martes, 25 de octubre de 2011

PRENSA. "Un gran pacto contra la dependencia energética", reportaje

La megaplanta de energía solar de Sanlúcar la Mayor (Sevilla) simboliza el poderío español en renovables.- E. ABAD (EFE). ("El País")


   En "El País":
Un gran pacto contra la dependencia energética

   España no podrá prescindir de la nuclear a medio plazo pese a ser líder en renovables - Se confirma la insostenibilidad del modelo.

JOSÉ LUIS BARBERÍA 23/10/2011

   Sin petróleo, ni gas, con un carbón subvencionado escasamente competitivo y una nuclear media que no goza del aprecio popular, España, la campeona mundial de las renovables, afronta el desafío energético desde una situación de endeblez estructural y dependencia exterior que la colocan al albur de los espasmos especulativos de los mercados y de los vaivenes y estallidos en la política internacional. Cualquier agitación, cualquier desastre -sea la primavera árabe o Fukushima-, engordan una factura difícilmente digerible por una economía en crisis que debe en gran medida al sector energético el incremento en los últimos años de su déficit de la balanza comercial. Un aumento de 10 dólares en el barril 'Texas' le supone a España un desembolso extra de 5.000 millones de dólares. La agitación política en Oriente Medio nos está costando el equivalente al 1,5% del PIB.
   Son anticipos seguros de lo que vendrá, ahora que se acaba el petróleo barato y puede darse por inaugurada la época de la escasez y carestía progresiva de los recursos primarios. El panorama es endiablado y no solo porque la amenaza del cambio climático fuerza el maridaje entre energía y sostenibilidad. Los estudios más aceptados apuntan que las reservas de petróleo se agotarán dentro de 40 años (dentro de ocho en Europa), las de gas dentro de 63 años (12 en el caso europeo), las de uranio en ocho décadas (cinco en Europa) mientras que el carbón perdurará siglo y medio. A eso hay que añadir que la demanda energética no dejará de crecer en China e India. Asentada en el centro de la economía mundial, la energía constituye más que nunca el elemento clave de la política y la diplomacia, la llave de la seguridad y la soberanía. ¿Podremos sobrevivir e incorporarnos a la revolución energética que marcará a este siglo XXI? Por acertada que se considere la apuesta española de las renovables, la respuesta de los analistas y expertos está lejos de ser reconfortante. Y aunque parezca una humorada, el comentario sentencioso de que "las cosas podrían haberse hecho de manera diferente, pero no peor", refleja una opinión nada marginal.
   No hay certidumbres sobre el futuro, más allá de que el actual modelo es insostenible. "No existe hoy la solución capaz de compatibilizar las cuatro vertientes de la sostenibilidad: coste asequible, abundancia, limpieza medioambiental y seguridad de suministro", subraya Juan Luis López Cardenete, profesor y antiguo director general de Unión Fenosa. Más pronto que tarde, los españoles tendrán que explotar el único de sus yacimientos abundante y de extracción nada onerosa: el denominado quinto combustible que, tras el petróleo, gas, carbón y uranio, no es otro que el del ahorro y la eficiencia energética. Aunque, según la IEA (Agencia Internacional de la Energía), nuestro país derrocha el 10% de su energía, ese ahorro no nos bastará para salir adelante, como tampoco bastará por sí solo el desarrollo de las renovables, esa gran esperanza española que, mal gestionada, como en el caso de la "burbuja fotovoltaica", entraña el peligro de resultar ruinosa. La electricidad en España es una de las menos contaminantes del mundo al precio de haberse convertido en una de las más caras de Europa, aunque la Administración no traslada a la tarifa del consumidor toda la carga de las primas a las renovables y de los costes de producción que les reconoce y abona a las empresas eléctricas. Ese diferencial ha generado en unos años la friolera de 20.000 millones de euros en el denominado déficit tarifario. Obviamente, primar a las energías renovables y mantener una tarifa relativamente baja no resuelve por sí mismo el problema de la desorbitada factura por los combustibles fósiles importados, la elevada dependencia exterior y la contaminación de CO2.
   "Nos falta una verdadera política energética de Estado que se sostenga más allá de las alternancias en el Gobierno porque es un terreno el que hay que trabajar a 15 años vista. Si ahora disfrutamos de contratos de gas mucho más baratos es porque los firmamos hace un montón de años. Hablamos de la competitividad de las empresas, de la política industrial, del desarrollo tecnológico, de la seguridad y el bienestar general y aquí no deberían caber la improvisación, la demagogia y la frivolidad", señala un responsable de la Administración. Los 20.000 millones del déficit en la tarifa eléctrica, que tendrán que seguir pagando los hijos y nietos de los actuales abonados, hablan de la envergadura del problema, aunque sólo una parte de ese dinero es atribuible a las ayudas públicas y, además, no pocos analistas dudan de la realidad de los costes que declaran las empresas. Las primas a las renovables, que superan los 7.000 millones de euros al año, pueden llegar a 18.000 en 2020 y la pregunta es si un país cuyo PIB representa el 2% de la riqueza mundial y carece de recursos energéticos primarios puede aspirar a ser número uno en algo relacionado con la energía. ¿Habría sido mejor introducir las renovables de manera gradual y dejar que países más ricos corrieran con los gastos de la innovación de la prueba y el error?
   Hay opiniones contrapuestas porque, particularmente en el caso de las eólicas, el liderazgo ha permitido crear una valiosa estructura industrial exportadora. Arturo Rojas y Diego Vizcaíno, de Analistas Financieros Internacionales, sostienen que además de contribuir a la modernización del modelo productivo, las renovables favorecen la cohesión y desarrollo territorial en España por su carácter descentralizado. Según ellos, ya en 2008 la generación de energía renovable en el llamado Régimen Especial (subvencionado) permitió reducir la dependencia energética exterior del 82% al 79%, rebajar el volumen de importaciones y mitigar, por tanto, el déficit comercial en 2.066 millones de euros. Además, las exportaciones relacionadas con las tecnologías renovables ascendieron ese mismo año a 3.600 millones de euros. Desde luego, no cabe negar la imperiosa necesidad de ocupar un lugar preferente en la investigación tecnológica de las energías accesibles e inagotables del viento y el sol. Lo que se discute es si este país puede permitirse contar con una mezcla de generación eléctrica que ofrece unos costes de 300-460 euros/MWh para la fotovoltaica, 85 para la eólica, entre 50 y 65 para el gas, de 42 a 58 euros para el MWh de carbón y 45 para el de la nuclear. Admitido que la herencia nuclear es siempre perturbadora: residuos a enfriar durante décadas y a almacenar durante siglos, nadie del sector piensa, hoy por hoy, que la combinación óptima de viento (eólica), sol (termosolar, fotovoltaica), agua (hidráulica) y gas (menos contaminante en CO2 que el crudo) permitirá a medio plazo prescindir de la nuclear. "A medio plazo, la apuesta es seguir con las nucleares. Excepto Garoña, que debe cerrar en 2013, el resto seguirá hasta agotar su vida útil, en 2020", anuncia el subdirector de Planificación Energética, Francisco Javier Maciá. Puesto que la energía no se almacena -salvo en las pilas, por vía de la química-, la apuesta por las renovables, que son de naturaleza intermitente, obliga a disponer de fuentes paralelas de producción. Cada vez que se levanta un parque eólico es preciso crear otro de generación por gas para poder cubrir las ausencias de viento.
   Por contraste, y pese a que la red eléctrica española es la más sofisticada del mundo y ha logrado integrar eficazmente a las renovables, el sistema se ve obligado, en ocasiones, a desperdiciar la energía eólica para no poner en peligro la complejísima malla. "Somos una isla eléctrica, porque con una punta máxima de demanda de potencia instantánea de 45.000 megavatios sólo podemos exportar a Francia 1.400", explica Alberto Carbajo, director de Operación de Red Eléctrica de España. El tapón fronterizo francés impide al sistema eléctrico el español, altamente productivo, descargar sus excedentes potenciales y rentabilizarse en el mercado de 300 millones de europeos. Sobrevivir energéticamente exigirá optimizar la eficiencia en la compra, el transporte, el refinado, la generación, la distribución y el consumo y obligará a modificar la mezcla energética (la combinación porcentual de los diferentes combustibles que quemamos y que en 2010, fue el 47% de productos petrolíferos, el 23,4% de gas natural, 12,1% nuclear, 11,2% renovables y 6,2% carbón). Además, habrá que adoptar grandes medidas para reducir el consumo de hidrocarburos. Muchos analistas y directivos de las grandes empresas no alcanzan a entender que los políticos continúen sin hacer de este asunto una cuestión de Estado.
   Nuevos y viejos interrogantes se amontonan a medida en que la disputa internacional por los recursos se hace más patente y los países europeos optan por defender sus intereses por su cuenta a falta de una estrategia y una diplomacia comunitarias. ¿También España debería hacer cuestión nacional de la seguridad del suministro energético y crear su propio campeón empresarial? ¿Hay que seguir la doctrina de evitar las fusiones, asistir impasible a las operaciones sobre Repsol, al proceso que hace que Cepsa, Endesa, Hidrocantábrico y Viesgo estén siendo compradas por empresas públicas de otros países europeos y que ninguna firma española del sector, tampoco Iberdrola, todas levantadas en su día con los ahorros de los españoles, esté a salvo de la voracidad de los mastodontes multinacionales?
   "Sé por experiencia que la españolidad de las empresas, el efecto sede, no es una tontería y que el tamaño sí que importa para comprar a menor precio", indica el director de Energía del 'Boston Group Consulting', Iván Martén. "La libertad de movimientos de capital debe ser norma siempre que no ponga en peligro la seguridad del suministro", indica, a su vez, María Teresa Costa, presidenta de la Comisión Nacional de Energía. A su juicio, el modelo funciona, "aunque haya que incidir más en la reducción de costes". Piensa que más que cambiar radicalmente de mezcla energética, hay que seguir avanzando por la vía renovable emprendida en 2007. En lo que coincide todo el mundo es que España está más amenazada que el resto de los países de su entorno y de su nivel de desarrollo y de riqueza. He aquí algunos datos contundentes: la dependencia exterior española de los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) es del 75%-80%, frente al 50% de media de la UE y el 25% de EE UU. El petróleo constituye casi el 50% de su dieta energética, 12 puntos más que la media europea, en un país que extrae (Repsol) de su territorio únicamente el 2% de lo que consume y en el que el transporte de mercancías se hace por carretera en el 94% de los casos. El 70% de la energía que importamos nos llega por logística naval, algo que solo ocurre en Corea y Japón, ya que solo un tercio del gas viene desde Argelia por gaseoducto.
   "Con el plan de ahorro y eficiencia energética 2004-2020 en cinco años hemos rebajado el 13% la intensidad energética (relación entre el consumo de energía y el PIB) de nuestra economía", subraya Francisco Javier Maciá. "Tenemos el plan de fomento del transporte de mercancías por ferrocarril, el código técnico de edificabilidad que debe permitir el ahorro de energías en los hogares y la proyectada interconexión submarina con Francia. Hemos conseguido que el 12% de nuestra energía sea renovable y yo sí creo que podemos subir ese porcentaje al 20% en 2020 y cumplir con las directrices europeas", sostiene.
   La apuesta española por las renovables -las inversiones entre 2000 y 2013 sumarán 67.000 millones de euros-, irá adquiriendo mayor sentido económico a medida en que la energía de los combustibles fósiles se encarezca. Y hay que pensar que con el tiempo, la pesada mochila financiera de hoy generará empleo cualificado, exportación y PIB. Gracias a las economías de escala y al aprovechamiento del aprendizaje, llegará un momento en el que la curva de reducción progresiva de los costes de producción de las renovables se cruzará con la del aumento de los precios energéticos.
   Todo hace suponer que la eólica será competitiva en pocos años, mientras que la fotovoltaica y termosolar, tardarán más en alcanzar esos umbrales pese a la drástica reducción de los costes de los paneles de silicio. España también tiene buenas bazas a su favor: empresas sólidas con un alto grado de internacionalización, acertada diversificación geopolítica del abastecimiento de petróleo y una excelente malla de regasificadoras. Pero, dicen los analistas, que la supervivencia energética exigirá, sobre todo, conciencia general del problema, pacto de Estado y determinación estratégica para saltar al nuevo modelo, menos carbonizado y más eléctrico, en el que las renovables sumadas al quinto combustible deberán ocupar la posición determinante.

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