martes, 3 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a la poeta Concha García

   En "andalucesdiario.es":

Concha García: “Si me incluyen en una antología femenina me están marginando”

ENRIQUE GARCÍA / Madrid / 31 May 2014
Concha García.Concha García.
Mientras estudia la carta, gira la cabeza y observa minuciosamente cada rincón de la sala. “Disculpa, pero, ¿te importaría que nos cambiáramos de mesa?”, pregunta con un tono casi tímido.”Tengo algunas manías. Entre ellas, me molesta mucho el ruido”, explica mientras se desplaza a una de las esquinas de una céntrica cafetería madrileña, lejos ya del molesto ruido del hilillo musical. Concha García (La Rambla, Córdoba, 1956) es una las voces más reconocidas de la poesía española actual. Afincada en Barcelona desde su niñez, y con más de diez poemarios publicados y numerosos premios a sus espaldas -como el Gil de Biedma o el Aula Negra-, esa mañana, como en su poesía, ella parece encontrarse en una confusión, atenta a cada detalle de aquel nuevo rincón. Hasta los objetos parecen estar contagiados de esa doble temporalidad bergsoniana tan presente en su escritura. Concha es una poetisa de raza, de poesía sabia, limpia y tersa, que ofrece, como un afamado cartófrago, pistas y senderos de una geografía imprevisible y llena de posibilidades. Su poesía es combativa, pues construye un personaje en medio de tensiones. Se enfrenta a la muerte, al tiempo o al sexo desde las trincheras del ser, desde lo fragmentario, con versos plagados de rastros de otras vidas, de peripecias, cicatrices y arrugas. Las mismas que habitan en sus manos, que simulan moldear insistentes la taza del café que parece no querer probar hasta que comience la entrevista.

 A alguien que nunca haya leído su poesía podría llamarle la atención cómo se dedica a construir un personaje poético, que a veces parece ajeno a usted y otras no, al que incluso le habla en tercera persona, y que parece estar siempre en frente de la que escribe.
Creo que mi poesía es coherente con lo que pienso sobre ella. El sujeto poético que yo construyo está en consonancia conmigo, con mi propio pensamiento, que no siente que un yo sea único para toda la vida, sino que por el contrario, piensa que siempre somos varios. Yo no soy la niña que fui, ni la mujer del año pasado. Creo que el tiempo son pequeños acontecimientos que nos hacen ser otros continuamente, por eso creo que ese sujeto es coherente con un pensamiento poético de fluir constante. Pero no es algo que yo me haya inventado. Ya la crítica rusa hablaba de la multiplicidad de voces en la poesía, y siempre me ha interesado mucho esa propuesta porque creo que se ajusta más a lo real. La crítica española ha dicho en algún momento que en mis obras hay un pensamiento poético fragmentado. Pero no estoy del todo de acuerdo, porque un fragmento es un trozo de algo que fue, de una unidad. Y en mi poesía el sujeto es la visibilidad que se esconde en una totalidad, pero no es fragmento, porque no está roto.

Y ese fluir del que habla también está en el propio lenguaje. En su poesía asistimos a un juego de construcción y a un deshacerse constante del lenguaje, ¿por qué? ¿a veces el lenguaje coarta?
El lenguaje encarna la vida, por eso los poemas emocionan, porque el lenguaje no está muerto, sino que vive, y vive más con los años. El pensamiento de Wittgenstein, que de alguna forma podría resumirse en que “los límites de mi mundo están en mi propio lenguaje” siempre me ha interesado mucho. A medida que abres el campo del lenguaje, el mundo es menos limitado, aunque siempre tiene limitaciones. Creo que la poesía debe huir de los límites que pueda imponer el lenguaje, y para ello debemos visualizar las varias realidades en las que estamos constantemente habitando. Yo en mi poesía me olvido del “yo” romántico, ese yo al que le suceden una serie de cosas, pero que al fin y al cabo es siempre el mismo. Siempre he intentado multiplicar los espacios y los sujetos, romper con la idea de lo fijo.

“Creo que el tiempo son pequeños acontecimientos que nos hacen ser otros continuamente”
Ese personaje está en constante búsqueda, ¿se propone al lector una búsqueda permanente? ¿Trata de eso su poesía?
Bueno, yo creo que en mi poesía hay búsqueda, pero también hay certezas. Si me preguntas qué es lo que busco… yo creo que la infancia. No es baladí decir esto. Los cinco primeros años de vida son años que nos constituyen para siempre. Y ese lugar, inevitablemente, se pierde. Y, a la manera proustiana, buscas ese tiempo perdido, que parte de la infancia y luego va buscándose a sí mismo en un eterno buscarse. En el fondo lo que late también en términos poéticos, es una gran melancolía del tiempo pasado. Esa es la verdadera búsqueda. Por otro lado, hay una búsqueda que tiene más que ver con la identidad, con una construcción identitaria, aunque es difícil distraerse de la identidad con la que naces, sobre todo en las mujeres. En mi caso, es la búsqueda del tiempo perdido, la infancia y la identidad.

Por lo que busca el origen, la raíz…
Quizás la única ventaja que tiene la infancia es que no tienes conciencia. Creo que lo que se echa de menos cuando vas creciendo y comprendiendo la vida es esa falta de conciencia. Quizás con mi poesía busque volver a ese estado de inconsciencia. Pero también al origen. Cuando tenía cinco años salí de La Rambla, Córdoba y fui a un barrio de Barcelona. Esa niña que fui sintió un arrebatar de un paisaje y un afecto que está en mi poesía, por supuesto: el origen perdido, la lejanía con mis raíces.

La cotidianeidad es muy tangible en su poesía, donde están muy presentes objetos y situaciones diarias. ¿Por qué? ¿Cree que la belleza puede estar ahí, en lo cotidiano?
La belleza está en todo o no lo está, dependiendo de cómo lo veas. Es algo que está presente como si se tratara de una minúscula minuta de polvo, y tú la puedes ver o no. Tienes que estar apto para recibir la belleza, y para eso quizás tienes que tener problemas de primer orden resueltos, como algo tan básico como la comida asegurada, el techo o el futuro inmediato. Lo cotidiano no estaba muy contemplado o nombrado cuando yo comencé a escribir poesía a finales de los setenta. Los platos, la cocina o el autobús, apenas se nombraban. A través de lecturas de poetas norteamericanas me di cuenta de que lo cotidiano se iba haciendo también poético. Pero en el momento en el que yo empecé, hablar de lo cotidiano no estaba contemplado como tal. Tanto que en esos años un libro mío no llegó a publicarse por contener un verso en el que incluía la palabra “bragas”.

“Un libro mío no llegó a publicarse por contener un verso en el que incluía la palabra bragas”
También en lo cotidiano yacen cosas tan universales y poéticas como la soledad, el vacío, tan recurrentes en poesía…
Lo cotidiano son resortes para anclar de alguna forma esa soledad tan universal. Los elementos cotidianos hacen que nos alejemos de la abstracción y podamos situar al sujeto poético. Recuerdo las pinturas de Hopper con su desolación. Yo siempre me he sentido muy identificada con la soledad de sus obras. De alguna forma es una soledad muy urbana, en la que fácilmente podemos sentirnos identificados.

¿Cree que se ha podido abusar de lo cotidiano en poetas y estéticas posteriores porque, quizás, se hayan conformado con la lectura más superficial de lo cotidiano?
Sí, creo que se ha abusado muchísimo. Es más, yo creo que hay poemas que ni siquiera son poemas. Porque si al poema le quitas el extrañamiento, y lo cotidiano no es solo un anclaje sino que se convierte en el propio discurso, se queda en un relato o aforismo, pero ya no es un poema. Aquí entramos también en el debate que gira alrededor de las fronteras entre géneros, porque ¿quién está autorizado a decidir lo que es un poema o lo que no? Para mí, si un poema es un relato que se consume en la primera lectura, que se agota en una primera lectura, será un artefacto literario, pero no un poema. El poema no debe agotarse en la primera lectura, porque es palabra viva y necesita muchas lecturas, y puedes recurrir a esos versos siempre, porque no se agotan. De ahí que sean pocos los poetas cuya escritura entre en esa especie de parnaso.

¿Por qué cree que se ha abusado tanto de lo cotidiano en la poesía española? ¿Porque quizás, a través de lo cotidiano, se ha acercado la poesía a un mayor número de lectores pero a cambio se ha renunciado a ciertos caracteres esenciales que puede tener la poesía?
Yo creo que en cuanto a esta superficialidad, hubo una responsabilidad muy grande que todavía late, que es la poesía de la experiencia. Salvo algún poeta, la mayoría ha tenido demasiados epígonos, y eso creo que ha hecho mucho daño. Pero no porque la poesía de la experiencia pueda ser muy banal, por supuesto que no, sino porque no ha dejado paso a otras estéticas, las ha opacado. Cuando viajo a Latinoamérica, compruebo que siempre están los mismos libros de poesía española en las librerías, los de los poetas de la experiencia. También ocupan páginas y páginas en los libros de bachillerato y en las universidades, donde, por cierto, apenas aparecen mujeres.

“Para mí, si un poema es un relato que se consume en la primera lectura, que se agota en una primera lectura, será un artefacto literario, pero no un poema”
Hablemos de mujer y poesía. María Victoria Atencia dijo una vez que no sabía si hacía poesía femenina, pero que su poesía tenía mucho de mujer. A nivel nominal, ¿cómo enfrentarnos a este tema? ¿Hablamos de poesía femenina, o prefiere hablar de poesía escrita por mujeres?
Para mí es algo muy claro. La poesía femenina es la poesía que utiliza los elementos y tópicos que ha impuesto el patriarcado, los hombres. Poesía femenina es aquella que se pone en el cuerpo de la mujer, de la madre, pero siempre visto por otro, casi siempre un hombre. Su feminidad no es de ella, sino que es una representación de lo que los demás le han impuesto. De alguna forma es como un travestismo, que asume y se atribuye todas las cualidades que la cultura dominante ha impuesto sobre las mujeres. Como si la mujer fuera una esencia única y ahí cupiesen todas. Esa poesía está sobre todo en las poetas de la posguerra española. Ernestina de Champourcín o María Veneita, nacidas en los veinte y treinta, y que fueron las mujeres presentes en el franquismo español. Y no es así, hay muchos tipos de mujeres, al igual que muchos tipos de hombres.

Y cuando trasgreden esa identidad impuesta, ¿deja de ser poesía femenina?
En España siempre hemos estado muy atrasados en este tema. El franquismo se puede palpar aún, ese monstruo no ha muerto todavía: influye en la libre expresión. Pero mucho antes ya íbamos por detrás que otros países. Pongamos el ejemplo de las poetas románticas. En el caso de Rosalía de Castro, en su poesía hay mucha feminidad, pero sin subversión. Ella es contemporánea de Gabriela Mistral, y la forma de enfrentarse a lo femenino es muy distinta, la diferencia entre ambas es abismal. En los años sesenta, que fueron muy liberadores e innovadores para las mujeres, hubo un revuelo de mujeres poetas españolas. Se empezaron a subvertir los mitos y hablaron desde él, como Juana Castro o María Victoria Atencia. En mi caso por ejemplo, que soy una mujer y ese es mi sujeto poético, éste no hace lo que hace el sujeto femenino: ama a otras mujeres, va a un bar sola, no tiene amantes… esa identidad, que es cambiante, es lo positivo de un discurso que ha permitido que queden voces de poetas imprescindibles que han construido su sujeto poético a través de la subversión, de la desobediencia, dando la vuelta a ese sujeto impuesto durante tantos años.

“El franquismo se puede palpar aún, ese monstruo no ha muerto todavía: influye en la libre expresión”
¿Y esa subversión se hace con la intención de construir una nueva feminidad o se hace para desprenderse de las connotaciones negativas de género que tanto han oprimido a las mujeres?
Creo que es un poco todo. Las universidades norteamericanas se preguntaron mucho por esto, y nos ayudaron mucho. Se interesaron por nuestras obras y canalizaron todo eso para interrogar qué estábamos proponiendo, qué hacíamos las poetas españolas con el sujeto femenino.

¿No se interesó tanto por ustedes la crítica española?
No, y mucho menos los hombres. En los años ochenta había críticos poderosos en la Academia que consideraban que no entrábamos, ni debíamos entrar, en el canon. Salvo Víctor García de la Concha, que sí escribía sobre nosotras en ABC, el resto jamás se pronunciaron.

Entonces, y permítame insistir, si nos enfrentamos a su poesía, ¿cómo la llamamos?
Creo que es una redundancia. Me gustaría que fuera un tema ya pasado, porque estas preguntas nos la siguen haciendo a las mujeres que escribimos, mientras que a los hombres poetas nunca se les pregunta si escriben o no como un hombre. Hasta ahora ha habido que decirlo, porque siempre nos marginaban. Sigo pensando que si me incluyen en una antología femenina, de alguna forma, me están marginando. Nuestro espacio había que recuperarlo, hay que recuperarlo. Y para ello tenemos que nombrarlo. Pero una vez nombrado, creo que ya hemos recuperado ese espacio. Y para ello, las poetas debemos tener en cuenta a nuestras madres, abuelas y hermanas poetas y avanzar en comunidad, que es lo que siempre han hecho los hombres. Por esto, hemos formado un grupo en Madrid que se llama “Genealogías”, compuesta por poetas mujeres jóvenes y mayores que nos reunimos dos veces por año.

¿Y existe algún nexo de unión en cuanto a imágenes, temáticas o símbolos entre sus coetáneas? ¿Existe algo más que os pueda unir, más allá del género?
Yo no hablaría tanto de mujer o hombres, sino de escrituras. Hay hombres que tienen una escritura muy femenina. Es verdad que existen rasgos muy comunes con los que puedes descubrir qué está escrito por una mujer y qué no. Creo que es una subjetividad diferente. Yo creo en el feminismo de la diferencia, y en poesía creo que se percibe en el tratamiento del yo, en la subjetividad y en una mayor apertura a elementos poéticos como el cuerpo u objetos cotidianos que los hombres, al menos antes, difícilmente hablaban. Ahora, por supuesto, las cosas han cambiado mucho. Pero siguen habiendo rasgos muy latentes.

Heidegger nos recordó el término griego aletheia que podría traducirse como “desocultamiento del ser”. ¿En qué consiste su quehacer poético, tiene algo que ver con ese desocultamiento?
Con Heidegger me quedo con el ser para la muerte, ese ser en un deshacerse constante que sabe que está abocado a la muerte y es un ser al que le suceden cosas. En ese acontecimiento constante del ser, que va desvelando cuestiones filosóficas y relacionadas con la pregunta de la existencia, sí que hay mucho en mi poesía.

¿Y ahí está la verdad en su poesía?
La verdad es una gran palabra. Desde luego que mis poemas son verdaderos, no hay impostura en ellos. Creo que la única verdad es eso, que somos seres hacia la muerte, que vamos a morir todos, como decía el maestro Machado. Es una verdad en constante cambio, efímera. Es una verdad de la errancia.

Hace unos meses fue antologada en un poemario colectivo sobre la mirada del pintor cordobés Julio Romero de Torres a la mujer en sus obras, El silencio y la seda. ¿Cómo mira Romero de Torres a la mujer, más allá de los tópicos y las coplas?
Torres me ha fascinado siempre, quizás porque a mi padre le encantaba. Esa mujer alegórica, morena, andaluza y muy sensual de sus pinturas me parece que no es una mujer objeto como han dicho otros. Creo que el artista ha feminizado la ciudad de Córdoba, le ha dado una feminidad muy compacta y rotunda. Eso me gusta mucho del pintor, creo que es muy sugerente. No pienso lo contrario, tiene una exquisita sensibilidad que supo ver a la mujer en una carnalidad muy interesante, no como objeto; y creo además que a Córdoba la ha visualizado mucho.

Nació en Córdoba y vive desde muy pequeña en Barcelona. Quizás nos pueda ofrecer una mirada con más perspectiva que la que a veces nos pueden ofrecer los medios de comunicación sobre lo que está ocurriendo en Cataluña.
El clima político en la calle es muy normal, siempre puedes hablar en castellano y catalán. Son los prejuicios de muchos medios de comunicación, que manipulan todo lo manipulable. También la actitud de ciertos políticos, obviamente. Pero esa fractura no se nota en la calle. Esta cuestión está haciendo perder de vista lo que realmente importa, que son todos los derechos que nos están quitando en esta crisis. Además, a quienes escribimos poesía en castellano en Barcelona sí nos afecta, porque institucionalmente no cuentan con nosotros, es un desierto. Y eso es muy triste, porque Cataluña tiene extraordinarios poetas que escriben en castellano, como Gil de Biedma o Goytisolo, y parece que lo quieren borrar. Pero por supuesto eso es algo a nivel institucional, en la calle es otra cosa.

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