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jueves, 16 de diciembre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Un viejo que leía novelas de amor", de Luis Sepúlveda

Luis Sepúlveda

Un viejo que leía novelas de amor
Capítulo primero

   El cielo era una inflada panza de burro colgando amenazante a escasos palmos de las cabezas. El viento tibio y pegajoso barría algunas hojas sueltas y sacudía con violencia los bananos raquíticos que adornaban el frontis de la alcaldía.
   Los pocos habitantes de El Idilio más un puñado de aventureros llegados de las cercanías se congregaban en el muelle, esperando turno para sentarse en el sillón portátil del doctor Rubicundo Loachamín, el dentista, que mitigaba los dolores de sus pacientes mediante una curiosa suerte de anestesia oral.
   -¿Te duele? -preguntaba.
   Los pacientes, aferrándose a los costados del sillón, respondían abriendo desmesuradamente los ojos y sudando a mares.
   Algunos pretendían retirar de sus bocas las manos insolentes del dentista y responderle con la justa puteada, pero sus intenciones chocaban con los brazos fuertes y con la voz autoritaria del odontólogo.
   -¡Quieto, carajo! ¡Quita las manos! Ya sé que duele. ¿Y de quién es la culpa? ¿A ver? ¿Mía? ¡Del Gobierno! Métetelo bien en la mollera. El Gobierno tiene la culpa de que tengas los dientes podridos. El Gobierno es culpable de que te duela.
   Los afligidos asentían entonces cerrando los ojos o con leves movimientos de cabeza.
   El doctor Loachamín odiaba al Gobierno. A todos y a cualquier Gobierno. Hijo ilegítimo de un emigrante ibérico, heredó de él una tremenda bronca a todo cuanto sonara a autoridad, pero los motivos de aquel odio se le extraviaron en alguna juerga de juventud, de tal manera que sus monsergas de ácrata se transformaron en una especie de verruga moral que lo hacía simpático.
   Vociferaba contra los Gobiernos de turno de la misma manera como lo hacía contra los gringos llegados a veces desde las instalaciones petroleras del Coca, impúdicos extraños que fotografiaban sin permiso las bocas abiertas de sus pacientes.
   Muy cerca, la breve tripulación del Sucre cargaba racimos de banano verde y costales de café en grano.
   A un costado del muelle se amontonaban las cajas de cerveza, de aguardiente Frontera, de sal, y las bombonas de gas que temprano habían desembarcado.
   El Sucre zarparía en cuanto el dentista terminase de arreglar quijadas, navegaría remontando las aguas del río Nangaritza para desembocar más tarde en el Zamora, y luego de cuatro días de lenta navegación arribaría al puerto fluvial de El Dorado.
   El barco, antigua caja flotante movida por la decisión de su patrón mecánico, por el esfuerzo de dos hombres fornidos que componían la tripulación y por la voluntad tísica de un viejo motor diésel, no regresaría hasta pasada la estación de las lluvias que se anunciaba en el cielo encapotado.
   El doctor Rubicundo Loachamín visitaba El Idilio dos veces al año, tal como lo hacía el empleado de Correos, que raramente llevó correspondencia para algún habitante. De su maletín gastado sólo aparecían papeles oficiales destinados al alcalde, o los retratos graves y descoloridos por la humedad de los gobernantes de turno.
   Las gentes esperaban la llegada del barco sin otras esperanzas que ver renovadas sus provisiones de sal, gas, cerveza y aguardiente, pero al dentista lo recibían con alivio, sobre todo los sobrevivientes de la malaria cansados de escupir restos de dentadura y deseosos de tener la boca limpia de astillas, para probarse una de las prótesis ordenadas sobre un tapete morado de indiscutible aire cardenalicio.
   Despotricando contra el Gobierno, el dentista les limpiaba las encías de los últimos restos de dientes y enseguida les ordenaba hacer un buche con aguardiente.
   -Bueno, veamos. ¿Cómo te va ésta?
   -Me aprieta. No puedo cerrar la boca.
   -¡Joder! Qué tipos tan delicados. A ver, pruébate otra.
   -Me viene suelta. Se me va a caer si estornudo.
   -Y para qué te resfrías, pendejo. Abre la boca.
   Y le obedecían.
   Luego de probarse diferentes dentaduras encontraban la más cómoda y discutían el precio, mientras el dentista desinfectaba las restantes sumergiéndolas en una marmita con cloro hervido.
   El sillón portátil del doctor Rubicundo Loachamín era toda una institución para los habitantes de las riberas de los ríos Zamora, Yacuambi y Nangaritza.
   En realidad, se trataba de un antiguo sillón de barbero con el pedestal y los bordes esmaltados de blanco. El sillón portátil precisaba de la fortaleza del patrón y de los tripulantes del Sucre para alzarlo, y se asentaba apernado sobre una tarima de un metro cuadrado que el dentista llamaba "la consulta".
   -En la consulta mando yo, carajo. Aquí se hace lo que yo digo. Cuando baje pueden llamarme sacamuelas, hurgahocicos, palpalenguas, o como se les antoje, y hasta es posible que les acepte un trago.
   Quienes esperaban turno mostraban caras de padecimiento extremo, y los que pasaban por las pinzas extractoras tampoco tenían mejor semblante.
   Los únicos personajes sonrientes en las cercanías de la consulta eran los jíbaros mirando acuclillados.
   Los jíbaros. Indígenas rechazados por su propio pueblo, el shuar, por considerarlos envilecidos y degenerados con las costumbres de los "apaches", de los blancos.
   Los jíbaros, vestidos con harapos de blanco, aceptaban sin protestas el mote-nombre endilgado por los conquistadores españoles.
   Había una enorme diferencia entre un shuar altivo y orgulloso, conocedor de las secretas regiones amazónicas, y un jíbaro, como los que se reunían en el muelle de El Idilio esperando por un resto de alcohol.
   Los jíbaros sonreían mostrando sus dientes puntudos, afilados con piedras de río.
   -¿Y ustedes? ¿Qué diablos miran? Algún día van a caer en mis manos, macacos -los amenazaba el dentista.
   Al sentirse aludidos los jíbaros respondían dichosos.
   -Jíbaro buenos dientes teniendo. Jíbaro mucha carne de mono comiendo.
   A veces, un paciente lanzaba un alarido que espantaba los pájaros, y alejaba las pinzas de un manotazo llevando la mano libre hasta la empuñadura del machete.
   -Compórtate como hombre, cojudo. Ya sé que duele y te he dicho de quién es la culpa. ¡Qué me vienes a mí con bravatas! Siéntate tranquilo y demuestra que tienes bien puestos los huevos.
   -Es que me está sacando el alma, doctor. Déjeme echar un trago primero.
   El dentista suspiró luego de atender al último sufriente. Envolvió las prótesis que no encontraron interesados en el tapete cardenalicio, y mientras desinfectaba los instrumentos vio pasar la canoa de un shuar.
   El indígena remaba parejo, de pie, en la popa de la delgada embarcación. Al llegar junto al Sucre dio un par de paletadas que lo pegaron al barco.
   Por la borda asomó la figura aburrida del patrón. El shuar le explicaba algo gesticulando con todo el cuerpo y escupiendo constantemente.
   El dentista terminó de secar los instrumentos y los acomodó en un estuche de cuero. Enseguida tomó el recipiente con los dientes sacados y los arrojó al agua.
   El patrón y el shuar pasaron por su lado rumbo a la alcaldía.
   -Tenemos que esperar, doctor. Traen a un gringo muerto.
   No le agradó la nueva. El Sucre era un armatoste incómodo, sobre todo durante los viajes de regreso, recargado de banano verde y café tardío, semipodrido, en los costales.
   Si se largaba a llover antes de tiempo, cosa que al parecer ocurriría ya que el barco navegaba con una semana de retraso a causa de diversas averías, entonces debían cobijar carga, pasajeros y tripulación bajo una lona, sin espacio para colgar las hamacas, y si a todo ello se sumaba un muerto el viaje sería doblemente incómodo.
   El dentista ayudó a subir a bordo el sillón portátil y enseguida caminó hasta un extremo del muelle. Ahí lo esperaba Antonio José Bolívar Proaño, un viejo de cuerpo correoso al que parecía no importarle el cargar con tanto nombre de prócer.
   -¿Todavía no te mueres, Antonio José Bolívar?
   Antes de responder, el viejo se olió los sobacos.
   -Parece que no. Todavía no apesto. ¿Y usted?

lunes, 25 de octubre de 2010

PRENSA. 25 octubre 2010

En "El País":

1. Vidas. Columna de David Trueba.

2. Los perdedores toman la palabra. Reportaje de Luis Medina. En 'Historias de aquí y allá', el escritor chileno Luis Sepúlveda reflexiona sobre la derrota, el perdón y el olvido, y da las claves para entender su obra.

3. El ciberacoso se ceba con el adolescente. Reportaje de David Alandete. La violencia contra homosexuales, mujeres o discapacitados en la Red cuestiona si hay instrumentos legales para enfrentarse al fenómeno.

4. "Hay millones de prisioneros de la pobreza". Entrevista a Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional. Por Óscar Gutiérrez.

5. Constitucionalidad del matrimonio homosexual. Artículo de Fernando Grande-Marlaska Gómez, magistrado; y Marta del Pozo Pérez, profesora contratada y doctora de Derecho Procesal de la Universidad de Salamanca.

6. Lección para Afganistán. Análisis de Sabrina Tavernise (NYT), sobre los archivos de la guerra de Irak difundidos por Wikileaks.

miércoles, 12 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA. "Todas las preguntas tienen sus respuestas", relato de Luis Sepúlveda


(Luis Sepúlveda, fotografiado por Gorka Lejarcegi)


En la Revista de verano de "El País", relato de Luis Sepúlveda: TODAS LAS PREGUNTAS TIENEN SUS RESPUESTAS:


Desde su atalaya de salvavidas lo vio entrar al agua, oyó esa voz odiada exclamando que estaba fría y, lo peor, la otra voz, la inolvidable, resistente a la juerga para olvidar y a la resaca que la confirmaba como lo mejor de su memoria. Ella lo animaba entre risas para que nadara hasta la balsa y prometía seguirlo.
Protegido por la impunidad de las gafas de sol giró la cabeza y la buscó en la playa. Ahí estaba, bella como siempre o más hermosa que nunca, con esa piel color miel que hacía del sol un monógamo ardiente cuyos rayos eran sólo para ella. Se mordió el labio inferior y volvió a mirar a los bañistas.
El hombre en el agua daba las primeras brazadas, nada bien, acompasadamente, sabía medir su fuerza y recordó que así lo había visto por última vez, alejándose mientras él intentaba liberarse de la red que se le había enredado en las piernas. El muy cabrón ignoró sus llamadas de ayuda y cuando la zódiac de la pasma llegó hasta donde estaba, lo encontraron flotando asido a un bulto de costo envuelto en hule negro.
Durante varios años fueron dos colegas que se sentaban en la arena al anochecer y esperaban los destellos convenidos que les llegaban desde el mar. Entonces se metían al agua y nadaban codo a codo hasta los bultos de costo que otros hombres dejaban flotando a la deriva y se alejaban en sus veloces lanchones. Sin que mediaran palabras o contrato, habían sido leales el uno al otro, y en los dos largos años que estuvo en chirona no dejó de pensar si él no habría actuado de la misma manera. Era una duda que dolía, porque no tenía respuesta.
Nadaba bien el hombre, sus brazos vigorosos hendían el agua, pero cuando le faltaban unos diez metros para alcanzar la balsa vio que perdía el compás de las brazadas. Pensó que tal vez era cansancio, las noches de juerga pasan factura, y ella sabía hundir a su hombre en el mejor cansancio, en la más dulce fatiga.
El grito de auxilio hizo que los bañistas salieran apresuradamente del agua. Fue un grito breve, y desde su atalaya lo vio manotear, hundirse, salir de nuevo a la superficie con el rostro desencajado de pánico, y vio también las caras angustiadas de los bañistas que lo miraban suplicantes, indicándole que era el único dios capaz de hacer el milagro de salvar a ese desdichado. Y ella también lo miraba, con sus hermosos ojos color mar anegados de lágrimas parecía pedirle perdón por algo que no podía perdonar.
Se incorporó, giró el cuerpo, bajó el pie izquierdo hasta tocar el primer peldaño y, entonces, lo más cercano al placer sacudió su cuerpo mientras la planta del pie resbalaba, enseguida la pierna hasta la rodilla entraba en el rectángulo de aire que había entre la plataforma y el primer peldaño, y su cuerpo caía hacía atrás entre los gritos de los bañistas.
Quedó colgando boca abajo, algunos gritaban que se había roto la pierna, otros se encargaron de sacarlo de esa posición absurda y lo tendieron en la arena.
En los ojos de la mujer no vio ni amor ni odio, pero sí la respuesta a la pregunta que se había hecho tantas veces en los largos años de cárcel.


Luis Sepúlveda es autor de La sombra de lo que fuimos (Espasa).

lunes, 13 de abril de 2009

BIBLIOTECA. "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar", de Luis Sepúlveda


La historia del chileno Luis Sepúlveda lleva como subtítulo Una novela para jóvenes de 8 a 88 años.

Así dice la contracubierta:
Luis Sepúlveda prometió un día a sus hijos escribir una historia sobre lo mal que gestionamos los humanos nuestro entorno, lesionando la naturaleza y lesionándonos a nosotros mismos. Así nació esta historia, que cuenta las aventuras de Zorbas, un gato "grande, negro y gordo", cuyo inquebrantable sentido del honor le conduce un día a comprometerse a criar un polluelo de gaviota. La madre, una hermosa gaviota, atrapada por una ola de petróleo vertido en el mar por un buque varado, le deja en prenda a Zorbas, justo antes de morir, el huevo que acaba de poner. Zorbas, que es gato de palabra, cumplirá sus dos promesas: no sólo criará al polluelo, sino que le enseñará a volar. Los amigos de Zorbas, Secretario, Sabelotodo, Barlovento y Colonello, le ayudarán en una tarea que, como se verá, no es tan fácil como parece, y menos para una banda de gatos acostumbrados a hacer frente a la dura vida en un puerto como el de Hamburgo que a ejercer de padres de una cría de gaviota...

Editado por Tusquets, en su colección Andanzas, está ilustrado por Miles Hyman, tiene 138 páginas y hay 13 ejemplares en la BIBLIOTECA.