martes, 29 de junio de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (fragmentos): "Homero, Ilíada", de Alessandro Baricco

Así comienza:

CRISEIDA
Todo empezó en un día de violencia.
Hacía nueve años que los aqueos asediaban Troya; a menudo necesitaban víveres, o animales, o mujeres, y en­tonces abandonaban el asedio e iban a procurarse lo que querían saqueando las ciudades vecinas. Ese día le tocó a Tebas, mi ciudad. Nos lo robaron todo y se lo llevaron a sus naves.
Entre las mujeres a las que raptaron estaba yo tam­bién. Era hermosa: cuando, en su campamento, los prínci­pes aqueos se repartieron el botín, Agamenón me vio y quiso que fuera para él. Era el rey de reyes, y el jefe de to­dos los aqueos: me llevó a su tienda, y a su lecho. Tenía una mujer, en su patria. Se llamaba Clitemnestra. Él la amaba. Ese día me vio y quiso que fuera para él.
Pero algunos días después, llegó al campamento mi padre. Se llamaba Crises, era sacerdote de Apolo. Era un anciano. Llevó espléndidos regalos y les pidió a los aqueos que, a cambio, me liberasen. Ya lo he dicho: era un ancia­no y era sacerdote de Apolo: todos los príncipes aqueos, después de haberlo visto y escuchado, se pronunciaron a favor de aceptar el rescate y de honrar a la noble figura que había venido a suplicarles. Sólo uno, entre todos, no se dejó encantar: Agamenón. Se levantó y brutalmente se lan­zó contra mi padre diciéndole: "Desaparece, viejo, y no vuelvas por aquí nunca más. Yo no liberaré a tu hija: enve­jecerá en Argos, en mi casa, lejos de su patria, trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Ahora márchate si es que quieres salvar el pellejo".
Mi padre, aterrado, obedeció. Se marchó de allí en si­lencio y desapareció donde estaba la ribera del mar, se di­ría que en el ruido del mar. Entonces, de repente, sucedió que muerte y dolor se abatieron sobre los aqueos. Durante nueve días, muchas flechas mataron a hombres y animales, y las piras de los muertos brillaron sin tregua. Al décimo día, Aquiles convocó al ejército a una asamblea. Delante de todos dijo: "Si esto sigue así, para huir de la muerte nos ve­remos obligados a coger nuestras naves y regresar a casa. Preguntemos a un profeta, o a un adivino, o a un sacerdo­te, que sepa explicarnos qué está ocurriendo y pueda libe­rarnos de este azote".
Entonces se levantó Calcante, que era el más famoso de los adivinos, que conocía las cosas que fueron, las que son y las que serán. Era un hombre sabio. Dijo: "Tú quie­res saber el porqué de todo esto, Aquiles, y yo te lo diré. Pero jura que me defenderás, pues lo que diré podría ofen­der a un hombre con poder sobre todos los aqueos y al que todos los aqueos obedecen. Yo arriesgo mi vida: tú jura que la defenderás".
Aquiles le respondió que no tenía nada que temer, sino que debía decir lo que sabía. Dijo: "Mientras yo viva nadie entre los aqueos osará levantar la mano contra ti. Na­die. Ni siquiera Agamenón".
Entonces el adivino se dio ánimos y dijo: "Cuando ofendimos a aquel viejo, el dolor cayó sobre nosotros. Agamenón rechazó el rescate y no liberó a la hija de Crises: y el dolor cayó sobre nosotros. Sólo hay un modo de apar­tarlo: devolver a esa chiquilla de vivaces ojos antes de que sea demasiado tarde". Así habló, y luego fue a sentarse.
Entonces Agamenón se levantó, con su ánimo lleno de negro furor y los ojos encendidos por relámpagos de fue­go. Miró con odio a Calcante y dijo: "Oh, adivino de des­venturas, jamás has tenido una buena profecía para mí: tan sólo te gusta revelar las desgracias, nunca el bien. Y ahora quieres privarme de Criseida, la que para mí es más grata que mi propia esposa, Clitemnestra, y que con ella podría rivalizar en belleza, inteligencia y nobleza de espíritu. ¿Ten­go que devolverla? Lo haré, porque quiero que el ejército se salve. Lo haré, si así tiene que ser. Pero preparadme de inmediato otro presente que pueda sustituirla, porque no es justo que sólo yo, de entre los aqueos, me quede sin bo­tín. Quiero otro presente, para mí".