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lunes, 28 de octubre de 2013

PRENSA. "Carnaval cadáver". Justo Navarro

Justo Navarro


   En "El País":

Carnaval cadáver

Si la muerte real se ha retirado a los hospitales, casi clandestina, la ficticia se ha vuelto espectáculo

 27 OCT 2013

Hace una semana, donde vivo, en la costa entre Granada y Málaga, en una calle que lleva nombre de gobernador franquista, oí a dos señoras ante un escaparate: “Mira, ya han puesto lo de Halloween”. Vuelve la víspera de Todos los Santos, aunque del viejo día de los Santos y del día de los Difuntos ya se hable poco. En los años sesenta del siglo pasado fueron fiestas en que se visitaba el cementerio para rendir culto a los muertos. Las tumbas se limpiaban y adornaban como si fueran el cuarto de estar. Al cementerio, una palabra que en su origen significó dormitorio, se peregrinaba con flores y en familia. Era entonces uno de los centros de la vida social. Hoy ha sido sustituido por el tanatorio, establecimiento donde se trata a los muertos antes de hacerlos desaparecer.
Vi una vez en un tanatorio, en la vitrina en la que se exhibían ánforas para las cenizas del difunto, publicidad de cómo convertir en anillos esos mismos residuos. La muerte es un negocio, aunque nos hayan educado en el olvido de ese aspecto económico, y nos resistamos a discutir si cuando muramos (hasta el verbo morir, conjugado en primera persona, suena extraño) queremos o no un ataúd de roble. Hablar de muerte es hablar de dinero: de cuánto podremos gastar o, mejor dicho, cuánto podrán gastar los que se quedarán a cargo de nuestro cadáver. Están privatizando los cementerios, que, por otra parte, siempre han distinguido entre fosa común, nicho y panteón, es decir, entre ricos y pobres.
Cuando yo era niño, la muerte era fea, pero familiar. Los entierros eran lentas manifestaciones multitudinarias, y el cura aparecía casi a diario en la calle, investido con sus ornamentos litúrgicos y acompañado por los monaguillos, camino de la casa de algún agonizante al que llevaba la extremaunción. El moribundo lo esperaba en su cama, en compañía de sus seres queridos. Entonces se hacía ostentación del luto y de la pena. Ahora que la muerte es casi invisible, el luto sería una extravagancia patológica, un signo de atraso. La muerte se ha vuelto disimulada, secreta, escondida en el hospital, y, de la misma manera que se oculta a un enfermo la gravedad de su dolencia, se les evita a los mortales el contacto con la ineludible muerte, convertida en una cuestión médica, reservada, en manos de especialistas que decidirán cuándo suspender la asistencia al agonizante, ese paso clínico al que se llama muerte digna, aceptable, amable o apacible. “El amor es un lugar solitario”, dice una canción de Cher. También lo es la nueva muerte.
Pero su celebración es una feria, un carnaval, Halloween, y desata un comercio similar al navideño, con adornos domésticos específicos, formas y símbolos propios, ropa interior y exterior, máscaras y maquillajes. Son dos conmemoraciones correlativas: la Navidad festeja un nacimiento divino, mítico, y Halloween se divierte con la muerte falsa y feliz, humorística: recuerda a los difuntos olvidándolos, espantándolos con risotadas. Si la muerte real se ha retirado a los hospitales, casi clandestina, la muerte ficticia se ha vuelto exhibicionista y escandalosa, bufa, un espectáculo de crímenes, guerra y terror, reventamientos y descuartizamientos en películas, videojuegos, tebeos y novelas, una parodia o una alucinación que tiene su propia fiesta: Halloween, una moda muy difundida por Hollywood y sus sucursales. La moda es hermana de la muerte, o eso decía no sé quién: las dos renuevan el mundo sin parar.
Halloween es un rito cómico, verbena y desfile callejero de monstruos, brujas, brujos, deformidades, fantasmas, alienígenas, criaturas de miedo, todos semejantes, igualados por la muerte de mentira, como zombis, en horda, en pandilla, moviéndose erráticamente como es costumbre en las noches de juerga contagiosa. Estos muertos vivientes hacen lo que les apetece, devoran lo que les gusta y cae a su alcance, cogen lo que quieren, y siguen muriéndose de risa, mientras bailan la danza macabra de la carcajada y la máscara tétrica en esa cripta que conocemos como discoteca. Son esqueletos, calaveras, carroña, cabezas atravesadas por un cuchillo o abiertas por un hacha, un cuello con una aguja clavada, unos dientes vampíricos bajo una nariz postiza, un cutis verde de zombi. Un gusano sale de un ojo sangriento. No se trata de horrorizar, sino de divertir. La risa y el susto nacen de lo mismo: de lo imprevisto, del asombro súbito, de la sorpresa y el sobresalto. Y nos da risa hablar de lo innombrable, de lo que no se debe hablar, aunque sea la muerte.
Justo Navarro es escritor.

jueves, 3 de noviembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Gana Halloween", por Manuel Rodríguez Rivero

Manuel Rodríguez Rivero

   En "El País":
Gana Halloween

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO 02/11/2011

   ¿Cuándo empieza una tradición? En The Invention of Tradition, una estupenda recopilación editada por Eric Hobsbawm y Terence Ranger (traducción castellana en Crítica), se demuestra que algunas de las que creíamos arraigadas desde "tiempos inmemoriales" no han recibido la sanción de los siglos, sino que, en realidad, se iniciaron en épocas recientes. El libro proporciona numerosos ejemplos, como los que se refieren a los "ancestrales" rituales implementados por la monarquía británica a partir de la era victoriana, pero podríamos encontrar muchos más. Todos los nacionalismos, por ejemplo, han fundado, readaptado o reinterpretado una panoplia de "tradiciones" y costumbres que sirven para afianzar su diferencia y su hambre de libertad.
   Estos días, y con ocasión de la fiesta de Halloween, se ha recrudecido de manera significativamente coordinada, desde los púlpitos y la opinión católica, el rechazo de la Iglesia a lo que considera importación de una celebración espuria que vendría a "contaminar" la de Todos los Santos. Al parecer, olvidan que hay tradiciones que se inician como auténticas contra-tradiciones. Y que la conmemoración del primer día de noviembre quizás tenga un origen de esa clase; no nos debe extrañar, dado el talento histórico acreditado por el cristianismo en la reconversión de arraigados cultos "paganos".
   Cuando los evangelizadores llegaron a Irlanda (siglo IV), se encontraron con que allí existía una tradición muy asentada en viejos mitos celtas: las celebraciones del Samhain sancionaban el fin del buen tiempo y de las cosechas, y el comienzo de los días fríos y oscuros, el momento en que los demonios y todos los hijos de la noche, incluyendo a los muertos, salían de sus escondrijos y regresaban al mundo de los vivos. Las hogueras y el ritual servían para exorcizarlos o hacerlos propicios. La Iglesia supo adaptar la fiesta a sus propias estrategias pastorales y, según sugiere Frazer en La rama dorada (Fondo de Cultura), lo hizo a lo largo de los siglos VIII y IX con la introducción de dos solemnidades sucesivas: la de Todos los Santos (1 de noviembre), en la que se conmemora a los santos "menores", y la de los Fieles Difuntos (2 de noviembre) en la que se rinde culto a los muertos y a la Iglesia "purgante", es decir, a los difuntos que todavía tienen que purificarse (aunque ahora solo sea del "fuego interior" al que Benedicto XVI ha reducido el antes bastante dantesco Purgatorio).
   De modo que sí ha habido "contaminación", pero de ida y vuelta. El cristianismo instituyó una fiesta especial para el culto de los muertos (que en algunos lugares, como México, se fecundó a su vez con antiquísimos cultos autóctonos), y el Samhain se cristianizó a su manera y subsistió transformado en Halloween (contracción de All Hallow's Eve, es decir, "víspera de Todos los Santos"). La celebración "importada" que entusiasma a los niños y que tanto irrita a la Iglesia es una derivada de aquella lejanísima en la que no había ni trucos ni tratos. Halloween, tal como ahora lo conocemos, es una "tradición" fundada hace poquísimo: hacia 1920 los inmigrantes irlandeses en Estados Unidos "readaptaron" el olvidado Samhain al gusto americano y lo fueron revistiendo de esa parafernalia consumista, tan del gusto de los centros comerciales, que es la que ha facilitado su globalización. Y con éxito: el desfile de zombis, brujas, monstruos, vampiros y psicópatas con motosierra -a cuya difusión planetaria tanto ha contribuido la saga de películas slasher iniciada con La noche de Halloween (John Carpenter, 1978)- sirve, de paso, para conjurar angustias muy contemporáneas por el viejo procedimiento de jugar a burlarse de ellas. La Iglesia, cuyos templos europeos se vacían, ya debería haberse dado cuenta de que en el gigantesco hipermercado espiritual de nuestro tiempo cada uno se las arregla como puede. Sobre todo si no encuentra ni respuesta ni consuelo en tradiciones no inventadas.