martes, 18 de mayo de 2010

CINE. LITERATURA. "El gatopardo"


En el Festival de Cine de Cannes, se ha podido ver la versión restaurada de El gatopardo, de Luchino Visconti.
Aquí tenemos un fragmento de la película:


Ahora, podemos leer el principio de la novela de Lampedusa:
Mayo 1860
                  Nunc et in hora mortis nostrae. Amén.


Había terminado ya el rezo cotidiano del rosario. Durante media hora la voz sosegada del príncipe recordó los misterios gloriosos y dolorosos; durante media hora otras voces, entremezcladas, tejieron un rumor ondulante en el cual se destacaron las flores de oro de palabras no habituales: amor, virginidad, muerte, y durante este rumor el salón rococó pareció haber cambiado de aspecto. Hasta los papagayos que desplegaban las irisadas alas sobre la seda de las tapicerías parecieron intimidados, incluso la Magdalena, entre las dos ventanas, volvía a ser una penitente y no una bella y opulenta rubia perdida en quién sabe qué sueños, como se la veía siempre.
Ahora, acalladas las voces, todo volvía al orden, al desorden, acostumbrado. Por la puerta, cruzada la cual habían salido los criados, el alano "Bendicò", entristecido por la exclusión que se había hecho de él, entró y meneó el rabo. Las mujeres se levantaban lentamente, y el oscilante retroceso de sus enaguas dejaba poco a poco descubiertas las desnudeces mitológicas que se dibujaban en el fondo lechoso de las baldosas. Quedó cubierta solamente una Andrómeda a quien el hábito del padre Pirrone, rezagado en sus oraciones suplementarias, impidió durante un buen rato que volviera a ver el plateado Perseo que sobrevolando las olas se apresuraba al socorro y al beso.
En los frescos del techo se despertaron las divinidades. Las filas de tritones y dríadas, que desde los montes y los mares, entre nubes, frambuesas y ciclaminos, se precipitaban hacia una transfigurada Conca d'Oro para exaltar la gloria de la Casa de los Salina, aparecieron de pronto tan colmados de entusiasmo como para descuidar las más simples reglas de la perspectiva; y los dioses mayores, los príncipes entre los dioses, Júpiter fulgurante, Marte ceñudo, Venus lánguida, que habían precedido las turbas de los menores, embrazaban gustosamente el escudo azul con el Gatopardo. Sabían que ahora, por veintitrés horas y media, recobrarían el señorío de la villa. En las paredes los monos empezaron de nuevo a hacer muecas a las cacatoés.
Bajo aquel Olimpo palermitano también los mortales de la Casa de los Salina descendieron apresuradamente de las místicas esferas. Las muchachas ordenaban los pliegues de sus vestidos, cambiaban azuladas miradas y palabras en la jerga del pensionado. Hacía más de un mes, desde el día de los "motines" del Cuatro de Abril, que, por prudencia, las habían hecho volver del convento, y echaban de menos los lechos de baldaquino y la intimidad colectiva del Salvatore. Los muchachos se peleaban por la posesión de una estampa de san Francisco de Paula; el primogénito, el heredero, el duque Paolo, tenía ya ganas de fumar y, temeroso de hacerlo en presencia de sus padres, palpaba a través del bolsillo la paja trenzada de la pitillera. A su rostro palidísimo asomaba una melancolía metafísica; la jornada no había sido buena: "Guiscardo", el alazán irlandés, le había parecido en baja forma, y Fanny no había encontrado la manera (¿o el deseo?) de hacerle llegar el acostumbrado billetito de color violeta. ¿Por qué, entonces, salía el sol todos los días?
La ansiosa arrogancia de la princesa hizo caer secamente el rosario en la bolsa bordada de jais, mientras sus ojos bellos y maníacos miraban de soslayo a los hijos siervos y al marido tirano hacia quien el minúsculo cuerpo tendía en un vano afán de dominio amoroso.
Mientras tanto, él, el príncipe, se levantaba: el impacto de su peso de gigante hacía temblar el pavimento, y en sus ojos clarísimos se reflejó, por un instante, el orgullo de esta efímera confirmación de su señorío sobre hombres y edificios.
Dejó el desmesurado misal rojo sobre la silla que habían colocado delante de él durante el rezo del rosario, recogió el pañuelo sobre el cual había apoyado la rodilla, y un poco de mal humor enturbió su mirada cuando vio de nuevo la manchita de café que desde por la mañana se había atrevido a interrumpir la vasta blancura del chaleco.
No es que fuera gordo: era inmenso y fortísimo; su cabeza rozaba — en las casas habitadas por la mayoría de mortales — el colgante inferior de las arañas; sus dedos sabían enroscar como si fueran papel de seda las monedas de un ducado; y entre Villa Salina y la tienda de un platero había un frecuente ir y venir para reparación de tenedores y cucharas que, en la mesa, su contenida ira convertía en círculos. Por otra parte, aquellos dedos también sabían ser delicadísimos en las caricias y en el manoseo, y esto, para su mal, lo recordaba Maria Stella, su mujer, y los tornillos, tuercas, botones, cristales esmerilados de los telescopios, catalejos y "buscadores de cometas", que arriba, en lo alto de la villa, amontonábanse en su observatorio privado, manteníanse intactos bajo el leve roce. Los rayos del sol poniente, pero todavía alto, de aquella tarde de mayo encendían el color rosado del príncipe y su pelambre de color de miel lo que denunciaba el origen alemán de su madre, de aquella princesa Carolina cuya altivez había congelado, treinta años antes, la desaliñada Corte de las Dos Sicilias. Pero en la sangre de aquel aristócrata siciliano, en el año 1860, fermentaban otras esencias germánicas mucho más incómodas para él que todo lo atractivas que pudieran ser la piel blanquísima y los cabellos rubios en un ambiente de caras oliváceas y pelos de color de ala de cuervo: un temperamento autoritario, cierta rigidez moral, una propensión a las ideas abstractas que en el hábitat moral y muelle de la sociedad palermitana se habían convertido respectivamente en una prepotencia caprichosa, perpetuos escrúpulos morales y desprecio para con sus parientes y amigos, que le parecía anduvieran a la deriva por los meandros del lento río pragmático siciliano.
Primero (y último) de una estirpe que durante siglos no había sabido hacer ni siquiera la suma de sus propios gastos ni la resta de sus propias deudas, poseía una marcada y real inclinación por las matemáticas. Había aplicado éstas a la astronomía y con ello logró abundantes galardones públicos y sabrosas alegrías privadas. Baste decir que en él el orgullo y el análisis matemático habíanse asociado hasta el punto de proporcionarle la ilusión de que los astros obedecían a sus cálculos — como, en efecto, parecían obedecer — y que los dos planetas que había descubierto — Salina y Svelto los había llamado, como su feudo y su inolvidable perdiguero — propagaron la fama de su Casa en las estériles zonas entre Marte y Júpiter, y que, por lo tanto, los frescos de la villa habían sido más una profecía que una adulación.
Solicitado de una parte por el orgullo y el intelectualismo materno y de otra por la sensualidad y facilonería de su padre, el pobre príncipe Fabrizio vivía en perpetuo descontento aún bajo el ceño jupiterino, y se quedaba contemplando la ruina de su propio linaje y patrimonio sin desplegar actividad alguna e incluso sin el menor deseo de poner remedio a estas cosas.
Aquella media hora entre el rosario y la cena era uno de los momentos menos irritantes de la jornada, y horas antes saboreaba ya la, no obstante, dudosa calma.

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