En "El País":
En el agujero negro del horror
Cincuenta años después, 'Psicosis' muestra el camino que debería haber seguido el cine comercial para cautivar la atención del espectador. El abrumador dominio visual de Hitchcock no tiene herederos
JESÚS MOTA 28/08/2010
Psicosis (Psycho, 1960) es un agujero negro de alta densidad narrativa. Desde el momento en que la cámara entra (¿subrepticiamente?) por la ventana del pequeño apartamento en el que retozan Marion Crane (Janet Leigh armada con un sujetador acorazado) y Sam Loomis (John Gavin, con el torso desnudo; la comparación de atuendos entre Marion y Sam ya asombró al crítico Jean Douchet) el espectador queda invitado a ejercer como voyeur de acontecimientos hipnóticos. Pocos rechazan esa invitación y pocos se resisten a la inmersión plena en las imágenes. La fuerza de la atracción que arrastra al espectador procede de un vórtice endiablado: ha sido convocado como observador privilegiado, los magnificados detalles hiperrealistas (las gafas de sol del policía de carreteras, la cortina de lluvia sobre el automóvil de Marion, el motel trivial con la casa gótica de la colina) le obnubilan y se le conduce (o manipula) mediante señuelos, cebos y trampas. Psicosis esculpió para siempre la fama de embaucador (del espectador, se entiende) de su director.
"La lógica es aburrida", repetía Hitchcock a todo el que quería escucharle. Basta seguir su explicación de Psicosis (parcial, displicente) para caer en la cuenta de que su lógica es la de la manipulación, que sí resulta divertida. Para él desde luego y también para el espectador dispuesto a dejarse marear con provecho, de una trama de amores frustrados a otra de robos, a otra de psicopatología criminal, a otra de horror insondable, sintetizada en el lento plano final de aproximación a Norman Bates, devorado por la conciencia dominante de la madre muerta. Esto es parte de lo que dice de Psicosis a François Truffaut (El cine según Hitchcock): "La construcción de esta película es muy interesante y es mi experiencia más apasionante como juego con el público. Con Psicosis dirigía a los espectadores igual que si tocara el órgano". Nunca una baladronada fue tan literal. Después del arranque, Marion Crane roba 40.000 dólares a un cliente millonario de su oficina, repulsivo en su simpatía de patán; huye con ellos agobiada por el peso de la culpa (y, con ella, el espectador) y acaba en el motel Bates. Allí es asesinada dentro de la ducha por una figura femenina o feminoide, una secuencia justamente considerada como una de las mejores de la historia del cine (y también la más analizada: el rodaje del asesinato duró seis días, se emplearon 70 posiciones de cámara para obtener 45 segundos de película, el cuchillo nunca toca el cuerpo de la asesinada, etcétera); Norman Bates aparece, limpia los rastros del crimen (una secuencia no tan valorada, pero tan brillante como la del crimen) y hunde el coche de Marion, con el cadáver dentro, en una ciénaga cercana. Fin de la primera parte.
La densidad del primer acto procede de la obsesiva atención a los detalles y al brillante ejercicio del montaje. Hitchcock montaba la película en la cabeza, con al menos cinco opciones por secuencia, pero dominaba con distraído virtuosismo la puesta en escena clásica. También era un ferviente partidario de las teorías del director soviético Lev Kulechov; sostenía que era deseable y posible conferir sentido a un filme solo con el montaje. Cortar y pegar. Y con el montaje de los venenosos e interesados detalles atrapa la mirada del espectador y la hunde en la incertidumbre y el miedo. El primer detalle es el extraño rótulo inicial (Phoenix, tres menos diecisiete minutos p.m.) que acompaña a la cámara hasta la sórdida habitación donde acaban de retozar Marion y Sam. "La indicación de la hora -explica un burlón Hitchcock a Truffaut- sugiere que se priva de almorzar para hacer el amor". Inmediatamente clava el cebo en la retina del espectador-mirón: Marion guarda los 40.000 dólares robados en un sobre blanco. Este sobre será el sedal con el que que Hitchcock va arrastrando al espectador hasta el horror del Bates Motel. Igual que el vaso de leche que lleva Cary Grant a Joan Fontaine en Sospecha, el sobre blanco es irresistible para el voyeur. Lo esconde en el bolso, lo oculta cuando un amenazador policía (a sir Alfred no le gustaban los policías) la sorprende durmiendo en el coche en el que huye con el dinero, lo saca nerviosa para pagar el nuevo coche, lo envuelve cuidadosamente en un periódico, a guisa de camuflaje, después de que decide volver a Phoenix y devolver el dinero. Pero toda acción honrada merece un castigo, en este caso con la muerte. El episodio Marion se acaba simbólicamente cuando Norman, después de una rápida y eficiente limpieza del escenario del crimen, repara en el periódico doblado con el dinero entre sus pliegues, lo recoge rápidamente y lo introduce en el coche que será tragado por el pantano.
El primer acto tiene textura de sueño; el segundo se adorna de racionalidad impostada, siempre bajo el peso de la casa de la colina que atrae las miradas de los personajes. La hermana de Marion, Lila Crane (Vera Miles, tan hiperactiva y dominante como con John Ford), quiere saber qué le ha pasado a su hermana. Acude a la tienda de Sam Loomis y ambos se cruzan con el detective Milton Arbogast (Martin Balsam), que investiga la desaparición de los 40.000 dólares. La casa totémica de la colina (el subconsciente en el sótano habitado por la madre muerta, el superyo en la primera planta, donde Norman finge que la señora Bates vive y se traviste en ella) todavía engendrará otro asesinato en una secuencia que confirma la avasalladora capacidad de Hitchcock para la manipulación. Arbogast invade la casa, sube lentamente por la escalera; la cámara le acompaña por delante, en un contrapicado ajustado a la pendiente de las escaleras. De repente, la cámara se sitúa en el ángulo superior del rellano en el que acaba la escalera; de la puerta de la habitación surge como un rayo la figura feminoide y apuñala con saña al sorprendido Arbogast, que se encuentra ya en el último escalón. El detective cae hacia atrás, hacia la muerte. Se sabe que la secuencia, terrible y estridente, más por el braceo angustioso del detective que por la chirriante música diegética de Bernard Herrmann, fue rodada inicialmente por Saul Bass. Cuando Hitchcock vio el copión, ordenó repetirla cambiando la posición de la cámara. En la versión de Bass, la cámara acompañaba a Arbogast por detrás; Hitchcock explicó brevemente el cambio trascendental: "Tal como la rodó Saul, parecía que la amenaza era Arbogast; nosotros [nótese la simbiosis mayestática de Hitchcock más el público al que dirige y con el que se identifica] queríamos señalar que la amenaza estaba al final de la escalera".
Hitchcock era un prestidigitador, pero no hacía trampas. Psicosis es un ejercicio consciente de manipulación, casi un engaño visual fabricado en un laboratorio; pero los detalles obsesivos no engañan. Funcionan como un contrapunto a la urdimbre semionírica del filme e informan al espectador de la auténtica naturaleza del terror oculto en la casa: ¿no es sospechosa la rapidez con que aparece Norman o la eficiencia con que limpia la escena del crimen?, ¿qué significa esa sonrisa ensimismada mientras contempla la inmersión del automóvil con el cadáver de Marion y el dinero? Norman se contonea ostensiblemente mientras se aproxima a la escalera, revelando así su naturaleza femenina; Norman y Marion sostienen una conversación crucial, que irónicamente convencerá a la ladrona de que debe volver a Phoenix y hacer frente a su delito, bajo la mirada muerta de los pájaros disecados; Hitchcock pasea la cámara por la habitación vacía de la señora Bates, un mundo sórdido, pero cuidado como una estampa de época, y araña la vista del espectador con el hueco ominoso que deja la señora Bates en la cama para sugerir el peso de su ausencia, más que el de su criminal presencia; o el mirón Norman atisbando el baño de Marion, mediando entre el mirón espectador y la chica que va a ser asesinada.
Cierto, la explicación del doctor Richmond sobre la esquizofrenia de Norman y el dominio asfixiante de la personalidad materna, está forzada hasta el didactismo de manual. Pero también es un truco de profesional; la pedagogía académica queda en ridículo, fácilmente arruinada, por el terror de la mirada muerta de Norman, envuelto en una manta, que se declara incapaz de matar una mosca.
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lunes, 30 de agosto de 2010
sábado, 28 de agosto de 2010
PRENSA. 28 agosto 2010
En "El País":
1. Vender bosque nos empobrece. Reportaje de Rafael Méndez. El plan de Reino Unido de privatizar parques tiene una réplica en España; la idea de lanzar una desamortización antidéficit - El Gobierno y el sector no la creen rentable porque el mercado nunca pagará el valor real - ¿Cuál es el precio de la biodiversidad?
2. La ONU cree que Ruanda cometió genocidio contra los hutus en Congo. Por Isabel Ferrer. Un informe señala que miles de civiles fueron asesinados a partir de 1996.
3. La difícil situación de los gitanos. Artículo de George Soros, presidente de Soros Fund Management. © Project Syndicate, 2010. Traducido por Carlos Manzano.
4. En el agujero negro del horror. Artículo de Jesús Mota. Cincuenta años después, 'Psicosis' muestra el camino que debería haber seguido el cine comercial para cautivar la atención del espectador. El abrumador dominio visual de Hitchcock no tiene herederos.
1. Vender bosque nos empobrece. Reportaje de Rafael Méndez. El plan de Reino Unido de privatizar parques tiene una réplica en España; la idea de lanzar una desamortización antidéficit - El Gobierno y el sector no la creen rentable porque el mercado nunca pagará el valor real - ¿Cuál es el precio de la biodiversidad?
2. La ONU cree que Ruanda cometió genocidio contra los hutus en Congo. Por Isabel Ferrer. Un informe señala que miles de civiles fueron asesinados a partir de 1996.
3. La difícil situación de los gitanos. Artículo de George Soros, presidente de Soros Fund Management. © Project Syndicate, 2010. Traducido por Carlos Manzano.
4. En el agujero negro del horror. Artículo de Jesús Mota. Cincuenta años después, 'Psicosis' muestra el camino que debería haber seguido el cine comercial para cautivar la atención del espectador. El abrumador dominio visual de Hitchcock no tiene herederos.
miércoles, 16 de junio de 2010
CINE SIGLO XX. "Psicosis", de Alfred Hitchcock
Hoy se cumplen 50 años del estreno de Psicosis, de Alfred Hithcock. Podemos ver un breve tráiler (en inglés):
viernes, 23 de abril de 2010
PRENSA. CINE. "El hombre que sabía demasiado", por Carlos Boyero
En "El País":
El hombre que sabía demasiado
CARLOS BOYERO 23/04/2010
El más profundo y temible investigador de las tinieblas, el hombre adiposo que hubiera cambiado su talento por tener la apariencia de Cary Grant, el artista cuya mayor preocupación era el resultado económico de sus criaturas se largó de este mundo hace 30 años. Un 29 de abril, en primavera. Pero su cine se disfruta más en invierno, lo relacionas con la noche, con el insomnio y la pesadilla, con la geografía física y emocional en la que mejor se desenvuelven los monstruos.
Cuentan sus biógrafos más penetrantes, incluido el denso y complejo retrato que le dedicó Donald Spoto, que en la personalidad del gran showman había más sombras que luces. Algo transparente observando su afición al tenebrismo, a que los villanos sean infinitamente más cautivadores que los buenos, al jugueteo perverso con las emociones del mirón, a su capacidad para fijar imágenes intemporales en su retina y castigarse con sensaciones desasosegantes. En mi caso, Hitchcock ha logrado desde la primera vez que disfruté y sufrí Los pájaros que nunca me vuelva a fiar de animalitos tan inofensivos, que cierre las ventanas cuando se congrega un grupo de pajaritos en la terraza de mi casa, o que se me acabe la ensoñación ante un paisaje idílico y salga de irracional estampida al percibir que unos cuantos de esta especie se han empeñado en hacerme compañía. Por si acaso. Cualquier persona medianamente sensata que haya visto al travestido Norman Bates en Psicosis sabe que en soledad o acompañado es aconsejable cerrar con llave o pestillo la puerta del cuarto de baño. Por si acaso. Esas sensaciones no solo están relacionadas con el miedo. Los que no saben ni quieren resignarse a la pérdida del ser más amado pueden entender cristalinamente el estado sonámbulo de James Stewart en Vértigo, la inconsolable desolación de ese tipo que vaga por San Francisco con la expresión alucinada de un niño perdido. También conviene huir como del demonio cuando un encantador extraño intenta establecer comunicación contigo en un tren. Puede enredarte en un juego macabro para asesinar cada uno a la mujer del otro. Tampoco hay que concertar una cita en un lugar campestre en el que estés a la intemperie, ya que el monstruo que pretende devorarte puede atacarte desde el aire con un disfraz de avioneta fumigadora.
Nadie ha sabido contar mejor que él una historia o una secuencia sin necesidad de recurrir a la palabra. Su cámara poseía un lenguaje incomparable, era cine puro y duro. El gran experimentador hubiera disfrutado con el progreso de los efectos especiales, con los retos técnicos, con las virguerías digitales, pero a condición de tener un material tan sólido como turbio que desarrollar, suspense dosificado, atmósfera. Era el rey haciendo complicados movimientos de cámara, pero también en plano y contraplano. Siempre con un propósito, el de convencernos sin esfuerzo de que el cine puede ser el mayor espectáculo del mundo.
El malicioso y divertido William Goldman mantiene la teoría de que Hitchcock fue un director genial hasta que Truffaut le convenció de que todo en su obra guardaba relación, de que había creado un universo con sello intransferible. A fuerza de insistirle, la vanidad del que solo se consideraba un notable artesano acabó convenciéndose de que era un artista con claves. A partir de entonces su expresividad se amaneró y hacía cine pensando en la opinión de los críticos. Es algo tan mordaz como inexacto. A Hitchcock solo le interesaba el público de cualquier parte. Estaba convencido de que lo único imperdonable era aburrirle. Misión cumplida. Te sigue perturbando, conmoviendo, admirando.
Ahora, un pequeño tráiler de Los pájaros:
El hombre que sabía demasiado
CARLOS BOYERO 23/04/2010
El más profundo y temible investigador de las tinieblas, el hombre adiposo que hubiera cambiado su talento por tener la apariencia de Cary Grant, el artista cuya mayor preocupación era el resultado económico de sus criaturas se largó de este mundo hace 30 años. Un 29 de abril, en primavera. Pero su cine se disfruta más en invierno, lo relacionas con la noche, con el insomnio y la pesadilla, con la geografía física y emocional en la que mejor se desenvuelven los monstruos.
Cuentan sus biógrafos más penetrantes, incluido el denso y complejo retrato que le dedicó Donald Spoto, que en la personalidad del gran showman había más sombras que luces. Algo transparente observando su afición al tenebrismo, a que los villanos sean infinitamente más cautivadores que los buenos, al jugueteo perverso con las emociones del mirón, a su capacidad para fijar imágenes intemporales en su retina y castigarse con sensaciones desasosegantes. En mi caso, Hitchcock ha logrado desde la primera vez que disfruté y sufrí Los pájaros que nunca me vuelva a fiar de animalitos tan inofensivos, que cierre las ventanas cuando se congrega un grupo de pajaritos en la terraza de mi casa, o que se me acabe la ensoñación ante un paisaje idílico y salga de irracional estampida al percibir que unos cuantos de esta especie se han empeñado en hacerme compañía. Por si acaso. Cualquier persona medianamente sensata que haya visto al travestido Norman Bates en Psicosis sabe que en soledad o acompañado es aconsejable cerrar con llave o pestillo la puerta del cuarto de baño. Por si acaso. Esas sensaciones no solo están relacionadas con el miedo. Los que no saben ni quieren resignarse a la pérdida del ser más amado pueden entender cristalinamente el estado sonámbulo de James Stewart en Vértigo, la inconsolable desolación de ese tipo que vaga por San Francisco con la expresión alucinada de un niño perdido. También conviene huir como del demonio cuando un encantador extraño intenta establecer comunicación contigo en un tren. Puede enredarte en un juego macabro para asesinar cada uno a la mujer del otro. Tampoco hay que concertar una cita en un lugar campestre en el que estés a la intemperie, ya que el monstruo que pretende devorarte puede atacarte desde el aire con un disfraz de avioneta fumigadora.
Nadie ha sabido contar mejor que él una historia o una secuencia sin necesidad de recurrir a la palabra. Su cámara poseía un lenguaje incomparable, era cine puro y duro. El gran experimentador hubiera disfrutado con el progreso de los efectos especiales, con los retos técnicos, con las virguerías digitales, pero a condición de tener un material tan sólido como turbio que desarrollar, suspense dosificado, atmósfera. Era el rey haciendo complicados movimientos de cámara, pero también en plano y contraplano. Siempre con un propósito, el de convencernos sin esfuerzo de que el cine puede ser el mayor espectáculo del mundo.
El malicioso y divertido William Goldman mantiene la teoría de que Hitchcock fue un director genial hasta que Truffaut le convenció de que todo en su obra guardaba relación, de que había creado un universo con sello intransferible. A fuerza de insistirle, la vanidad del que solo se consideraba un notable artesano acabó convenciéndose de que era un artista con claves. A partir de entonces su expresividad se amaneró y hacía cine pensando en la opinión de los críticos. Es algo tan mordaz como inexacto. A Hitchcock solo le interesaba el público de cualquier parte. Estaba convencido de que lo único imperdonable era aburrirle. Misión cumplida. Te sigue perturbando, conmoviendo, admirando.
Ahora, un pequeño tráiler de Los pájaros:
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