martes, 1 de octubre de 2013

PRENSA. Núñez de Balboa, el polizón que descubrió la mar del Sur

Núñez de Balboa se sumerge con yelmo y coraza en el mar y dedica el hallazgo "a los muy altos y poderosos reyes don Fernando y doña Juana". / ALBUM ("El país")

   En "El País":

El polizón que descubrió la mar del Sur

Buscó la inmortalidad y la encontró frente a las aguas del océano que se le escapó a Colón. Su hallazgo cambió el mundo

Esta es la historia de Vasco Núñez de Balboa, el aventurero extremeño que hace ahora 500 años avistó por primera vez el Pacífico

 27 SEP 2013

Panamá está de fiesta. Este año acoge el Congreso Internacional de la Lengua Española y la XXIII Cumbre Iberoamericana. Su capital estrena metro. Las obras de ampliación del canal van a buen ritmo. Y el país celebra los 500 años del descubrimiento de la mar del Sur. Aunque la conmemoración oficial de este descubrimiento sea el 25 de septiembre, fue dos días más tarde, el 27 de aquel mes, en 1513, cuando Vasco Núñez de Balboa divisó con asombro y emoción el océano Pacífico.
Balboa era de Jerez de los Caballeros (Extremadura, entonces parte de la Corona de Castilla). Nació entre 1473 y 1475. No lo sabemos con certeza. De familia hidalga venida a menos, su padre fue Nuño Arias de Balboa y tuvo cuatro hermanos. Sobre su madre no hay noticias. Con veintitantos años, estudios básicos, dominio de la esgrima y mucha ambición, en 1501 se embarca hacia América con el mercader de Sevilla Rodrigo de Bastidas, quien se había asociado con el cántabro Juan de la Cosa, gran marino, piloto y cartógrafo, autor del primer mapa de América.
En ese primer viaje, al pasar por el golfo de Urabá, que se adentra entre Panamá y Colombia, Vasco vio por primera vez el Darién, la región selvática donde ganaría la gloria y donde, ay, perdería la vida.
Bastidas sale de La Española, la isla que fue centro nodriza para las expediciones hacia la llamada Tierra Firme. Cuando la expedición regresa, en 1502, Balboa se queda en Santo Domingo, donde traba amistad con otros dos extremeños: Nicolás de Ovando, el gobernador, y Francisco Pizarro, futuro conquistador de Perú y cara y cruz del jerezano durante casi dos décadas.
En La Española, Vasco compra un cachorro de Becerrillo, el perro de presa más fiero e inteligente de la época. Ese cachorro, Leoncico, sería su más fiel y eficaz soldado. Las cosas le van mal en la isla. Un huracán arrasa su negocio agropecuario y se endeuda hasta las cejas. No puede devolver el dinero prestado. Para evitar que escape, sus acreedores controlan las salidas de los barcos. Pero Balboa es un hombre de recursos que, ya entonces, empieza a mostrar su ­audacia. Harto de ocultarse, busca su oportunidad para huir. En septiembre de 1510 hay dos barcos preparándose para zarpar, ambos armados por el letrado Martín Fernández de Enciso. En el primero sale Alonso de Ojeda, futuro gobernador de Urabá, pero es el segundo el que nos importa. Dos estibadores cargan un gran tonel. Dentro, junto a su fiel Leoncico, hecho un ovillo, tenemos a uno de los polizones más famosos de todos los tiempos. En alta mar sale de su escondite. Enciso, rojo de ira, le quiere dejar en la primera isla desierta. La tripulación se pone de parte del jerezano: es joven, fuerte, simpático y, sobre todo, ya ha viajado por las costas de Tierra Firme con Bastidas. Podía serles útil.

Murió decapitado en 1519. Su cabeza colgó de una pica durante varios días
Además de los barcos de Enciso y Ojeda, hay otra expedición al mando de Diego de Nicuesa, llamado a ser gobernador de Veragua, también en la región que se llamaría Castilla del Oro.
Una partida de españoles de la nave de Ojeda desembarca en el poblado de Turbaco (hoy Colombia) y es atacada por un grupo de indios. En la lucha, por defender a los suyos, cayó un valiente, su cuerpo asaeteado por flechas emponzoñadas con curare que lo clavaron contra un árbol. Esa fue la muerte atroz del admirable Juan de la Cosa. Con él fueron acribillados cerca de un centenar de soldados.
La nave capitana de Enciso, con Balboa a bordo, encalla y se pierden los bastimentos (víveres y provisiones), pero la tripulación se salva. En la playa, apenas tres indios disparan sus flechas a la velocidad del rayo y huyen dejando otro centenar de muertos. De esta nueva matanza los presentes culpan a Enciso por su pésimo sentido de la estrategia militar. Es el momento en que Vasco toma la iniciativa. Habla a los hombres de una región que sabe más segura por haberla recorrido con Bastidas y en la que los indios no usan flechas envenenadas. Los lleva a una zona en la que levantan el primer asentamiento estable en Centroamérica: Santa María de la Antigua del Darién, una pequeña villa de bohíos, a modo de cabañas de paja.
Enciso, torpe, prohíbe el reparto directo del oro que los españoles saquean a los indios. Le quitan el poder. Balboa asume el mando y embarcan al letrado en el primer barco que vuelve a España.
A estas alturas ya sabemos que Ojeda no llegaría a ser gobernador. Es herido en una escaramuza con los indios y, después de dejar tirados a sus hombres en la costa, se vuelve a Santo Domingo para, años más tarde, morir más pobre que las ratas.
El otro gobernador, Nicuesa, también de pocas luces, pierde, entre luchas, enfermedades y hambrunas, 600 de los 700 hombres que lleva a Veragua. Cuando le dicen que reina la paz en Santa María, allá se dirige para tomar el poder. Pero con Balboa de jefe, no le quiere nadie. Horas después de desembarcar lo meten en un viejo bergantín para que regrese a La Española. Abandonado a su suerte, naufraga junto a un puñado de sus hombres.
De una forma u otra, Vasco se ha quitado de encima a Enciso, a Nicuesa y a Ojeda. Pero la de España es, en buena medida, la historia de Caín, y esa España no perdona. El conquistador jerezano ha podido con hombres muy influyentes, si bien no tardaría en llegar aquel que acabaría con su vida.


Un retrato del descubridor Vasco Núñez de Balboa. / PHOTOAISA
Agosto de 1513. Vasco busca la mar del Sur. Sabe que la flota del poderoso Pedro Arias Dávila, Pedrarias, está de camino a Santa María, así que acelera su expedición. Conocedor de las intrigas contra él en la corte, sabedor de que Pedrarias pretende todo el poder y convencido, en fin, de que el rey le ha retirado su confianza, se va a descubrir el mar que nunca encontró Colón. En La Española escapó de sus acreedores y ahora huye de sus enemigos.
El 1 de septiembre zarpa con casi 200 hombres y algunos perros, entre ellos Leoncico, tan buen luchador que ganaba para Balboa más soldada que un arcabucero. El animal moriría envenenado, quizá por la mano envidiosa de algún compañero.
Atravesar el istmo en época de lluvias enfermó a muchos, pero Vasco no perdió un solo hombre. Siempre al frente, era el primero en abrir trochas, en atravesar ríos, en socorrer al soldado herido, en infundir ánimos al que desfallecía.
El 24 de septiembre se produjo una matanza infame contra los indios cuarecuá. Más de 600 guerreros muertos, alguno de ellos porque, vestidos de mujer, practicaban el pecado nefando, la sodomía, condenada con la pena capital en la España de la época. Fue una carnicería repugnante en vísperas del gran descubrimiento.
Sobre aquellas atrocidades, la americanista Carmen Mena (El oro del Darién. Centro de Estudios Andaluces; Sevilla, 2011) no tiene duda: “Puede hablarse con propiedad del exterminio de una población que contaba al menos con 120 siglos de presencia en el istmo y que se extingue casi por completo en menos de dos décadas”. Y eso que, entre los conquistadores, Balboa fue de los menos crueles: siempre que pudo, pactó con las tribus, entre ellas la del cacique Careta, que le entregó a su hija como mujer. Los cronistas de Indias hablan de esta relación como si de un cuento de hadas se tratara. Parece que, en verdad, Anayansi (su nombre no está documentado) era una muchacha hermosísima y que ambos se amaron hasta la muerte. Ella llegó a traicionar a su pueblo cuando reveló a Vasco que cinco caciques estaban conspirando para matarle.
Las mayores salvajadas hay que apuntárselas, sobre todo, a los capitanes de Pedrarias, que destrozaron en muy poco tiempo el espacio de convivencia que Vasco llegó a establecer en la región darienita.
El capitán español sube por un monte al otro lado del cual, decían los indios, estaba la mar. Y asciende a la cumbre. Eran como las diez de la mañana del 27 de septiembre. Sí, aunque la fecha oficial ha sido desde hace medio milenio el 25, lo cierto es que el avistamiento de la mar del Sur fue dos días más tarde. Existen al menos cuatro fuentes dignas de crédito que así lo atestiguan: dos estadounidenses –la biógrafa de Balboa Kathleen Romoli y el geógrafo Carl Sauer– y dos españoles –la profesora Carmen Mena y Luis Blas Aritio, autor del ultimísimo y más exhaustivo libro sobre el conquistador, Vasco Núñez de Balboa y los cronistas de Indias (2013).
El descubridor se acerca a la cima y hace lo que el escritor austriaco Stefan Zweig, en sus Momentos estelares de la humanidad (1927), llama “un gesto para la inmortalidad”. Lo describe así: “En ese momento, Balboa ordena a sus hombres que se detengan. Nadie debe seguirle. No quiere compartir esa primera vista del océano ignoto. Quiere ser el único, el primer español, el primer europeo, el primer cristiano que […] haya divisado el Pacífico”.

El jefe de una tribu le entregó a su hija como esposa; La relación fue un cuento de hadas
El cronista madrileño Gonzalo Fernández de Oviedo añade: “Hincó ambas rodillas en tierra y dio muchas gracias a Dios por la merced que le había hecho en le dejar descubrir aquella mar, y hacer en ello gran servicio a Dios y a los Católicos y Serenísimos Reyes de Castilla”.
Cortan un árbol para hacer una enorme cruz cuyos brazos parecen querer abarcar los dos mares. El padre Andrés de Vera entonó un tedeum, y el escribano Andrés de Valderrábano escribió los nombres de quienes allí llegaron. Son los 67 de la fama.
El 29 de septiembre van a la playa, llena de fango por la marea baja. Se sientan en unos manglares hasta que el agua coge profundidad y el capitán, con su yelmo y su coraza, se adentra en la mar. Coge el estandarte con una mano y la espada con la otra. Levanta la voz para dedicar “a los muy altos y poderosos reyes don Fernando y doña Juana” la posesión de la mar del Sur.
La noticia del descubrimiento del Pacífico corrió en España como la pólvora. El rey, feliz, perdonó a Vasco los agravios que denunciaron sus enemigos y lo nombró adelantado de la mar del Sur y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba, si bien bajo la autoridad del nuevo hombre fuerte en Tierra Firme, el lugarteniente general Pedro Arias Dávila.
El 27 de junio de 1514, la armada de Pedrarias, compuesta por una veintena de naves y 1.500 hombres (¡no se contaron cerca de 500 mujeres que también viajaron!), llegó a las costas del Darién. Al decir de los cronistas, Pedrarias era un mal bicho. Según fray Bartolomé de las Casas, “el año de mil e quinientos e catorce pasó a la Tierra Firme un infelice gobernador, crudelísimo tirano, sin alguna piedad ni aún prudencia, como un instrumento del furor divino”.
A Arias Dávila lo llamaban, en efecto, “la ira de Dios”. Casi un virrey, cuando arriba a la costa no hay nadie para recibirle. Irritado, pide que busquen al alcalde de Santa María. Pedrarias es un noble castellano que llega con arrogancia, vestido con sus mejores galas, caballo enjaezado y armadura de lujo. Se presenta Balboa, humilde hidalgo extremeño, con una camisa sudada, un calzón usado y alpargatas.
Dos gallos en el mismo gallinero. El nuevo gobernador, ya humillado por el recibimiento de Balboa, se encoleriza al enterarse de que la mar del Sur, que él pretendía hallar, ya había sido descubierta.

Según los cronistas de la época, el primer gesto del conquistador fue "hincar ambas rodillas en tierra"
Pedrarias lleva la corrupción a Santa María. Obvia que el rey ha devuelto la confianza al descubridor de la mar del Sur y le hace un juicio de residencia, algo así como una auditoría de su gestión en el Darién. Primero le pone una multa que le arruina. Luego, cuando Balboa sale de expedición, le hace volver a Santa María y lo encierra dos meses en una jaula. Más tarde, para engañarlo del todo, lo deja libre ¡y le ofrece la mano de su única hija casadera!, una tal María, recluida en un convento español de donde no llegó a salir. Fue una añagaza fruto de su preocupación por la muerte del rey Fernando y la pérdida de poder de sus allegados en la corte, donde el cardenal Cisneros había asumido la regencia.
Pedrarias envía a Vasco a construir el poblado de Acla, al otro lado del istmo, porque cree más eficaz que los españoles abandonen Santa María en favor de este puerto del Pacífico, donde el adelantado construye una espléndida villa y crea la llamada Compañía de la Mar del Sur.
Santa María de la Antigua del Dairén desaparece en 1524, asolada primero por los indios y engullida después por la selva. Pero la tragedia de Balboa se precipita cuando llegan noticias de que hay un nuevo gobernador de camino, Lope de Sosa. Vasco creyó que las relaciones irían incluso a peor que con su suegro. Y Pedrarias temió que un juicio de residencia contra él lo condenara por sus fechorías, así que llama a su yerno, que estaba en la isla de Tortugas, para que regrese a Acla. Este, ingenuo, acata la orden. Antes de llegar, Pizarro, al mando de un pelotón de hombres, lo prende.
¿Por qué Pizarro, a pesar de lo que vivieron y sufrieron juntos? ¿Estaba harto de ser su subordinado? ¿Ansiaba la gloria que logró en Perú, donde, no olvidemos, mató a Diego de Almagro y desató una auténtica guerra civil entre españoles? A Vasco lo acusaron de conspiración, de insubordinación y hasta de la muerte de Nicuesa. También fueron sentenciados a la pena capital cuatro de sus hombres más fieles.
La ejecución del adelantado se produjo entre el 13 y el 21 de enero de 1519. No se sabe con certeza el día. Vasco Núñez de Balboa no descompuso la figura. Levantó la cabeza para decir, alto y claro, que era inocente y que fue siempre su deseo “servir al rey”. Pero lo decapitaron. Debía de tener entre 42 y 44 años. Durante varios días y a modo de “escarmiento”, su cabeza colgó de una pica en la plaza Mayor.
El gran mexicano Octavio Paz escribió algo sobre la figura de Hernán Cortés que es trasladable a Núñez de Balboa: “Fue un hombre extraordinario. Un héroe en el antiguo sentido de la palabra. No es fácil amarlo, pero es imposible no admirarlo”.

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