trabajando contra ella, que los rumores continuaban y los adjetivos desdeñosos se le iban pegando a su apellido igual que clavos oxidados a un imán: mojigata, cursi... Una noche en la que, como solían hacer siempre que quedaban, estaban dentro del coche de su padre, entregados a otra inagotable sesión de besos pesados y caricias ligeras, Pilar se levantó la camisa, se desabrochó el sujetador y mientras el tal Emilio le miraba los pechos como si no pudiese creer lo que veía, le abrió los pantalones y empezó a masturbarlo con energía y sin pasión, de forma más bien mecánica: no le duró mucho, pero el relato que él debió de hacer de su hazaña aguantó el curso entero, porque Pilar pasó a tener fama de zorra, que obviamente era mucho mejor que la de puritana. La dejaron en paz y pudo dedicarse a lo que le interesaba, que era aprobar el curso con unas calificaciones superlativas: lo hizo.
¿Por qué se habría puesto a pensar en eso, que nada tenía que ver con su viaje y que era un episodio tan lejano e insignificante de su vida? O quizá no, porque la verdad es que su relación con los hombres nunca fue gran cosa, y la mayor parte de ellos, que no habían sido más de media docena, había terminado por acusarla de fría. No se lo reprochó, porque todos estaban en lo cierto y ninguno le había interesado de verdad, más bien habían sido parte del decorado, personajes de una representación que alguna vez le había interesado poner en marcha por no desentonar, o para no tener que presentarse sola en algún sitio, o para dar una impresión de estabilidad personal. Cuando el público se iba, las luces del teatro se apagaban y llegaba el momento de ir a la cama, Pilar repetía, más o menos, la ceremonia del joven Emilio y el coche de su padre. Su falta de entusiasmo era tan obvia que todos sus amantes acababan por reprochársela con palabras que parecían calcadas unas de las otras: uno le dijo que acostarse con ella era como hacer el amor con un animal disecado; otro, al que casi había querido, la llamó maniquí, y un tercero, el más ingenioso, la describió como "sesenta y cinco kilos de carne deliciosa... recién sacada del congelador".
Pero hemos visto que cuando el tren salió de la estación había un marido despidiéndola en el andén, y como es lógico ustedes se preguntarán qué relación tenían, cuándo se casaron y por qué, si eran felices o desdichados, y si su matrimonio tenía algún futuro, entre otras cuestiones. Bueno, pues el asunto es fácil de resumir: Pilar le daba tan poco como a los demás, pero a él le importaba menos; y así sobrellevaban su pareja, encajando el desinterés de uno en la apatía del otro. Si lo piensan bien, no es raro: ¿Qué dos cosas van a combinar mejor en este mundo que la indiferencia y la desgana? Y, sin embargo, cuando esa idea se le vino encima notó como una nube en los ojos y, sin razón aparente, se puso a llorar. Y también hizo algo más: en un gesto impulsivo del que pronto iba a avergonzarse, cogió un bolígrafo rojo y tachó en el currículum la línea en la que decía que estaba casada. Mientras se secaba las lágrimas atribuyó ese trastorno improcedente a la tensión del momento: al fin y al cabo, esa mañana iba a empezar para ella el futuro, y todos sabemos que del futuro nunca se sabe nada, excepto que estará lleno de cambios, sorpresas e incertidumbre. Maldijo aquel sofoco absurdo y para recuperar la compostura sacó un espejo y se puso a restaurar su maquillaje. Menos mal que era una persona precavida y, por si había que hacer frente a cualquier imprevisto, llevaba en la cartera otra copia de su expediente. Lo sacó y lo comparó con el primero, el que tenía la tachadura. Sabía en cuál de los dos estaba escrita la verdad, pero ¿cuál era más cierto? Depende de si uno habla de contratos legales o de emociones, supongo, pero ésa es mi opinión, y no me arriesgo a decirles que también fuera la suya, porque sin duda su carácter y el mío son muy distintos y es posible que a la hora de juzgar una relación de pareja lo que a mí me parece minúsculo a ella le parezca más que suficiente. Para pesar los sentimientos no hay más báscula que uno mismo, todo lo demás no sirve.
Las azafatas le trajeron el desayuno y mientras lo tomaba se alegró de haber elegido el tren, en lugar del avión, porque, tal y como había previsto, eso le daba la posibilidad de pensar, de no entregar las horas a la burocracia del viaje y guardar el tiempo para repasar los argumentos e iniciativas que pensaba poner sobre la mesa durante la reunión. Se recreó en las alteraciones del paisaje, que canjeaba bosques por ríos, praderas con ganado por zonas urbanas. Después de un segundo café, cuando le retiraron la bandeja, fue al baño, se lavó con su meticulosidad característica los dientes y las manos, y al regresar a su asiento volvió a leer el currículum.
Se detuvo en un párrafo que hablaba del año que fue a vivir a Estados Unidos, a la ciudad de Austin, Tejas, para completar su formación, y sin poder contenerse también lo tachó con su bolígrafo rojo, esta vez con auténtica furia. Aquella época había sido terrible, no hubo en ella más que tedio y soledad, días y noches interminables, aulas gobernadas por profesores aburridos que daban sus lecciones con aire de funcionarios; aunque, naturalmente, ella vendía la experiencia como un gran paso adelante en su adiestramiento, que era el modo en que su madre solía llamarlo.
¿Y qué había detrás del siguiente punto y aparte? Pues, visto desde la angustia que en ese instante administraba sus pensamientos, había más mentiras, porque aquel avance meteórico en las oficinas en las que había estado ocultaba algún que otro cadáver en el subsuelo, entre otros el de su dignidad, porque, por un lado, ciertos ascensos los había logrado a base de traicionar a sus superiores o a sus colegas, lo que tampoco consideraba tan raro en este mundo en el que sólo se tienen ojos para los vencedores y oídos para la música de las cajas registradoras; pero, por otra parte, también había habido algún capítulo oscuro en su éxito profesional, ciertas concesiones a jefes que tenían las manos largas y se tomaban libertades ante las que ella, a pesar de la repugnancia que sentía, guardó silencio y prefirió mirar para otro lado. Y, sobre todo, había un suceso que la atormentaba con frecuencia, la aventura que tuvo con un directivo de la última firma para la que había trabajado. No es que hubiera sido nada sucio, ni más desagradable de lo normal. Y, de hecho, ese hombre le gustaba bastante, era guapo, fuerte, tenía una voz hermosa y, sin ningún género de dudas, era el que más la había excitado en su vida y el que, dentro de sus límites, más lejos había conseguido llevarla, porque era de esa clase de personas que no se conforman con su propio placer y que no regatean esfuerzos a la hora de conseguir el de sus parejas. Pero, a pesar de eso, a menudo se preguntaba si habría hecho las cosas que hizo con él de no haber sido el directivo que la iba a impulsar a la cumbre de la empresa. Ni qué decir tiene que estaba casado y que, pasado un tiempo, regresó a la paz de su familia. Pilar hizo un amago de resistirse a sus propias vacilaciones y se preguntó si tanta aprensión no era más que una forma del típico sentimiento de culpa femenino, porque seguro que un hombre no era tan escrupuloso al juzgar episodios de su vida que fueran similares al que ella estaba recordando; pero al final tachó también esa parte de su currículum.
Adiestramiento. Sí, así era como lo llamaba su madre, una mujer que había impulsado los estudios, la carrera y la profesión de su hija con mano enérgica, sometiéndola desde que tenía seis o siete años a una disciplina inflexible según la cual las obligaciones eran el centro de la existencia, y cualquier alarde de desenfado, alegría o pereza, un síntoma de hedonismo intolerable. Tenía razón, en cualquier caso: la había instruido más que educado; o, si lo llevamos al extremo en el que Pilar se encontraba en el preciso instante que describen ahora estas líneas, podríamos decir que no la crió como quien forma a un ser humano, sino como alguien que amaestrase a una mascota. Con ese sentimiento cegándola, tachó toda la parte del expediente que hablaba de su carrera, y prácticamente todo el documento quedó convertido en nada.
El tren ya se acercaba a su destino, y el nombre de la ciudad a la que iba se repetía por los altavoces. Se miró una vez más en el espejo de su polvera. Se encontró distinta, cansada. Después puso sobre la mesa plegable la versión tachada del currículum y la que estaba intacta, una al lado de la otra. ¿Quién soy yo?, se preguntó. ¿Quién hubiera podido ser? Y mientras entraban en la estación, en lugar de levantarse y coger la maleta que llevaba en el portaequipajes, se quedó allí sentada, viendo a los pasajeros que crecían hasta su propio tamaño según se acercaban. ¿Y si no fuera a esa reunión? ¿Y si de pronto diera un volantazo a su vida y a partir de ese momento se dedicara a vivir, fíjate, qué verbo más elástico, vivir, y qué lleno de significados falsos, todos esos que le hemos atribuido para suplantar el auténtico, para no darnos cuenta de cómo lo necesario ocupa el lugar de lo que importa, hasta convertirnos en los orgullosos propietarios de los muros tras los que estamos presos? Lo he escrito a mi modo, no con las palabras exactas que Pilar se dijo entonces, pero creo que lo he hecho de un modo que refleja de forma bastante precisa su estado de ánimo.
No sabemos qué pasaría al final, si bajó de aquel tren en el que encontró el tiempo que le hacía falta para abrir los ojos y verse y, apartando los malos presagios y los malos recuerdos de su cabeza, fue a aquella reunión, o si, por el contrario, se quedaría en la ciudad sin hacer nada, simplemente dando un paseo; si prefirió volver a su lugar de origen; si le ha plantado cara a sus frustraciones o sigue dejándose llevar por ellas como si fuese sobre unas vías inapelables, lo cual es perfecto para los trenes y terrible en el caso de las personas, para las que no hay demasiada diferencia entre ir a la deriva y moverse encima de unos carriles, porque en ambos casos significará que no tienen el control, que no supieron darle a su vida las dos cosas que, según dijo el poeta Luis Cernuda, conducen a la inteligencia y a la felicidad: dirección y sentido.
Pilar volvió a mirar las dos versiones de su currículum y luego rompió una de ellas y bajó del tren. Yo me estoy preguntando si debo seguirla igual que si fuera un detective contratado por ustedes, ir tras ella y saber qué ha decidido, para poder contarlo.


viernes, 12 de junio de 2009

BIBLIOTECA. "Mala gente que camina", novela de Benjamín Prado

Una novela que rescata del olvido la dramática historia de los niños robados a las madres republicanas.
Un profesor de instituto investiga la historia de una enigmática escritora que, pese a ser militante de la Sección Femenina y la organización de beneficiencia infantil Auxilio Social, publicó una única novela en la que denuncia uno de los mayores dramas de la posguerra.
Pero su vida resulta ser muy distinta de lo que parecía, en realidad una gran ficción representada en medio de un mundo a su vez cínico, en el que algunos de los escritores falangistas más célebres del momento tampoco eran en absoluto los tempranos opositores a la dictadura que cuenta su leyenda, sino unos oscuros manipuladores de la verdad. Mala gente que camina, como escribió Antonio Machado.
(Texto de la contracubierta)

Éstas son sus primeras páginas.

Editada en "Punto de lectura", tiene 460 páginas, y está en la BIBLIOTECA.