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viernes, 27 de mayo de 2011

PRENSA. 27 mayo 2011

   En "El País":

1. 155 euros. Columna de Juan José Millás.

2. La historia de un país en 43.000 vidas. Reportaje de Tereixa Constenla. El 'Diccionario Biográfico Español' ve la luz tras 12 años de intenso trabajo - La obra rastrea todos los ámbitos de la vida nacional desde el siglo III antes de Cristo.

3. Las víctimas del machismo son cada vez más jóvenes. La edad media de las asesinadas baja a los 41 años.

4. El círculo se cierra. La periodista y experta en los Balcanes Cecilia Ballesteros analiza la detención del genocida Mladic.

5. Tres olas, muchos desafíos. José Ignacio Torreblanca, sobre la comunidad internacional y las revueltas en el mundo árabe.

6. ¿Está usted no-muerto? Por Borja Bas. La respuesta, en 'Filosofía zombi', finalista del Premio Anagrama, de Jorge Fernández Gonzalo. Una reflexión sobre la 'zombificación' posmoderna.

sábado, 24 de julio de 2010

PRENSA CULTURAL. LIBROS. Crítica de "Zombies", por José Abad

En "El Día de Córdoba":
Zombi superstar

El muerto viviente personifica los miedos de nuestra sociedad y es el gran protagonista de la literatura de terror actual · Minotauro publica la antología de relatos 'Zombies'

José Abad
Actualizado 23.07.2010

El género fantástico en general (y el de terror, por obvias razones) es un óptimo catalizador de los miedos de cada sociedad. La consigna sería: dime qué temes y te diré quién eres. Así pues, y en vista de su proliferación en las formas narrativas por excelencia (cuento, novela, cómic, cine), el zombi sería la expresión privilegiada de los angustias hodiernas. Ahora bien, ¿qué tememos en él? ¿De qué es metáfora? Hay varias interpretaciones, todas complementarias. El zombi representaría el colapso del mundo civilizado, la pérdida de la identidad, el abandono al puro instinto animal, la rebelión de las masas, la pandemia, la globalización… Y basa su eficacia en la síntesis que realiza de los aspectos más inquietantes de monstruos otrora incómodos, hoy banales. Al igual que la Momia o el monstruo de Frankenstein, el zombi es carne muerta, un cadáver devuelto a la vida. Al igual que el Hombre Lobo, un depredador que en nosotros únicamente ve sólo una buena pieza. Y al igual que el vampiro, su propagación se realiza a través de la infección: un mordisco suyo basta para inocular el Mal en nuestro organismo y convertirnos en un igual. En tiempos de chupasangres metrosexuales y licántropos barbilampiños, el zombi tiene los papeles en regla: es un monstruo como Dios (o el Diablo) manda.
En ámbito literario, esta temática cuenta ya con una serie de títulos de culto que habrá que esperar a ver cómo aguantan la prueba del tiempo: Guerra Mundial Z de Max Brooks o la trilogía de David Wellington compuesta por Zombie Island, Zombie Nation y Zombie Planet. En Estados Unidos, donde este filón está siendo explotado como en ningún otro país en el mundo -un detalle que debiera estudiarse con detenimiento-, la profusión de historias a propósito ha adquirido tales dimensiones que en los últimos años han visto luz numerosas antologías que intentan salvar los títulos más preciosos en este maremagno. John Joseph Adams publicó Zombies en 2008 y la editorial Minotauro la ha rescatado para el mercado español. Son 31 relatos de variado color y enfoque en los cuales el muerto viviente, ese monstruo zarrapastroso y hediondo, ese oxímoron torpe y tenaz, hambriento e insaciable, es la estrella de la función. Una de las primeras conclusiones es que el zombi da más juego (o jugo) de cuanto pudiera pensarse. Es una moneda corriente: ante determinadas convenciones, hay quienes son convencionales y quienes no.
El humor esquinado, avieso, hace acto de presencia en varias piezas. En La foto de la clase de este año, Dan Simons propone una perversa y regocijante variación de El milagro de Anna Sullivan; con un denuedo y tesón parejos a los de la profesora Keller con la sordomuda Annie Sullivan, en este relato, la señorita Geiss se dedica a capturar a alumnos zombis y llevárselos de vuelta a la escuela con la loable intención de reeducarlos. Después del Apocalipsis, nunca faltará quien piense que puede empezarse de nuevo. Los pequeñuelos también son protagonistas de El niño muerto, un cuento de Darrell Schweitzer en el que una pandilla de cabestros mantiene oculto en un bosque a un chavalillo zombi al que someten a brutales vejaciones. Aquí, el monstruo es la víctima, no el verdugo. En Bobby Conroy regresa de entre los muertos, Joe Hill rinde un homenaje explícito al cineasta George A. Romero, el papá de los zombis antropófagos: durante el rodaje de la película Zombie, de 1978, Bobby se reencuentra con Harriet, su novia de juventud; ambos, que soñaban con triunfar como actores cómicos, han terminado haciendo de muertos vivientes, meros figurantes, en el segundo filme que Romero dedicaría al tema. Los cadáveres reales, aquí, son los sueños de gloria que alimentaron en su adolescencia.
En otros relatos, el zombi es una silueta recortada al fondo del callejón, una sombra expresionista en la pared, un gemido al otro lado de la ventana, una presencia más intuida que vista. En Amanecer amargo de Neil Gaiman, un individuo usurpa la identidad de un antropólogo en viaje a Nueva Orleans para asistir a un congreso con una ponencia sobre zombis y vudú y, allí, se deja atrapar, sin oponer resistencia, por ese mundillo de brujas, brujos y seres sin alma. En el enigmático Plan de emergencia zombi, Kelly Link se adentra en el mundo de la paranoia a través del retrato de un tipo, recién salido de la cárcel, que hace continuamente planes de fuga ante la eventualidad de una plaga de muertos vivientes. Como suele ser habitual en toda antología, no todas las piezas están a la misma altura.
A Stephen King le debemos uno de los relatos más flojos del volumen: el archifamoso escribidor es incapaz de embridar su afición al palabreo y a hinchar la anécdota más allá del umbral de lo soportable; su cuento no es más que una china en el zapato, digámoslo así, cuyas páginas invito a saltar sin ningún cargo de conciencia.

martes, 13 de octubre de 2009

PRENSA. CINE: "El tiempo de los zombis", por José Abad




En "El Día de Córdoba", este artículo sobre el cine de zombis, firmado por José Abad: El tiempo de los zombis.

Lo reproducimos a continuación:

Los monstruos jamás aparecen porque sí. El monstruo suele ser expresión de un temor previo, latente o manifiesto, en la sociedad que lo imagina; de no ser así, aparte del sobresalto, no provocaría ninguna reacción. Hagamos un veloz recorrido por la galería de monstruos clásica. La criatura de Frankenstein nació en el XIX en respuesta al pánico que las primeras conquistas científicas inocularon entre las gentes. El vampiro, por su parte, personificaba un ramillete de impulsos reprimidos en la sociedad victoriana: el amante que entraba de noche por la ventana era, en realidad, un pervertido cuyo único afán era derramar la sangre de muchachas vírgenes mientras dormían plácidamente en su alcoba. La Momia representaba lo que venía de una tierra y una edad ajenas al cristianismo, aquello que no habría dado un paso atrás si echabas mano a un crucifijo. En el hombre lobo espanta nuestra animalidad.

Si cada época tiene sus monstruos (sus miedos) propios, en la nuestra ocupa un lugar de honor el zombi, un legado del patrimonio vudú convenientemente occidentalizado, a quien el cinéfilo conoce desde antiguo: todo buen aficionado recordará aquella hermosísima película de Jacques Tourneur, Yo anduve con un zombi (1943), en la que el muerto viviente se presentaba no como amenaza para la protagonista, sino como elemento que dinamitaba sus convicciones; no un peligro para su persona, sino para sus creencias. El responsable de la mutación del zombi en alimaña antropófaga es, como todos sabrán, George A. Romero. En La noche de los muertos vivientes (1968), Romero reemplazó el imaginario vudú por otro de serie B, arropado por un nihilismo muy sesentero, en la que acabó siendo una atroz ilustración de las teorías de Thomas Hobbes. Al igual que éste, Romero ve al hombre como lobo para el hombre, literalmente.
Los zombis de Romero abandonaban sus tumbas para abandonarse, a su vez, a sus instintos primarios (esa hambre voraz jamás saciada) sin respetar vínculos sociales o emocionales; de hecho, los platos fuertes de la función acabaron siendo aquel momento en que una niñita asesinaba limpiamente a sus padres o aquel otro en que un hombre, en una variante gore del incesto, devoraba a su propia hermana. El muerto viviente es un oxímoron, y como tal, una transgresión. Ni conoce reglas ni pueden aplicárselas. Nada pueden contra él las ristras de ajo o las balas de plata, y lo mismo ataca con la luna llena que a plena luz del día. No hay escapatoria. Su punto débil es el sistema nervioso: debes levantarle la tapa de los sesos antes de que te coma el brazo.
George A. Romero convirtió aquel filón en trilogía. En su siguiente película, Zombi (1978), propuso una cínica parábola de la sociedad de consumo: las hordas caníbales, guiadas por una pulsión inapelable, rodeaban un supermercado en busca de alimento: las pocas personas que habían encontrado allí refugio. El día de los muertos (1985) ofrecía otra propuesta radical: la violencia desplegada por los últimos representantes de la especie humana era equiparable a la violencia de las jaurías zombis. Todos eran igual de monstruosos. Dada la buena salud actual de estas criaturas, Romero ha vuelto sobre sus fueros. Lamentablemente, su cuarta aportación a los anales zombis, La tierra de los muertos vivientes (2005), es un relato ramplón y de interés muy limitado. A ésta le han seguido El diario de los muertos (2008) y Survival of the Dead (2009).
¿A qué se debe su éxito? Según una lectura superficial, el zombi personificaría cierta crisis de valores y subrayaría, con trazo grueso, el abandono del individuo a una encarnizada lucha contra sus congéneres, según la cual aguantará hasta el final el más dispuesto a comerse al prójimo. En otro orden de cosas, el zombi satisface con creces la lógica del súper-espectáculo hodierno: ya no nos basta un monstruito para soliviantar la platea, deben ser millares. Pero también, y esto es más interesante, alumbra algunos aspectos ingratos de la globalización o la masificación. En esta aldea planetaria, donde una gripe surgida en los derrumbaderos de un poblacho chino puede contagiar a los príncipes de Wall Street, el zombi personifica la pandemia, la infección fuera de control, la plaga, el imperio del caos.
El boom ha traído consigo varios remakes de títulos clásicos. Zack Snyder debutó en el largometraje con Amanecer de los muertos (2005), una notable puesta al día de Zombi, con una primera media hora excepcional, que introdujo curiosas innovaciones: respecto a los primeros muertos vivientes, de lento caminar y torpes maneras (lógico: el ser redivivo debe vérselas con el rigor mortis), los de Snyder son velocísimos y vigorosos; unos auténticos depredadores. Ha habido interesantes variaciones. La estética zombi está presente en 28 días después (2006), aunque en este filme la enfermedad sea una especie de rabia que convierte al infectado en una criatura histérica, que se agrupa y ataca en bandadas. También España ha hecho una aportación singular, [REC] (2007); aquí, la infección que transforma a los hombres en alimañas, y devuelve los muertos a la vida, está ligada a otro tema caro al cine de terror: las posesiones diabólicas.
[REC] es un relato en un presunto tiempo real muy logrado. Como la película fue un éxito, ahora Jaume Balagueró y Paco Plaza han puesto en pie [REC] 2, que es lo mismo, como decía aquel, pero no es igual. Plaza ha declarado que la idea fundamental de esta secuela es la de "que siga la fiesta", y el filme satisface con creces tal premisa.

domingo, 10 de mayo de 2009

PRENSA (5). LITERATURA. Reportaje: "Los zombies de Jane Austen"

('Orgullo y prejuicio y zombies'.Portada e ilustración de "Pride and prejudice and zombies" ("Orgullo y prejuicio y zombies"), de Seth Grahame-Smith. Fotografía: "El País".

Cuando menos, curiosas estas aficiones de lectura y escritura (reportaje en "El País"):


Los zombies de Jane Austen
Arrasa en ventas una versión bestial de 'Orgullo y prejuicio'
CARMEN MAÑANA - Madrid - 10/05/2009


"Desde una esquina de la habitación, el señor Darcy observó como Elisabeth Bennet y sus hermanas se abrían paso hacia el exterior decapitando zombi tras zombi mientras avanzaban". Éste es un extracto de Pride and prejudice and zombies (Orgullo y prejuicio y zombies) (Quirkbooks), una delirante versión del clásico de Jane Austen, Orgullo y prejuicio, donde los ataques de muertos vivientes se mezclan con bailes, planes matrimoniales y vestidos de corte imperio. Inesperadamente, la novela de Seth Grahame-Smith -autor también de Cómo sobrevivir a una película de miedo- se ha convertido en un pequeño fenómeno. Tras su publicación el pasado febrero, fue el tercer libro de ficción más vendido en Estados Unidos durante varias semanas, según el listado de The New York Times. Hollywood prepara ahora su adaptación al cine, y varias editoriales españolas pujan ya por sus derechos.
Parece que reinterpretar las novelas de la escritora victoriana en clave sobrenatural es rentable y, además, está de moda. Elton John produce Pride and predator (Orgullo y depredador), una película en la que los extraterrestres invaden Hertfordshire y perturban las clases de bordado de las hermanas Bennet. Aún no se ha empezado a rodar pero está previsto que se estrene en 2010. En junio, sale a la venta en EE UU Jane bites again (Jane ataca de nuevo), de Michael Thomas Ford, donde Austen es una vampira que ha pasado 200 años regentando una pequeña librería tras fingir su muerte en 1817. Un buen día decide empezar a vengarse de todos los que se han lucrado versionando su obra.
Aunque Grahame-Smith está seguro de que la escritora le indultaría: "Jane Austen tenía mucho sentido del humor". Él no fue capaz de terminar la versión original cuando era un adolescente. Cosa que no le impidió aceptar el encargo de su editor. "Un día me llamó y me dijo: 'Tengo una idea que creo que va a funcionar, pero sólo tengo el título: Pride and prejudice and zombies'. Y ya no pude parar de pensar en qué podría escribir". Introdujo en el argumento victoriano escenas con mucha casquería. Como la de la cena del señor Bingley: los sirvientes no aparecen y los invitados, al ir a buscarlos, descubren que alguien ha dejado una puerta abierta y que los zombies se los han comido. Aunque asegura que no quiere quedarse encasillado, tras el éxito de esta mezcla de té a media tarde y cerebros deglutidos, prepara "una biografía de ficción de Abraham Lincoln, en la que el ex presidente de Estados Unidos se enfrenta a los vampiros". Escalofriante.