miércoles, 31 de agosto de 2011

POESÍA. "El mar", de Carilda Oliver (Matanzas, Cuba, 1922)

Carilda Oliver

EL MAR

Como en un lecho me tendí en el mar.
Hechizada por musgos y por linos
tuve acoso de brazos peregrinos
que me echaban las ondas al pasar.

Contra mi carne se batió el azar.
El agua -furia, vértigos y vinos-
se entretenía con los bordes finos
de mis caderas, blancas de esperar.

Entonces: grave, pálido, insereno,
llegaste como llega siempre el mar
y tu mirada me rompió este seno.

Ni Dios mismo nos pudo separar:
cuando una ola te volvía ajeno
entrabas en mis piernas con el mar.

PRENSA. "No perderemos nuestro paraíso noruego", por Asne Seierstad

Asne Seierstad

   En "El País":
No perderemos nuestro paraíso noruego

Hay una forma de claudicar frente a un ataque como este: dejando de confiar los unos en los otros, permitiendo que la sospecha se instale donde antes vivía la confianza. Se ha atacado a nuestra actitud abierta e inocente.

ÅSNE SEIERSTAD 27/07/2011

   Nos quejamos con frecuencia de que nuestra sociedad es aburrida, pero estamos dispuestos a luchar con fuerza para defender nuestros valores de tolerancia.
   Hasta el pasado viernes, Utøya tenía un sabor dulce para la mayoría de los noruegos. Pero esta isla de rocas y pinos, en la que crecen flores silvestres entre los caminos, era, en particular, un paisaje fundamental para los políticos que gobiernan Noruega.
   En nuestras conversaciones sobre cotilleos políticos es frecuente oír anécdotas sucedidas en Utøya en el pasado. En esa isla recibieron nuestros ministros socialistas sus primeros besos, tuvieron noviazgos adolescentes y debates de los de "quedarse levantados toda la noche salvando el mundo". "Esta isla es el paraíso de mi juventud", dijo el primer ministro, Jens Stoltenberg, en el discurso que dirigió a la nación la noche del ataque. "Ahora se ha convertido en un infierno".
   La isla, en la que murieron al menos 68 jóvenes a manos de un loco, fue un regalo de una poderosa confederación de sindicatos a las juventudes del Partido Laborista tras la Segunda Guerra Mundial. Y este año, por 60ª vez, los jóvenes socialistas de la Liga Juvenil de Trabajadores estaba celebrando allí su campamento político de verano.
   El ala juvenil del Partido Laborista ha estado siempre enfrentada a la dirección del partido. Los jóvenes militantes son más verdes y más rojos y, sobre todo, defienden el multiculturalismo y una política de inmigración más abierta y liberal en Noruega.
   De ahí que Anders Behring Breivik los considerara sus principales enemigos. Quería herir al Partido Laborista y su capacidad de reclutar gente de la peor forma posible, dice su abogado.
   Breivik se proclama salvador de la nación y quiere restablecer una Noruega blanca como aquella en la que crecimos él y yo. En los años setenta y ochenta, era muy poco frecuente ver a una persona de piel oscura, tanto para mí, que crecí en una ciudad de provincias, como para él, en un barrio de clase alta de Oslo. Breivik es un cristiano extremista de esos que planean un "martirio de masas" en una iglesia. Pero nos recuerda a los extremistas musulmanes que, con sangre fría y cegados por la religión, escogen la yihad.
   En Noruega, como en el resto de Europa, la inmigración es un tema controvertido. En los países del norte, que no suelen ser el primer punto de entrada y que carecen de pasado colonial, las comunidades de inmigrantes tardaron mucho tiempo en aparecer. Pero ahora, a medida que crecen, lo hace también el racismo. En los últimos años han surgido grupos nacionalistas y páginas web extremistas. Breivik intervenía de forma activa en varias de ellas, y veía sus ideas alimentadas y reforzadas por los elogios de personas con las mismas opiniones, si bien la mayoría de sus amigos cibernéticos se sentirán hoy asqueados.
   Si su locura asesina ha aportado algo al debate sobre la inmigración, es probablemente que, a partir de ahora, será más difícil expresar opiniones violentas, y más fácil que otros las refuten. Esperemos que quienes viven en esa zona gris entre la pura derecha y el nacionalismo extremista, avergonzados, rechacen esos foros racistas, después de saber adónde conduce el lenguaje desatado.
   Breivik afirma que cuenta con seguidores, pero la reacción del pueblo noruego ha sido uniforme. En Twitter, Facebook e innumerables blogs, todos escriben que quieren luchar por los valores que hacen que Noruega sea Noruega. En la gasolinera de mi calle, o cuando hablo con un vecino con quien, hasta ahora, apenas había intercambiado una palabra, el mensaje es el mismo: no dejaremos que el terror nos cambie.
   La respuesta de Jens Stoltenberg es típica del estilo de la sociedad noruega. Mientras que George Bush, al referirse a los terroristas del 11-S, dijo que Estados Unidos iba a "perseguirlos y atraparlos", nuestro primer ministro declaró: "Responderemos a este ataque con más democracia y más apertura". Porque no se ha atacado solo a nuestro Gobierno o nuestro sistema político, sino también a nuestro modo de pensar, nuestra actitud abierta, inocente y confiada. Hay una forma de perder frente a un ataque como este, y es dejando de confiar unos en otros, permitiendo que la sospecha se instale donde antes vivía la confianza.
   Mi editorial tiene las oficinas junto a la zona de la explosión, en el corazón de Oslo. Mi editor estaba en la calle esperando a sus hijas cuando estalló la bomba. "Que le den un buen abogado, un juicio largo y justo y un castigo humanitario", escribió esa misma noche en su blog. "Entonces haremos frente a esta situación como una sociedad civilizada. Así venceremos".
   Un colega escritor, consciente de que, en ocasiones, le pasaban por la cabeza ideas despectivas sobre sus vecinos inmigrantes, ha dicho que quizás ha llegado el momento de que todos examinemos el virus del racismo que llevamos en nuestro interior, lo saquemos a la luz y los estudiemos desde todos los ángulos.
   Los noruegos, a veces, pensamos que nuestro Estado socialista, con su sanidad gratuita y su educación para todos, es más bien aburrido; tal vez nos parece que los impuestos son demasiado altos, pero nos encanta cuando lo necesitamos. Sin embargo, este viernes maldito nos enteramos de que había una persona para quien este Estado y la gente que lo forma no eran aburridos, ni mucho menos; eran, éramos, el enemigo.
   Nuestro Gobierno de coalición entre rojos y verdes ha sufrido críticas cada vez más duras de la extrema derecha por ser demasiado blando en materia de seguridad. Noruega es un país en el que hay que buscar mucho para encontrar a un policía armado. Es un país en el que uno puede pasear por los jardines del Rey a todas horas. Hasta el viernes por la tarde, en que saltó por los aires, también se podía entrar sin más hasta la recepción del edificio que alberga las oficinas del primer ministro.
   Si el atentado hubiera sido obra de extremistas musulmanes, las críticas a la ingenuidad del Gobierno se habrían disparado. Se habrían oído sonoras exigencias de más vigilancia, más seguridad, más policía, más verjas y puertas, menos acceso a nuestras autoridades e instituciones y más distancia entre los gobernantes y los gobernados. La página web en la que intervenía Anders Behring Breivik se apresuró a acusar a terroristas musulmanes. Dos horas después del primer atentado, el responsable escribió: "Noruega está en guerra. El Gobierno ha fracasado. ¿Por qué no dice nada el primer ministro?".
   Su exigencia no tuvo eco. Por el contrario, el líder de la Liga Juvenil dijo ayer, tras la pérdida de tantos de sus amigos: "Nuestras ideas siguen vivas. Volveremos a Utøya".
   Utøya, esta isla de rocas y pinos, es un lugar que el asesino nunca volverá a pisar. Aunque la pena máxima en Noruega para cualquier delito es de 21 años, para obtener la libertad, el criminal debe demostrar que ha cambiado verdaderamente y no va a volver a delinquir. Noruega tiene una política liberal en materia de crimen y castigo, pero existe otra pena más que a Breivik le resultará especialmente severa: tendrá que permanecer, probablemente el resto de su vida, en el más multicultural de los lugares: una prisión noruega.

   Åsne Seierstad es una periodista residente en Noruega. Es autora de El librero de Kabul y El ángel de Grozni. © 2011, Åsne Seierstad Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

PRENSA. "Choque de clases", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
Choque de clases.
MOISÉS NAÍM. 17/07/2011
   

   La principal fuente de los conflictos venideros no van a ser los choques entre civilizaciones, sino las expectativas frustradas de las clases medias, que declinan en los países ricos y crecen en los países pobres.
   La teoría del "choque de civilizaciones", popularizada por Samuel Huntington, mantiene que, una vez agotado el enfrentamiento ideológico entre comunismo y capitalismo, los principales conflictos internacionales surgirán entre países con diferentes identidades culturales y religiosas. "El choque de civilizaciones dominará la política global. Las fallas tectónicas que dividen las civilizaciones definirán los frentes de batalla del futuro", escribió en 1993. Para muchos, los ataques de Al Qaeda y las guerras en Afganistán e Irak confirmaron esta visión. Pero en realidad, lo que ha ocurrido es que los conflictos se han dado más dentro de las civilizaciones que entre ellas. Los piadosos terroristas islámicos han asesinado más musulmanes inocentes que nadie. Y las pugnas entre chiíes y suníes siguen produciendo víctimas, la mayoría musulmanas.
   En mi opinión, una fuente mucho más importante de conflictos que los choques entre culturas o religiones serán los cambios en los ingresos de las clases medias en los países ricos -donde están declinando- y en los países pobres -donde están aumentando-. Tanto el aumento como la disminución de los ingresos generan expectativas frustradas que alimentan la inestabilidad social y política.
   Los países pobres de rápido crecimiento económico tienen hoy la clase media más numerosa de su historia. Es el caso de Brasil y Botsuana, China, Chile, India e Indonesia, entre otros. Estas nuevas clases medias no son tan prósperas como las de los países desarrollados, pero sus integrantes gozan de un nivel de vida sin precedentes. Mientras tanto, en países como España, Francia o Estados Unidos la situación de la clase media está empeorando. En un millón y medio de familias españolas todos los miembros en edad laboral están desempleados. Solo el 8% de los franceses opina que sus hijos tendrán una vida mejor que ellos. En 2007, el 43% de los estadounidenses aseguraba que su sueldo solo les alcanzaba para llegar a fin de mes. Hoy el 61% dice estar en esta situación.
   Por otro lado, las aspiraciones insatisfechas de la clase media china o brasileña son tan políticamente incandescentes como la nueva inseguridad económica de la clase media que está dejando de serlo en España o Italia. Los Gobiernos respectivos se ven sometidos a enormes presiones, ya sea para responder a las crecientes exigencias de la nueva clase media o para contener la caída del nivel de vida de la clase media existente.
   Inevitablemente, algunos políticos en los países avanzados aprovecharán este descontento para culpar del deterioro económico al auge de otras naciones. Dirán que los empleos perdidos en EE UU o Europa, o los salarios estancados, se deben a la expansión de China, India o Brasil. Esto no es cierto. Las más rigurosas investigaciones revelan que la pérdida de empleos o la disminución de los salarios en los países desarrollados no se deben al rápido crecimiento de los países emergentes, sino al cambio tecnológico, a una productividad anémica, a la política de impuestos y a otros factores domésticos.
   A su vez, en los países pobres, la nueva clase media que ha mejorado su consumo de comida, ropa, medicinas y viviendas rápidamente exigirá más y mejores escuelas, agua, hospitales, transportes y todo tipo de servicios públicos. Chile es uno de los países económicamente más exitosos y políticamente más estables del mundo, y su clase media ha venido creciendo sistemáticamente. No obstante, las protestas callejeras por la mejora de la educación pública son recurrentes. Los chilenos no quieren más escuelas, quieren mejores escuelas. Y para todo gobierno es mucho más fácil construir una escuela que mejorar la calidad de la enseñanza que allí se imparte. En China se dan cada año miles de manifestaciones para reclamar más o mejores servicios públicos. En Túnez, la frustración de la gente derribó al régimen de Ben Ali, a pesar de que es el país con el mejor desempeño económico del norte de África. No existe gobierno alguno que pueda satisfacer las nuevas exigencias de una clase media en auge a la misma velocidad con la que se producen. Ni gobierno que pueda sobrevivir a la furia de una clase media próspera que ve cómo cada día su situación desmejora.
   La inestabilidad política causada por estas frustraciones ya es visible en muchos países. Sus consecuencias internacionales aún no son tan obvias. Pero lo serán.

   Sígame en Twitter @moisesnaim

PRENSA CULTURAL. "Feminista radical", por Luz Sánchez-Mellado

Luz Sánchez-Mellado

   En "El País":
Feminista radical

LUZ SÁNCHEZ-MELLADO 28/08/2011

   Hoy quiero confesar que estoy desbordada. Que no puedo con la vida, como lloraba Tamara la Mala. Que ni llego ni alcanzo entre la casa, los críos y el trabajo. Y eso que me dejo la piel en el pellejo para seguir en el candelabro como Sofía Mazagatos, esa profeta camuflada de Miss España 1990. Lo suyo no era la oratoria, pero sabía lo que decía, pobre, qué habrá sido de ella. La culpa es nuestra. Nos han comido la oreja con que somos supermujeres del siglo XXI, pioneras del poder femenino, heroínas de la vida moderna. Con que tenemos que hacer de todo y bien y encima estar como un tren de mercancías. Y nos lo hemos creído a pies juntillas. Así vamos muchas. Matadoras por fuera y matadas por dentro. Jodidas, pero contentas.
   Soy mujer, madre, tridivorciada y trabajadora en la vida. Me gano el pan con el sudor de mi frente, aunque luego ni lo cate para no saltarme la dieta Dukan. No soy puta ni sumisa, aunque puesta a escoger, prefiero lo primero, sin proxeneta y siendo mi propia jefa. Deploro la ablación, la trata de blancas, la discriminación salarial, el techo de cristal y bla, bla, bla. Por mis congéneres oprimidas mato, que diría otra clásica. Pero seamos serias: aquí y ahora, según en qué medio y estatus, otra cosa no, pero lo que es presión nos la metemos nosotras. Y te lo digo yo, que hay noches en que desmaquillarme se me hace un mundo.
   Que me perdonen las ortodoxas, pero estoy hasta los ovarios de ir con la pancarta de nosotras parimos, nosotras decidimos por la vida. Me tiño porque quiero, me ciño porque puedo y llevo tacones porque me da la gana. Mis sacrificios y mis juanetes me cuesta ir medio mona. Para gustarme a mí misma, sí, pero también a los tíos, por qué no admitirlo. Bastante tienen algunos con encontrar su sitio, qué culpa tienen ellos de los milenios de patriarcado judeocristiano.
   No son adversarios, al revés, me ponen más que a un jefe un despacho. No me creo más ni menos que nadie, pero no aspiro a ser jefa de nada porque no quiero vivir en el trabajo, que pague otra ese peaje. No vivo al día sino al minuto, mi lema es salvar el culo, para algo llevo toda la vida intentando mantener el tipo.
   Y si me da el bajón, que me da día sí y día no, me pongo ciega de oreos, o quedo con las íntimas para desollar al prójimo y arreglar el mundo, o me doy una batida por Zara y me vengo arriba. Es un presupuesto, pero lo que me gasto en trapos me lo ahorro en loqueros. Soy paritaria e igualitaria como la que más. Igual no pasaría un examen de limpieza de sangre feminista. Pero qué voy a hacer. Nadie es perfecta.

martes, 30 de agosto de 2011

POESÍA. "Me desordeno, amor, me desordeno", de Carilda Oliver (Matanzas, Cuba, 1922)

Carilda Oliver

ME DESORDENO, AMOR, ME DESORDENO

Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin querer, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

PRENSA. "¿Qué leen los escritores?", reportaje. (Y 2)

Viñeta de Forges ("El País")

   En "El País Semanal":
¿Qué leen los escritores?

Lydia Davis
   Northampton (EE UU, 1947). De la Academia de las Artes y las Ciencias Americanas, su último libro es 'Cuentos completos' (Seix Barral).
   ¡No es fácil responder! En parte porque nunca estoy del todo segura de qué voy a leer en los próximos meses. Pero sé que será algo de la obra (lo que se llama en flamenco zkv, abreviatura de "zeer korte verhalen" o "historias muy cortas") del holandés A. L. Snijders. Me gustaría traducir algo suyo. He aquí mi larga respuesta a esta muy corta (zeer korte) pregunta.

John Boyne
   Dublín (Irlanda, 1971). Mejor Libro de Irlanda por 'El niño con el pijama de rayas', el último es 'Motín en la Bounty' (Salamandra).
   Me voy a meter de lleno en las novelas de Kingsley Amis. Sus libros son políticamente incorrectos, no parece importarle a quién ofende, lo cual los hace más hilarantes. Me pregunto si los novelistas de hoy nos autocensuramos. También tengo ganas de leer la segunda novela de Ross Raisin, Waterline. Soy un devoto de la primera, God's own country y tengo curiosidad por ver qué ha hecho a continuación. Los dos mejores libros que he leído en lo que llevo de verano son el drama victoriano de Jane Harris, Gillespie and I, que se desarrolla en Glasgow y que presenta al mejor narrador en primera persona que he leído en mucho tiempo, y la novela para niños, de Patrick Ness, A monster calls, un libro que ha conseguido lo imposible, arrancarme -literalmente- las lágrimas, que se centra en un joven cuyas pesadillas se hacen realidad.

Ricardo Menéndez Salmón
   Gijón (España, 1971). Su última novela es 'La luz es más antigua que el amor' (Seix Barral).
   Reparto mi tiempo entre la relectura de clásicos y el acercamiento a libros que por su ambición exigen una dedicación exhaustiva. Releeré Ulises, de James Joyce, que conocí por vez primera hace veinte años, y leeré dos obras para las que no he encontrado el momento: Stone junction, de Jim Dodge, y Zona, de Mathias Enard. Y recomiendo la lectura de la tetralogía que John Updike dedicó al personaje de Harry Angstrom: Corre, Conejo; El regreso de Conejo, Conejo es rico y Conejo en paz, y la lectura de un libro insólito dentro de la narrativa contemporánea española, Escenas de la vida de Annie Ernaux, de Moisés Mori.

Max
   Barcelona (España, 1956). 'Premio Nacional de Cómic' 2007 por 'Bardín, el superrealista', en invierno publicará 'Vapor' (La Cúpula).
   El verano parece una época propicia para sumergirse en libros inabarcables, en extensión y contenido. Siendo temporada de viajes, parece como si también en la lectura apeteciera trasladarse, si no a otros lugares, sí a mentalidades de otras épocas. Me ha sucedido los últimos veranos, en los que he paseado con gruesos volúmenes, clásicos oscuros o poco evidentes por los que había ido acumulando curiosidad con los años. Ahora me he preparado lo que espero será un suculento festín de 1.900 páginas: la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell. La he visto citada con frecuencia y admiración por mis autores favoritos, que imagino que difícilmente me decepcionará.

Cees Nooteboom
   La Haya (Holanda, 1933). 'Premio de las Letras Neerlandesas' 2009, en otoño publicará los relatos 'Los zorros vienen de noche' (Siruela).
   Estos días recorro Colombia. Viajando nunca leo un solo libro. Ahora son tres: 1. De Michael Jacobs, El fascinante Andes, un viaje salvaje y peligroso. 2. De Héctor Abad, El olvido que seremos, un homenaje a su padre, que fue asesinado en Medellín por los paramilitares. 3. Para las horas de silencio, Proust was a neuroscientist, de Jonah Lehrer, sobre Proust, Cézanne, Stravinski y otros que imaginaron con lo que la ciencia probó medio siglo después.

Antonio Gamoneda
   Oviedo, 1931. Premio 'Cervantes' 2006, su último libro es 'Un armario lleno de sombra' (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores).
   No es segura entre mis costumbres la de las vacaciones "oficiales" veraniegas. Hago vacaciones repentinas cuando las circunstancias lo aconsejan, y leo lo que a mano viene y trabajo como siempre. Quizá algo menos. No están establecidas las "oficiales", pero tampoco excluidas, que mi hija mayor manda mucho. Y sucede que, este año sí, haré un par de semanas montesinas en cercanía del mar de Luarca. Y también sucede que he decidido los libros: El emperrado corazón amora, de mi hermano mayor Juan Gelman; Poesía enteira, de Heriberto Bens, de mi otro hermano mayor (solo en la poesía) Xosé Luis Méndez Ferrín, y La Celestina, lectura obligatoria anual.

Sofi Oksanen
   Jyväskylä (Estonia, 1977). La autora finlandesa obtuvo el Premio Europeo a la mejor novela 2010 por 'Purga' (Salamandra).
   No tengo vacaciones de verano, por lo cual no tengo una lista de lecturas. Pero he aquí una serie de consejos para viajeros veraniegos: de Nicolai Lilin, 'Siberian education', para quien viaje por Rusia o Europa del Este. Jean Rhys siempre está bien si se quiere leer sobre mujeres desesperadas en busca del amor o para visitar París. Para viajar a Inglaterra hay que llevar algo de Hilary Mantel o Sarah Waters, y si es la campiña inglesa, Cumbres borrascosas. Quien vaya a los países nórdicos, que lea 'One night stand', de Rosa Liksom, o algo de Kari Hotakainen. Y si el destino es Nueva York, 'Manhattan Transfer', de Dos Passos. ¡Una obra de arte!

Donna Leon
   Nueva Jersey (EE UU, 1942). Conocida por su personaje de novela negra el comisario Brunetti, su último libro es 'Cuestión de fe' (Seix Barral).
   Estoy leyendo 'Jane Eyre', de Charlotte Brontë (por sexta vez, de verdad), porque debo dar un seminario en Suiza. Tengo curiosidad por ver cómo han evolucionado mis ideas sobre Jane en los veinte años que han pasado desde que leí esa novela por primera vez. La verdad es que en vacaciones prefiero el género histórico, el mundo de los griegos y de los romanos, pero también los historiadores actuales que escriben sobre eventos sucedidos antes del siglo XX. Este último siglo no me resulta muy interesante como tema para la historia. Aunque voy a leer 'The white war', de Mark Thompson, un libro que trata sobre las campañas en los Alpes durante la Primera Guerra Mundial. Los italianos perdieron 600.000 hombres, debido principalmente a su mal liderazgo y a un tiempo horrible.

Nélida Piñón
   Río de Janeiro (Brasil, 1937). Premio 'Príncipe de Asturias de las Letras' 2005, su último libro es 'Corazón andariego' (Alfaguara).
   El verano de ustedes los del norte es mi invierno en Brasil. Acomodaré mis lecturas a la neblina de estos días cariocas hasta que pueda disfrutar, en agosto, de Wagner: desde los palcos de Beyreuth proyecta postulados germánicos que me parecen mitos griegos. ¿Sucede tal vez que mi pensamiento, allá donde esté, se ve moldeado por el calor y leo según el tenor y el rigor de la temperatura? Para esos días aparté 'El pensamiento de Montesquieu', de la historiadora Carmen Iglesias, con el ánimo de entender mejor el desgobierno del mundo. Y dado que mi contemporaneidad se sustenta con el alimento que le doy a mi arcaico espíritu, transitaré por los mitos que por lo general comen conmigo en mi mesa, leyendo 'As máscaras de Deus', de Joseph Campbell. Releeré 'Esaú y Jacob', del eterno Machado de Assis, y a Álvaro Cunqueiro, intérprete del imaginario occidental.

Colm Tóibín
   Wexford (Irlanda, 1955). Premio 'IMPAC' 2006 por 'The master'. Su última novela es 'Brooklyn' (Lumen).
   Thomas Mann abarcó un enorme territorio. En el invierno en que fui a Lübeck, ciudad alemana donde nació, tuve la sensación de que en el servicio dominical de la hermosa iglesia luterana, la misma gente estaba cantando los mismos himnos que en aquellos años de 1880, cuando Mann estaba creciendo. En 'Los Buddenbrooks', su primera obra maestra, describía el declinar de su familia; en 'Doctor Faustus', su última obra genial, describía el declive de su país. Entre una y otra publicó obras como 'Muerte en Venecia' y sus diarios, por no hablar de sus seis fascinantes hijos. Tengo ante mí los dos volúmenes de sus relatos escogidos, todos plenos de una feroz energía erótica; esa misma energía con la cual me gustaría llenarme durante todo el verano y a ser posible también durante el invierno.

Chuck Palahniuk
   Washington (EE UU, 1962). Su última novela es 'Pigmeo' (Mondadori)
   Me voy a leer la novela 'El diablo todo el tiempo', de Donald Ray Pollock. Es que me encantó su primera colección de historias Knockemstiff. Si vuelvo a releer algo será posiblemente 'Millas desde ninguna parte', de Nami Mun. En verano, en general, soy adicto a los cuentos. ¿Quién puede concentrarse durante más de cuarenta y cinco minutos? Ahora que soy una persona de mediana edad, por fin entiendo las historias de John Cheever, y esta primavera me las he leído todas.

Elena Poniatowska
   París, 1932. La periodista y escritora mexicana obtuvo el Premio 'Biblioteca Breve' 2010 por 'Leonora' (Seix Barral).
   Verano verano no hay en México, aunque en periodos vacacionales suelo leer libros relacionados con mi trabajo. En esta ocasión, por ejemplo, estoy inmersa en León Tólstoi y Fiódor Dostoievski, debido a que estoy escribiendo una novela que requiere de su lectura. Por supuesto, siempre trato de leer literatura mexicana, que me gusta mucho; ahora leo a un escritor que estuvo en España y que José Bergamín y otros autores españoles dijeron en su momento que era como el Cervantes mexicano: Juan de la Cabada, quien estuvo en la guerra civil española y fue al congreso de Valencia en 1937 con autores como Octavio Paz y Elena Garro. En realidad, nunca leo algo distinto a lo que leo el resto del año.

PRENSA. "¿Quién sirve a quién?", por José Ignacio Torreblanca. (Sobre prensa y poder político)


   En "El País":
¿Quién sirve a quién?

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 15/07/2011

   En contraposición a las dictaduras, donde es el Gobierno el que censura a la prensa, las democracias se basan en la sencilla idea de que es la prensa la que tiene el derecho de censurar al Gobierno. Aunque la frase del presidente Jefferson -"prefiero periódicos sin democracia que democracia sin periódicos"- haya sido distorsionada, pues en realidad Jefferson nunca habló de "democracia" (un término que, paradójicamente, no está en la Constitución estadounidense) sino de "Gobierno", la frase se ha consolidado en la imaginación colectiva porque captura con extraordinaria sencillez la relación entre poder y prensa que debe regir en un sistema democrático. Por esa razón, mientras que en una democracia los controles gubernamentales sobre la prensa son excepcionales y las sanciones tienen lugar a posteriori, la prensa puede censurar todos los días al Gobierno sin más límite que algunas sencillas reglas que garanticen la veracidad de la información.
   Gracias a este práctico arreglo, las democracias pueden funcionar de forma efectiva y, además, hacerlo respetando las normas básicas que rigen nuestros Estados de derecho. Por eso, independientemente de si una democracia adopta el modelo parlamentario o el presidencial, opta por un sistema mayoritario o proporcional o configura el Estado de modo unitario o de acuerdo con parámetros federales, la relación entre poder y prensa no debería variar gran cosa. Por un lado, la prensa sirve a los ciudadanos para controlar retrospectivamente la acción del Gobierno y sancionar los incumplimientos de las promesas o las violaciones de las normas en los que estos hayan incurrido. Por otro lado, transmite información a los políticos sobre las preferencias de la ciudadanía, lo que les ayuda a diseñar políticas que satisfagan al mayor número de personas. De esta manera, al llegar las elecciones, los votantes, que dispondrán de una información completa sobre las acciones de los políticos, podrán elegir racionalmente a aquellos que mejor sirvan a sus intereses. Mientras, los políticos, que dispondrán ante sí de un rico y amplio mapa acerca de cuáles son las preferencias de la opinión pública, podrán hacer una oferta electoral y de políticas públicas ajustada a las demandas de los electores. Por si fuera poco, en un sistema de libre mercado que funcione correctamente es hasta posible que, gracias a la publicidad, este sistema de control prospectivo y retrospectivo que garantiza la democracia sea sumamente barato para el ciudadano.
   Esto en teoría. El problema, claro está, comienza cuando uno levanta la vista del manual de ciencia política que de forma tan cándida nos ha traído hasta este párrafo y observa el mundo real, un mundo en el que, como vemos estos días con el escándalo que le ha costado el cierre a News of the World, hay sectores enteros de la prensa supuestamente libre que han dejado de cumplir su misión para pasar a convertirse en un poder autónomo que aspira a capturar el poder político mediante técnicas chantajistas y matonas para ponerlo al servicio de sus propios intereses económicos. Como se ha visto, en ese mundo los lectores de periódicos dejan de ser tratados como ciudadanos, los políticos dejan de actuar como representantes de la soberanía popular y los periodistas dejan de ser honestos intermediarios que transmiten información que ayude a las dos partes a elaborar opiniones informadas. No es casualidad que la misma polarización que se ha instalado en la política tiente también a muchos medios de comunicación. La polarización ideológica sirve a los políticos para evitar rendir cuentas. Con los medios, ocurre algo parecido. En teoría, deberían competir por ofrecer un mejor producto a un menor precio. Pero en la práctica, como ocurre con las marcas comerciales, es más fácil mantener e incrementar la clientela mediante la polarización ideológica y la apelación a los más bajos instintos que mediante la objetividad y la transparencia. Paradójicamente, como ocurre en EE UU, cuanto más libre y más amplio es el mercado y, por tanto, más dinero hay en juego, más resquicios se abren para que la polarización se imponga, en la política y en los medios. Todo ello, sin que a cambio esté muy claro que una mayor regulación sea la solución o el comienzo de otra serie de problemas. En ese mundo distópico, partidos y medios invierten su papel 180 grados y terminan por hacer exactamente lo contrario de aquello para lo que fueron fundados: en lugar de servir a los ciudadanos, buscan ciudadanos de los que servirse.

   Sígueme en Twitter @jitorreblanca

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Novela negra de Granada", de Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Novela negra de Granada

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 09/07/2011

   En las novelas policiales una voz lleva a otra, la solución parcial de un enigma lleva a otro enigma, hasta llegar al enigma final que suele ser el de una muerte. Algunas veces con los libros sucede lo mismo. Un libro llega inesperadamente y cambia de golpe la dirección de las lecturas. Mi amigo Alfonso Alcalá, director de la Casa Museo García Lorca de Fuente Vaqueros, me mandó la investigación de Miguel Caballero sobre las trece últimas horas de la vida del poeta. Esa inmersión en la negrura del crimen me hizo dejar en suspenso cualquier otra lectura que tuviera entre manos para recobrar libros a los que no volvía hace tiempo, aunque esa muerte, y la obra y la vida de Lorca, están siempre muy presentes en mí, mezcladas al recuerdo de la ciudad a la que llegué treinta y ocho años justos después de su asesinato, y donde me quedé a vivir veinte años, el tiempo más largo que he pasado en ninguna parte.
   A García Lorca uno no deja nunca de leerlo. En sus mejores versos hay una consistencia de pedernal indestructible, hecha de exactitud en la observación de las cosas y de temeridad visionaria que se vuelca con igual vehemencia en la celebración del amor y de la naturaleza que en la denuncia de lo injusto. Dice él mismo, en un soneto dedicado a Manuel de Falla: Álgebra limpia de serena frente, / disciplina y pasión de lo soñado. En un país donde cualquier efusión sentimental es considerada intelectualmente de mal tono, García Lorca se permitió en sus poemas amorosos un impudor de confesión en carne viva que nos sigue estremeciendo al cabo de tres cuartos de siglo. En la capital de provincia cerrada y hosca a la que volvía de Madrid con sus camisas de colores llamativos y sus ademanes fantasiosos aquella singularidad suya se debió de hacer aún más ofensiva cuando la agravó el éxito, a medida que la escalada de la tensión política alimentaba las formas más primitivas del odio. El drama del hombre que huye buscando refugio justo al lugar donde lo aguardarán para matarlo tiene algo de la fatalidad inexorable de un mito griego. He vuelto a seguir esos pasos de Lorca por los mismos libros que ya he manejado otras veces: el diario de Carlos Morla Lynch, la biografía de Ian Gibson. Pero sobre todo he leído con más sosiego y más atención un testimonio que ya es en sí mismo otro enigma, porque más que un libro es la conjetura o el proyecto de un libro que no llegó a existir: una maleta llena de páginas mecanografiadas, cuadernos de diario, copias de documentos, fotografías; una maleta que su dueño, Agustín Penón, llevó consigo en el barco que lo devolvía a Nueva York en 1956, después de más de un año de indagaciones sobre la muerte de Lorca en Granada y Madrid; que permaneció intocada durante más de veinte años, mientras ese hombre, distraído en otras obligaciones, postergaba el momento de ponerse a trabajar en su libro, quizás temeroso de hacer daño a los testigos que habían confiado en él y que seguían viviendo bajo la dictadura de Franco, quizás desalentado de antemano por la dificultad de una tarea que le parecería superior a sus fuerzas.
   Uno va dejando para otro día sus mejores propósitos y de repente el tiempo se ha acabado. La maleta que había venido de Granada a Nueva York viajó con Agustín Penón de Nueva York a San José de Costa Rica. En su interior permanecían los testimonios escritos de muchas personas que ya estaban muertas o que habían perdido la memoria, las fotos en blanco y negro de un país cada vez más lejano en el pasado. Antes de morir, en una última tentativa de que no hubiera sido vana su búsqueda de tantos años atrás, Agustín Penón envió la maleta de vuelta a España, dejándola como herencia a su amigo William Layton. Hasta las cosas más frágiles duran más que las personas: el papel quebradizo de las fotografías, el de las copias en calco, la tinta de las máquinas de escribir. Como un tesoro de tiempo la maleta de Agustín Penón la abrió en los primeros años ochenta Ian Gibson, que hizo uso de ella para documentar los episodios finales de su biografía de Lorca. Y aunque el propio Gibson le dedicó luego un libro, pocas personas supieron de ese hombre y de su búsqueda hasta que la editorial Comares de Granada publicó en 2000, y luego en 2009, una edición de sus papeles al cuidado de Marta Osorio: Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956).
   Solo un trabajo filológico que no sé si está hecho permitirá conocer la naturaleza exacta de los materiales agrupados en el libro. Algunas veces se leen como entradas de diario, o como anotaciones rápidas hechas inmediatamente después de una conversación. En ocasiones la voz de la editora no acaba de distinguirse del relato original de Penón, y no estamos seguros de si todas sus notas las tomó en inglés, o de si han sido solo traducidas, y por quién, o también resumidas o arregladas de algún modo.
   Sea como sea, el resultado es un libro que no se parece a ningún otro escrito sobre García Lorca. Agustín Penón, muerto hace tantos años, no recordado por nadie o por casi nadie, no acreditado por ningún título de erudición universitaria, viajó a Granada cuando la mayor parte de los amigos y de los enemigos del poeta estaban todavía vivos y lúcidos y cuando se respiraba todavía físicamente el terror de una represión que había tenido algo de meticulosa venganza social. Penón es el desconocido que llega haciendo preguntas a la pequeña ciudad en la que todos se conocen: el detective que ha venido para investigar uno de esos crímenes cometido en la claustrofobia de un recinto sin salida en el que las caras de todos los sospechosos son igualmente familiares. En Granada, a mediados de los años setenta, cuando yo me empeñaba en imaginarme a mí mismo como un escritor sin haber escrito apenas nada, leía a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett e intuía en las noches de la ciudad la trama posible de una historia policial que la abarcaría entera, con sus callejones y sus barrancos, con sus zaguanes oscuros de viejas casas en ruinas, con sus periferias de bloques especulativos que arrasaban la Vega, con su castillo rojo en lo alto de una colina a la que se ascendía por un bosque.
   Solo ahora, leyendo a Agustín Penón, me doy cuenta de que aquella novela negra había existido sin necesidad de ser inventada ni escrita, menos aún por mí. El crimen es simultáneamente la muerte de Lorca y la de los miles que cayeron asesinados al mismo tiempo que él: el detective es ese hombre joven con apellido español y pasaporte americano que llega a la ciudad en 1955 y tiene la misma perspicacia para intuir la verdad o la fantasía en lo que le cuentan y para comprender más hondamente que ningún otro biógrafo cómo fue Federico García Lorca. Qué triste que se muriera sin recibir ni rastro de la gratitud que merecía.

   Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956). Comares. Granada, 2009. 800 páginas. 37 euros. antoniomuñozmolina.es

lunes, 29 de agosto de 2011

POESÍA. "Muchacho", de Carilda Oliver (Matanzas, Cuba, 1922)

Carilda Oliver

MUCHACHO

Muchacho loco: cuando me miras
con disimulo, de arriba a abajo,
siento que arrancas tiras y tiras
de mi refajo.

Muchacho cuerdo: cuando me tocas
como al descuido la mano, a veces,
siento que creces
y que en la carne te sobran bocas.

Y yo tan seria, tan formalita,
tan buena joven, tan señorita,
para ocultarte también mi sed

te hablo de libros que no leemos,
de cosas tristes, del mar con remos;
te digo: usted...

PRENSA. "Humor y sangre", por Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En Domingo, suplemento de "El País":
Humor y sangre

ELVIRA LINDO 17/07/2011

   En España aún se lleva ser malo. Ser malo es un atraso, pero es que esa idea de que el mundo siempre progresa ya sabemos que es errónea. Pareció, durante un tiempo, que nos estábamos curando, pero hay gente que defiende la mala hostia como si fuera una especie de tesoro nacional, un signo identitario que fuera una pena perder. Y así estamos. Si echamos la vista atrás, a 1932, por ejemplo, y leemos que en el semanario Gracia y Justicia alguien escribía: "Federico García Loca o cualquiera se equivoca", nos llevamos las manos a la cabeza. Pero a la indignación que ese insulto nos provoca contribuye que sabemos lo que vino después: el asesinato, la guerra, la dictadura, en fin. La prensa está plagadita ahora de esa prosa. Quienes la utilizan están convencidos de que son descendientes de Quevedo, y de vez en cuando, para jalearse, le encargan a un becario un reportaje sobre el insulto como una de las bellas artes del articulismo español. Este es un reportaje que se hace una vez al año o así, y siempre es igual, que si Quevedo, que si Góngora, que si Valle-Inclán o que si Cela... Cuando Cela insultaba, sus emocionados costaleros (como les llamó en una ocasión Muñoz Molina) le sacaban en procesión. También hay lectores que jalean este estilo tan de nuestra tierra. ¡Dale caña, dale caña!, gritan los fans. Los artistas del insulto siempre tienen lectores depredadores que quieren acabar de leer una pieza con los dientes llenos de sangre. Para ellos, sin maldad la cosa no tiene chiste. No estoy diciendo que para ser columnista haya que ser santa, en absoluto, pero les aseguro que estos ojos míos han visto cómo la maldad ha echado a perder muchas carreras. La maldad es un penoso conservante: la prosa se pudre rápido. Los que piensan que el humor reside en la capacidad de mofarse del contrario no saben que quien lleva escrita la ironía en el código genético (que es donde tiene que estar escrita) suele entregarse desarmado ante el lector y mostrarle, en una desvalida desnudez, sus cicatrices infantiles, sus manías, todo un catálogo de imperfecciones para someterlas a la risa ajena. Sí, así de duro es esto. Tener gracia no consiste en decir que una ministra tiene barriga. Para señalar la barriga de una ministra hace falta que tú hayas mostrado muchas veces la tuya, o la de tu madre, o la de tu señora; de no ser así, mejor sería que te miraras al espejo y admitieras la tremenda realidad: mi lugar en el mundo es la revistilla del chismorreo (la gratuita). La malevolencia española nos atrasa: es autoindulgente, solo disfruta del defecto ajeno, no mide la crueldad, y jamás llega a la esencia del humor moderno, esa en la que el cronista, antes de disparar al prójimo ha de pegarse un tiro en el pie, para recordarse a sí mismo que, cuando te atacan, duele. Yo soy una consumidora insaciable de columnas. Leo las de los columnistas que me gustan y las de los que no. Leo las de otros periódicos. Leo columnas infumables y otras en las que grito, Olé. Me aburren soberanamente aquellas en las que el columnista tiene una obsesión ideológica y todos los días la saca a pasear. Como si le estuvieran pagando de un partido político (quién sabe). O como si el columnista se convirtiera en un abuelo pesado que te repite veinte veces la misma cosa. A quien escribe en los periódicos no le queda otra que mantenerse joven. Joven significa tener siempre algo de aspirante a columnista serio, ser un poco tonto (es muchísimo mejor que ser un listo), tener capacidad de asombro, no acabar de casarse con nadie, ver el mundo con alegría y creer que en la próxima limpia de colaboradores tú serás el primero que salga por esa puerta. Cuando leo a un joven que cumple estos requisitos me entran ganas de fundar un periódico y contraatarlo, o de arrimarme un poco a la esquina de esta página para hacerle sitio. Siento ese entusiasmo lector cuando leo a Manuel Jabois, que ahora acaba de reunir en un libro, Irse a Madrid, alguna de sus columnas publicadas en el Diario de Pontevedra, en El Progreso o en su blog. "Si te gusta escribir", le han dicho desde siempre sus paisanos, "vete a Madrid". Pero lo humorístico de la mirada de Jabois es que es la del muchacho que no acaba de prosperar, la del joven de provincias (como antes se decía) que convierte en oro las noticias más insustanciales. A mí me daría miedo que el joven Jabois se viniera a Madrid a hacerse un columnista de provecho, me daría pena que dejara esa crónica de la ciudad pequeña, de los políticos locales y las aventuras amorosas que no acaban de aterrizar en el mundo adulto. Me daría mucha lástima que se peinara ese flequillo que le cae sobre la cara, se hiciera mayor y perdiera el punto de vista del joven que considera que, entre todos los desastres que la actualidad le pone ante los ojos, el mayor con diferencia es él mismo. Si tuviéramos un rato para charlar (lo tendremos) le diría que el mejor elixir para la eterna juventud del columnista es el candor, que se mantenga lejos del humor cañí, de los aduladores que quieren acabar de leer una columna con los dientes llenos de sangre. Al cabo de los años, al columnista se le distingue no solo por lo que escribe sino por los clientes que acuden a su puesto en el mercado. Eso le diría.

PRENSA. "Niños frente al pelotón de ejecución", reportaje de M Comes y M. Centeno. (A los 75 años del comienzo de la guerra civil española)

Ofrenda de flores en la fosa de Menansalbas, donde se encontró el cadáver de Félix Gálvez.- F E FORO POR LA MEMORIA ("El País")


   En Domingo, suplemento de "El País":
Niños frente al pelotón de ejecución
   La Guerra Civil segó la vida de cientos de menores. Sus historias permanecen en el olvido. Muchas veces, la falta de descendencia apaga la llama del recuerdo.

M. COMES Y M. CENTENO 17/07/2011

   Era 24 de agosto de 1936, día de San Bartolomé. Mi madre y mi tío estaban trabajando en el campo cuando pasó una camioneta y se los llevó. A él lo mataron en la cuneta y nadie ha encontrado sus restos. Tenía 13 años".
   Mercedes González contesta al teléfono rápidamente, como si estuviera esperando a que alguien la llamara para poder contar la historia que su madre le narró antes de morir. Es la historia de su tío, Dionisio Martínez, que siendo solo un niño conoció la muerte. Su crimen, ser hijo de un hombre de izquierdas. Había regresado al pueblo por vacaciones y esos dos meses de verano eran la antesala de su adolescencia. En septiembre iba a cumplir 14 años y empezaría a estudiar en otro colegio, el de 'San Juan de Dios', en Madrid. "Estaba muy emocionado", dice Mercedes recordando el testimonio de su madre. Pero Dionisio nunca llegó a esa escuela. Nunca se hizo adulto.
   La madre de Mercedes oyó cómo le pegaban cinco tiros a su hermano pequeño sin poder intervenir. Luego escuchó cómo arrastraban el cuerpo. Nunca lo encontraron. "Con el tiempo, llegamos a la conclusión de que lo tiraron a los alrededores de Fuentecén [a una hora de Burgos], porque se desviaron para volver a Aranda de Duero (Burgos)".
   Niños que nunca crecieron, adolescentes que nunca llegaron a madurar e historias, escondidas en las fosas, en las que el protagonista es un muchacho de no más de 13 años.
   Félix Gálvez tenía esa edad cuando le mataron. Era una tarde de julio de 1939 y la guerra ya había acabado. Los hombres del pueblo volvían a casa, a Menasalbas (Toledo), cabizbajos y abatidos por la derrota. Félix quiso ir a recibir a su hermano Pedro, de apodo Reniega. "Salió con el puño en alto como lo hacían los republicanos", recuerda hoy la sobrina de ambos hermanos. Los hombres regresaban con sus familias sin imaginar que su vida terminaría esa noche. El pueblo había cambiado de bando, de republicano a nacional. Los amigos y vecinos se convirtieron en verdugos. Y Félix fue una de las víctimas.
   Los soldados republicanos aún no habían puesto un pie en su casa cuando fueron sorprendidos por escuadrones de vecinos falangistas. Se los llevaron a una pequeña casa cuartel y allí los torturaron. Entre los detenidos había cuatro menores, tres identificados: Juan Gómez, de 16 años; Pedro Gálvez, de 17, y su hermano Félix, de 13. En la madrugada del 3 al 4 de julio, a Félix lo ataron junto con el resto de detenidos y los condujeron al cementerio, a la tapia que durante los siguientes 72 años sería su tumba.
   Los hermanos Gálvez tuvieron un golpe de suerte cuando uno de los detenidos consiguió desatar la cuerda que los apresaba. Vieron su oportunidad y salieron corriendo campo a través. Pedro había estado en el frente y sabía manejar la situación. Corrió hasta desaparecer en la sierra sin darse cuenta de que su hermano pequeño no le seguía. Félix había puesto rumbo a casa. Un vecino que lo vio lo denunció. Los falangistas no tardaron en apresarlo de nuevo. Fueron a la tapia del cementerio y le pegaron varios tiros antes de arrojarlo a la fosa junto con los otros fusilados.
   "Fue una vergüenza lo que pasó en ese pueblo". Antonia Moreno, sobrina de los hermanos Gálvez, relata el horror que sufrieron sus familiares. Sentada en el salón de su casa de Toledo, a 38 kilómetros de Menasalbas, recuerda la historia tal y como se la contaba su padre, Serapio Moreno, primo de Félix y Pedro. Lo que pasó la noche de los fusilamientos se supo gracias a que Pedro consiguió escapar.
   Carlos, el hijo de Antonia, comenta que Félix, a pesar de ser un crío, tenía vocación política. "Pertenecía a la UGT. Durante la guerra era aficionado a dar mítines por las calles del pueblo", cuenta. Su madre, Antonia, sentencia que eso no es motivo para fusilar a un niño: "¿Qué mal puede hacer un chiquillo de 13 años?".
   Abrir una fosa conlleva muchos problemas: luchas con los Ayuntamientos y con los vecinos, conseguir los medios para iniciar la exhumación... Una vez se resuelven llegan otros: identificar los cuerpos y, lo que es todavía más difícil, determinar los años que tenían en el momento de su muerte. Marina Martínez-Betinillos, estudiante de Antropología, llegó a Fontanosas (Ciudad Real) para realizar esta tarea como objeto de su tesis doctoral. "Es muy complicado. La edad se precisa analizando los dientes molares, y en muchas ocasiones se les han caído", explica. Cuenta que hay otras fórmulas para averiguarla, como examinar la parte de la pelvis, el cráneo y la longitud de los huesos, pero estas pautas son menos fiables. Nada como los dientes. Si le ha salido el tercer molar, tiene 18 años o más.
   Julián López, doctor en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid, opina que las fuerzas nacionales intentaron hacer pasar por mayores de edad a los niños fusilados. "Eran casos mucho más duros y con una contestación social mucho mayor, incluso en una dictadura", señala. Además, el franquismo intentaba ofrecer una imagen positiva de los niños, aunque fueran hijos de vencidos. "Por eso lo ocultaban", concluye López por teléfono.
   Miguel Ángel Melero, historiador y miembro del equipo de trabajo de la Memoria Histórica de la Universidad de Málaga, explica que a los menores no se les podía condenar a muerte porque la ley franquista no lo permitía, aunque podían ser fusilados cuando eran acusados por rebelión, por ayudar a los rojos (que era lo más común) o por auxiliar a los guerrilleros.
   Lo demuestran unos documentos de la Memoria Histórica de Valladolid. A Celedonio Maroto, de 16 años, lo fusilaron por ser socialista. Fue detenido el 28 de agosto de 1936 en Ataquines (Valladolid) junto a otros 10 vecinos del pueblo. Al día siguiente, los sacaron del calabozo para llevarlos a la cárcel de Salamanca, pero en el kilómetro 19 de la carretera de Peñaranda el coche paró y allí mismo los ejecutaron. Un peón recogió los cuerpos en un carro y los llevó a Fuente el Sol, también en Valladolid. Intentó enterrarles en el cementerio, pero las autoridades locales lo evitaron. Prefirieron meterlos en una fosa en el extramuro del camposanto. Sesenta y nueve años después, entre el 16 y el 19 de marzo de 2005, fue posible exhumar los cuerpos y contar la historia de Celedonio.
   Juan Gómez Sánchez, de 16 años, era pastor y no enarbolaba bandera alguna. Estaba en el lugar equivocado en el momento inapropiado. Así lo cuenta Salud Gómez mientras juguetea con el hueso de un níspero en su casa de Menasalbas. Para ella es duro recordar la historia que se llevó a su tío Juan. Sus ojos azules hablan por sí solos.
   Juan regresaba del monte con su madre y sus ovejas cuando un escuadrón lo apresó. "¿Adónde van con ese niño?", preguntó una vecina. Su madre le quiso dar una manta, pensaba que el niño solo iba a pasar una noche en el calabozo, pero no lo dejaron y le dijeron que a donde iba "no le iba a hacer falta". Juan fue uno de los 16 fusilados toledanos y, al igual que Félix y Dionisio, una víctima demasiado joven de la guerra.
   Las heridas se están cerrando. Los restos de las víctimas de Menasalbas ya han vuelto a su tierra. Esta vez fueron sepultados con dignidad. Todos juntos, para no olvidar la barbarie.

   Muertos tirados a la fosa
   En España se han abierto 231 de las más de 2.300 fosas comunes que se estima existen desde la Guerra Civil. El Ministerio de Justicia calcula que unas 100.000 personas desaparecieron en la contienda. Diez años después de la apertura de la primera fosa común, en 2000, se han exhumado 5.277 cadáveres. La fosa más grande de España se encuentra en Málaga, en el cementerio de San Rafael, y hasta octubre del 2009 se habían encontrado restos de 2.840 personas; 349 eran de menores de 10 años. "Los niños enterrados aquí murieron por inanición, enfermedad o en algún bombardeo, pero al ser familiares de personas consideradas rojas los tiraban a la fosa", explica Rafi Torres, presidenta de la asociación de la Memoria Histórica de Málaga.
   En Castilla-La Mancha y Castilla y León fueron fusilados unos 40 menores, según la Asociación para la Memoria Histórica.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Lo mínimo, lo inmenso", por Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Lo mínimo, lo inmenso

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 16/07/2011

   El buen lector es caprichoso, pero también ecuánime. Disfruta mucho algo y a continuación o simultáneamente disfruta igual lo que parece lo contrario. Disfruta el desvarío y el rigor de la ficción y disfruta la sensatez y el caos de los relatos crudos de la vida. Lo que quizás nunca haga un lector verdadero es no disfrutar: habiendo tantos libros buenos, qué pérdida de tiempo resignarse a uno malo o mediocre; habiendo obras maestras tan distintas entre sí, qué sufrimiento inútil empeñarse en remontar alguna que no nos dice nada, o a la que no nos acercamos en el momento adecuado de nuestra vida. No sé cuántas páginas llevaré leídas en la mía, pero no creo que haya terminado ni una sola por obligación. Ahora estoy leyendo a la vez dos libros que parecerían antagónicos: uno breve, el otro larguísimo; uno hecho a base de chispazos lacónicos de inteligencia y poesía, entrecortado, fragmentario, como escrito sobre la marcha: el otro de una sostenida amplitud que tiene algo de las larguísimas duraciones morosas de Wagner o de Richard Strauss. Uno lo llevo conmigo en el bolsillo de la americana, o en la pequeña mochila con la que voy ahora a todas partes, y aprovecho para leerlo en la espera en el dentista o en el trayecto en el metro, minutos breves pero suficientes para recibir la urgente descarga eléctrica de sus iluminaciones; el otro es un volumen macizo, compacto, de más de mil páginas, y por lo tanto requiere el sedentarismo lector del sillón o la cama, y será una compañía excelente en un largo vuelo o en un viaje en tren.
   Leo al mismo tiempo La montaña mágica y El viajero y su sombra. La prosa de Thomas Mann la disfruto en la traducción de Isabel García Adánez, aunque el primer impacto de la novela lo recibí cuando era mucho más joven en otra edición de cuya calidad ahora no sé acordarme; a Nietzsche lo leo en español gracias a Carlos Vergara. Los dos libros tienen una parte de descubrimiento y otra de regreso. La montaña mágica me la recomendó el mismo amigo antiguo que en el último verano de la universidad me descubrió también El gran Gatsby y la primera sinfonía de Brahms. La había leído una sola vez, a los veinticuatro años: entonces resonó más en mí porque como Hans Castorp yo estaba en el umbral de la vida adulta y porque al ingresar en el Ejército me había visto encerrado en un mundo tan autosuficiente y tan ajeno a la realidad exterior como el sanatorio para tuberculosos de Davos. Treinta años después, la novela conserva su capacidad de hechizar y su recuerdo resulta ser extremadamente fiel. Me acordaba de todo. Me acordaba muy bien del escenario y de los personajes, y de la somnolencia y la monotonía del tiempo, pero en la novela hay algunas honduras que solo la experiencia de la edad permite comprender.
   El viajero y su sombra lo descubrí más tarde, después de los treinta años. De joven era un lector tan entregado de ficción que apenas leí nada que no fueran libros de relatos, poemas o novelas. En todo este tiempo el libro siempre ha estado cerca de mí, porque es muy propicio para la lectura a rachas, la pepita de oro encontrada al abrir las páginas al azar. Empecé así también esta vez, por puro capricho, porque buscaba algo que no pesara, que cupiera en un bolsillo, eso que un amigo americano llama el quick fix, la dosis rápida de literatura que equivale casi al tiempo de un poema o de una canción. Pero esta vez me impresionaban tanto los breves pasajes numerados que iba leyendo que resolví empezar por el principio, y leer todo seguido. El efecto se ha multiplicado. En vez de rachas de clarividencia, una especie de embriaguez verdadera. No conozco un libro tan lleno de reflexiones infalibles sobre las artes o sobre la literatura, o sobre la serenidad y el gusto de vivir. Por ejemplo: No es ser el primero en ver algo nuevo, sino en ver, como si fueran nuevas, las cosas viejas y conocidas, vistas y revistas por todo el mundo, lo que distingue a los cerebros verdaderamente originales. Por ejemplo: Todas las cosas buenas son enérgicos estimulantes a favor de la vida; este es incluso el caso de todo buen libro, escrito contra la vida. Y donde hay más tristeza, o más sabiduría: Cuando dos viejos amigos vuelven a verse después de una larga separación, sucede a menudo que afectan tener interés por cosas que les han llegado a ser indiferentes: a veces se dan cuenta de ello los dos y no se atreven a descorrer el velo, a causa de una duda un poco triste. Así es como ciertas conversaciones parecen sostenerse en el reino de los muertos.
   Ahora se dice que a causa de las nuevas tecnologías ha de prevalecer una escritura de la rapidez, de la fragmentariedad, de lo instantáneo. El presentismo es tan paleto como el localismo o el nacionalismo: es la idea de que el tiempo de uno es el centro y la cima del tiempo, igual que la tierra de uno es el centro del espacio y el lugar supremo. Más de un siglo antes de Twitter y de los blogs escritores como Baudelaire o Nietzsche habían intuido la hermosa libertad de escribir al instante sobre lo que les pasaba por la imaginación o lo que tenían delante de los ojos. Y parece que a Nietzsche la tecnología punta de la máquina de escribir le afectó al estilo tanto como a quien ahora se pasa el día mandando mensajes de texto.
   Sucede algo equivalente con Thomas Mann. Uno lee por ahí a descubridores del Mediterráneo que aseguran que solo ellos han tenido la audacia de incluir en sus novelas lo último de la tecnología, de indagar el modo en que los saberes científicos y las revoluciones en la comunicación afectan a la conciencia humana y a las formas del relato. Lo que yo aprecio ahora en La montaña mágica es, precisamente, la irrupción en las normas poéticas de la novela de lo más aventurado que en los tiempos de su escritura estaba sucediendo en las ciencias: la descripción de los huesos fantasmales de una mano visto a través de los rayos X; el vértigo de la imaginación al enfrentarse a los hallazgos de la biología molecular y de la física cuántica. En su cama de enfermo Hans Castorp se interroga sobre lo que en 1924, el año de publicación de la novela, estaba aún muy lejos de ser comprendido, el salto de lo inorgánico a lo orgánico, de los compuestos químicos inanimados a la vida. Los ojos de un enamorado quieren ir más allá de las fronteras de la sensualidad situadas en la piel: ahondan en la fisiología de los tejidos, en el flujo de la sangre, en los gérmenes de muerte inoculados por la enfermedad.
   Con Nietzsche voy por mi ciudad y mi presente, en la mesa de un café, en el vagón del metro. Con Thomas Mann me quedo duraderamente a vivir en una novela tan cerrada como un sanatorio. En cada libro intuyo una parte del secreto del otro.

   La montaña mágica. Thomas Mann. Traducción de Isabel García Adánez. Edhasa, 2009. Círculo de Lectores, 2006. El viajero y su sombra. Friedrich Wilhelm Nietzsche. Traducción de Carlos Vergara. Edaf, 1999. antoniomuñozmolina.es

domingo, 28 de agosto de 2011

POESÍA. "Meditación del árbol", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)


Ángel Paniagua

Meditación del árbol

Soy eterno
porque no me preocupo del silencio
que anida en mis entrañas,
de la luz que recorre los ocultos
senderos de mis hojas,
porque apelo a la noche y voy hundiendo
despacio mis raíces, voy hundiéndome
en esta misma tierra, en este mismo
destino sin historia, regresando
a mi sangre desde el día primero,
desde todos los años que soporto
sin meta y sin cansancio.
                                        Cada noche
es la noche, cada día es el día,
esta tierra es la tierra y mi destino
ni siquiera soy yo: no soy destino
ni lucha ni impaciencia.
                                       Y cuando vuelva
definitivamente al seno que me trajo
seguiré caminando hacia mi adentro,
seré presencia quieta,
silencio ensimismado y ansiedad
del final inequívoco de todo.

PRENSA. "¿Qué leen los escritores?", reportaje (1)

Viñeta de Forges ("El País")

   En "El País Semanal":
¿Qué leen los escritores? (1)
WINSTON MANRIQUE SABOGAL 31/07/2011

   ¿Con qué disfrutan los creadores en su tiempo de ocio? Escritores, cineastas y músicos nos desvelarán sus preferencias literarias, cinematográficas y musicales en esta serie quincenal de verano.

   Es el tiempo en que los escritores cumplen promesas y toman atajos hacia la felicidad. Cuando se acercan a otros autores para saldar cuentas consigo mismos y ser lo que más les gusta: lectores. Cuando no importa pecar de optimistas al cargar con más libros de los debidos, y comprobar que la ilusión siempre es más grande que la realidad. Diecinueve narradores y poetas de medio mundo comparten con nosotros cuáles son las lecturas que suelen preferir en verano, cuáles son los destinos literarios a los que prefieren llevar de vacaciones su imaginación.
   Da igual si el viaje físico se produce y si es largo o no. Marcel Proust lo hacía encerrado en su habitación de Combray acompañado de libros y con la persiana echada para protegerse de la luz veraniega: "Aquel oscuro frescor de mi cuarto era al pleno sol de la calle lo que la sombra al rayo, es decir, tan luminoso como él, y ofrecía a mi imaginación el espectáculo total del verano, del que mis sentidos, si hubiesen salido a pasear, solo habrían podido disfrutar de modo fragmentario; y de esta manera se acomodaba bien a mi reposo que (gracias a las aventuras narradas por mis libros, capaces de estremecerlo) soportaba". En su casa no entendían que diera la espalda al tan anhelado carnaval de luz y color estival por un libro. La abuela le suplicaba que saliera de su encierro; al final Proust la complacía: "Y no queriendo renunciar a mi lectura, iba a proseguirla por lo menos en el jardín, bajo el castaño, en una pequeña garita de esparto y tela en cuyo fondo me sentaba y me creía oculto a los ojos de las personas que pudieran venir a visitar a mis padres".
   Es el momento de saber dónde veranean literariamente algunos escritores. Sus destinos incluyen desde remotos reencuentros con autores y escenarios griegos y romanos que visitarán Fuentes y Banville, pasando por los universos de la condición humana reflejados en el siglo XIX al que volverán Leon y Marsé, hasta episodios del mundo hiperrealista de Estados Unidos en el caso de Palahniuk o la Colombia que recorre Nooteboom. Los destinos están decididos. El equipaje está listo.

Carlos Fuentes
   Ciudad de Panamá, 1928. Autor mexicano y premio 'Cervantes' 1987. En septiembre publicará el ensayo 'La gran novela latinoamericana' y el libro de relatos 'Carolina Grau' (Alfaguara)
   Siempre llevo historia y novela, un poco de todo. Pero este verano estoy dedicado a Giacomo Leopardi, debido a que uno de los cuentos de mi próximo libro, Carolina Grau, está dedicado a él. Así es que ahora, al releerlo, quiero ver si el cuento me ha gustado o me ha distanciado de él o si lo he traicionado o respetado o si hice bien en invocarlo. Es una especie de mea culpa retrospectiva, como todas, donde primero cometes el pecado y luego se pide perdón. Como estoy en Italia, estoy leyendo también un libro muy interesante: Roma, de Robert Hughes, que trata desde la fundación de la ciudad hasta Berlusconi. Es una gran historia de la ciudad, ¡espléndida!

John Banville
   Wexford (Irlanda, 1945). Su última novela es 'Los infinitos' (Anagrama) y en otoño publicará 'En busca de April' (Alfaguara).
   No tengo libros "para el verano". Ahora mismo estoy leyendo Historical essays, de Hugh Trevor-Roper, principalmente por su soberbio uso de la prosa, y Orpheus: the song of life, de Ann Wroe, una luminosa "biografía" de Orfeo. También estoy en mitad de la lectura de Los griegos y la civilización griega, de Jacob Burckhardt, pero se me ha cruzado con The civilisation of the Renaissance in Italy, del mismo autor. Ambos libros son obras maestras, y voy a seguir leyéndomelas a la vez. Va a ser un verano muy placentero e instructivo.

Tahar ben Jelloun
   Fez (Marruecos, 1944). Premio Goncourt en 1987 por 'La noche sagrada'. En otoño saldrá la novela 'El retorno' (Alianza)
   Desde 2008, mis veranos se parecen: me los paso leyendo. Trato de leer un libro al día. Al salir de París he tenido que pagar un suplemento por mis maletas llenas de libros. Novelas francesas que deberán aparecer entre finales de agosto y finales de septiembre. Los autores buscan y esperan una sola cosa: el premio más prestigioso de Francia, el 'Goncourt'. Fui elegido para la Academia Goncourt en mayo de 2008, y somos diez jurados. Y así, la lectura de la producción novelesca francesa no me deja tiempo para leer casi nada más. Ya he leído lo último de Emmanuel Carrère, Limanov, y de Eric Fottorino, Le dos crawlé. No obstante, por puro placer y para no perder de vista a los grandes escritores que me gustan, leo o releo a Jorge Luis Borges, que es como un viejo amigo. Este año he sentado a mi mesa a otro gran escritor: el filósofo rumano que escribía en francés Émile Cioran. Y, como siempre, estoy en compañía de Montaigne y Cervantes, amigos que no me abandonan nunca.

Marcos Giralt Torrente
   Madrid (España, 1968). Premio Herralde 1999 por 'París' y premio Ribera del Duero por 'El final del amor' (Páginas de Espuma).
   Mis veranos suelen ser de dos tipos: aquellos en los que escribo y aquellos en los que busco qué escribir. Cuando estoy escribiendo picoteo cosas que no me distraigan en exceso: misceláneas, diarios, libros de viajes, crónicas, cuentos... Textos que calmen mi ansiedad, pero me permitan regresar sin mucha carga al libro que tengo entre manos. Y cuando busco qué escribir, necesito dejarme llevar, sumergirme. Aprovecho para rendir cuentas, clásicos no leídos o novedades que dejé sin leer durante el invierno. Este verano, parece, será de estos. Me llevo Las vidas de Dubin, de Bernard Malamud; Memorias, de Arthur Koestler; Solar, de McEwan, Un sueño fugaz, de Ivan Thays; El adversario, de Emmanuel Carrère...

Juan Marsé
   Barcelona (España, 1933). Premio 'Cervantes' 2008. Su última novela es 'Caligrafía de los sueños' (Lumen)
   Estos días mis lecturas contienen un poco de todo. No tengo preferencia por un género literario concreto y suelo cargar con más libros de los que voy a tener tiempo de leer. Desde que era un chaval, peco de optimista, imagino que el verano va a ser largo, provechoso e interminable; imagino que el tiempo y la luz se detienen... Incluso me propongo alguna relectura, por ejemplo Manhattan transfer, de John Dos Passos, o La educación sentimental, de Flaubert. Veremos si hay tiempo. Porque lo que me llevo no es poca cosa: el segundo volumen de la biografía de Luis Cernuda de Antonio Rivero; Némesis, de Philip Roth; El hermano pequeño, la nueva novela de José María Guelbenzu; Operación Gladio, de Benjamín Prado; la biografía de Flannery O'Connor y Poemas, de W. H. Auden. Es mucho para dos meses, pero me gusta estar bien acompañado. Ah, y me olvidaba de la espléndida Semblanza de Pío Baroja, de Julio Caro Baroja. Quisiera también espigar algunos relatos de Lydia Davis en sus Cuentos completos.

Chantal Maillard
   Bruselas (Bélgica, 1951). 'Premio Nacional de Poesía' 2004 por 'Matar a Platón' y el 'Nacional de la Crítica' 2007 por su poemario 'Hilos'. Su nuevo libro es 'Bélgica' (Pre-Textos)
   En verano leo más y mejor que en cualquier otra época del año. Leo el vuelo de las águilas y los milanos, el canto de los pájaros, las alas de las mariposas, el rastro de las babosas, el color de las libélulas y el sonido del viento en la copa de los árboles. También leo el camino de las hormigas, el siseo de las cigarras y la fragancia de los pinos. El verano me invita a esa gran enciclopedia cuya lectura me enseña más que ninguno de los libros escritos por el hombre. Entrada ya la noche, retorno al Chuang tsé, a Santôka, Séneca o Beckett, y este verano, a los escépticos griegos. Tiempo para recobrarnos el alma, o como se quiera llamar a aquello que late bajo nuestro personaje.

José Emilio Pacheco
   Ciudad de México (México, 1939). Premio 'Cervantes' 2009, su último poemario es 'La edad de las tinieblas' (Tusquets).
   Hago como si hubiera verano en México y me propongo leer o releer la serie 'Sergio Pitol traductor', organizada por Rodolfo Mendoza. Pitol es uno de los grandes traductores del idioma, a la altura de Ricardo Baeza y Mario Verdaguer. Como Borges y Cortázar, él se forjó en estas versiones que nunca dejaremos de agradecerle. Entre los clásicos recomiendo en especial El corazón de las tinieblas y Otra vuelta de tuerca. Entre los descubrimientos (lo fue para mí), Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski.

PRENSA. "¿Es posible cerrar las fosas de la memoria?", por José Andrés Rojo

José Andrés Rojo

   En Domingo, suplemento de "El País":
¿Es posible cerrar las fosas de la memoria?

   Un enfrentamiento civil deja heridas incluso en cada familia. Sería preciso trascender las lecturas interesadas e intentar, al menos, un relato común de lo ocurrido

JOSÉ ANDRÉS ROJO 17/07/2011

   Todavía hoy algunos balazos parecen conservar intacto su poder destructivo. Durante las primeras semanas de este mes se exhumó una fosa común de más de treinta metros de largo en Gumiel de Izán (Burgos). La hipótesis de que allí estuvieran enterrados un grupo de ferroviarios que fueron asesinados el 18 de agosto de 1936 es una de las que se barajan para poder llegar a establecer la identidad de aquellos muertos que yacen, uno detrás de otro, en un paraje conocido como La Legua. Los investigadores han establecido, a partir de las vainas de fusil y las balas rotas encontradas junto a los huesos, que muchos de ellos cayeron allí mismo de un disparo en la cabeza. Son esos balazos los que siguen resonando porque todavía no se sabe a quiénes se llevaron por delante. Se han encontrado un crucifijo, que pudo haber pertenecido a un franciscano de la zona al que trataban de rojo por criticar la miseria en la que vivían los campesinos, y un corsé ortopédico, que acaso perteneció a un maquinista de la estación de Aranda de Duero.
   Las fosas con los restos de los que fueron asesinados por las fuerzas franquistas ha sido seguramente uno de los temas relacionados con la Guerra Civil que más presentes han estado en la sociedad española durante estos últimos años. Fueron muchos nietos de los que padecieron el conflicto los que, en un momento dado, preguntaron por sus abuelos. Y es ahí donde empezaron las respuestas vagas o los silencios y se hizo evidente, según cuentan muchos de los que se embarcaron en estos procesos, un miedo que seguía vivo en los supervivientes pese al tiempo transcurrido.
   La torpeza a la hora de gestionar políticamente la legítima demanda de muchos familiares para recuperar a sus muertos, y poder así volver a enterrarlos y realizar ese duelo postergado desde hace tanto tiempo, ha generado numerosas tensiones que parecían desaparecidas, y que subieron de intensidad cuando el juez Baltasar Garzón, ante la alarmante falta de eficacia de la llamada 'Ley de la Memoria Histórica' para resolver estos problemas, decidió intervenir. No son, sin embargo, solo las fosas las que han reclamado la atención de una sociedad que cada vez tiene menos que ver con la que padeció la dictadura de Franco y que, por tanto, se pregunta por el sentido de la pervivencia de algunos símbolos que siguen glorificando aquel régimen. Un grupo de expertos está discutiendo qué hacer con el Valle de los Caídos, el complejo monumental donde está enterrado Franco.
   Setenta y cinco años después del golpe de Estado de los militares rebeldes, hay todavía otras cuestiones que siguen abiertas. La manera de contar lo que sucedió entonces es una de ellas. Hace poco, la presentación de un Diccionario biográfico español realizado por la Real Academia de la Historia levantó una fuerte polémica. En el tratamiento dado en ese trabajo a algunos de los protagonistas de la guerra (el propio Franco, entre ellos), más que la búsqueda de un escrupuloso rigor histórico, lo que prevalece es el afán por dulcificar las asperezas de los responsables del golpe, con lo que se rescatan algunos elementos que han caracterizado la versión de los vencedores. En cuanto a los vencidos, algunas de las entradas (como la de Manuel Azaña) están llenas de errores y recurren, para definir la actividad de Negrín, por ejemplo, a fórmulas propias de los propagandistas de la dictadura y se refieren a su Gobierno como "prácticamente dictatorial".
   Las fosas, el Valle de los Caídos, el Diccionario biográfico español: hay momentos en que parece que hoy se intentara construir de nuevo unas trincheras invisibles para seguir librando una vieja guerra, y volver así a servirse del pasado para sortear las batallas del presente. El problema acaso resida en la manera de volver la vista atrás. Porque hay muchas maneras de plantearle preguntas al pasado. Una de ellas lo que subraya es una deuda pendiente, y quiere hacer cuentas. Puede ocurrir, sin embargo, que al hacerlas se utilicen los valores de hoy para saldar los asuntos de entonces.
   En el afán de reclamarle una deuda pendiente al pasado, la que conoce la afrenta suele ser la memoria individual (ahora que cada vez quedan menos de los que vivieron el conflicto, lo que permanece es muchas veces su relato de lo ocurrido). Una memoria, la individual, que es siempre legítima, pero que selecciona y se construye también alrededor de unos cuantos olvidos, que es caprichosa, que engrandece algunos detalles y minimiza otros. Seguramente todos los derrotados en la Guerra Civil miran ese pasado con ira, y es lógico que en determinados casos tengan todo el derecho de exigir reparaciones. Pero la memoria individual nada tiene que ver con las llamadas memoria colectiva, histórica, externa, social: "Nadie recuerda ni puede recordar lo sucedido fuera del ámbito de su propia existencia", decía Francisco Ayala. Y tiene razón: ¿cómo recordar lo que han vivido otros?
   Esa otra memoria, la que quiere convertirse en la de unos cuantos (un grupo, una tribu, una asociación, una nación), es siempre una construcción interesada y suele servir para establecer los rasgos de una identidad común, definir las claves de pertenencia a una colectividad determinada, y muchas veces se concreta en abstracciones cargadas con la dinamita de lo exclusivo.
   Comunistas, anarquistas, nacionalistas, socialistas, sindicalistas, carlistas, falangistas, franquistas, republicanos, y vaya usted a saber quién más, siguen sirviéndose de la Guerra Civil para reforzar sus propios relatos (ya sea como víctimas, ya sea como salvadores) sobre lo que pasó, y para justificar o adornar su discurso sobre el presente. Preguntarle al pasado por una cuenta pendiente conduce a seguir situando la discusión en el terreno político. Y así, 75 años después de que empezara todo, siguen imponiéndose aquellas versiones en las que predomina el blanco y negro y se difuminan los grises.
   Hay otra manera de relacionarse con el pasado. No tanto reclamar una deuda pendiente, como preguntarse por lo que de verdad ocurrió. Es lo que hacen los historiadores, y han sido muchos los que en los últimos años han contribuido a revelar las múltiples aristas de un conflicto habitualmente muy confuso por las interpretaciones que unos y otros dieron sobre lo que pasó para justificar sus respectivos comportamientos.
   No siempre es posible dar una explicación unívoca a hechos complejos, pero eso no significa que valga cualquier relato, y mucho menos que el esfuerzo por acercarse con el mayor rigor a los hechos signifique amenazar, como se ha dicho, la libertad de expresión del historiador. ¿Por qué hubo una guerra? Podrá haber infinidad de matices en la respuesta, pero esta se produjo porque un grupo de militares, con un amplio respaldo civil, no consiguió que triunfara el golpe de Estado con el que pretendían tomar el poder y detener así las reformas que había puesto en marcha la República. ¿Qué régimen se impuso al terminar el conflicto? Una dictadura personalista, que se apoyó en el Ejército, en la Iglesia y en un partido único, y que desencadenó una brutal represión para garantizar su continuidad.
   Entre el golpe y la victoria final de Franco se sucedieron acontecimientos de muy distinto calado. Lo que, en cualquier caso, produjo la rebelión de los militares fue la violenta exigencia a la que se sometió a cada español para que tomara partido. Por mal que fueran las cosas, por duras que hubieran sido las amenazas que la República padeció en sus peores momentos, solo el golpe de julio impuso la obligación de decantarse: o ellos o nosotros. La rebelión destruyó las estructuras de mando del Ejército, y no era fácil saber a qué atenerse ni tener plena certeza sobre cuántos de los uniformados seguían obedeciendo al régimen legal. Los primeros en caer, las primeras víctimas de los golpistas, fueron sus compañeros de armas. En una tesitura de total descontrol, y ante un alarmante vacío de poder, el Gobierno decidió repartir armas a la población para combatir a los golpistas. La violencia vengadora de muchos de estos grupos armados se dirigió contra los representantes del antiguo poder: sacerdotes, guardias civiles, policías, patronos, administradores de fincas. La República ya no solo debía combatir contra las tropas del ejército rebelde, que contaron desde muy pronto con el apoyo material de Italia y Alemania, sino que tuvo también que poner coto a los desmanes que se estaban produciendo entre los suyos.
   Lo más grave de una guerra civil es que, de alguna manera, se produce en el interior de cada familia. Los que compartieron el mismo pan de pronto se ven situados en diferentes trincheras y les toca luchar por su supervivencia muchas veces en contra de los suyos. Es difícil reparar el dolor que todo eso comporta, cerrar esa inmensa herida. Pero el paso del tiempo quizá lo que permita saber es cómo sucedieron de verdad las cosas. ¿Será posible algún día establecer en relación a la Guerra Civil algunos puntos que estén más allá de las distintas interpretaciones y de las lecturas interesadas, y se pueda, por tanto, trascender las distintas memorias colectivas para volver al terreno de la historia?
   Seguramente el desafío pendiente siga siendo el de volver a los hechos, y eso pasa por la lenta y paciente demolición de los mitos y leyendas que construyeron los vencedores (y también los vencidos) sobre su papel en aquel terrible drama. Que haya sido la propia Real Academia de la Historia la que no haya sabido ser extremadamente delicada con un material tan inflamable solo confirma cuánto les queda por hacer a los españoles para volver al pasado con honradez y coraje para entender lo que de verdad pasó.

Fosa de Gumiel de Izán, de más de 30 metros, en la que se han hallado 59 esqueletos.- ÓSCAR RODRÍGUEZ ("El País")



   Hechos clave en el golpe de julio del 36
   » 16 de julio. El general Anselmo Balmes, jefe militar de Gran Canaria, muere de un disparo en extrañas circunstancias y en el momento en que Franco precisaba de un pretexto para salir de Tenerife sin despertar sospechas. En Gran Canaria le aguardaba el avión Dragon Rapide, contratado por los conspiradores.
   » 17 de julio. Franco preside las exequias de Balmes en Las Palmas. Por la tarde, en Melilla, un grupo de mandos detiene al general Manuel Romerales, jefe de la circunscripción oriental del protectorado español en Marruecos, por no apoyar la rebelión (le fusilaron semanas más tarde). También arrestan al general Agustín Gómez Morato, principal mando militar español en el norte de África, y comienzan los encarcelamientos o asesinatos de personas incluidas en las listas negras.
   » 18 de julio. Se sublevan varias guarniciones peninsulares. Franco vuela a Marruecos en el Dragon Rapide, pero pernocta en Casablanca, fuera de la zona del protectorado español. Fuerzas del "director" del golpe, Emilio Mola, detienen al general Domingo Batet, jefe de la VI Región (Burgos), gran parte de cuyo territorio pasa a manos rebeldes. (Batet fue ejecutado meses después).
   » 19 de julio. Franco recala en Tetuán y lanza una proclama: "España se ha salvado (...) Podéis enorgulleceros de ser españoles, pues ya no caben en nuestro solar los traidores". El golpe se extiende. Tras la dimisión del jefe del Gobierno, Santiago Casares, el designado para sustituirle, Diego Martínez Barrio, fracasa en sus gestiones con jefes sublevados (Mola, Miguel Cabanellas) para frenar el movimiento. Se forma otro Gobierno, encabezado por José Giral, que da curso a la exigencia de sindicatos y partidos políticos para armar a sus milicias.
   » 20 de julio. El general José Sanjurjo, protagonista de una intentona en 1932 y probable jefe del Estado si hubiera triunfado el golpe de 1936, muere al estrellarse el avión que había ido a recogerle a Portugal. La sublevación fracasa en Madrid y Barcelona, se lucha en Andalucía y otras zonas. El Gobierno manda barcos al Estrecho para impedir el paso del ejército de África a la península. Franco realiza su primera petición urgente de aviones y pertrechos a Italia y otros países.