lunes, 28 de junio de 2010

PRENSA. "La casa de Dostoievski", de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa
En "El País":
La casa de Dostoievski

Aunque nació en Moscú, San Petersburgo es la ciudad que más le marcó como escritor. Y aún hoy, los barrios y casas están impregnados de sus historias y personajes, mezcla de drama y espiritualidad

MARIO VARGAS LLOSA 27/06/2010

Fíodor Dostoievski vivió en muchas casas y lugares -nunca más de tres años en una misma vivienda- y tuvo siempre la obsesión de que sus pisos estuvieran en una esquina, con ventanas a las dos calles y cerca de una iglesia de modo que pudiera oír las campanas, música que sosegaba su espíritu. La última casa en que vivió, y donde murió en 1881 meses antes de cumplir los 60 años, entre la Perspectiva Kuznechny y la antigua calle Yamskaya, ahora llamada Dostoievski, cumple con todos estos requisitos y, mientras el visitante la recorre, puede oír doblar a las campanas de la vecina iglesia ortodoxa de Vladímir, convocando a los fieles.
Esta zona de San Petersburgo, conocida como el "barrio de los mercados", está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres y, por esa razón, se la considera riesgosa para los turistas. Cuando yo visité esta casa por primera vez, hace 40 años, el lugar era más bien triste y solitario, muy distinto de lo que es ahora, bullicioso, popular, promiscuo, muy vital. No existía aún el Museo donde se han reconstruido los seis cuartos a los que Fíodor Dostoievski y Anna Grigorievna, con sus hijos Liubov y Fíodor, se mudaron en octubre de 1878 huyendo del apartamento donde había muerto el pequeño Alexei, una de las tragedias que más hizo sufrir al atormentado autor de Los demonios.
Es una casa modesta, aunque menos ascética que las anteriores, e incluso hasta con algunos lujos, como el juego de tazas de té de porcelana que luce una de las alacenas y el confortable inglés del escritorio donde Dostoievski podía echarse a descansar un rato en medio de las interminables y afiebradas sesiones nocturnas en que escribía, en estado de trance casi siempre, Los hermanos Karamazov, una de sus obras maestras. Alcanzó a verla publicada exactamente un mes antes de morir. Estaba ya muy enfermo. La casa se halla en el segundo piso y, cada vez que subía, el ilustre inquilino tenía que pararse un rato, en el descanso de la escalera, para recuperar el aliento. El médico le había prohibido fumar, pero él sólo respetaba la prohibición durante el día; en la noche fumaba sin descanso mientras escribía y ahí está todavía, sobre su mesa de trabajo, la cajita de cigarrillos que liaba con sus manos nerviosas mientras iba releyendo las cuartillas recién escritas.
A fines de enero de 1881 tuvo la primera hemorragia de garganta. Pidió a su mujer que le leyera uno de sus pasajes preferidos en el ejemplar de la Biblia que llevaba siempre consigo desde que se lo regalaron las mujeres de los "decembristas", 31 años atrás, en la estación de Tobolsk, cuando pasó por allí, como convicto, rumbo a su exilio de cuatro años en Siberia. Anna era su segunda esposa, 25 años menor que él. Llevaban 11 años de casados y ella, con su energía, devoción y talento, había puesto algo de orden en la vida siempre atolondrada y al borde de la catástrofe de Fíodor. Gracias a esa mujer joven y luchadora, sus finanzas andaban mejor, ella ganaba algo de dinero distribuyendo libros y él ya no tenía que inmolarse escribiendo como un forzado. Se había quitado el vicio del juego que le causó tantos infortunios. Poco después de ese primer desfallecimiento, le sobrevinieron otras dos hemorragias. La segunda puso fin a su vida. Su propia viuda o alguna visita atinó a detener el reloj del escritorio en el mismo instante de su muerte: las 8.38 de la noche. Ahí está todavía ese reloj, 130 años después, marcando la hora siniestra.
Lo enterraron en el cementerio Tikhvinskoe, del monasterio de Alexander Nevsky, en las afueras de San Petersburgo. Es un hermoso lugar, y la tumba de Dostoievski, rodeada de árboles y de flores, con una hermosa estatua que refleja fielmente sus rasgos adustos y su mirada profunda y afiebrada, colinda con las de otros exponentes del genio creativo ruso: Rimski Kórsakov, Alexander Borodin, Modest Mussorgski, Ilich Tchaikovski, Glimka. La mañana que pasé a ver la tumba llovía y algunos visitantes reverentes depositaban en ella manojos de flores. Yo le llevé media docena de rosas rojas.
Aunque Dostoievski no nació en San Petersburgo, sino en Moscú, esta ciudad es la que más lo marcó. Aquí se formó como escritor y en ella se hizo conocido, luego famoso, y fue aquí donde, luego de los 10 años del silencio literario que padeció por haber pertenecido al círculo revolucionario de los "decembristas", debió reinventarse como escritor. En San Petersburgo fue donde más tiempo vivió. De otro lado, no hay ciudad que parezca más impregnada de sus historias, personajes y la mezcla de truculencia, drama, espiritualidad, desgarro intelectual y misterio de su obra que ésta, sobre todo cuando uno camina por las destartaladas callecitas del barrio de Sennaya, a orillas del Canal de Griboedova, donde ocurren los principales episodios de Crimen y castigo, novela que Dostoievski terminó de escribir no muy lejos de aquí, en una casa de la calle Kaznacheiskaya de este barrio, que también puede visitarse.
Es la más "realista" de sus historias, al menos en el sentido de que los lugares que ella describe están casi todos identificados y algunos de ellos con placas que lo recuerdan. La casa donde Raskólnikov asesina a la anciana Alíona Ivánovna, en el número 104 del Canal de Griboedova, se conserva tal cual la narró, con sus baldosas desiguales, sus paredes descoloridas y sus rejas herrumbrosas, así como sus gentes melancólicas y derrotadas. Hasta la mañana grisácea, lluviosa e impregnada de premoniciones sombrías, parece dostoievskiana. Pero todavía más impresionantes son los lugares asociados a la vida de Raskólnikov, que parecen recién salidos de las páginas de la novela, como la sofocante taberna donde éste confiesa su crimen a Zamíotov o la casa donde el asesino vivió. Hace esquina también y un busto de un Dostoievski calvo y giboso adorna su fachada. El mal tiempo ha borrado la pintura y todo el edificio -en verdad, todo el barrio pobretón y sórdido- parece a punto de descalabrarse. El largo vestíbulo de piedras tiene un techo combado donde el eco repite los ruidos y el patiecillo interior, en torno al cual se aglomeran los apartamentos, es estrecho y tan desangelado como la empinada escalerilla que conduce a las habitaciones. Harta de los visitantes, una vecina que arrastra pesadamente su gordura y su odio a la vida, nos echa de imprecaciones. Un gato maúlla en alguna parte. Es imposible no tener la sensación de que algún asesino devorado por inquietudes metafísicas anda suelto por los alrededores.
La casa museo de Dostoievski insiste en que, contrariamente a la leyenda, el autor de El doble estaba lejos de ser una persona sombría y amargada. Le gustaba jugar con los niños y les inventaba y les leía historias. Y les mostraba su colección de fotografías de escritores y artistas famosos, que, ahora, se exhiben en el cuarto donde Anna almacenaba los libros que vendía. La mayoría de las fotos son de escritores rusos. Entre los europeos, figuran un Quijote eslavizado, unos libros de Charles Fourier y de Hoffman y unas efigies de Victor Hugo joven y de George Sand, escritora que, por un sorprendente malentendido, llegó a ser inmensamente popular entre los jóvenes liberales rusos de la generación de Dostoievski, no tanto como escritora de novelas, sino como ideóloga progresista y luchadora social. Aquí se pueden ver, por fragmentos de la correspondencia, las opiniones que merecieron al dueño de casa algunas ciudades de la Europa occidental durante los viajes que hizo por ellas. La más inesperada: que París era una ciudad aburridísima donde no había nada que hacer.
Después de esta peregrinación dostoievskiana es poco menos que obligatorio que termine el día en el Teatro Mariinsky, viendo una ópera adaptada de El jugador, con libreto y música de Sergei Prokofiev. Aunque la historia y los personajes son los mismos, lo que ocurre en el escenario tiene poco que ver con la novela de Dostoievski, por lo menos lo que de ella recuerdo, pues abundan las situaciones farsescas, los enredos y las caricaturas y el drama se disuelve entre sonrisas. Pero la música es espléndida, las voces magníficas, la orquesta de primera y el vertiginoso barroquismo del local calza como un guante con el espectáculo. Lo único dostoievskiano de la noche es el conductor de la orquesta, Valeri Gergiev, con sus ojos enloquecidos y su gesticulación que pasa de lo templado a lo convulso, de la delicadeza a la brutalidad, del sobresalto al éxtasis, sin transición, dando protagonismo a todos los instrumentos y manteniendo a espectadores, músicos, cantantes (y hasta acomodadores) en un estado de pasmo e inseguridad frenética. La última vez que vi a Gergiev, en Salzburgo, llevaba unos pelos largos y una barba de varios días; ahora, tiene los ralos cabellos bien cortados y se rasura, pero sigue siendo, a la hora de dirigir la orquesta, un poseído, que va siempre más allá de la partitura, un ser ctónico, conectado con las profundidades inquietantes del abismo humano, capaz de convertir un concierto o una ópera en una ceremonia genial y aterradora. Alguien que lo conoce me aseguró que el resto del día es un ser normalísimo, que le gusta empujarse, en los dos restaurantes que posee en San Petersburgo, unos salmones blancos de chuparse los dedos.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2010. © Mario Vargas Llosa, 2010.

PRENSA. "El odio", por Juan Cruz

José Saramago
En "El País":
El odio

JUAN CRUZ 27/06/2010

Cuando el periódico del Vaticano decidió imprimir su artículo teológico contra José Saramago, el autor de El Evangelio según Jesucristo yacía en un ataúd de madera mirando a la nada y al todo al que miran los muertos.
Era una imagen muy tremenda. Los portugueses y españoles que se juntaron en un silencio muy respetuoso desfilaban como si despidieran a un pariente que ellos algunas vez creyeron un amigo imbatible porque ya su naturaleza había protagonizado el milagro de sobrevivir.
Pero ahí estaba; ya su cuerpo, su existencia en la tierra, era pasado, y nada más que pasado. El porvenir de su presencia está ya en los libros, en los recuerdos que regó en tantas comparecencias en los lugares más diversos del mundo entero. Había construido una balsa de piedra por la que hizo desfilar a sus personajes paradójicos y contradictorios, y además se expuso como blanco de muchas causas.
Si solo se hubiera ocupado de la vida..., pero es que también se ocupó de la vida eterna, esa que cree administrar en exclusiva la Iglesia de Roma. Hubiera dicho Saramago: "Con la Iglesia hemos topado". Y vaya que sí topó con la Iglesia. Con la Iglesia de Cavaco, por ejemplo, y con la Iglesia de Ratzinger. No le perdonaron que buscara en Jesucristo el Evangelio que este no escribió, y tampoco le perdonaron que rebuscara en los intersticios raros de ese personaje al que la mitología religiosa colocó en el peor lado de los malvados, Caín.
No le perdonaron; pero ahí estaba, yaciendo sobre la nube ya indolora de la muerte, vaciado de todo lo que el hombre tiene de herida, alejado definitivamente del ruido, ajeno, sin duda, al hecho cierto de que estos lusitanos y estos españoles se hermanaban ante él en un silencio que era un homenaje, una despedida, un abrazo, un emocionado recuerdo.
Claro, yacía siendo ya pasado sus probables contradicciones; en ese momento, para los que estuvieron de acuerdo o en desacuerdo con él, Saramago sobre todo era exactamente un muerto como esos muertos a los que José Hierro rendía tributo como si fueran el símbolo de todos los nombres, de todos los muertos. Así que no había olvido ni rencor ni siquiera desacuerdo: había respeto, ese efluvio que los hombres guardan para silencios así.
Y así estaba aquel ambiente soleado y triste de Lisboa, en las calles había carteles que gritaban "Obrigado, Saramago", y las personas de cualquier condición (y de cualquier idea) paseaban con los libros del Nobel o con algunas de sus frases, y él marchaba hacia la memoria como la hierática presencia de los árboles entre los cuales construyó su infancia.
Pero el odio no puede callar. Empezó a hervir hace años, en su propio país; y en este país también germinó; lo que dijo, contra esto y aquello, como Unamuno, hirió conciencias; y no hubo tregua. Y al final uno hubiera entendido que no hubiera tregua entre los que cultivan el odio como una planta propia y transferible. Pero quién hubiera imaginado que la Iglesia que se dice de los cristianos lanzara su piedra contra el estanque quieto del muerto. Pues lo hizo. Ahí estaba el periódico del Vaticano vomitando esa bilis. Que Dios los coja confesados.

jcruz@elpais.es

PRENSA. 28 junio 2010

En "El País":

1. Pulso por el libro en la Red. Por Javier Rodríguez Marcos y Jesús Ruiz Mantilla. Editores, agentes y autores internacionales se posicionan ante los nuevos soportes electrónicos - Los escritores de éxito no se conforman ya con el 25% de las ventas.

2. La burbuja deportiva también existe. Reportaje de Luis Gómez. Los Juegos Olímpicos y los Mundiales de fútbol aumentan el déficit público en los países organizadores - Cada vez son mayores las dudas acerca de su rentabilidad económica.

3. Fallida enseñanza en valores. Reportaje de Carlos Carabaña. Educación para la Ciudadanía se ha quedado reducida a una 'maría'.

4. La insobornable verdad. Artículo de Gregorio Marañón, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
La Transición no es un pacto del olvido sino un pacto hecho desde el recuerdo de las dos Españas. El 14 de abril no precisó otra fecha del pasado para asentar su legitimidad. Tampoco lo precisa la democracia de 1977.

domingo, 27 de junio de 2010

ARTE. PINTURA. "La muerte de Marat" (1793), de Jacques-Louis David (1748-1825)

IES "MAIMÓNIDES".Trabajo de Proyecto Integrado de 1º bachillerato A: María López

Trabajo realizado por la alumna de 1º de bachillerato A, en Proyecto Integrado:

Y entonces, la dureza camuflada en dulzura de sus ojos, buscó y encontró el brillo desconsolador de la desesperanza en los míos…
Suspiro. Silencio. Miedo…Es de noche, una noche en la que el brillo de la luna ilumina las solitarias calles acompañado del resplandor de miles de pequeñas estrellas. Otra noche en la que mi mente no para de mirar hacia atrás e intenta anclar el tiempo en el pasado. Aún no sé cuándo fue la última vez en la que los recuerdos eran pasajeros y no intentaban dejarme estancada, sin dejarme averiguar un motivo, mi motivo, por el cual alzo los párpados todas las mañanas. Tal vez mi búsqueda no tenga final, tal vez sí o tal vez esté tan destrozada que mis fuerzas sean nulas para verlo, aunque mis ojos lo encuentren exactamente en frente de ellos. No sé cuál es el motivo de estas palabras, supongo que es un intento de mi dolor para engañarse a sí mismo, creyendo que así se hará cada vez más pequeñito… Puedo oír las gotas de lluvia rebotar en los tejados y ventanas; es muy tranquilizador… aunque hace que el vacío de mi interior aumente al mismo tiempo que aumenta el sentimiento de continua soledad. El ruido que antes siempre rondaba por casa se ha desvanecido. Los pasillos se han convertido en caminos eternos. Las habitaciones añoran el cálido calor humano. Las plantas han abandonado sus pétalos y mi cama tiene el tacto como si de hielo se tratara.
Suspiro. Silencio. Miedo… Estoy sola, no hay nadie en casa, ya no.
-Vamos, despierta. Ha llegado la hora.
Había llegado la hora. Había que irse de allí. Había que abandonar mi hogar, había que abandonar todos los momentos vividos, había que abandonar a mi familia, había que abandonarlo todo… Algo demasiado duro para una niña que apenas había empezado a darse cuenta de la realidad, pero se respiraba tanto miedo… y, sin embargo, era más raro tener miedo que no estar ya acostumbrada a él. Al fin y al cabo, vivíamos con un continuo ruido ensordecedor proveniente de unos aviones que destrozaba las calles y hacía que muchas personas cayeran desplomadas al suelo observándose dolor en sus alzados ojos. Cada vez que el hombre de la torre del barrio más alto del pueblo enseñaba su pañuelo blanco, todo el mundo se metía en sus correspondientes hogares e intentaba refugiarse debajo de la cama o de cualquier objeto que tuviera algo parecido a un techo. Siempre preguntaba qué era el causante del ruido ensordecedor; mamá nunca contestaba.
Había llegado la hora. Sí, tal vez era demasiado pequeña para entender por qué desde hacía un tiempo no podía salir a pasear, por qué a mamá y a papá las lágrimas le caían continuamente, y por qué al que solía llamar “Tete” tardaba tanto en regresar a casa. Había llegado la temida hora, tenía que irme. Era la voluntad de papá.
Me dijeron que tenía que abandonar mi hogar porque habían encontrado un colegio mucho mejor preparado y con más posibilidades para seguir desarrollándome en un futuro, afirmando que allí sería más feliz. Pero solo era pequeña, no era una ignorante.
Una de las muchas noches de lluvia en las que mamá no paraba de llorar y gritar, escuché cómo papá estaba temeroso ante la nueva llegada de los moros a España. Y yo, aun siendo todavía pequeña, sabía el porqué de tanto miedo y tanto dolor hacia ellos. Pasó una noche en la que, mientras que yo disfrutaba con la música de la guitarra de Tete, papá entró en nuestra habitación y con desesperación y sin dar explicaciones nos sacó por la puerta de atrás lo más rápido que pudo. Y en un angustioso intento por encontrar a mamá, giré la cabeza hacia atrás, hacia casa…; aún me arrepiento de ello. Lo vi. Allí estaba, rodeada por tres hombres. Mientras dos agarraban fuertemente sus débiles piernas y sus blancos brazos, el tercer hombre la desnudaba y le robaba por completo toda su dignidad. Mis ojos rebosaron de lágrimas y mi cara buscó el hombro tranquilizador de papá, en un intento de esconderme y sentirme protegida. Estaba a salvo, estaba en brazos de papá, nada podía ir mal ahora. Empezamos a movernos, nos volvíamos a dirigir a casa, por fin. Entonces empezamos a caminar cada vez más deprisa, y más y más… Extrañada, alcé la cara y pude ver a Tete detrás nuestra correr a gran velocidad. Papá volvió a sumergir mi cabeza en su hombro y, sólo por una fracción de segundo, mis oídos sangraron. Es el sonido más aterrador que jamás he oído. Era el ruido ensordecedor unido a un grito ahogado de papá. Me agarró fuertemente la cabeza para que no pudiera levantarla y cruzamos rápidamente el umbral de casa. Fue la última vez que vi a Tete. Él no hablaba de esto en casa, ella tampoco, por lo que yo no iba a ser menos. Aun así, estaba segura de que mi huida era por ello. Escuché a papá decir cómo muchas más mujeres habían tenido la mala experiencia con los moros al igual que mi frágil madre y esta vez no volverían a por la dignidad de mamá, volverían para llevarse mi dignidad, querían robarla y no devolverla más; y según sus palabras, no estaba dispuesto a soportarlo otra vez, otra vez no…
Pero ya había llegado la hora, y las impertinentes gotas de agua almacenadas en mis ojos buscaban las mejillas sin cesar. Me estaban esperando. No había vuelta atrás. Todo era por mi bien. Me senté en la cama, con la cabeza agachada y una mirada vacía…, estiré mis rodillas y me puse de pie, me dirigí hacia la puerta, agarré el pomo que poseía y me quedé parada, anclada, sin fuerzas…, mi cabeza necesitaba volverse y recordar para poder olvidar… Miré hacia todos lados, echando un leve vistazo a lo que había sido mi refugio durante todos esos años, mi guarida, mi habitación. Las gotas de agua no querían cesar. Debía de ser fuerte, había llegado la hora. Abrí la puerta, y ante mis ojos apareció un pasillo oscuro y eterno por el que fui vagando lentamente. Mis manos rozaban todos los objetos en un intento de despedirme de todo aquello. Era pequeña, no una ignorante. Y sabía que cuando volviera, nada iba a ser igual. Parecía como si a cada paso que diera mis piernas se hicieran más y más pesadas, pero no quedaba tiempo. Debía irme. Por fin pude ver el final de un pasillo eterno envuelto en soledad, y allí estaban esperando las personas que me dieron la vida. Noté su intento por aparentar fuerza y semblante, sólo era una apariencia, los conocía demasiado. Mamá, aguantando las ganas de llorar, repetía sin parar lo bien que iba a estar en ese nuevo colegio y en un nuevo hogar, con nuevas compañeras catalanas y con una educación que, según ella, me haría una persona de bien. Se acabó el tiempo. Una furgoneta llena de niñas de mi misma edad paró justo en frente de casa. Un hombre bajó y me pidió rapidez, pues, según decía, ya llevaba retraso. Me encontraba en medio de ambos, y ambos a la vez se agacharon y me abrazaron con una ternura tan especial… una ternura que nunca jamás había sentido. Mientras, mis ojos se cerraban fuertemente, para que también sintieran mi amor hacia ellos. Pero había llegado la hora, y el miedo y la impotencia recorrieron de arriba abajo todo mi cuerpo; mi mente empezó a nublarse y empecé a darme cuenta de la realidad en la que estaba viviendo, o más bien, intentando sobrevivir. En vano fueron mis gritos y mis peticiones a papá por quedarme junto a ellos. Ya le dije que seríamos fuertes si estábamos los tres y nada podrían hacerme ni a mí ni a mamá si nos encontrábamos en sus brazos, pero no quisieron escucharme. La mano de papá, que ahora estaba en mi espalda, levemente me empujó hacia lo que se convertiría en mi infierno, pero no podía echarme atrás.
Era demasiado tarde. Una pierna intentó avanzar, y aunque parecía que su compañera no quería seguirla, finalmente comencé a correr hacia la furgoneta llorando de dolor, rabia e impotencia. Podía oír cómo mamá gritaba algo desde el umbral, pero no la oía, no quería oírla, no podía mirar hacia atrás, no podía mirarles a la cara, era demasiado duro. Secándome las lágrimas me paré en frente de la puerta de la furgoneta, la cual se abrió ante mí al mismo tiempo que aparecieron ocho niñas que tampoco parecían muy felices de encontrarse allí. Y allí estaba yo, con recuerdos inundándome la mente, sentada entre almas desconocidas con la cabeza agachada y una mirada vacía…
Reinaba un silencio absoluto, ninguna de aquellas niñas pronunciaba ninguna palabra. No parecían muy vivaces. Yo, siempre con mi cabeza agachada, solo le daba vueltas a una especie de maletita que mamá me regaló unos años atrás, con las llaves de casa, fotos de la familia y todas esas pequeñas cosas que para mí eran importantes.
De repente, la furgoneta paró en seco. Alcé la cabeza y pude oír el gemido de una bestia, un gemido que me resultaba bastante familiar. El hombre poco amable que conducía la furgoneta abrió la puerta y, por un momento, las ganas de sonreír que recorrieron mi ser fueron inmensas. ¡Eran mamá y papá! Cada uno subido en aquellas potras que tanto me gustaban. Llena de emoción bajé de un salto la furgoneta y los abracé con la misma ternura que minutos antes ellos me habían proporcionado. Me dijeron que no podían dejarme sola tan pequeña. La verdad es que pensaba que volvían para llevarme de nuevo a casa, pero, muy a mi pesar, no era así. Venían conmigo hasta Cataluña, pues no era la única que corría peligro. Pero ahora no me importaba si tenía que abandonar mi hogar. Ellos se encontraban a mi lado. Al fin y al cabo mi hogar estaba donde se encontrara su cariño. Así pues, con mi cuerpo envuelto en alegría, me subí a la yegua en la que se encontraba papá.
Un tren nos esperaba en Pozoblanco; al parecer no éramos los únicos que debíamos abandonar el pueblo, no éramos los únicos con miedo a aquellos hombres. No se me hizo un camino largo, tampoco hay mucho que contar de ese trayecto. Sólo recuerdo como…
-¡Volverse para atrás! ¡Nos vamos a comer esos huevos fritos!
Un camión lleno de militantes y soldados, con las manos hacia arriba y bailando como si de una fiesta se tratara, no paraban de gritarlo en tono burlón. Esto hacía que a mamá le aumentara la angustia, si es que se podía aumentar aún más.
No hicimos ninguna parada en el camino, las bestias y yo estábamos agotadas, sedientas, hambrientas. Pero no había tiempo que perder, mientras antes saliéramos de aquel infierno en el que seguía sin cesar el ruido ensordecedor, antes podríamos volver a ser una familia feliz.
Por fin llegamos. A lo lejos observamos cómo el hermano de papá se encontraba allí para recoger nuestras bestias y mientras que papá se las acercaba, mamá y yo nos dirigimos hacia el tren. Aún recuerdo aquel tren, era muy diferente a los que estamos acostumbrados a ver ahora. Era un tren de carbón, de vagones cerrados, negro como el color de su combustible. Un hombre fue pasando por todos nosotros con un saco en el que nos obligó a meter todos los objetos que lleváramos encima. Me obligó a meter en el saco mi querida maletita, yo no quería dejarla en manos desconocidas, pero mamá me la arrebató de las manos y la echó. Fue la última vez que la tuve en mi posesión, y con ella se perdió todo lo que para mí era importante.
Papá regresó con nosotras y subimos a aquel tren. No recuerdo cuánto duró el trayecto, ni siquiera si pasó algo que debiera recordar. El cansancio se apoderó de mi cuerpo y caí rendida en los asientos, quedándome dormida durante todo el camino.
-Vamos, cielo, debemos parar aquí.
Nunca podré olvidar la voz de mamá. Cómo olvidar una voz tan dulce, tan suave…


Estábamos en Valencia. Jamás he visto a tanta gente reunida en un mismo sitio, y lo peor era que todos estábamos reunidos por el mismo motivo. Los agentes que allí se encontraban nos dijeron que debido a las numerosas embarcaciones de refugiados del día anterior, debíamos esperar hasta que supieran nuestro paradero. Fueron dos largas horas las que estuvimos allí esperando hasta que nuestro camino se reanudara. Menos mal que nos trataron muy bien y que gracias a la comida y la bebida con la que nos obsequiaron, mis tripas dejaron de rugir, porque, sinceramente, parecía que nunca iban a dejar de hacerlo.
Por un momento, y solo por un momento, me paré a observar a las familias de mi alrededor. El sentimiento que me inundó en ese momento es imposible de explicar. Eran cientos de familias, incluida la mía, sentadas en el suelo de una gran estación, comiendo al unísono un trozo de pan, con una mirada perdida y con una expresión en sus rostros de tal tristeza que hacía que hasta la flor más alegre y vivaz se marchitase. Pasaron lentamente esas dos horas y volvimos a subir al tren, nuestro viaje hacia Cataluña se reanudaba, nuestro destino era la estación de Cambrils, Tarragona.


Estábamos en Cambrils. Primeramente, de la estación nos colocaron en el “Hospital de Sangre”. Allí estuvimos diez días hasta que terminaron de hacer la distribución de todas esas tantísimas personas llenas de miedo y miseria. Pasados esos días, por fin, teníamos un destino claro. A mi familia y a mí, junto con otras sesenta y seis personas, nos mandaron a un convento en Ruidón, en la provincia de Tarragona. No tardamos mucho en llegar hasta él, estaba bastante cerca de la estación. Era bastante grande, de colores apagados. Se trataba de un sitio muy sombrío, en el que la ausencia de ventanas hacía que la luz que entraba fuese tenue y no muy abundante, lo que hacía que se agravara aún más la sobriedad del lugar. Sinceramente, no me sorprendió nada que fuese de esa manera.
En el convento no había frailes, ni tampoco había monjas, solo muchos refugiados en compañía de sus pequeños. Cada familia de refugiados disponíamos de una habitación particular y los milicianos se encargaban de proporcionarnos comida todos los días; incluso el alcalde de aquel lugar iba de vez en cuando a visitarnos para asegurarse de que a los pobres refugiados, como él nos llamaba, no nos faltase absolutamente de nada. A mí no me caía bien, tenía una personalidad caracterizada por el egocentrismo y por consiguiente, por el egoísmo. No nos proporcionaba todas aquellas cosas por caridad o bondad, sino por puro beneficio propio. Se decía que para aumentar su prestigio y seguir así ganando dinero a costa nuestra. Pero no nos quedaba de otra, si queríamos comer, por mínimo que fuera lo que nos llevábamos a la boca, deberíamos de seguirle su intento de simpatía y aparentar respeto hacia él.
Empezó a partir de ahí el año que marcó mi vida. El año en el que por primera vez empecé a ir al colegio. El año en el que, a raíz del colegio, intentaron cambiar mi mente y toda mi ideología, queriendo convertirme en una ciega católica sin más motivos para vivir que Dios y su hijo “El Caudillo”. El año en el que perdí a papá y mis ganas por encontrarle sentido a mi vida…
Fue el primer año que fui a la escuela. Las ganas por aprender cada día eran mayores y el mundo de los números y las letras me fascinaba. En vez de ponerme a jugar como haría una niña de mi edad, a mí me apetecía más pasar horas y horas sentada donde fuese con un pequeño trozo de papel y un lápiz en la mano, haciendo garabatos y repitiéndolos una y otra vez hasta que saliera algo parecido a una letra. En el colegio éramos todo niñas y teníamos que ir vestidas con el uniforme que nos habían encomendado; yo lo odiaba. La verdad, nunca entenderé el afán de los profesores por intentar que creyéramos en la bondad del que actualmente reinaba España, ni ese afán tan exagerado por la Iglesia Católica. No me consideraba hija de Dios y en las calles se observaba todo lo contrario a lo que nos intentaban inculcar sobre las actuaciones y la política de El Caudillo; sin embargo, ya había sido testigo de lo que ocurría si lo que pasaba por mi mente lo soltaba abiertamente y mis manos ya tenían demasiadas heridas.
Aún recuerdo algunos fragmentos del catecismo patriótico español que hacían que todas las niñas que formábamos una clase nos aprendiéramos y repitiéramos todos los días de ese único año que asistí al colegio. Prácticamente se basaban en el desprecio a la democracia y al bolchevismo, amor a la patria, al cristianismo y, por consiguiente, al Caudillo.

-¿Cómo debemos amar a nuestra patria?


Debemos amar a nuestra Patria con un amor superior al amor de todas las cosas de este mundo, más que nuestra vida y más que a nuestros padres, con un amor solo inferior al amor que a Dios debemos; y debemos amarla como ella es, con su tradición, con su historia, con sus instituciones, prefiriendo siempre lo español al extranjero en igual de circunstancia.

O también…

-¿Cómo se ha formado el espíritu del pueblo español?


El espíritu del pueblo español se ha formado en los amplios moldes del catolicismo, con los ideales supremos de una catolicidad imperial que es la que ha civilizado al mundo.

Yo solo las repetía, pero solo eso. Sólo sonidos vocálicos que salían de mi boca sin sentido alguno.
También fue el primer año que empecé a relacionarme con otras personas que no fueran papá o mamá. Había cientos de compañeras en la escuela, pero de todas esas compañeras, solo encontré a una verdadera amiga, Elena.
Elena era un poco más esbelta que yo, su piel era blanca como la nieve, de pelo negro, brillante y rizado, que podía vérsele caer sobre su espalda. Tenía una voz fina y suave que agradaba escuchar acompañada de unos labios tan pequeños a la misma vez que gruesos que encandilaban a todos. Pero sin lugar a dudas, lo más bonito físicamente de ella eran sus ojos. Siempre recordaré la intensidad y la dulzura de esos grandes ojos azules del mismo color del cielo, los cuales hacían que muriera de envidia cada vez que se encontraban nuestras miradas.
Se caracterizaba por ser una persona muy simpática y sociable a la que la mayoría del colegio conocía y yo me sentía orgullosa de que me hubiera elegido precisamente a mí, siendo tan diferente a ella, como su mejor compañera. Siempre me preguntaba qué es lo que vio en mí, creo que seguiré preguntándomelo y nunca encontraré la respuesta.
Me encantaba pasar las mañanas con ella; antes de entrar, nos sentábamos en un parque que había al lado, intentábamos mejorar nuestra forma de escribir y repasábamos las lecciones para así saberlas bien y no nos pudieran regañar en clase. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención de ella era el odio y la seguridad con la que repetía las preguntas del catolicismo que teníamos que aprendernos. Ella sí que creía todo lo que en ellos se decía, amaba a su patria y le importaba la lealtad más que cualquier otra cosa en el mundo.
Sonriendo, con un gran semblante, y con la cabeza alta, Elena se disponía a contestar:

-¿Qué es la democracia, Pérez?


¡La democracia es la compañera inseparable del liberalismo, la cual propaga a los que reconoce como irregulares, sean sabios o ignorantes, honrados o criminales, y una vez constituido el Estado con esa base falsa, ya no reconoce derechos superiores o anteriores a él; ni en la sociedad ni en los individuos, que para él no vale más que por el voto que puedan darle o retirarle!

Por ello me resultaba tan difícil creer que yo pudiera ser su mejor amiga. Ella sabía que a mí no me agradaban, ni si quiera les daba importancia a lo que en las lecciones se decía; Elena solamente intentaba hacerme ver su punto de vista y muchas veces me calificaba como hereje, aunque, afortunadamente, solo se quedaba en una calificación.
Y entonces, que parecía que por una vez en todo lo que llevaba vivido la vida se tornaba de un color menos gris y empezaba a sonreírme, ocurrió. Nunca pensé que podría ocurrir algo así, pero sí. Ocurrió.
- Pérez, ¿han quedado reducidos esos enemigos con la Gran Cruzada?
-¡No profesora! Con la Gran Cruzada esos enemigos han quedado vencidos pero no aniquilados; y ahora, como sabandijas ponzoñosas, escóndense en mechinales inmundos para seguir desde las sombras arrojando su baba y envenenando el ambiente, o atraer incautos…

-Señorita Pérez, un momento. Gracias. ¿Se encuentra presente la señorita Fernández? Me informan de que debe abandonar inmediatamente el aula. Le esperan en secretaría, recoja sus cosas, es urgente.
Elena me miró extrañada, esperando una explicación al motivo de mi llamada, pero yo estaba tan confundida como ella, o incluso más. Desesperada me levanté del asiento, ni siquiera sé cómo pude meter todas las cosas en la mochila, pues las manos me temblaban tanto, que más que manos parecían gelatina. Terminé y me fui corriendo de allí. Bajé las escaleras a toda prisa, el corazón me latía tan fuerte que podía incluso oír sus latidos y, a la velocidad que llevaba, parecía que las piernas iban a enredarse de un momento a otro. El final de las escaleras se acercaba, y a lo lejos ya podía ver el letrero de secretaría. Seguí corriendo y pude distinguir una silueta dentro de la habitación. Era mamá. ¿Qué hacía allí? El reconocerla hizo que se acelerara aún más mis pulsaciones y que acelerara el paso. Por fin llegué. Estaba de espaldas y al notar mi presencia se rodeó. Su tez estaba tan blanca cual pared y sus manos temblaban mucho más que lo hacían las mías. Solo pronunció una palabra.
-Vámonos.
No quise decir nada. La conocía bastante bien y sabía qué momento era el adecuado para pedir explicaciones de todo lo que estaba pasando.
Salimos del colegio, no entendía nada, mi mente estaba tan nublada que ni siquiera mis pensamientos eran claros. Habían interrumpido a Elena cuando estaba recitando el catecismo, me habían hecho un llamamiento urgente, había salido de allí a toda prisa encontrándome con un alma en pena y ahora estaba andando rápidamente hacia un coche que conducía un hombre que no había visto en mi vida. Subimos a aquel coche, encontrando ahora el momento perfecto para pedir explicaciones; pero no hizo falta que yo las pidiera, mamá también sabía el momento adecuado.
Infarto. Había muerto. Papá había muerto. Nos había abandonado.
No supe muy bien cómo aceptar esas duras palabras que salieron destrozándome el alma en boca de mamá. Por mi mente pasaron tantas cosas a la vez…, recuerdos, palabras, experiencias, caricias, vivencias… Quería decirle algo a mamá, decirle que estábamos juntas, que no temiera, pero era yo la que temía y ni tenía fuerzas ni sabía cuál era la palabra adecuada en ese momento. Mis ojos se quedaron mirando un punto fijo, inmersos en lágrimas que brotaban sin cesar, mientras el coche se dirigía a alguna parte envuelto en un silencio absoluto. En esos momentos sentí miedo, mucho miedo. Ya no estaba papá, y el único sitio en el que podía refugiarme eran sus brazos… Si ya no estaba él, no podía sentirme segura, no había lugar más seguro que el cálido calor de los brazos de papá. Esos brazos fuertes que me agarraban con tanta seguridad y con tanto sentimiento...
Mi vida, desde el principio de sus días había sido un vaivén y ahora, más que nunca, me encontraba sola. Debía volver a mis orígenes, sola. Mamá esta vez no me acompañaría. Me dijo que primero debía marchar yo, no había tiempo y ni siquiera me dio la oportunidad de despedirme de la primera persona a la que pude llamar amiga. Me dijo que después de un tiempo ella iría en mi busca, lo había prometido. Pero de nada sirve prometer en vano. Era pequeña, no era una ignorante, y según la manera en como me lo había dicho, sabía que sería la última vez en la que vería su frágil rostro.
El coche terminó su trayecto, y allí estaba de nuevo, al igual que un año antes, en la estación de Cambrils. Esta vez podía darme cuenta de lo grande que era, ya que la estación se encontraba desierta. Mi destino volvía hacia el lugar que tanto daño me había hecho a mí y a mi familia. Quería imaginarme cómo me encontraría mi viejo hogar y las calles del pueblo que me había visto crecer, pero podían haber pasado tantas cosas…y seguramente el ruido ensordecedor y los hombres que iban armados disparando a inocentes sin control no habrían dejado intacto nada.
Bajé del coche sin más compañía que mi soledad y esperé a poder subirme al tren, mientras que observaba cómo el coche en el que se encontraba la única persona por la que aún podía encontrarle un sentido a mi vida, se marchaba sin más; como si fuera una absoluta desconocida con prisa por marchar.
No sé cuánto duró el trayecto, no sé cuánto debía durar ni sé cuánto puede tardar la vida en sonreírme por segunda vez; lo que sí sé es que éste no es el pueblo en el que había pasado mi infancia.

Cuando bajé del tren, una furgoneta me esperaba para llevarme de camino a casa. Si hubiera sabido lo que vi al bajar, no hubiera pensado dos veces en quedarme allí o en algún otro sitio que no hubiera causado tanto dolor en mis ojos. Llegué y parecía que mi mundo se hundía; empecé a vagar lentamente por las calles como si se tratara de un espejismo. Todo había cambiado. No quedaba ninguna casa que no hubiera sido saqueada, las calles estaban destrozadas, las paredes desgarradas y llenas de impacto de bala, ventanas rotas, nadie paseaba por las aceras y dudo que alguien ni siquiera supiera quién era. Parecía como si el paisaje hablara y me estuviera contando el dolor que se había respirado durante ese tiempo en el que me había ausentado. Pero en mi cabeza solo había una cosa, una inquietud, un deseo. Mi hogar. No me paré en ningún otro sitio, solo quería encontrarlo; sabía que no me iba a gustar lo que iba a ver, pero la esperanza de poder sonreír al enfrentarme con mis recuerdos me llevaba sin necesidad de realizar un esfuerzo por mover mis piernas.
Iba caminando al son de mis lágrimas, la ausencia de cariño se había apoderado de mí. Seguí caminando hasta que me encontré justo en frente de casa… No había nada, se lo habían llevado todo y ni siquiera tenía la maletita con las fotos para poder volver a llenarlo con nuestros recuerdos. Ni un mueble, ni una cama; solo habían dejado sensación de antigüedad y de sobriedad. Las habitaciones eran cubos solitarios y se sentía tanto frío…
Estoy sola, no hay nadie en casa, ya no.

Ya hace mucho que pasó esto. Ahora no soy pequeña, ni tampoco ignorante. A pesar de todo, sigo aquí, no he abandonado mi hogar, y lo he llenado con lo mínimo que necesito para sobrevivir. El dolor en las calles no ha cesado, y la gente que habita en España, si quiere seguir viva, no puede expresar lo que realmente piensa, si es que eso que piensa es contrario a lo que de pequeña intentaron inculcarme en vano. Después de haber contado todo, sigo sin saber cuál es el fin de mi búsqueda y sigo sin saber cuánto pasará hasta que la vida me dé una segunda oportunidad de ser feliz.
Es de noche, y a mi lado tengo una carta que me llegó hace unos días, es de Elena, no me atrevo a abrirla. Aún pienso en ella, siempre he pensado en ella y en todo lo que seguramente le dolió que ni siquiera tuviera un minuto para decirle adiós, que desapareciera de la noche a la mañana, dejando de lado una amistad que poco a poco se iba consolidando. La lealtad… algo tan importante para ella, no me lo perdonaría nunca y menos sabiendo que repetía todo ese catecismo por pura obligación, sin estar de acuerdo con él ni interesarme nada en lo que en él estuviera escrito.
No voy a abrirla.


Algo me ha interrumpido el sueño, hay algo que oí hace un rato en las habitaciones de abajo, pero me he quedado en blanco durante mucho tiempo y me he puesto a escribir todo lo que he vivido, sí, sigo sin saber por qué.
He vuelto a oírlo y creo que voy a bajar a ver de qué se trata. Mientras voy bajando las escaleras sigo oyéndolo, es un ruido extraño… Es como si alguien estuviera revolviendo y tirando al suelo todos los objetos que se encuentran en alguna habitación. Mis pulsaciones aumentan. Me encuentro en la sala de estar, noto detrás una presencia, y puedo ver una sombra reflejada en la pared delante de mis ojos. La presencia ha comenzado a hablarme…
-España Una quiere decir que la personalidad moral de España, sólida y compacta en su cuerpo y en su espíritu, es una entidad vital subsistente e indivisible, y que atentar contra esta unidad con cualquier género de separatismo es delito de alta traición.
Me he girado. Es ella. Está vestida con un traje de militar y está apuntándome a la cara con una enorme y desgarradora escopeta. No sé qué hacer, no sé qué decir…; hay veces en las que las comisuras de tus labios parecen pesar demasiado, veces en las que te encantaría poder enfrentarte a una realidad que te oprime y destruye sin miedo a perecer en una oscura, débil y cruel soledad. Inquietud por sentir el roce de una cálida mano sobre tus mejillas haciendo más fuertes los latidos de tu corazón. Deseos de dejar caer los párpados y no hacer nada por volver a levantarlos hasta no sentir un rayo de luz en tu piel…, hasta encontrar un motivo por el que tus ojos brillen de alegría borrando un brillo cristalizador compañero del dolor y enemigo de la felicidad…

Había llegado la hora. Había llegado mi hora. Y entonces, la dureza camuflada en dulzura de sus ojos buscó y encontró el brillo desconsolador de la desesperanza en los míos.


El documento que viene a continuación se titula Villaviciosa .Es un poema escrito por un hombre de mi pueblo, conocido como "Francisco, el alfarero", que realizó después de volver de su huida a Cataluña. Me pareció bastante interesante y mi historia se basa en ello.

El 18 de julio, Queipo y Franco provocó
Un sangriento movimiento por toda nuestra nación.
¿Andalucía de mi vida, cuándo te verán mis ojos?
Allí se quedó mi pueblo en poder de los facciosos.

Andalucía de mi vida en Cataluña me encuentro,
No pierdo la esperanza porque el triunfo ha de ser nuestro.
Siendo tú Villaviciosa, siendo tú un pueblo tan rico,
Y ahora está arruinado por causa de esos malditos.

Viendo ellos que no podían romper el frente del Muriano,
Dieron la vuelta a Posadas y su intento lograron.
Siete horas de combate les costó tomar el pueblo,
Más de setecientas bajas de moritos se lo hicieron.
Parecían grupos de ovejas por el monte “los rinfeños”
Con sus chilabas tirando por lo alto de sus muertos.

Ya otro día por la mañana, cuando tomaron el pueblo,
Cayó Tomás de la Torre muy malherido en el suelo.
Entre cuatro compañeros lo retiraron de allí
Y en Espiel con un coche lo llevaron a Madrid.
Al entrar en el hospital le practicaron la cura
Y le faltó poca cosa pa´ser su muerte segura.

Estando ya en Pozoblanco recibimos la noticia
De que a Tomás de la Torre lo han herido los fascistas.
Todos lo sentimos mucho al enterarnos de esto
Porque era un buen militante por todos sus compañeros.

El recorrido que hicimos de Pozoblanco a Valencia,
Veníamos como animales embarcados en bateas.
Cuando llegamos allí, nos dicen que no se cabe
Por los muchos refugiados que han llegado el día de antes.
Allí estuvimos dos horas, nos obsequiaron muy bien,
Nos ponen un “trin cubierto” como así debía de ser.

Y al entrar en Cataluña, en todas las estaciones,
Salían a darnos regalos las mujeres y los hombres.
En la estación de Cambrils fue donde desembarcamos,
Y en el Hospital de Sangre a todos nos colocaron.
Allí estuvimos diez días hasta que nos repusieron
Y hecha la distribución de tantísimas personas,
A mí me tocó a Ruidón, provincia de Tarragona.

Llegamos allí de noche y estaba el comité esperándonos,
Nos dicen de esta manera: ¡No apurarse refugiados!
No os hará falta nada decían los milicianos,
porque ese es nuestro deber, que todos somos hermanos.

Nos pusieron la comida a sesenta y seis personas,
Sus camas correspondientes, todas con muy buenas ropas.
Cuando el alcalde llegó, le ordenó a los milicianos
Que no hiciera falta nada a los pobres refugiados.

CUENTO. Microrrelatos de Augusto Monterroso (1921-2003) y José de la Colina (Santander, 1934)


1. Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
                                        El dinosaurio. Augusto Monterroso

2. Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio”.
-Ah, es una delicia – me respondió – ; ya estoy leyéndolo.
                                      La culta dama. José de la Colina

3. EURÍDICE
Habiendo perdido a Eurídice, Orfeo la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:
-Te devuelvo a tu esposa, pero sólo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella te sigue y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.
Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos...
Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los Dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.
Y entonces con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa volvió el rostro y miró a Eurídice.

POESÍA. "Bilbao", de Blas de Otero

Blas de Otero
Bilbao

Yo, cuando era joven,
te ataqué violentamente,
te demacré el rostro,
porque en verdad no eras digna de mi palabra,
sino para insultarte,
ciudad donde nací, turbio regazo
de mi niñez, húmeda de lluvia
y ahumada de curas,
esta noche,
no puedo dormir, y pienso en tus tejados,
me asalta el tiempo huido entre tus calles,
y te llamo desoladamente desde Madrid,
porque sólo tú sostienes mi mirada,
das sentido a mis pasos
sobre la tierra:
recuerdo que en París aún me ahogaba tu cielo
de ceniza,
luego alcancé Moscú como un gagarin de la guerra fría,
y el resplandor de tus fábricas
iluminó súbitamente las murallas del Kremlin,
y cuando bajé a Shanghai sus muelles se llenaban de barcos del
[Nervión
y volé a La Habana y recorrí la Isla
ladeando un poco la frente,
porque tenía necesidad de recordarte y no perderme
en medio de la Revolución,
ciudad de monte y piedra, con la mejilla manchada por la
[la más burda hipocresía
ciudad donde, muy lejos, muy lejano,
se escucha el día de la venganza alzándose con una rosa
[blanca junto al cuerpo de Martí.
                                              Hojas de Madrid, 1968-1979

PRENSA CULTURAL. "Babelia": "Pasiones de Monsiváis", por Carlos Fuentes

Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938-2010), fotografiado en 2008 en Casa de América, en Madrid.- ULY MARTÍN ("El País")


En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Pasiones de Monsiváis


CARLOS FUENTES 26/06/2010

"Ingenio rápido, cultura profunda, mirada penetrante, referencia oportuna, melancolía escondida, regocijo siempre". De esta forma describe Carlos Fuentes en este artículo a Carlos Monsiváis, fallecido el pasado día 19. El escritor mexicano rememora la estrecha relación que ambos mantuvieron durante décadas, y sus intereses y amigos comunes.

Religiosa, sexual, culturalmente, era excéntrico a las normas de la tradición mexicana. Pero su genio consistió en violar la tradición acrecentándola, dándole nuevos caminos a nuestra vida religiosa, sexual, cultural.
Lo había oído, siendo niño Monsiváis, en el programa de Los niños catedráticos. Lo conocí más tarde. Yo estudiaba en la Facultad de Derecho en San Ildefonso. Monsiváis y José Emilio Pacheco eran alumnos de la vecina Preparatoria Nacional. Ambos se acercaron, por ese proceso de imantación que llamamos "simpatía", a los alumnos de jurisprudencia que publicábamos, amparados por el maestro Mario de la Cueva, la revista Medio Siglo. Allí aparecieron, si no me equivoco, textos primeros de Monsiváis y Pacheco. Los unía a nosotros la amistad compartida con Sergio Pitol quien (como yo, más que yo) se acomodaba mal a los estudios y prácticas juristas.
Monsiváis, en cambio, tenía clara la visión de sí mismo. Podíamos, él y yo, parearnos en literaturas contemporáneas. Pero Monsiváis tenía un conocimiento asombroso de la poesía mexicana de los siglos diecinueve y veinte. Competía con Gabriel García Márquez en recitar de memoria a los poetas grandes y pequeños. Añado "pequeños" no por insignificantes, sino porque formaban parte del vasto mundo del acontecer cotidiano, cuyo porvenir desconocemos. Acaso por una suerte de simpatía a la vez anticipada y, por si acaso, histórica, Monsiváis reunía con inmenso interés y cariño letras de boleros, periódicos antiguos, revistas desaparecidas, caricaturas políticas, monos y monerías. Todo lo que cobró presencia histórica en su personal museo de El Estanquillo.
Me inquietaba siempre la escasa atención que Carlos prestaba a sus dietas. La Coca-Cola era su combustible líquido. No probaba el alcohol. Era vegetariano. Su vestimenta era espontáneamente libre, una declaración más de la antisolemnidad que trajo a la cultura mexicana, pues México es, después de Colombia, el país latinoamericano más adicto a la formalidad en el vestir. Creo que jamás conocí una corbata de Monsiváis, salvo en los albores de nuestra amistad.
Compartimos una pasión por el cine, como si la juventud de este arte mereciera memoria, referencias y cuidados tan grandes como los clásicos más clásicos, y era cierto. La frágil película de nuestras vidas, expuesta a morir en llamaradas o presa del polvo y el olvido, era para Monsiváis un arte importantísimo, único, pues, ¿de qué otra manera, si no en el cine, iban a darnos obras de arte Chaplin y Keaton, Lang y Lubitsch, Hitchcock y Welles? Y no se crea que el "cine de arte" era el único que le interesaba a Carlos. Competía con José Luis Cuevas en su conocimiento del cine mexicano y con el historiador argentino Natalio Botana en películas de los admirables años treinta de Hollywood.
Juntos, presentamos hace un año diez películas que juzgamos las mejores de todos los tiempos -del Amanecer de Murnau a Cantando bajo la lluvia de Kelly y Donen-. Pero enseguida nos dimos cuenta de la injusticia e insuficiencia de tal selección. ¿Dónde quedaban Antonioni y Bergman, Rogers y Astaire, el cine de gánsteres, los westerns que Alfonso Reyes calificaba como "la épica contemporánea"? ¿Y dónde, Juan Orol y Rosa Carmina; dónde las cejas actuantes y activas de María Félix y Dolores del Río; dónde los parlamentos inescrutables de Arturo de Córdoba y la inventiva popular de Clavillazo?
Recuerdo estas pasiones de Monsiváis porque formaban parte de su vasto apetito, su fantástica asimilación de todo, añado, lo que el mundo "oficial" desconocía o desdeñaba. Curioso hasta las cachas de lo que sucedía en el mundo político, Monsiváis separaba muy bien la autenticidad de las apariencias y de éstas se burlaba con un humor que desnudaba a los pomposos, desmentía a los mentirosos y señalaba a los criminales. Creo que nadie, en la sociedad mexicana contemporánea, escapó a la mirada, irónica, solidaria, burlona, camarada, de Carlos Monsiváis. La ridícula respuesta de Vicente Fox a la muerte del escritor lo comprueba.
En 1970, estrené una obra mía, El tuerto es rey, en el teatro An-der-Wien de la capital austriaca. Monsiváis, hilarante, me dijo en el intermedio que había en la sala dos o tres espías del presidente Gustavo Díaz Ordaz porque el mandatario imaginaba que el título se refería a él. Típico error de la presunción política, que causó una risa incontenible cuando se lo conté a la actriz María Casares y al director Jorge Lavelli. Con mi amiga Caroline Pfeiffer, que era representante de gente de teatro y cine, viajamos a Italia y presenciamos la filmación de La muerte en Venecia de Thomas Mann. Dirigía Luchino Visconti y, después de saludarlo, Monsiváis miró al Adriático y prometió no lavarse más la mano. Seguimos a Milán, donde una confusión enredó a Carlos con una manifestación de comunistas, y a París, donde lo invité a vivir en el apartamento que yo ocupaba en la Isla St. Luis. Juntos fuimos, guiados siempre por Caroline, a la casa de campo de Alain Delon, quien nos sentó dos días a ver el Mundial de fútbol en la tele y, de regreso a París, fuimos juntos también a visitar a Pablo Neruda en el hotel del Quai Voltaire.
Neruda estaba en cama, empijamado, fatigado tras asistir al entierro de Elsa Triolet, la mujer de Louis Aragon. La conversación Neruda-Monsiváis fue muy singular.
-¿Cómo se encuentra? -le preguntó Neruda a Monsiváis.
-Sucede que me canso de ser hombre -contestó Carlos.
Al principio, Neruda no registró la cita.
-¿Y qué hace en París? -continuó Pablo.
-Juego todos los días con la mar del universo. -Citó Monsiváis, y Neruda, cayendo en el juego, se rió y decidió continuarlo, hasta la pregunta a Carlos:
-¿Y qué escribe ahora?
-Los versos más tristes.
-¿Cuándo?
-Esta noche.
Ingenio rápido, cultura profunda, mirada penetrante, referencia oportuna, melancolía escondida, regocijo siempre.
¡Qué falta nos harán todas estas características del grande y único Carlos Monsiváis!

PRENSA (2). 27 junio 2010

En suplementos de "El País":

1. Las insumisas de Al Yazira. Reportaje de Marie-Pierre Subtil. Cinco presentadoras de la cadena qatarí dimitieron en mayo, hartas de que les acosaran por su forma de vestir. Parte de la redacción denuncia el rumbo islamista de la dirección. © Le Monde Traducción de News Clips.

2. El inocente y el chulo. Artículo de Elvira Lindo.

3. Testigo del horror. Reportaje de Leila Guerriero. Zimbabue ha pasado en 20 años de ser un modelo de desarrollo en África a convertirse en el país de los corazones rotos. El régimen de Mugabe y una tasa de incidencia del VIH entre las más altas del mundo están dejando una tierra baldía, con gente sin nada que hacer ni que vivir, a la que viajamos en esta última entrega de 'Testigo del horror'.

4. Barcos que se cruzan en la noche. Artículo de Rosa Montero.

5. Fraude, deudas o prodigios. Artículo de Javier Marías sobre la crisis económica española.

PRENSA. ESTAMBUL. Por José María Merino

En El viajero, suplemento turístico de "El País":
Delicias de Estambul


Los puestos de kebab, los mosaicos de San Salvador en Chora y el Bazar de las Especias

JOSÉ MARÍA MERINO - 26/06/2010

En los dos extremos del puente Nuevo de Gálata, que enlaza ambas riberas del Cuerno de Oro antes de que este desemboque en el Bósforo, un numeroso grupo de pescadores de caña, con sedales de varios anzuelos, captura sin cesar pequeños chicharros y algunos mújoles de tamaño respetable. Si a usted le dan envidia, allí mismo puede alquilar una caña y dedicarse a esa actividad, en este caso inmediatamente productiva, porque muchos de estos peces se ofrecen en el mercado de pescado, al lado norte del mismo puente. En el otro lado está Eminönü, con los embarcaderos para el tráfico cotidiano y los recorridos turísticos del propio Cuerno de Oro y del Bósforo.
El puente Nuevo de Gálata une las dos zonas más visitadas de la ciudad: en una orilla, la colina de Beyoglu con la Torre de Gálata, vestigio de la presencia genovesa en el siglo XIV, y el funicular que nos permite ascender a Pera y recorrer un bullicioso mundo de comercios y restaurantes; en la otra, el primer asentamiento de la urbe que fue sucesivamente Bizancio y Constantinopla.
En la parte de Beyoglu, la "zona europea", se encuentran las embajadas, el Instituto Cervantes -todo hay que decirlo- y la famosa calle de Istiklal, que desemboca en la plaza de Taksim. No me atrevo a repetir exactamente la cantidad de gente que, según afirman, recorre esa calle cada día: imaginemos varios cientos de miles de personas, en una zona rodeada de tiendas, restaurantes, tabernas, un antiguo hamman e innumerables lugares de entretenimiento.
En la otra parte está el asentamiento romano -todavía quedan huellas del hipódromo, con sus obeliscos, junto a la Mezquita Azul- y las trazas de la antigua Constantinopla, con la basílica de Santa Sofía como pieza fundamental de un conjunto admirable.
Qué se puede decir a estas alturas de Santa Sofía: según los cronistas, ya Justiniano I, cuando en el año 537 penetró en el templo para inaugurarlo, exclamó: "¡Salomón, te he superado!". Santa Sofía es uno de los monumentos más asombrosos del mundo por su grandeza, la sabiduría técnica con que está construido y la belleza de sus proporciones. Es una lástima que los iconoclastas, en el siglo VIII, destruyesen la inmensa mayoría de sus mosaicos, pero los que quedan dan idea suficiente de lo que debió de ser su deslumbrante interior. Los iconoclastas no llegaron, sin embargo, a otro de los lugares que ningún visitante de Estambul debe dejar de conocer, la antigua iglesia de San Salvador en Chora (Kariye Camii), con una riquísima colección de mosaicos y frescos que relatan la vida de Cristo y de la Virgen.
Pero hablaba de Santa Sofía: muy cerca está la Mezquita Azul, de gran belleza exterior e interior, aunque los cuatro enormes y evidentes pilares que sostienen la cúpula nos indican que la sabia osadía de los arquitectos de Santa Sofía -Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto- no fue alcanzada por sus imitadores otomanos, entre los que destaca Mimar Sinan, que construyó la mezquita de Suleimán el Magnífico, erigida en otra de las colinas de la ciudad.
Muy cerca de Santa Sofía está el legendario palacio de Topkapi, con su harén y sus colecciones. Patios, terrazas, estanques, jardines, edificios esplendorosos donde los baños ya contaban antes del siglo XIX con grifos de agua fría y caliente, colecciones de armas y joyas dignas de Las mil y una noches... En el propio recinto del palacio de Topkapi está el Museo Arqueológico, donde el visitante tiene clara conciencia de encontrarse en un espacio geográfico y cultural fuertemente impregnado de señales del mundo clásico y de la Europa naciente, sin perjuicio del Oriente cercano, y donde puede también constatar la magnificencia de los sultanes, coleccionistas tanto de joyas de valor incalculable como de la necrópolis de Sidón, un conjunto de enormes sarcófagos clásicos, entre ellos el muy bello, aunque apócrifo, de Alejandro Magno. En el mismo museo se encuentra el palacio de los Azulejos, armónico recinto donde en gran parte de la decoración permanece el oro incrustado originariamente.
El suministro de agua de la antigua Constantinopla estaba garantizado mediante numerosos acueductos y cisternas. Accesible al visitante desde la zona de Topkapi y Santa Sofía está el acueducto de Valencio (hoy Bozdogan), edificado en el año 368. El agua de los acueductos iba a depositarse en 31 cisternas, muchas subterráneas y algunas todavía en funcionamiento. La más espectacular es la de Yerebatan, en la plaza de Sultanahmet, cerca de Santa Sofía. Construida por el emperador Justiniano I ampliando otra de Constantino, ocupa un área de alrededor de diez mil metros cuadrados, y su techumbre de sucesivas bóvedas de ladrillo está sostenida por 336 columnas gigantescas -de ocho metros de altura-, bastantes con capiteles jónicos y corintios, algunas marcadas con signos extraños o que tienen como basas, en dos casos, enormes cabezas de Medusa. La sensación onírica que infunde el lugar aumenta cuando vemos en la penumbra las enormes carpas que se mueven en el agua, que ahora ocupa una parte mínima de la capacidad de la cisterna.

Cuatro mil tiendas
En este mismo barrio, abundante también en restaurantes y cafés, hay otros dos lugares que no pueden dejar de visitarse: el Gran Bazar y el Bazar de las Especias. El primero, más de cuatro mil tiendas distribuidas en 65 galerías, fue construido por el conquistador de Constantinopla, Mehmet II. Es, por tanto, un edificio del siglo XV, de muy hermosas proporciones y muy bien trazado. Allí el visitante puede encontrar de todo. Estamos en un tipo de establecimiento que, con indudable aire de medina bien ordenada, fue sin duda precedente de las galerías europeas, desde las milanesas de Vittorio Emanuele hasta las parisienses o bruselesas.
En el Bazar de las Especias ya no hay solamente especias, y desde su interior podemos acceder a la mezquita de Rusten Pasa, construida por Sinan, no muy grande, pero de muy hermosa traza. En el alicatado de esta mezquita se repite a menudo la figura del tulipán, y hay que decir que esa flor, hoy holandesa, procede de Turquía, y que es tan turca que hasta da forma al escudo nacional...
En el siglo XIX, los sultanes otomanos comenzaron a conocer Europa, les pareció que el palacio de Topkapi no estaba a la altura de su categoría, y a partir de 1853 construyeron nuevas residencias. La más famosa es el palacio de Dolmabaçe, donde se entrelaza la influencia barroca con la propia identidad, y donde se conserva el lecho en que, en 1938, murió Mustafá Kemal, "padre de Turquía", con el reloj detenido a las 9.10, momento del óbito. Este y otros palacios del mismo porte suntuoso pueden ser contemplados en un paseo marítimo por el Bósforo que el visitante no debe perderse, pues podrá descubrir también esos edificios civiles otomanos de muros entablados que, a través de inescrutables influencias, llegaron a dar personalidad no sólo a Estambul, sino a la Georgia rusa y a la Nueva Inglaterra.
Cuando termine el correspondiente recorrido, el visitante debe comer alguna de las ensaladas autóctonas, kebab, y de postre, unos pastelillos de baklava bien regados de miel. Pruebe usted el ayran, sabrosa bebida ayogurtada. Tómese después un café turco o un té de manzana. Y piense que si Estambul, con su fascinante belleza, su bullicioso vigor y sus preciosos gatos callejeros, perteneciese a la Europa comunitaria, la peligrosa caída de Constantinopla habría quedado por fin subsanada.

José María Merino es académico y autor de la novela La glorieta de los fugitivos, premio Salambó 2007.

PRENSA. 27 junio 2010

En "El País":

1. Bailar. Columna de Manuel Vicent.

2. En busca del Santo Grial de la música. Por Quino Petit. La catedral de León alberga un valioso códice medieval que los musicólogos intentan descifrar - Un congreso de expertos estudiará el alcance del manuscrito.

3. Retrato del éxito y el fracaso. Reportaje de J. A. Aunión. EL PAÍS visita y busca las razones de los resultados opuestos de Castilla y León y Valencia en Primaria - El factor socioeconómico y la gestión son determinantes. 

4. En tiempos de crisis sálvese quien pueda. Artículo de Loretta Napoleoni, economista italiana. Traducción de Juan Ramón Azaola.

5. La casa de Dostoievski. Artículo de Mario Vargas Llosa. Aunque nació en Moscú, San Petersburgo es la ciudad que más le marcó como escritor. Y aún hoy, los barrios y casas están impregnados de sus historias y personajes, mezcla de drama y espiritualidad.

6. "Italia es un país malvado para vivir". Entrevista al escritor Roberto Saviano. Por Lola Galán.

7. Los dioses. Columna del escritor Luis Manuel Ruiz.

sábado, 26 de junio de 2010