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viernes, 27 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. CINE. "De héroes, niños y utopías"

   En "jotdown":

De héroes, niños y utopías

Publicado por 
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En busca del arca perdida (1981). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
Ah, las corrientes de opinión… a veces se convierten en maremotos que arrasan con el criterio, la razón o la opinión individual. Y, a veces, acaban fijando en esa especie de memoria colectiva popular ideas que damos por ciertas, clavadas en nuestra cabeza como la espada atrapada en la roca. Lo hemos visto recientemente con la última adaptación a cine de los Cuatro Fantásticos, universalmente aclamada como una de las peores películas de la historia del género superheroico, como si viviéramos en un mundo que no ha tenido que sufrir a un Batman con pezones. Y es que basta un visionado sin prejuicios de la película de Josh Trank para darse cuenta de que, entre sus muchos defectos y algún despropósito, asoman virtudes que, si no la convierten en una gran obra (spoiler: no lo hacen) sí la sitúan por encima de mucha, mucha morralla como ElektraBatman & RobinCatwoman o las propias e infames primeras adaptaciones de los 4F. Es tan corto el amor y tan presto el olvido: claro, hoy es fácil pensar en la serie de Netflix y olvidar que tuvimos aquel mediocre Daredevil con la cara de Ben Affleck y una mirada perdida que no se debía a la ceguera.
Pasado el tifón del estreno, los Cuatro Fantásticos no quedará para la posteridad como una gran película (ese tercer acto que lo arruina todo…), pero sin duda tampoco es Josh Trank la reencarnación de Ed Wood que algunos han querido ver. Pero claro, con el ejemplo reciente surge la duda: ¿cuántas veces hemos hecho algo similar, crucificando a una película que no lo merecía? ¿Con qué obras hemos sido injustos, condenándolas a un olvido o desprecio que no se corresponde con la realidad? ¿O quizá, por el contrario, hemos encumbrado como dios de la cinematografía a algún triste hombrecillo que movía los hilos tras la cortina de la Ciudad Esmeralda? Igual es hora de reevaluar algunas ideas preconcebidas…
Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma
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Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma (1999). Imagen: Lucasfilm
Quizá con Jar-Jar Binks empezó la gran moda de la lapidación colectiva de películas icónicas. Y ojo: no seré yo quien defienda al bicho, que es sin duda lo peor de la cinta (junto con un par de chistes de cacas y pedos dignos de alguna serie televisiva española). Pero ya hubo que hacer un esfuerzo en El retorno del Jedi para que los ewoks no nos impidieran ver el bosque de Endor, y en esta sucede algo parecido: dejando aparte algunas concesiones a la infantilización, y obviando las comparaciones con la trilogía original, La amenaza fantasma sigue siendo una gran película de aventuras espaciales por sus propios méritos. Con un derroche de inventiva que no se veía desde las novelas pulp de Edgar Rice Burroughs (o desde las épocas doradas de la Marvel, en todo caso). Un villano y un duelo de esgrima que habría firmado encantado Michael Curtiz. Una carrera digna de William Wyler. Y una banda sonora como ya no se hacen. En suma, y aun con gungans y midiclorianos, La amenaza fantasma fue (y sigue siendo, vista hoy) más imaginativa, audaz y emocionante que cualquier otra superproducción estrenada en 1999. No en vano el fallecido Ángel Fernández-Santos la calificó en El País como «cine de riada, porque se sale mejor persona después de bañarse en él». No es poco, y no es fácil hoy en día encontrar películas así.
Y es que, os pongáis como os pongáis, La amenaza fantasma le da mil vueltas a
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Matrix (1999) . Imagen: Warner Sogefilms
Que por mucho que en su día fuera recibida como la segunda venida de Philip K. Dick, esta discretita película de ciencia ficción se ha desinflado con el paso del tiempo como un soufflé mal cocinado. Vale, no es un espanto, y se deja ver como entretenimiento si no ponen nada mejor en la tele. Pero no deja de ser una sarta de tópicos (¿«sigue al conejo blanco»? ¿En serio? ¿A estas alturas de vida?) y malas interpretaciones (Keanu Reeves hace que Ben Affleck parezca Konstantin Stanislavski), personajes planos, pensamientos filosóficos de cuenta de Twitter e ideas recicladas de filmes mejores. Todo ello, claro, envuelto en unos efectos especiales que, en su momento, disimulaban bastante bien las mil carencias de la película. Agotado ya el efecto sorpresa, qué quieren que les diga: me quedo con Dark City y Nivel 13.
Por no hablar de unas secuelas que ríete tú del supuesto declive de Lucas y Spielberg: los Wachowski apenas tardaron cuatro años en alcanzar las más profundas simas de la ridiculez. Hablando de lo cual…
El reino de la calavera de cristal
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Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
No, Spielberg no había perdido su toque. No, los aliens no son más inverosímiles que «la ira de Dios». Y no, lo de la nevera no es lo más tonto que ha pasado en una película de Indiana Jones. Pero vayamos por partes…
Lo cierto es que servidor aún se queda perplejo ante el torrente de furia vertido contra Steven Spielberg por Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. El bueno de Steve sufrió en sus carnes las iras desatadas unos años antes por La amenaza fantasma, y por idénticos motivos: sobre todo, la incapacidad de competir con películas que solo existen en nuestra memoria. «Ah, pero yo he vuelto a ver las antiguas y…». Ya, pero cada vez que vemos En busca del arca perdida, en realidad estamos proyectando la película que vimos de niños. No me entiendan mal: creo que es una cinta maravillosa, y otro tanto puede decirse de Indiana Jones y la última cruzada. Pero son aventuras tan inverosímiles como ver a James Bond volar con una mochila propulsora, y ahí radica su encanto. Nos hemos creído el poder del arca porque lo hemos interiorizado, lo hemos hecho nuestro y ahora nos parece que siempre ha estado ahí. Unos hombrecillos verdes del espacio interdimensional no pueden competir con eso. Además, no podemos pasar por alto una de las grandes virtudes del film: si las tres primeras entregas eran un tributo a los seriales de aventuras de los años cuarenta, la cuarta, introducida ya de lleno en la era atómica, homenajea a los seriales de ciencia ficción de los cincuenta, llenos de hombrecillos verdes y platillos volantes. ¿O es que preferíamos una tercera demostración del poder de Dios?
Por otro lado, El reino de la calavera de cristal es una coda impecable para La última cruzada: el spielbergiano tema del padre ausente se invierte de manera magistral, e Indy, hijo desatendido de Sean Connery, se ha convertido no solo en el abuelo entrañable que era aquel (pantalones a la altura de la sobaquera incluidos), sino en un espejo de su desastrosa labor paternal. Todo un ejemplo de autocrítica, madurez y melancolía por parte de un Spielberg que, como su Peter Banning, acabó creciendo a la vuelta de Nunca Jamás.
Y si en esta defensa de la indianidad notan ustedes una ausencia, eso es porque…
… El templo maldito…
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Indiana Jones y el templo maldito (1984). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
… nunca fue tan buena como las demás. Ya, ya, yo también me he quedado un poco así al escribirlo. Pero es verdad. Imaginen mi sorpresa cuando descubrí que mis mejores recuerdos de Indiana Jones y el templo maldito eran en realidad de El secreto de la pirámide. Que era la misma película, pero mejor hecha. Y es que vale, el comienzo en el club Obi-Wan es brillante (all pun intended), y hay momentos impagables aquí y allá. Y, qué demonios, es Indy, así que mola y punto. Pero de nuevo son los anteojos color de rosa de la infancia… ¿Cómo, si no, podemos criticar la escena de la nevera y dar por buena la del bote salvavidas? ¿Un crío chino de metro y medio haciendo artes marciales contra guerreros gigantes? ¿Indiana Jones frenando un vagón con los pies cual Pedro Picapiedra sin acabar con un muñón a la altura de la rodilla? Súmenle a todo ello a la peor «chica Jones» de la serie (una Willie insoportablemente gritona) y a un protagonista egocéntrico y nada heroico, mucho menos atractivo que el Indy que discutía de igual a igual con Marion Ravenwood… y tenemos la película más descompensada de la, hasta ahora, tetralogía. Tampoco es válido el argumento tan repetido de «pero es la más oscura de las cuatro» como si eso fuera un valor per se. ¿Qué hay de bueno en una película oscura de Indiana Jones? Precisamente el tono que hizo grande al personaje ensalza todo lo contrario: aventuras old-style, no sufrimiento y desolación.
En todo este fenómeno de las opiniones colectivas, es obligado mencionar una curiosa manía que se ha instaurado entre los espectadores del siglo XXI de manera generalizada: el odio visceral e irracional a cualquier personaje infantil o juvenil que se atreva a manchar los recuerdos que atesoramos de nuestras propias sagas de la niñez. Donde antes aceptábamos a Tapón, ahora rechazamos a Mutt o al pequeño Anakin. Escudándonos en unas supuestas carencias interpretativas que no son tales, o en una pretendida construcción deficiente de sus personajes. Y es que podrá decirse lo que se quiera de Hayden Christensen, pero Jake Lloyd o Shia LaBeouf defienden sus personajes con una solvencia que ya hubiéramos querido ver en Ke Huy Quan o Sean Astin. La otra excusa suele ser que «no era necesario meter a un niño». Uno acaba teniendo la sensación de que son celos, pura y llanamente: que somos incapaces de aceptar que otro crío ocupe el protagonismo en esas nuevas historias: un lugar que aún sentimos que pertenece por derecho al niño que fuimos.
Inteligencia artificial
Inteligencia artificial
Inteligencia Artificial (2001). Imagen: Warner Bros. Pictures
Además, ¿quiénes somos nosotros para dar lecciones sobre la infancia a Steven Spielberg? Si el mismo Stanley Kubrick entendió que no había nadie mejor que el director de Hook para hacerse cargo de la historia del pequeño David en Inteligencia artificial… Y aquí topamos con una opinión generalizada que es, además, radical e históricamente falsa (atención, vienen spoilers: si no has visto Inteligencia artificial, te espero unas líneas más abajo, entrados ya en materia de superhéroes). Cuando se estrenó la película, muchos medios la presentaron como la obra semipóstuma de Stanley Kubrick, finalizada por Spielberg tras la muerte de aquel y según sus propios antojos. En realidad, y aunque el proyecto fue impulsado inicialmente por Kubrick, este decidió muy pronto que la adaptación del relato Los superjuguetes duran todo el verano, de Brian Aldiss, necesitaba a un director con unas sensibilidades distintas a las suyas, y rápidamente se lo propuso a Steven. Juntos fueron desarrollando el guion, pero siempre con la idea de que lo dirigiera este último. En cualquier caso, todo ello llevó a la idea errónea de que el epílogo, en el que David despierta después de miles de años para encontrar a los últimos seres (mecánicos) que sobreviven en el planeta, era una concesión de Spielberg al happy ending. La conclusión facilona, superficial y, en definitiva, errónea, era que Kubrick, mucho más frío y cerebral, habría acabado la película con David sumergido bajo el agua, esperando, por toda la eternidad.
Lo cual solo demuestra que a los seres humanos nos gusta más un golpe de efecto barato que la lógica y la coherencia. Porque ese supuesto final kubrickiano, qué duda cabe, nos habría hecho salir del cine impactados. Y luego, al llegar a casa y repasar mentalmente la película, nos habríamos dado cuenta de que faltaba algo. Que no podía acabar ahí. ¿Qué significaba el modo en que el film representaba a los humanos? ¿Cuál era la moraleja de este Pinocho futurista? ¿Qué nos querían decir con la escena (esta sí, salvajemente kubrickiana) del «mercado de la carne»? Todo ello quedaba en suspenso, y muchos de los hilos argumentales que se habían ido tendiendo a lo largo del metraje se truncaban de golpe al llegar esa escena, ese no-final, para resolverse de golpe en el epílogo. Lo mismo ocurría con la historia del propio David. Acabar ahí, por suerte, nunca fue una opción para ninguno de los dos directores. El desenlace de Inteligencia artificial necesitaba un final para el viaje de David, pero los dos cineastas no contaron con que los espectadores nos estamos volviendo cínicos y descreídos, y la ciencia ficción ya no es terreno para soñadores, sino para distopías. No queremos niños en nuestras pantallas, y si por un casual los hay, qué coño… que sufran. Vivimos en la era de las relecturas oscuras de la fantasía, y no se libran ni los géneros más luminosos, como ya demostrara…
Watchmen
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Watchmen (2009). Imagen: Warner Bros / Paramount Pictures / Legendary Pictures / Lawrence Gordon Productions / DC Comics
Claro, tarde o temprano había que dar una vuelta de tuerca al género superheroico, y allá por los años ochenta, en pleno reinado tenebroso de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, gente como Alan Moore o Frank Miller redefinió el cómic tirando por la borda la esperanza. El mundo estaba jodido (lo sigue estando), y eso siempre da como resultado un buen puñado de obras maestras en cualquier disciplina. Watchmen, el cómic de Moore y Dave Gibbons, hizo lo que nadie había hecho hasta entonces. Entre otras cosas, porque presentaba a los superhéroes como imperfectos, llenos de defectos y vicios, y en definitiva humanos. Pero Watchmen era mucho más que una historia oscura: era una exploración de los límites del cómic como medio artístico. Por eso, cuando Zack Snyder lo adaptó a cine creyendo ser absolutamente fiel, adaptó coma por coma la letra, sí, pero se olvidó de la música. Llena de juegos de espejos y simetrías, de simbolismos, de capas superpuestas de argumentos y temas que se retroalimentaban, la obra de Moore era sobre todo experimentación narrativa. Los ritmos y engranajes del cómic no estaban en la película, y daba la impresión de que el cineasta ni siquiera había sido consciente de esos elementos. Watchmen, el film, no es un desastre, y puede que sea lo más decente que ha hecho Snyder en toda su carrera, pero está muy lejos de ser una adaptación digna del Quijote de los cómics. Por supuesto, buena parte de los aficionados la recibieron como una obra maestra, porque era oscura, era despiadada y era (engañosamente) fiel. Toda una reacción contra aquella encarnación de la verdad y la justicia que una vez fueran los héroes del tebeo como Superman. Oh, a propósito, ¿recuerdan aquella gran película llamada…
Superman Returns
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Superman Returns (2006). Imagen: Warner Bros / Legendary Pictures / Peters Entertainment / Bad Hat Harry Productions / DC Comics
… que tan injustamente recibida fue? Aún resuenan en alguna parte los gritos enfebrecidos de los fans, quejándose de que no había suficiente acción, que Superman no peleaba, que todo era demasiado cursi y bienintencionado. No querían ver un relato de fuerte carga metafórica (toda la película es un remake de la Pasión de Cristo, como por otra parte ya lo eran E. T. o Matrix) sobre el sacrificio, la inspiración y la esperanza. Ni una continuación de aquellas superproducciones maravillosas con las que creímos por primera vez, Christopher Reeve mediante, que un hombre podía volar. La marcha de John Williams ya no funcionaba, y el público clamaba por un héroe nuevo para un mundo nuevo. Un mundo peor, de colores desvaídos, donde el rojo, el azul y el amarillo resultan ya demasiado ingenuos, demasiado naífs. Tuvo que venir…
El hombre de acero
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El hombre de acero (2013). Imagen: Warner Bros.
… de nuevo dirigida por Zack Snyder, para hacernos ver que la oscuridad no es un valor por sí misma. Por un lado, porque la tortura existencial que le sienta como un guante de neopreno a Batman no encaja con las coloridas mallas del kriptoniano. Por otro, porque Snyder nunca entendió que lo cool, sin unos personajes que impulsen adelante la historia, apenas da para hacer pósteres molones y fondos de escritorio de Windows (un poco lo que le pasaba a La vida de Pi, solo que sin provocar tanta vergüenza ajena. Pero no voy a entrar ahí). Si algo nos enseñó Joss Whedon en Los Vengadores (qué demonios: ya en Buffy, cazavampiros, muchos años antes) es que una escena de acción no es una pausa en la historia: una escena de acción es la historia. Por eso sus protagonistas no dejan de hablar, sufrir, reflexionar y, en definitiva, evolucionar mientras se pegan entre sí. Cuarenta minutos de hostias como panes a palo seco no son cine, Zack. Caray, ni siquiera son pressing catch.
Y súbele el contraste a la tele, anda.
Podría uno seguir eternamente, porque infinita es la injusticia del ser humano (o quizá porque aquí un servidor es fundamentalmente puñetero y le gusta llevar la contraria). Podría argumentar que en el Spiderman 3 de Sam Raimi, la infame escena del baile y el Peter Parker «emo» no consiguen arruinar una obra coral en la que todos los personajes están unidos por el tema común de la redención y la búsqueda del perdón. O que Los Goonies tiene problemas de ritmo que la sitúan muy por debajo de otras obras míticas de su quinta, como La princesa prometida o Dentro del laberinto. Que en el Dune de David Lynch hay más cine que en toda la filmografía de Michael Bay. Pero en definitiva, la lista sería interminable y tampoco es la intención de este texto sentar una cátedra alternativa a ese extraño pensamiento único que criticábamos.
Lo que quizá sí merece la pena es preguntarse por qué condenamos algunas obras por las mismas razones que antes aplaudíamos otras. Si no será, quizá, que ahora juzgamos las historias de manera sumarísima e implacable porque hemos crecido y, como el adolescente que juega a ser mayor fumando a escondidas, despreciamos los divertimentos infantiles y renunciamos al sentido de lo lúdico creyendo estar, a estas alturas de la vida, por encima de algo tan pueril. Quizá hoy, adultos resabiados, no estamos dispuestos a dejarnos llevar por el disfrute sin buscar detrás de cada rincón dónde está la trampa, el error, el truco que revele que todo es mentira… Queremos historias sombrías, secas, con finales tristes, resignados y convencidos de que la vida, al final, era eso. Pero a fin de cuentas, si la fantasía ha de servir para algo, es para recordarle al niño que fuimos que la aventura y la emoción aún se esconden tras la segunda estrella a la derecha. Nos están esperando.

sábado, 25 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. REVISTA "MERCURIO". "Héroes eternos", por Alejandro Lillo

   HÉROES ETERNOS

"La narración de sus andanzas sirve como guía para comprender el mundo"

ALEJANDRO LILLO

   Desde la Antigüedad, la figura del héroe ha tenido una importancia capital en la cultura de occidente. Cuando Homero, hace más de dos mil quinientos años, contó las hazañas de Aquiles en la Ilíada y el viaje de Ulises en La Odisea, hizo algo más que plasmar por escrito un conjunto de historias orales que recitaban los aedos por Asia Menor y Grecia: fijó literariamente un tipo de personaje que ha perdurado hasta nuestros días. Y es que todo héroe, más allá del aspecto que adopte en cada época histórica y de los rasgos con los que haya sido perfilado, mantiene unas características que permanecen inalterables. Son estas características las que hacen que figuras como Don Quijote o Hamlet, pese a la distancia que nos separa de ellos, continúen emocionándonos. Representan mucho más de lo que aparentan: la narración de sus andanzas y tribulaciones no sólo sirve como guía y referente para comprender el mundo, sino que nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos.
   En la tradición mitológica y literaria de la antigua Grecia, pero también en la actualidad, un héroe es aquel personaje que acomete una empresa o se enfrenta a un enemigo que en principio le desborda, que sobrepasa sus posibilidades: ya sea matar a un monstruo o resolver un misterio, el protagonista asume un reto o se encuentra en una situación que parece imposible de resolver, lo que le obliga a emplearse a fondo desplegando todos sus recursos y habilidades. El héroe, pues, aunque universal, no es estático. Se supera a sí mismo y representa en sus actos la capacidad humana para mejorar. En este sentido, el retorno de Ulises a Ítaca tras la guerra de Troya es el paradigma del esfuerzo y la superación. En su viaje tiene que sortear numerosos retos y peligros: se enfrenta con cíclopes y gigantes, con malvadas hechiceras y con temibles monstruos marinos; incluso desciende a los infiernos y regresa vivo para contarlo. Conforme va salvando las dificultades se enriquece, haciéndose cada vez más competente. Pero este tipo de conocimiento que atesora Ulises es muy particular, pues sólo lo proporciona la experiencia. Sus vivencias lo transforman. Eso mismo le sucede a Alonso Quijano, un hidalgo que devora libros de caballerías adquiriendo vastos conocimientos sobre la materia. Sólo se convierte en Don Quijote cuando decide salir al mundo para vivir esa experiencia. Al final de su aventura, tanto Don Quijote como Ulises se han convertido en personas distintas, más juiciosas y sabias que cuando partieron.

   LA ACTITUD HEROICA
   El héroe, por tanto, se va construyendo conforme actúa: completa una trayectoria, experimenta una sucesión de hechos que van forjando su carácter. Incluso antes de su desarrollo pleno, o tras él, está dotado de un rasgo fundamental: su actitud. La actitud heroica es una manera de estar en el mundo, es la disponibilidad para arriesgarlo todo, incluso su propia vida. Así se comporta Telémaco en La Odisea, cuando abandona Ítaca para buscar a su padre; es el proceder del anciano Príamo, rey de Troya, cuando se adentra en el campamento griego para rogarle a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor; pero también es la conducta de Tom Sawyer cuando decide arriesgar su propia vida y denunciar al indio Joe por asesinato, evidenciando su elevado concepto de la honradez y la justicia.
   Esta actitud de Tom Sawyer hacia la justicia es la misma de la que hace gala Robin Hood, aquel habilidoso arquero que se opuso al mismísimo rey de Inglaterra con apenas un puñado de hombres. Ambos comportamientos ponen de manifiesto que el héroe actúa siempre impulsado por la virtud. Siempre está del lado de lo que en cada momento considera bueno y justo. Ese arrojo para enfrentarse a algo que le supera no es gratuito ni lo hace por amor a la aventura, sino que viene dado por el compromiso moral que tiene hacia sí mismo y hacia otras personas o ideales. Es lo que le sucede a Hamlet cuando siente el deber de averiguar quién asesinó a su padre. Pero además, el héroe tiene plena conciencia de los riesgos que corre. Sabe perfectamente que lo que hace o se propone hacer puede costarle la vida. No es un loco, aunque lo parezca, ni un irresponsable, sino un hombre libre que toma decisiones: comprende el peligro y el reto que debe afrontar. Ejemplo extraordinario de este comportamiento en La Ilíada es el de Héctor, el más esforzado de los troyanos. En realidad es un personaje tremendamente cercano a nuestra perspectiva: está lleno de contradicciones. Una de ellas, la que terminará por ser decisiva, es su doble condición de guerrero y príncipe. Como combatiente debe estar dispuesto a morir por su pueblo; pero como heredero de Príamo y futuro rey de Troya ha de permanecer con vida. Lo irresoluble de esta contradicción es lo que le lleva, casi sin proponérselo, a enfrentarse a Aquiles, aun sabiendo que es un rival que lo supera claramente en pericia y fuerza. Es consciente de la elevada probabilidad de que el mirmidón lo mate, pero aun así termina por asumir su deber, pues lucha por salvar a Troya de la destrucción. Esa responsabilidad le impele a resistir al invencible héroe griego aceptando su destino. Se trata del mismo deber moral que conduce a trescientos espartanos a contener a miles de persas en el paso de las Termópilas.

   EL HÉROE SOLITARIO
   El héroe está dispuesto a enfrentarse a los mayores peligros, poniendo en riesgo su propia vida por una causa justa, sea ésta colectiva o más personal. Sin embargo, dicho desprendimiento esconde, de forma más o menos velada, una ambición: la conquista de la inmortalidad. Aquiles quizá sea, en este sentido, un personaje paradigmático. Enfadado con Agamenón, jefe del ejército griego, Aquiles se niega a combatir y aguarda aislado en su campamento. En él se materializa entonces la figura del héroe solitario, del hombre valeroso y capaz que por una razón u otra abandona la comunidad a la que pertenece. Es un “lobo estepario” alejado de una sociedad a la que no comprende y que le decepciona, pues ha sido objeto de una injusticia. Por coraje y entrega, por fuerza y determinación, es el guerrero de La Ilíada más cercano a los dioses. Sin embargo, no se deja engañar: sabe que en el fondo es tan sólo un hombre, y que la muerte finalmente acabará con él. Asume como nadie lo efímero de la existencia, pues junto a sus grandes cualidades, su carácter mortal pone en evidencia sus flaquezas y su fragilidad como sujeto. Aquiles lucha por su propia gloria, sabiendo que su futuro depende del recuerdo que los hombres conserven de él y sus proezas. Como sabe que va a morir, prefiere decidir la forma en la que ha de hacerlo. Se erige entonces en el representante de los valores de la cultura homérica, en el más grande de sus guerreros, en el más inmortal de ellos.
   Así, toda comunidad crea sus propios modelos y reinterpreta a los anteriores. Ya sea para liberar al mundo de una amenaza como hacen los caballeros de la Mesa Redonda, ya sea para sobrevivir en una isla desierta como hace Robinson Crusoe, el héroe encarna las virtudes de una sociedad o de un grupo social, de tal forma que en él se reconocen cada uno de esos individuos, pero no como son, sino como querrían ser. Demuestran un coraje, una entrega y una determinación ideales. Son un espejo en el que mirarnos. Ahí radica el ascendiente que las figuras heroicas aún conservan: algo de nosotros hay en ellos, y algo de ellos, en nosotros. A través de sus acciones nos reconocemos; a través de ellos nos asomamos a la eternidad.

jueves, 23 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. REVISTA "MERCURIO". "Los cuernos de la abundancia", por Justo Serna

Lazarillo de Tormes, por Goya

LOS CUERNOS DE LA ABUNDANCIA

"La gran novela del XIX nos muestra personajes que se obstinan hasta alcanzar el prestigio del que carecen"

JUSTO SERNA

¿MADERA DE HÉROE?

   Quienes leemos novelas, las narraciones más portentosas, corremos un riesgo: el de convertir en auténtico lo que es simplemente ficticio; el de adoptar como modelo lo que es sencillamente inventado. Los personajes literarios sólo son esbozos de vida: criaturas que el autor concibe con retales, con calcos, con copias: con pedazos de la vida cotidiana o con restos del pasado. Son representaciones de virtudes y de defectos, en perfecta separación o en confusa mezcla. Son traslados de comportamientos individuales y colectivos.
   Los escritores toman de la realidad aquellos actos que para bien o para mal les inspiran: lo que hicieron con esmero o lo que malograron; la abundancia que anhelan o la felicidad que jamás alcanzarán. Son hechos auténticos o son ensueños de la fantasía. Lo que place y lo que duele. Sobre todo lo que duele. Decía Jorge Luis Borges refiriéndose a los poemas homéricos que los dioses mandan desgracias a los humanos para que a éstos no les falte algo que cantar. O algo que contar: algo que el auditorio y el lector, los destinarios y el público puedan tomar como ilustración, como ejemplo. Las desdichas curten y templan: las fatalidades y las perversidades sirven de gran enseñanza, de experiencia negativa.
   ¿Y qué hacen los escritores con esos caracteres? Los plasman, les ponen un nombre propio, les dan el hálito vital, los convierten en personajes. Obran como dioses, moldeándolos con mayor o menor maña. Así satisfacen los apetitos o exorcizan los temores. Confirman lo que esperan o, por el contrario, rectifican la vida. Son los demonios interiores, en palabras de Mario Vargas Llosa. Son los fantasmas internos, según Ernesto Sábato. Vale decir: recreaciones de objetos latentes o manifiestos que proceden del mundo personal. O son herencias externas, restos de un pretérito colectivo, atávico o remoto, que se resiste a morir y que ahora encuentra nueva vida. “Cada generación”, dice Norbert Elias, “elige ciertas ruinas del pasado y las dispone según sus propios ideales y valoraciones para reconstruir sus vivencias características”.
   En ambos casos, lo individual o lo colectivo son restituciones de objetos perdidos, deseados o reprimidos. Pero lo reprimido vuelve, como nos advirtió Sigmund Freud: regresa de manera desviada, a veces irreconocible, como una formación de compromiso. De ahí que los personajes no sean por fuerza espejos de individuos históricos: más frecuentemente son reflejos desfigurados, aleaciones varias, híbridos de tipos humanos y de fantasías jamás existentes. Por eso hay que leer con cuidado y por eso hay que identificar con cautela. Los personajes no son necesariamente remedos, sino remedios: compensaciones más que duplicados. Han emprendido acciones y han tomado decisiones. Se parecen extraordinariamente a nosotros. Hablan y callan; hacen y fantasean; conjeturan y realizan. Mienten. Justamente porque se nos parecen es por lo que podemos medir y sopesar la vida real, la nuestra, con la vara y los cedazos de la ficción, con los moldes y con los modelos de la imaginación.
   Aceptamos las provechosas lecciones que nos pueden impartir los titanes. Aunque, como todo lector sabe, en las novelas hay numerosos caracteres que no tienen madera de héroe. Vemos, sí, tipos positivos, decorosos, gentes de una pieza o de moral inconmovible. Pero en la novela, este género secular y demasiado humano, aparecen también frecuentísimos personajes desvergonzados y calamitosos, individuos turbios o sencillamente vulgares, sujetos que dudan o que flaquean, que jamás se comportarán como los héroes clásicos. Son, por ejemplo, aquellos que trepan con astucias, que actúan con doblez, con ardides y patrañas, para así abandonar los estratos más humildes. Ascienden, sí, pero con estigma. Son personajes que nacen menoscabados o con lastres que jamás se sacudirán, pobres almas que no mejorarán.
   De todos ellos hay uno que aún nos inspira toda nuestra piedad, uno que ha sido fuente directa o indirecta de tantos otros caracteres novelescos. No nos podemos fiar de él, sin duda. Entre otras cosas porque es un embustero: carece de rectitud moral. Pero, ay amigos, qué pena nos da. ¿A quién me refiero? A Lázaro de Tormes. ¿Es un héroe? De acuerdo con los cánones homéricos que aún llegan hasta el siglo XVI o hasta nosotros, Lazarillo carece de toda grandeza: lleva un camino equivocado. Es hijo de un molinero y de una lavandera, y su existencia no es más que un servicio a amos ruines y roñosos cuyas mezquindades no tienen límite. Atiende y asiste a un ciego, a un clérigo, a un escudero, a un mercedario, a un buldero, a un pintor de panderos, a un alguacil. ¿Y a qué llega? Lázaro ha ascendido en la escala social, sí. Al final lo vemos muy bien colocado. Eso dice. Tiene un oficio real, que es una meta apetecible en la España de aquel tiempo: pregonero de Toledo, nada menos. Y está casado con la criada de un arcipreste. Pero Lázaro es un pregonero cornudo. ¿Es que, acaso, proclama el adulterio de su esposa? No, por Dios, él lo niega: su trabajo y su posición dependen en parte de su asentimiento, de su ceguera voluntaria.

   UN TIPO ORDINARIO
   Hace ahora cuarenta años que Francisco Rico publicó un ensayo clásico e imprescindible: La novela picaresca y el punto de vista. Apareció en Biblioteca Breve, de Seix Barral, y ahí sigue: en el mismo sello. La conmemoración de ese volumen nos invita a repensar al pícaro. Entre otras cosas, en las páginas de aquella obra, Rico celebraba la forma autobiográfica de la novela, la primera persona de su narrador, la perspectiva parcial del yo que relata y se dirige a Vuestra Merced; y alababa también el realismo antiheroico de Lázaro, un tipo nada recomendable que es forma temprana o inspiración remota o indirecta de tantas otras novelas.
   Los siglos venideros, las ficciones posteriores, traerán a individuos de baja estofa, gentes que logran prosperar a trompicones en un mundo que ya no es estamental. Pensemos en el siglo XIX: en ese tiempo son frecuentes las novelas con personajes que se valen de ardides eróticos, de tretas deshonestas, de enredos políticos, de agios municipales, de empresas lucrativas. La gran narración del Ochocientos, ya en el mundo burgués, nos muestra a herederos de Lázaro: personajes que se obstinan hasta alcanzar la posición o el prestigio del que carecen; individuos que han pasado hambre y penalidades y que ahora son codiciosos y rapaces; hombres cínicos que sobreviven entre nuevos amos y viejos cofrades.
   Pero, en las novelas del siglo XIX, las cosas no suelen acabar bien. ¿Acaso Lázaro acababa bien? Tal vez, es el precio que los autores han de abonar a sus destinatarios para así satisfacer el apetito justiciero o reparador. A cada uno, en efecto, se le pone en su sitio: es frecuente que los ambiciosos vayan a la ruina; como es habitual que los villanos sufran el castigo que merecen por sus fechorías; como es normal que los héroes regresen para recuperar sus tesoros. ¿Y los pícaros de la estirpe de Lázaro? El de Tormes no era bueno ni malo; tampoco tenía temple memorable. Lázaro Gómez Pérez era -es- un tipo ordinario, un individuo muy baqueteado por la vida, confundido, corrido, un don nadie, un niño sin lustre y un adulto sin provecho, un pregonero de bienes ajenos. Pero es también alguien que quiere dar entera noticia de su persona, lo poco que adeuda a quienes todo tienen y lo mucho que debe a su astucia. ¿Y eso quién lo narra?
   Pues nada menos que un héroe cornudo.

domingo, 22 de mayo de 2011

PRENSA (2). 22 mayo 2011

   En suplementos de "El País":

1. El 15 -M sacude el sistema. Reportaje de Joseba Elola. Ni Ni-Nis, ni violentos, ni ciudadanos solo a golpe de ratón. Jóvenes concienciados con las libertades civiles se levantaron para encabezar una protesta que persigue un gran cambio. Un reportero de EL PAÍS vivió la semana en Sol, el corazón de la #spanishrevolution. La democracia soñada. Por Lluís Bassets. CON ENLACES A OTROS ARTÍCULOS.

2. Excesivo DSK. Reportaje de Antonio Jiménez Barca. La séptima personalidad más influyente del mundo está acusada ahora de intento de agresión sexual. Hipnotizados, los franceses se preguntan quién es de verdad el brillante economista y socialista millonario a quien parecían dispuestos a elegir como jefe del Estado. CON ENLACES A OTROS ARTÍCULOS.

3. "Creo que Franco ordenó un asesinato para empezar la guerra". Entrevista al historiador Ángel Viñas. Por Juan Cruz. Cómo fraguó el caudillo su golpe de Estado. Un general muerto con su propia pistola. El pretexto para ir a Las Palmas. Y empieza la rebelión.

4. El enigma de la bondad. Por Elvira Lindo.

6. Una nena con sandalias. Por Maruja Torres.

7. El misterio de la mujer del millón de libros. Ni era escritora ni lo quería ser. La profesora de inglés María Dueñas escribió una novela por placer. Dos años después ha vendido un millón de libros, y sigue. Esta es la trastienda del bombazo 'El tiempo entre costuras'.

8. Más flexibles, más felices. Reportaje de psicología. Por Jenny Moix. No seamos rígidos, ni con los demás ni con nosotros mismos. Dejemos fluir las cosas. No lo veamos todo blanco o negro, sino con matices. Es el camino para sentirnos más a gusto.

9. Héroes anónimos. Reportaje de Guillermo Abril. Fueron víctimas o testigos de una injusticia. Pudieron callarse, pero decidieron pelear contra el abuso. Invirtieron mucha energía. Y ganaron. Estas son siete historias inspiradoras de lucha ciudadana: sobre el ruido, el canon digital, los abusos de curas a menores... Gente corriente que dio la cara en los tribunales o en la calle. Cuando la razón les fue devuelta, al cabo de los años, la victoria no fue solo suya, sino de todos.

10. Esas opiniones tan raudas. Por Javier Marías.

11. Ten una aventura. Artículo-relato de Almudena Grandes.

12. Ai Weiwei rompe los moldes. Reportaje de Estrella de Diego. ¿Quién es Weiwei? Le llaman el "Andy Warhol chino". Pero su capacidad crítica nunca fue bien vista por el Gobierno de su país, que el mes pasado decidió arrancar de raíz su genio: tras demoler su casa-estudio lo detuvieron con acusaciones de todo tipo. Reivindicar su arte -versátil y sarcástico- es una apuesta por la libertad creativa de todos.

domingo, 9 de agosto de 2009

PRENSA (2). 9 agosto 2009


En suplementos de "El País":

1. Náufragos de la pobreza. Reportaje de Juan Diego Quesada. Un hombre recorre en un furgón blanco un pueblo de Marruecos. Los vecinos lo llaman el coche de las malas noticias. Busca a las familias de los inmigrantes que viajaban en la patera que zozobró trágicamente el pasado 29 de junio. Son los muertos del Estrecho.

2. Para él no tocaron a degüello. Reportaje de Jacinto Antón para la serie Cobardes de la historia. Louis Rose Escapó de El Álamo tres días antes del asalto final.

3. Testigo del horror: Las reinas de Saba. Reportaje. La escritora colombiana Laura Restrepo ha viajado a los campos de refugiados en Yemen. Miles de mujeres y niños llegan hasta allí desde las costas del Cuerno de África. Huyen de la guerra, el hambre y el odio. Tercera entrega de esta serie con la que Médicos Sin Fronteras y El País Semanal quieren rescatar del olvido a las víctimas de la violencia.

4. Los ángeles de la guarda existen. Artículo de Rosa Montero sobre los seres heroicos.

5. El arte de pescar pareja. Reportaje de Francesc Miralles. El deporte de la caña y la captura de una pareja tienen semejanzas. Autoestima, conversación y algo de seducción deben encontrarse entre el utillaje.