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lunes, 11 de abril de 2016

ARTE. PINTURA. CÓMIC. "El Bosco se convierte en carne de cómic"

   En "El País"

El Bosco se convierte en carne de cómic

Max traslada al género de la historieta el universo pictórico del genio holandés en ‘El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)’

Una ilustración de Max del libro 'El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)'.
Una ilustración de Max del libro 'El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)'.
En un delicado ejercicio de apuesta y descarte, Max se ha llevado a El Bosco a casa, se ha metido su vida y su obra entre pecho y espalda y lo ha hecho suyo. Como no era cuestión de copiarlo –habría sido como copiar el mundo-, lo ha transformado y puede decirse que Maximizado, aunque el espíritu y el aroma del genio están en cada página, en cada una de las 72 páginas de El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana), el libro que este clásico de la historieta española acaba de dar a imprenta por encargo del Museo del Prado con motivo del 500 aniversario de la muerte del genio holandés. El volumen será presentado en mayo, antes de la gran exposición que prepara la pinacoteca en torno al creador de El carro de heno.
Habrá hecho falta medio milenio para que los ángeles voladores y las criaturas infernales de Hyeronimus van Aecken Bosch, El Bosco, vuelvan a su formato original: el cómic. Esto tiende a la boutade, pensarán algunos, y no les faltará razón, teniendo en cuenta que hace 500 años no existían los tebeos. ¿Seguro? ¿Se han parado a pensar si hay o no hay arte secuencial –ese que sustenta géneros como la historieta o el propio cine- en obras como las pinturas de Altamira, los jeroglíficos egipcios o códices medievales como el Beato de Liébana?
Claro que no existían los tebeos en 1500. Pero tampoco sabemos a día de hoy de dónde demonios sale toda esa taxonomía de animales fantásticos, barcos voladores, casas incendiadas y castillos explotando, monstruos del Averno, cerdos vestidos de monja y legiones de pecadores y virtuosos parida por El Bosco. Porque casi todo es hipótesis en la vida y en la obra de este genio alucinado. “Hay interpretaciones para todos los gustos, lo cual supone una ventaja, o sea, yo puedo contar la tontería más loca sobre El Bosco y no va a ser más loca que otras muchas que ya existen”, explica Francesc Capdevila, Max(Barcelona, 1956) en una cafetería del centro de Madrid.






Ante la imposibilidad de lo exhaustivo, él escogió tres obras capitales de El Bosco para vertebrar su historia: El jardín de las delicias, La extracción de la piedra de la locura y Las tentaciones de San Antonio. “Descarté lo biográfico y pensé en una trama que te llevara de una pintura a otra como si fuera una historia circular; el libro está planteado como un tríptico, tiene tres capítulos, cada uno de ellos relativo a un cuadro”.
Todo ello, teniendo en cuenta en todo momento uno de los rasgos que a su juicio perfilan la obra de El Bosco: el humor. “A diferencia de otros artistas de su época, él tiene un sentido del humor muy loco que seguramente era muy poco ortodoxo para su tiempo y para aquel contexto religioso, pero que él logra colar en sus pinturas”.
Por las viñetas de este Tríptico de los Encantados desfilan muchos de los símbolos visuales que El Bosco repite en sus cuadros, como el mochuelo, la esfera, los pájaros negros y picudos y toda la cohorte de la imaginería pagana y religiosa. Apenas hay paisajes, apenas hay textos. Max ha situado el todo en “un contexto que yo llamo metafísico, por los cuadros de Giorgio De Chirico, otro pintor que me fascina” y ha dispuesto su universo bosquiano con absoluta libertad. “No hay prácticamente viñetas cerradas, he jugado mucho con los blancos, con el vacío, y todo el relato fluye en una visión frontal, es como si estuvieras en un teatro viendo actores moviéndose por el escenario”, explica el creador de inolvidables personajes de tebeo como Peter Pank o Bardín, el superrealista.






Prima en las imágenes y en los textos de este libro la tradicional mezcla de frescura coloquial y referencias clásicas marca de la casa. Imitar a El Bosco habría sido meterse en un jardín de difícil salida: "Nunca mejor dicho, en un Jardín y no precisamente de las delicias… así que evité ponerme en tono imitativo, habría sido absurdo, así que decidí ser radical en eso, es decir, ni color ni abigarramiento de figuras”.
Pero volvamos a El Bosco y a su involuntaria condición de autor de cómic avant la lettre: “Podemos decir que el de sus trípticos era un arte secuencial, pero hay más cosas: El Bosco y casi todos los pintores de la época trabajaban por encargo de clientes ricos, que entonces solían ser la nobleza y la iglesia. En ese sentido eran como los ilustradores de hoy en día: te hacen un encargo y tú luchas para poder meter, dentro del tema que te han pedido, cosas que quieres contar”.
Todo eso le ha llevado a Max a añadir, a la admiración militante por el artista holandés, un profundo sentimiento de empatía: “Sí, he llegado a sentir una especie de identificación con él, y sin pretender arrogarme nada, creo que puedo entender o imaginar bastante bien cómo funcionó su cabecita y cómo evolucionó su estilo”.




LA ‘MILI’ COMO ACADEMIA DE ARTE


Lo que es la vida. Max descubrió a El Bosco cuando tenía 20 años. Fue en Madrid (“un auténtico impacto”), en las primeras visitas que hizo a El Prado cuando descansaba del servicio militar. Le tocó la mili en lo que entonces –y hasta hace bien poco- era el Museo del Ejército, y que en un futuro cercano será una nueva ampliación… del Museo del Prado. “No sé si llamarlo predestinación”, bromea el dibujante, que matiza: “Bueno, no descubrí solo la pintura de El Bosco, sino en general la pintura flamenca -los primitivos y los renacentistas flamencos- que es mi favorita. Yo creo que de algún modo la pintura flamenca impregnó mi forma de trabajar desde el día que la descubrí en las salas de El Prado… y que ha estado ahí siempre en mis obras, y quizá por eso pensaron en mí para hacer este libro”.

jueves, 31 de marzo de 2016

ARTE. "¿Qué pintura retrata mejor el amor?"

   En "Jotdown":

¿Qué pintura retrata mejor el amor?

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El amor romántico no lo inventó Hollywood, ni tan siquiera el mismísimo Shakespeare. A diferencia de lo que cierta posmodernidad extraviada pretende, estaríamos ante un rasgo común a todas las culturas y épocas, que abarca desde los indígenas americanos a los aborígenes australianos, y nos incluye a todos los que quedamos en medio. Al menos así lo concluye este sesudo artículo: «Parece mucho más plausible que los seres humanos son, por naturaleza, el tipo de animales que se enamoran». Muy bien, es un padecimiento universal, pero ¿qué más sabemos de él? ¿Es cierto eso que dicen de que gracias a él un cielo en un infierno cabe? ¿Tiene cura? ¿Queremos siquiera curarnos? Puede que el amor sea la respuesta pero desde luego genera a su vez muchas dudas y ya no tenemos el consultorio de Elena Francis para guiarnos. En realidad tenemos algo mucho mejor:esta revista. Quizá no solucione su vida sentimental pero al menos viene con un bloc de regalo, y solo por quince euros. Si bien el número estará agotado como no se den prisa, el tema que aborda no podrá estarlo jamás. Se ha escrito, se ha cantado y se ha pintado muchísimo al respecto (¡y lo que aún queda!) pero ahora será en esto último, en la pintura, donde nos centraremos para la siguiente encuesta. Voten y añadan si quieren algún otro ejemplo.
(La caja de voto se encuentra al final del artículo)
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El beso, de Gustav Klimt
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Como polillas incapaces de apartarse de una bombilla, a lo largo de los siglos infinidad de artistas han vivido obsesionados por capturar la belleza femenina. Fue, entre tantos, el caso de Gustav Klimt, a quien además de mujeres desnudas —en ocasiones masturbándose— también le gustaba dibujar gatos. Habría sido feliz en internet. El cuadro que le hizo entrar por la puerta grande en la historia del arte como podemos ver no era pornográfico, aunque sí está teñido de un suave erotismo. En esta obra que recogió tradiciones pictóricas muy diversas, desde japonesas hasta bizantinas, vemos a su pareja, Emilie Flöge, arrodillada en una actitud de entrega aunque al mismo tiempo apartando su rostro de forma esquiva. Cómo no enloquecer con ese tira y afloja tan reconocible. La túnica de él, adornada con figuras rectangulares, y la de ella, de formas redondeadas, aunque ambas del mismo color y de límites casi indistinguibles, sugieren una naturaleza masculina y otra femenina que se complementan en un solo ser.
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Pigmalión y Galatea, de Jean-Léon Gérôme
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Ya hablamos aquí de este mito griego mil veces reinterpretado, a veces en versiones tan aparentemente distantes entre sí como My Fair Lady y Ex Machina. Este rey de Creta y escultor que «célibe de esposa vivía y de una consorte de su lecho por largo tiempo carecía» terminó enamorándose de su propia creación y logrando, por intercesión de los dioses, que cobrara vida. El mayor anhelo de todo artista.
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En la cama: el beso, de Toulouse-Lautrec
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Toulouse-Lautrec describió como «el epítome del placer sensual» este retrato que realizó de dos prostitutas parisinas besándose, cuya finalidad era, precisamente, decorar un burdel. Pero más que deseo sexual lo que transmite es ternura. El motivo sirvió para otro cuadro similar.
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Off, de Edmund Blair Leighton
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No podía faltar la representación de unas buenas calabazas. La postura de la chica, con las piernas cruzadas, las manos sobre ellas como reforzando su actitud de cierre y mirando hacia otro lado ya da cierta idea de cuál ha sido su respuesta a la petición de matrimonio. Por si algún observador aún no lo tiene claro, este pintor prerrafaelita de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, también nos mostró el ramo de flores tirado en medio del camino y finalmente al desdichado batiéndose en retirada, caminando cabizbajo con las manos a la espalda, intuimos que pensando en qué pudo salir mal esta vez, repasando inútilmente cada frase y cada gesto.«Te quiero pero como amigo», ñiñiñiñi…
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El cumpleaños, de Marc Chagall
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Cantantes y poetas han empleado siempre metáforas en torno a cómo uno se siente flotando en compañía de la persona amada, así que Chagall se retrató en compañía de su esposa Bella en un fiel reflejo de su estado de ánimo, volando como un globo al desinflarse después de que esta aceptara el ramo de flores que le ha entregado. Podían contar el uno con el otro y ya poco importaba la austeridad en la que vivían en aquel momento, que también muestra el cuadro.
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En el jardín, de Pierre-Auguste Renoir
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A diferencia de los prerrafaelitas, que eran capaces de contar una película entera en una imagen, los pintores impresionistas tendían a rehuir esas escenas tan declamativas y cargadas de significado. Pese a dicha preferencia por una mayor ligereza, aquí Renoir nos mostró a una joven pareja disfrutando de un día campestre. Ella al menos, que su novio permanece tan absorto contemplándola que no sabe si es de día o de noche. Los protagonistas son Aline Charigot, la novia en ese momento del artista y futura esposa, y un amigo de este, Henry Laurent. Ambos fueron retratados también en este dibujo de Renoir.
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Francesca da Rimini y Paolo Malatesta vistos por Dante y Virgilio, de Ary Scheffer
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Durante su descenso a los infiernos Dante se encontró en el segundo círculo un huracán, en el que eran zarandeadas las almas condenadas por la lujuria. Dos de ellas pertenecían a Francesca de Rímini y a su amante Paolo Malatesta, hermano de su marido, quien al descubrir la infidelidad asesinó a ambos. Se trata de un hecho real ocurrido en el siglo XIII que sirvió también al escultor Auguste Rodin para su conocidísima obra El beso. Por su parte, el pintor franco-holandés Ary Scheffer representó esa escena dantesca con las dos almas en pena fundidas en un abrazo ante la mirada compasiva de los dos viajeros.
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Casados por amor, de Marcus Stone
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Si los matrimonios concertados han sido tradición durante tantos siglos es, precisamente, porque funcionaban. Piensen en ello. Luego llegó la moda esta moderna de casarse por amor y, en fin, miren las actuales tasas de divorcio y de soltería. Afortunadamente algo queda de esta noble costumbre y es el papel de los suegros: quién mejor que los padres de uno para saber qué le conviene. Así lo refleja este cuadro, titulado Casados por amor, en el que el hijo acude con su esposa y su hijo recién nacido a la presencia de su padre. Mientras el anciano sestea plácidamente, su hijo llega hecho un manojo de nervios, vean la posición adelantada del cuerpo, tensa, con toda su atención centrada en aquel de quien parece necesitar su aprobación. El cuadro fue pintado en 1882, pero está ambientado en el siglo anterior, tal como ocurría a menudo en el arte victoriano. Merece mucho la pena echar un vistazo a la galería de obras de su autor.
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El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck
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En cambio aquí tenemos un matrimonio como Dios manda, de comienzos del siglo XV. Véase qué serenidad casi sobrehumana irradian, seguro que se trataban de usted el uno al otro y consumaron a oscuras y después de rezar. Estamos ante un cuadro repleto de simbolismo, que retrata no solo a un matrimonio con su perrito sino a toda una época y una nueva mentalidad que se asomaba a Europa. El lienzo además tuvo una historia de los más accidentada que incluye familias reales, saqueos, robos y malentendidos de todo tipo. Pero sobre ello ya escribimos este artículo.
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Autopsia, de Enrique Simonet
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Nos llegaba hace unos días la noticia sobre la propuesta de las juventudes de un partido sueco de legalizar la necrofilia. Desconocemos cuánta demanda real habría pero sí podemos decir que se trata de una fantasía que ha estado en las mentes calenturientas de diversos escritores y artistas a lo largo de la historia, desde Bukowskihasta el estupendo vídeo de Tom Petty and the Heartbreakers. Es una forma infalible de evitar calabazas y conquistar el corazón de la persona amada, aunque sea a base de sacárselo, como en esta obra del pintor valenciano Enrique Simonet, cuyo título completo es ¡Y tenía corazón! (Anatomía del corazón).
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Los amantes, de René Magritte
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Pintado en 1928 por uno de los representantes más destacados del surrealismo, es una de las obras que más extrañeza logran provocar en el observador, y también que más interpretaciones ha despertado en torno a su significado.
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Las dos amigas, de Louis-Jean-François Lagrenée
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Este autor francés del siglo XVIII pintó otra versión de la historia que mencionábamos antes de Pigmalión y Galatea, así como otros mitos griegos y pasajes bíblicos. Siempre y cuando, claro, le permitieran dibujar cuerpos desnudos y a ser posible retozando, afición de la que dejó múltiples ejemplos, un par de ellos actualmente conservados en el Museo del Prado. El que vemos sobre estas líneas pese a lo que indique su título va más allá de la amistad, en una escena rematadamente sensual y acogedora de dos chicas haciendo la tijera. Mientras la de la izquierda mira tiernamente a su pareja, la de la derecha está derretida de placer.
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La siesta, de Vincent van Gogh
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Unos meses antes de su muerte, cuando estaba ingresado en el sanatorio de Saint-Rémy de Provence, Van Gogh tomó como inspiración esta pintura de Jean François Millet. La escena como vemos es muy similar aunque, fiel a su propio estilo, cambia por completo el uso de los colores.
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La tormenta, de Pierre Auguste Cot
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Estaría inspirada en la obra literaria del siglo II, Dafnis y Cloe, y fue pintada en el año 1880. Esta pareja que corre protegiéndose de la lluvia disfruta del amor en el esplendor de su juventud, que es la edad propicia para estas cosas, con sus carnes tersas y arrebatadoras. Luego enseguida llega la decrepitud y con ella la nostalgia.
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Gótico americano, de Grant Wood
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No cabe duda de que si hiciéramos un top diez de los cuadros más homenajeados y parodiados de la historia del arte, este sería una de ellos. Grant Wood lo pintó en 1930, bajo el azote de la Gran Depresión, como una representación del espíritu americano que se sobrepone a la adversidad. Estos dos granjeros de Iowa parecen decirnos que la vida no es para reír y con su austeridad, rigor puritano y disciplina para el trabajo encarnan esa tradición estadounidense que se remonta al Mayflower. Se les ve como un matrimonio con mucha afinidad, y sospechamos que una vez cerrada la puerta de su dormitorio realizarían unas acrobacias sexuales que difícilmente puede nadie imaginar.
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Amante colgando de ventana, de Banksy
Fotografía de Richard Cocks (CC). (Clic para ampliar)
Fotografía de Richard Cocks (CC). (Clic para ampliar)
El artista anónimo más famoso del mundo no necesita presentación. Este grafiti, también conocido como Hombre desnudo, no podía estar mejor ubicado que en la pared de un centro de planificación familiar, en Bristol.
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Drawing for Kiss V, de Roy Lichtenstein
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Durante un evento artístico celebrado en el hotel Chelsea en 1965 se sortearon entre los asistentes varias llaves por diez dólares cada una. Servían para abrir diversas taquillas en la Penn Station, en las que se encontraban obras de diversos artistas pop, como Andy Warhol o Roy Lichtenstein. De este último concretamente el boceto titulado Drawing for Kiss V. Hace cinco años dicho dibujo fue subastado y alcanzó un precio de dos millones de dólares. No fue mal negocio, desde luego. Aunque de esa obra lo que se popularizó fue la serigrafía que le da ese característico aspecto de cómic.
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El mundo de Cristina, de Andrew Wyeth
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Concluimos con una de las creaciones que más reconocimiento ha logrado del arte estadounidense y que, al menos por contraste, también nos dice algo en torno a este asunto que estamos tratando. La mujer que sirvió como modelo durante las sesiones fue la pareja de Andrew Wyeth, pero aquella a la que representa era su vecina, Christina Olson, una afectada de polio que acostumbraba a desplazarse así. El cuadro es de un realismo excepcional, como es costumbre en este artista, pero lo importante es todo aquello que nos evoca al contemplarlo. Soledad, abandono, impotencia… Transmite la sensación de que esa casa distante hacia la que dirige su atención representa el hogar, la familia, su oportunidad ser amada, pero resulta estar demasiado lejos para que pueda alcanzarla.

lunes, 22 de febrero de 2016

ARTE. PINTURA. EDVARD MUNCH. "El escalofrío de lo real"

   En "jotdown":

El escalofrío de lo real

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«Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna», Edvard Munch. Foto: DP.
«Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna», Edvard Munch. Foto: DP.
Casi cada día veía algo diferente en El grito. Una vieja lámina en la cabecera de la cama, como un Cristo profano, el hombre desesperado, mi mirada fija. Quizá era mi propia angustia reflejada en el rostro pelado y pálido, quizá la simple fascinación por todo lo que arde en ese cuadro, o un punto ególatra, enfrentarme a su horror cada mañana y sentirme fuerte por poder vencerlo, olvidarlo y seguir adelante con una vida presuntamente feliz. O puede ser que en realidad no tenga ni idea de lo que me llevaba a pensar tantas veces en descolgarlo y no hacerlo, ni del motivo oculto de que la versión más azul de El beso se haga carne en la pantalla cada vez que enciendo el ordenador; puede que el texto que sigue sea mi manera de entender estas interrogantes, darme a mí mismo la mejor respuesta. Aunque sea oblicua e incompleta. Aunque sea imperfecta. Aunque al final solo me deje cara a cara frente al vacío.
El escalofrío de lo real. Un alarido retumbante que solo escuchamos en el interior de la pesadilla, vuelto colores ardientes, miradas trémulas y rasgos distorsionados por la angustia vital. El arte de Evard Munch no hace prisioneros; casi invariablemente, sus imágenes ensucian la conciencia con una desazón y un malestar que invaden al espectador desde dos frentes que son muy difíciles de defender a la vez: por un lado, ataca la acritud de las imágenes, un delirio expresionista solo controlado a medias, que revuelve las tripas como solo puede hacerlo la visión de la herida o el paisaje después de la batalla; es el mismo ángulo por el que a veces penetran Bacon o Goya (ojo a Golgotha y su parecido al Aquelarre), aunque sin la necesidad gore sangrienta del uno ni el recurso del otro a lo grotesco y deforme. Es un frente oscuro que solo puede defenderse desde la creencia en la excepcionalidad, pensando que los seres que pueblan el imaginario baconiano son desechos o laceraciones, que los monigotes de Goya representaban lo peor de una sociedad enferma. Que nada de esto es habitual.
Una de las versiones de El grito, de Evard Munch.
Una de las versiones de El grito, de Evard Munch.
Pero Munch ataca desde una segunda vertiente: la realidad. No hay nada de truculento ni de artificial en sus historias —porque cada de uno de sus cuadros cuenta una historia, en un fotograma como el golpe seco de un golem— , sino los dolores despiadados que siempre esperan en cada recoveco de la existencia, de cualquier existencia: la enfermedad de un familiar, la chica que nos abandona por nuestro amigo, el infame día a día de ratas de ciudad, la agonía que precede al deceso. Poco escapa a la mirada lúcida y triste de Munch, pasional a veces, frío en ocasiones, estremecedor, emocionante, profundamente humano y personal.
Se diría que la identidad en Munch es un perro ciego trastabillando al borde del abismo. Sentenciada a muerte por las trampas y tentaciones de la vida y la sociedad —los compromisos, las desgracias, el dolor interno o externo que nos acaba sacando de nosotros mismos— raramente se muestra como un ente concreto y estático. Pinceladas aparentemente descuidadas dibujan una expresión fugaz, con frecuencia de desasosiego, horror o pena, y encontramos sin parar personajes de espaldas, que se ocultan o se esconden (la familia, el vampiro), que pierden los rasgos o directamente se funden en una nada que perturba al espectador como el fango frío de una ciénaga. Remueve por dentro mirar las sucesivas versiones del beso, que un observador ingenuo podría interpretar como una alegoría de la unión amorosa, pero que finalmente evocan lo que para el pintor resultaba ser la realidad de las relaciones: hundimiento sin rédito, existencia vicaria, fundición final con el otro en una identidad conjunta que conlleva mucha más pérdida que enriquecimiento. No es casualidad que los abundantes autorretratos del pintor muestren siempre un semblante adusto y malhumorado, una foto de satélite de las nubes negras que asolaban su vida cotidiana y su extrañísimo mundo mental.
Ves a esa mujer arrodillada con la cabeza entre las manos, diríase que naufragando en un mar embravecido de ocres y azules, y resulta imposible no desear estar allí, alzar una mano para sostener su barbilla, por fin contemplar ese rostro que Munch nos ha hurtado para siempre, y ofrecer aunque sea un vago consuelo a esa criatura transida por el dolor y la desesperación. Es difícil no sentir empatía hacia el rostro herido y resignado que da su espalda a los amantes, y en particular a la mujer que de cara al espectador se ofrece, entre el cuerpo medio desnudo y el rostro incitante, en la antesala de la lujuria. La mirada es cinematográfica: tan distinguidos el primer y el segundo plano, que sin embargo se complementan hasta volverse inconcebibles uno sin otro. Hay piedad en la mirada del pintor, pero también una necesidad de testimoniar lo desagradable, lo injusto y lo doloroso de la vida, con la máxima precisión. Quizá esa «fetidez de notarios» de la que habló Gamoneda.
Versión de El beso de 1897, de Edvard Munch.
Versión de El beso de 1897, de Edvard Munch.
Ríos de tinta han corrido a cuenta de la presunta misoginia de Munch, azuzados por las sombrías y turbulentas relaciones que mantuvo en vida el pintor —llegó a volarse un dedo en una disputa con su amante— y por las mujeres despiadadas y oscuras, a veces incluso asesinas, que pueblan su imaginería. La teoría oficial establece que en su pintura las mujeres aparecen claramente divididas en pandémicas y celestes, que diría Gil de Biedma: la mujer hambrienta de sexo, lasciva y lujuriosa, un simple objeto satánico cuyo fin último, consciente o inconsciente, es provocar la perdición del hombre; y la hembra complaciente, esposa, compañera y madre, protectora y sumisa, santa virgo virginum. Hay una base de verdad en esta hipótesis, pero utilizarla a modo de catálogo representa una simplificación casi ofensiva para un hombre que pintó miles de modelos femeninos a lo largo de su vida, y que incluso en alguna ocasión presentó a la mujer como el único motivo digno de ser pintado.
No podemos utilizar esta categoría para englobar la estremecedora serie de la niña enferma, terribles y obsesivos cuadros repetidos donde hasta se huele la podredumbre en la carne de su hermana moribunda. Tampoco los rostros casi andróginos que pueblan Tarde en Karl Johann, ni las jóvenes púberes que crecen hacia la vida en la luminosa serie de Las niñas en el puente, difícil no pensar en Proust al contemplarlas. Sin olvidar cuadros tan complejos y ambiguos como Mujer en tres estados, donde conviven la doble versión femenina con una triste imagen de senectud y decadencia, o Melancolía, una versión sentimental de Celos donde la dama, apenas un punto blanco, significa todo lo que se quiebra: amor, amistad, esperanza e ilusión (la chica se marcha con un amigo del personaje en primer término, que es Jappe Nielsen, un colega de Munch), pero también la libertad femenina de poder elegir. Dónde meter a esa Madonna que ha provocado tantas peleas entre los críticos, desde los que ven en ella una virgen perfecta (en algún sentido, sin duda lo es) hasta los que interpretan el nombre del cuadro como una gigantesca ironía y presumen hallarse delante de un clímax sexual. Haya querido representar el pintor lo que quisiera, sí que está comprobado que su modelo fue Aspasia, una femme fatale adelantada a su tiempo, partidaria del sexo libre y amante de la vida y el desenfreno.
Una de las versiones de la Madonna, de Evard Munch.
Una de las versiones de la Madonna, de Evard Munch.
Igual que, como hemos dicho, en cada pintura de Munch hay una historia y en cada cuadro una vida, es difícil imaginar cuáles serían las bandas sonoras que ambientarían sus escenas, o si estas siquiera existirían. Si algo transpiran muchas de estas obras es silencio, y tenemos perfectamente presente la paradoja que esto representa en alguien cuyo imagen icónica será para siempre El grito. Incluso contemplando con cuidado la obra maestra, tres detalles captan la atención del observador atento: 1) el protagonista se tapa los oídos —no es el único de sus cuadros donde ocurre—, buscando y deseando ese silencio que es incapaz de evitar, indefenso ante el alarido que brota de lo más profundo de su ser; 2) los personajes de fondo se presentan tranquilos, como si no hubieran oído sonido alguno y les fuera indiferente el sufrimiento del protagonista; y 3) puede que la pintura recoja el instante previo al sonido, ese en el que toda la angustia se concentra hasta reventar, modelando en una nota única e histérica la catarsis mental.
Así que si podemos percibir el silencio incluso en El grito, qué decir de los celos ya comentados más arriba, qué silencio más terrible que el del despreciado, destruido a la vez por la desazón, el desamor y la envidia. O el que se desprende de los rostros que pueblan la ciudad, donde Munch siempre se sintió tan solo, tan fuera de lugar, tan perdido… Es muy difícil mirar estos cuadros y no recordar el expresionismo del mudo alemán, Caligari,Nosferatu o El último; este portero despreciado e infeliz que podría integrase con tanta facilidad en el mundo del noruego. Cómo no sentir el silencio en el que la vampira que no es tal —recordemos que el cuadro se llama Amor y dolor pero que nunca escapará a esa condición en el imaginario colectivo, sorbe sangre/da consuelo a la figura callada a la que acoge, ángel demoniaco, entre su melena granate y sus pechos rosados.
Hablamos de colores sin parar, y es que el mundo de Munch es un universo de cromatismo desbordado, de relámpagos de luz, un arcoíris aparentemente enloquecido donde el color derrama significados a menudo opuestos al estándar clásico. Parece imposible poder describir una agonía angustiosa en un delirio de rosas y beiges, pero eso es lo que se nos muestra en el cuadro homónimo, donde solo los grises de las ropas recuerdan vagamente la clásica caracterización del duelo —¿o quizá no es tan duelo? ¿Quizá los protagonistas han asimilado la muerte y sus rostros rosados no expresan sino resignación o, siendo duros, indiferencia?—. A veces los colores se vuelven básicos y dulces y planea el recuerdo de Gauguin, como en La danza de la vida, una pequeña taxonomía de las relaciones resuelta en naranja, blanco y negro, o en el aparente aséptico Muerte en la habitación de la enferma, retrato de familia; otras, Toulouse-Lautrec parece adivinarse en el fondo de un maremágnum de colores fuertes y duros, la banalidad disimulando tristeza y podredumbre, o Renoir en alguna pequeña joya no por aislada menos refulgente. Las explosiones luminosas de Van Gogh, con quien tiene tanto en común, están bien presentes en cuadros como La enredadera roja, y tampoco podemos dejar atrás los cuadros sombríos, los marrones, ocres y negros que devienen casi tenebristas, asimilación de Rembrandt para mostrar los añicos de un negro universo emocional. Y los cielos: esos cielos que son a veces casi todo el cuadro y lo determinan, qué diferencia enorme marcada por ellos en cada uno de los cuadros de las niñas, la noche azul y estrellada, no hablemos de El grito, quizá el firmamento más famoso jamás pintado: Krakatoa a miles de kilómetros presente en las pesadillas de cualquiera que lo haya visto, una catarata de luz nuclear que precipita al espectador en su abismo enloquecido. Curioso que varios de sus autorretratos estén compuestos de miles de colores en pinceladas diminutas que agrupan miles de motas de color, como si el nervio le pudiera al relatarse, como si inconscientemente partiera en pedazos un alma tan complicada. Desde el puntillismo de 1886 a esa visión huraña y malhumorada que es Autorretrato enfrente de la casa, y de la que seguramente tomó buena nota Juan Gris. Sin soslayar, por supuesto, El artista y la modelo, quizá el cuadro donde más claro queda su oscuro mundo, contradictorio y obsesivo.
El artista y la modelo, de Edvard Munch.
El artista y la modelo, de Edvard Munch.
El gran problema de Munch para todos los que tanto le admiramos y, a veces, nos horrorizamos con su vida y su obra, es su inabarcabilidad. Fue un personaje tórrido, dipsómano y desequilibrado, pero también un polígrafo incansable y ajeno a la fatiga, que además de incontables pinturas, teorizó sobre su arte y vida en centenares de páginas de las cuales solo una pequeña parte es accesible al público (en español, El friso de la vida). Una persona de su tiempo, que conoció a todos los grandes pintores de su época, y que incluso ya al final de su vida mostró enorme interés en los avances técnicos y en cómo estos podían interrelacionar con su arte favorito… Seguramente, la gran biografía del genio está aún por escribir, pero mientras alguien asume la hercúlea tarea, la mejor manera de acercarse a la obra del gran hombre es comprar un billete a Oslo, acercarse al Munchmuseet y deambular durante un par de horas por los pasillos repletos de color, angustia y maravilla. No será el rato más feliz de su vida, pero cuando salgan, siéntense un ratito en el vecino Tøyenparken y reflexionen sobre lo visto, y sobre todo, sobre lo sentido. Nada será completamente igual.