domingo, 4 de julio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia": entrevista al escritor Kazuo Ishiguro, por Jesús Ruiz Mantilla. Primeras páginas de su último libro de relatos, "Nocturno"

Kazuo Ishiguro
En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Música de fondo


JESÚS RUIZ MANTILLA 03/07/2010

Kazuo Ishiguro es un virtuoso del juego de las palabras, del doble sentido y de las historias abiertas. Nunca busca finales cerrados. En Nocturnos, el escritor británico nacido en Japón muestra su pasión por la música con cinco relatos en un cruce de caminos.

En el ancho mundo de las novelas y los cuentos de Kazuo Ishiguro siempre palpita una canción. No muchos escritores traducidos a 30 lenguas pueden presumir de haber emprendido ese viaje dentro de la literatura. Ni tener el coraje de reconocer que en cada una de sus obras vive la influencia de un estribillo, de una idea musical en la misma escala o medida que los grandes nombres de las letras universales.
Hace años quería ser Bob Dylan. Era más joven, estaba más perdido y no sabía con certeza a qué mundo pertenecía. Si a aquel Japón que renacía de sus cenizas atómicas o a la decadente Gran Bretaña, despojada del imperio e hirviente de cultura pop, donde creció. En medio de ese mar de dudas siempre aparecía como un asidero su guitarra, su piano y una canción. "He escrito más de cien", confiesa.
Y seguirá haciéndolas. Pero más que como triunfador en el mundo de la música, pese a que estudió piano desde los 5 a los 12 años, el chico nacido en Nagasaki en 1954 y educado como un gentleman en colegios ingleses y en la Universidad de Kent terminó como un escritor respetado de las nuevas letras británicas. Una voz destacada entre aquellos que estallaron allá por los años ochenta, aunque a él le llegara el éxito en los noventa.
Comenzó a hacer guiones para series, relatos y después siguieron las novelas. De Pálida luz en las colinas a Los inconsolables o Nunca me abandones pasando por su mayor éxito, Los restos del día, siempre, confiesa el autor, el alma de cada historia iba acompañada de algo tarareable. "Creo que en mi obra narrativa late constantemente esa forma, esa manera de explicar las cosas con pocos medios, esa obligación de expresar y hacer buscar dobles significados, de leer entre líneas", comenta Ishiguro en un salón de té londinense cercano a Picadilly.
Pero si esas canciones resuenan más en algún sitio es en sus nuevos Nocturnos (Anagrama). Son cinco y los ha compuesto a ritmo lento, de balada atormentada, creando una atmósfera que permite vislumbrar los enigmas sin que logremos descifrarlos nunca por entero. Entre sus notas, a los lectores les está permitido acompañar a unos personajes que persiguen el éxito como un espejismo: "Es curiosa la visión del triunfo que tienen algunos. Además, el éxito siempre es subjetivo, uno puede lograrlo cara a la galería y sentirse frustrado en su interior, porque la idea y la ambición que tienen en la cabeza no se corresponde con lo que han conseguido".
Todos los protagonistas de Nocturnos se encuentran en un cruce de caminos: en las puertas de tomar decisiones vitales que funden el pasado sin la certeza de lograr nada en el futuro. Vamos de la mano con ellos, pero hasta un punto. Después les soltamos para dejar paso a la sugerencia, a nuestra libre interpretación. "Me gusta pensar que al final de cada historia comienza otra para cada uno que puede ser mucho mejor", dice el escritor.
Por los relatos deambulan músicos callejeros que acompañan a crooners de leyenda gastada por Venecia, violonchelistas que se reconocen por instinto, músicos enamorados y sorprendidos por el espejo de un azar que les revela tristes verdades sobre la autenticidad del amor, aspirantes a estrellas dispuestos a cambiarse el rostro para que no se les escape el éxito. Gentes que se creen felices y en realidad no lo son, mujeres delirantes y extraños paisajes fantasmales...
Son historias con escenarios diversos, muy centradas en complejas introspecciones y vagas identidades, como casi todo dentro del mundo de Ishiguro. Él es un escritor que ha zarandeado sus propias raíces. "Apenas hablo japonés. Sólo con mi madre y no muy bien", confiesa. En sí, su aspecto de nipón cosmopolita no puede ocultar sus maneras inglesas, menos con un té y unos bollos untados de mantequilla y mermelada de fresa a las cinco de la tarde, en pleno Londres: una costumbre tan típicamente británica.
La identidad... Ese enigma en Ishiguro. De hecho, Japón aparece en sus dos primeras obras, Pálida luz en las colinas y Un artista del mundo flotante. Después se diluye en el resto. Desaparece de manera abrupta. Porque Los restos del día, su novela más conocida y llevada al cine por James Ivory, es el colmo de la esencia británica. El ser inglés plasmado en la legendaria estampa del mayordomo Stevens que encarnó después Anthony Hopkins. "En mi obra, la identidad son los temas, las obsesiones, no las raíces. Mis dos primeros libros se desarrollan en Japón pero tratan de gentes que rehúyen el compromiso y que pese a creerse testigos activos de un tiempo excepcional son solo esclavos de las circunstancias. Eso y el bloqueo emocional, la represión y la incapacidad para saber manejar tu vida como dictan los sentimientos están en Los restos del día. Pero en Inglaterra. Podía haber escrito otro libro sobre los mismos temas en un lugar diferente...", comenta Ishiguro.
Cree que su deber, como parte de una generación abierta, es llegar al máximo de gente posible. "Los escritores británicos anteriores a nosotros buscaban reconocimiento universal, pero los lectores que trataban cara a cara eran británicos de clase media alta. Nosotros, al viajar, hemos comprobado que nos leen en todo el mundo y que nuestras obras deben ser comprendidas por cualquiera entre España y Japón. Nuestra ambición es llegar al máximo de lectores posibles".
Aunque muchas veces le queme no sentirse bien entendido. Sobre todo cuando la imaginación no se corresponde con la materia. "Sé que existe esa teoría de que los libros pasan a ser de los lectores una vez caen en sus manos, pero cuando tratas de expresar una idea y ves que la forma no lo ha conseguido, que no trasciende en toda su extensión el mensaje, resulta frustrante".
En términos generacionales se encuentra en mitad de un sándwich. "No se me puede enmarcar en el lugar donde están Rushdie, Martin Amis, Julian Barnes o Ian McEwan, son mayores que yo. No mucho, pero en un mundo tan acelerado, unos pocos años marcan tremendamente la diferencia. Yo soy de la misma edad que Hanif Kureishi o Jonathan Coe, me siento más cercano a ellos".
Dos hornadas de autores más abiertos al mundo que sus predecesores. Aunque la cerrazón y la impermeabilidad de los anglosajones a otros mundos sigue siendo preocupante y mucho mayor que en otros ámbitos. Es algo que algunos autores latinoamericanos han puesto de manifiesto en algún Hay Festival, quejosos de conocer a los británicos perfectamente mientras que en ellos no encuentran rastro de haberlos leído.
Pero Ishiguro niega que sea tan grave. "A todos nosotros nos han influido Borges, García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y ahora Bolaño, Stieg Larsson, Murakami o Irène Némirovsky, por poner ejemplos de todas partes y varias generaciones". Mucha de esa responsabilidad la tienen los editores. "Es cierto que si entras a una librería en Londres no encuentras lo mismo que en una de Francia, Italia, Alemania o España...". Para demostrar su buena voluntad, pide por favor una lista de autores hispánicos, aparte de los citados, que deba leer.
Pero también ataca para defenderse. "Si no resulta demasiado hiriente esta apreciación, también le diré que algunos escritores de otras lenguas quizás se hayan encerrado demasiado en sí mismos. Les pasa a los franceses o a los alemanes. Renunciaron a una fuerte tradición propia de contadores de historias para pasarse a la autoficción y analizar temas que interesaban muy poco fuera de París". Aunque ésa, es otra canción...

Nocturnos: cinco historias de música y crepúsculo
Kazuo Ishiguro.
Traducción de Antonio-Prometeo Moya.
Anagrama. Barcelona, 2010.
256 páginas. 17 euros.

PRIMERAS PÁGINAS DE NOCTURNOS

PRENSA (2). 4 julio 2010

En suplementos de "El País":

1. "Una vida así nadie debería vivirla". Reportaje de Rafael Méndez. Daniel padecía una enfermedad degenerativa incurable y renunció al tratamiento. Eligió el día en que quería fallecer sedado. Como él, cada vez más enfermos graves y familiares apuran la ley y deciden su muerte. Sin dolor. Sin delito.

2. Papá mandaba en Auschwitz. Reportaje de Jacinto Antón. La hija del teniente coronel de las SS Arthur Liebehenschel explica su lucha con la memoria atroz de su padre, comandante del campo.

3. Hinchas y marcianos. Artículo de Elvira Lindo.

4. Dentro de un museo. Reportaje de Rafael Ruiz. Uno de los puntos clave en el mundo para viajar a nuestros orígenes, la sierra de Atapuerca, gana aún más peso con el Museo de la Evolución Humana, que abre el 13 de julio en Burgos. Una recomendable parada que nos ayudará a acercarnos a los primeros europeos y saber más de nosotros mismos.

5. Dos niñas que jugaban. Artículo-relato de Almudena Grandes, sobre la memoria histórica.

PRENSA (1). 4 julio 2010

En "El País":

1. ¡Ummm..., qué rico gen! Reportaje de Javier Sampedro. EE UU se dispone a aprobar un salmón que crece el doble de rápido, el primer animal transgénico que llegará a nuestros platos - Los expertos debaten si debe advertirse en el etiquetado.

2. Burbujas de una mente asfixiada. Artículo del escritor Juan Goytisolo.

3. BP, ¿la Bastilla del petróleo? Artículo de Ulrich Beck, sociólogo, profesor emérito de la Universidad de Múnich y profesor de la London School of Economics. Traducción de Jesús Alborés Rey. La catástrofe del golfo de México amenaza con hacer de Obama un "presidente fallido". Pero también podría ser, como ha sugerido el propio presidente, el necesario comienzo del fin de la era de la energía fósil.

4. Alemania, 0; China, 1. Columna de Moisés Naím sobre la crisis económica.

5. El árbitro. Columna de Manuel Vicent.

6. Enterrados 74 años después de muertos. Reportaje de Natalia Junquera. Descendientes de 44 fusilados del franquismo recuerdan al recuperar sus restos la crueldad de los asesinos, que mataron a padres delante de sus hijos.

sábado, 3 de julio de 2010

CUENTO. "Horas penosas", de Thomas Mann (1875-1955)

Thomas Mann
HORAS PENOSAS

Se levantó del escritorio, un mueble pequeño y frágil; se levantó como un desesperado y se dirigió con la cabeza colgante al ángulo opuesto de la habitación, donde estaba la estufa, alta y alargada como una columna. Puso las manos en los azulejos, pero se habían enfriado casi del todo, pues era ya muy pasada la medianoche; por lo que se arrimó de espaldas a la estufa, buscando un bienestar que no encontró, recogió los faldones de su bata, de cuyas solapas sobresalía colgando una descolorida pechera de encaje, y resopló con todas sus fuerzas por la nariz, para proporcionarse un poco de aire, pues, como de costumbre, estaba acatarrado.
Era un catarro realmente singular y fatídico, que casi nunca le abandonaba totalmente. Tenía los párpados inflamados y los bordes de sus narices completamente escocidos, y en su cabeza y en todo su cuerpo este catarro le producía el efecto de una borrachera pesada y dolorosa. ¿O era que la culpa de toda esta laxitud y pesadez la tenía la enojosa permanencia en la habitación que el médico había vuelto a imponerle, hacía unas semanas? Sólo Dios sabe si hizo bien en mandárselo. El catarro crónico y los calambres de pecho y abdomen podían tal vez hacerlo necesario. Además, en Jena, reinaba un tiempo muy malo desde hacía varias semanas -sí, esto era cierto-, un tiempo miserable y abominable, que atacaba los nervios, un tiempo cruel, caliginoso y frío; y el viento de diciembre bramaba por el tubo de la estufa resonando como un eco del desierto nocturno en la tormenta, extravío y aflicción desesperada del alma. Sí, todo esto era cierto. Pero no era bueno este angosto cautiverio; no era bueno para las ideas ni para el ritmo de la sangre, del que manaban las ideas...
Aquella habitación hexagonal, desnuda, sobria e incómoda, con su techo blanqueado, bajo el que flotaba el humo del tabaco, con sus paredes empapeladas de cuadriláteros en diagonal, de las que colgaban siluetas encuadradas en marcos ovalados, y sus cuatro o cinco muebles de patas delgadas, estaba iluminada por la luz de dos velas, que ardían en el escritorio, a la cabecera del manuscrito. Cortinas rojas colgaban por encima del bastidor superior de la ventana; no eran más que trapos, retazos de indiana aprovechados y combinados simétricamente; pero eran rojos, de un rojo cálido y sonoro, y a él le gustaban y quería conservarlas siempre, porque aportaban un poco de lujuria y voluptuosidad en medio de la pobreza y austeridad absurdas de su habitación... Estaba junto a la estufa y miraba, con un parpadeo acelerado y dolorosamente forzado, hacia el otro lado de la habitación, la obra de la que había huido: este peso, este agobio, este tormento de la conciencia, este mar que había que apurar, esta misión terrible, que era su orgullo y su miseria, su cielo y su condenación. Esta obra se arrastraba, se paraba, se atascaba... ¡una y otra vez! El tiempo tenía la culpa, y su catarro y su fatiga. ¿O quizás era la obra la culpable? ¿O acaso el trabajo en sí, era una concepción desgraciada y destinada a la desesperación?
Se había levantado para poner un poco de distancia entre la obra y él, pues a menudo la lejanía física del manuscrito hacía que uno se formara una idea de conjunto, una nueva visión del asunto, y pudiera tomar nuevas providencias. Sí, había casos en que, si uno se apartaba del lugar de la lucha, el sentimiento de desahogo producía un efecto entusiasmador. Y era éste un entusiasmo más inocente que el que provocaba el licor o el café negro y cargado... La jícara estaba sobre la mesita. ¿Y si ella le ayudara a salvar este obstáculo? ¡No, no, nunca más! No era únicamente el médico; hubo otra persona, un hombre de prestigio, que le había disuadido también de la bebida por prudencia: era el otro, el de allí, de Weimar, al que él quería con una amistad nostálgica. Éste era sabio. Sabía vivir y crear; no se maltrataba a sí mismo; tenía mucha consideración con su propia persona...
En la casa reinaba el silencio. Sólo se oía al viento roncar allá abajo, en las callejuelas de la ciudadela, y la lluvia al repicar en las ventanas, impulsada por el viento. Todos dormían: el hostelero y los suyos, Lotte y los niños. Sólo él velaba junto a la estufa fría, mirando con angustiosos parpadeos la obra en que su insaciabilidad enfermiza no le permitía creer... Su cuello blanco sobresalía larguirucho de la camisa, y por entre el faldón de su bata aparecían sus piernas, torcidas hacia dentro. Su pelo rojizo estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto una frente alta y delicada - formaba sobre las sienes dos entradas, cruzadas por venas incoloras - y cubría las orejas de delgados rizos. Junto al arranque de la nariz, gruesa y aguileña, que terminaba bruscamente en una punta blanquecina, se reunían unas cejas recias, más oscuras que el pelo de la cabeza, lo cual confería a la mirada de sus ojos hundidos e irritados una expresión trágica. Obligado a respirar por la boca, abría sus delgados labios, y sus mejillas, pecosas y descoloridas por el aire enrarecido, enflaquecían y se hundían...
¡No, era un fracaso, y todo era inútil! ¡El ejército! ¡El ejército hubiera tenido que ser expuesto en su obra! ¡El ejército era la base de todo! Puesto que no podía tenerlo a la vista, ¿se podía concebir un arte tan fantástico que lo impusiera a la imaginación? Y el héroe no era héroe, ¡era innoble y frío! La inspiración era falsa, la lengua era falsa, y no era más que un curso de historia árido, sin entusiasmo, prolijo y sobrio y perdido para el teatro.
Bien, se acabó. Una derrota. Una empresa malograda. Bancarrota. Quería explicárselo a Korner, al bueno de Korner, que creía en él, que tenía una confianza casi infantil en su genio. Se mofaría, suplicaría, pondría el grito en el cielo... su amigo; le recordaría al Don Carlos, que había surgido también de dudas, fatigas y transformaciones, y que, al fin, tras toda clase de tormentos, como algo insigne a partir de entonces, demostró ser una obra gloriosa. Pero aquello fue distinto. Entonces era todavía el hombre capaz de agarrar una cosa con mano venturosa y forjarse la victoria. ¿Escrúpulos o luchas? ¡Oh, sí! Y había estado enfermo, mucho más enfermo que ahora, hambriento, prófugo, Desmembrado del mundo, oprimido y pobrísimo en lo humano. ¡Pero joven todavía, muy joven! Cada vez que se hallaba desfallecido, su espíritu se había sentido impulsado ágilmente hacia lo alto, y tras las horas de pesadumbre habían venido las de la fe y el triunfo interior. Pero éstas ya no habían vuelto, apenas si habían aparecido una vez más. Una noche de espíritu inflamado, en que uno se sentía envuelto de repente en una luz y llegaba a ser genialmente apasionado; cualquiera que fuese la noche, en que a uno le era dado disfrutar siempre de tal merced, una sola de estas noches tenía que ser pagada con una semana de tinieblas y entumecimiento. Era un hombre fatigado; aún no tenía treinta y siete años y ya estaba acabado. Ya no tenía aquella fe en el futuro, que había sido su estrella en la miseria. Así era, ésta era la verdad desesperada: los años de estrechez y nulidad, que él había tenido por años de sufrimiento y prueba, en realidad habían sido ricos y fructuosos; y ahora que gozaba de un poco de felicidad, que había salido de la piratería del espíritu y entrado en una justa legalidad y en la sociedad civil (tenía un cargo y una reputación, mujer e hijos) ahora estaba exhausto y acabado. Fracaso y descorazonamiento: era todo lo que le quedaba.
Gimió, apretó las manos ante los ojos y echó a andar por la habitación como un animal acosado. Lo que en aquellos precisos instantes pensó era tan terrible, que no pudo permanecer en el lugar donde le vino aquel pensamiento. Se sentó en una silla junto a la pared, dejó caer sus manos juntas entre las rodillas y miró tristemente los maderos del suelo.
La conciencia... ¡Qué gritos tan agudos profería su conciencia! Había faltado, había pecado contra sí mismo durante todos aquellos años, contra el delicado instrumento de su cuerpo. Los excesos de su ardor juvenil, las noches pasadas en vela, los días entre el aire viciado por el humo del tabaco, excesivamente preocupado del espíritu y despreocupado del cuerpo, las borracheras con las que se estimulaba para trabajar..., todo, todo esto tomaba ahora su desquite. Y puesto que todo se vengaba, quería él porfiar con los dioses, que inculpaban e infligían luego el castigo. Había vivido como había podido, no había tenido tiempo de ser juicioso, no había tenido tiempo de ser prudente. Aquí, en este lugar del pecho, cuando respiraba, tosía, bostezaba, este dolor siempre en el mismo punto, este pequeño aviso diabólico, punzante, perforador, que no enmudecía desde que, cinco años atrás, en Erfurt, cogió aquella fiebre catarral, aquella tuberculosis pulmonar abrasadora..., ¿qué quería decir? En realidad, sabía muy bien lo que significaba... indiferente a lo que el médico pudiese o quisiese decir. No había tenido tiempo para tratarse con prudencia y miramiento, para economizar moralidad e indulgencia. Lo que quería hacer, debía hacerlo inmediatamente, hoy mismo, con rapidez... ¿Moralidad? Pero, ¿cómo fue que precisamente el pecado, la entrega a lo nocivo y consuntivo le pareciera, en último término, más moral que cualquier sabiduría y fría continencia? ¡No, no era eso lo moral: el cultivo despreciable de la buena conciencia, sino la lucha y la necesidad, la pasión y el dolor!
Dolor... ¡Cómo ensanchaba su pecho esta palabra! Se desperezó, cruzó los brazos, y su mirada, bajo las cejas rojizas, muy juntas una de la otra, se animó con una hermosa lamentación. No se era todavía desdichado, no se era totalmente desdichado en tanto existía la posibilidad de dar un nombre orgulloso y noble a su desdicha. Una cosa faltaba: ¡el valor necesario para dar a su vida un nombre grande y hermoso! ¡No reducir la aflicción a aire viciado y a estreñimiento! ¡Ser lo suficiente sano como para ser patético..., para poder sobreponerse a lo corporal y no sentirlo! ¡Ser ingenuo sólo en eso, y sabio en todo lo demás! Creer, poder creer en el dolor... Pero él creía realmente en el dolor, tan intensamente, tan entrañablemente, que nada de lo que sucedía entre dolores podía ser, a consecuencia de esta fe, ni inútil ni malo... Su mirada vaciló por encima del manuscrito, y sus brazos se estrecharon con más fuerza sobre el pecho... El talento mismo, ¿no era dolor? Y si el talento que estaba allí, aquella obra fatal, le hacía sufrir, ¿no era, pues, que estaba en regla?, ¿no era ya casi una buena señal? El talento nunca había brotado todavía a borbotones, y hasta que no lo hiciera, no surgiría realmente su recelo. Sólo brotaba en ignorantes y aficionados, en los contentadizos e indoctos, que no vivían bajo el apremio y la continencia del talento. Pues el talento, señoras y señores que os sentáis allá abajo en las plateas, el talento no es una cosa fácil, juguetona, no es un poder sin más ni más. En sus raíces es necesidad, un conocimiento crítico del ideal, una insaciabilidad, que no se labra su poder y no se acrecienta sin pasar por el martirio. Y para los más grandes, para los más insaciables el talento es la disciplina más rigurosa. ¡Nada de lamentaciones! ¡Nada de vanaglorias! ¡Pensar humildemente, pacientemente, en todo la que hay que sufrir! Y si ni un solo día de la semana, ni una sola hora del día estaba libre de sufrimiento.... ¿qué había que hacer? Menospreciar, desdeñar los agobios y los trabajos, las exigencias, las molestias, las fatigas... ¡esto era lo que hacía grande!
Se levantó, abrió la cajita y tomó rapé ávidamente; cruzó las manos a la espalda y se puso a andar por la habitación con unos pasos tan impetuosos, que las llamas de las velas oscilaron con la corriente de aire que levantó... ¡Grandeza! ¡Conquista secular e inmortalidad del nombre! !Qué vale toda la felicidad de lo eternamente desconocido frente a este destino? ¡Ser conocido..., conocido y amado por todos los pueblos de la tierra! ¡Charlad de egoísmo, los que no sabéis de la dulzura de este sueño y de esta premura! Egoísta es todo lo extraordinario en tanto sufre. ¡Tal vez vosotros mismos lo veis, vosotros que no tenéis ninguna misión, que os es tan fácil estar en el mundo! Y la ambición habla: ¿ha de existir en vano el sufrimiento? !Él debe hacerme grande ...!
Las aletas de su nariz estaban distendidas, su mirada era amenazadora y vaga. Su diestra había caído violenta y pesadamente en el revés de la bata, mientras que la izquierda colgaba cerrada. En sus enjutas mejillas había aparecido un rubor pasajero, una llamarada, emergida de la brasa de su egoísmo de artista, de aquella pasión por su propio Yo, que ardía inextinguiblemente en las profundidades de su ser. Conocía bien la embriaguez secreta de esta pasión. A veces, necesitaba sólo contemplar su mano, para llenarse de una dulzura exaltada por su propia persona, a cuyo servicio resolviera poner todas las armas del talento y del arte que le habían sido dadas. Tenía derecho a ello, nada era innoble. Pues más profundo que este egoísmo anidaba en la conciencia el saber que estaba consumiéndose e inmolándose enteramente, a pesar de todo, al servicio de algo sublime, sin beneficio, ¡qué duda cabe!, pero obligado por una necesidad. Y en esto radicaba su ansia de emulación: en que nadie llegara a ser más grande que él, en que nadie sufriera más intensamente que él por este ideal.
¡Nadie... ! Seguía de pie, con la mano sobre los ojos y el cuerpo vuelto un poco hacia un lado, evasivo, huidizo. Pero en su corazón sentía ya el aguijón de este pensamiento inevitable, de este pensamiento hacia el otro, el luminoso, el beatífico, el sensual, el divinamente inconsciente, aquel de Weimar, al que quería con una amistad nostálgica... Y ahora de nuevo, como siempre, en profundo desasosiego, con premura y porfía, sentía nacer en sí la labor que seguía a estos pensamientos: afirmar y delimitar el propio ser y el propio arte frente a los del otro... ¿Era, entonces, él el más grande? ¿En qué? ¿Por qué? ¿Habría un sangriento "a pesar de todo" si él vencía? ¿Sería incluso su rendición una tragedia? Un dios, tal vez lo era..., un héroe, no. ¡Pero era más fácil ser un dios que un héroe ...! Más fácil... ¡Para el otro era más fácil! Separar con mano sabia y afortunada el conocer y el crear: esto quería hacerlo serenamente, sin congoja, de modo pletóricamente fructuoso. Pero, si el crear era de dioses, el conocer era de héroes, ¡y era ambas cosas, dios y héroe, aquel que creaba conociendo!
La voluntad de lo difícil... ¿Podía tan sólo sospecharse cuánta continencia, cuánto vencimiento de sí mismo le costaba una sola frase, un simple pensamiento? Pues, en resumidas cuentas, era ignorante y poco ilustrado, un soñador abúlico y delirante. Era más difícil escribir una carta de Julio que componer la mejor de las escenas..., ¿y no era, también por esto, casi lo más sublime ... ? Desde el primer impulso rítmico de arte interior hacia sustancia, materia, posibilidad de efusión, hasta el pensamiento, la imagen, la palabra, la línea..., ¡qué lucha!, ¡qué calvario! Milagros de anhelo eran sus obras: anhelo de forma, figura, límite, corporeidad, anhelo de llegar más allá, al mundo diáfano del otro, que, directamente y con boca divina, llamaba por su nombre a las cosas, inundadas de sol.
Sin embargo, y a despecho de aquél, ¿dónde había un artista, un poeta igual que él? ¿Quién creaba, como él, de la nada, de su propio seno? ¿O había nacido en su alma una poesía que era como música, como arquetipo puro del ser, mucho antes de que tomara prestados del mundo de las apariencias el parecido y el ropaje? Historia, filosofía, pasión: medios y pretextos -nada más que eso- para algo que poco tenía que ver con ellos, que tenía su patria en profundidades arcanas. Palabras, ideas: sólo eran teclas que su arte creaba para hacer vibrar una melodía secreta... ¿Se sabía esto? La gente buena le aplaudía por la fuerza de expresión con que él pulsaba esta o aquella cuerda. Y su palabra predilecta, su énfasis postrero, la gran campana con la que llamaba al alma a las fiestas más sublimes, seducía a muchos de ellos... Libertad... Probablemente, él entendía por libertad ni más ni menos lo mismo que ellos, cuando ellos se alborozaban. Libertad... ¿Qué significaba? ¿No sería un poco de dignidad como ciudadanos ante los tronos de los príncipes? ¿Podéis imaginaros todo lo que un espíritu se expone a decir con esta palabra? ¿Libertad de qué? ¿Libertad de qué, en último término? Tal vez, incluso de la felicidad, de la felicidad humana, esta cadena de seda, esta carga suave y dulce...
Felicidad... Sus labios temblaban. Era como si su mirada se volviera hacia dentro; y su rostro se hundió lentamente en las manos... Estaba en el dormitorio. De la lámpara manaba una luz azulina, y la cortina floreada ocultaba la ventana con sus quietos pliegues. Estaba de pie junto a la cama, se inclinó sobre la dulce cabeza que se reclinaba en la almohada... Un rizo negro se ensortijó en la mejilla, que brillaba con la palidez de las perlas, y aquellos labios infantiles se abrieron en un sueño ligero... ¡Mi mujer! ¡Querida! ¿Seguiste mi deseo y viniste a mí para ser mi felicidad? Eres tú, ¡calla! ¡Y duerme! ¡No abras ahora estas pestañas dulces, de sombras alargadas, para contemplarme tan grande y oscuro cual fui otras veces, cuando preguntabas y me buscabas! ¡Dios mío, Dios mío, cuánto te amo! Sólo a veces no puedo hallar mis sentimientos, porque a menudo estoy muy fatigado por el sufrimiento y la lucha con la tarea que mi propio Yo me impone. Y no puedo ser demasiado tuyo, no puedo ser enteramente feliz en ti, a causa de mi misión...
La besó, se separó del calor agradable de su somnolencia, miró en torno a sí y se alejó. La campana le anunció cuán entrada era ya la noche, pero era como si, a la vez, anunciara benévolamente el fin de una hora penosa. Respiró, sus labios se cerraron con firmeza; echó a andar y empuñó la pluma... ¡Nada de cavilaciones! ¡Era demasiado profundo para tener que andar con cavilaciones! ¡No bajar al caos, o por lo menos no detenerse en él! Antes bien, sacar del caos, que es la plenitud, a la luz del día todo lo que está dispuesto y maduro para adquirir forma. No cavilar: !trabajar! Separar, suprimir, configurar, acabar...
Y aquella obra de dolor se acabó. Tal vez no era buena, pero se acabó. Y cuando estuvo acabada, he aquí que entonces también fue buena. Y de su alma, cuajada de música y de idea, forcejearon por salir nuevas obras, creaciones sonoras y rutilantes cuya forma divina permitía vislumbrar la patria eterna, del mismo modo que en la concha marina silba el mar del que ha sido extraída.

Traducción : J. A. Bravo y F. Fontcuberta.

PRENSA. "Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo", por Benjamín Prado

Benjamín Prado
En "El País":
Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo

El gaditano se ha convertido últimamente en una presa fácil, una presa enjaulada donde todos los cazadores vacían a placer sus escopetas. Su pecado fue llevar un carné político lejano de ese centro hoy tan sacralizado.

BENJAMÍN PRADO 02/07/2010

En vida, Rafael Alberti se definía como un poeta en la calle y como un marinero en tierra; tras su muerte, lo han convertido justo en lo contrario: en una empresa fantasmal y en un barco lleno de agujeros. Las dos cosas dan el mismo resultado: un naufragio. Porque entre los ataques externos y el fuego amigo, su biografía se ennegrece día a día y sus libros están cada vez más lejos de sus lectores y de la verdad, puesto que algunos resultan inencontrables y otros están manipulados no se sabe si por sus herederos, sus editores, sus estudiosos o, más bien, por la suma de todos ellos.
Parece mentira, pero el nombre del autor de libros capitales como Sobre los ángeles, Baladas y canciones del Paraná, Retornos de lo vivo lejano, A la pintura y tantos otros, cada vez se cita menos a la hora de hablar de literatura y, en cambio, cada vez aparece más en los periódicos como parte de un escándalo o como víctima de un insulto. La tarea de desprestigiarlo parece haberse convertido en el deporte nacional, y da lo mismo abrir una novela, una biografía, un libro de poemas o un ensayo de algunos de nuestros autores más notables, para demostrarlo. Dan ganas de salir a defenderlo a pesar de su familia, cuya última versión es un gran ejemplo de que, cuando uno tiene mala suerte, la ropa limpia se mancha en casa.
En lo que debería de ser la casa de su obra, la 'Fundación Rafael Alberti', montada en El Puerto de Santa María con la bisutería de la que iba a abrirse originalmente en Cádiz, y por lo tanto sin ninguno de los tesoros artísticos que fueron trasladados a España, con dinero público, desde la casa del poeta en Roma, todo son sospechas y acusaciones de inmoralidad.
Los dos últimos episodios de esa historia negra son un nuevo caso de manipulación de la obra de Alberti y la denuncia que acaba de presentar el secretario de la institución, en la que señala gravísimas irregularidades cometidas por sus máximos responsables, entre ellas la de comprar serigrafías del autor de Noche de guerra en el Museo del Prado para revendérselas por cinco veces su precio de mercado a la propia 'Fundación'. En cuanto a la censura que se ejerce desde hace años sobre los textos del maestro, que ya expliqué en su momento en mi libro A la sombra del ángel y en varios artículos publicados en este mismo periódico, esta vez le ha tocado a un estudio del arquitecto Joan Carles Fogo Vila titulado Los espacios habitados de Rafael Alberti que ha sacado la misma "fundición", como la llama José Manuel Caballero Bonald, con una serie de cambios y supresiones que son, más o menos, los mismos que sufrieron las últimas ediciones de las memorias de Alberti, La arboleda perdida, que la editorial Seix Barral sigue publicando en sus versiones tergiversadas: Luis García Montero y yo hemos sido tachados, también Teresa Alberti, a veces su hija Aitana, y en este caso nuevos enemigos-consorte como Almudena Grandes o Pedro Guerra. Qué miseria y, sobre todo, qué despropósito.
Sin nadie que lo defienda y en contra de las corrientes de opinión que nos arrastran, Alberti se ha convertido en la jaula donde todos los cazadores van a vaciar sus escopetas. Últimamente, la disculpa para atacarlo es Miguel Hernández, enfrentando el drama del poeta-soldado a la supuesta farsa de los "intelectuales de mono planchado y pistolas de juguete" -como los llama el biógrafo José Luis Ferris en Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta- que hicieron la guerra en la retaguardia, escondidos en la 'Alianza de Intelectuales Antifascistas' de Madrid. En su biografía Oficio de poeta, por lo demás muy completa, Eutimio Martín lo acusa, con otras palabras, de egocéntrico y de oportunista, al aprovecharse de que su mujer dirigiera el 'Teatro de Arte y Propaganda' para estrenar allí varias de sus obras, mientras que las del autor de Viento del pueblo se rechazaban; y eso a pesar de que el propio Martín reconoce que el teatro de Hernández no era gran cosa, mientras que el de Alberti está entre lo mejor que se escribió durante la contienda.
Siguiendo la misma línea, se deja entrever que Alberti no hizo todo lo que pudo por salvar a Miguel Hernández, pese a que luego se asume que fue el propio autor de Romancero y cancionero de ausencias quien se equivocó al elegir su huida, con lo que Martín repite el modelo que marcó Ignacio Martínez de Pisón en su obra Enterrar a los muertos, donde decía que Rafael no quiso salvar al traductor de John Dos Passos y, a la vez, llegaba a la conclusión de que su asesinato no lo pudo parar ni el presidente Negrín, puesto que fue el resultado de una lucha de poder entre dos poderosos generales rusos. Como remate, en la edición ampliada de su absorbente libro Las armas y las letras, Andrés Trapiello, que pese a su antipatía manifiesta por Alberti reconoce que este le ofreció su ayuda a Hernández para que pudiera salir de España en un avión de la República, aporta una foto del poeta gaditano, vestido de miliciano y dedicada al escritor ruso Ilya Erhemburg con la frase "la belle époque", de la que saca la conclusión de que para Alberti la Guerra Civil fue una fiesta. ¿No parece mucho más sensato deducir que de lo que habla Alberti es de su juventud, 25 años después de haber sido tomada esa imagen?
Si saltas del ensayo a la ficción, encuentras más de lo mismo.
Abres la última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, y Alberti es, sin duda, uno de esos señoritos hipócritas que lanzan vivas a la clase trabajadora mientras se cruzan de piernas y piden otra copa en la terraza del hotel Ritz; o te cuentan cómo él y su esposa viajaban a Rusia "costeados por el dinero de la República, y al volver se hacían fotos en la cubierta del barco, los dos levantando el puño cerrado, ella envuelta en pieles, rubia, con los labios muy pintados, como una Jean Harlow soviética con cara de pepona española".
O lees el último libro de poemas de Miguel d'Ors, Sociedad limitada, y en su poema 1938, encuentras esto: "Capital de la gloria. Una vez más los versos / doloridos de Alberti, con silbidos de balas / y sangre y trimotores y trincheras en donde / huelen los capotones a corderos mojados. / Y al fondo de estas páginas, en aquel horizonte / en que rasgan la noche lívidos fogonazos, / al otro lado de las alambradas, justo / donde la voz de Alberti señala al enemigo...". Son solo dos ejemplos.
Rafael Alberti fue un poeta colosal y un símbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición, cuyas primeras Cortes inauguró como vicepresidente de la Cámara junto a Dolores Ibárruri y cuya esencia tal vez resume mejor que ningún otro su gesto al descender del avión que lo trajo a España tras 38 años de exilio: "Me fui con el puño cerrado y regreso con la mano abierta".
Pero nada de eso hace que se le tenga el más mínimo respeto. Al contrario, hay tanta gente a la caza del poeta rojo, tantos buscadores de oro tratando de sacarle el último euro al muerto y tan pocos que quieran recordar su categoría literaria, civil y humana, que dentro de poco su nombre será parte de esa sombra que se ha echado sobre toda la parte de nuestro pasado que no se ha podido arrastrar al centro político. Un centro que funciona como un desagüe por el que lo mismo se cuela una 'Ley de Memoria Histórica' que el prestigio de un escritor que, según sentencia del tiempo, llevaba el carné equivocado en la cartera.

Benjamín Prado es escritor.

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Para ver más, aquí.

POESÍA. "El cuerpo cambia", de Luis Muñoz (Granada, 1966)

Luis Muñoz
En "El País Semanal":

EL CUERPO CAMBIA

Bolsas de agua.
Ejes de rueda.
Aire cargado.
Al final no era cierto
y la transformación no es sigilosa
aunque se dé por partes:
de causa a consecuencia,
de contenido a continente,
de respuesta a pregunta.

FOTOGRAFÍA SIGLO XX. Charles C. Ebbets: "Obreros almorzando durante la construcción del Empire State" (1932)

PRENSA. 3 julio 2010

En "El País":

1. "Aburrir en las primeras páginas está prohibido". Entrevista al escritor Daniel Glattauer. Por Gloria Torrijos.

2. De laicos, nada. Reportaje de Juan G. Bedoya. La aconfesionalidad del Estado es imposible mientras subsista el Concordato - La Iglesia católica mantiene todos sus privilegios en los planes del Gobierno. Laicidad imposible. Por Dionisio Llamazares, catedrático de Derecho Eclesiástico y ex director general de Asuntos Religiosos.

3. Facebook y la posuniversidad. Columna de Vicente Verdú.

4. El matrimonio gay, cinco años después. Artículo del escritor Luisgé Martín; su última novela es Las manos cortadas (Alfaguara).
España, desde 2005, está en la vanguardia de la legislación que homologa a las parejas gays con las heterosexuales. Pero la ley sigue pendiente de un hilo: el dictamen del Tribunal Constitucional. El PP debería retirar el recurso.

5. La violencia desborda la frontera. Por S. Camarena y J. Elías. Las actividades de las mafias y de las 'maras' causan más de 14.000 muertos al año en México y Centroamérica y lastran sus economías. Los hispanos ven una oportunidad histórica en la reforma de Obama. Por Antonio Caño. La comunidad latina de Estados Unidos espera ganar influencia con la nueva ley de inmigración - Los republicanos jugarán la baza electoral del rechazo.

6. "Antes del Nobel no me oían. Ahora me basta con susurrar". Entrevista a Muhammad Yunus, impulsor de los microcréditos. Por Ariadna Trillas.

viernes, 2 de julio de 2010

CUENTOS. "El profesor suplente", de Julio Ramón Ribeyro (Lima, Perú, 1929-1994)

Julio Ramón Ribeyro
El profesor suplente
Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.
-¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador... No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio... No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.
Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercalara un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.
-Todo esto no me sorprende -dijo al fin-. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.
Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.
A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.
-No te olvides de poner la tarjeta en la puerta -recomendó Matías antes de partir-. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.
En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.
Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.
En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar -el reloj del Municipio acababa de dar las once- cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Obsevándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.
Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes, para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató de que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.
Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y, por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.
Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.
Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.
Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición -que le recordó a los jurados de su infancia- fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.
-Por favor -decía-. ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.
-¡Yo soy cobrador! -contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.
El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.
Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio a que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.
-¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
-¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! -balbuceó Matías-. ¡Me aplaudieron! -pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.
                                                                            (Amberes, 1975)

CÓMIC. Víctor de la Fuente (1927-2010), en el recuerdo






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POESÍA. "Es así la belleza", de Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, Cáceres, 1970)

Javier Rodríguez Marcos
En "El País Semanal":

ES ASÍ, LA BELLEZA

Es así, la belleza
se mide por milímetros.
Igual que el hielo quiere
ser sólo agua corriente,
la belleza se mide por milésimas
de segundo, por micras.
No por eternidades.
No en toneladas, grandes
cumbres, espacios
que sobrecogen. Siempre
se resuelve en la foto
finish, no en lo sublime. Nunca.
Al final la hermosura
se decide por poca diferencia.
Cero a cero. No hay mucho
que añadir. ¿Quién no ha visto
la luna, despistada,
sobre los edificios,
sobre la niebla tóxica,
rompiendo el cielo sucio
un lunes a las diez
de la mañana?

FOTOGRAFÍA SIGLO XX. "Hitler en París"

PRENSA. 2 julio 2010

En "El País":

1. Aventura nocturna. Columna de Juan José Millás. ´

2. El enigma persistente del fútbol en Estados Unidos. Artículo de Ariel Dorfman, escritor. Su último libro es Americanos. Los pasos de Murieta.

3. Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo. Artículo del escritor Benjamín Prado. El gaditano se ha convertido últimamente en una presa fácil, una presa enjaulada donde todos los cazadores vacían a placer sus escopetas. Su pecado fue llevar un carné político lejano de ese centro hoy tan sacralizado.

4. CINE: Mensajes reaccionarios (crítica de Eclipse, por Javier Ocaña). Las mil y una ofensas (crítica de Mujeres de El Cairo, de Yousry Nasrallah, por Jordi Costa).

jueves, 1 de julio de 2010

MAIMÓNIDES. La oración de Maimónides

La oración de Maimónides
Atribuida a Moses Maimónides, médico judío, nacido en Córdoba (1135-1204).
Se supone que fue escrita por un médico alemán, Marcus Herz, que la publicó en 1793 como "Oración diaria de un médico antes de salir a visitar a sus enfermos. Según un manuscrito en hebreo, de un famoso médico judío del siglo XII, que trabajó en Egipto".

Versión castellana: Gonzalo Herranz

Oración diaria del médico (Oración de Moses Maimónides)

Dios Todopoderoso, Tú has creado el cuerpo humano con infinita sabiduría. Tú has combinado en él diez mil veces diez mil órganos, que actúan sin cesar y armoniosamente para preservar el todo en su belleza: el cuerpo que es envoltura del alma inmortal. Trabajan continuamente en perfecto orden, acuerdo y dependencia.

Sin embargo, cuando la fragilidad de la materia o las pasiones desbocadas del alma trastornan ese orden o quiebran esa armonía, entonces unas fuerzas chocan con otras y el cuerpo se desintegra en el polvo original del cual proviene. Tú envías al hombre la enfermedad como benéfico mensajero que anuncia el peligro que se acerca y le urges a que lo evite.

Tú has bendecido la tierra, las montañas y las aguas con sustancias curativas, que permiten a tus criaturas aliviar sus sufrimientos y curar sus enfermedades. Tú has dotado al hombre de sabiduría para aliviar el dolor de su hermano, para diagnosticar sus enfermedades, para extraer las sustancias curativas, para descubrir sus efectos y para prepararlas y aplicarlas como mejor convenga en cada enfermedad.

En Tu eterna Providencia, Tú me has elegido para velar sobre la vida y la salud de Tus criaturas. Estoy ahora preparado para dedicarme a los deberes de mi profesión. Apóyame, Dios Todopoderoso, en este gran trabajo para que haga bien a los hombres, pues sin Tu ayuda nada de lo que haga tendrá éxito.

Inspírame un gran amor a mi arte y a Tus criaturas. No permitas que la sed de ganancias o que la ambición de renombre y admiración echen a perder mi trabajo, pues son enemigas de la verdad y del amor a la humanidad y pueden desviarme del noble deber de atender al bienestar de Tus criaturas.

Da vigor a mi cuerpo y a mi espíritu, a fin de que estén siempre dispuestos a ayudar con buen ánimo al pobre y al rico, al malo y al bueno, al enemigo igual que al amigo. Haz que en el que sufre yo no vea siempre a un ser humano.

Ilumina mi mente para que reconozca lo que se presenta a mis ojos y para que sepa discernir lo que está ausente y escondido. Que no deje de ver lo que es visible, pero no permitas que me arrogue el poder de inventar lo que no existe; pues los límites del arte de preservar la vida y la salud de Tus criaturas son tenues e indefinidos.

No permitas que me distraiga: que ningún pensamiento extraño desvíe mi atención cuando esté a la cabecera del enfermo o perturbe mi mente en su silenciosa deliberación, pues son grandes y complicadas las reflexiones que se necesitan para no dañar a Tus criaturas.

Concédeme que mis pacientes tengan confianza en mí y en mi arte y sigan mis prescripciones y mi consejo. Aleja de su lado a los charlatanes y a la multitud de los parientes oficiosos y sabelotodos, gente cruel que con arrogancia echa a perder los mejores propósitos de nuestro arte y a menudo lleva a la muerte a Tus criaturas.

Que los que son más sabios quieran ayudarme y me instruyan. Haz que de corazón les agradezca su guía, porque es muy extenso nuestro arte.

Que sean los insensatos y locos quienes me censuren. Que el amor de la profesión me fortalezca frente a ellos. Que yo permanezca firme y que no me importe ni su edad, su reputación, o su honor, porque si me rindiera a sus críticas podría dañar a tus criaturas.

Llena mi alma de delicadeza y serenidad si algún colega de más años, orgulloso de su mayor experiencia, quiere desplazarme, me desprecia o se niega a enseñarme. Que eso no me haga un resentido, porque saben cosas que yo ignoro. Que no me apene su arrogancia. Porque aunque son ancianos, la edad avanzada no es dueña de las pasiones. Yo espero alcanzar la vejez en esta tierra y vivir en Tu presencia, Señor Todopoderoso.

Haz que sea modesto en todo excepto en el deseo de conocer el arte de mi profesión. No permitas que me engañe el pensamiento de que ya sé bastante. Por el contrario, concédeme la fuerza, la alegría y la ambición de saber más cada día. Pues el arte es inacabable, y la mente del hombre siempre puede crecer.

En Tu eterna Providencia, Tú me has elegido para velar sobre la vida y la salud de Tus criaturas. Estoy ahora preparado para dedicarme a los deberes de mi profesión. Ayúdame, Dios Todopoderoso, en este gran trabajo para que haga bien a los hombres, pues sin Tu auxilio nada de lo que haga tendrá éxito.

POESÍA. "El Muerto", de José Hierro (1922-2002)

José Hierro
El muerto
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

                                                                              De "Alegría". 1947

FOTOGRAFÍA SIGLO XX. "Black Power" (México, 1968)

ARTE. PINTURA. "La sultana" (1872, cuadro inspirado en "Cuentos de la Alhambra", de Washington Irvin), de Filippo Baratti

POESÍA. "Túmulo de gasoil", de Blas de Otero

Blas de Otero
Túmulo de gasoil

Hojas sueltas, decidme, qué se hicieron
los Infantes de Aragón, Manuel Granero, la pavana para una infanta,
si está Madrid iluminado como una diapositiva
y sólo en este barrio saltan, ríen, berrean sesenta o setenta y cinco niños
y sus mamás ostentan senos de Honolulú, y pasan muchachas con sus ropas chapadas,
faldas en microscuro, y manillas brillantes y sandalias de purpurina,
hojas sueltas, caídas
como cristo contra el empedrado, decidme,
quién empezó eso de cesar, pasar, morir,
quién inventó tal juego, ese espantoso solitario
sin trampa, que le deja a uno acartonado,
si la plaza de Oriente es una rosa de Alejandría,
ah Madrid de Mesonero, de Lope, de Galdós y de Quevedo,
inefable Madrid infestado por el gasoil, los yanquis y la sociedad de consumo,
ciudad donde Jorge Manrique acabaría por jodernos a todos,
a no ser porque la vida está cosida con grapas de plástico
y sus hojas perduran inarrancablemente bajo el rocío de los prados
y los graves estrofas que nos quiebran los huesos y los esparcen
bajo este cielo de Madrid ahumado por cuántos años de quietismo,
tan parecidos a don Rodrigo en su túmulo de terciopelo y rimas cuadriculadas.

POESÍA. "Inocencia", de Antonio Lucas (Madrid, 1975)

Antonio Lucas
En "El País Semanal":

INOCENCIA
De la infancia, del oxígeno donde la tarde se ensancha.
De todo lo disuelto.
De la rica vena del estar vacío.
De tanta selva desganada: de ahí viene
el mundo.
No has traicionado aún lo que amas.
Crees venir de lo que el cielo devuelve
y suena tu risa a junio, a río innumerable,
a cabaña.
Yo te quiero sobre esta tierra lavada.
Yo que acabo donde el sol unifica pasiones.
Yo que nombro las cosas con derrotas que simulan palabras,
emitiendo sonidos que al decirse estallan
y habitan los albinos tejados del idioma.
Por eso acelero mi vida hasta otra vida.
Y si tú me preguntas qué puede delatarnos,
qué sonoro escombro es amor, qué sangres reúne,
qué juventud humillada es la nuestra,
qué desencanto traspasó los años
y las ardidas cosechas de la amistad...
Si me preguntas,
no sabré decir qué sucedió.
Ni si este breve forcejeo de cuerpos
ha servido para algo.

ARTE. PINTURA. "Dirce" (1897), de Henryk Siemiradzki (1843-1902)

PRENSA. 1 julio 2010

En "El País":

1. De repente... Velázquez. Reportaje de Ángeles García. 'La educación de la Virgen', hallada en el sótano del museo de la Universidad de Yale - Los expertos sitúan la pintura en la etapa sevillana del autor de 'Las meninas'.

2. La dependencia se come la herencia. Reportaje de Joaquina Prades. La larga vida de los ancianos les lleva a invertir el patrimonio en sus cuidados - La vivienda ya es el verdadero seguro del jubilado.

3. Por favor, no se me confundan de enemigo. Artículo de Manuel Cruz, funcionario del Ministerio de Educación.

4. Laicidad positiva. Artículo de Paolo Flores d'Arcais, filósofo y editor de la revista Micromega. Traducción de Carlos Gumpert.