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miércoles, 7 de octubre de 2015

PRENSA CULTURAL. "Muere Henning Mankell, maestro sueco de la novela negra"

   En "El País":
IMÁGENES: LOUISIANA CHANNEL

El escritor sueco Henning Mankell, maestro de la novela negra nórdica y uno de los narradores más leídos y celebrados de Europa, ha fallecido este lunes en Gotemburgo a la edad de 67 años, según informó su editor sueco, Leonhart. El creador del inspector Wallander padecía un cáncer que le fue diagnosticado en 2014. Un proceso que decidió compartir en el libro Arenas movedizas (Tusquets) y que vivió como un duelo frente a la muerte.
Con los casos del inspector Wallander —que relató en libros todos ellos publicados por Tusquets, su editorial en España, como La falsa pista, Asesinos sin rostro o La quinta mujer—, la novela negra dio un salto enorme, tanto en temas como en lectores. Mankell fue no sólo un gran autor de libros policiacos, sino que, a través de sus relatos, trazó un retrato crítico de la sociedad europea contemporánea. Sus obras tratan temas como la integración de los inmigrantes, la violencia de género o el profundo malestar que se oculta debajo de la aparente perfección de los estados nórdicos.
Sus novelas, normalmente voluminosas aunque se devoran a velocidad de vértigo, han vendido unos 40 millones de ejemplares en todo el mundo. Mankell fue también un importante autor teatral y de libros para niños y su compromiso social fue mucho más allá de la literatura: dirigió durante años el Teatro Nacional de Maputo, Mozambique y el desarrollo de África fue una de sus grandes obsesiones. En total publicó unos 40 libros, que han sido traducidos a cuatro decenas de lenguas.
"Son los otros quienes han inventado que Suecia es una utopía”, señaló en una entrevista con este diario en 2005. “Luchamos contra los mismos problemas que en España o Portugal, con la única excepción de que nosotros nunca hemos tenido una dictadura. En mis libros intento dar una imagen más real de Suecia. Es una de las sociedades más decentes en que se puede vivir".


Mankell, en una imagen del 1 de junio de 2015 en Estocolmo. / TT NEWS AGENCY (REUTERS)

"Wallander y yo no nos parecemos mucho"

En cierta medida, el inspector Kurt Wallander puede ser considerado un alter ego del propio Mankell."Wallander y yo no nos parecemos mucho. Sólo tenemos tres cosas en común: la misma edad, nos gusta la ópera italiana y trabajamos mucho", aseguró en la citada entrevista. Sin embargo, ambos comparten una visión oscura de la sociedad en la que viven, aunque eso no impidió actuar a ninguno de los dos para hacerla mejor. 
El inspector, que fue interpretado por Kenneth Branagh en una de las series de televisión que se inspiraron de sus trabajo, es un trabajador infatigable, que lucha no sólo contra los criminales, sino con el propio sistema, para resolver casos que, al final, demuestran el profundo malestar que late bajo la superficie de Europa.
Las 11 novelas del inspector Wallander, impecablemente traducidas al castellano por Carmen Montes Cano, transcurren en la ciudad sueca de Ystad, cerca de Malmo, en la que organizan recorridos turísticos dedicados al personaje. La serie termina con El hombre inquieto, en la que el inspector se retira y cede el testigo a su hija Linda, que protagoniza la duodécima novela de la serie, Antes de que hiele. En su conjunto, forman un fresco impresionante de la Europa actual, una lectura imprescindible para entender los mecanismos que llevaron al continente a vivir la mayor crisis social y económica desde el final de la II Guerra Mundial.
Aunque no fue el primer autor de novela negra nórdica que cruzó fronteras, sin el gigantesco éxito que alcanzaron sus libros en los años noventa no puede entenderse este fenómeno, que ha llenado las librerías de medio mundo desde entonces. Muchos de los temas que Mankell trataba en los casos del inspector Wallander han ido marcando la agenda europea, por ejemplo la inmigración. Ya en 2008 afirmó en Madrid, con motivo de la entrega del premio Reina Cristina de Suecia, que "la inmigración debía ser un problema asumido por Europa en su conjunto". 
En Arenas movedizas, su último libro editado en España, Mankell creó el arco de su vida a través de varios de los primeros hallazgos que marcaron su existencia personal, colectiva y literaria. El libro es un rompecabezas de historias donde cuenta que los recuerdos infantiles y juveniles le sirvieron para afrontar la enfermedad. “Puede que no me atreviera a pensar en el futuro. Era territorio incierto, minado. Así que volvía continuamente a la infancia”, escribió.
Mankell nació en Estocolmo el 3 de febrero de 1948, aunque pasó gran parte de su infancia en una comunidad rural, Sveg, donde fue trasladado su padre, un magistrado. Fue marino mercante en su adolescencia y empezó su carrera literaria como autor teatral, aunque no comenzó a publicar las novelas de Wallander hasta 1991, cuando tenía 43 años. 
Su compromiso político no se limitó a África: fue un gran defensor de la causa palestina y fue uno de los intelectuales que se encontraban en la flotilla abordada por la marina israelí cuando trataba de romper el bloqueo de Gaza, un ataque que acabó con nueve muertos y decenas de heridos. "Ningún bloqueo de la historia ha perdurado eternamente. Nadie acepta la sumisión. Tarde o temprano, a Israel le ocurrirá lo mismo que al sistema del apartheid en Suráfrica", señaló entonces, en unas declaraciones recogidas por la agencia France Presse. También aplicó ese mismo sentido de la solidaridad al cáncer y escribió varios artículos, de una sobrecogedora sinceridad, sobre su enfermedad y sobre aquellos que padecen el cáncer en soledad.
Según su editorial sueca, Leopard, que fundó el propio Mankell con Dan Israel, el autor murió durante la noche. Le sobreviven su esposa, Eva Bergman (hija de otro nombre universal de la cultura sueca, el cineasta Ingmar Bergman), y su hijo, Jon. "La solidaridad con aquellos que necesitaban ayuda recorre toda su obra y marcó sus acciones hasta el final de sus días", prosigue la nota de la editorial. 

PRENSA CULTURAL. Henning Mankell, "Maestro del 'noir' contemporáneo". Juan Cerezo

Henning Mankell

   En "El País":

Henning Mankell es el gran patriarca de la literatura policiaca escandinava, uno de los maestros de la novela negra contemporánea. En nuestro país su serie protagonizada por Wallander fue pionera en lo que ha acabado siendo una categoría del género criminal: la novela nórdica. Ha vendido más de 40 millones de ejemplares de sus obras en el mundo
Mankell destaca por su infalible capacidad de observación, tanto en cuestiones sociales candentes e incómodas como en los tipos humanos que pueblan sus novelas. Era un gran creador de atmósferas, de la estirpe del mejor Simenon. Y tenía un talento único para crear personajes indelebles, como el protagonista de su serie, Kurt Wallander, el inspector gruñón pero honesto, desastrado pero profesional, solitario pero dotado de certera intuición psicológica para descubrir los secretos que la gente oculta. Es decir, un personaje que, con todos sus problemas personales, es de una humanidad desarmante. Como muchos de los que le rodean o con los que se encuentra. Y por ello sus historias dejan poso, largo recuerdo, porque hablan de dramas humanos de la Europa contemporánea. Como dice en Arenas movedizas, sus emotivas memorias, si los escritores se dividen entre los que iluminan y los que ocultan, él siempre ha perseguido en sus obras desvelar lo que los algunos están empeñados en enterrar o esconder: “Escribir es iluminar con una linterna los rincones de penumbra.”
Autor poliédrico, demostró su talento narrativo no ya en thrillers internacionales, que han sido best sellers globales, como El chinoEl cerebro de Kennedy, sino también en subyugantes historias íntimas y familiares como Profundidades o Zapatos italianos, que tendrá continuación en su recién acabada Botas de lluvia suecas, en su serie africana, con títulos como Comedia infantil o Hijo del viento, en novelas sociales que hablan de inmigración e indocumentados, comoTea Bag, o en sagas femeninas como Daisy Sisters o Un ángel caído.
En buena medida, la validez y credibilidad de sus historias se debió a la coherencia de su actitud cívica, a su compromiso social: pasaba la mitad del año en África (con un pie en la nieve y otro en la arena, solía decir), y dirigía en Maputo (Mozambique) el teatro Nacional Avenida. Montó una editorial con su editor, Leopard, en la que publica a muchos autores del tercer mundo. Participó en la escuadrilla que quiso romper el bloqueo al pueblo palestino. En sus colaboraciones en prensa dejó clara su denuncia de las injusticias y los abusos de una sociedad, la sueca y la occidental, demasiado segura de sí misma y no tan perfecta como nos tranquilizaría pensar.
Juan Cerezo es el editor de Tusquets, sello que edita a Henning Mankell.

miércoles, 29 de abril de 2015

PRENSA. En la muerte del historiador Raymond Carr. "Re-pensar España". Juan Pablo Fusi

   En "El País":
A PROPÓSITO DE RAYMOND CARR

Re-pensar España

El historiador rememora la figura del fallecido hispanista británico


Raymond Carr, en Madrid en 2001. / RICARDO GUTIÉRREZ


La cubierta del primer tomo de memorias (Más de mi vida) del filósofo A. J. Ayer era una fotografía en la que aparecían, sentados en el banco de un jardín de un college de Oxford, Raymond Carr, el propio Ayer y Hugh Trevor-Roper, el historiador en aquel momento (1962) Regius Professor de Historia en Oxford, la máxima posición profesional alcanzable en la universidad británica (puesto, por cierto, que Carr pudo haber alcanzado en 1980). Lo que la fotografía indicaba es que Carr, que en 1962 no había publicado aún ningún libro, que no era doctor —nunca lo fue—, era ya una personalidad distinguida de Oxford y, añado por mi cuenta, una de las más atractivas e interesantes de todas ellas: “Distinguido”, “divertido”, “encantador”, comentaba The Sunday Times en 1980 al analizar las candidaturas a la cátedra citada (cito de la biografía de Carr escrita por María Jesús González, Raymond Carr: la curiosidad del zorro, 2010), si bien el periódico también aludía a la supuesta “frivolidad” de Carr, a su estilo narrativo y a su poco interés en las cuestiones administrativas (lo que no era del todo cierto: Carr dirigió St. Antony’s College de Oxford entre 1968 y 1988, e hizo de éste uno de los centros más dinámicos de la universidad). Añadamos: alto, desgarbado, irónico, excéntrico, escéptico.
Desde que llegó allí como becario en 1938, Carr fue, en efecto, un hombre de Oxford, que entendió al instante lo que Oxford era: socialmente, ingenio, agudeza, originalidad, conversación brillante; historiográficamente, horror a las generalizaciones, jugar con las ideas, iconoclastia, narrativa inteligente. Carr, un hombre de origen modesto (su padre fue profesor en pequeñas escuelas locales del sur de Inglaterra), triunfó en Oxford de forma inmediata y se diría que por una sola razón: por la asombrosa naturalidad con que, en razón de su personalidad (talento, originalidad, ingenio), se instaló en aquel complejísimo y exigente entorno intelectual y en su aún más exclusivista y excluyente entorno social (aristocracia terrateniente, élite social y política, alta burguesía del dinero). Carr escribió en 2010 que él era un social climber —mejor así, en inglés— habituado a vivir en las casas de la aristocracia (su propia mujer, Sara Strickland, con la que casó en 1950, pertenecía a la alta aristocracia británica). Al joven Carr le fascinaron ciertamente Oxford y la aristocracia, aunque miró a ésta siempre con extremada ironía, como a una clase en declive y snob. Pero lo interesante es lo contrario: la fascinación que Carr ejerció sobre los círculos de la aristocracia en los que se integró y, como decía antes, sobre la élite intelectual de Oxford, un Carr que, como observó su amigo el novelista Nicholas Mosley, fue siempre, donde quiera que estuviese, él mismo: irónico, provocador, singular, agudo, informal, desordenado, distinto.

Gracias a su obra, España aparecía no como una excepción o anomalía histórica
“Toda mi vida [solía repetir] ha estado dedicada a España”. Fue en gran parte verdad, aunque su ironía le hiciese decir que su mejor libro era La caza del zorro en Inglaterra(1986), un libro excelente, una evocación nostálgica de la Inglaterra rural, la Inglaterra de la aristocracia terrateniente y de la gentry, la Inglaterra de Trollope y Thomas Hardy, sus novelistas favoritos.
España 1808-1939, su gran libro (se publicó en 1966) fue una obra maestra, irrepetible. Apareció en el momento preciso: España 1808-1939 fue la culminación de lo que otro gran historiador por quien Carr sintió profunda estima, Jover Zamora, llamó “la marcha hacia el siglo XIX”, el giro de la historiografía española hacia el contemporaneísmo, que Jover atribuyó al pionerismo de Pabón, Artola, Seco Serrano y otros historiadores españoles, al decisivo influjo de Vicens Vives, a la creación de departamentos de Historia Contemporánea en 1965, al concurso de historiadores de otras disciplinas (Maravall, Díez del Corral, Anes, Nadal…), al propio hispanismo anglosajón (Brenan, Carr, Thomas, Payne, Jackson) y a la escuela de Pau de Tuñón de Lara.

Alto, irónico, excéntrico, escéptico, Carr triunfó en Oxford por su talento, originalidad e ingenio
Todo lo cual vino a plantear una sola cosa: que fue en el siglo XIX y primeras décadas del XX —no en los visigodos, ni en la España del Cid, ni en la Reconquista, ni en Castilla— donde radicaban las razones últimas del fracaso de España como nación y Estado modernos. La tesis de Carr era que el liberalismo y los liberales españoles contaron con pocas posibilidades de éxito en su proyecto de reforma y modernización de España, porque se enfrentaron con la resistencia al cambio de la derecha tradicional, y con el doctrinarismo irresponsable de la izquierda.
Carr hizo —repito— la obra maestra del contemporaneísmo del siglo XX. Gracias a su obra —como culminación de los estudios españoles y extranjeros sobre España—, España aparecía no como una excepción o anomalía histórica, sino como un país que en el siglo XX tuvo, como herencia del XIX, ante todo tres problemas: un problema de atraso económico, un problema de democracia y un problema de vertebración del Estado.
Carr fue siempre, decía, irónico y escéptico. Atribuía su interés en España a un accidente: a que Brenan no quiso escribir el libro que luego él, Carr, escribió. Decía no tener otra metodología que leer a los clásicos; insistía en el papel que el azar y lo inesperado tenían en la historia. No decía “azar” sino, siempre, “accidente”, quién sabe si como un guiño a la película Accidente, de Joseph Losey, basada en una novela de Nicholas Mosley, cuyos dos protagonistas, espléndidos, son en realidad Carr y el propio Mosley.

viernes, 24 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Muere el escritor Ramiro Pinilla"

   En "El País":

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El escritor Ramiro Pinilla, en su casa de Getxo (vizcaya). / LUIS ALBERTO GARCÍA
El escritor vizcaíno Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923 - Getxo, 2014), decano de los novelistas españoles, ha fallecido hoy a los 91 años, según Tusquets, la editorial en la que venía publicando desde que en 2004 editara la primera parte de su trilogía Verdes valles, colinas rojas. Fue esa saga sobre el mundo vasco, de cerca de 3.000 páginas y que tardó dos décadas en perfilar, la que le relanzó a los 80 años al mundo editorial. Comenzó a escribir a finales de la década de los cincuenta del pasado siglo logrando varios premios por sus trabajos literarios, entre ellos el Nadal, pero no fue hasta el siglo XXI cuando le llegó el reconocimiento de los lectores con su trilogía.
La recomendación del escritor Fernando Aramburu al editor Juan Cerezo de que leyese el manuscrito que le había enviado Ramiro Pinilla fue el primer paso para que sus obras tuviesen un lugar en la literatura española. Escribía con bolígrafo y luego pasaba los textos al ordenador, utilizaba este como si tratase de una máquina de escribir porque ni tan siquiera tenía Internet.
Pasó casi 20 años de su vida tejiendo y desgranando en fichas de cartulina lugares y personajes hasta construir el mundo que rodea Verdes valles, colinas rojas (Tusquets y Círculo de Lectores), la trilogía que forman las novelas La tierra convulsa, Los cuerpos desnudos y Las cenizas del hierro. Precisamente por esta última obra, Ramiro Pinilla logró el Premio Nacional de Narrativa por “haber sido capaz de hacer una epopeya sobre un mundo tan difícil y rico como es el vasco”. Su obra es un monumento a la memoria. Los personajes que pululan por su novela formaban parte de su vida y tanto los vivos como los muertos le permitieron construir un mundo literario diferente.
Pinilla pasó toda su vida en Walden, una casa que lleva el nombre del famoso ensayo estadounidense, publicado en 1854 por Henry David Thoreau, autor al que admiró tanto en el terreno literario como intelectual. Allí, en Getxo, fue donde escribió todas sus obras, a cualquier hora del día o de la noche porque los ratos de insomnio le permitían fabular e imaginar personajes en cualquier momento. “No dejaba descansar su cabeza. En lo último que estaba trabajando era una novela sobre un grupo de personas a las que se les expulsa de la sociedad -artistas, soñadores- y se van todos juntos a vivir una vida alternativa. Le faltaba el final”, señala el editor Juan Cerezo.
El escritor trabajó en varios oficios a lo largo de su vida desde marino mercante a administrativo en una empresa de gas y emprendió muchos negocios, todos ellos ruinosos hasta el punto de que él mismo solía decir que todas sus iniciativas económicas estaban destinadas a perder dinero. En una ocasión se le ocurrió montar un criadero de pollos para vender huevos frescos y resultaba más caro el pienso que lo que se obtenía por sus productos. No era un hombre de lujos y lo más que se permitía era tomar una coca-cola y ver partidos de fútbol. Forofo del Athletic de Bilbao y apasionado del buen fútbol disfrutaba con el juego de la Selección o del Barça. De esa pasión surgió el libro Aquella edad inolvidable.
Toda su ambición la había volcado en la literatura y tenía como asignatura pendiente publicar novelas de género negro. “A mi edad a muchos les da por escribir memorias y a mí lo que me divierte y me hace tremendamente feliz es hacer policíacas”, recuerda el editor que era el comentario de Pinilla sobre sus últimos libros. Este tipo de novelas están ubicadas en su pueblo, Getxo, y para ellas creó un personaje, Sancho Bordaberri, enamorado de los libros, escritor fracasado, feliz con su trabajo en la librería que posee, envenenado por su locura por los clásicos de la novela negra e inquieto buscador de justicia. Este se transforma en el detective Samuel Esparta cuando se viste con gabardina y se coloca un sombrero que le trajo su tío de América. El último libro publicado, Cadáveres en la playa (Tusquets), es el caso más intrigante de un Samuel Esparta ya maduro que mantiene contra viento y marea su peculiar librería en Getxo y recibe en los setenta la visita de una señora, Juana Ezquiaga, que quiere contratarlo para que averigüe la desaparición, mucho tiempo atrás, del que fue su amor de juventud.

Bibliografía

Las ciegas hormigas, 1960.
Seno, 1971.
Recuerda, oh recuerda, 1974.
Primeras historias de la guerra interminable, 1977.
La gran guerra de Doña Toda, 1978.
Andanzas de Txiqui Baskardo, 1980.
Quince años, 1990.
Huesos, 1997.
Verdes valles, colinas rojas -La tierra convulsa, 2004.
Los cuerpos desnudos y Las cenizas del hierro, 2005.
Sólo un muerto más, 2009. Primer caso del detective Samuel Esparta (un crimen que dejó sin resolver en Verdes valles, colinas rojas).
Los cuentos, 2011.
Aquella edad inolvidable, 2012.
El cementerio vacío, 2013.
Cadáveres en la playa, 2014.

jueves, 21 de agosto de 2014

PRENSA. OBITUARIO. "María Telo, la abogada de la igualdad"

   En "El País":
OBITUARIO

María Telo, la abogada de la igualdad

La jurista impulsó durante el franquismo la reforma del Código Civil que acabó con la obediencia de las esposas y con la licencia marital en 1975


La abogada María Telo, en una imagen de 1998. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Una luchadora en una dictadura, una mujer de convicciones. Una abogada que a base de tenacidad logró lo que parecía imposible: mejorar el estatus jurídico de las españolas en el franquismo, liberarlas de la obligación de obedecer al marido y de contar con su permiso para casi todo. Cosas ahora inimaginables, pero que hace menos de 40 años eran ley: hasta mediados de 1975 las casadas ni siquiera podían abrir una cuenta corriente sin permiso del esposo; en muchas cuestiones eran menores de edad casi al 100%. La artífice de estos cambios, María Telo Núñez (Cáceres, 8 de octubre de 1915), murió el pasado 5 de agosto en Madrid. Esta mujer independiente a la que se le metió “entre ceja y ceja cambiar el Código Civil” se fue con la misma discreción con la que vivió, ajena al oropel. La democracia le concedió algún reconocimiento puntual, pero ningún papel relevante. Su candidatura al Tribunal Constitucional, en 1979, cayó en saco roto.
Telo empezó a los 16 años la carrera de Derecho en Salamanca. “Después del ingreso en la universidad, mi vida ya no fue la misma. Al conocer tan directamente la situación jurídica de la mujer dentro del Código Civil, me sentí tan humillada, tan injustamente tratada, tan vilipendiada, tan nada, que ninguna explicación ni histórica, ni jurídica, ni religiosa, ni humana podían convencerme de que yo exageraba”, relataba en su libro Mi lucha por la Igualdad Jurídica de la Mujer (Aranzadi, 2009). Ese título refleja la batalla de toda su vida.
La llegada de la II República, que instauró el sufragio universal femenino y eliminó trabas laborales para las mujeres, fue un soplo de aire para una joven que quería ser notaria, como su padre, y que —según escribió— se situó “en la línea de Clara Campoamor”, la impulsora del derecho al voto de las ciudadanas, a la que trataría años después.
El franquismo, que metió a la mujer en casa, segó las aspiraciones de Telo. No permitió a las españolas ser notarias —ni muchas otras cosas—, pero ella ganó la oposición al Cuerpo Técnico de Administración Civil del Ministerio de Agricultura en 1944 —“no sin fuertes obstáculos, por considerar aquel tribunal que ninguna mujer debía tener acceso”, escribió—. Y luego debió enfrentar el vacío —“se me asfixiaba, se me quería obligar a realizar labores auxiliares”—. En 1952, se dio de alta en el Colegio de Abogados de Madrid. Abrió despacho, uno de los pocos en manos femeninas en la ciudad.
Funcionaria por la mañana, abogada por la tarde —su bufete estaba especializado en derecho de familia y sucesiones—, madre de familia y a todas horas militante por libre de la causa que abrazó toda la vida. Telo puso en pie la Asociación Española de Mujeres Juristas en 1971 —antes se afilió a la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas— y peleó hasta conseguir la entrada de letradas en la Comisión General de Codificación, donde ella participó en la reforma del Código Civil franquista. “Se dedicó en cuerpo y alma. Desde el despacho, enviaba sus propuestas a todos los procuradores de Las Cortes”, recuerda la letrada Consuelo Abril, que debutó como pasante en aquel despacho en 1974. Los cambios que impulsó comenzaron a ser realidad en 1975. También participó en los trabajos de la comisión de codificación sobre el divorcio, aprobado en 1981.
Gracias a la tarea tenaz de Telo —“ha habido años en los que no dormía más de cuatro horas de tanto trabajo”, recordaba ella en este periódico en 2008—, las españolas casadas alcanzaron la plena mayoría de edad jurídica. Pudieron aceptar herencias, abrir cuentas en el banco, trabajar y disponer de su salario sin permiso del marido, ser también cabeza de familia o administrar los bienes gananciales. Grandes pasos que encaminó una mujer de independencia férrea y sin militancia de partido. Quizá eso le privó de una merecida relevancia pública con el regreso de la democracia, pero no la detuvo. Dejó la abogacía con los 80 cumplidos, cuando llevaba mucho tiempo viuda. Hace un lustro sostenía que la plena igualdad entre hombres y mujeres se había alcanzado en el terreno del derecho, pero que en otros campos aún quedaba mucho por hacer.
Se ha ido —con el sueño cumplido de “democratizar la familia” y “sacar a la mujer casada del pozo legal”— una mujer que apenas tiene un par de calles con su nombre, pero que logró mejorar la vida de las demás.

viernes, 27 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "La escritora Ana María Matute muere a los 88 años"

   En "El País":

La escritora Ana María Matute muere a los 88 años

Premio Cervantes en 2010 y académica, fue una de las grandes autoras de la posguerra y ganadora del Nadal y el Planeta


La escritora Ana María Matute, Premio Cervantes 2010, en Barcelona. / JOSEP LAGO (AFP)
La escritora Ana María Matute, premio Cervantes en 2010, académica y una de las grandes autoras de la posguerra, ha fallecido este miércoles en su domicilio de Barcelona a un mes de cumplir 89 años. Hace sólo unos meses, fue la encargada de entregar la última edición del premio Nadal en su ciudad, donde había nacido el 26 de julio de 1925.
La literatura realista, fantástica e infantil fueron las tres vertientes que caracterizaron su obra con un estilo de aparente sencillez que escondía la complejidad del ser humano. Matute acababa de entregar a la editorial Destino su nueva novela: Demonios familiares, prevista para septiembre.
"Su papel fue relevante en la posguerra desde el punto de vista sociológico, por su condición de mujer que jugó un papel importante al abrirse paso en un mundo machista, y literario al reflejar la realidad a través de líneas duras y poéticas con dosis de ironía", asegura Emili Rosales, editor de Destino.
La tercera mujer que ganó el Cervantes fue capaz como pocas, como pocos, de imbricar en su escritura las indispensables dosis de realismo con un irrenunciable hálito de lirismo. Matute llevó a las librerías novelas de la dimensión de Los Abel (1948), Pequeño teatro (1954, premio Planeta), El río (1973), Olvidado Rey Gudú (1996) y Paraíso inhabitado, su última novela. Con Primera memoria había ganado en 1959 el prestigioso Premio Nadal.
La traviesa niña Ana María Matute se portaba mal exprofeso para que su madre, en vez de llamarla por el apelativo familiar de Totitos, gritara su nombre real a más no poder y la encerrara en el cuarto oscuro de la casa. Allí, en la falta de luz más absoluta, aguzaba su imaginación, en la que aparecían sobre todo duendes y reyes y niños encantados amigos de hadas con los que forjaría una de las imaginaciones más potentes de la literatura española de postguerra.
Empezó rápida a sacarle rédito a la riqueza de su mundo interior. Nacida en Barcelona en 1925, a los cinco años recordaba haber escrito ya un relato. Se trataba de un niño que llevaba un vestido muy muy largo y al que un duende ayudaba a ajustar; pero entonces, ya ajustado, el niño crecía y la vestimenta quedaba corta… Su cabeza estaba a punto de estallar con tanta historia de los Andersen, Grimm y Perrault, los grandes clásicos, y con las de las criadas, alas que oía escondida debajo de las tablas de planchar. Por eso a los 17 nacía su primera novela, Pequeño teatro, que tardaría mucho tiempo (algo habitual en su manera de trabajar) en dar por acabada y ver publicada, nada menos que como premio Planeta, en 1954. Era la confirmación de un aviso que dio ya con Los Abel, que aparecía en 1948 y que quedó finalista del premio Nadal.
Marcada especialmente por los recuerdos de las bombas de la Guerra Civil, episodio que reflejó siempre desde la mirada infantil porque quizá nunca tuvo otra, sus problemas matrimoniales (se casó en 1952 con el escritor Eugenio de Goicoechea) marcaron tanto su vida como su obra literaria. En este segundo aspecto, la trayectoria fulgurante de una de las mejores voces de las letras españolas de postguerra, que ya llevaba consigo el bagaje del Premio Café Gijón por Fiesta al noroeste (1952), galardón al que siguieron los Premios Nacional de Literatura Miguel de Cervantes y de la Crítica por Los hijos muertos en 1959 (el mismo año en que consiguió el Nadal por Primera memoria, se frenó. No poder ver a su hijo sólo los sábados y no obtener su custodia hasta que Juan Pablo no alcanzó los 10 años después, lo marcó todo, en especial un proceso de divorcio, algo inaudito en la machista y retrógrada España de los 60. El resultado fue que tomó la decisión de irse a EEUU como lectora. Ello explica que en la Universidad de Boston esté hoy buena parte de su legado literario.

Su vida y su obra estuvieron marcadas por  los recuerdos de las bombas de la Guerra Civil, episodio que reflejó siempre desde la mirada infantil porque quizá nunca tuvo otra, y sus problemas matrimoniales (se casó en 1952 con el escritor Eugenio de Goicoechea)
Fue trampeando su situación personal porque, a pesar de todo, fue una mujer dura, a partir de un intenso compromiso personal en lo moral y en lo profesional, Matute nunca ocultó sus preferencias intelectuales e ideológicas. En una entrevista con este diario realizada el pasado verano, confesaba: "Yo siempre he sido de izquierdas, pero no comprometida con ningún partido. Lo que aspiro es al deseo de justicia y a que no me engañen. Ingenua, inocente, soy, pero tonta, no". También se superó en lo literario y con más éxito del que las circunstancias hacían prever. Así, en 1962 cosechó el Fastenrath de la Academia de la Lengua con Los soldados lloran de noche y en 1965 se alzó con el Premio Nacional de Literatura Infantil Lazarillo por El polizón de Ulises. En los ochenta fue distinguida con el Premio Nacional de Literatura Infantil por Sólo un pie descalzo (1984), tras la que siguió un angustiante silencio motivado por una fuerte depresión de la que no estaba muy alejado el alcohol.
Una fuerza de superación notabilísima, su riqueza interior sin igual y el apoyo de su círculo más cercano, sobre todo de su hijo y del staff de su agencia, Carmen Balcells, hizo que lentamente remontara. El año mágico fue 1996, cuando coincidieron la edición de su majestuoso Olvidado Rey Gudú, bello cuento de hadas que se convirtió en una de sus obras de más éxito y, sin duda, la volvió a poner en primera línea en las librerías, y su elección como miembro de la Real Academia Española de la Lengua para ocupar el sillón “K”, institución en la que ingresó dos años después con un discurso muy de su mundo fantástico, En el bosque. Se convertía así en la tercera mujer en ocupar una silla en la alta cámara de la lengua.
Fue un renacer. Aranmanoth (2000), otra obra de corte medieval y, sobre todo, la edición dos años después de sus Cuentos de infancia, recopilación de nueve cuentos e ilustraciones que Matute escribió cuando tenía entre cinco y catorce año, parecieron quitarle, como ratificó el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2007. Ni su hospitalización, en febrero de 2008 a consecuencia de una fractura de tibia, frenó su ansia escritora, entonces centrada en la hasta ahora su última novela, Paraíso inhabitado. La culminación a todo llegó hace tres años, en 2010, cuando obtuvo el Premio Cervantes. “La Literatura ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas”, reconoció, como gran verdad de su vida, en el discurso de aceptación.

En 1996 volvió a la primera página. Fue el año mágico en que coincidieron la edición de su majestuoso Olvidado Rey Gudú, bello cuento de hadas que se convirtió en una de sus obras de más éxito  y su elección como miembro de la Real Academia Española de la Lengua para ocupar el sillón “K"
Desde entonces fue arrastrando, por culpa de los inevitables achaques de la edad que aun así no le impidieron entregar el pasado enero la última edición del premio Nadal, una nueva novela Demonios familiares, que entregó a su editor, Emili Rosales hace poco y que Destino publicará en septiembre. En verdad, con ella se va uno de los últimos escritores esenciales de los años 40 y 50, en especial mujeres, tras la muerte de autoras como Carmen Laforet, Ana María Moix, Esther Tusquets y Carmen Martín Gaite.
La ya novela póstuma transcurre en 1936, inicio de la Guerra Civil, y está protagonizada por una joven en un mundo de amor, traición y sentimientos confusos. El escenario es una ciudad castellana. Una obra, dice su editor, "en la cual ella trabajó animadamente". Aunque dijera que “nunca ha escrito una sola línea autobiográfica”, la mayor parte de sus obras no estrictamente fantasiosas tiene jirones de su piel y de esas historias que le contaba a Gorogó, su muñeco de tez negra que, pacientemente hasta ayer mismo, fue desde los cinco años el primer receptor de su imaginación ya inmortal.

Así comienza su novela póstuma

“Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad. Al principio se preguntaba quién sería, puesto que hacía muchos años que en la casa no vivía ningún niño. Solo quedaba, en la mesilla de noche de Madre, una fotografía sepia, una sonrisa transparente y errática ?quién sabía ya si de Madre o del niño?, flotando en la noche, como una luciérnaga alada. Ahora sus recuerdos, incluso los tenebrosos fantasmas de la campaña de África, se parecían cada día más a desperdicios, lo que queda, migas de pan en el mantel, de un antiguo festín. Pero su memoria recuperaba una y otra vez la imagen de Fermín, su hermano mayor. Encerrado en su marco de terciopelo malva, vestido de marinero, apoyado en un aro de madera, y siempre niño. Como un fantasma recurrente ?"qué raro, es mi hermano mayor, pero yo tengo más años que él"?, persistía allí, nadie lo había quitado de la mesilla, ni aun cuando Madre ya no estaba, hacía años que él se había casado, había nacido su hija, y Herminia, su mujer, había muerto...”