lunes, 21 de enero de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "El Evangelio de María", de Colm Tóibín. Félix de Azúa

Félix de Azúa

   En "El País":

El final de una madre

Colm Tóibín publica el monólogo teatral ‘The Testament of Mary’

El escritor imagina una historia alternativa y pagana para la madre de Cristo tras la crucifixión

 Madrid 19 ENE 2013

Si bien todos coincidimos en que Colm Tóibín es uno de los mejores escritores vivos, solo quienes lean su último libro se percatarán de que, además, es un soberbio poeta. O dramaturgo, porque este reciente monólogo de María, la madre de Jesús de Nazaret, está pensado para ser representado en un teatro. Me refiero, claro está, a The Testament of Mary,recién aparecido inglés y posiblemente ya en trance de traducción al español. No sé si los traductores optarán por traducir testament por Testamento a la manera bíblica (como en Antiguo Testamento), o por Evangelio, que es el sentido más cabal: el Evangelio de María, o según María.
El monólogo de la madre del sacrificado es muy sorprendente. Como es lógico, María no podía ser cristiana, pero su rechazo de las instituciones judías, del poder rabínico, pero también de los seguidores de su hijo, la empujan hasta “el otro Templo” de modo que, con el escaso dinero que le queda, compra una estatuilla de Artemis que le sostiene el ánimo. Una María pagana es algo digno de consideración, aunque es cierto que estaba viviendo sus últimos años en Éfeso, vigilada y mantenida por unos pocos discípulos de su hijo, cuyo fanatismo la exaspera. Ella sabe que alguno de los discípulos está escribiendo mentiras sobre lo que sucedió en Jerusalén y que la odian porque ella sabe la verdad, razón por la cual procede a contarnos lo que realmente sucedió.

Ella vive atormentada por la última escena que vivió con su hijo
Lo más conmovedor es que María vive atormentada por la última escena que vivió con su hijo y que nadie excepto ella va a contar. Aun cuando los signos del amor entre ambos son indudables, María expone su desconcierto ante el cambio repentino del hijo, cuando se convierte en predicador público, factor de milagros o hechicero que resucita a Lázaro (una de las figuras más escalofriantes del relato), sin que ella entienda absolutamente nada de lo que está proponiendo. Esta incomprensión llega hasta su raíz cuando, en la última disputa con sus protectores (o secuestradores), María pregunta por la razón de tan espantoso sacrificio. “Ha sido para salvar al mundo y para darnos la vida eterna”, responden los discípulos. “¿A todo el mundo?”, pregunta la anciana. “Sí, a todo el mundo”, responden. “No merecía la pena”, concluye María.
Esta incomprensión radical está ligada al espanto con el que hubo de asistir a la crucifixión de su hijo, a la atmósfera siniestra y amenazante que soportó en el Gólgota, y al terror que acabó por hacerla huir del escenario. Contra lo que luego contarán los evangelistas, contra la imaginería cristiana posterior, María no recogió en su regazo el cuerpo del hijo muerto. No lavó el cadáver, como repite una y otra vez, obsesionada por su traición, sino que escapó antes de que Jesús entregara su espíritu.

Será Fiona Shaw quien estrenará la pieza en Broadway esta primavera
Tóibín muestra una emocionante comprensión de la culpabilidad de María. Entiende que es una pobre mujer, ignorante y dolorida, a la que ha sucedido algo desmesurado, pero la desmesura no consiste en que su hijo resucite muertos o transforme el agua en vino, sino en que muriera sin el auxilio de su madre.
Esta es la tragedia de María: ella se ve a sí misma como una madre que ha abandonado a su hijo cuando más la necesitaba. Por eso en un momento de desesperación grita: “¡Si el agua puede volverse vino y los muertos regresar a la vida, entonces yo quiero que el tiempo retroceda!”. No sabemos a quién se lo está pidiendo, ¿a su hijo, a Artemis?, pero exige un milagro que le permita reparar la traición, la cobardía, y acoger en sus brazos al hijo muerto.
Tóibín cree en la posibilidad de que este fabuloso monólogo se ponga en escena a pesar de su duración. ¿Aguantaría un espectador actual las tres o cuatro horas que puede llegar a durar, con un solo personaje en escena? Tengo entendido que su primera opción era Vanessa Redgrave, pero que la actriz hubo de rechazarlo porque se veía incapaz de memorizar un texto tan extenso. Finalmente será Fiona Shaw quien estrenará la pieza en Broadway esta primavera. También sé que hay una opción en castellano. Ojalá podamos asistir a un drama que, entre otras virtudes, sobresale por su audacia, algo realmente infrecuente en lo que llevamos de siglo.
Yo querría ver ese final. Antes de que los focos se apaguen, María nos confía que está dirigiendo sus palabras “a las sombras de los dioses” y que lo hace sonriendo, smiling as I say them. Ella, que está rogando a los dioses que el mundo retroceda para poder reparar su traición, lo hace sonriendo, como una suplicante de Sófocles. La madre del Salvador transformada en heroína griega. Me parece una de las escenas más difíciles de la historia del teatro. Ojalá podamos aplaudirla.

PRENSA CULTURAL. "Cayetana Guillén Cuervo cumple un último sueño de su padre". Reportaje

La actriz, en la adaptación de 'El malentendido' / OMAR AYYASHI ("El país")
   En "El País":

Cayetana Guillén Cuervo cumple un último sueño de su padre

"Revisa la obra. Hay que recuperar su valor crítico en un momento tan confuso".

Era un sueño del padre de la actriz, fallecido esta semana.

Ella lo ha comvertido en realidad con el montaje de 'El malentendido'.

 18 ENE 2013

En 1969, Fernando Guillén y Gemma Cuervo eran dos jóvenes actores con su propia compañía de teatro, dos hijos pequeños correteando entre ensayos y bambalinas, un tercero en camino y un sueño: contribuir a la divulgación de ­autores fundamentales cuya voz seguía sujeta a los vaivenes de la mordaza franquista. El 19 de septiembre de aquel año se estrenaba en el teatro Poliorama de Barcelona El malentendido, de Albert Camus, obra en tres actos sobre el fatal engaño del hijo pródigo de la dueña de un mísero hostal. Veinte años después de abandonar a su madre y a su hermana Marta, Jan regresa, rico, dispuesto a rescatarlas, aunque oculto tras una falsa identidad, para acabar provocando su propia muerte. Ellas, convertidas en pobres asesinas en un mundo de pobres supervivientes, y él, víctima de un absurdo silencio, de un trágico error, de un bobo equívoco. Inspirada en un suceso real,la obra se había estrenado en 1944 en París y llegaba a España gracias al empeño de un grupo de nuevos actores forjados en el mítico Teatro Español Universitario (TEU).
Sin duda, eran tiempos duros, pero los sueños se cumplían, o quizá sea más correcto decir que sí, eran tiempos duros, pero gracias a una generación de jóvenes que creían en lo que hacían, los sueños no dejaron de cumplirse. Adolfo Marsillach dirigía la versión de José Escue Porta; Fernando Guillén, Gemma Cuervo y María Luisa Ponte encabezaban el reparto, y antes de la representación, grabada en cinta magnetofónica, la voz de Agustín González leía reflexiones que introducían al virgen público español en la figura del malogrado autor deLa peste, fallecido casi diez años antes en un accidente de coche que privó a Europa de su intelectual más luminoso y moral.
La última cita pertenecía a William Faulkner y hablaba de aquel sol, aquella luz que tanto necesitaba Camus, y también de la muerte, de la fatalidad de todo artista, de su infructuosa búsqueda de una respuesta que jamás encontrará. Cuando a Camus le concedieron el Nobel, el autor de Mientras agonizo le dirigió un telegrama que decía: “Saludo al alma que constantemente se busca y se interroga”.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel estreno, pero cuando hace tres años Fernando Guillén empezó la batalla contra una larga enfermedad, probablemente también se hizo algunas de esas preguntas sin respuesta. Fue entonces cuando El malentendido regresó del pasado. “Le dije: ‘Papá ¿qué te gustaría que te dedicara? ¿Qué homenaje puedo hacerte?’. Y él me dijo: ‘Revisa El malentendido”. Cayetana Guillén Cuervo quería hacer algo por su padre, y Camus, de cuyo nacimiento se conmemora este año el centenario (vino al mundo el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, Argelia), se interpuso en el camino entre padre e hija, entre pasado y presente, entre actor y público. Y así llegamos a otro estreno, el próximo 29 de enero, de un nuevo Malentendido en la sala Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional, en Madrid. Guillén Cuervo, Julieta Serrano, Ernesto Arias y Lara Grube en el reparto, adaptación de Yolanda Pallín y dirección de Eduardo Vasco. No es solo una nueva versión de la obra, es el reconocimiento a esa pléyade de hombres y mujeres que entre los años sesenta y setenta buscaron la luz del teatro moderno en un país condenado al polvo del teatro muerto. Una señal que llega del pasado para recordarnos que hizo falta un esfuerzo colectivo, una fe conjunta, para salir del túnel.

“Para mi padre, estamos en un momento decepcionante. Después de tanta lucha, ¿esto?”
En 1970, desde las páginas de la mítica revista Primer Acto, escribía Marsillach: “Gemma Cuervo y Fernando Guillén emprenden, por su cuenta y riesgo, una nueva aventura teatral. Démosles las gracias. Han elegido lo más difícil cuando todo les impulsaba a lo fácil. Son jóvenes, creen en un teatro que no se propone solo ganancias económicas, están llenos de ilusiones… y asustados. Me gusta. Merecen algo más que el éxito. Aspiran a su confianza. Estoy convencido de que ustedes se la darán”.
“Para mis padres aquello fue importante, y por eso yo me puse a ello”, explica Cayetana Guillén Cuervo. “Era difícil conseguir los derechos, pero después de muchas idas y venidas en la negociación lo logramos. Mi padre me insistió: ‘Revisa la obra, hoy es oportuna. Hay que recuperar su valor crítico en un momento tan confuso’. Para hombres como mi padre, estamos en un momento muy triste y decepcionante. Después de tanta lucha, ¿esto?”.
Gemma Cuervo estaba embarazada de su hija pequeña cuando empezaron los ensayos de la obra: “Tengo unos recuerdos extraordinarios. Era el primer Camus que se estrenaba en plena dictadura. En Valencia, necesitamos sillas supletorias, y las colas daban varias vueltas al teatro. Fue todo un acontecimiento. El teatro que se hacía entonces era de comedia, muy sencillo, y hacer esta obra era un riesgo, un reto y una aventura que salía de nuestra limitada economía familiar”. Aquel bebé que nació pocos meses antes del estreno de El malentendido recibió 2013 corriendo entre los ensayos y el hospital donde ingresaron a su padre, obstinada en esa carrera a contracorriente que pretende ganarle tiempo al maldito tiempo. “Mi madre dice que la mediocridad se contagia, y es verdad. Mi padre siempre ha sido una persona muy serena. Exigente, pero con elegancia. Con él me pasa algo que sé que no me pasará con nadie más: saber que soy suficiente para hacer feliz a alguien. Yo nunca he sentido ninguna losa con él. No me juzga. No me aplasta. Al contrario. Me querrán de otra manera, pero así nunca. Poco a poco, se nos va toda una generación de actores que fue importante, muy importante. Por lo que hacían y por cómo lo hacían. Y me temo que nosotros ni somos tan importantes ni tan completos. Mi padre es un hombre capaz de ser feliz con una mañana de sol y un libro en las manos. Un caballero, siempre un señor. Con sus ojos verdes, y esa voz. ¿Qué más se puede pedir? Sinceramente, al menos como hija, nada más”.
Su hermano, el también actor Fernando Guillén Cuervo (solo la mayor, Natalia, se apartó de la vocación familiar para ser abogada), recuerda cómo pasó su infancia entre cajas, repitiendo por los pasillos de su casa los textos que escuchaba a los mayores. “En mi casa, El malentendido se vivió como algo grande. La conciencia de mis padres era artística, pero también era política y social. Subir a Camus a escena, como a otros, era consecuencia de un instinto muy activo, puro y muy necesario. Y para nosotros, como niños, todo ese entusiasmo era fascinante”. Ese entusiasmo no se diluyó con los años, y el actor evoca las 10 veces seguidas que acudió a ver a su padre interpretar Equus, uno de sus grandes éxitos. “Me conmovía. Es raro, pero es algo que nunca ha dejado de pasarme, el timbre de voz de mis padres sobre el escenario me transporta directo a la infancia. Vuelvo a tener seis años y sigo escondido entre cajas”.

“Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará”
Entre cajas o entre el público, los hijos escucharon ese timbre de voz alzarse hasta Los secuestrados de Altona, de Jean Paul Sartre; en Todo en el jardín, de James Albee, o en su despedida, en 2007, a los 75 años, con El vals del adiós, texto inspirado en la carta que el poeta francés Louis Aragon escribió en 1972 para cerrar su etapa en la revista Lettres Françaises, distanciado del Partido Comunista, acorralado por la soledad después de la muerte de su compañera, la escritora rusa Elsa Triolet, y profundamente sumido en la angustia de comprobar que el mundo era un lugar cada vez más frustrante. En aquella ocasión, Guillén apuntó cierto paralelismo entre la desazón del poeta y la suya propia.
Pero ante el hastío y desencanto de una generación cuyo fuego se extingue nace el deber de otra que no puede permitirse la indiferencia. “Este homenaje nace de un alma exquisita”, dice Gemma Cuervo con orgullo, “porque nosotros recordamos con amor infinito a estos personajes de Camus, lo que fueron para nosotros, a Marta y su necesidad de ver el mar”. Cuando en 1959 el escritor recogió el Premio Nobel, apuntó en su discurso una idea que hoy multiplica su fuerza, demasiado próxima y certera para no pensar que aquel tiempo también es el de ahora mismo: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Manuel Rivas, autor de "Las voces bajas"

Manuel Rivas

   En "El Día de Córdoba":

"En la fibra de la buena literatura siempre hay un relato oral"

El autor Manuel Rivas desanda su vida y sus recuerdos en 'Las voces bajas', una obra con estructura de novela en la que defiende los sermones humildes frente al discurso del poder
CHARO RAMOS | ACTUALIZADO 20.01.2013Las páginas de Las voces bajas (Alfaguara), el libro más intimista de Manuel Rivas, desbordan de amor por su familia y por la literatura. El autor de El lápiz del carpintero y Los libros arden mal novela sus memorias en esta obra que oscila entre la imaginación y la verdad para reivindicar la magia de la gente corriente. Siguiendo la estela de esa hermana anarquista que siempre le abría camino, María, a quien brinda un delicado homenaje, el periodista, poeta y novelista gallego recorre su infancia, adolescencia y primera juventud en un insólito ejercicio de libertad creativa, particularmente atento a los relatos orales. 

-Ha construido este libro como una autobiografía. ¿Lo es? 

-Si es una biografía es la de los otros; hablo de mí pero a través de ellos, que me llevan de la mano en este libro. Unos en un momento, otros en otro. Lo más correcto sería decir que lo escribió una especie de tercera persona porque aquí está el viaje hacia el niño que comienza a andar y descubre el mundo, pero también la mirada de quien hoy soy, del candidato a viejo que se mete en esa cámara oscura. Ambas miradas se cruzan en otro tiempo y en otro espacio que no es el pasado, sino el presente recordado. En latín hay una palabra, inventio, que se aplica mucho a las apariciones de santos y tiene el doble sentido de invención y de descubrimiento. Eso es lo que creo que le da a este libro una condición de novela. 

-¿A qué alude con la denominación de las "voces bajas"? 

-Para empezar son las voces de los niños. Por eso el relato comienza con mi primer recuerdo de la infancia: la visión de esos dos gigantes cabezudos que representaban a los Reyes Católicos, y mi madre conjurando nuestro miedo infantil mediante el humor y la ironía, llamándonos "¡tontos!". Creo que toda la obra está hecha con esa trama: un hilo de dolor y otro de humor.Las voces bajas son, por lo demás, las voces de la intrahistoria, el sermón de los humildes. Frente a ellas la Historia es una suerte de monolito cuya forma de lenguaje es la estatuaria y el discurso. Quien tiene el diccionario tiene el poder, decía Stalin. Quien manda es el dueño de las palabras. Lo apasionante es la estrategia de las voces bajas para sortear esa sustracción del lenguaje que lleva a cabo la Historia oficial. 

-Aquí asimila las voces bajas a las voces de la literatura. 

-Sí, porque la estrategia de las voces bajas es siempre literaria: usar el humor, la ironía, lo carnavalesco, la blasfemia e incluso el romanticismo, tan presente en el cancionero popular, para sortear esa maquinaria, ese lenguaje intimidatorio. Nosotros nos criamos en la posguerra en un lenguaje oficial donde era todo apodíctico, incondicionalmente cierto y no esperaba ninguna respuesta. En cambio, el lenguaje de las voces bajas está hecho de preguntas, dudas y susurros, de balbuceos y de silencios. Es muy propio de las culturas populares el hacer hablar a los muertos porque es una forma de rescate pero también de apoyo. 

-En su parvulario, donde durante todo un año tuvo como asiento una maleta, todos los niños soñaban con ser emigrantes. Un guiño tristemente actual en este país que vuelve otra vez los ojos a las oportunidades extranjeras. 

-Un día la memoria fermenta y el libro se echa a andar. Pero siempre hay un impulso, y eso lo piensas después: esta obra que trata de la memoria es efectivamente demasiado actual. Hablo de la emigración, del desahucio o de la relación que mantenemos con las cosas. Lo mejor de la memoria es lo que reciclas y este libro es un trabajo de reciclaje, de espigar, como en el cuadro de Millet o en la película de Agnès Varda. En este tiempo volvemos a espigar no sólo por necesidad material sino también por una necesidad mental. Ha habido una marea de mierda muy grande. Lo que se llamó despilfarro y burbuja inmobiliaria de alguna forma se ha producido también en el campo del lenguaje y del pensamiento. 

-En ese afán de escudriñar sus pensamientos y su propia obra también se ha reencontrado con autores que juzga esenciales. Al menos, varios de ellos son homenajeados en este libro. 

-Al principio en esta obra incluía muchas citas literarias y me obligué a rebuscar más. Y unas espigas llevaban a otras como marcas que para mí se confunden. Si hablo de Samuel Beckett en Las voces bajas es porque para mí todos los viejos que veía en las tabernas me parecían Beckett. Y si menciono a Juan Rulfo lo hago porque cuando leí por primera vez sus cuentos reconocí ahí todas las conversaciones que escuchaba en mi infancia. 

-Muchos de las historias que intercambian los personajes de este libro las hemos visto cobrar forma en algunas de sus novelas y libros de cuentos. ¿Qué papel otorga a la literatura oral? 

-Para mí en la fibra de la buena literatura siempre hay un relato oral. Es falsa la convención de que la literatura oral no responde a una estética o elaboración sino que se la asocia con la espontaneidad, la pobreza formal o temática. Un buen relato oral requiere una construcción, una tradición y una ruptura de la tradición también. 

-También repasa aquí sus inicios en el periodismo y el ejemplo que le ofreció su hermana María desde la resistencia contra la dictadura. ¿Qué queda de aquellos ideales de juventud? 

-No idealizo mi período antifranquista. Además, un recurso de las voces bajas es, de alguna forma, zafarse de la Historia, intentar salirse de ella y dejar a los poderosos con la maquinaria pesada. Nosotros nos quedamos con nuestros zapatos, nuestras espigas y nuestros cuentos, parecen decir. A principios de los años 80 había mucha incertidumbre en España. Cuando parecía que salíamos de la pesadilla se produjo el golpe de estado del 23-F. Pero los depósitos estaban llenos de esperanza, pese a todos los obstáculos y trampas que sabías que había. A mí lo que me inquieta más ahora de la crisis que afrontamos es que se ha producido un vaciado de la esperanza, una sustracción. Lo de las preferentes es fastidiadísimo, que te recorten la educación y la sanidad también, pero lo peor de todo es que te sustraigan la esperanza y el sentido de las palabras, que te dejen sin palabras.

sábado, 19 de enero de 2013

POESÍA. "Problemas de doblaje", de Aurora Luque (Almería, 1962)

Aurora Luque

       PROBLEMAS DE DOBLAJE

En la toma perfecta, cuando el guión es bueno
y los actores fingen dignamente ser héroes,
el tiempo marca estrías, va apagando
uno a uno los focos y la banda
sonora se interrumpe.
Sensación de pantalla desgarrada
la insuficiencia siempre de vivir.
Qué frágil la película
que intentamos rodar en esas horas
para sesión privada y clandestina
en la pantalla interna de los párpados.
Un insípido tono pudoroso
de noche americana
en las irisaciones del deseo,
ni siquiera el siena matizado
del pasado indoloro nos acude.
Sueño de gabardinas
por calles satinadas de humedad,
labios muy densos, casi
negros desde la sala. Juventud,
cinta de celuloide erosionado,
un guión mediocre,
Problemas de doblaje.

viernes, 18 de enero de 2013

PRENSA. "Lo que la película 'Lincoln' no dice sobre Lincoln". Vicenç Navarro

Vicenç Navarro
   En "Público.es":
Lo que la película 'Lincoln' no dice sobre Lincoln

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Policy Studies and Public Policy. The Johns Hopkins University

La película Lincoln, producida y dirigida por uno de los directores más conocidos de EEUU, Steven Spielberg, ha reavivado un gran interés por la figura del presidente Lincoln, uno de los presidentes que, como el presidente Franklin D. Roosevelt, ha intervenido siempre en el ideario estadounidense con gran recuerdo popular. Se destaca tal figura política como la garante de la unidad de EEUU, tras derrotar a los confederados que aspiraban a la secesión de los Estados del Sur de aquel Estado federal. Es también una figura que resalta en la historia de EEUU por haber abolido la esclavitud, y haber dado la libertad y la ciudadanía a los descendientes de las poblaciones inmigrantes de origen africano, es decir, a la población negra, que en EEUU se conoce como la población afroamericana.
Lincoln fue también uno de los fundadores del Partido Republicano que en sus orígenes fue directamente opuesto al Partido Republicano actual, que está hoy altamente influenciado por un movimiento –el Tea Party- chauvinista, racista y sumamente reaccionario detrás del cual hay intereses económicos y financieros que quieren eliminar la influencia del gobierno federal en las vidas económicas, sociales y políticas del país. El Partido Republicano fundado por el presidente Lincoln era, por el contrario, un partido federalista, que consideró al gobierno federal como garante de los Derechos Humanos. Y entre ellos, la emancipación de los esclavos, tema central de la película Lincoln, fue al que Lincoln dio mayor hincapié. Terminar con la esclavitud significaba que el esclavo pasaba a ser trabajador, dueño de su propio trabajo.
Ahora bien, Lincoln, incluso antes de ser presidente, consideró otras conquistas sociales como parte también de los Derechos Humanos, y entre ellas, el derecho del mundo del trabajo a controlar no sólo su trabajo, sino también el producto de su trabajo. El derecho de emancipación de los esclavos transformaba al esclavo en una persona libre asalariada, unida –según él- en lazos fraternales con los otros miembros de la clase trabajadora, independientemente del color de su piel. Sus demandas de que el esclavo dejara de serlo y de que el trabajador –tanto blanco como negro- fuera el dueño, no sólo de su trabajo, sino también del producto de su trabajo, eran igualmente revolucionarias. La emancipación de la esclavitud requería que la persona fuera la dueña de su trabajo. La emancipación de la clase trabajadora significaba que la clase trabajadora fuera la dueña del producto de su trabajo. Y Lincoln demandó los dos tipos de emancipación. El segundo tipo de emancipación, sin embargo, ni siquiera se cita en la película Lincoln. En realidad, la ignora. Y utilizo la expresión “ignora” en lugar de “oculta”, porque es del todo posible que los autores de la película o del libro sobre el que se basa ni siquiera conozcan la historia real de Lincoln. La Guerra Fría en el mundo cultural e incluso académico de EEUU (que continúa existiendo) y el enorme dominio de lo que en allí se llama la Corporate Class (la clase de los propietarios y gestores del gran capital) sobre la vida, no sólo económica, sino también cívica y cultural, explica que la historia formal de EEUU que se enseña en las escuelas y en las universidades sea muy sesgada, purificada de cualquier contaminación ideológica procedente del movimiento obrero, sea socialismo, comunismo o anarquismo. La gran mayoría de estudiantes estadounidenses, incluso de las universidades más prestigiosas y conocidas, no saben que la fiesta del 1º de Mayo, celebrada mundialmente como el Día Internacional del Trabajo, es una fiesta en homenaje a los sindicalistas estadounidenses que murieron en defensa de trabajar ocho horas al día (en lugar de doce), victoria que inició tal reivindicación exitosa en la mayoría de países del mundo. En EEUU, tal día, el 1º de Mayo, además de no ser festivo, es el día de la Ley y el Orden -Law and Order Day- (ver el libro People’s History of the U.S., de Howard Zinn). La historia real de EEUU es muy distinta a la historia formal promovida por las estructuras de poder estadounidenses.
Las ignoradas y/o ocultadas simpatías de Lincoln
Lincoln, ya cuando era miembro de la Cámara Legislativa de su Estado de Illinois, simpatizó claramente con las demandas socialistas del movimiento obrero, no sólo de EEUU, sino también mundial. En realidad, Lincoln, tal como indiqué al principio del artículo, consideraba como un Derecho Humano el derecho del mundo del trabajo a controlar el producto de su trabajo, postura claramente revolucionaria en aquel periodo (y que continúa siéndolo hoy), y que ni la película ni la cultura dominante en EEUU recuerda o conoce, convenientemente olvidada en los aparatos ideológicos del establishment estadounidense controlados por la Corporate Class. En realidad, Lincoln consideró que la esclavitud era el dominio máximo del capital sobre el mundo del trabajo y su oposición a las estructuras de poder de los Estados sureños se debía precisamente a que percibía estas estructuras como sustentadoras de un régimen económico basado en la explotación absoluta del mundo del trabajo. De ahí que viera la abolición de la esclavitud como la liberación no sólo de la población negra sino de todo el mundo del trabajo, beneficiando también a la clase trabajadora blanca, cuyo racismo él veía que iba en contra de sus propios intereses. Lincoln también indicó que “el mundo del trabajo antecede al capital. El capital es el fruto del trabajo, y no hubiera existido sin el mundo del trabajo, que lo creó. El mundo del trabajo es superior al mundo del capital y merece la mayor consideración (…) En la situación actual el capital tiene todo el poder y hay que revertir este desequilibrio”. Lectores de los escritos de Karl Marx, contemporáneo de Abraham Lincoln, recordarán que algunas de estas frases eran muy semejantes a las utilizadas por tal analista del capitalismo en su análisis de la relación capital/trabajo bajo tal sistema económico.
Le sorprenderá a gran número de lectores saber que los escritos de Karl Marx influenciaron a Abraham Lincoln, tal como documenta en gran detalle John Nichols en su excelente artículo  “Reading Karl Marx with Abraham Lincoln Utopian socialists, German communists and other republicans” publicado en Political Affairs (27/11/12), y del cual extraigo las citas así como la mayoría de datos publicados en este artículo. Los escritos de Karl Marx eran conocidos entre los grupos de intelectuales que estaban profundamente insatisfechos con la situación política y económica de EEUU, como era el caso de Lincoln. Karl Marx escribía regularmente en The New York Tribune, el rotativo intelectual más influyente en Estados Unidos en aquel periodo. Su director Horace Greeley se consideraba un socialista y un gran admirador de Karl Marx, al cual invitó a ser columnista de tal diario. En las columnas de su diario incluyó gran número de activistas alemanes que habían huido de las persecuciones ocurridas en la Alemania de aquel tiempo, una Alemania altamente agitada, con un naciente movimiento obrero que cuestionaba el orden económico existente. Algunos de estos inmigrantes alemanes (conocidos en el EEUU de aquel momento como los “Republicanos Rojos”) lucharon más tarde con las tropas federales en la Guerra Civil, dirigidos por el presidente Lincoln.
Greeley y Lincoln eran amigos. En realidad Greeley y su diario apoyaron desde el principio la carrera política de Lincoln, siendo Greeley el que le aconsejó que se presentara a la presidencia del país. Y toda la evidencia apunta que Lincoln era un ferviente lector del The New York Tribune. En su campaña electoral para la presidencia de EEUU invitó a varios “republicanos rojos” a integrarse en su equipo. En realidad, ya antes, como congresista, representante de la ciudadanía de Springfield en el Estado de Illinois, apoyó frecuentemente los movimientos revolucionarios que estaban ocurriendo en Europa, y muy en especial en Hungría, firmando documentos en apoyo de tales movimientos.
Lincoln, gran amigo del mundo del trabajo estadounidense e internacional.
Su conocimiento de las tradiciones revolucionarias existentes en aquel periodo no era casual sino que era fruto de sus simpatías con el movimiento obrero internacional y sus instituciones. Animó a los trabajadores de EEUU a organizar y establecer sindicatos y continuó haciéndolo cuando fue presidente. Y varios sindicatos le nombraron miembro honorario. En su respuesta a los sindicatos de Nueva York, subrayó: “vosotros habéis entendido mejor que nadie que la lucha para terminar con la esclavitud es la lucha para liberar al mundo del trabajo, es decir, a liberar a todos los trabajadores. La liberación de los esclavos en el Sur es parte de la misma lucha por la liberación de los trabajadores en el Norte”. Y durante la campaña electoral, el presidente Lincoln promovió la postura en contra de la esclavitud, indicando explícitamente que la liberación de los esclavos les permitiría a los trabajadores exigir los salarios que les permitirían vivir decentemente y con dignidad, ayudando con ello a aumentar los salarios de todos los trabajadores, tanto negros como blancos.
Marx, y también Engels, escribieron con entusiasmo sobre la campaña electoral de Lincoln, en un momento en que ambos estaban preparando la Primera Internacional del Movimiento Obrero. En un momento de las sesiones, Marx y Engels propusieron a la Internacional que enviara una carta al presidente Lincoln felicitándolo por su actitud y postura. En su carta, la Primera Internacional felicitaba al pueblo de EEUU y a su presidente por, al terminar con la esclavitud, haber favorecido la liberación de toda la clase trabajadora, no solo estadounidense, sino también la mundial.
El presidente Lincoln respondió, agradeciendo la nota y respondiendo que valoraba el apoyo de los trabajadores del mundo a sus políticas, en un tono cordial, que, por cierto, creó gran alarma entre los establishments económicos, financieros y políticos a ambos lados del Atlántico. Estaba claro, a nivel internacional que, como señaló más tarde el dirigente socialista estadounidense Eugene Victor Debs, en su propia campaña electoral, “Lincoln había sido un revolucionario y que, por paradójico que pudiera parecer, el Partido Republicano había tenido en su orígenes una tonalidad roja”.
La revolución democrática que Lincoln inició y que nunca se desarrolló.
Ni que decir tiene que ninguno de estos datos aparece en la película Lincoln, ni son ampliamente conocidos en EEUU. Pero, como bien señalan John Nichols y Robin Blackburn (otro autor que ha escrito extensamente sobre Lincoln y Marx), para entender 'Lincoln' hay que entender el periodo y el contexto en los que él vivió. Lincoln no era un marxista (término sobreutilizado en la literatura historiográfica y que el propio Marx denunció) y no era su intento eliminar el capitalismo, sino corregir el enorme desequilibrio existente en él entre el capital y el trabajo. Pero no hay duda de que fue altamente influenciado por Marx y otros pensadores socialistas, con los cuales compartió sus deseos inmediatos, claramente simpatizando con ellos, llevando su postura a altos niveles de radicalismo en su compromiso democrático. Es una tergiversación histórica ignorar tales hechos, como hace la película Lincoln.
No hay duda de que Lincoln fue una personalidad compleja con muchos claroscuros. Pero las simpatías están escritas y bien definidas en sus discursos. Es más, los intensos debates que ocurrían en las izquierdas europeas se reproducían también en los círculos progresistas de EEUU. En realidad, la mayor influencia sobre Lincoln fue la de los socialistas utópicos alemanes, muchos de los cuales se refugiaron en Illinois huyendo de la represión europea.
El comunalismo que caracterizó a tales socialistas influenció la concepción democrática de Lincoln, interpretando democracia como la gobernanza de las instituciones políticas por parte del pueblo, en el cual las clases populares eran la mayoría. Su famoso dicho (que se ha convertido en el espléndido eslogan democrático más conocido en el mundo –Democracy for the people, of the people and by the people- claramente señala la imposibilidad de tener una democracia del pueblo y para el pueblo sin que sea realizada y llevada a cabo por el mismo pueblo. De ahí que viera la liberación de los esclavos y del mundo del trabajo como elementos esenciales de tal democratización. Su concepto de igualdad llevaba inevitablemente un conflicto con el dominio de tales instituciones políticas por el capital. Y la realidad existente hoy en EEUU y que detallo en mi artículo “Lo que no se ha dicho en los medios sobre las elecciones en EEUU” (Público, 13.11.12) es una prueba de ello. Hoy la Corporate Class controla las instituciones políticas de aquel país.
Últimas observaciones y un ruego
Repito que ninguna de estas realidades aparece en la película. Spielberg no es, después de todo, Pontecorvo, y el clima intelectual estadounidense todavía está estancado en la Guerra Fría que le empobrece intelectualmente. “Socialismo” continúa siendo una palabra mal vista en los círculos del establishment cultural de aquel país. Y en la tierra de Lincoln, aquel proyecto democrático que él soñó nunca se realizó debido a la enorme influencia del poder del capital sobre las instituciones democráticas, influencia que ha disminuido enormemente la expresión democrática en aquel país. Y la paradoja hiriente de la historia es que el Partido Republicano se haya convertido en el instrumento político más agresivo hoy existente al servicio del capital.
Por cierto, agradecería que todas las personas que encuentren este artículo interesante lo distribuyan ampliamente, incluyendo en su distribución a los críticos de cine, que, en su promoción de la película, seguro que no dirán nada del otro Lincoln desconocido en su propio país (y en muchos otros, incluyendo España). A uno de los fundadores del movimiento revolucionario democrático ni siquiera se le reconoce como tal. Su emancipación de los esclavos es una gran victoria que hay que celebrar. Pero Lincoln fue incluso  más allá. Y de esto ni se habla.

PRENSA CULTURAL. "Casas Viejas, ochenta años después". Julián Casanova

Forenses y periodistas, ante los cadáveres de Casas Viejas en enero de 1933. ("El País")

   En "blogs.elpais":

Casas Viejas, ochenta años después

Por Julián Casanova

Cuando llegó la República, el 14 de abril de 1931, la CNT apenas tenía veinte años de historia. Era el único sindicalismo revolucionario y anarquista, de acción directa, independiente de los partidos políticos,  que quedaba ya en Europa. Aunque muchos identificaban a esa organización con la violencia y el terrorismo, en realidad eso no era lo más significativo ni más sorprendente de su corta historia. El mito y la realidad de la CNT se había forjado por otros caminos, por el de las luchas obreras y campesinas, un sindicalismo eficaz que ganaba conflictos a patronos intransigentes con los trabajadores.
La CNT mantuvo relaciones muy difíciles con la República. Aprovechó las libertades y esperanzas de los primeros momentos para fortalecer la organización. Pero la luna de miel con la República duró poco. La República llegó a España en medio de una crisis económica internacional sin precedentes y aunque los factores económicos, como han mostrado los especialistas, no determinaron su trágico final, sí que complicaron el gobierno y la puesta en marcha de las reformas. La lucha por el control del trabajo disponible, por el reparto del espacio sindical, y la confrontación en torno a los jurados mixtos, el entramado corporativo propuesto por Francisco Largo Caballero desde el Ministerio de Trabajo, constituyeron los hilos conductores básicos de la agitación anarquista, de las huelgas planteadas y de los duros enfrentamientos entre los dos sindicalismos, el de la UGT y el de la CNT, ya arraigados entre las clases trabajadoras.
Las movilizaciones anarquistas, y los conflictos en el campo y en las ciudades, ofrecieron muy pronto la oportunidad de comprobar que las fuerzas del orden, en especial la Guardia Civil, actuaban con la misma brutalidad que con la Monarquía. En el primer año de la República hubo decenas de conflictos que se extendieron por áreas de latifundio, como Badajoz, o por zonas de pequeña propiedad y de aparente calma, como en Arnedo (La Rioja) y Épila (Zaragoza), que provocaron abundantes muertos, resultado casi siempre de choques con la Guardia Civil, que disparaba a concentraciones y manifestaciones de trabajadores ante la pasividad de algunas autoridades gubernativas.

El sector más puro del anarquismo encontró en los muertos y la represión un resorte para la movilización contra la República. Y fue a partir de enero de 1932, tras los sucesos de Arnedo, que dejaron once muertos, cuando esa retórica sobre el derramamiento de “sangre proletaria” se incorporó a los medios de difusión anarquista. De la protesta se pasó a la insurrección. Tres tentativas de rebeldía armada en apenas dos años, incitadas por militantes anarquistas y que contaron con algún apoyo obrero y campesino.

PeticionImagenCAUV93BV
Miembros de la comisión parlamentaria, en Casas Viejas.

Lo que sucedió en enero de 1933 tuvo consecuencias políticas de largo alcance. El día 8 de ese mes, el Comité Regional de Defensa de Cataluña provocó una insurrección que se extendió, con poco éxito, por algunos pueblos del País Valenciano y Aragón. Cuando ya estaba sofocada,  comenzaron a llegar las noticias de disturbios en la provincia de Cádiz. El 10 de enero, el capitán Manuel Rojas recibió la orden de trasladarse desde Madrid a Jerez con su compañía de asalto para poner fin a la rebeldía anarquista. Pasaron la noche en el tren. Cuando llegaron a Jerez, la línea telefónica había sido cortada en Casas Viejas, una población de apenas dos mil habitantes a diecinueve kilómetros de Medina Sidonia. Grupos de campesinos afiliados a la CNT tomaron posiciones en el pueblo la madrugada del 11 de enero, siguiendo las instrucciones de los preparativos que se habían hecho por anarquistas de la comarca de Jerez, y cercaron con algunas pistolas y escopetas el cuartel de la guardia civil. Tres guardias y un sargento estaban dentro. Tras un intercambio de disparos, el sargento y otro guardia resultaron gravemente heridos. El primero murió al día siguiente; el segundo, unos días después.
A las dos de la tarde de ese 11 de enero, doce guardias al mando del sargento Anarte llegaron a Casas Viejas. Liberaron a los dos compañeros que quedaban en el cuartel y ocuparon el pueblo. Muchos campesinos, temerosos de las represalias, huyeron. El resto se había encerrado en sus casas. Unas horas después, cuatro guardias civiles más y doce de asalto, mandados por el teniente Fernández Artal, se unieron a los que ya habían controlado la situación. Con la ayuda de los dos guardias que conocían a los vecinos del pueblo, el teniente comenzó la búsqueda de los rebeldes. Cogieron a dos y los golpearon hasta que señalaron a la familia de Francisco Cruz Gutiérrez, Seisdedos, un carbonero de setenta y dos años que acudía de vez en cuando al sindicato de la CNT pero que no había participado en la insurrección. Sí que lo habían hecho dos de sus hijos y su yerno que se refugiaron, tras el cerco del cuartel, en su casa, una choza de barro y piedra muy delgada.
El teniente ordenó que forzaran la puerta de la choza. Respondieron con disparos desde dentro y un guardia de asalto cayó muerto. A las diez de la noche llegaron refuerzos con granadas, rifles y una ametralladora. Empezaron el asalto con poco éxito. Unas horas después, se les unió el capitán Rojas, con cuarenta guardias de asalto, a quien Arturo Menéndez, director general de Seguridad, había ordenado se trasladara desde Jerez a Casas Viejas para acabar con la insurrección y "abrir fuego sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas".
Rojas mandó incendiar la choza. En ese momento, algunos de sus ocupantes ya estaban muertos por las balas de los rifles y las ametralladoras. Dos fueron acribillados cuando salían huyendo del fuego. María Silva Cruz, La Libertaria, nieta de Seisdedos, salvó la vida al llevar un niño en  brazos. Ocho muertos fue el saldo; seis de ellos quedaron calcinados dentro de la choza, entre quienes se encontraban Seisdedos, dos de sus hijos, su yerno y su nuera. Amanecía un nuevo día, 12 de enero de 1933.
Rojas envió un telegrama al director general de Seguridad: "Dos muertos. El resto de los revolucionarios atrapados en las llamas". Le informaba también que continuaría con la búsqueda de los dirigentes del movimiento. Envió a tres patrullas a registrar las casas, acompañados por los dos guardias del cuartel de Casas Viejas. Nada más empezar, mataron a un viejo de setenta y cinco años que gritaba "¡No disparéis! ¡Yo no soy anarquista!". Apresaron a otros doce, de los cuales sólo uno había tomado parte en el levantamiento. Esposados, los arrastraron hasta la choza de Seisdedos. El capitán Rojas, que había estado bebiendo coñac en la taberna, empezó el tiroteo, seguido por otros guardias. Asesinaron a los doce. Poco después, abandonaron el pueblo. La masacre había concluido. Diecinueve hombre, dos mujeres y un niño murieron. Tres guardias corrieron la misma suerte. La verdad de los hechos tardó en conocerse, porque las primeras versiones situaban a todos los campesinos muertos en el asalto a la choza de Seisdedos, pero la Segunda República ya tenía su tragedia.
Decenas de campesinos fueron arrestados y torturados. El Gobierno, dispuesto a sobrevivir al acoso que desde la izquierda y la derecha emprendieron contra él por la excesiva crueldad con la que se había reprimido el levantamiento, eludió responsabilidades. "No se encontrará un atisbo de responsabilidad para el Gobierno", declaró su presidente, Manuel Azaña, en el discurso a las Cortes del 2 de febrero de ese año. "En Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir”. Frente a "un conflicto de rebeldía a mano armada contra la sociedad y el Estado", él no tenía otra receta, les repitió varias veces a los diputados, aunque se corriera el riesgo de que algún agente del orden pudiera excederse "en el cometido de sus funciones". En cualquier caso, dijo ante el mismo escenario el 2 de marzo, en la política social del gobierno no estaban los orígenes de esas rebeliones contra el Estado, contra la República y contra el orden social: "Nosotros, este Gobierno, cualquier Gobierno, ¿hemos sembrado en España el anarquismo? (…) ¿Hemos amparado de alguna manera los manejos de los agitadores que van sembrando por los pueblos este lema del comunismo libertario?".
Pese a que algunos periódicos como ABC  aplaudieron inicialmente el castigo dado a los revolucionarios, la animadversión desde las fuerzas de la derecha al Gobierno creció a palmos a partir de ese momento. La CNT, que lo único que sacó de aquellos hechos fueron más mártires para la causa, quedó muy dividida y debilitada, pero el gobierno republicano-socialista acabó desprestigiado y herido de muerte.
La oposición de la CNT privó a la República de un apoyo social fundamental. El radicalismo anarquista, no obstante, aunque contribuyó a extender la cultura del enfrentamiento, no fue el único movimiento, ni el más potente, que obstaculizó la consolidación de la República y de su proyecto reformista. Los grupos dominantes desplazados de las instituciones políticas con la llegada de la República reaccionaron muy pronto. En Casas Viejas, la brutalidad  de los mecanismos de represión del Estado quedó al desnudo. Los gobiernos republicanos no supieron, o no pudieron, adaptar la administración de las fuerzas de orden público a un régimen democrático. Y vista así la historia, no es casualidad que el  golpe de muerte a la República se lo dieran, en julio de 1936, desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (10 enero 2013):

jueves, 17 de enero de 2013

POESÍA. "Del oráculo falso", de Aurora Luque (Almería, 1962)

Aurora Luque

Del oráculo falso

                                                                          Había oído hablar de las sorprendentes irisaciones de
                                                                           la aurora sobre el mar Jónico cuando se la contempla
                                                                           desde la cima del Etna.
                                                                                                                                          Marguerite Yourcenar

No esperé así la vida:
el asombro, la ráfaga instantánea de la dicha,
la humillación,
el tedio.

Pero es que aún la lava del Vesubio
nos podría abrasar, o tal vez los milagros
de la cima del Etna o la belleza
del mar semidivino.

No esperé así la vida:
paraísos perdiéndose
o batallas perdidas de antemano.

PRENSA. Viñeta de Forges

   En "El País" (13 enero 2013):

PRENSA. "Sin crítica no hay libertad". Rafael Argullol

Rafael Argullol

   En "El País":

Sin crítica no hay libertad

Los informes sobre educación en el mundo sitúan a los alumnos españoles casi en la cola, tanto en ciencias y matemáticas como en comprensión de la lectura de textos. Sin el uso de esos instrumentos no hay democracia

 23 DIC 2012

Leí la información en la sala de espera de un aeropuerto mientras mi vuelo se retrasaba un par de horas: quiero decir que tuve tiempo de dar vueltas y vueltas a la noticia, que, por otra parte, no tenía nada de inesperado ni original. La nueva encuesta sobre la educación en el mundo situaba a los alumnos españoles prácticamente en la cola, tanto en ciencias y matemáticas como en comprensión de la lectura de textos. Esta encuesta no hacía sino confirmar las encuestas anteriores, de modo que podía apreciarse una catastrófica estabilidad —con progresivos empeoramientos, eso sí— en la valoración de nuestros estudiantes. Esta noticia ocupaba la página izquierda del periódico, mientras la derecha ofrecía datos sobre la próxima reforma educativa, la séptima, se afirmaba, de la democracia.
Esto último me resultó muy inquietante pues obligaba, a la fuerza, a formular una pregunta: ¿podía hablarse realmente de democracia tras seis reformas educativas fracasadas a lo largo de treinta años? ¿No sería que teníamos un régimen formalmente democrático pero no una sociedad de ciudadanos libres? Me cuesta creer que pueda existir una comunidad libre sin armas críticas que aseguren el mantenimiento de la libertad. Y las informaciones sobre el nivel educativo de los españoles, que no son recientes sino que se prodigan desde hace muchos años, abarcando a varias generaciones de estudiantes, nos indican que nuestra ciudadanía, poco menos que analfabeta, no posee instrumentos críticos y, por tanto, es incapaz de sostener una democracia.
El problema no es, por deficiente que sea, la “escuela”, como, con notable estulticia, se proclama cada vez que el Gobierno de turno quiere hacer una reforma educativa, sino, más bien, la montaña sumergida del iceberg cuya punta visible es el sistema educativo: es decir, la llamada “vida pública”, con los representantes políticos a la cabeza, y lo que podemos llamar “vida privada” de unos ciudadanos que, sin capacidad crítica, devienen meros súbditos. Si nos detuviéramos en lo que ocurre en la montaña sumergida comprenderíamos mucho mejor lo que nos alarma en la punta del iceberg, que denominamos “escuela”.

Hay algo peor que la corrupción en la llamada “vida pública”: la ignorancia autosatisfecha
En la llamada “vida pública” aprendemos a forjar el analfabetismo educativo. Hay algo peor que la corrupción, y es la ignorancia autosatisfecha. Si es siniestro que los aprendices de ciudadanos —los jóvenes estudiantes— comprueben que las responsabilidades supuestamente ejemplares han recaído en individuos reprobables, aún es más destructiva la generalizada exhibición de incultura que se realiza en todos los ámbitos. Poca confianza puede generar, desde luego, que un presidente del Tribunal Supremo sea acusado de corrupción, que un exdirector del Fondo Monetario Internacional sea imputado o que un expresidente de la Confederación de Empresarios sea encarcelado, por citar solo los casos más recientes de una cadena interminable, pero, ¿qué decir del desprestigio de la cultura en los tres poderes que sostienen, o deberían sostener, la arquitectura democrática?
El lenguaje lo aclara todo, y lo denuncia todo. ¿No sería un milagro tener una “escuela” excelente teniendo los Gobiernos y Parlamentos que tenemos? Es decir: hablando como hablan. Cualquier indicio cultural está férreamente excluido del lenguaje de nuestros políticos, quienes con saña y entusiasmo se dedican a elogiar a los propios y a vituperar a los ajenos con metáforas toscamente futbolísticas, cuando no con giros verbales que denotan un viraje, pero hacia atrás, en el sentido de la evolución humana. ¿Y no sería igualmente taumatúrgico gozar de una “escuela” amante de la razón y de la argumentación cuando, en la escena del tercer poder, comprobamos la retórica literaria de nuestros jueces, por lo general un galimatías de tal envergadura que parece que Aristóteles y Descartes no hayan existido? Toda arbitrariedad es posible —aun no queriéndola— cuando uno no sabe lo que se dice, el único gran estilo que circula por nuestra “vida pública” y que hace cómplices a gobernantes, legisladores y magistrados.
Es, por así decirlo, el estilo tertuliano, basado en el grito, el sarcasmo y la impunidad. ¿No sería, por eso, igualmente mágico que tuviéramos una “escuela” intelectualmente rigurosa en un país literalmente cautivado por las tertulias radiofónicas y televisivas, las cuales, con pocas excepciones, son ollas de grillos en las que triunfa el más gritón, o el que se figura más gracioso, o el que aspira a mayor impunidad? Lo más llamativo de este predominio del estilo tertuliano sobre el estilo crítico es que el contagio, lejos de circunscribirse a la “vida pública”, ha alcanzado también, y de lleno, a la “vida privada” y, en consecuencia, el sectarismo, la parodia y la miseria cultural se han convertido en moneda de uso corriente.
Y aquí puede hurgarse en la herida más profunda: ¿no sería prodigioso poseer una “escuela” que iniciara a los jóvenes en el cultivo de la libertad de conciencia y en el respeto de la verdad cuando en los medios de comunicación y entretenimiento, o en la calle, o en el transporte, o en casa, las conversaciones están dirigidas al desprecio de lo libre y a la destrucción de lo íntimo? ¿Cuáles son los estímulos que el aprendiz de ciudadano recibe para inclinarse hacia el rigor en el esfuerzo, hacia la reflexión, hacia la libre elección de las cosas? Pocos, muy pocos, porque ese aprendiz, fuera de la muy deficiente “escuela”, está más rodeado de súbditos que de ciudadanos.

¿Qué estímulos recibe el aprendiz de ciudadano para inclinarse hacia el rigor en el esfuerzo?
De ahí que no sea un detalle menor, sino todo lo contrario, que las principales penurias de nuestros estudiantes se concentren en las matemáticas y en la lectura. De ser examinados, igual les pasaría a nuestros políticos y a nuestros jueces, a nuestros periodistas y a nuestros padres de familia. No es un estigma, pero sí un compartido desdén por la raíz de la libertad. Y, a este respecto, tanto las matemáticas como la lectura son piedras de toque.
Un problema matemático, por ejemplo, no puede ser resuelto con ayudas gregarias, con gritos estentóreos, con apelaciones demagógicas. Requiere avanzar lentamente y tomar decisiones personales, con todas las consecuencias. Es un ejercicio poderoso y sutil que hace comprender la importancia de la libertad de elección al tiempo que contribuye a tender puentes entre la concreción y la abstracción. Es una educación para la libertad. Y otro tanto ocurre con la lectura, un viaje intelectual solitario que no puede ser sustituido por sucedáneos de ningún tipo, ni tecnológicos ni ideológicos. El lector, desde su intimidad, se enfrenta al texto en un juego individual e íntimo en el que se produce un intercambio dinámico. Al igual que el razonamiento matemático, el ahondamiento en la lectura exige en el lector la llegada a encrucijadas, la elección de caminos, el fecundo aplazamiento de respuestas, la inagotable formulación de preguntas. Es, asimismo, un ejercicio para la libertad.
El hecho de que la escuela aquí, mediocre en todos los aspectos, según datos que se repiten con alarmante periodicidad, sea especialmente deficiente en ciencias naturales, matemáticas y comprensión lectora de los textos denota unas carencias intelectuales que sobrepasan, con mucho, el marco escolar o universitario: son carencias que afectan gravemente a la cultura democrática y que no han sido paliadas en los últimos tres decenios. La falta de una arraigada tradición humanista e ilustrada, por causas históricas bien conocidas que el franquismo acentuó, no ha sido contrarrestada con eficacia en la vida pública española, de modo que se han sucedido reformas educativas que no solo no han contribuido a la mejora de la educación sino que no han servido para la consolidación de una ciudadanía libre. Y, sin esta, todo el edificio democrático es una casa vacía.
Ese es el riesgo de enterarte de una noticia de este tipo en una sala de espera, cuando el retraso de tu avión te deja mucho tiempo por delante. Le das vueltas y vueltas a la información, y no sabes si llorar o reír. ¿Una séptima reforma educativa? Lo que está en peligro es la democracia en manos de los ignorantes. Cuando no queden ciudadanos, solo habrá súbditos.
Rafael Argullol es escritor.