Mostrando entradas con la etiqueta consumo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta consumo. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de febrero de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "Silicon Valley contra la socialdemocracia". Evgeny Morozov

   En "El País":

Silicon Valley contra la socialdemocracia

La supremacía del mercado virtual supondrá un retroceso en los derechos conquistados el último siglo. ¿Vivimos en el poscapitalismo o en el precapitalismo?


MIGUEL BRIEVA

Silicon Valley seguramente tiene las mayores reservas mundiales de desfachatez y arrogancia, pero ¿podría también estar sentando las bases del nuevo orden económico? Al menos, esa es la opinión cada vez más extendida entre sus detractores y sus defensores; en lo que no están de acuerdo es en cómo será ese orden.
El nuevo libro de Paul Mason Post Capitalism, que está triunfando en Reino Unido, tiene coincidencias con los dos bandos en este debate. Su argumento es que, a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes, incluso nuestros grandes señores empresariales tendrán dificultades para contener el radicalismo potencial —tanto de nuevas formas de disidencia como de organización social— en su interior.
Ahora bien, ¿y si Mason sólo tiene razón en parte? ¿Por qué suponer que saldría mal parada la idea del capitalismo y no, por ejemplo, la de la socialdemocracia? Hoy parece más probable esta última perspectiva.
Desde el primer momento, la socialdemocracia fue un sistema basado en concesiones. Llegó a distintos países en diferentes momentos históricos, pero su esencia siempre era la misma, las grandes empresas y los Gobiernos intervencionistas llegaban a un acuerdo beneficioso para ambas partes: los Gobiernos no cuestionaban la primacía del mercado como principal vehículo del desarrollo económico, y las empresas aceptaban una supervisión reguladora considerable.
Fue el famoso compromiso socialdemócrata el que hizo que Europa fuera un lugar tan cómodo para vivir. Las economías crecían; los trabajadores estaban protegidos y disfrutaban de magníficas prestaciones sanitarias; los consumidores podían confiar en que las empresas con las que trataban no iban a infringir sus derechos.

Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad
El sistema pareció funcionar al menos durante un tiempo. Pero la fragilidad de sus mecanismos internos no eran visibles para todo el mundo. En primer lugar, presuponía que las economías iban a seguir creciendo casi de forma indefinida, con lo que el Estado podría costear las generosas transferencias sociales. Segundo, para garantizar la dignidad del trabajo eran necesarias intervenciones tácticas ocasionales del Estado en industrias y sectores concretos; pero los que estaban privatizados, liberalizados o insuficientemente regulados —el sector de la tecnología, en su más amplia definición, es una combinación de las tres cosas— dejaban a los gobiernos escaso margen de maniobra. Tercero, el espíritu de la socialdemocracia dictaba que los propios ciudadanos apreciaran nobles valores como la solidaridad y la justicia, una actitud que también estaba sometida a reglas específicas.
Ahora, estas tres bases están viniéndose abajo a causa del feroz ataque de los mercados, pero también de Silicon Valley, que se apresura a explotar las numerosas incongruencias, ambigüedades y debilidades retóricas del ideal socialdemócrata.
La estrategia de la aplicación Uber es especialmente significativa. ¿Qué más da que algunas ciudades exijan a los taxistas cursos de formación, por ejemplo, sobre cómo tratar a los pasajeros ciegos o discapacitados? Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad.
Hace unos cuantos decenios, cuando el consumismo imprudente no había deteriorado aún nuestro raciocinio colectivo, esta actitud quizá nos habría parecido aberrante. Pero hoy las cosas no son tan obvias. ¿Por qué, pueden decir algunos, cada vez que tomo un taxi tengo que subvencionar que puedan tomarlos los ciegos y los discapacitados?
Como empresa, Uber también quiere que se la dejen en paz, y asegura que de esa forma puede dar más satisfacción al cliente; mientras el único criterio para medir la satisfacción sea el precio que paga.
Lo irónico es que Uber recurre precisamente al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información —las señas de identidad del poscapitalismo según Mason— para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920.
A pesar del control al que los somete Uber, estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas.
Un rápido repaso a otras facetas de lo que se consideraba socialdemocracia ofrece un panorama igualmente sombrío; sus cimientos están desmoronándose. Por ejemplo, existen pocos sistemas de salud en Europa que puedan sobrevivir a los problemas cada vez mayores del envejecimiento, la obesidad y los recortes presupuestarios. De ahí que haya una exuberancia tan irracional sobre las posibilidades de los dispositivos portátiles, sensores inteligentes y sus distintas combinaciones, que prometen transformar el modelo actual de cuidados preventivos. Se acabaron los tiempos en los que era posible no pensar demasiado ni demasiado a menudo en nuestra salud. Las aplicaciones de salud son fuentes inagotables de preocupación, y lo que había logrado el proyecto socialdemócrata era precisamente disminuir esa angustia.

Los consumidores vivimos una nueva época de oscurantismo: no sabemos por qué pagamos lo que pagamos
El mercado digital también está acabando con la idea de la protección al consumidor. A medida que la publicidad y la recogida de datos tienen más importancia en la economía digital, nos encontramos con precios determinados en función de algoritmos, muy personalizados y con frecuencia fijados para que paguemos el precio más alto posible. A muchos de nosotros también nos resulta difícil explicar por qué el billete de avión que compramos por Internet cuesta lo que cuesta. A pesar de todas las aplicaciones que cuentan las calorías y nos dicen el país de origen de los productos que compramos, los consumidores estamos entrando en una nueva época de oscurantismo: no tenemos ni idea de por qué pagamos lo que pagamos por unos productos que nos han empujado subliminalmente a comprar.
Además, Silicon Valley está organizando un asalto contra la filosofía en la que se basa la socialdemocracia, la noción de que los Gobiernos y los ayuntamientos pueden fijar normas y leyes que regulen el mercado. Silicon Valley opina que no: el único límite a los excesos del mercado debe ser el propio mercado. Son los propios consumidores los que deben castigar —poniendo malas notas, por ejemplo— a los malos conductores o a los anfitriones poco fiables; los Gobiernos no deben entrometerse.
¿Todo esto es poscapitalismo? Tal vez, pero sólo si estamos dispuestos a reconocer que el capitalismo, al menos durante el último siglo, se ha estabilizado gracias al compromiso socialdemócrata, que ahora está quedándose obsoleto. Cuando el poscapitalismo nace del debilitamiento de las protecciones sociales y las regulaciones de la industria, entonces definamos con propiedad: si Silicon Valley representa un cambio de modelo, es más bien al de precapitalismo.
Evgeny Morozov es editor asociado en New Republic y autor de La locura del solucionismo tecnológico (Katz / Clave Intelectual), que se publicará en España el 10 de noviembre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

jueves, 11 de junio de 2015

PRENSA. "El reciclaje de la ropa que ya no queremos·

   En "El País":

El reciclaje de la ropa que ya no queremos

Europa desecha cerca de seis millones de toneladas de textiles al año. Solo un 25% de esa ropa es reutilizada

En la planta de reciclaje de Wolfen, Alemania, intentan darles una segunda oportunidad, mientras que el discurso de la sostenibilidad cobra relevancia en la industria de la moda


Almacén en el que se guardan las prendas que se revenden sobre todo en Europa del Este y África. / MATIAS SAUTER

Detrás de una camiseta hay entre 2.000 y 2.900 litros de agua. Es la cantidad necesaria para cultivar y procesar el algodón para confeccionarla. A la mezcla hay que añadirle una buena dosis de pesticidas y la emisión de partículas contaminantes a la atmósfera que acarrea el transporte de la prenda desde los lejanos países en los que se suele confeccionar. ¿Cuál es su expectativa de vida? Tres años… de media. La atracción de los consumidores occidentales por la moda rápida, alentada por una incombustible maquinaria de fabricación barata en China y otros países, se ha traducido en un incremento cada vez mayor de la cantidad de prendas que se compran y que, tras pasar un tiempo olvidadas en el fondo del armario, acaban en la basura.
En Europa, se desechan seis millones de toneladas de textiles al año. Solo un 25% son reutilizados, la mayoría tras pasar por plantas de reciclaje como la de la multinacional suiza Soex en Wolfen (Alemania). Aquí, la ropa que nadie quiere se clasifica para venderse en el mercado de segunda mano o transformarse en bayetas para limpieza y aislante para la construcción y el automóvil. “Salvamos a millones de prendas de morir incineradas”, explica Paul Dörtenbach, que trabaja para la empresa. “Buscamos el mejor destino posible para la ropa usada”.
Cada día llegan a esta nave 350 toneladas de prendas procedentes de toda Europa, recogidas en contenedores o en tiendas. Las ONG venden las que no necesitan a empresas de reutilización textil a cambio de un donativo (alrededor de dos euros por kilo) que destinan a financiar otros fines sociales. Las empresas también son clientes. Es el caso del grupo sueco H&M. En 2013 lanzó un programa de recogida y reciclaje de ropa con Soex para premiar a los clientes: por cada bolsa de ropa usada que llevan a la tienda, se les hace un descuento para comprar prendas nuevas. La firma de moda ha invitado a cuatro periodistas europeos a un recorrido por la planta, a unas dos horas en coche de Berlín, en territorio de la antigua RDA.

70 millones de toneladas de ropa se consumen cada año en todo el mundo, según Naciones Unidas
El proceso es laborioso. Los 800 empleados miran y clasifican, una y otra vez, las prendas. Las colocan según el tipo en diferentes cajones: pantalones, jerséis, camisetas, vestidos... Luego comprueban las que pueden ser usadas de nuevo y las que no. “Nos concentramos en separarlo todo para seleccionar lo que podemos reutilizar y vender en tiendas de segunda mano y lo que acabará en la trituradora”, explica Dörtenbach. La ropa siempre viaja en bolsas amarillas suspendidas en el aire y controladas por un ordenador que sabe en todo momento en qué etapa se encuentran.
La mitad de las prendas acabarán siendo reutilizadas. Un grupo de mujeres —“con sentido del estilo”, en palabras del ejecutivo— las escoge. “Esta parte de la planta es clave y las personas que trabajan aquí reciben dos meses de formación sobre moda y calidad de los tejidos: son todas mujeres, pero es por casualidad”, aclara. La ropa que puede tener salida en el mercado vintage es la más buscada. Es la más rentable, la que deja más margen y compensa el escaso retorno de otras vestimentas con menos personalidad. Al final, todo el textil recuperado se apretuja en grandes paquetes en un almacén gigante. Está listo para exportar, principalmente a las tiendas de Europa del Este y los grandes mercados de África (ropas de blancos muertos, como las llaman en Nigeria, Kenia y Tanzania).
El resto se somete a la trituradora. Los tejidos son descuartizados primero en una máquina grande y luego en otra más pequeña. Se mezclan y cortan a medida de las necesidades: fibra para la industria del automóvil, utilizada como aislante; una pelusa gris que se aprieta hasta formar una especie de ladrillo para forrar los techos de las casas; e incluso una mezcla que puede ser reutilizada para confeccionar ropa nueva. Un ejemplo muy directo: los vaqueros de Henrik Lampa, responsable de Sostenibilidad Medioambiental de H&M. Los pantalones forman parte de una pequeña colección de la firma sueca realizada en un 20% con algodón reciclado. “Los expertos siguen investigando y estoy convencido de que, en no mucho tiempo, ese porcentaje podrá aumentar sin mermar la calidad del tejido”, explica a los periodistas.


En esta máquina gigante, las prendas son totalmente destruidas. / MATIAS SAUTER
Como muchas otras empresas del sector, H&M se ha subido a la ola de lo ecológico o, por utilizar un término aún más de moda, lo sostenible. Primero fueron varias líneas de ropa orgánica y después el programa de reciclaje. La compañía, que se ha hecho famosa en el mundo por vender camisetas y vestidos a 10 euros, lo interpreta como un paso adelante para concienciar a los compradores de la importancia de preservar el medio ambiente. Para algunos críticos, se trata de una estrategia para vender más ropa y mejorar su imagen. “La decisión de comprar es del consumidor”, se defiende Lampa. “Queremos a nuestros clientes y somos una empresa rentable que tiene como objetivo hacerlo mejor que la competencia”, añade, “y creo que, además, podemos ayudar al medio ambiente”.
H&M ha recogido para el reciclaje 13.000 toneladas de ropa (un millar en España), volumen equivalente a 65 millones de camisetas, desde que hace dos años se lanzó el programa en 55 mercados, según los cálculos de Carola Tembe, que también forma parte del equipo de sostenibilidad de la empresa. “Queremos que sea fácil para el cliente encontrar moda sostenible. Un 45% de los consumidores busca activamente ropa respetuosa con el medio ambiente”, afirma. El grupo sueco, al igual que otras grandes cadenas de moda como Zara, su gran rival, ha estado en varias ocasiones en el punto de mira por las denuncias sobre las condiciones en las que trabajan los empleados de algunos de sus proveedores, especialmente en Asia. “Estamos haciendo grandes esfuerzos para controlar las fábricas a través de 70 auditores”, recuerda Tembe.
El discurso ecológico está cobrando cada vez más relevancia en la industria de la moda, ya sea por cubrir una demanda real, por cuestiones de imagen o por una combinación de ambos factores. “En los últimos diez años se ha convertido en una tendencia cada vez más popular, y va en ascenso. Ya no solo se trata de pequeñas marcas aisladas. Los consumidores son cada vez más exigentes en este sentido”, opina Franziska Schmid. Trabaja para uno de los grandes blogs de moda ecológica de Alemania, Lesmads, y es experta en lo que se conoce como moda vegana. Una prenda es vegana si no contiene material procedente de animales, como piel, pelo, lana, seda y plumas. “Una camiseta de algodón de H&M es vegana, como también los son las zapatillas Roshe Run de Nike; por accidente, siempre ha existido la moda vegana”, afirma Schmid. “Para mí hay tres factores importantes en cuanto a la moda: que sea un material orgánico o sostenible, que venga de comercio justo y que sea vegano”.

El cultivo de algodón es intensivo en agua. Para fabricar una camiseta de 250 gramos se necesitan 2.700 litros. Para unos vaqueros de un kilo se requieren más de 11.800 litros
La lista de empresas que se apuntan a esta tendencia crece. Puma y The North Face también tienen programas de reciclaje con Soex. El grupo español Inditex ofrece productos de algodón orgánico y detalla anualmente en su memoria de sostenibilidad (H&M hace lo mismo) los avances en su estrategia medioambiental, como por ejemplo la eficiencia energética. Además, se ha asociado con la cooperativa catalana Roba Amiga para mejorar la gestión de los residuos textiles y la construcción de una planta de reciclaje en Sant Esteve Sesrovires (Barcelona), inaugurada en enero de 2013. “Por las instalaciones pasan 4.000 kilos de ropa al año y 44 de los 59 empleados están en riesgo de exclusión social”, afirma su gerente, Chema Elvira.
El fenómeno no es nuevo. En la década de los setenta, el diseñador norteamericano Roy Halston Frowick creó un vestido realizado en un tejido sintético no biodegradable tipo ante, ultrasuede, que podría tomarse como ejemplo de moda sostenible y perdurable en el tiempo. Es poco probable que Halston tuviera en cuenta la preservación del medio ambiente cuando diseñó su popular modelo, pero el material era tan resistente que, aún hoy, se puede comprar uno de sus vestidos en el mercado vintage como si fuera nuevo. Pocos años después, el diseñador belga Martin Margiela empezó a realizar piezas únicas a partir de viejas prendas de vestir y otros objetos: jerséis hechos de retales de jerséis, vestidos confeccionados con cordones de zapatos…
El concepto de duradero suele estar en conflicto con uno de los grandes principios de la moda: moverse de forma compulsiva entre tendencias y estilos. “Normalmente, lo ecológico y el reciclaje se hacen por puro marketing. En el corazón mismo de la moda hay componentes antiecológicos, porque esta es intrínsecamente fugaz”, explica el sociólogo Pedro Mansilla. “Las marcas nos seducen para que compremos más y más. El ‘lo quiero’ acaba prevaleciendo en la gran mayoría de los casos, por mucha conciencia ecológica que tengan algunos consumidores. Lo que está calando más es el concepto de moda sostenible, también en el mundo del lujo. Ser sostenible está bien, porque no contaminamos, no explotamos a niños y, además, nos permite seguir siendo consumistas”, remata con ironía Mansilla.


Trabajadoras de Soex clasificando ropa. / MATIAS SAUTER
En el caso de la tendencia vintage se hace una excepción: “Es un fenómeno que se produce por una reacción frente a la gran mancha unificadora de las grandes cadenas, pero no creo que detrás esté la protección del medio ambiente”. Un caso similar puede ser la venta de objetos de lujo de segunda mano, como bolsos clásicos de grandes marcas, con descuentos. No parece que lo que impulse al comprador sea su amor por la naturaleza.
Sentado en la sala de reuniones de la planta de Wolfen, Henrik Lampa defiende la conciencia ecológica de H&M. No dispone de datos sobre cuántas prendas de la colección reciclada se han vendido. “Lo importante es que, poco a poco, se vea que esta ropa es también de calidad”, afirma presumiendo de nuevo de sus vaqueros, cuya fabricación requiere un 50% menos de agua y energía que unos normales. “Creo que debemos demostrar a los clientes que estas prendas pueden ser, además, divertidas”. Él parece convencido.

miércoles, 18 de junio de 2014

PRENSA. "Los españoles dejan de comer fuera y gastan más en medinas y enseñanza"

   En "El País":

Los españoles dejan de comer fuera y gastan más en medicinas y enseñanza

El gasto medio por hogar ha sido de 27.098 euros en 2013, un 3,7% menor que el año anterior

Los hogares han recudido el gasto especialmente en hoteles, cafés y restaurantes, según el INE

Archivado en:



Una cafetería en la zona de ocio del puerto de Alicante. / PEPE OLIVARES
Los españoles han dejado de comer fuera. Al menos esa es una de las conclusiones que se deduce de la Encuesta de Presupuestos Familiares publicada este lunes por el Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre el gasto medio de los españoles en 2013. Los hogares han reducido el gasto especialmente en hoteles, cafés y restaurantes (-8,5%) por el menor gasto en comidas y bebidas fuera del hogar; en ocio, espectáculos y cultura (-8%), y en bebidas alcohólicas y tabaco (-7,8%), debido principalmente al menor gasto en tabaco, que disminuyó un 9,7% en 2013.
El gasto medio por hogar en 2013 ha sido de 27.098 euros, un 3,7% menor que en 2012. El gasto individual también se ha visto reducido, en un 2,7% menos con respecto al año anterior, que ha sido de 10.695 euros. Los hogares han reducido el presupuesto de 2013 en algo más de 1.000 euros en comparación con 2012. En líneas generales, todas las categorías estudiadas han experimentado disminuciones, menos la enseñanza, que aumentó un 8,6%, es decir, un total de 29 euros más.
Además de la educación, el gasto de medicamentos y productos farmacéuticos ha crecido un 9,2%, lo que supone que cada familia ha tenido que destinar 399,22 euros, 34 euros más que el año anterior. Remonta así el gasto en farmacia, que venía decreciendo desde el año 2007, cuando alcanzó los 409,9 euros por hogar. Los gastos relacionados con la vivienda, como los precios del agua, la tasa de basura o los gastos de la comunidad de vecinos, también han subido un 1,8% más, lo que ha supuesto 14 euros más por familia.
Como ocurrió el año pasado, el tipo de hogar que menos ve alterado su nivel de consumo es aquel en el que el principal sustentado de un jubilado, con una reducción del gasto del 1%, frente al descenso del 6,1% cuando el cabeza de familia es un parado, un 4,0% cuando es un ocupado o un 2,1% cuando es un inactivo.
En cuanto a las comunidades autónomas, el País Vasco, donde el gasto medio por persona alcanza los 13.573 euros, según el Instituto Vasco de Estadística, Eustat, ha sido, junto con la Comunidad de Madrid, la región con más gasto por persona. Por otro lado, Canarias y Extremadura, las que menos. 

martes, 15 de abril de 2014

PRENSA. "No lo llames '0,0' cuando quieres decir 'light'"

Los productos 'sin' cada vez están más presentes en los supermercados. / NOEL HENDRICKSON (GETTY IMAGES) ("El país")

   En "El País":

No lo llames ‘0,0’ cuando quieres decir ‘light’

Cada vez más marcas utilizan el ‘cero-cero’ como reclamo, aunque no tenga base nutricional En la última inspección de Consumo se detectaron irregularidades en el 20% de los etiquetados

 28 OCT 2013

¿Qué tienen en común una cerveza 0,0, un tomate frito 0,0 y un aceite 0,0? Según el Real Decreto 53/1995, se consideran cervezas sin alcohol aquellas cuya graduación alcohólica sea menor al 1% en volumen. No hay ninguna norma que establezca cuándo es legal utilizar la cifra 0,0 en el etiquetado de alimentos o bebidas, aunque generalmente se asocia a cervezas con un porcentaje de alcohol mínimo, casi siempre por debajo del 0,05%. Pero como la norma no lo prohíbe, nada impide que otro tipo de productos se presenten con esta referencia para dar a entender que contienen un porcentaje mínimo en alguno de sus ingredientes (como un atributo positivo). Por ejemplo, la marca de tomate frito Orlando 0,0 hace alusión a que no lleva sal ni azúcares añadidos (aunque con un asterisco advierte de que “contiene sal y azúcares naturalmente presentes en el tomate”).
¿Y un aceite 0,0? ¿A qué ingrediente ausente puede referirse el aceite La Masía 0,0? Atendiendo a su etiquetado, a ninguno. “Es un nombre comercial que evoca su capacidad para reducir hasta en un 50% la absorción de grasas en frituras. Esto se consigue gracias a un proceso de refinamiento que hemos desarrollado para conseguir un mejor comportamiento en las frituras”, explica un portavoz de Ybarra, grupo propietario de la marca.
El etiquetado de este producto deja claro que se trata de un aceite de oliva refinado con menos de un 0,1% de aceite de oliva virgen extra. También advierte de su alto poder calórico: 824 kilocalorías por 100 mililitros. El esperado en cualquier aceite de oliva. “El etiquetado cumple la ley, ofrece detalle de todos sus ingredientes, propiedades y refinamiento. Pero la etiqueta 0,0 puede inducir a confusión, no dice que tenga menos calorías pero lo sugiere. Además, se añade que se pueden obtener fritos con un 50% menos de aceite, lo que refuerza esa sugerencia”, explica Enrique Martínez, investigador del Instituto de la Grasa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

“Antes todo era ‘light’, ahora todo es 0,0 o sin”, explica un experto en 'marketing'
Son muchas las tácticas comerciales que utilizan las empresas de alimentación para intentar que sus marcas destaquen en los estantes de los supermercados. “Por ejemplo, cuando se quiere sugerir algo que la legislación no permite, se convierte en marca comercial. Con esto se consiguen varias cosas. Por ejemplo, dar a entender que un determinado ingrediente es mayoritario en un producto cuando no lo es, como el caso de la margarina Flora Oliva, que solo tiene un 8% de aceite de oliva en el total del producto; para nombrar un ingrediente que en realidad no contienen, como una crema denominada Jamón York que en realidad no tiene nada de jamón sino que es una crema al jamón, otra de cangrejo que en realidad es de surimi, etcétera. También se recurre mucho a la técnica del asterisco, para matizar afirmaciones comerciales, o incluso a la picaresca de crear una página web con una dirección que afirme lo que no se puede afirmar por ley, como lamargarinaesbuena.com, para poder ponerlo en el envase”, relata el autor de un conocido blog sobre alimentación [gominolasdepetroleo.com], doctor en tecnología alimentaria, que se mantiene en el anonimato bajo el seudónimo de Papyrus. “Estas tácticas se sitúan en los límites de la legislación. Pero como la interpretación de las leyes es muy amplia, muchas veces no es posible demostrar que se trata de publicidad engañosa”, dice.
Un estudio encargado en 2012 por Freshfel, la asociación que representa el sector de frutas y hortalizas frescas en Europa, titulado ¿Dónde está la fruta?, revela que la imagen y el nombre de la fruta fresca se emplea a menudo como reclamo en productos que no la contienen o lo hacen en cantidades mínimas, sobre todo lácteos, dulces y bebidas. Casi uno de cada cinco artículos analizados no contenía nada de fruta, mientras que otro 32% tenía un porcentaje inferior en todo caso al 10% del peso total del producto. Teniendo en cuenta el reglamento de 2006 de la UE, relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables en los alimentos, el informe concluía que solo el 13,5% estaban realmente autorizados a utilizar imágenes de fruta fresca en el envase o etiquetado.
Pero no es fácil sacar del mercado un producto que incumple la legislación. Un ejemplo lo encontramos en el caso de la marca de patatas Pat Diet, que fueron retiradas en 2011 tras un proceso judicial de tres años emprendido por la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU). La Audiencia Provincial de Barcelona sentenció, igual que un año antes lo había hecho un juzgado de primera instancia, que el etiquetado de este artículo era engañoso porque tanto el nombre comercial Pat Diet como el hecho de que en el etiquetado apareciera una patata con una báscula en su interior inducían a los consumidores a concluir que se trataba de un producto de bajo valor energético, cuando en realidad rebasaba las 60 kilocalorías por cada 100 gramos (por encima de lo estipulado en el reglamento europeo de 2006). “Fue una batalla larga y costosa. No podemos embarcarnos en otra así. Ahora, cuando detectamos alguna irregularidad de este tipo, nos limitamos a comunicarlo a la autoridad de consumo de la comunidad autónoma correspondiente para que actúe. A veces se consiguen rectificaciones, pero otras veces no”, apunta Yolanda Quintana, portavoz de CEACCU.

La fruta se usa como reclamo en productos que no la contienen o tienen muy poca
En su última campaña de inspección para controlar el etiquetado de los alimentos, realizada en 2012, el Instituto Nacional de Consumo descubrió que un 20,18% de los artículos analizados presentaban irregularidades. Pero el porcentaje real podría ser mayor. Un estudio realizado en 2008 por CEACUU reveló que uno de cada tres productos etiquetados como saludables eran engañosos o inducían al consumidor a un error.
“En las negociaciones de las normativas, la industria siempre presiona para que las leyes sean flexibles. Es decir, que sea lo suficientemente ambigua para, en caso de inspección, tener un gran margen de interpretación. Por eso es tan difícil demostrar que una etiqueta es engañosa”, lamenta Quintana. “En el proceso de elaboración del reglamento europeo de 2006, la industria logró que se sacara de la redacción la norma que decía que sería considerado engañoso de manera automática cualquier reclamo que incumpliera este reglamento. Esto quiere decir que hay que recurrir a la ley de competencia desleal para demostrarlo, que es un proceso más difícil”, añade.
La industria se protege en bloque porque sabe que si una empresa consigue buenos resultados con una estrategia de venta, las demás la van a imitar. “Hace una década, por ejemplo, se impuso el término light. Funcionaba tan bien que acabó usándose para todo, incluso para el tabaco. Hasta que se agotó y las marcas tuvieron que buscar nuevos reclamos para presentar los productos bajos en calorías o ligeros”, comenta Eduardo Martínez, director de la escuela de marketing alimentario M4F. “Ahora la tendencia es el 0,0 y lo sin: sin calorías, sin alcohol, sin colorantes, sin aditivos, sin grasas. Y como pasó con lo light, se empieza a usar para todo”.

El número de productos ‘sin’ se ha duplicado en los últimos ocho años
José Enrique Carreres, jefe del departamento de nuevos productos del centro tecnológico Ainia, confirma esta tendencia. “En los últimos ocho años se ha duplicado el número de nuevos productos sin en el mundo. Un porcentaje incluso más alto en tres segmentos. Por un lado, el de los productos “sin alergenos” pasó de 1.200 lanzamientos en 2005 a 6.000 en 2012; en el mismo periodo, el de “sin grasas trans” pasó de 1.000 a 7.000, y el de “sin aditivos ni conservantes” fue de 6.000 a 24.000”, detalla.
La competencia es dura y cada vez resulta más difícil destacar. “Los departamentos comerciales tienen que inventar continuamente nuevos reclamos que distingan sus artículos de los demás. No solo es cada vez más difícil destacar, sino también entrar en las grandes superficies de venta, porque la mayoría están dando preferencia a sus marcas blancas y, fuera de eso, solo distribuyen productos que tengan un valor añadido, que tengan algo especial que ningún otro ofrece”, apunta Eduardo Martínez.
Ese valor añadido se consigue no solo con reclamos nutricionales atractivos, sino también con colores e ilustraciones sugerentes. “Tradicionalmente, el verde se ha empleado para transmitir natural, frescor. El marrón se asocia a lo rústico, artesano, no artificial. El azul transmite confianza y es utilizado mucho en los productos dietéticos”, explica Inés Küster, catedrática de Comercialización e Investigación de Mercados de la Universidad de Valencia. “Una investigación realizada en una universidad americana demostró que un mismo alimento podía percibirse de un modo diferente según las declaraciones o el color del envoltorio. Como ejemplo, si una tableta de chocolate se presenta envasada con papel de color verde, se percibe como un producto más saludable y menos calórico que si se presenta con un envase de color rojo”, prosigue Küster.

El abogado que ganó a las tabaqueras ha puesto ahora el foco en la alimentación
El consumidor se ve sometido a un bombardeo de reclamos cada vez más sofisticados, que muchas veces ni siquiera entiende. Susana Fiszman, investigadora del Instituto de Agroquímica y Tecnología de los Alimentos del CSIC, cree que “la mayoría no comprende realmente las declaraciones que aparecen en las etiquetas. Y eso es darle ventaja a la industria. Por ejemplo, teniendo en cuenta que lo sin es uno de los términos que mejor funciona en este momento, las marcas elaboran sus reclamos utilizando palabras que remitan a lo natural y eviten la alusión a la química. Por ejemplo, en lugar de usar el término colorante, que hoy día está mal visto, se dice extracto de remolacha, que en realidad es un colorante”.
Fiszman cree que “la mejor manera de luchar contra la publicidad engañosa, aparte de controlar el cumplimiento de la legislación, es apostar por la educación nutricional de los ciudadanos. Así sabrían interpretar mejor las declaraciones de los productos y, además, se derrumbarían muchos de los mitos que surgen por desconocimiento, entre ellos el mito de que todo lo químico es malo”, opina.
Hay otras apuestas más radicales. Don Barrett, el abogado estadounidense que ganó la primera gran batalla judicial contra las tabacaleras a finales de los años noventa, logrando una indemnización de cerca de 200.000 millones de euros para costear gastos sanitarios de enfermedades producidas por la nicotina, ha puesto el foco ahora en la publicidad engañosa de la industria alimentaria. Su bufete ha demandado ya a una treintena de multinacionales, que controlan el grueso del mercado, entre ellas se encuentran Nestlé, Unilever, Procter & Gamble, Kraft, Coca-Cola o PepsiCo, por mentir en el etiquetado de algunos de sus productos.
Barrett, cuya cruzada contra las tabacaleras fue llevada al cine en la película The insider (traducida en España como El dilema), centra sus demandas precisamente en productos que hacen gala de contener ingredientes “naturales”, de no llevar transgénicos o sabores artificiales, de estar elaborados de forma artesanal, comercializarse como alimento saludable o por utilizar eufemismos como “jugo de caña” para referirse al azúcar. “En EE UU, que tiene una de las mayores tasas de obesidad y diabetes del mundo, parece que la palabra azúcar está prohibida. Por eso los fabricantes eluden esta palabra y se inventan eufemismos como jugo de caña”, ha declarado el abogado a la prensa estadounidense.
Según Barrett, alrededor del 25% de los productos están mal etiquetados en EE UU. Algunas de las marcas a las que ha empezado a demandar su bufete han matizado ya sus etiquetas para evitar ir a juicio. Es el caso de Sunsweet, que comercializa frutos secos, zumos y snacks, que ha eliminado las referencias a supuestas propiedades antioxidantes. Otras compañías, en cambio, han preferido acogerse a su presunción de inocencia y llegar a los tribunales.

Coto a la publicidad de los cosméticos

“Ninguna crema es capaz de eliminar las arrugas o la celulitis”. Lo reconoce Carmen Esteban, directora técnica de la Asociación Nacional de Perfumería y Cosmética (Stanpa), que agrupa en España a las principales marcas del sector. “Podemos reducir su profundidad, mejorar la apariencia de la piel, alisarla, pero nunca desaparecen”, añade. Si se analiza la publicidad de este tipo de productos, es cierto que ninguno se atribuye cualidades milagrosas. “Pero una cosa es lo que se dice literalmente y otra lo que se da a entender, y muchas veces los anuncios de cosméticos inducen a error de manera deliberada”, advierte Alejandro Perales, presidente de la Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC). “Palabra por palabra no se les puede acusar de nada porque utilizan términos como ayudar, mejorar, reducir. Pero la mezcla de frases e imágenes raya la publicidad engañosa: el consumidor cree oír o leer lo que realmente los anuncios no dicen”, precisa Ileana Izverniceanu, portavoz de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU).
Este verano entró en vigor un nuevo reglamento de la UE que intenta poner coto a estas prácticas. Su principio básico es la veracidad: cada enunciado, “explícito o implícito, debe sustentarse con elementos de prueba verificables”. Es decir, que si un producto promete “resultados visibles” en un periodo de tiempo, el fabricante debe poder demostrarlo con estudios empíricos.
“Sobre el papel el reglamento es perfecto, pero en la práctica se mantienen ambigüedades”, lamenta Alejandro Perales. Por ejemplo, la normativa recoge que “las comunicaciones deben ser claras, precisas, pertinentes y comprensibles para el usuario final medio”, pero no especifica quién es ese usuario final medio. ¿Debe entender lo que realmente significa que un producto contenga “moléculas que redensifican el cabello”, “coenzimas reafirmantes” o “aminoácidos reguladores del pH?”.
La interpretación de los fabricantes es abierta. “Cada marca sabe mejor que nadie quién es su cliente objetivo, que viene a ser el usuario final medio. Por eso es la única que puede juzgarlo”, opina Carmen Esteban, que asegura que el sector está adaptado a la nueva normativa desde hace tiempo gracias a un código de comunicación responsable que impuso Stanpa a sus asociados. “Nuestros principios son los mismos: veracidad, honradez y cumplimiento de la legislación. Todo ello no es incompatible con utilizar los recursos del lenguaje publicitario. En cualquier sector se utilizan hipérboles”, asevera.
La portavoz de OCU coincide en que el reglamento supone un avance sobre el papel, pero cree que para que funcione en la práctica debe haber más control. “Echamos de menos sanciones ejemplarizantes”, comenta.

lunes, 6 de enero de 2014

PRENSA. "Un tesoro que se va a la basura"

Un grupo de personas busca comida en el contenedor de basura de un centro comercial madrileño en junio de 2012. / LUIS MAGÁN. ("El país")

   En "El País":

Un tesoro que se va a la basura

Las prisas, la falta de conocimientos de cocina y el desapego por los alimentos hacen que España sea el sexto país de la UE que más comida en buen estado desecha

 Madrid 4 ENE 2014

Sobra un cuarto de pollo asado y se guarda en la nevera para mejor ocasión. ¿Qué hacer para aprovecharlo? Unas croquetas, pero… ¿quién puede permitirse pasar toda una mañana en la cocina haciendo este plato? Pocos, muchas menos personas que antes. España —los hogares, los supermercados, las fábricas, los restaurantes— debe reducir a la mitad la cantidad de alimentos que terminan en la basura antes de 2025 por imperativo de la Unión Europea (UE). Todo en una sociedad con ritmos de vida cada vez más acelerados, en la que los sociólogos advierten una falta de conocimientos de cocina y cierto desapego por el valor de los alimentos.
El Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente trabaja en una hoja de ruta para atajar este problema en los próximos tres años. Se abordará desde múltiples frentes: estudiando los hábitos de consumo de las familias, promoviendo cambios legales relacionados con las fechas de caducidad o consumo preferente o con campañas de concienciación para ciudadanos, restaurantes o distribuidoras de alimentación, entre otras iniciativas.


Fuente: FAO e HISPACOP / EL PAÍS
Según datos de la Comisión Europea, el 42% de las pérdidas y el desperdicio de alimentos se produce en los hogares, el 39% corresponde a las empresas de producción y el 14% a la restauración. “Hay que conseguir una toma de conciencia y complicidad a todos los niveles”, plantea Fernando Burgaz, director general de industria alimentaria.
El despilfarro de alimentos es también una cuestión de culturas. En Escandinavia, por ejemplo se desperdicia mucho menos. “Es verdad que en España hubo una época en la que se pasó de la escasez a la abundancia, y que todavía queda de esa necesidad de alarde, pero no dejar de ser un elemento más a tener en cuenta”, valora Cristóbal Gómez, profesor de Sociología de la UNED. España es el sexto país de la UE que más comida en buen estado tira, en total 7,7 millones de toneladas al año, según datos de la Comisión de 2010. Los cincos primeros son Alemania (10,3 Tm), Holanda (9,4 Tm), Francia (9 Tm), Polonia (8,9 Tm) e Italia (8,8 Tm).

'Tuneo' de sobrillas

Son platos estrella a los que no se les pone mala cara y que se incorporaron a la cocina española fruto de la necesidad de aprovechar los alimentos. Se trata, por ejemplo, del popular arroz al horno, plato valenciano que da valor a los restos del cocido, o de las torrijas, que sacan partido del pan duro del día anterior.
El cocinero Sergio Fernández ha compendiado sus conocimientos e imaginación sobre “tuneo' de sobrillas” en un recetario, accesible en la web de Hispacoop, en el que también se incluyen ideas para aprovechar los restos de las comidas de Navidad, como los muffins de mazapán o natillas de turrón. “Se le puede dar glamour a estas cosas. Yo no lo llamo sobras, los llamo ingredientes disociados”, bromea.
Gómez destaca que en Italia, por ejemplo, se aprecia un mayor “interés cultural por la comida” y cree que esto juega a su favor para que no termine en la basura. Hay ejemplos alentadores, como Gran Bretaña, con 8,3 millones de toneladas de alimentos desperdiciados, que ha conseguido reducir hasta un 21% sus desechos en cinco años gracias a campañas de concienciación. Francia, donde el despilfarro de comida puede suponer un gasto de 400 euros al año para una familia de cuatro personas, ha propuesto un “pacto nacional” del que han salido iniciativas como que los consumidores puedan acogerse a promociones de 3x2 en diferido, de forma que la tercera unidad se la puedan llevar a casa después, o campañas como “la belleza está en el interior” que intenta que no se desechen verduras u hortalizas deformes. Empresas españolas, como Mercadona reconocen que no hay forma de que el cliente se lleve una zanahoria o una patata torcida a casa y han optado por canalizar estos productos a otras cadenas de producción. Los utilizan, por ejemplo, para productos elaborados (purés, mermeladas, etc.) “La verdad es que no se venden y es una pena”, se lamentó Adela Torres, gerente de Medio Ambiente de Mercadona en unas jornadas organizadas por el Ministerio de Alimentación.
En España, el desperdicio de alimentos por persona alcanza los 28 kilos al año, según un trabajo de la Confederación Española de Cooperativas de Consumidores y Usuarios (Hispacoop), avalado por el Instituto Nacional de Consumo. Los más desechados son el pan, cereales y otros (20%), las frutas y verduras (17%), los lácteos, pasta, arroz y legumbres (13%), las bebidas (7%) y las carnes o comidas preparadas (6%). Esta asociación acaba de editar un libro de recetas con el que se busca sacar partido de todos estos alimentos. “Hemos perdido mucho el rumbo (...) Tiramos comida y no nos duele”, opina el cocinero Sergio Fernández, autor del recetario presentado en la antesala de la Navidad. “Es difícil controlar las cantidades si no se cocina habitualmente, pero hay que quitarse de la cabeza que son sobras. Es comida, y con un poco de imaginación se puede hacer un aprovechamiento de lujo”.
Alicia Langreo, directora de la sociedad de estudios Saborá, especializada en sistema alimentario, cree que se valora poco los alimentos. “La alimentación cuesta una parte pequeña de la renta, menor cuando la renta es más grande”, considera. “En países muy pobres se aprovecha hasta la cáscara de las patatas, pero aquí, con el pollo a dos euros el kilo, es muy difícil que se plantee hacer unas croquetas o una lasaña con un cuarto que ha sobrado”, comenta. Langreo, ingeniero agrónomo, habla de la necesidad de cambiar la actitud ante el consumo, algo en lo que coincide con el sociólogo Gómez. “Tirar unos calcetines que necesitan un zurcido o cambiar los electrodomésticos cuando todavía funcionan también implican un desperdicio”, añade Langreo.
“No es que haya que dejar de consumir, sino que hay que añadir el apellido responsable”, matiza Milagros Yagüe, subdirectora de Normativa y Asociacionismo de Consumo, del Instituto Nacional de Consumo. “En los últimos años todos hemos incurrido en excesos, consumiendo por encima de nuestras necesidades”, añade. En la UE se está debatiendo el etiquetado de los alimentos, la diversificación de tamaños en los productos o introducir asignaturas en los colegios que den valor a los alimentos
Pero no todo está perdido. En esta sociedad del consumo también hay una fuerte concienciación sobre la necesidad de llevar una alimentación saludable. Cecilia Díaz Méndez, socióloga de la Universidad de Oviedo, habla de fuerzas contradictorias: unas que favorecen el uso racional de los alimentos y otras que lo dificultan. La autora de múltiples trabajos sobre alimentación relaciona el desperdicio alimentario por un lado con el conocimiento sobre cocinar —el uso de cantidades apropiadas y el aprovechamiento de las sobras— y por otro, con el tiempo disponible para dedicar a la cocina y a la compra.
Según la Encuesta de hábitos alimentarios que ha dirigido para el Ministerio de Alimentación, son las mujeres quienes se dedican principalmente a cocinar y comprar (incluso las jóvenes). “Su participación en el mercado de trabajo las hace llevar dobles jornadas y la falta de tiempo no va a favor de una gestión óptima de los alimentos”, considera. A pesar de ello, incide en que la cultura alimentaria es bastante sólida. “Tienen un alto grado de responsabilidad respecto a la necesidad de ofrecer una alimentación saludable. Son capaces de sobreponerse a las restricciones horarias, y eso sí va a favor de una gestión óptima de los alimentos”, añade. Ahora solo queda apreciar el tesoro que nos ofrecen las sobras.

viernes, 15 de febrero de 2013

PRENSA. "No consumiremos como antes de la crisis". Reportaje

Los supermercados de bajo precio y las marcas blancas mantendrán sus clientes. / CARLOS ROSILLO ("El país")

   En "El País":

No consumiremos como antes de la crisis

La pérdida de empleos bien remunerados, los nuevos formatos comerciales y los cambios demográficos frenan la recuperación de la demanda

Los nuevos hábitos de gasto pervivirán mucho tiempo

El fenómeno de las marcas blancas, esas propias de los establecimientos, arrancó antes de la crisis, pero las restricciones presupuestarias de las familias españolas —muchas de ellas sumergidas en una verdadera economía de guerra— las han disparado: la cuota de mercado de esas marcas llamadas del distribuidor ha subido del 22,3% en 2004 al 33% en 2012. A ese último año corresponde un aumento de dos puntos porcentuales. España tiene seis millones de parados, vive su segunda recesión en cuatro años y las ventas en el comercio han encadenado cinco años a la baja, pero cuando todo esto levante cabeza es difícil creer que los españoles abandonen esa marca blanca que han descubierto y que ya exhiben hasta con cierto orgullo en una cena en casa.
Este es uno de esos cambios estructurales que hacen difícil el regreso a un modelo como el previo a la crisis. A las proyecciones demográficas, que auguran un descenso poblacional en la franja de edad que más consume, se une la previsión de una recuperación muy lenta, una pérdida de empleo en sectores bien remunerados que tardarán en volver y unos nuevos formatos comerciales que han cambiado muchas pautas y hábitos. Además, la recuperación del volumen de gasto será lenta, según coinciden los expertos. Aun así, el peso del consumo en la economía varía muy poco (ha pasado del 58,9% en 2000 al 57,4% en 2011).
“El consumo que hemos conocido antes de la crisis no volverá en mucho tiempo posiblemente, pero el de justo la etapa anterior a la expansión económica tampoco, porque ambos se basaron en el crédito. Desde mediados de los ochenta, el crecimiento económico en España se ha basado en burbujas”, explica Miguel Ángel García, jefe del gabinete económico de Comisiones Obreras. Para consumir hace falta renta disponible o capacidad de endeudamiento, recuerda, y ambas variables tardarán en recuperar cuando España, cuya deuda privada más que replica el PIB, vuelva a crecer.

La población de entre 25 y 50 años perderá un 18% de efectivos en 2022
“Es difícil hacer previsiones porque España ha cruzado todas las líneas rojas, pero lo que indica la caída de consumo es que Keynes sigue vivo: el consumo depende de la renta, de las expectativas, de la incertidumbre”, señala Matilde Mas, experta del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie). Ambos factores tardarán en volver a su época de bonanza.
La clase media, locomotora del consumo, está además cambiando. José Luis Nueno, profesor de la escuela de negocios Iese y especialista en consumo y distribución, lo llama “clase mundial convergente” en la que los hogares de este grupo de las economías tradicionales pierden una parte de poder adquisitivo y se suman a los de las nuevas potencias como Brasil. “Hay una clase media global emergente de 2.000 millones de individuos, pero más baja. Suponen una gran oportunidad de mercado pero al mismo tiempo es un reto”.
Nueno contempla un empobrecimiento de la tradicional clase media en el caso de España por varios factores económicos, más allá del pinchazo de la burbuja inmobiliaria. “Hay un montón de gente con empleos industriales (con sueldos medios más elevados que en el resto de sector), por ejemplo, que no tendrán un puesto de trabajo de esa calidad”, advierte.

El peso del empleo industrial en el total lleva años menguando
La industria ha perdido desde 2008 unos 660.000 ocupados, más que la media del mercado de trabajo en España, y su peso en el total de la ocupación, antes y después de la crisis, ha menguado, según muestran los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA). En los últimos cuatro años ha pasado del 15% al 14%, mientras que los servicios ampliaron su peso del 69% al 74% en el mismo periodo, un contexto de destrucción de empleo generalizada.
“Y si pensamos en los funcionarios, la destrucción de su empleo y su pérdida de ingresos también tiene repercusión, porque este ha sido tradicionalmente el colectivo que podía sostener su consumo en cualquier circunstancia por la estabilidad de su salario y de su empleo, así que también podía endeudarse”, añade Nueno.
Y la masa crítica puede menguar en el futuro. Las proyecciones demográficas que recoge en Instituto Nacional de Estadística (INE) dibujan para dentro de 10 años una población más reducida en esas franjas de edad que más consumen —entre los 25 y los 50 años—, debido al fin del boom migratorio y al envejecimiento de la llamada generación del baby boom, que disparó la creación de hogares desde la década de 2000. Si el colectivo de 25 a 50 años contaba con 18,8 millones de ciudadanos en 2012, en 2022 serán 15,3 millones, un 18% menos. Teresa Castro, demógrafa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), explica que “la baja fecundidad se va a mantener, no se prevén grandes cambios al respecto, y en unos 10 años la generación del baby boom empezará a jubilarse”, aunque advierte de que otros factores pueden hacer contrapeso a la inversa, “como la tendencia al alza de los divorcios, aunque ahora haya caído con la crisis”, apunta.

Hay trabajo bien remunerado
que no volverá”, alerta Nueno
Más allá de volumen, en el futuro tipo de consumo también tendrá un impacto la entrada en la tercera edad de estos babyboomers. Es una generación más formada que la de sus padres y que, en general, aún puede decir que vive mejor que ellos. Así que los jubilados del futuro serán muy diferentes de los actuales, según Castro. “Serán más educados, con más renta, y tiene unos hábitos diferentes, quizá gasten más en viajes o cultura, por ejemplo” apunta la investigadora.
El pinchazo inmobiliario también puede cambiar algunos hábitos de corto plazo. Miguel Ángel García apunta que “en el futuro, el ahorro para el retiro, puede pasar de la vivienda a otro tipo de activos con una rentabilidad más clara” como la inversión en activos financieros de bajo riesgo.
La cuestión es qué ocurrirá con la generación posterior a losbabyboomers. Otras tendencias sociales permiten hacen presumir hábitos de consumo muy diferentes en el futuro. Salvo los jubilados, ha bajado la renta de todos los españoles, incluso de esos que no tiene salario. “La paga del adolescente ha caído en picado y es el que más ha mutado sus hábitos de consumo: se cita para charlar en plataformas de Internet en lugar de en el centro comercial, se descarga gratis la música y las series o las películas en lugar de pagar la entrada del cine”, explica el profesor de Iese, que advierte de que, cuando este público crezca y tenga su propia renta, hay ciertos hábitos que se mantendrán.

Los jubilados del futuro están más formados y tienen hábitos diferentes
Nueno también llama la atención sobre el auge del teletrabajo, que implica una merma del gasto en transporte o restauración para los trabajadores.
La transformación del sector de la distribución también marca la pauta. Además del mencionado auge de las marcas del distribuidor, los supermercados de precios más bajos han acelerado durante el declive, y el sector tiene claro que ese éxito va más allá del decrecimiento económico. Los establecimientos de descuentos han aumentado su cuota de mercado del 22,2% en 2004 al 32% en 2012, según los datos de la consultora Kantar Wordpanel.
¿Qué puede devolver la confianza a unos consumidores que lleva cinco años de crisis? Matilde Mas pone un ejemplo sobre el efecto de riqueza: “Cuando acabó la II Guerra Mundial, el gran temor era que cayera mucho el consumo, pero en cambio se produjo ese efecto riqueza porque los ciudadanos, que no habían podido consumir, había acumulado mucho ahorro en deuda pública. Aquí esa sensación la podría generar la recuperación del precio de la vivienda”.
Y este es un indicador que tardará en recuperarse.