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lunes, 25 de enero de 2016

NOVELA HISTÓRICA. "Un día en la vida del imperio de Trajano". Santiago Posteguillo

   En "El País":

Un día en la vida del imperio de Trajano

Viaje en el tiempo para conocer la leyenda del emperador hispano


 ENE 2016   SANTIAGO POSTEGUILLO
Marco Ulpio Trajano nunca concibió el fracaso. Sometidas Armenia y Mesopotamia a la autoridad romana, el emperador de origen hispano continúa imparable la conquista de Oriente. Es el año 115 después de Cristo. Sus fieles confían en la campaña de expansión, pero los opositores temen una derrota ante los partos. El autor de una saga superventas sobre Trajano recrea una jornada de aquellos tiempos legendarios.

Magna obra. El Foro de Trajano fue el último de los foros imperiales.
Magna obra. El Foro de Trajano fue el último de los foros imperiales.  Corbis

Roma, noviembre de 115 después de Cristo. En las tabernas del puerto fluvial no se habla de otra cosa: el emperador Trajano ha vuelto a cruzar el Éufrates y se dirige al Tigris.
–¡Nadie es capaz de detener al César! –afirma con rotundidad un veterano de las guerras de la Dacia golpeando con su copa ya vacía de vino la mesa.
Sus acompañantes asienten mientras se sirven más vino o cogen algo del queso cortado que ha traído el dueño de la cantina. Pero en las mesas de al lado se ven rostros más sombríos. Roma ya intentó conquistar territorios en Oriente y siempre que se cruzó el Éufrates todo terminó en terribles fracasos militares cuyos efectos adversos se dejaron sentir hasta en la misma capital del imperio. Todos en Roma recordaban el error del cónsul Craso, que fue derrotado brutalmente por los partos, murieron miles y toda una legión entera quedó apresada por el enemigo. La legión perdida, la llamaban en Roma desde entonces. ¿Qué pasó con aquella legión prisionera de los partos? Nadie lo sabe, pero muchos temen que con Trajano se repita aquel horror.


Busto de Trajano.
Busto de Trajano.
Busto de Trajano. Ullstein Bild











Del exterior han llegado nuevos barcos que acaban de ascender por el Tíber desde el puerto marítimo de Ostia, con las bodegas llenas de ánforas de aceite de oliva, salsa garum de Hispania y especias de la remota India. Un hombre maduro, recio, curtido por las guerras y el sol y el viento de mil lugares desciende de un barco militar. Con paso firme cruza por entre una patrulla de triunviros que velan por el orden en los muelles (al menos durante el día; la noche en Roma es otra historia, otra vida, otra muerte).Ninguno de los soldados se atreve a cortarle el paso al recién llegado: el hombre recio viste túnica roja propia del combate. Además, el guerrero se cubre con un gran paludamentum, una larga capa negra que lanza destellos a la luz del sol por el fino hilo de plata utilizado en su confección. La capa está fijada al hombro izquierdo de su portador por una preciosa fíbula de oro, y de la cintura cuelga una spatha, una espada más larga que un gladio convencional propia de la caballería romana. Los legionarios de vigilancia del puerto saben que están ante un pretoriano venido desde donde combate el César.
El pretoriano asciende cruzando las calles que discurren entre los grandes horrea o almacenes portuarios. De pronto arruga la nariz. Al girar la esquina ve la enorme montaña del Testacio, el gran vertedero de Roma donde los esclavos arrojan cientos de ánforas cada día que no pueden ser reutilizadas para nuevos transportes. Las gaviotas sobrevuelan buscando restos de comida.

En las tabernas no se habla de otra cosa: el emperador Trajano ha vuelto a cruzar el Éufrates y se dirige al Tigris. ¡Nadie es capaz de detener al César!

El pretoriano sigue avanzando en paralelo al río. Le habría gustado desviarse e ir al Circo Máximo. Como jinete siempre le han agradado las carreras de cuadrigas, pero eso ahora tendrá que esperar. Lleva un mensaje imperial que entregar. Su nariz percibe un cambio en el ambiente. Roma le habla a uno más por los olores que por otros sentidos. Está llegando a la zona del viejo Foro Boario, el mercado de la carne donde centenares de tenderos ofrecen pollos, terneros, corderos, todo tipo de animales a una muchedumbre de compradores, desde exigentes matronas hasta cocineros de grandes residencias senatoriales que se afanan en conseguir los mejores productos al mejor precio posible. Hay un comerciante que anuncia que tiene los mejores erizos, un manjar de la cocina romana, pero salta a la vista que están casi podridos y una matrona pasa al lado del puesto indicando con un gesto que aquel vendedor es sólo un charlatán.
El pretoriano se aleja del río y cruza varias plazas amplias porticadas recubiertas de mármoles traídos de África, Asia y Egipto. Es el gran Foro de Trajano. Pasa entonces junto a la altísima columna Trajana, con maravillosos relieves policromados con azules, rojos y amarillos que narran las gestas del emperador al norte del Danubio. Y por fin se detiene frente a la puerta de una gran domus. Llama con la rotundidad que da llevar un mensaje del emperador. Le abren y lo conducen a un gran atrio. El senador Palma, el conquistador de Arabia por orden de Trajano, lo recibe de inmediato. El pretoriano saluda marcialmente y extrae de debajo de su capa negra un papiro que entrega al senador. Palma lo lee y sonríe. Hay que convocar al Senado.
En La justicia de Trajano (1840), Delacroix recrea este episodio en el que Trajano, antes de partir a la guerra, atiende a una mujer que pide justicia para su hijo.


En La justicia de Trajano (1840), Delacroix recrea este episodio en el que Trajano, antes de partir a la guerra, atiende a una mujer que pide justicia para su hijo.
En La justicia de Trajano (1840), Delacroix recrea este episodio en el que Trajano, antes de partir a la guerra, atiende a una mujer que pide justicia para su hijo. Album





Palma sale de su casa en apenas media hora. Quiere ver qué cara pondrá el viejo Serviano, que con su cuñado Adriano se oponen a la política imperial de expansión en Oriente. El mensaje del pretoriano va a caer como un jarro de agua fría sobre los anhelos de algunos senadores de frenar las conquistas del César. En poco tiempo, todos los senadores de Roma están reunidos. Palma va directo al asunto:
Armenia et Mesopotamia in potestatem P.R. redactae… (Armenia y Mesopotamia han sido sometidas a la autoridad del pueblo romano. Una nueva gran victoria de Trajano).
La gran mayoría aplaude menos Serviano y sus más fieles, como su yerno Salinator. Roma está dividida entre los que temen que la campaña de Oriente de Trajano acabe como la legión perdida, con tropas romanas prisioneras de los partos con un destino terrible y desconocido, y los que como Palma están convencidos de que Trajano es imbatible.
A cierta distancia del Senado, nuestro pretoriano está ahora en los nuevos mercados de Trajano, frente a un puesto de telas, donde ha encontrado una preciosa palla, un manto para mujer, de la mejor seda de la remota Xeres (China). Acudirá primero a las termas que el emperador ha hecho construir al norte de la ciudad. Son más baratas. Aunque tenga buen sueldo, se ha dejado muchos sestercios en el manto.
Pero la Roma de Trajano es mucho más que la gran capital: al norte, en la frontera con la provincia de la Dacia, una cohorte de alistados en la legión VII Claudia custodia el mayor puente del mundo antiguo construido por orden imperial sobre el Danubio. Al sur, en Egipto, el gran arquitecto del César, Apolodoro de Damasco, excava en la arena junto al Nilo para abrir Amnis Traianus, el canal de Trajano, que conecte el Mediterráneo con la mar Eritrea (mar Rojo). Para este César no hay ni límites ni fronteras infranqueables. Pero… ¿dónde está el emperador?
Fragmento del bajorrelieve que recorre la columna de Trajano en Roma. En la escena puede verse un sacrificio realizado antes de partir a Dacia.


Fragmento del bajorrelieve que recorre la columna de Trajano en Roma. En la escena puede verse un sacrificio realizado antes de partir a Dacia.
Fragmento del bajorrelieve que recorre la columna de Trajano en Roma. En la escena puede verse un sacrificio realizado antes de partir a Dacia. Album


Cizre, Mesopotamia, seis meses después. Las legiones están detenidas en el río Tigris. Es el mismo lugar donde lo cruzó Alejandro Magno siglos atrás. Trajano sabe que es el único sitio por donde proseguir su avance hacia Oriente, pero 40.000 partos esperan con sus arcos en la otra ribera. Es el segundo intento en cruzar. El año pasado no lo consiguió. Esta vez Trajano ha lanzado a miles de legionarios en barcazas hacia la otra ribera y ha ordenado construir un puente con naves en medio de la batalla. Los partos van a rechazar el desem­barco. Todo parece perdido. Trajano mira al puente y azuza su caballo. Se lanza al galope sobre las barcas seguido por un centenar de capas negras pretorianas. El paludamentum púrpura del emperador resplandece bajo la luz del sol mientras los cascos de su caballo pisan con fuerza las endebles maderas flotantes de aquel puente improvisado. Hay emperadores que terminan un reinado, pero otros, como Trajano, cabalgan directos a la leyenda.
Santiago Posteguillo es autor de ‘La legión perdida’ (Planeta), último volumen de la trilogía de Trajano.

lunes, 17 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Lecciones de Augusto para un mundo en riesgo"

   En "Babelia":

Lecciones de Augusto para un mundo en riesgo

Dos mil años después, un repaso a la figura del emperador romano proyecta reflexiones para defender la democracia


Busto de Augusto encontrado en Sudán y expuesto en el Museo Británico. / LIONEL DERIMAIS
Shakespeare dedicó tragedias a Julio César y a Cleopatra y Marco Antonio, pero no a Augusto. Es un personaje importante, pero también secundario, en Yo, Claudio, de Robert Graves, así como en la versión de Cleopatra que protagonizó Elizabeth Taylor. Sin embargo, el primer emperador de Roma, el hombre que acabó con la República aunque conservó hábilmente sus instituciones vacías de poder, fue cualquier cosa menos un personaje secundario de la historia: Cayo Octavio (63 antes de Cristo-14 después de Cristo), bajo el nombre de César Augusto, es una figura ineludible para entender lo que fue Roma y, por tanto, lo que somos nosotros y, a la vez, absolutamente contemporánea, porque su biografía plantea cuestiones cruciales como el naufragio que puede sufrir una democracia cuando sus instituciones dejan de funcionar o la tragedia de tener que elegir entre el caos o la dictadura (libios, iraquíes y sirios tendrían mucho que decir sobre este tema).
Su vida no estuvo formada sólo de política: tenía un enorme sentido del humor; durante su reinado vivieron los tres poetas latinos más importantes, Horacio, Ovidio y Virgilio, de hecho, tuvo con este último el mismo papel que Max Brod con Kafka: se negó a cumplir su última voluntad de quemar sus obras y gracias a eso la Eneida ha llegado hasta nosotros. Fue un lúcido planificador urbano y un excelente administrador. También, y es algo que no se debe olvidar, un tirano despiadado y sangriento en su camino hacia el poder: organizó junto a sus entonces compañeros de triunvirato, Marco Antonio y Lépido, las llamadas proscripciones, las listas negras de ciudadanos condenados a morir (y a perder todos sus bienes). Shakespeare resumió su crueldad en un par de frases: "Todos estos entonces deben morir. Sus nombres quedan anotados". Así lo describe Suetonio en su Vida del divino Augusto (Gredos, en traducción de Rosa María Agudo Cubas): "Cuando dieron comienzo, las puso en práctica con más saña que los otros dos. De hecho, mientras que aquellos se dejaron a menudo ganar por la recomendación y las súplicas, él sólo puso todo su empeño en que no se perdonara a nadie". Una de las víctimas de este gran terror fue un personaje crucial: el gran orador y político Cicerón.
Bajo el título de Augusto. De revolucionario a emperador, el escritor británico Adrian Goldsworthy, acaba de publicar una monumental biografía en La Esfera de los Libros, que fue recibida este verano con buenas críticas en el mundo anglosajón. Impecable historiador militar, autor de libros como La caída de Cartago o Los hombres que forjaron un imperio (ambas en Ariel), ha publicado también una biografía de Julio César, el hombre que nombró a Octavio su hijo adoptivo y le donó en su testamento sus bienes y su nombre (por eso primero pasó a llamarse Cayo Julio César y luego César Augusto). El asesinato de César en los idus de marzo del año 44 antes de Cristo precipitó la entrada en política de este joven patricio que fue capaz de formar un Ejército con solo 19 años. La publicación de la biografía ha coincidido con la conmemoración del segundo milenario de su muerte con exposiciones en París y Roma. Sin embargo, su huella más importante está en las piedras de la propia Roma y su sombra, en muchos rincones de nuestro presente.
El segundo milenario de su nacimiento se celebró en 1938, en pleno auge de los totalitarismos, y apareció entonces un libro definitivo para entender a Augusto, La revolución romana (Crítica), del gran latinista de Oxford Ronald Syme (1903-1989). Hasta entonces, la mayoría de los historiadores veían el vaso medio lleno (Augusto como gran estadista, que forjó durante sus 41 años en el poder no sólo un imperio, sino un sistema administrativo perdurable) y no como un tirano. Aunque no lo menciona expresamente, Syme hablaba también del tiempo que le tocó vivir. En una entrevista la semana pasada en Cardiff, Goldsworthy reconoce que es inevitable trazar paralelismos entre el pasado y el presente.


Adrian Goldsworthy, ante el castillo de Cardiff. / LIONEL DERIMAIS
PREGUNTA. ¿Cree que Augusto es una advertencia universal sobre los peligros que pueden correr las democracias?
RESPUESTA. Lo es, pero el error es verle a él como la causa. Nació en el año 63 antes de Cristo. Ya se había producido un intento de golpe de Estado, la conspiración de Catilina, y una guerra civil. La República romana estaba rota cuando César o Pompeyo comienzan a combatir. Y, sin duda, cuando Augusto alcanza el poder, el sistema ya estaba sentenciado, el pueblo estaba desesperado por lograr paz y estabilidad, habría aceptado cualquier líder que se las proporcionase. Eso explica en parte el éxito de Augusto. Pero tampoco tenemos que minusvalorarlo, porque realmente les dio paz y estabilidad, algo que no había logrado el sistema republicano. No hay que olvidar que la libertad que defendían era el Gobierno de la aristocracia senatorial, basado en extorsionar a las provincias, en sobornarse los unos a los otros. Creo que la lección es que, cuando una democracia está rota, aparece gente como César y Augusto; lo que no ocurre cuando el Estado funciona relativamente bien.
En el corazón de la biografía de Goldsworthy late la profunda contradicción que marcó la vida de Augusto: el tirano que fue a la vez un buen gobernante. La catedrática de latín de la Universidad de Cambridge Mary Beard, autora de libros tan importantes como El triunfo romano (Crítica), lo planteó así en un artículo de The New York Review of Books: "¿Cómo podemos entender la transición de un violento caudillo militar en los conflictos civiles que padeció Roma entre los años 44 y 31 antes de Cristo al venerable hombre de Estado que murió plácidamente en su cama en el 14 después de Cristo? ¿Cómo explicamos la metamorfosis de un joven matón, al que se le atribuye haber arrancado los ojos a un prisionero con sus propias manos, en un legislador preocupado por elevar la moral en Roma, por revivir las antiguas tradiciones religiosas y por transformar la capital de una ciudad de barro a una ciudad de mármol?".
"Es extraño porque no puedes pensar en ningún otro dictador o líder militar que se haga menos violento cuando toma el poder", responde Goldsworthy, de 45 años, que logra desplegar con cordialidad, y sin pedantería, sus inmensos conocimientos sobre Roma. Dejó la enseñanza hace años para dedicarse sólo a la escritura, y ahora vive en una casa junto al mar, a pocos kilómetros de la capital galesa, entre sus libros sobre la antigüedad y una serie de novelas ambientadas en la Guerra de la Independencia española. "Algunos estudiosos creen que se fijó en lo que le ocurrió a Julio César, así que tenía que dar la impresión de que respetaba el Senado. Pero, en mi opinión, es él quien evita comportarse como un tirano sangriento porque ya no lo necesita. Y sabe que, si quiere, siempre podría volver a matar. Creo que, además, se mantuvo fiel a una idea: así es como un servidor público debe comportarse", prosigue. Una historia resume perfectamente su sentido del Estado: cuando ordenó construir el foro, los propietarios de unos terrenos se negaron a vender y él no quiso ni expropiar, ni quitárselos por la fuerza, por eso el foro no es un rectángulo, sino que le falta una esquina. Prefirió que su gran proyecto arquitectónico fuese imperfecto a saltarse su propia ley.
Así describe esta contradicción el historiador español Javier Arce, profesor de Arqueología Romana de la Universidad Charles de Gaulle Lille 3 y autor de obras como El último siglo de la Hispania romana (Alianza): "A pesar de las acciones sanguinarias que caracterizaron su consecución del poder y su Gobierno despótico, aunque él pretendía y se proclamaba 'restaurador de la república', Augusto fue un gran administrador. Organizó los servicios públicos, dividió los territorios provinciales para poderlos controlar más fácilmente por sus legados, creó provincias para que fueran gobernadas por el Senado; organizó la justicia, creó vías y caminos, fundó colonias con los veteranos de sus legiones, reorganizó el censo de ciudadanos con fines fiscales".
Goldsworthy tuvo que lidiar con esta contradicción para construir su biografía, pero también con la escasez de fuentes y con las leyendas que circulan sobre Augusto.
P. ¿Tuvo que luchar mucho contra la ficción en su biografía, contra Shakespeare o Robert Graves?
R. Lo difícil es luchar contra las expectativas, incluso contra lo que hemos aprendido como estudiantes, y enseñado luego. Pero porque hayamos contado la historia de una forma, no significa que sea cierta. Hay que ir a las fuentes y el primer sorprendido por algunas cosas fui yo.
P. ¿Fue el papel de su esposa, Livia, una de esas sorpresas? En su libro Livia es mucho menos importante que en Yo, Claudio donde asesina a todos los pretendientes hasta que solo queda su hijo Tiberio, e incluso mata al propio Augusto cuando empezaba a tener dudas sobre la capacidad de éste. Sin embargo, usted defiende que nada de eso es cierto.
R. Livia fue sobre todo su compañera. Nos olvidamos muchas veces de que viajó con él a lo largo de todo el Imperio. A Iberia, va por lo menos tres veces. Al Rin, al Danubio, al Este, a Grecia... Pasó años viajando y Livia estaba con él la mayoría de las veces. El personaje de Robert Graves que manipula y asesina no aparece en las fuentes. Pudo haber sido así, pero no hay evidencias de que ocurriese.
P. Usted explica en su libro que murió de anciano, que su corazón falló, frente a la explicación de Graves de que, como sólo comía higos que cogía de un árbol, Livia los embadurnó con veneno.
R. Tenía casi tenía 77 años, había estado gravemente enfermo varias veces; sus grandes amigos, Mecenas o Agripa, ya habían muerto. No debería sorprendernos que un hombre a esa edad en el siglo I después de Cristo muera. Muy pocos romanos llegaron a una edad tan avanzada. La teoría de Graves es muy atractiva, pero insisto, no está en las fuentes. Más bien, parece que realmente escogió a Tiberio como heredero.
P. Supongo que en una biografía de la antigüedad tiene que resignarse a que habrá cosas que nunca llegarán a saberse, porque incluso las fuentes principales, como Suetonio, no son totalmente fiables. ¿Es así? ¿Es eso lo más difícil de su trabajo?
R. Totalmente. Porque incluso cuando rechazas una fuente porque no es fiable, normalmente no hay nada para poner en su lugar. Hay tantas cosas que no sabemos, tantas cosas que se han perdido... Incluso el historiador griego Dion Casio, que es un senador romano de origen griego que escribe al principio del siglo III, dice que una vez que Augusto asume el poder se toman tantas decisiones entre bambalinas, fuera de la mirada pública, que no hay constancia de cómo se tomaron, a diferencia de lo que ocurría en el Senado donde los debates eran públicos. Utilicé a Casio, que escribió 200 años después de la muerte de Augusto; a Suetonio, que escribe casi un siglo después y que utiliza muchas habladurías. Lo interesante es que también se conservan muchas cosas que son negativas sobre Augusto, algunas se remontan a la guerra civil y a la propaganda de Marco Antonio; pero también están todas estas historias sobre sus aventuras sexuales, todas las intrigas. Con esto quiero decir que los historiadores no tienen solamente la versión oficial y nada más. Pero eso tampoco quiere decir que la versión hostil tenga que ser cierta. Hay que evaluar cada dato y reconocer que existen aspectos que nunca conoceremos.
P. ¿Es cierto que era un hombre que tenía un gran sentido del humor?
R. Creo que le era muy útil políticamente, porque si puedes hacer reír a la gente rompes la tensión. Una situación que puede acabar muy mal puede desactivarse con un chiste. Cuando está a punto de producirse un motín porque el pueblo quiere un reparto gratuito de vino, Augusto responde que Agripa hizo construir un acueducto y que tienen agua de sobra para calmar la sed. Es mejor que decir que no se lo va a dar. Augusto le gustaba al pueblo, no el tirano que llegó al poder a través de la guerra, pero sí el hombre que se comportaba de esa forma, accesible, amigable, que siempre quiere sugerir que está al servicio del Estado. El humor forma parte de su éxito. Hay muchas historias sobre él, como el viejo chiste romano de que va por la calle y se encuentra a un hombre que se le parece mucho y le pregunta si su madre estuvo en Roma hace unos años, a lo que responde: "Mi madre no estuvo, pero mi padre sí". Seguramente es inventado, pero el hecho de que se riese dice mucho de su régimen, la gente podía reírse, incluso a su costa, siempre que las cosas no fuesen más lejos.
La conversación sobrevuela muchos aspectos de la inabarcable influencia de Augusto. Fue un gran moralista, que mandó a su hija y a su nieta a un exilio nada dorado por su vida disoluta (Suetonio asegura que en su testamento prohibió incluso que fuesen enterradas con él). Para muchos estudiosos la férrea moral cristiana es un reflejo ante todo de las imposiciones de Augusto. Tampoco se puede soslayar la referencia más famosa a Augusto, en los Evangelios (Lucas 2,1-2: "Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado"); aunque no fue consciente (ni pudo serlo) del acontecimiento más importante que ocurrió bajo su reinado: el nacimiento del que se convertiría años más tarde en un profeta revolucionario, Jesús de Nazaret.
El novelista Robert Harris, autor de dos estupendas novelas sobre Roma y uno de los narradores que mejor ha sabido explicar las implicaciones contemporáneas de una antigüedad que no resulta nada remota, resumió así la figura del emperador en una elogiosa crítica de la biografía de Goldsworthy: "César Augusto puede ser considerado el líder más importante que haya conocido el mundo, superando de lejos la longevidad, el control político y el impacto histórico de Napoleón, Stalin o Hitler. Fue el fundador del Imperio Romano y su gobernante durante 40 años hasta su muerte en el 14 después de Cristo; el comandante de 60 legiones; aclamado como imperator —vencedor en el campo de batalla— por sus soldados en más de 21 ocasiones; el patrocinador de las artes, amigo de Horacio, y que salvó la Eneida para la posteridad; el urbanista que heredó una ciudad de barro y la convirtió en una ciudad de mármol (según sus propias palabras); el filántropo (y cleptómano) que donó 43 millones de sestercios al tesoro romano; el dios que fue venerado en Oriente desde que tenía apenas 30 años. Sin embargo, el hombre dentro del coloso nos elude". Quizá hay algo que siempre se escapa en su figura porque Augusto encarna como nadie el misterio y el abismo del poder. Y por eso será siempre nuestro contemporáneo.
Augusto. De revolucionario a emperador. Adrian Goldsworthy. Traducción de José Miguel Parra. La Esfera de los Libros. Madrid, 2014. 627 páginas. 34,90 euros (electrónico: 8,99).