viernes, 5 de febrero de 2016

PRENSA CULTURAL. Sobre la película "La caída de los dioses", de Luchino Visconti

   En "elasombrario.com":

Unos dioses caen y otros emergen. Visconti rueda el Mal

Un fotograma de la película La caída de los Dioses.
Un fotograma de la película La caída de los Dioses.
Luchino Visconti nos proyecta un juego asombroso de luces y sombras que sitúa al espectador frente a un claustrofóbico teatro familiar, cruel hasta extremos insospechados. Nos hallamos ante la decadencia de la naturaleza humana. La perversidad manipuladora, la ambición y la destrucción de unos personajes tan apegados al poder y al dinero que no dudan en atropellar morales hasta llegar a la brutalidad del asesinato, el incesto, la pedofilia, el suicidio, la esclavitud y la xenofobia. Hoy en ‘Viernes de Cine’, ‘La caída de los dioses’.
Que el poder y la erótica se dan la mano es un hecho probado en ambas direcciones. Cuando el dinero entra en juego, su perversa presencia dispara aparatosamente el deseo y la devoción por el dominio hasta cotas inimaginables, conduciendo incluso a mentes sofisticadas o privilegiadas hacia una adicción prácticamente incontrolable. Ya no nos sorprende que aquellos que ostentan u ostentaron el poder en alguna de sus variantes, se vean arrastrados y sometidos por el influjo absorbente de tal demonio. Porque solo un diablo puede horadar las conciencias de tal modo hasta hacernos creer merecedores de privilegios absolutos, poseedores y, como tal, señores de lo material e inmaterial del prójimo. Ejemplos los encontrarán diariamente desde los periódicos más serios hasta los patios televisivos de vecindonas impías, mañana, tarde, noche y madrugada. De esos seres humanos que no se ven como tales, sino como dioses, arrogantes y envanecidos frente a los demás, habla la película de esta semana.
Luchino Visconti, el director aristócrata y comunista, el intelectual esteta, escribe (junto a Nicola Badalucco y Enrico Medioli) y dirige en 1969 La caída de los dioses (La Caduta Degli Dei, en su título italiano; The damned, en su título inglés), considerada como primera de su llamada “trilogía alemana”, a la que seguirían Muerte en Venecia y Ludwig.
La historia comienza la noche en que arde el Reichstag en febrero de 1933, y finaliza tras la famosa Noche de los cuchillos largos en junio de 1934, durante la cual tuvo lugar la matanza de los miembros de las SA por parte de las tropas de élite del führer, las SS. Narra en forma de crónica el devenir de los Essenbeck, una familia de la alta burguesía alemana propietaria de una importante empresa siderúrgica durante la ascensión al poder de Hitler y del nacionalsocialismo. Envueltos en la lucha de poder de las distintas facciones políticas que luchaban entre sí dentro del partido nazi, la familia von Essenbeck no podrá ni querrá evitar trasladar a su mundo ególatra las ambiciones y los apegos a la dominación resultante del nazismo; el poder y el dinero que aseguren el mantenimiento de su situación predominante y de sus intereses económicos incrementados.
La caída de los dioses es una ejemplar parábola política y social, el espectáculo asombroso de la corrupción física y moral de un pueblo circunscrito en los sucesos particulares que configuran la historia absoluta de una familia, los von Essenbeck, y con ella la de un periodo desdichado de Alemania y su consiguiente destino. La fascinación de Visconti por el universo familiar, cuya disección ilustra modos de sociedad y evolución, se hace más que patente en esta sinuosa y a veces claustrofóbica película.
Estos dioses llamados Essenbeck están inspirados en uno de los apellidos más conocido de Alemania, los Krupp, familia alto-burguesa del Estado federado de Renania en Norte-Westfalia, clan industrial considerado durante casi cinco generaciones como la más rica del continente gracias a su enorme industria del acero; y a cuyo arquetipo inyecta el influjo literario -tan típico del maestro italiano- del Thomas Mann de los Buddenbrook y su fresco turbulento de una sociedad y una época. Pero Visconti no se queda ahí e introduce elementos indudables del drama shakespeariano de Hamlet, reminiscencias wagnerianas de Los Nibelungos o de Los endemoniados de Dostoievski, cuya esencia explica el propio escritor: “describe cómo los demonios entraron en la piara de cerdos”. Toda una familia bailando al son de la sombra despreciable y despreciada de un Hitler y una ideología durante los dos primeros años de la afirmación vertiginosa de un nazismo que logró cubrir con su esvástica y rojo manto el orden social, moral y hasta sexual de media Europa.
Quizá sea ésta la película más experimental de Visconti, la más fría y opaca, un juego asombroso de luces y sombras que sitúa al espectador frente a un teatro en el que los actores buscan desesperadamente el argumento que les coloque como personajes ante los acontecimientos de una historia que irremediablemente se aproxima.
Cruel hasta extremos antes insospechados en la filmografía del director, capaz de detallar hasta lo indecible sin mostrar, de un modo profundo y sutil, la decadencia de la naturaleza humana. La perversidad manipuladora, la ambición y la destrucción de unos personajes apegados al poder y al dinero, cuya codicia y megalomanía consiguen denostar morales hasta llegar a pasar sin inmutarse por crueldades tan brutales como el asesinato, el incesto, la pedofilia, el suicidio, la esclavitud o la xenofobia. Y todo ello casi sin ir más lejos de las paredes, eso sí, inmensas hasta la oscuridad, de la gran casa familiar. Porque el microcosmos de los Essenbeck no es otra cosa que el alma de una Alemania que cae estrepitosamente cuando cree estar ascendiendo.
Ingrid Thullin y Dirk Bogarde en una escena de 'La caída de los dioses'
Ingrid Thullin y Dirk Bogarde en una escena de ‘La caída de los dioses’
La cinematografía y el encuadre de las escenas de la película, soberbia interpretación pictórica de Visconti que conforma un cuadro casi renacentista en cada una de ellas, es iluminada con una profundidad de campo que se aleja incluso más allá de la oscuridad por los directores de fotografía Pasqualino De Santis y Armando Nannuzzi, rayando en el preciosismo, en una extraña elegancia decadente, una obra operística perversa y a la vez poderosa y extrañamente hermosa. Una visión del infierno sustentado en la belleza afectada del ocaso.
La banda sonora, compuesta por el genial Maurice Jarre, desempeña extraordinariamente el contraste, dotando a cada secuencia, en contra del preciosismo visual, la nota material imprescindible en la historia, casi autómata, bajo la elección de una partitura mayormente basada en la interpretación concisa de músicas industriales.
La actuación, excelente por parte de todos y cada uno de los actores, que solventan con creces un ejercicio en la cuerda floja consiguiendo un equilibrio inaudito, al meterse en la piel de unos personajes tan engreídos y violentos capaces de aplastar a cualquiera que se interponga entre ellos y sus ambiciones personales, sin caer nunca en reflexiones que pueda darles lugar a actuar con el mínimo remordimiento. Todos en tal ejercicio consiguen poner los pelos de punta al espectador que busca un segundo de aire puro entre tanta asfixia, abominación y miedo, envuelto en la aparatosidad de la belleza de los dioses. Preparen sus máscaras y sus botellas de oxígeno para contemplar a una soberbia Ingrid Thulin reinando entre tanto talento, cual lady Macbeth y sufriendo después el cruel castigo de Edipo. Dándose la réplica las impecables actuaciones de un envidiado elenco: Dirk Bogarde, Helmut Griem, Charlotte Rampling, Renaud Verley y Umberto Orsini, encarnando a los otros miembros familiares inmersos en la destructiva batalla, junto a un Helmut Berger, todo hay que decirlo, en su sobrecogedor debut.
En fin, si no disponen de tales botellas, practiquen la apnea y aguanten espartanamente la respiración durante 157 minutos de la olvidada, y no por desconocimiento, excelente cinta de Luchino Visconti, escondida tal vez tras tanta obra maestra entre la filmografía del conde italiano. Descubran, en cada uno de sus fotogramas, la facilidad con la cual puede emerger ese despreciable entre los despreciables que acaso llevemos todos dentro, el tirano, pues como se repetirá en varias ocasiones en la película, “alguien tiene que quedar para contarlo, para recordarlo…”.
No olviden nunca, que a lo largo de la historia unos dioses caen y otros emergen.
Cuidado.

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