domingo, 9 de enero de 2011

POESÍA. "La adoración de los magos" (y 4), de Luis Cernuda (1902-1963)

Luis Cernuda

                                          IV

                     SOBRE EL TIEMPO PASADO

Mira cómo la luz amarilla de la tarde
Se tiende con abrazo largo sobre la tierra
De la ladera, dorando el gris de los olivos
Otoñales, ya henchidos por los frutos maduros;

Mira allá las marismas de niebla luminosa.
Aquí, año tras año, nuestra vida transcurre,
Llevando los rebaños de día por el llano,
Junto al herboso cauce del agua enfebrecida;

De noche hacia el abrigo del redil y la choza.
Nunca vienen los hombres por estas soledades,
Y apenas si una vez les vemos en el zoco
Del mercado vecino, cuando abre la semana.

Esta paz es bien dulce. Callada va la alondra
Al gozar de sus alas entre los aires claros.
Mas la paz, que a las cosas en ocio santifica,
Aviva para el hombre cosecha de recuerdos.

Tiempo atrás, siendo joven, divisé una mañana
Cruzar por la llanura un extraño cortejo:
Jinetes en camellos, cubiertos de ropajes
Cenicientos, que daban un destello de oro.

Venían de los montes, pasados los desiertos,
De los reinos que lindan con el mar y las nieves,
Por eso era su marcha cansada sobre el polvo
Y en sus ojos dormía una pregunta triste.

Eran reyes que el ocio y poder enloquecieron,
En la noche, siguiendo el rumbo de una estrella,
Heraldo de otro reino más rico que los suyos.
Pero vieron la estrella pararse en este llano,

Sobre la choza vieja, albergue de pastores.
Entonces fue refugio dulce entre los caminos
De una mujer y un hombre sin hogar ni dineros:
Un hijo blanco y débil les dio la madrugada.

El grito de las bestias acampando en el llano
Resonó con las voces en extraños idiomas,
Y al entrar en la choza descubrieron los reyes
La miseria del hombre, de que antes no sabían.

Luego, como quien huye, el regreso emprendieron.
También los caminantes pasaron a otras tierras
Con su niño en los brazos. Nada supe de ellos.
Soles y lunas hubo. Joven fui. Viejo soy.

Gentes en el mercado hablaron de los reyes:
Uno muerto al regreso, de su tierra distante;
Otro, perdido el trono, esclavo fue, o mendigo;
Otro a solas viviendo, presa de la tristeza.

Buscaban un dios nuevo, y dicen que le hallaron.
Yo apenas vi a los hombres; jamás he visto dioses.
¿Cómo ha de ver los dioses un pastor ignorante?
Mira el sol desangrado que se pone a lo lejos.


                                           V

                                     EPITAFIO

La delicia, el poder, el pensamiento,
Aquí descansan. Ya la fiebre es ida.
Buscaron la verdad, pero al hallarla
              No creyeron en ella.

Ahora la muerte acuna sus deseos,
Saciándolos al fin. No compadezcas
Su sino, más feliz que el de los dioses
              Sempiternos, arriba.

CUENTO: "Una jaula de fieras", de Émile Zola (1840-1902)

Émile Zola
Una jaula de fieras

                                    I
   Una mañana, un león y una hiena del Jardin des Plantes lograron abrir la puerta de su jaula cerrada con negligencia. La mañana era blanca y un claro sol lucía alegremente al borde del cielo pálido. Bajo los grandes castaños había un frescor penetrante, el tibio frescor de la incipiente primavera. Los dos honrados animales, que acababan de desayunar copiosamente, se pasearon lentamente por el Jardin, deteniéndose de vez en cuando para lamerse y gozar como buenos chicos de la suavidad de la mañana. Se encontraron al final de un paseo y, después de los saludos de rigor, se pusieron a caminar juntos charlando amigablemente. El Jardin no tardó en resultarles aburrido y en parecerles demasiado pequeño. Entonces se preguntaron a qué otras distracciones podían consagrar su jornada.
   -¡Caray! -dijo el león-. Me apetece satisfacer un capricho que tengo desde hace mucho tiempo. Hace años que los hombres vienen como imbéciles a mirarme a mi jaula y yo me he prometido aprovechar la primera ocasión que se me presentara para ir a mirarlos a ellos a la suya, aunque tenga que parecer tan idiota como ellos… Le propongo dar un paseo hasta la jaula de los hombres.
   En ese momento, París, que se estaba despertando, se puso a rugir con tal intensidad que la hiena se detuvo escuchando con inquietud. El clamor de la ciudad se elevaba, sordo y amenazante; y ese clamor, formado por el ruido de los coches, los gritos de la calle, por nuestros sollozos y nuestras risas, parecían alaridos de furor y estertores de agonía.
   -¡Dios Santo! -susurró la hiena- no hay duda de que se están degollando en su jaula. ¿Oye usted qué airados están y cómo lloran?
   -Es cierto que hacen un jaleo horroroso; es posible que los esté atormentando algún domador -contestó el león.
   El ruido se incrementaba y la hiena empezaba a tener miedo.
   -¿Cree usted que es prudente entrar ahí? -preguntó.
   -¡Bah! No nos comerán. ¡Qué demonios! Venga pues. Deben estar mordiéndose de lo lindo y eso nos hará reír -dijo el león.

                                                II
   Por las calles, caminaron modestamente a lo largo de las casas. Cuando llegaron a un cruce, fueron arrastrados por un enorme gentío. Obedecieron a aquel empuje que les prometía un espectáculo interesante. Pronto se encontraron en una gran plaza en la que el pueblo se agrupaba. En medio había una especie de armazón de madera roja y todas las miradas estaban fijas en aquella construcción, con expresión de avidez y de gusto.
   -Mire -dijo en voz baja el león a la hiena-, eso es sin duda una mesa sobre la que van a servir un buen festín a todas estas personas que ya se están relamiendo de gusto. Aunque la mesa me parece bastante pequeña.
   Cuando pronunciaba esas palabras, la masa lanzó un alarido de satisfacción y el león declaró que debían ser los víveres que llegaban, tanto más cuanto que un vehículo pasó al galope por delante de él. Sacaron a un hombre del carruaje, lo subieron al armazón y le cortaron la cabeza con destreza; luego, pusieron el cadáver en otro vehículo y se apresuraron a sustraerlo al apetito feroz del populacho que gritaba, sin duda de hambre.
   -¡Anda! ¡No se lo comen! -exclamó el león, decepcionado.
   La hiena sintió que un pequeño escalofrío recorría su pelo.
   -¿En medio de qué fieras me ha traído usted? -dijo-. Matan sin tener hambre… Por amor de Dios, tratemos de salir pronto de aquí.

                                           III
   Cuando abandonaron la plaza, tomaron los bulevares exteriores y caminaron después tranquilamente a lo largo de los muelles. Cuando llegaron a la Cité vieron, detrás de Notre-Dame, una casa baja y larga en la que los transeúntes entraban como se entra en una barraca de feria, para ver allí algún fenómeno y salir maravillado. No se pagaba ni al entrar ni al salir. El león y la hiena siguieron al gentío y vieron, sobre grandes losas, cadáveres tendidos, con la carne agujereada de heridas. Los espectadores, mudos y curiosos, miraban tranquilamente los cadáveres.
   -¡Eh! ¿Qué decía yo? -comentó la hiena- No matan para comer. Mire cómo dejan que los víveres se estropeen.
   Cuando estuvieron de nuevo en la calle, pasaron por delante de una carnicería. La carne colgada de los ganchos de acero estaba muy roja; junto a las paredes había montones de carne, y la sangre corría por las placas de mármol formando pequeños regueros. La tienda entera ardía siniestramente.
   -Mire pues, -dijo el león- dice usted que no comen. Ahí tiene carne para alimentar a nuestra colonia del Jardin des Plantes durante ocho días… ¿Será carne de hombre?
   La hiena, que como ya dije había desayunado copiosamente, dijo, volviendo la cabeza:
   -¡Puaf! Es repugnante. Me dan náuseas de ver toda esa carne.

                                                IV
   -¿Ve usted esas puertas gruesas y esas enormes cerraduras? -comentó la hiena un poco más lejos-. Los hombres ponen hierro y madera entre ellos para evitar el disgusto de devorarse. Y en cada esquina hay personas con espadas que mantienen las buenas formas ¡Qué animales más ariscos!
   En ese momento, un simón atropelló a un niño y la sangre salpicó hasta la cara del león.
   -Pero… ¡es repugnante! -exclamó secándose con una mano-; no se puede dar dos pasos tranquilamente. En esta jaula llueve la sangre.
   -¡Pardiez! -añadió la hiena-, han inventado estas máquinas rodantes para obtener la mayor cantidad de sangre posible; son como el lagar de su innoble vendimia. Desde hace un rato, estoy observando, a cada paso, unas cavernas apestadas al fondo de las cuales los hombres beben grandes vasos llenos de un licor rojizo que no puede ser sino sangre. Y beben mucha cantidad de ese licor para darse valor para matar pues, en numerosas cavernas, he visto a los bebedores derribarse a puñetazos.
   -Ahora comprendo -prosiguió el león- la necesidad del gran arroyo que atraviesa su jaula. Lava todas sus impurezas y arrastra toda la sangre derramada. Son los hombres los que han debido traerlo hasta aquí por miedo a la peste. Arrojan en él a las personas asesinadas.
   -No pasaremos por los puentes -interrumpió la hiena temblando-. ¿No está usted cansado? Tal vez fuera prudente que regresáramos…

                                                 V
   No pude seguir paso a paso a los dos honrados animales. El león quería verlo todo y la hiena, cuyo pavor se iba incrementando a cada paso, se sentía obligada a seguirlo porque no se habría atrevido jamás a regresar sola. Cuando pasaron por delante de la Bolsa, logró, por medio de ruegos insistentes, no entrar. Salían de aquel antro tales lamentos, tales voces, que ella permanecía en la puerta temblando y con el pelo erizado.
   -Vámonos, vámonos rápido -decía tratando de llevarse al león-; éste es sin duda el escenario de la matanza general. ¿No oye los gemidos de las víctimas y los gritos de alegría furiosa de los verdugos? Esto es un matadero que debe abastecer a todas las carnicerías de barrio. Alejémonos de aquí, se lo ruego.
   El león, del que el miedo se iba apoderando e iba empezando a llevar la cola entre las patas, se alejó gustoso. No huía porque quería conservar intacta su reputación de valentía; pero, en el fondo, se acusaba de temeridad y se decía que los rugidos de París, por la mañana, habrían debido impedirle entrar en medio de aquella extraña casa de fieras. Los dientes de la hiena castañeteaban de pavor y ambos caminaban con precaución, buscando el camino para volver a su hogar, creyendo sentir a cada instante las zarpas de los transeúntes clavarse en su cuello.

                                                 VI
   Y he aquí que, bruscamente, surge un sordo clamor en las esquinas de la jaula. Se cierran las tiendas, el toque a rebato se lamenta con voz anhelante e inquieta. Grupos de hombres armados invaden las calles, arrancan los adoquines, levantan apresuradamente barricadas. Los rugidos de la ciudad han cesado; reina en ella un silencio pesado y siniestro. Las bestias humanas se callan; se deslizan a lo largo de las casas, dispuestas a saltar. Y pronto saltan. La fusilería estalla acompañada por la voz grave del cañón. La sangre corre, los muertos aplastan su cara contra el suelo, los heridos gritan. En la jaula de los hombres se han formado dos bandos y esos animales se divierten degollándose en familia. Cuando el león comprendió de qué se trataba exclamó:
   -¡Dios mío! ¡Sálvamos de esta pelea! Ya estoy bien castigado por haber cedido al tonto deseo de hacerle una visita a estos temibles carniceros. ¡Qué suaves son nuestras costumbres comparadas con las suyas! Nosotros no nos comemos jamás entre nosotros. -Y dirigiéndose a la hiena prosiguió-: No nos hagamos los valientes. Yo, lo reconozco, tengo los huesos helados de espanto. Tenemos que abandonar de inmediato este país de bárbaros.
   Entonces huyeron avergonzados y temerosos. Su carrera se hizo cada vez más furiosa y desbocada porque el miedo los espoleaba y los terroríficos recuerdos de la jornada eran otros tantos aguijones que precipitaban sus saltos. Llegaron al Jardin des Plantes sin aliento y mirando hacia atrás con pánico. Entonces pudieron respirar a gusto y corrieron a refugiarse en una jaula vacía cuya puerta cerraron con energía. Allí se felicitaron con efusión de su regreso.
   -¡Ah! -dijo el león-. No volveré a salir de mi jaula para ir a pasearme por la de los hombres. Sólo hay paz y felicidad posibles al fondo de esta celda dulce y civilizada.

                                                VII
   Y como la hiena palpaba uno tras otro los barrotes de la jaula:
   -¿Qué mira usted, pues? -preguntó el león.
   -Compruebo si estos barrotes son fuertes y nos defienden adecuadamente de la crueldad de los hombres -respondió la hiena.

Traducción: Esperanza Cobos Castro

PRENSA CULTURAL. "Babelia"."Zenobia Camprubí: una heroína en la sombra", de Manuel Vicent

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, fotografiados el 2 de marzo de 1916, día de su boda en la Iglesia de St. Stephen en Nueva York.- FUNDACIÓN JUAN RAMÓN JIMÉNEZ ("El País")



   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Zenobia Camprubí: una heroína en la sombra

   La esposa de Juan Ramón Jiménez se impuso la obligación, como un destino, de buscarle el bienestar. Su gozoso tormento consistió en atemperar su admiración por el poeta al carácter agrio y enfermizo del hombre que no hacía sino cortarle las alas

MANUEL VICENT 01/01/2011

   Basta con verlos juntos a Zenobia y a Juan Ramón en cualquier retrato para percibir que aquella pareja tan dispar debió de convivir de forma muy atormentada pese a su educada compostura. En las fotografías de la época, los años de entreguerras, ella aparece con un diseño de señorita americana, siempre sonriente, rodeada de amigas de la buena sociedad, sombreros blancos, pantalones de pliegues, cintura de Coco Chanel, zapatos con hebillas y un gesto por el que se le escapaba un alma feliz. En cambio, el poeta trasmite una sensación adusta, con el aire ensimismado, vestido de oscuro, la barba negra, triste el gabán, la mirada aviesa, el rostro cetrino, una figura que en su tiempo El Greco habría incorporado como personaje al entierro del conde Orgaz.
   El padre de Zenobia era un fino ingeniero catalán, Raimundo Camprubí, quien durante uno de sus trabajos en San Juan de Puerto Rico conoció a Isabel Aymar, la que sería su mujer, de ascendencia mitad italiana mitad estadounidense, de una familia mercantil adinerada, bilingüe en castellano y en inglés. Zenobia Camprubí nació en 1887, en Malgrat de Mar, un pueblo de la costa catalana donde sus padres pasaban las vacaciones en el verano. Era la mayor de cuatro hermanos, todos educados en Harvard. Zenobia fue instruida por tutores particulares en Barcelona y a los nueve años la madre, recién divorciada de un marido vicioso del juego y arruinado en la Bolsa, se llevó a su hija a Nueva York. Zenobia vivió a expensas de la familia materna. Estudió en Columbia, fue inscrita en el Club de Mujeres Feministas, comenzó a escribir cuentos, participó en actividades culturales y filantrópicas según el más riguroso estilo de las élites neoyorquinas. Regresó a España en 1909 y con ese mismo espíritu liberal se instaló la joven con su madre en Madrid donde en compañía de matrimonios americanos asistía a conferencias en la Residencia de Estudiantes, en el Instituto Internacional de Señoritas fundado por Susan Huntington, en el Lyceum Club junto con Victoria Kent y se dejaba ver en las fiestas que daban los Byne en su piso de la calle de Gravina. En una pensión con pared contigua a esa casa vivía Juan Ramón Jiménez, y una noche a través del tabique de su habitación el joven poeta oyó al otro lado una risa femenina que le subyugó, de la cual no lograría evadirse en mucho tiempo.
   Juan Ramón Jiménez procedía de una familia de pudientes vinateros de Moguer y probablemente había sido un niño feliz, también de risa clara, pero muy pronto aprendió a hacerse el enfermo para conseguir toda clase de mimos de criadas y nodrizas y salirse siempre con su voluntad. Creció rodeado de atenciones y cuando en 1900 llegó a Madrid con 19 años ya había dado señales de ser un poeta superdotado, bajo la influencia de Bécquer y de Rubén Darío. Pero no se trata aquí de analizar su obra poética, sino de saber cómo se produjo el choque y ensamblaje entre aquellas almas tan dispares.
   Juan Ramón ya había pasado por algunas crisis nerviosas, que se acentuaron cuando en 1901 falleció su padre, una muerte que pocos años después acarreó la ruina económica a su familia. Durante la adolescencia se había permitido todos los caprichos de estudiante rico en Sevilla e incluso pudo aliviarse de una neurosis depresiva en el sanatorio de enfermedades mentales en Castell d'Andorte, en Burdeos, a cargo de un doctor afamado. En este establecimiento desarrolló sus primeras dotes de artista enamoradizo seduciendo a algunas enfermeras. Después en sucesivas recaídas que pasó en la clínica del Rosario en Madrid llegó incluso a enamorar a una monja, unas aventuras eróticas que trasladó a sus versos. Se trata de saber cómo este ser de alma melancólica, huraña y abstraída pudo darle alcance a una caza tan selecta y risueña como era Zenobia.
   A partir de 1911 Juan Ramón ya era un poeta admirado. Vivía en la Residencia de Estudiantes y allí acudió la paloma una tarde de primavera. El poeta la abordó al final de una conferencia y la risa de la muchacha ante sus requiebros le recordó a la que había sonado aquella lejana noche de fiesta a través del tabique de la pensión. Cuando el poeta supo que aquella carcajada procedía de la misma alma quedó rendidamente enamorado, pero ella se mostró esquiva a sus requerimientos, un poco antiguos y formales. Juan Ramón comenzó a acosarla con versos cada vez más puros, más encendidos, más directos, que la obligaron a huir a Nueva York como última resistencia y hasta allí la siguió el poeta. La obsesión llegó hasta el punto de tener que casarse con él, hecho que sucedió en la iglesia católica de St. Stephen en marzo de 1916. Durante la travesía en barco por el Atlántico, Juan Ramón descubrió el mar, un golpe tan contundente como el que le produjo el amor. De esa experiencia salió uno de sus mejores libros, Diario de un poeta recién casado, la ida y vuelta de un fino alcotán en busca y captura de su amada, el viaje de novios a Boston y el regreso a España con todos los vaivenes del corazón.
   A partir de ese momento el gozoso tormento de Zenobia consistiría en atemperar su admiración por el poeta al carácter agrio, enfermizo y atravesado del hombre que no hacía sino cortarle las alas. Juan Ramón no hallaba inspiración sino en la quietud y el silencio. El poeta hilaba los versos de oro en una habitación acolchada sin poder soportar a su alrededor ni siquiera las risas de Zenobia con sus amigas y para mantenerlo incontaminado e inmune a las adherencias de la vida vulgar la mujer se impuso la obligación, como un destino, de buscarle la subsistencia. Montó una tienda de objetos populares conseguidos de anticuarios de los pueblos de Castilla, se dedicó a decorar apartamentos para alquilarlos a diplomáticos extranjeros y ella misma fregaba las escaleras. Cuando le preguntaban por Zenobia, el poeta contestaba no sin cierta displicencia: "Por ahí anda, entretenida con sus pisos". Después de traducir a Tagore al inglés la mujer había dejado de escribir. Había sacrificado el propio talento literario al de su marido, sin duda más elevado, y en adelante se limitó a enmascarar la amargura que le producían sus continuas depresiones con la propia alegría innata, siempre dispuesta a levantar el ánimo de aquel ser misántropo que le había tocado en suerte.
   A partir del exilio de la Guerra Civil Zenobia comenzó a escribir sus diarios, que inició en La Habana en 1937 y que ya no dejó hasta pocos días antes de su muerte. En sus páginas escritas en inglés y en castellano da cuenta de sus quehaceres cotidianos, zurcir la ropa, recibir clases de cocina, ahorrar hasta el último centavo, salir de compras, visitar las cárceles, enseñar a leer y a escribir a las presas mientras Juan Ramón se pasaba el día tirado en la cama. "A Juan Ramón no se le puede dejar solo en absoluto. ¡Él es queridísimo aunque me vuelva loca!". Un día tiene que comprar un hornillo eléctrico porque J. R. tiene frío por la noche y le dura hasta la mañana, otro día ya no puede más y está dispuesta a abandonarlo. Reconoce que haber nacido con la disposición de J. R. ante la vida es un serio problema para su vitalismo porque él solo encuentra alivio parcial en el aislamiento. De La Habana a Nueva York, luego a Miami, hasta recalar en Puerto Rico solo para que se sintiera a gusto al oír el sonido de su idioma. Zenobia se había llevado al exilio un cáncer contraído en 1931. Fue operada en Boston. En las sucesivas recaídas ya no pudo ser atendida por los médicos amigos. Prefirió seguir a Juan Ramón, vencida su última rebeldía. Murió en la clínica Mimiya de Santurce en San Juan de Puerto, el 28 de octubre de 1956, tres días después de enterarse de que le habían concedido el Premio Nobel a su marido. Antes, en el lecho de muerte, con una rosa blanca en la mano había dado las instrucciones oportunas para el bienestar futuro de su poeta.

SOLEDAD PUÉRTOLAS. Discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua (6)

Soledad Puértolas

   Es en la segunda parte cuando don Quijote hace amigos de verdad. Naturalmente, siempre tiene a Sancho a su lado, pero Sancho se sitúa, desde el principio, en el núcleo mismo de la acción y las relaciones entre caballero y escudero registran los conflictos esenciales del héroe. Sancho no es, desde luego, un secundario.
   El Caballero del Verde Gabán, modelo de hidalgo castellano, es un excelente interlocutor para nuestro héroe. Sus virtudes son tantas que Sancho, creyéndole santo, se echa a sus pies (II, XVI, 823). Este varón prudente y discreto vive alejado de los ruidos del mundo, se ha construido un paraíso terrenal donde reinan el sosiego y la mesura. Desde este lugar casi idílico -sin intrigas palaciegas, sin espíritu de superioridad ni ánimo de burla-, don Diego admira el buen juicio que tiene don Quijote cuando trata de asuntos de importancia y nada sencillos, como es el caso de la educación de los hijos.
   El poeta don Lorenzo, hijo de don Diego, aún resulta mejor interlocutor que el padre. Al ser poeta, don Lorenzo pertenece a la estirpe de los marginados, si bien, como don Quijote ilustra con detalle, ya que el asunto le interesa, hay poetas que triunfan y medran socialmente, y, con manifiesta ironía, aconseja a don Lorenzo que, si desea el éxito, siga el fácil camino de la retórica. Caballero y poeta pasan tan buenos ratos de charla que a don Quijote le cuesta despedirse de él. "Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don Lorenzo" (II, XIX, 852), declara.
   Quien está indiscutiblemente al margen del orden social es Roque Guinart, el bandolero de buen corazón, con quien el caballero hace muy buenas migas. Pasa unos días en su campamento y mantiene con él largas conversaciones. En la despedida, don Quijote intenta convencerle de que abandone su vida de bandolero y abrace la causa de la caballería andante. No parece una casualidad que en esta segunda parte, cuando tantos personajes toman la batuta para erigirse en directores del juego y transformarlo en burla, a don Quijote se le pase por la cabeza la idea de que el poeta don Lorenzo, primero, y el bandolero Roque Guinart, algo después, con quienes ha pasado buenos ratos de amistad, le acompañen en sus aventuras.
   Otro episodio de la segunda parte, las bodas de Camacho, le brinda a don Quijote la ocasión de defender con éxito los principios de la andante caballería y, en consecuencia, hace amigos y consigue aliados. Esta vez el triunfo le pertenece enteramente a don Quijote. El arranque y la fuerza del caballero al proclamar los derechos del amor es imparable y su apoyo a Basilio resulta determinante.
   La de Basilio es otra de esas historias que, como la de doña Rodríguez, está hecha a la medida de don Quijote. Basilio es un hombre enamorado y lleno de virtudes, pero pobre. La treta que urde para conseguir la mano de la hermosa Quiteria -representar un falso suicidio, resucitar y pedir con voz doliente y desmayada la mano de su amada, como condición para que sus días finalicen en el ámbito de la religión- escandaliza a la concurrencia, pero responde a los valores caballerescos.
   La intervención de don Quijote es clave: "En altas voces dijo que Basilio pedía una cosa muy justa y puesta en razón" (II, XXI, 877). Una vez concluida la fugaz ceremonia, el moribundo se pone en pie, completamente curado de su herida. Los asistentes creen que ha sido un milagro, pero Basilio confiesa que todo ha sido una treta, lo que provoca una oleada de indignación. El cura y el novio oficial, Camacho, se tienen por "burlados y escarnecidos". Muchas son las espadas que arremeten contra el burlador, pero don Quijote vuelve a intervenir de forma decisiva: "Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agravios que el amor os hace, y advertid que el amor y la guerra son una misma cosa". Asume luego el papel de juez. "Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos". Y, para concluir, reta: "A los dos que Dios junta no podrá separar el hombre, y el que lo intentare, primero ha de pasar por la punta desta lanza" (II, XXII, 880-881).
   El caballero ha actuado a favor del amor en sí, que está por encima de las personas que aman. Ha defendido, como es propio de él, una idea. La cuadrilla de Basilio, en conclusión, le tiene "por hombre de valor y pelo en pecho" (II, XXII, 882).
   Don Quijote ha jugado un papel fundamental sin dejar de ser él. Ha dirimido un asunto de la realidad, y se ha puesto de parte de quien ha forzado la realidad, de quien ha hecho una representación, un fingimiento. Porque el objetivo, el amor, lo justifica todo.
   En la aventura de la cueva de Montesinos -una de las ocasiones en las que más se pone a prueba la relación entre don Quijote y Sancho-, el caballero cuenta con un interlocutor atento. El guía que le conduce a la cueva se dedica a componer libros y está muy interesado en la experiencia de caballero con el fin de ponerla luego en ellos: "Suplico a vuestra merced, señor don Quijote -le pide-, que mire bien y especule con cien ojos lo que hay allá dentro: quizá haya cosas que yo ponga en el libro de mis Transformaciones" (XI, XXII, 889). Y, cuando don Quijote hace la crónica de sus visiones en el fondo de la cueva, comenta: "Le escucho con el mayor gusto del mundo" (II, XXIII, 895).
   La incredulidad de Sancho hace aún más importante la presencia del guía. "¿Habría de mentir el señor don Quijote que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto millón de mentiras?" (XI, XXIII, 901), le pregunta a Sancho. Y, cuando se despide de don Quijote, declara: "Yo, señor don Quijote, doy por bien empleadísima la jornada que con vuestra merced he hecho" (XI, XXIV, 905).
   Luego enumera los bienes recibidos. El primero: "Haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad". Así desaparece de nuestra vista y deja intacto el recuerdo de su oportuno testimonio.
   La aventura pacífica de las imágenes de los Santos Caballeros, la primera aventura que tiene lugar una vez fuera del claustrofóbico castillo de los duques (no parece casual que haya sido precisamente entonces cuando el caballero haya pronunciado su famosa loa a la libertad), representa una tregua en la tensa relación de don Quijote con la realidad. El rato que todos pasan en agradable conversación resulta tan apacible que hace exclamar a Sancho: "Si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo el discurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido" (XI, IVII, 1199).
   La tregua se prolonga un poco en el episodio de la Arcadia fingida, cuando los jóvenes disfrazados de zagalas y pastores invitan a caballero y escudero a pasar un rato con ellos.
                                                    *

PRENSA (2). 9 enero 2011

   En suplementos de "El País":

1. Noche de Reyes. Por Elvira Lindo.

2. Los muertos secretos. Javier Cercas sobre la crisis actual.

3. ¿Cómo hemos de vivir? Reportaje de psicología. Por Xavier Guix. En tiempo de incertidumbres hay que optar por la acción y la creatividad. Lo importante es preguntarse qué hacemos con el tiempo y si solo queremos seguir siendo una pieza del decorado.

4. El infierno en la tierra. Reportaje de John Carlin. Sierra Leona es uno de los países más pobres del planeta. Pero esta cárcel de Freetown la habitan los miserables de los miserables. Entre los reclusos se mezclan menores que comparten injusticias, miedo, sarna, falta de agua y comida. Viven el aquí y ahora porque han olvidado su pasado y no son capaces de ver un futuro.

5. Vecinos y gorrinos. Por Rosa Montero.

6. Los años diez. Por Javier Marías.

PRENSA (1). 9 enero 2011

   En "El País":

1. Ver la luz. Columna de Manuel Vicent.

2. Humo. Por Carlos Boyero.

3. "Pasaré a la historia por 'Shoa'". Entrevista a Claude Lanzmann, cineasta y escritor. Por Jesús Ruiz Mantilla. El autor del mayor testimonio sobre la matanza de judíos, publica 'La liebre de la Patagonia', sus jugosas memorias, donde habla de guerra, política, viajes y de su aventura con Simone de Beauvoir.

4. El lenguaje de la basura. Reportaje de Juan Cruz. El insulto se ha instalado en la conversación española y convertido en espectáculo - La degradación del trato es la consecuencia de un vocabulario cada vez más desconsiderado con los otros.

5. El camino perdido. Artículo de Gustavo Martín Garzo sobre la literatura de Juan Eduardo Zúñiga.

6. Modelos imitables. Artículo del escritor Ángel Rupérez sobre los medios de comunicación.

7. ¡Ah! ¡Otra vez Europa! Artículo del Nobel de Literatura Orhan Pamuk. El sueño de formar parte de Occidente se está desvaneciendo para Turquía. Es una nación dinámica con una sociedad civil fuerte y que observa cómo la UE está cada vez más confundida sobre sus problemas internos.

sábado, 8 de enero de 2011

POESÍA. "La adoración de los magos" (3), de Luis Cernuda (1902-1963)

Luis Cernuda

                                           III

PALINODIA DE LA ESPERANZA DIVINA

Era aquel que cruzábamos, camino
Abandonado entre arenales,
Con una higuera seca, un pozo, y el asilo
De una choza desierta bajo el frío.
Lejos, subiendo entre unos riscos,
Iba el pastor junto a sus flacas cabras negras.
Cuando tras de la noche larga la luz vino,
Irisando la escarcha sobre nuestros vestidos,
Faltas de convicción, las cosas escaparon
Como en un sueño interrumpido.

Padecíamos hambre, gran fatiga.
Al lado de la choza hallamos una viña
Donde un racimo quedaba todavía,
Seco, que ni los pájaros lo habían
Querido. Nosotros lo tomamos:
De polvo y agrio vino el paladar teñía.
Era bueno el descanso, pero
En quietud la indiferencia del paisaje aísla,
Y añoramos la marcha, la fiebre de la ida.

Vimos la estrella hacia lo alto
Que estaba inmóvil, pálida como el agua
En la irrupción del día, una respuesta dando
Con su brillo tardío del milagro
Sobre la choza. Los muros sin cobijo
Y el dintel roto se abrían hacia el campo,
Desvalidos. Nuestro fervor helado
Se volvió como el viento de aquel páramo.
Dimos el alto. Todos descabalgaron.
Al entrar en la choza, refugiados
Una mujer y un viejo sólo hallamos.

Pero alguien más había en la cabaña:
Un niño entre sus brazos la mujer guardaba.
Esperamos un dios, una presencia
Radiante e imperiosa, cuya vista es la gracia,
Y cuya privación idéntica a la noche
Del amante celoso sin la amada.
Hallamos una vida como la nuestra humana,
Gritando lastimosa, con ojos que miraban
Dolientes, bajo el peso de su alma
Sometida al destino de las almas,
Cosecha que la muerte ha de segarla.

Nuestros dones, aromas delicados y metales puros,
Dejamos sobre el polvo, tal si la ofrenda rica
Pudiera hacer al dios. Pero ninguno
De nosotros su fe viva mantuvo,
Y la verdad buscada sin valor quedó toda,
El mundo pobre fue, enfermo, oscuro.
Añoramos nuestra corte pomposa, las luchas y las guerras,
O las salas templadas, los baños, la sedosa
Carne propicia de cuerpos aún no adultos,
O el reposo del tiempo en el jardín nocturno,
Y quisimos ser hombres sin adorar a dios alguno.

RELATO: "Crates: cínico", de Marcel Schwob (1867-1905)

Crates: cínico
   Nació en Tebas, fue discípulo de Diógenes y además conoció a Alejandro. Su padre, Ascondas, era rico y le dejó doscientos talentos. Un día en que fue a ver una tragedia de Eurípides se sintió inspirado ante la aparición de Telefo, rey de Misia, vestido de harapos y con una cesta en la mano.
   Se levantó en medio del teatro y en voz alta anunció que distribuiría los doscientos talentos de su herencia a quien los quisiera, y que en adelante le bastarían las ropas de Telefo. Los tebanos se echaron a reír y se agolparon frente a su casa. Sin embargo, Crates se reía más que ellos. Arrojó su dinero y sus muebles por las ventanas, tomó un manto de tela, unas alforjas y se fue. Llegó a Atenas y anduvo al azar por las calles, y a ratos descansaba apoyado en las murallas, entre los excrementos. Practicó todo lo que aconsejaba Diógenes. El tonel le pareció superfluo. Crates opinaba que el hombre no es un caracol ni un paguro. Se quedó completamente desnudo entre las basuras y recogía cortezas de pan, aceitunas podridas y espinas de pescado para llenar sus alforjas. Decía que sus alforjas eran una ciudad vasta y opulenta donde no había parásitos ni cortesanas, y que producía, en cantidades suficientes, tomillo, ajo, higos y pan, que satisfacían a su rey. Así Crates llevaba su patria a cuestas, que lo alimentaba.
   No se inmiscuía en los asuntos públicos, ni siquiera para burlarse, y tampoco le daba por insultar a los reyes.
   Desaprobó la broma de Diógenes. Diógenes un día había gritado: "¡Hombres, acérquense!", y a los que se habían acercado los golpeó con su bastón y les dijo: "Llamé a hombres, no a excrementos". Crates se mostró tierno con la gente. Nada lo preocupaba. Se había acostumbrado a las llagas. Lo único que lamentaba era no tener un cuerpo lo suficientemente flexible como para podérselas lamer, como hacen los perros. Deploraba también la necesidad de ingerir alimentos sólidos y beber agua. Pensaba que el hombre debía bastarse a sí mismo, sin ninguna ayuda exterior. Al menos no iba en busca de agua para lavarse. Si la mugre lo incomodaba, se contentaba con frotarse contra las murallas pues había observado que no de otro modo proceden los asnos. Poco hablaba de los dioses: no le importaban. Qué más le daba que hubiera o que no hubiera dioses si sabía que no podían hacerle nada. En todo caso, les reprochaba que hubieran hecho deliberadamente desdichado al hombre al ponerle la cara en dirección al cielo y privarlo de la facultad que poseen la mayor parte de los animales, que andan a cuatro patas. Ya que los dioses han decidido que para vivir hay que comer, pensaba Crates, tenían que poner la cara del hombre mirando al suelo, que es donde crecen las raíces: nadie podía subsistir de aire o de estrellas.
   La vida no fue generosa con él. A fuerza de exponer sus ojos al polvo acre del Ática, contrajo legañas. Una enfermedad desconocida de la piel lo cubrió de tumores. Se rascó con sus uñas, que no cortaba nunca, y observó que sacaba un doble provecho, puesto que al mismo tiempo que las usaba sentía alivio. Sus largos cabellos llegaron a parecerse a un fieltro tupido, y se los arregló de modo que lo protegieran de la lluvia y el sol.
   Cuando Alejandro fue a verlo, no le dirigió palabras mordaces sino que lo consideró uno más entre los espectadores, sin hacer ninguna diferencia entre el rey y la muchedumbre. Crates carecía de opinión sobre los poderosos. Le importaban tan poco como los dioses. Sólo los hombres lo preocupaban, y la forma de pasar la vida con la mayor sencillez posible. Las censuras de Diógenes le causaban risa, lo mismo que sus pretensiones de reformar las costumbres.
   Crates se consideraba muy por encima de tan vulgares preocupaciones. Transformaba la máxima inscrita en el frontón del templo de Delfos, y decía: "Vive tú mismo". La idea de cualquier conocimiento le parecía absurda. Sólo estudiaba las relaciones de su cuerpo con lo que éste necesitaba, tratando de reducirlas al máximo. Diógenes mordía como los perros, pero Crates vivía como los perros.
   Tuvo un discípulo llamado Metrocles. Era un rico joven de Maronea. Su hermana Hiparquia, bella y joven, se enamoró de Crates. Hay testimonios de que se sintió atraída por él y de que fue a buscarlo. Parece imposible, pero es cierto. No le repugnaba ni la suciedad del cínico, ni su absoluta pobreza, ni el horror de su vida pública. Crates le previno que vivía como los perros, por las calles, y que buscaba huesos en los montones de basura. Le advirtió que nada de su vida en común sería ocultado y que la poseería públicamente cuando tuviera ganas, como lo hacen los perros con las perras. A Hiparquia no le extrañó. Sus padres trataron de retenerla: ella amenazó con matarse. Entonces abandonó el pueblo de Maronea, desnuda, con los cabellos sueltos, cubierta sólo con un antiguo lienzo, y vivió con Crates, vestida como él. Se dice que tuvieron un hijo, Pasicles; pero no hay nada seguro al respecto.
   Parece que esta Hiparquia fue buena y compasiva con los pobres. Acariciaba a los enfermos; lamía sin la menor repugnancia las heridas sangrantes de los que sufrían, convencida de que eran para ella lo que las ovejas son para las ovejas. Si hacía frío, Crates e Hiparquia se acurrucaban con los pobres y trataban de trasmitirles el calor de sus cuerpos. No sentían ninguna preferencia por los que se acercaban a ellos. Les bastaba con que fueran hombres.
   Eso es todo lo que nos ha llegado de la mujer de Crates; no sabemos cuándo ni cómo murió. Su hermano Metrocles admiraba a Crates, y lo imitó. Pero no vivía tranquilo. Continuas flatulencias, que no podía retener, perturbaban su salud. Se desesperó y decidió morir. Crates se enteró de su desgracia y quiso consolarlo. Comió una buena porción de altramuces y se fue a ver a Metrocles. Le preguntó si era la vergüenza de su enfermedad lo que tanto lo afligía. Metrocles confesó que no podía soportar su desgracia. Entonces Crates, hinchado por los altramuces, soltó unos cuantos gases en presencia de su discípulo y le afirmó que la naturaleza sometía a todos los hombres al mismo mal. Luego le reprochó que hubiese sentido vergüenza de los demás y le propuso su propio ejemplo. Soltó después unos cuantos gases más, tomó a Metrocles de la mano y se lo llevó.
   Ambos anduvieron mucho tiempo juntos por las calles de Atenas, sin duda con Hiparquia. Hablaban muy poco entre ellos. No tenían vergüenza de nada. Aun cuando revolvían en los mismos montones de basuras, los perros parecían respetarlos. Cabe pensar que, si los hubiera acuciado el hambre, se habrían acometido unos a otros a dentelladas. Pero los biógrafos no refieren nada por el estilo. Sabemos que Crates murió viejo, que terminó por quedarse en un mismo sitio, recostado bajo el cobertizo de un almacén del Pireo donde los marineros guardaban fardos, que dejó de vagar en busca de algo que roer, que ya ni siquiera quiso extender el brazo y que un día lo encontraron consumido por el hambre.
                                              Del libro Vidas imaginarias

SOLEDAD PUÉRTOLAS. Discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua (5)

Soledad Puértolas
Aliados
Los personajes secundarios del Quijote (5)

   Dorotea es otro de los personajes de la primera parte en quien merece la pena detenerse un poco. Como sucede con la hija del ventero, Dorotea se sitúa en un punto intermedio, aunque, en su caso, en el extremo del mundo caballeresco, no se encuentra, el mundo de los pícaros, sino el de los pragmáticos.
   En Dorotea se da la conciliación. Es amable y desenvuelta, lectora de libros de caballerías y una excelente narradora oral, está dotada de extraordinarias belleza e inteligencia, lucha por reparar su honra y conseguir la correspondencia de su amado, sabe jugar cuando es preciso y se muestra siempre dispuesta a echar una mano a quien necesite ayuda. Esta joven tan bien dotada tuvo la debilidad de enamorarse de un hombre de linaje social superior al suyo y, lo que es más grave aún, sucumbió (4). Pero consigue el final feliz por sus propios medios, sin la ayuda de nadie.
   Saber expresarse es un asunto fundamental en la escala de valores cervantina. El que Dorotea sea dueña de este preciado don parece una señal inequívoca de la simpatía que el autor siente por ella. Todo lo que dice Dorotea lo dice muy bien, su relato, como ocurre con todo lo que alcanza la expresión más ajustada y convincente, suena a verdad. El «Venciste, hermosa Dorotea, venciste, porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas» (I, XXXVI, 470) con que don Fernando reconoce su derrota recoge el aplauso general.
   En la base de la desgracia de Dorotea está su condición femenina, como sucedía con Marcela. Pero el caso de Dorotea resulta más conmovedor, porque siempre conmueve más quien sucumbe que quien rechaza.
   Don Quijote, a pesar de la desconfianza de Sancho, se convierte en defensor de la dama y se pone a su servicio. El lector sabe que Dorotea ya ha resuelto su agravio, ¿cuál será entonces la función del caballero? Aquí entra la capacidad de la dama para el juego. Convertida en princesa Micomicona, Dorotea le proporciona a don Quijote la posibilidad de comprometer su palabra y ayudarla a recuperar su reino. La joven maneja perfectamente las reglas de la caballería andante y ayuda a salvaguardar la dignidad de don Quijote en unas circunstancias particularmente adversas. Pocos personajes del Quijote reúnen tantas cualidades como ella y, como dama agraviada, Dorotea está bastante lejos de representar el papel de mujer desvalida.
   De manera que los tres personajes femeninos de más peso de la primera parte viven sus historias al margen de las del caballero. Pero Cervantes las sitúa a su lado y don Quijote fija los ojos en cada una de ellas. Se pone o intenta ponerse a su servicio, se comporta como admirador y aun como enamorado, pero son ellas quienes, cada cual a su modo, proporcionan al caballero complicidad y apoyo, aunque, como en el caso de la hija del ventero, se trate de un apoyo temporal.
   La duquesa es el personaje femenino más relevante de la segunda parte del Quijote. Como la mayoría de los personajes que desfilan por sus páginas, la duquesa ha leído el libro de las aventuras de don Quijote y Sancho y, al conocerlos en persona, se entusiasma ante la posibilidad de participar en el juego y maquina engaños y representaciones teatrales con el único fin de pasárselo bien. La joven y guapa Altisidora, discípula aventajada de la duquesa, impresiona a don Quijote, pero es una dama frívola, sin atisbos de sentimientos tiernos.
   Toda la corte de los duques, dueñas y criados, se constituye en consumada cuadrilla de actores y disfruta burlándose de sus pintorescos huéspedes.
   Solo hay un personaje que no participa en las bromas de los duques, doña Rodríguez. El único juego que ella entiende es el del caballero. Doña Rodríguez acude a don Quijote con un asunto de honor típico de la andante caballería (II,XLVIII, 1114). La credulidad de la dueña no deja de ser conmovedora y, en cierto modo, supone una pequeña tregua, una porción de fe, entre tanto engaño (5).
   Ya fuera del castillo de los duques, tenemos ocasión de conocer a dos mujeres, Claudia Jerónima y Ana Félix que nos recuerdan un poco a Dorotea. Son, las dos, mujeres decididas y enamoradas, que luchan por conseguir sus propósitos al margen de convenciones y prejuicios sociales. No entablan una relación personal con don Quijote, pero pertenecen a la categoría de personas que suscitan el interés de Cervantes y que en el fondo tienen con don Quijote una relación de parentesco. Su presencia en la novela supone una clase de compañía, de alianza, para el héroe, y nos vuelve a decir que para Cervantes los principales méritos de una persona residen en la independencia, las convicciones y los principios personales, en unas reglas internas que no siempre casan con las categorías sociales establecidas.
   Y éste es también uno de los legados de Cervantes en los que busco cobijo.
   Don Quijote cuenta con otra clase muy valiosa de apoyo, el que brinda la amistad. La senda de la amistad suele ser más ancha que la del amor y sus manifestaciones resultan menos dramáticas. Próxima a la amistad, la simpatía puede asimismo proporcionar al héroe ayudas esporádicas.
   Tal es el caso de la oportuna intervención, al término de la primera salida de don Quijote, de Pedro Alonso, quien, al ver al hidalgo tan maltrecho —ha sido apaleado por los mercaderes toledanos—, se compadece de su mal estado y resuelve llevarle de vuelta a la aldea, pero decide esperar a la noche, con el objeto de que «no viesen al molido hidalgo tan mal caballero» (I, V, 80). A pesar de la brevedad del episodio, la intervención de Pedro Alonso resulta fundamental. Gracias a él, el honor del caballero queda a salvo. Pedro Alonso sabe seguirle el juego a don Quijote —el compasivo vecino es lector de libros de caballerías y conoce bien el lenguaje caballeresco— y el hidalgo regresa a su casa en compañía y sin humillación.
   Los cabreros y caminantes a quienes don Quijote y Sancho se unen justo antes de la aparición de Marcela acogen muy bien al caballero. Tanto es así que, cuando don Quijote se despide de ellos, los caminantes «le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar tan acomodado a hallar aventuras» (I, XIIII, 171) (6). Don Quijote se siente a sus anchas en el entorno pastoril y es aquí cuando pronuncia el famoso discurso de la edad dorada, que tantas claves encierra sobre los ideales de don Quijote y las ideas de Cervantes (7).
   Poco después, el caballero encuentra en Cardenio a un semejante. Cuando don Quijote lo ve por vez primera, después de haber tenido noticias de su historia, se le queda mirando fijamente y le da luego un fortísimo abrazo (I, XXIII, 285).
   La confusión que Cardenio siente respecto a su estado mental lo emparenta de forma inequívoca con nuestro caballero. «Yo he sentido en mí después —declara— que no todas las veces lo tengo cabal —el juicio—, sino tan desmedrado y flaco, que hago mil locuras, rasgándome los vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y repitiendo en vano el nombre amado de mi enemiga» (I, XXVII, 344).
   Las palabras de Cardenio podrían servir para describir los días de penitencia de don Quijote en Sierra Morena. Y es que la locura o un comportamiento extravagante no son rasgos privativos de don Quijote. Al igual que Marcela, Cardenio proporciona compañía y apoyo moral al héroe.
   El canónigo de Toledo, ya al final de la primera parte, se interesa por la triste situación en que va el caballero, camino de su aldea, y entabla con él una tranquila y amistosa conversación que, desde luego, contrasta con la lamentable circunstancia —el enjaulamiento en el carro de bueyes— que el cura y el barbero han ideado para conseguir su regreso.
   Don Quijote tiene, al menos y por un rato, antes de regresar a su aldea, la oportunidad de hablar con alguien que le trata con consideración.

NOTAS.
4. El relato de Dorotea sobre la pérdida de su honra es una de las piezas literarias del arte de la elipsis. « ... Y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo ...» (I, XXVIII, 358).
5. La demanda de doña Rodríguez da pie a una de las escenas de mayor comicidad del Quijote y nos demuestra que el caballero no es en absoluto inmune a las llamadas de Eros. En la oscuridad de la alcoba, don Quijote se dirige así a la misteriosa visitante nocturna: «¿Por ventura viene vuestra merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy de provecho para nadie» (11, XLVIII, 1109), y defi ende acérrimamente su honestidad de posibles amenazas: «Ni yo soy de mármol, ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más» (XI, XLVIII, 1111).
6. Con Vivaldo, en concreto, habla don Quijote con gran placer sobre los libros de caballerías y, aunque Vivaldo tiene sus puntos de ironía, siempre trata a don Quijote como a caballero.
7. Es en ese ambiente de camaradería cuando el cabrero Pedro relata la historia de Grisóstomo y Marcela con tan buen tino que obtiene la aprobación del caballero: «El cuento es muy bueno y vos, buen Pedro, le contáis con mucha gracia» (I, XII, 144), e incluso declara al fi nal: «Agradézcoos el gusto que me habéis dado con la narración de tan sabroso cuento» (I, XII, 147).

PRENSA. 8 enero 2011

   En "El País":

1. Una heroína del siglo XXI para Delibes. Crónica de Rosana Torres. Natalia Millán recoge el testigo de Lola Herrera y estrena como Carmen Sotilllo 'Cinco horas con Mario', convertida en un clásico contemporáneo.

2. Cerrado por descanso eterno. Reportaje de Jacinto Antón. El anuncio de que Egipto prohibirá próximamente la visita a la tumba de Tutankamón relanza el debate sobre conservación del patrimonio y turismo.

3. El 'apartheid' europeo. Artículo de Enrique Gil Calvo, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, sobre Europa y la crisis económica.

4. La riqueza cambiante de las naciones. Artículo de Manuel de la Rocha, coordinador del área de economía internacional de la 'Fundación Alternativas'. El realineamiento económico mundial de las dos últimas décadas representa una transformación de importancia histórica, comparable a la revolución industrial, y las soluciones han de ser políticas globales.

5. Matrioskas. Francisco G. Basterra, sobre la Rusia actual.

viernes, 7 de enero de 2011

POESÍA. "La adoración de los magos" (2), de Luis Cernuda (1902-1963)

Luis Cernuda

                                            II

                                  LOS REYES

                                       Baltasar

Como pastores nómadas, cuando hiere la espada del invierno,
Tras una estrella incierta vamos, atravesando de noche los desiertos,
Acampados de día junto al muro de alguna ciudad muerta,
Donde aúllan chacales; mientras, abandonada nuestra tierra,
Sale su cetro a plaza, para ambiciosos o charlatanes que aún exploten
El viejo afán humano de atropellar la ley, el orden.
Buscamos la verdad, aunque verdades en abstracto son cosa innecesaria,
Lujo de soñadores, cuando bastan menudas verdades acordadas.
Mala cosa es tener el corazón henchido hasta dar voces, clamar por la verdad, por la justicia.
No se hizo el profeta para el mundo, sino el dúctil sofista
Que toma el mundo como va: guerras, esclavitudes, cárceles y verdugos
Son cosas naturales, y la verdad es sueño, menos que sueño, humo.

                                                           Gaspar

Amo el jardín, cuando abren las flores serenas del otoño,
El rumor de los árboles, cuya cima dora la luz toda reposo,
Mientras por la avenida el agua esbelta baila sobre el mármol
Y a lo lejos se escucha, entre el aire más denso, un pájaro.
Cuando la noche llega, y desde el río un viento frío corre
Sobre la piel desnuda, llama la casa al hombre,
Hecha voz tibia, entreabiertos sus muros como una concha oscura,
Con la perla del fuego, donde sueño y deseo juntan sus luces puras.
Un cuerpo virgen junto al lecho aguarda desnudo, temeroso,
Los brazos del amante, cuando a la madrugada penetra y duele el gozo.
Esto es la vida. ¿Qué importan la verdad o el poder junto a esto?
Vivo estoy. Dejadme así pasar el tiempo en embeleso.

                                                              Melchor

No hay poder sino en Dios, en Dios sólo perdura la delicia;
El mar fuerte es su brazo, la luz alegre su sonrisa.
Dejad que el ambicioso con sus torres alzadas oscurezca la tierra;
Pasto serán del huracán, con polvo y sombra confundiéndolas.
Dejad que el lujurioso bese y muerda, espasmo tras espasmo;
Allá en lo hondo siente la indiferencia virgen de los huesos castrados.
¿Por qué os doléis, ¡oh reyes!, del poder y la dicha que atrás quedan?
Aunque mi vida es vieja no vive en el pasado, sino espera;
Espera los momentos más dulces, cuando al alma regale
La gracia, y el cuerpo sea al fin risueño, hermoso e ignorante.
Abandonad el oro y los perfumes, que el oro pesa y los aromas aniquilan.
Adonde brilla desnuda la verdad nada se necesita.

                                                             Baltasar

Antífona elocuente, retórica profética de raza a quien escapa con el poder la vida.
Pero mi pueblo es joven, es fuerte, y diferente del tuyo israelita.

                                                                Gaspar

Si el beso y si la rosa codicio, indiferente hacia los dioses todos,
Es porque beso y rosa pasan. Son más dulces los efímeros gozos.

                                                                Melchor

Locos enamorados de las sombras. ¿Olvidáis, tributarios
Como son vuestros reinos del mío, que aún puedo sujetaros
A seguir entre siervos descalzos, el rumbo de mi estrella?
¿Qué es soberbia o lujuria ante el miedo, el gran pecado, la fuerza de la tierra?

                                                               Baltasar

Con tu verdad pudiera, si la hallamos, alzar un gran imperio.

                                                               Gaspar

Tal vez esa verdad, como una primavera, abra rojos deseos.