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lunes, 12 de enero de 2015

PRENSA. Entrevista al escritor Juan Marsé

   En "El País":

“España es un país de cabreros”

Esta charla con Juan Marsé abre una serie de entrevistas a figuras de la cultura en español sobre una era compleja en lo social, lo político, lo económico y lo creativo

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El escritor Juan Marsé retratado en su casa en Barcelona. /VICENS GIMENEZ
Llega un periodista a casa de Juan Marsé para una de las cosas que probablemente menos le gustan a Juan Marsé: hablar de sí mismo, de por qué y cómo y para qué escribe y, en general, de sus cosas. Pero quizá porque la entrevista no es promocional, o quizá porque un sol templadito proyecta optimista bonanza sobre los balcones a los que da su casa del centro de Barcelona, o vaya usted a saber por qué, la charla va cayendo torrencial. El escritor celebra hoy su 82 cumpleaños.
Pregunta. ¿No se habla demasiado en este país?
Respuesta. Ah, yo estoy totalmente de acuerdo con esto.
P. ¿Dónde sitúa usted la frontera entre el habla y el ruido?
R. En este país hay ruido, sí, se casca demasiado y se grita demasiado. Y los medios de comunicación son tan poderosos y omnipresentes que el ciudadano nunca había estado tan informado, al minuto y de forma reiterativa.

Las tertulias suplantan el debate en las Cortes, tremendo
P. Ese “tan” al que alude no suena muy positivo...
R. Es tremendo. La enorme proliferación de tertulias políticas suplanta lo que debería ser un debate serio en las Cortes. Un espectáculo tremendo. Y ese es el ruido.
P. ¿Por qué pasa esto?
R. La libertad informativa está muy bien, pero no sé dónde está el límite, no sé cómo se resuelve eso. La gente está atiborrada de información, y la mayoría no sabe qué hacer con ella.
P. Pero, ¿no le parece que el nivel mediático y el de la calle, digamos el de cafetería, comparten un escaso interés por aprehender lo que dice el otro?
R. Sí, pero ese es el defecto nacional. No se atiende. La solución está, si la hay, en la educación, como en tantas otras cosas.
P. Ahí ya metemos el dedo en el ojo tuerto de este país: el sistema educativo. ¿Cómo lo ve?
R. No me gusta pensar que este defecto es genético, que los españoles somos así. Pero uno identifica muy fácilmente al enemigo en términos de “el que no piensa como yo, es contrario a mí”.
P. En el tema de la educación, ¿qué cree que tiene que hacerse?
R. Incrementar el conocimiento de los valores cívicos, vamos, lo que cuando yo era un chaval llamaban urbanidad: cuál ha de ser la relación que mantengo conmigo mismo, y cuál debe ser mi relación con los demás. Pero estas cosas ya no están de moda. España es un país de cabreros, joder.


El escritor, en pleno trabajo de su nueva novela, Una puta muy querida, que llegará a las librerías en otoño. / V. G.
P. ¿Es un país en el que se llama con demasiada facilidad “inútiles” a cosas realmente útiles? Por ejemplo la cultura, en sentido amplio.
R. Sí, pero eso si no se le inculca a la gente de joven… Cultura es saber comportarse, tomarte una cerveza con tu vecino y charlar con él. Entender tu relación con los demás y la de los demás contigo.
P. ¿Influyen esos valores en cómo se escribe o al revés, es mejor obviarlos? Novela hecha con el intelecto, o novela hecha con las tripas…
R. Claro. Se suele hablar de un don, el don del talento para crear. Pero también se necesita cierto talento literario para leer. Incluso para leer a Verne, para no ponernos serios. Tiene que ver con la cultura, pero también con la sensibilidad… y eso se tiene o no se tiene.

La tecnología está matando formas de belleza, como el cine
P. Volvamos a la prensa. En su primera novela, Encerrados con un solo juguete, de 1960, escribe esta frase: “Qué tontería: ¿tenía algo que ver con la vida lo que llevaban los periódicos?”. ¿Tiene alguna vigencia hoy esa frase?
R. Esa novela se escribió en plena dictadura franquista, y yo era consciente de lo que había, y lo trasladé a los personajes. Había censura, en la prensa y en todo. Lo que traían los periódicos sobre la vida nacional estaba filtrado. Todos traían lo mismo, La Vanguardia, el Ya, el Abc, La Prensa, El Diario de Barcelona… La prensa no reflejaba la realidad nacional, eso lo sabía todo Dios. Pero hoy esa frase no la diría un personaje mío. Aparte de esto, yo soy un lector de periódicos vicioso. Cuando escribía Si te dicen que caí me pasaba horas y horas en la hemeroteca de la Casa L’Ardiaca, ojeando la prensa de los años cuarenta y disfrutaba como un loco. Y ahí, no sé cómo decirle, me lo creía todo. Es como que, para que una noticia me la crea de verdad, tiene que pasar tiempo. De lo que leo en el periódico que acaba de pasar siempre tengo mis dudas.
P. El paso del tiempo. Lo cambia todo, ¿no?

Obra escogida

Encerrados con un solo juguete(1960).
Últimas tardes con Teresa (1965).
La oscura historia de la prima Montse(1970).
Si te dicen que caí (1973).
La muchacha de las bragas de oro (1978).
Un día volveré (1982).
El embrujo de Shanghai (1993).
Rabos de lagartija (2000).
Caligrafía de los sueños (2011).
Noticias felices en aviones de papel (2014).
R. Bueno, aquí ahora te encuentras cosas tan ridículas como ciertos historiadores catalanes que están revisando las relaciones con España y están reinventando, contando mentiras. Algunos pretenden que Santa Teresa de Ávila era catalana. En contrapartida yo estoy descubriendo, y va a ser un disgusto para ellos, que Xavier Cugat era murciano. Quiero decírselo al conseller de Cultura, Ferran Mascarell. Y el famoso torero Mario Cabré tampoco era catalán, era andaluz. Ya de chaval, había quien decía en el barrio que Walt Disney era catalán.
P. La censura franquista acabó hace casi 40 años. Hoy sin duda subsisten otras, económicas, políticas, la razón de Estado, la lógica de empresa… Usted escribió Si te dicen que caí consciente de que no sería editada en la España de Franco, como así fue (lo fue en México). Pero, ¿se arrepiente de haberse automutilado, de haberse autocensurado alguna vez?
R. Sí, sí, sí… soy consciente de eso, claro. En Encerrados con un solo juguete me corté, está claro. No por cuestiones de orden estrictamente político —porque nunca me gustó que de una forma explícita hubiera en mis libros tufos políticos, quiero decir, mensajes—, sino más bien de orden sexual-erótico. En La oscura historia de la prima Montse, que es una historia de la influencia de la educación católica en una muchacha, también me frené. Por eso luego lo tuve tan claro en Si te dicen que caí.
P. ¿Molesta la realidad para escribir ficción? ¿Vive pertrechado frente a la realidad cuando está metido en una novela, o es al revés, necesita lo real como motor?

Podemos ha removido el tema y todos los demás están acojonados
R. Fatalmente quiero saber todo y fatalmente lo vivo al minuto. Otra cosa es que procuro que la realidad no interfiera en mi trabajo. La intelectualidad me interrumpe el trabajo. Y la rabiosa actualidad me incordia. Pero no puedo prescindir de ella. Si no leo la prensa, el día no empieza bien para mí. Y además la prensa de papel, lo siento pero… de papel. No puedo hacer nada por evitar todo lo que está pasando en los últimos tiempos, que si el corrupto de cada día... Así que al final no hago más que encabronarme, es una especie de tortura. Además, soy un escritor fatalmente realista, no puedo prescindir de la realidad, otra cosa es que luego la enmascare.
P. Ya hace mucho que se acuñó el concepto realidad virtual. ¿No opina que casi todo va siendo ya virtual, que lo digital, lo descargable, lo que está pero no puede tocarse ya ha ganado la batalla y ha sustituido a lo tangible, lo palpable, lo que se huele?
R. Es imparable. Pienso que tiene que producirse una depuración de cosas superfluas. Probablemente de eso se ocupará el tiempo, no lo sé, pero el avance tecnológico, ese no lo para ni Dios. Aunque no soy pesimista del todo. Creo que el libro de papel seguirá existiendo, y lo mismo los periódicos de papel, puede que más reducidos. Me resisto a pensar que pueda desaparecer el papel. Mis nietos se ríen. Pero lo más grave es que la tecnología esté matando formas de belleza. El cine, por ejemplo, no es lo que era, la tecnología lo ha matado, es puro tebeo. El cine como una buena idea, un buen guion, unos diálogos... está desapareciendo.

Hoy el charnego es el magrebí, o el paquistaní, o el chino
P. Más realidad, mejor dicho, actualidad. ¿Cómo vive la irrupción y auge de Podemos?
R. Ya se ha demostrado que todo está por hacer en este país. Y entonces ha venido Podemos. A mí me parece ya muy positivo el revuelo que han montado, han removido el asunto y todos los demás están acojonados. Han dicho: “A ver, hay que hacer algo, hemos estado durmiendo en la paja y todo iba cojonudo, pero además de expoliar a todo Dios y robar a mansalva, resulta que ahora tenemos que hacer política”.
P. ¿No cree que, así en general, es bueno que la gente se ponga las pilas? Mejor tarde que nunca...
R. Mire los socialistas. Están con el agua al cuello. Y se les ocurren ya cosas que tenían dormidas desde hace siglos, como su relación con la iglesia católica de este país. O sea, todo lo que tenían en el programa aparcado por temor a perder votos —como lo de la iglesia— ahora lo empiezan a mover. No lo movió ni Felipe González, ni Zapatero… pues ahora que se den prisa, porque...
P. Para votantes fieles de un partido tradicional debe de ser incómodo comprobar por qué motivaciones reales se mueven a veces sus líderes…
R. Trágico. Aquí mismo, en Cataluña, están pasando unas cosas muy divertidas… que un partido como Esquerra Republicana, un partido que se dice de izquierdas, se alíe con la derecha, con la carcundia que es Convergència… y pretenda seguir haciéndose pasar por un partido de izquierdas. O Iniciativa per Catalunya, los antiguos comunistas, ¡el partido de los trabajadores! ¿En qué se ha convertido? Están acojonados. ¿Vio la comparecencia de Pujol, en la que echó la bronca a todos los políticos que estaban ahí?

Cultura es saber comportarte, tomarte una cerveza y charlar
P. La vi, un sainete.
R. Cuando arremetió contra todos ellos con aquel tremendo numerito de arrogancia política se tenían que haber levantado y haberle dicho: “Aquí se queda usted con su discurso de mierda”. Y en vez de eso, aguantaron y cuando todo terminó hubo casi un besamanos que recordaba a algunas escenas de El Padrino. Fue una cosa vergonzosa.
P. ¿Cómo ha vivido, como barcelonés y catalán, la ascendencia y caída de Pujol?
R. Para los que nunca comulgamos con las ruedas de molino del pujolismo, ninguna sorpresa. Nunca fue santo de mi devoción. Y ahora pienso en el catalán patriota, pujolista, nacionalista y de derecha, que se ha hecho la siguiente composición: “Ya no creemos en este hombre, porque en vez de ser fuerte, fue débil y se dejó llevar por la ambición, pero lo que levantó y lo que encarnó sigue vigente”. Claro, es que es un sentimiento, una emoción, eso del nacionalismo, y por lo tanto está por encima de las personas. Cuando la persona ya no sirve, la apartan pero se queda el ideal.
P. Hacer creer a la gente que el nacionalismo no es sólo un vehículo emotivo sino un sistema ideológico como el socialismo, el marxismo o el fascismo, y convertirlo en arma electoral para asaltar el poder: una falacia, ¿no?
R. El delirio identitario, la reafirmación de que yo soy esto y los demás no lo son: eso es el nacionalismo, una cosa irracional que no concibo. Como soy hijo adoptivo, el asunto identitario para mí es muy secundario. Ahora Josep Maria Cuenca se ha empeñado en escribir mi biografía y...
P. Cuente, cuente…
R. Ha indagado sobre mis padres biológicos, pero a mí esto nunca me ha interesado mucho. Para mí, mis padres hasta el final fueron quienes me adoptaron. Pero bueno, Cuenca me ha hecho ver cosas que no sabía, algunas de ellas interesantes. Por ejemplo, en mis ancestros biológicos hemos descubierto que tengo orígenes… chinos. O sea, que soy un catalán con alma medio charnega medio china.
P. Por cierto, ¿queda algo del viejo charnego, materializado en el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa?
R. Muy poco, es un término que ya casi no se oye… la época de las grandes oleadas migratorias del sur acabó. Ahora el charnego es el magrebí. O el paquistaní. O el chino. La Rambla del Raval es árabe. Son ellos quienes pugnan hoy por hacerse un sitio en la sociedad catalana.
P. Viviendo en un país en el que, como España, nadie dimite nunca por nada, ¿no dan como ganas de dimitir de todo?
R. Pero hay que batallar para defender un criterio personal y unos intereses, es decir, hay que estar en la brecha. Entregarse, fatal. Y abandonar, ¿cómo? Emigrando, pero a mí se me ha pasado la edad. Con 20 años es probable que me largara de este país.
P. Bueno, de hecho se largó. A París. Se gastó allí la pasta rápidamente, de la peor manera posible… o puede que de la mejor.
R. Tenía 26. Me la gasté, sí, y volví con la idea de regresar. Entonces trabajaba en un taller de joyería y ya había publicado mi primera novela. Aquello fue, es verdad, más que querer ir a París, querer irme de aquí.
P. Bueno, aquel París debía de tener un poder de seducción…
R. A París te ibas soñando no sólo en que podrías ver las películas que aquí no podías ver o comprarte los libros que aquí estaban prohibidos, sino en que podrías ligar más. Era irse de la España de Franco, que era la hostia. Hoy no es lo mismo, hoy se va el que no tiene trabajo. Entonces sí había trabajo en España. Parados no había. El cabrón de Franco les decía a los empresarios: “No vais a tener huelgas, os lo garantizo… pero no me vais a despedir a un solo trabajador”. Y así era.

viernes, 14 de noviembre de 2014

PRENSA. "El pleito de Cataluña". Santos Juliá

   En "El País":

El pleito de Cataluña

Crónica histórica del viaje desde la autonomía regional a la soberanía nacional


Recogida de firmas por la independencia en Banyoles (Girona), en enero pasado. / CARLES RIBAS
El pleito de Cataluña es la nacionalidad”, afirmó Francesc Cambó en la fiesta de la Unidad Catalana, organizada el 21 de mayo de 1916 en el Palau de la Música de Barcelona para celebrar el triunfo de la Lliga Regionalista en las recientes elecciones legislativas. “Cataluña”, añadió, “sabe lo que es la nacionalidad, tiene conciencia de ella y quiere el derecho a regir su vida. Queremos el régimen de nuestra vida interna, sin odio a nadie, pero con tal intensidad que combatiremos sin tregua todo lo que se oponga a nuestro paso”.
El combate había comenzado alrededor de 30 años antes, cuando una élite de burgueses, profesionales e intelectuales catalanes salió a la palestra negando el supuesto sobre el que los liberales trataron de construir un Estado desde los tiempos de guerra contra el francés: la perfecta adecuación entre Estado unitario y nación española. Y en efecto, ya se mire la prolija Memòria en defensa dels interessos morals i materials de Catalunya, presentada al rey Alfonso XII en febrero de 1885, ya el más breve Missatje a S. M. Donya Cristina de Hausburg-Lorena, Reina Regent d’ Espanya, Comtessa de Barcelona, lo que aquellos catalanes afirmaban no era tanto que España no fuese una nación como que en el mismo Estado del que España era nación existían regiones con rango de nacionalidades. Entre ellas, Cataluña, por una diferencia de lengua, de derecho civil, de cultura, de historia, que se remontaba a la Edad Media, sustrato sobre el que habría de basarse una autonomía, entendida, según lo expresará en marzo de 1892 las Bases per la constitució regional catalana, como soberanía en su gobierno interior.
En la Monarquía: la autonomía integral
Aquellas demandas de autonomía —alimentadas por una ideología historicista, tardorromántica y corporativa, e impulsadas por la protesta contra la unificación del derecho civil, penal y mercantil, contra la división del Estado en provincias y por la defensa de la lengua y del arancel— procedían de fuera del sistema político, de la rica trama de entidades cívicas, culturales y económicas que poblaban Cataluña. Pero a partir de 1898, y como resultado de la crisis moral y política provocada por el Desastre, la Unió Regionalista y el Centre Nacional Català decidieron dar el salto a la política creando en 1901 la Lliga Regionalista y competir, con singular éxito, en elecciones como partido político.
A partir de ese momento, será la Lliga, con Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó como líderes de sus dos principales corrientes, quien defienda una renovada concepción de la autonomía, sostenida en el “hecho diferencial” que proclama a Cataluña única nación de los catalanes y que proyecta a España como Estado llamado a una misión imperial, único camino para devolverle su perdida grandeza.
Cierto, los hechos diferenciales eran múltiples y los catalanistas estaban dispuestos a reconocerlo. En la primera visita del joven rey Alfonso XIII a Barcelona en abril de 1904, Cambó no perdió la ocasión de recordarle la necesidad de una reorganización del Estado que posibilitara el injerto —“ahora difícil, casi imposible”— de todas las autonomías de los “organismos naturales: la región, el municipio y la familia”. Y Prat de la Riba, al presentar en diciembre de 1911 a José Canalejas un proyecto de bases para la constitución de la Mancomunidad catalana, insistirá en que su sentido descentralizador no era exclusivo de Cataluña, sino “aspiración más o menos manifiesta de todas las regiones y provincias de España”.


Lluís Companys (en el centro, con sombrero blanco), con Francesc Macià a su izquierda, durante la jornada electoral del 12 de abril de 1931.
De modo que autonomía de Cataluña y reforma constitucional vinieron a ser la misma cosa. Dos años después de haberse aprobado el Estatuto de la Mancomunidad en marzo de 1914, Francesc Cambó presentaba en el Congreso una nueva propuesta, retomada por la Asamblea de Parlamentarios en 1917 y reiterada un año después, tras su primera experiencia como ministro en un Gobierno presidido por Maura. Era la “autonomía integral” que correspondía a la nacionalidad y que se resumía en la capacidad de los catalanes de regir todo aquello que afectaba a su “vida interna”, o sea, todo lo que no se atribuía expresamente al Estado en el reparto de competencias plebiscitado en las asambleas de los municipios catalanes convocadas por la Mancomunidad. Así reconocida, la autonomía de Cataluña no podía entenderse como separación, sino como acicate a los otros pueblos de España para que siguieran el mismo camino: “Queremos que venga con España, porque sentimos a España como algo nuestro”.
Sin la conmoción mundial de la Gran Guerra, el triunfo de aquellos ideales se presentaba como “tarea larga y pesada”. Pero el momento había llegado y después de atender una llamada de Alfonso XIII —que le prometió la autonomía inmediata a cambio de “provocar un movimiento que distraiga a las masas de cualquier propósito revolucionario”—, Cambó exhortó a los catalanes asegurándoles que había querido Dios “que en nuestra generación esté la suerte de Cataluña”. “La autonomía completa, absoluta, integral” estaba, por fin, al alcance de la mano. De ahí que su frustración fuera profunda cuando Antonio Maura, alarmado ante las nuevas Bases presentadas por la Mancomunidad el 25 de noviembre de 1918 —un Parlamento catalán con dos Cámaras, un Gobierno, un tribunal mixto para dirimir posibles pleitos con otras regiones—, exclamó: “¿Autonomía integral?... No sé lo que es”. “Ustedes”, les dijo, “han delimitado la región amojonando el Estado”. La promesa regia se disolvió aplastada por las ovaciones de los parlamentarios del turno, mientras los diputados y senadores de la minoría catalana abandonaban el Congreso. La autonomía integral moría antes de nacer: “¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!”, exclamará Cambó, mientras el republicano Marcel·lí Domingo, tendiéndole la mano, le prometía que “con la República tendrán todas las regiones la autonomía a que aspiran”.
En la República: la región autónoma
Y la República llegó con el triunfo, en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, de la coalición republicano-socialista en España y de Esquerra Republicana, un partido recién creado, en Cataluña. A las dos menos cuarto del día 14, Lluís Companys salió al balcón principal del Ayuntamiento y proclamó la República Federal Española, solo para que una hora después Francesc Macià le corrigiera la plana declarando la instauración de un “Estat català, que amb tota la cordialitat procurarem integrar a la Federació de Repúbliques Ibèriques”. Tal vez alguien advirtió al viejo líder de la imposibilidad de integrar el Estat català en una entidad inexistente, el caso fue que Macià rectificó su propia corrección y proclamó a la caída de la tarde la “Republica catalana com Estat integrant de la Federació Ibérica”.
La inquietud que estas sucesivas, y algo extravagantes, declaraciones despertaron en el Gobierno provisional de la República movió a su presidente, Niceto Alcalá Zamora —que en 1916 había afirmado que Cataluña era “una región vigorosa, pero no una nacionalidad, ni puede serlo”—, a despachar tres ministros (Domingo, Nicolau y De los Ríos) a Barcelona con objeto de negociar una fórmula de avenencia. La encontraron no en el restablecimiento de la Mancomunidad, disuelta por la dictadura de Primo de Rivera (1925), sino más lejos en el tiempo, en el de la Generalitat como gobierno provisional hasta que se promulgara la Constitución y en el compromiso de presentar como ponencia ante las futuras Cortes Constituyentes el proyecto de estatuto de autonomía que el pueblo catalán y la Generalitat presentara al Congreso de Diputados.
Calmados de esta manera los ánimos, la Comisión Jurídica Asesora, encargada por el Gobierno de preparar un anteproyecto de Constitución, no consideró la posibilidad de un Estat català y desechó la idea de una república federal española, pero reconoció el derecho que asistía a todas aquellas provincias limítrofes, con características históricas, culturales y económicas comunes, a presentar un estatuto de autonomía si así lo decidían. Los miembros de la Comisión pensaban quizá en la demanda de autonomía presentada años antes por la Lliga y reconocían idéntico derecho a todas las provincias que “acordaran organizarse en región autónoma para formar un núcleo político-administrativo dentro del Estado español”. La Constitución de la República vino a reconocer lo que habían repetido todos los catalanistas, monárquicos o republicanos desde hacía 50 años: que la autonomía de Cataluña implicaba proceder a la reestructuración del Estado en regiones autónomas.
Quedaba así despejado el camino para que el Estatuto plebiscitado y presentado por la Generalitat comenzara a ser debatido. Manuel Azaña, presidente del Gobierno, pulverizó las barreras que se habían levantado durante su tramitación recordando que en el siglo XIX vientos universales habían depositado sobre el territorio propicio de Cataluña gérmenes que “habían arraigado y fructificado” hasta constituir “hoy el problema político específico catalán”. El pleito de Cataluña se define así como problema político, que exige una solución política que ya no podía proceder del jacobinismo del siglo anterior, sino del reconocimiento de la diferencia en un estatuto para la región catalana. Luego, como escribió Josep Pijoan, “vendrán otros estatutos, y así, de manera natural, biológica, la Península se federará poco a poco, según corresponde a su variedad”.
La política, sin embargo, acabó por desviar el curso de la naturaleza y de la biología. El Estatuto, promulgado como Ley de la República el 15 de septiembre de 1932, quedó suspendido el 6 de octubre de 1934 a consecuencia de la rebelión de la Generalitat, azuzada en primera instancia por la anulación de la ley de contratos de cultivo por el Tribunal de Garantías Constitucionales y, en última y definitiva, por la entrada de la CEDA en el Gobierno.
El presidente Companys proclamó esta vez el Estat Català de la Republica Federal Espanyola para, acto seguido, rendirse ante el general Domingo Batet y ser encarcelado junto a sus compañeros de insurrección. “Todo se ha perdido, incluso el honor”, escribió el periodista Gaziel al comentar el “desastroso final del primer ensayo autonomista realizado en Cataluña”.
Aunque Gaziel no lo pudiera imaginar en 1934, todavía quedaba mucho que perder. Restablecido tras las elecciones de febrero de 1936, el Estatut fue suspendido por el Gobierno de la República en todo lo relacionado con el orden público tras los días de guerra civil en mayo de 1937 en Barcelona, y en la zona rebelde quedó derogado por el general Franco por Ley de 5 de abril de 1938. Companys, un presidente al que el Gobierno siempre se le escurría entre las manos, recuperó el honor en forma de martirio al ser capturado en París por la Gestapo, entregado a Franco y fusilado en 1940.


El presidente de la Generalitat en el exilio Josep Tarradellas pronuncia su discurso de regreso en la plaza Sant Jaume de Barcelona; fue cuando dijo aquel célebre 'Ja sóc aquí', en octubre de 1977. / EFE
En democracia: nacionalidades y regiones
Que la historia no siempre es maestra de la vida quedó bien demostrado en junio de 1962 cuando en el encuentro de fuerzas políticas del interior y del exilio en Múnich, y tras otro acalorado debate, no hubo manera de llegar a un acuerdo sobre si eran pueblos, regiones o nacionalidades las entidades a las que una futura democracia española debería reconocer la autonomía. El duro enfrentamiento entre catalanistas y democratacristianos presentes en el coloquio solo llegó a una tregua cuando Salvador de Madariaga propuso como fórmula de compromiso “el reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales”.
Unas fórmulas —personalidad, comunidad natural— llamadas a corta vida: desde mediados de la década de 1960, los partidos, grupos y asambleas de oposición a la dictadura recuperaron los viejos términos de nacionalidad y región como mejor expresión de un derecho que en ocasiones llamaban de autonomía y en otras de autodeterminación. Pueblos, nacionalidades y regiones eran, las tres en plural, voces bien arraigadas en los léxicos políticos español y catalán cuando se inicia en 1977 el debate constitucional, y no fue casualidad ni capricho, menos aún delirio, que las tres encontraran su camino hasta verse estampadas en la Constitución: los pueblos de España aparecen en el preámbulo, el pueblo español se presenta en el artículo 1 y las nacionalidades y regiones irrumpen, juntas, en el artículo 2.
Ni pueblos de España ni pueblo español crearon mayor problema, pero la llegada por vez primera de nacionalidades a un texto constitucional levantó una tormenta. Cuando se hizo pública su presencia en el anteproyecto, no faltaron voces templadas, como la de Manuel García Pelayo, que mostró su cautela porque nacionalidad introducía gran incertidumbre sobre el futuro del Estado y porque “formaba parte de la dialéctica de las cosas, no de la fatalidad histórica, que del Estado de nacionalidades se pase a su disgregación en varios Estados nacionales”. Por eso, y porque la cúpula militar tampoco se mostraba muy complacida por la novedad, el artículo 2 pagó con la redundante fórmula de la “indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” la presencia a su vera de nacionalidades y regiones.
En todo caso, nacionalidades y regiones y, con ellas, el principio de generalización de la autonomía y del derecho de cada una a elaborar su propio estatuto, era algo que la oposición lo tenía hablado desde años antes y fue objeto de los acuerdos firmados por Coordinación Democrática con Assemblea de Catalunya y con Consell de Forces Polítiques de Catalunya en sendas reuniones mantenidas en Barcelona el 21 de mayo de 1976. 
De la necesidad urgente de estructurar el Estado en nacionalidades y regiones habló con Adolfo Suárez en enero de 1977 una delegación de la Comisión de los Nueve, formada por Felipe González, Antón Cañellas, Joaquín Satrústegui y Julio Jáuregui. Naturalmente, Jordi Pujol, al hablar de nacionalidad en el pleno del Congreso de 4 de julio de 1978, recordó con orgullo que fue la minoría catalana “la que introdujo en su día ese término [en el proyecto de Constitución] y luego lo ha defendido”. Por todo eso y por la pacífica restauración de la Generalitat de Catalunya, la llegada de los dos términos a la Constitución, tras la frustración de la autonomía integral en 1918 y la liquidación por las armas de la región autónoma 20 años después, se celebró en 1978 como un logro que cerraba un siglo de pleito catalán.
En la crisis: nación soberana
No lo cerró. Al cabo de tres décadas, un programa de construcción nacional, elaborado y ejecutado con recursos públicos desde un poder de Estado como es la Generalitat, ha culminado en la reapertura del pleito de Cataluña sobre otras bases y con otras metas. Al calor del fin de otra guerra, en esta ocasión fría, y del derrumbe del imperio ruso-soviético y la creación de nuevos Estados en Europa, emergió un nuevo proyecto político que podría expresarse como cierre del pleito de nacionalidad, apertura del pleito de nación. Primero fue que la Constitución se había quedado estrecha; luego, que el Estado español no sería plenamente democrático hasta que no se constituyera como plurinacional, siendo cuatro sus naciones: Castilla, Cataluña, Euskadi y Galicia; finalmente, que nación plena exige Estado propio.
El camino a la independencia, soterrado en una semántica plagada de equívocas metáforas, experimentó una formidable aceleración con la última ronda de reformas de estatutos que transformó a regiones en nacionalidades y a nacionalidades en naciones mientras el Tribunal Constitucional sufría el más severo desprestigio de su vida. Culminada la irresponsable ronda poco antes de que se desatara la Gran Depresión, lo ocurrido desde junio de 2011, con el Parlament cercado, los diputados víctimas de escraches y vapuleos y, casi de inmediato, las campañas “España nos roba” y “Expolio fiscal”, las masivas diadas y, en fin, pero no en último lugar, la revelación de la corrupción sistémica sobre la que la familia Pujol-Ferrusola había construido su poder absoluto, ha impulsado al Gobierno de la Generalitat a abrir, no una nueva etapa de esta larga historia, como afirma su presidente, sino un nuevo pleito, de otra naturaleza. La declaración de soberanía en enero de 2013 y la convocatoria de un referéndum por la independencia un año después no miran a la reestructuración del Estado español, sino a su fragmentación en naciones soberanas, cada cual con su Estado unitario.
Que, como resultado del liderazgo errático y aventurero del president Mas, y del mudo esperar y ver del presidente Rajoy, la historia aquí contada no pueda terminar sino con un “el tiempo dirá” dice mucho acerca del imprevisible y, ya para todos, ruinoso desenlace de este nuevo pleito de Cataluña. 

viernes, 28 de marzo de 2014

PRENSA. "Profesores a medida"

   En "El País":

Profesores a medida

Los directores de escuela catalanes podrán elegir a parte de los docentes para ajustar los perfiles a su proyecto educativo

La medida puede mejorar la calidad pero exige controles y transparencia


Una clase del centro escolar Sant Jordi del municipio de Vilassar de Dalt, en Cataluña. / JOAN SÁNCHEZ
Los directores de escuelas e institutos en Cataluña ejercerán de jefes de personal y podrán seleccionar hasta la mitad de su plantilla. El Gobierno catalán aprobó el martes un decreto que da más poder a los directores de centros educativos públicos a la hora de formar su equipo docente, de manera que podrán decidir el perfil de profesor más acorde con su proyecto educativo cuando deban cubrir las vacantes que se generen —ya sea por jubilación, enfermedad, traslado...—. La medida ha abierto una fuerte brecha que coloca a los directores y la Administración a un lado, desde el que defienden la mejora que aportará el poder elegir a los docentes más idóneos en cada caso; al otro lado se sitúan los sindicatos de profesores, que alertan de los riesgos de “enchufismo” y “amiguismo” que puede generar.

“Si un sustituto funciona, ¿por qué no renovarlo?” exige un jefe de centro
Se trata, en todo caso, de una reforma normativa pionera en España, aunque no en Europa, que rompe con la tradicional asignación de plazas a profesores interinos y sustitutos. Actualmente, este colectivo forma parte de una bolsa ordenada sobre todo por los años de experiencia, así que cuando se produce una vacante el que tiene más puntos para ser llamado es el que ha pasado más horas en el aula. El decreto catalán da un vuelco a este sistema y permite escoger a los interinos según su perfil y currículo. “Desarrollamos una nueva política de recursos humanos, de gestión del talento. En la Administración pública hay mucho talento, pero falta el principio de idoneidad, que el mejor aspirante ocupe el puesto donde más se le necesita”, justificó la consejera de Enseñanza, Irene Rigau.
Según la nueva normativa catalana, conocida como “decreto de plantillas” y que se empezará a aplicar el próximo curso, cuando se produzca una vacante el director podrá cubrirla o bien con el sistema tradicional o bien abriendo un proceso de selección. En este caso, enviará la petición a la Generalitat detallando el perfil que necesita y la Administración le propondrá una lista de 20 candidatos de la bolsa de interinos que cumplan los requisitos, sea cual sea su experiencia. El director, entonces, deberá realizar al menos tres entrevistas a aspirantes y adjudicará la plaza.

“El maestro da la calidad. Hay que coger a los mejores”, dice un director
“La calidad educativa la da el profesor en el aula, así que es importante poder seleccionar a los mejores profesores”, sentencia Juanjo Garcia, presidente de la Asociación de Directores de la Educación Pública de Cataluña. Este punto es aplaudido por los expertos y la mayoría de directores, aunque en algunos despierta recelos, como Carme Martínez, que dirige la escuela Artur Martorell de Badalona. “Una cosa es que puedan participar en la selección, pero otra muy diferente es hacerla y poner hasta nombre y apellidos”. La directora considera que “se rompe el principio de igualdad” y ello puede generar una oleada de recursos por parte de los docentes. “Muchos se preguntarán ¿y a mí por qué no me han escogido? Y esto puede ralentizar el proceso, aumentar la burocracia y crear un colapso del sistema”.
A Víctor Córdoba, profesor interino de Educación Física en una escuela de Calonge (Girona), no le gusta nada que se cambie la prioridad en el nombramiento de sustitutos. “Te pueden pasar por delante recién titulados con mención en inglés, aunque estos no tengan experiencia. Pero no todo es titulitis, un profesor también debe saber estar en clase y manejarla y eso consigue pasando horas en el aula” defiende el docente.
La medida afecta solo a los profesores interinos sustitutos, que representan un tercio del total de 64.000 docentes en activo en Cataluña —en toda España los interinos suponen el 10% del total de 664.000—, pero no a los funcionarios, que consiguen su plaza vía oposiciones. Además, existe otra limitación: los directores solo podrán utilizar este método de selección para nombrar hasta el 50% de la plantilla de su centro. Eso sí, este máximo desaparece en las escuelas con más dificultades por su tipología de alumno y ubicación en entornos depauperados.
El colegio Andersen de Vic (Barcelona) es uno de estos centros. Con un 24% del alumnado de origen extranjero, hace ocho años puso en marcha un plan de autonomía para centrar los esfuerzos en proyectos para gestionar la diversidad o fomentar la inclusión del alumnado. “Puedes tener un proyecto, pero a veces te estrellas cuando te encuentras con un profesor sin voluntad o con pocas ganas de trabajar en una línea concreta”, se queja el director Ramon Sitjà.

En Reino Unido o los países nórdicos ya se aplica la contratación abierta de docentes
Pero esta reforma hace años que mantiene a los sindicatos en pie de guerra, ya que el decreto despliega el apartado de la Ley de Educación de Cataluña de 2009 en lo referente a las competencias de los directores. Los sindicatos consideran que crea “un sistema jerárquico”, “arbitrario" en cuanto a la valoración que se hará de la entrevista personal y que fomenta el “amiguismo” y la “digitocracia”. Además, defienden que los puestos de trabajo públicos “deben ser regidos por un control, transparencia y objetividad”.
Los directores y expertos consultados admiten que el riesgo de enchufismo existe, pero contestan que solo si la nueva normativa “se sabe llevar bien funcionará” y, especialmente, si se establecen mecanismos de control y rendición de cuentas, que ya contempla el decreto catalán.
Estos mecanismos son los que aplican los países europeos que han aparcado el funcionariado y donde son los directores los que eligen el profesorado, como Reino Unido, Países Bajos o los países nórdicos, entre otros. Según explica Francesc Pedró, director de desarrollo docente y políticas educativas de la Unesco, en estos países los directores proponen una contratación y la deben justificar. La solicitud es evaluada por una junta (formada por el Gobierno local en los países nórdicos y por toda la comunidad educativa en los anglosajones), aunque también hay rendición de cuentas posterior. “El director vigila lo que hacen los profesores, pero alguien debe mirar qué hace el director”, remacha. “También hay un elemento de tradición cultural. En un país nórdico nadie entrevistaría a un pariente. Hay más cultura de la transparencia y ello reduce amiguismo y nepotismo”, añade.
“Tenemos directores que no dirigen porque no tienen mecanismos reales para gestionar los centros, profesores que no son evaluados ni rinden cuentas y un mecanismo burocrático de asignación del profesorado. Esta es una combinación que contribuye a que los centros se hunda”, resume Mariano Fernández Enguita, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. El experto se alinea con los argumentos de la Generalitat y de los directores para defender la propuesta catalana, en tanto que permite que los directores puedan desarrollar sus planes al contar con el apoyo y la complicidad de su plantilla. “Imaginemos el caso de que un profesor quiera ir por su cuenta, dejando de lado al director. Es como si en una empresa un trabajador fuera a la suya y no siguiera las directrices de sus superiores”, ejemplifica el experto.

Los expertos piden controles para que un centro no se convierta en un cortijo
Algunos directores ven otras bondades al decreto, como el hecho de poder renovar a los interinos que ya trabajan en el centro durante el curso. “Si tienes un sustituto que funciona, que gusta a las familias, ¿por qué no vas a poder pedir que vuelva a la escuela?”, se pregunta Xavier Vidal del colegio L‘Arjau de Vilanova i la Geltrú (Barcelona). En este sentido, Ismael Palacín, presidente de la Fundación Jaume Bofill, especializado en temas educativos, apunta que una de las lacras de la escuela pública es precisamente la rotación de profesorado y considera que si se logra un buen encaje entre direcciones y docentes, se reducirá la movilidad y la rotación.
En tanto que una de las llaves del éxito del sistema está en manos del director, los expertos reclaman que estos sean profesionales bien preparados. “Un simple cambio normativo no genera en los individuos la capacidad para gestionarlo adecuadamente. Así que hay que preguntarse sobre qué capacidades y habilidades tiene el profesor” incide Francesc Pedró. Hacia la senda de la meritocracia se empezó a caminar hace una década, cuando los directores dejaron de ser elegidos por el claustro del profesorado a participar en un concurso de méritos abierto a docentes de otros centros. El proceso incluye la presentación del proyecto educativo por parte del candidato, que es valorado y votado por una comisión formada por la inspección, docentes, la Administración y miembros del Consejo Escolar. 
Este sistema, que a priori presenta muchas bondades fracasó en la Comunidad de Madrid, donde la Administración tenía mayoría en dichas comisiones de valoración. José Antonio Martínez, presidente de la Asociación Estatal de Directores de Instituto pone este caso como ejemplo para alertar de que toda medida con buena intención puede convertirse en un arma de doble filo. “El proceso debe ser muy transparente. No puede ser que a un centro llegue un director y haga su cortijo”, sentencia.

sábado, 8 de febrero de 2014

PRENSA. "Usos y abusos de la historia". Julián Casanova

Julián Casanova

   En "El País":
SIMPOSIO ESPAÑA CONTRA CATALUÑA

Usos y abusos de la historia

Los políticos deforman a menudo la historia para adaptarla a sus propios fines

Hay que evitar buscar los hechos más convenientes para apoyar las ideas de los gobernantes

 11 DIC 2013

La historia es una disciplina compleja y los historiadores un grupo diverso, que toman diferentes caminos y enfoques para aproximarse al material investigado y que pueden interpretar los acontecimientos del pasado, siempre a través de las fuentes disponibles, de forma diferente.
Una cosa, sin embargo, son los análisis y narraciones sobre la historia y otra muy diferente los usos y abusos que se hacen de ella. Las conmemoraciones históricas pagadas por las instituciones políticas suelen ser buenas pruebas de cómo puede utilizarse el pasado para justificar el presente. Los políticos lo hacen a menudo: deforman la historia para adaptarla a sus propios fines. Y lo pueden hacer escogiendo mitos o lugares comunes que explican sus argumentos o distorsionando las pruebas para llegar al fin deseado.
Esa tensión entre la investigación histórica y sus usos políticos ha salido claramente a la luz con toda la polémica sobre el simposio “España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)”, organizado por el Centro de Historia de Cataluña, dependiente del Departamento de Presidencia de la Generalitat. Pese a lo bonita que puede resultar la celebración, no hay un hilo conductor que una aquel pasado de 1714 con el presente, como si la historia de España de los siglos XVIII, XIX y XX hubiera sido una lucha continua de España contra Cataluña y del “pueblo” catalán contra España para mantener sus libertades.
La historia proporciona abundantes ejemplos de lo contrario y si ampliamos el enfoque a una historia social, y no solo política e institucional, donde los obreros y campesinos, clases trabajadoras en general, se constituyen en el principal sujeto histórico, el objeto de estudio “España contra Cataluña” constituye una clara simplificación. Una historia que deje de concentrarse en las vidas y acciones de los dirigentes y preste atención, por el contrario, a amplios segmentos de la población y a las condiciones bajo las que vivían, que desplace el foco de interés desde las élites a las vidas, actividades y experiencias de la mayoría de la población, proporcionaría resultados distintos. No creo, por ejemplo, que la historia del anarquismo, tan presente en la Cataluña contemporánea, sus conflictos, luchas de clases y violencia, las ejecuciones en Montjuic, la organización de grupos de pistoleros por parte de la patronal, el terrorismo anarquista o el anticlericalismo, pueda interpretarse como una historia de España contra Cataluña.
Las declaraciones interesadas sobre la historia, ampliamente difundidas y manipuladas por medios de comunicación de diferente signo, contribuyen a articular una memoria popular sobre determinados hechos del pasado, hitos de la historia, que tiene poco que ver con el estudio cuidadoso de las pruebas disponibles.
Los historiadores debemos contribuir al debate, a la cultura y a la revisión y reconstrucción del pensamiento político y social. Debemos defender el análisis histórico como una herramienta crítica para sacar a la luz las partes ocultas del pasado, lo que otros no quieren recordar. Y aunque el conocimiento del pasado está limitado por las disputas entre historiadores, por los diferentes puntos de vista, por la tensión entre subjetividad y objetividad, lo que debe siempre evitarse es buscar los hechos más convenientes para apoyar las ideas favoritas de los gobernantes. Algo difícil de evitar cuando todo eso se hace y se organiza desde instituciones públicas orientadas por el poder político de turno, en vez desde congresos científicos independientes de ese poder.
Promover una buena educación sobre la historia parece a muchos irrelevante, pero, mientras tanto, las celebraciones oficiales siguen alimentando relatos míticos, simplificados, para consumo popular, a mayor gloria del poder. Por eso solo generan polémicas y fuertes disputas políticas y mediáticas los congresos de historiadores donde está en juego un relato en el que el pasado se hace presente, aunque solo en las partes que cumplen la función deseada. El resto de los congresos, como sabemos muy bien los historiadores, pasan, afortunadamente, visto lo visto, desapercibidos.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza

martes, 31 de diciembre de 2013

PRENSA. "Historia de dos ciudades". José Álvarez Junco

José Álvarez Junco

   En "El País" (29 septiembre 2013):

Historia de dos ciudades

Conforme avanza el siglo XIX, las élites barcelonesas van considerándose más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. Ahora lo que quieren es dejar de pertenecer a España

 29 SEP 2013

Si hay una conclusión dominante que puede extraerse de los miles de libros y artículos dedicados a los nacionalismos, sería que los factores que explican su existencia no son las razas, la religión o la historia. Tampoco los intereses económicos, como quiso el marxismo. Más que burguesía, lo que encontramos tras estos procesos son élites político-intelectuales. No intelectuales en el sentido de grandes creadores de arte o pensamiento sino de personas que manejan y difunden productos culturales y que con ello se ganan la vida o son, o aspiran a ser, funcionarios. Pero sobre lo que quisiera reflexionar aquí hoy es sobre el hecho de que estas élites actúan necesariamente desde centros urbanos, porque es allí donde se crea y difunde la cultura. Allí se reúnen, intercambian ideas, conciben y lanzan su proyecto. La disputa se libra entre ciudades; más precisamente, entre élites urbanas.
Durante milenios, la humanidad ha vivido organizada en reinos o imperios, formas de dominación política dirigidas desde ciudades. No eran todavía naciones, porque no aspiraban a la homogeneidad cultural ni atribuían el poder soberano al pueblo. Al desaparecer en Europa el imperio romano, pareció que las ciudades iban a verse anegadas por un mundo rural regido por grandes señores dedicados a la guerra. Pero los centros urbanos recuperaron su fuerza y consiguieron crecer y rivalizar con los señores feudales. La superioridad de las ciudades fue su concentración de recursos (económicos y coactivos, como explicó Charles Tilly), frente a la fragmentación del poder del feudalismo. Aunque tampoco fueron las sociedades más urbanizadas donde surgió el Estado moderno. Muchas y muy esplendorosas ciudades había en el norte de Italia o en Flandes y, sin embargo, los grandes Estados europeos nacieron en territorios más amplios, dominados por un solo centro, como París, Londres o Madrid. Algunos de los Estados-nación europeos fueron más tardíos por la rivalidad entre varias ciudades, como Berlín y Viena o Roma, Milán y Turín.
En el caso español, hacia 1500 ninguna ciudad dominaba el conjunto de la Península. La zona más rica y poblada, Castilla la Vieja, se componía de una constelación de ciudades laneras (quizás la tercera europea, tras Italia y Flandes) y en el Mediterráneo había otra serie de poderosos núcleos urbanos marítimos y comerciales, como Valencia y Barcelona. Castilla acabó imponiéndose porque, tras su unión con Aragón y la conquista de Granada y Navarra, los monarcas establecieron allí su sede. Alguna razón tienen quienes hablan del “Estado español”, porque lo primero fue el Estado, en el que comenzaron a desarrollarse unas estructuras organizativas propias de un Estado moderno embrionario (tesorería, burocracia, ejército permanente). El sentimiento de nación llegó más tarde, y no sin dificultades. La capital en la que se acabaron estableciendo, Madrid, no era un gran centro agrícola, comercial, industrial o de comunicaciones. Era solo la corte y estaba situada en medio de un páramo, atractivo para los reyes porque había a su alrededor buenos terrenos de caza. Los monarcas, aliados primero con las ciudades frente a los señores feudales y sometiendo luego a aquellas al aplastar la rebelión comunera, consiguieron monopolizar el poder coactivo. Y, como cualquier monarca de la época, se embarcaron en multitud de empresas militares para ampliar sus dominios. Lo mismo hacían los reyes franceses o ingleses, pero con menor capacidad económica, debido a las remesas que los Habsburgo españoles recibían del continente recién descubierto al otro lado del Atlántico. Gracias a eso, esta monarquía logró imponer su supremacía en Europa durante algo más de un siglo. Pero su dedicación a las actividades militares, descuidando la creación de riqueza, acabó debilitándola, arruinando y despoblando sobre todo a Castilla, la región de más recursos y también la más sometida tras haber maniatado a sus Cortes (de ahí que los restantes reinos se resistieran, con razón, a perder sus inmunidades y privilegios). Su hegemonía europea terminó tras la Paz de Westfalia y sería sucedida por la francesa primero y por la británica después.

La ola romántica produjo una idealización del esplendor medieval catalán y nostalgia por su lengua vernácula
Al llegar la era contemporánea, aquella monarquía que estaba dejando de ser un imperio quiso convertirse en una nación. Pero Madrid seguía siendo sobre todo corte, de la que emanaban órdenes principalmente militares, y apenas había crecido como centro productivo. En cambio, una primera industrialización textil se había producido, ya en el XVIII, en torno a Barcelona, que había sido sede de las instituciones representativas oligárquicas del Principado de Cataluña (Corts, Generalitat), por lo que albergaba una añoranza por su autogobierno perdido en 1714 (que nunca fue independencia en el sentido actual del término, pues dependía de la corona de Aragón). Era lógico que a la larga se desarrollara la rivalidad entre esta ciudad y Madrid.
A medida que avanzó el XIX, las élites barcelonesas se fueron viendo a sí mismas como más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. El desequilibrio era innegable. La ola romántica prendió, y no por casualidad, en Barcelona y se produjo una Renaixença, una idealización del esplendor medieval catalán y un sentimiento nostálgico por la lengua vernácula que se veía en extinción. Ya en el último cuarto del siglo, el Colegio de Abogados de Barcelona, para enfrentarse a la codificación, que les obligaría a competir en un mercado más amplio y homogéneo, defendió la singularidad del Derecho catalán, elaborando toda una teoría sobre su esencial incompatibilidad con el castellano, a partir de sus distintas raíces doctrinales (v. al respecto el libro de Stephen Jacobson). Luego vino el folklore, la sardana, la barretina, todo expandido por barceloneses en fervorosas excursiones al campo circundante, donde explicaban a los campesinos cuál debía ser, cuál era, en realidad —aunque no lo supieran—, su manera propia de vestir o de bailar. Joan-Lluis Marfany lo describió en un gran libro. Finalmente, aquel movimiento se presentó en política bajo el rótulo de Lliga Regionalista y la respuesta brutal de algunos militares asaltando sus periódicos provocó la Ley de Jurisdicciones y reforzó el estereotipo de que Cataluña encarnaba el civismo europeo frente a la barbarie de los castellanos.
Esas circunstancias, más que una identidad étnica mantenida sin interrupción a lo largo de un milenio, pueden ayudar a comprender el origen del nacionalismo catalán. Algo no muy distinto —aunque con muchas peculiaridades— ocurrió en el otro foco industrial del país, Bilbao (cuidado, no el País Vasco), que, sintiéndose superior por su riqueza y sus lazos con Inglaterra, lanzó también su órdago frente al dominio madrileño. En otros lugares, como Galicia, pese a tener seguramente mayores motivos para plantear una reivindicación nacionalista —dada su mayor homogeneidad lingüística, sus fronteras bien delimitadas y una situación de atraso que podría haber sido atribuida a la explotación “colonial” de Castilla—, el nacionalismo nunca tuvo tanta fuerza, por razones complejas, pero una de ellas seguramente porque no había una ciudad que fuera el centro, la capital natural; los escasos nacionalistas gallegos, al final, lanzaron sus propuestas desde Madrid o desde Buenos Aires.

Se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta
Hoy, un siglo y pico después de este proceso, las circunstancias han cambiado mucho. Madrid no es ya el poblacho manchego que fue, sino el centro económico del país. Pero los estereotipos se mantienen vivos, porque el éxito de los nacionalismos lanzados desde Barcelona o Bilbao ha sido indiscutible. Por otro lado, en España se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta a la francesa, dominada con claridad por un gran centro urbano con el que ningún otro puede rivalizar. En España hay, al menos, dos ciudades de tamaño y peso económico y cultural perfectamente comparable. Una, Barcelona, es claramente capital española en el mundo de la edición, el deportivo, el turístico. Y sus élites político-culturales, que no pueden soportar más la idea de depender de Madrid, han conseguido convencer a una gran parte de su población de que son diferentes a los españoles y de que lo mejor es, sencillamente, dejar de pertenecer a España.
No pretendo lanzar propuestas para superar la situación actual, sino simplemente introducir un elemento más, la pugna urbana, para ayudar a comprender el problema. Pero la teoría, inevitablemente, insinúa soluciones. Estamos en la era posnacional, en la que el Estado-nación ha dejado de ser soberano en muchos sentidos. No basta con constatar y apoyar ese proceso. También hay que hacer más compleja la organización de lo que queda del Estado. Sería interesante, por ejemplo, plantear una especie de doble capitalidad, o múltiple capitalidad, con instituciones estatales (el Senado, para empezar) situadas en otras ciudades, y con un tratamiento de las lenguas no castellanas como oficiales también del resto de España (en Canadá, Quebec es una minoría, pero el francés es oficial en todo el país).
Aunque me temo que es tarde para todo esto.
José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense, Madrid. Su último libro es Las historias de España (Pons/Crítica).