viernes, 27 de agosto de 2010

CUENTO. "Francisca" (y II), de Lev Tolstói (1828-1910)

Lev Tolstói
Francisca (y II)
                                        II
Se instalaron en la gran sala de la taberna. Cada cual eligió una amiga; no se separaría de ella en toda la noche: tal era la costumbre del establecimiento. Juntaron tres mesas. Ante todo, bebieron en compañía de las mujeres; y luego subieron con ellas al piso de arriba. Abajo se oyeron durante un rato las pisadas de las fuertes botas de aquellos pies que subían la escalera de madera y entraban por la estrecha puerta, para dispersarse por los dormitorios. Habían bajado varias veces a beber y habían vuelto a subir.
La orgía estaba en todo su apogeo. Los sueldos de medio año se gastaron en las cuatro horas de juerga. Hacia las once de la noche, todos los marineros estaban borrachos. Con los ojos inyectados en sangre, vociferaban incoherentemente. Cada cual tenía a su amiga sentada en las rodillas. Unos cantaban, otros gritaban; algunos daban puñetazos en la mesa o se echaban vino al gaznate. Celestino se hallaba entre sus compañeros. En una de sus rodillas estaba sentada, a horcajadas, una moza gruesa y coloradota. Celestino había bebido lo mismo que los demás, pero aún no estaba borracho. Por su cabeza cruzaban algunos pensamientos. Pero las ideas que le acudían se disipaban en seguida; y no lograba retenerlas, no las podía recordar ni expresar.
-Así pues…; así pues… ¿Hace mucho que estás aquí? -preguntó, echándose a reír.
-Seis meses -contestó la moza.
Duclos movió la cabeza, como si lo aprobara.
-¿Y te va bien?
-Me he acostumbrado -dijo la muchacha, después de reflexionar un ratito-. Una tiene que hacer algo. Esto es mejor que ser criada o lavandera.
-¿No eres de aquí? -preguntó Duclos, que había vuelto a mover la cabeza, como si también aprobara esto último.
La moza hizo un movimiento negativo.
-¿Eres de muy lejos?
-Sí.
-¿De dónde?
-De Perpiñan -contestó, después de haber pensado, como si tratara de recordar.
-Ya, ya -pronunció Celestino Duclos; y guardó silencio.
-Y tú, ¿eres marinero? -preguntó ella, a su vez.
-Sí, somos marineros.
-¿Habéis estado lejos?
-Bastante. Hemos visto de todo.
-¿A lo mejor habéis dado la vuelta al mundo?
-Ya lo creo; casi dos veces.
La moza se quedó pensativa. Parecía recordar algo.
-Me figuro que os habréis encontrado con otros barcos -dijo al fin.
-Claro.
-¿Habéis visto a La Virgen de los Vientos? Es un barco que se llama así.
Celestino Duclos se asombró de que nombrara aquella embarcación; y se le ocurrió gastarle una broma.
-Sí; nos encontramos con él la semana pasada.
-¿De veras? –exclamó la moza, palideciendo.
-Sí.
-¿No mientes?
-Te lo juro.
-¿Has visto en ese barco a Celestino Duclos?
-¿A Celestino Duclos? -repitió el marinero, sorprendido e incluso asustado. ¿De dónde podía saber su nombre?- ¿Lo conoces?
La moza reflejó también una expresión de susto.
-No; yo, no. Lo conoce una mujer de aquí.
-¿Quién es? ¿Están en esta casa?
-No; aquí no; pero cerca.
-¿Dónde?
-Muy cerca.
-¿Quién es?
-Una mujer, una mujer como yo.
-¿Por qué se interesa por él?
-No sé. Tal vez sea una paisana suya.
Se escudriñaron, mirándose fijamente a los ojos.
-Quisiera ver a esa mujer -dijo Duclos.
-¿Para qué? ¿Tienes que decirle algo?
-Tengo que decirle…
-¿Qué?
-Que he visto a Celestino.
-¿Lo has visto? ¿Está sano y salvo?
-Sí. ¿Por qué?
La moza guardó silencio, sumiéndose en reflexiones; y luego preguntó, en voz baja:
-¿Adónde se dirige La Virgen de los Vientos?
-A Marsella.
-¿De veras?
-Sí.
-¿Y tú conoces a Duclos?
-Ya te he dicho que sí.
La moza meditó un rato.
-Bueno, bueno, está bien -dijo, al fin, en voz baja.
-¿Por qué te interesas por él?
-Si lo ves, dile…; pero no, no hace falta.
-¿Qué quieres que le diga?
-Nada, nada.
Celestino Duclos miraba a la moza, sintiéndose cada vez más inquieto.
-¿Lo conoces? –preguntó.
-No.
-Entonces ¿por qué te interesas por él?
Sin contestar, la moza se puso en pie de un salto, y corrió hacia el mostrador, tras del que estaba sentada la dueña. Cogió un limón y después de exprimir el zumo en un vaso, echó agua y se lo llevó a Celestino.
-Toma. Bébete esto -le dijo, sentándose en su rodilla, lo mismo que antes.
-¿Para qué? -preguntó Duclos, tomando el vaso.
-Para que se te pase la borrachera. Luego te diré algo. Bebe.
Celestino apuró el contenido del vaso y se limpió los labios con la manga.
-Bueno, habla. Te escucho.
-Prométeme que no le dirás que me has visto ni quién te ha contado lo que te voy a decir.
-Bueno. No se lo diré.
-Júramelo.
-Te lo juro.
-Le dirás que su padre y su madre han muerto. Y su hermano también. Tuvieron unas fiebres y murieron los tres en el mismo mes.
Duclos sintió que la sangre se le agolpaba en el corazón. Durante unos minutos permaneció callado, sin saber qué decir.
-¿Lo sabes con toda seguridad?- preguntó al fin.
-Sí.
-¿Quién te lo ha dicho?
La moza puso una mano en el hombro de Duclos; y lo miró directamente a los ojos.
-Júrame que no se lo contarás.
-Ya te lo he jurado. Bueno; te lo juro otra vez.
-Soy su hermana.
-¡Francisca! -exclamó Celestino.
La moza lo miró fijamente.
-¿Eres tú Celestino? -dijo, moviendo apenas los labios, casi sin pronunciar las palabras.
Ambos quedaron petrificados, mirándose a los ojos. En torno a ellos, los marineros borrachos vociferaban. Se entremezclaban las canciones con el ruido de los vasos, las palmadas, el taconeo y los gritos penetrantes de las mujeres.
-¿Cómo es posible…? -pronunció Celestino, en un tono de voz tan bajo que apenas se le oyó.
Súbitamente, los ojos de Francisca se llenaron de lágrimas.
-Murieron de pronto, en el intervalo de un mes. ¿Qué iba a hacer? Me quedé sola. Tuve que vender todo para pagar los gastos de la botica, al médico y los entierros de los tres… y me quedé con lo puesto. Me coloqué de criada en casa del señor Cachot…, de aquel cojo ¿lo recuerdas? Acababa de cumplir los quince años. Aún no tenía catorce cuando te fuiste. Tuve un desliz con él… Ya sabes lo tontas que somos las mujeres. Después estuve de niñera en casa de un notario y con él pasó lo mismo. Al principio, me mantuvo y me pagó un piso; pero eso duró poco. Terminó abandonándome. Pasé tres días sin comer y sin poder encontrar una colocación hasta que, finalmente, vine aquí, lo mismo que hacen otras.
Mientras hablaba, caían de sus ojos raudales de lágrimas, que se deslizaban por las mejillas y se le introducían en la boca.
-¡Qué hemos hecho! -exclamó Celestino Duclos.
-Creí que tú también habías muerto. ¿Acaso es por mí? -susurró la moza, a través de las lágrimas.
-Pero ¿cómo no me has reconocido? -replicó Duclos, también en voz baja.
-No sé; no tengo la culpa -dijo Francisca, llorando con más desesperación-. ¿Cómo hubiera podido reconocerte? ¿Acaso eras así cuando me fui? Lo que me extraña es que no te dieras cuenta de que era yo.
-¡Ay! ¡Veo a tantos hombres, que todos me parecen iguales! -exclamó Francisca, haciendo un gesto de desesperación con la mano.
Celestino Duclos sintió que se le atenazaba el corazón, tan dolorosamente, que tuvo deseos de gritar, de llorar como un niño pequeño cuando le pegan. Apartó a su hermana; y, poniéndose en pie, le cogió la cabeza entre sus manazas de marinero y le examinó la cara. Poco a poco reconoció a aquella chiquilla delgadita y alegre que dejara en su casa, con sus padres y hermanos, a quienes ella había tenido que cerrar los ojos.
-¡Sí, eres tú, Francisca, hermana mía! -exclamó, y repentinamente le apretaron la garganta unos sollozos terribles, varoniles, semejantes al hipo de un borracho.
Inclinó la cabeza y lanzó un grito salvaje, al tiempo que daba un puñetazo tan fuerte en la mesa, que salieron despedidos los vasos, haciéndose añicos.
Sus compañeros se fijaron en él.
-¡Mirad cómo se ha emborrachado! -exclamó uno de ellos.
-¡Basta ya, no grites! -dijo otro.
-Duclos, ¿por qué vociferas? Vámonos arriba -intervino un tercero, tirando de él con una mano, mientras abrazaba con la otra a su amiga, una mujer de rostro encendido y de ojos negros y brillantes, que llevaba un vestido escotado de color rosa y reía a carcajadas.
De pronto, Duclos se quedó callado y, conteniendo la respiración, miró a sus compañeros. Después, adoptando la expresión extraña y decidida que le era propia cuando intervenía en una riña, se acercó vacilando al marinero que abrazaba a su amiga y los separó de un golpe.
-¡Apártate! ¿Acaso no ves que es tu hermana? Todas son hermanas de alguien. Como Francisca, que es la mía. ¡Ja, ja, ja! -sollozó; y sus sollozos parecían carcajadas.
Al decir estas palabras, se tambaleó y, levantando los brazos, cayó de bruces. Empezó a revolcarse por el suelo dando golpes con los pies y las manos, mientras emitía un estertor semejante al de un moribundo.
-Hay que acostarlo. No vaya a ser que lo detengan por la calle -dijo uno de los marineros.
Cogiendo en brazos a Celestino, lo llevaron arriba, a la habitación de Francisca, donde lo acostaron.

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