Mostrando entradas con la etiqueta crisis económica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crisis económica. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de febrero de 2016

NARRATIVA ACTUAL ESPAÑOLA. "La tendencia inconformista". Alejandro V. García

   En "revistamercurio.es":

La tendencia inconformista

ALEJANDRO V. GARCÍA  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEBRERO 2016

Un amplio grupo de escritores españoles ha coincidido en señalar que tras la crisis ni los valores ni los acuerdos de la Constitución de 1978 sirven para responder a las nuevas inquietudes
© Astromujoff
© ASTROMUJOFF
En 2014 una pequeña editorial navarra, Alkibla, puso en marcha Te cuento, una colección que perseguía reescribir, a la luz de los nuevos y angustiosos tiempos, los cuentos clásicos. Ni la edulcoración ni los tópicos servían para dar la medida justa de la realidad. Tampoco en los cuentos. Sus directores, Carolina Martínez y el fotógrafo Clemente Bernard (autor de los excelentes reportajes que acompañan cada volumen), encargaron la revisión a autores comprometidos con el nuevo espíritu transformador inaugurado en 2008 tras la recesión mundial. En el catálogo están algunos de los principales escritores de esta tendencia inconformista.
Isaac Rosa (Sevilla, 1974) convirtió a El flautista de Hamelín en un político neoliberal que emprende la limpieza racial de su pueblo con argumentos que suenan familiares. Belén Gopegui (Madrid, 1963) se convierte en la “justiciera de los cuentos” y arremete contra el Andersen cruel de Las zapatillas rojas. Marta Sanz (Madrid, 1967) reinventa una Blancanieves en la que el espejo de la madrastra, harto de escuchar mentiras, se revuelve contra la tradición manida; José Ovejero (Madrid, 1958) revive la tragedia de los sin papeles en La Sirenita, y el poeta Juan Carlos Mestre junto al politólogo Juan Carlos Monedero, entre otros, recrean, en un estilo profundamente lírico, La Cenicienta.
La indignación, la resistencia y el inconformismo, representados en los movimientos populares que culminaron en el 15M, no solo alteraron los conceptos políticos y pusieron contra las cuerdas el bipartidismo alentado por la Constitución de 1978 sino que también cambiaron los postulados morales e ideológicos de buena parte de la cultura española. La literatura, en concreto, volvió a las barricadas. La resignación y la docilidad emanadas del estado del bienestar atribuido a la Transición no servían para afrontar los tiempos convulsos abiertos a partir de la quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, el estallido en España de la burbuja inmobiliaria y el río de víctimas que dejó a su paso.
La crisis económica, aliada a los intereses de las minorías y de los grandes grupos financieros, zarandeó muchos de los postulados pactados en la Transición. Fue una toma de conciencia colectiva que obligó a revisar los viejos axiomas. La extensión aniquiladora del desempleo probó que el derecho al trabajo era un deseo especulativo; los miles y miles de desahucios, que las atribuciones constitucionales de una vivienda digna eran pura filfa; que el derecho a la enseñanza y a la sanidad gratuita y universal corrían grave peligro por la tendencia indisimulada a la privatización de las políticas neoliberales. Y que las garantías constitucionales sobre la libertad y la seguridad, e incluso sobre la difusión libre de ideas y pensamientos, quedaban mermadas en la práctica si se convertían en principios vicarios de la economía.
Aunque no existe una novela crítica sobre la Transición, un amplio grupo de escritores españoles coincidió en que ni los valores ni los acuerdos de la Constitución de 1978 servían para responder a las nuevas inquietudes.
Pablo Gutiérrez (nacido en Huelva, precisamente en 1978) reconstruyó la fractura de la economía mundial y las consecuencias que desató sobre las clases medias en una novela clave, Democracia, publicada por Seix Barral en 2011. Gutiérrez reconstruye, a lo largo de cuatro años, la tragedia de un parado común, encadenado de por vida a una hipoteca que no puede pagar y golpeado por las fracturas de los derechos sociales.
La indignación y la resistencia representadas en los movimientos populares que culminaron en el 15M, no solo alteraron los conceptos políticos, sino que también cambiaron los postulados morales e ideológicos de buena parte de la cultura españolaNo fue el único que convirtió en material literario desde su origen el huracán de la crisis. Alberto Olmos, nacido en Segovia en 1975, el año en que los historiadores fijan el inicio de la Transición, se sumó también en 2011 a la corriente crítica con Ejército enemigo (Mondadori), un artefacto contra la impostura que esconde la solidaridad, que fue destacado como una de las novelas del año. Autor poco complaciente con las clasificaciones simplistas, Olmos volvió en 2014 a la carga con Alabanza, un relato que anticipa un mundo donde la literatura ya no existe.
Pero la llamada, con ánimo simplificador, literatura de la crisis no era nueva ni se circunscribía a una preocupación temporal. Tenía una procedencia identificada —la escritura del compromiso, representada por el gran Rafael Chirbes, cuya novelas Crematorio y En la orilla coincidieron en los escaparates con las de los autores más jóvenes— y las circunstancias que la hicieron reverdecer no eran transitorias. El inconformismo o la sublevación patentes en buena parte de la literatura española a partir de 2008 no eran una preferencia argumental o esteticista, sino un reflejo de la calle y de la pesadumbre que la crisis económica había incrustado en la sociedad. Había que rebelarse contra las ideas recibidas y contar lo que pasaba en la calle.
El citado Isaac Rosa es otro de los autores medulares del fenómeno. Escribió, entre otras, dos novelas de gran alcance: La mano invisible (Seix Barral, 2011), un relato sobre la deshumanización del mundo laboral favorecida por el desempleo, y La habitación oscura (Seix Barral, 2013), un recuento muy crítico de una generación, la del autor, desarbolada por los maremotos económicos.
“La Constitución”, reflexiona Rosa en uno de sus habituales artículos, “no era ni tan buena como dicen sus defensores, ni tan mala como sostienen sus detractores. Salvo algunos puntos blindados (la monarquía, por ejemplo, aunque ese es un tema que no contemplan hoy los principales partidos), era un texto muy abierto a interpretación. Lo decisivo estos años ha sido la correlación de fuerzas sociales y políticas. De haber sido otra, aquel texto del 78 servía para convertirnos en una Suecia sin cambiar una coma, pero no fue así, y lo que algunos creyeron un suelo, acabó siendo un techo en ciertos temas”.
Libros Transición 1
Libros Transición 1
Marta Sanz es otra de las grandes referencias de la novela del descontento con una bibliografía amplia y reconocida. En Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2012) tomó el toro de la Transición por los cuernos y revisó con qué mimbres fue construido el nuevo modelo de mujer. Frente a los aspectos en apariencia liberadores —el fin de los antiguos y más opresivos tabúes— Sanz revela el coste de la transformación: la conversión de la mujer en una mercancía erótica al servicio de la mercadotecnia.
Daniela Astor… es una novela sobre la Transición que procura no usar la nostalgia como artefacto que reduce el pasado a eufemismo”, sostiene Sanz en una entrevista. “Estoy de acuerdo en que en esta novela hay una lectura crítica de la Transición española que, para ser eficazmente crítica, debía poner también en tela de juicio las formas ideológicas y los géneros de prestigio que se inauguran en dicho periodo histórico”.
Belén Gopegui no puede faltar tampoco en esta sintética enumeración que incumbe, aunque no se citen, a otros muchos autores que se han ido incorporando a la novela de las trincheras. Desde 2009 ha publicado Deseo de ser punk (Anagrama, 2009), Acceso no autorizado (Mondadori, 2011) y El comité de la noche (Penguin Radom House, 2014).
Rafael Reig, autor de Un árbol caído (Tusquets, 2015), un áspero relato sobre la Transición; el editor y crítico literario Carlos Pardo; el andaluz Daniel Ruiz García o Gonzalo Torné, autor de Divorcio en el aire, son otros nombres de la narrativa de la revuelta, que también ha puesto en circulación ensayos como No tan incendiario (Periférica, 2014) de Marta Sanz; La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) de David Becerra; Un pistoletazo en medio de un concierto (Editorial Complutense, 2008) de Gopegui, o El asco indecible (Pamiela, 2013) de Miguel Sánchez-Ostiz. Un movimiento (o como se llame) que habría sido diferente sin la colaboración de editores como Constantino Bértolo desde Caballo de Troya.
Pero la marea de la disconformidad continúa, no se ha agotado, quizá porque la crisis ya es un endemismo malsano, porque la literatura inconformista siempre ha estado viva o porque la rebeldía es consustancial al trabajo creativo.

martes, 12 de mayo de 2015

PRENSA. "Mileuristas, diez años después"

   En "El País Semanal":

Mileuristas, diez años después

Fue considerada como la primera generación de los 1.000 euros en España. Han llegado a la edad adulta formando hogares en medio de la crisis más dura desde la Guerra Civil

Su nuevo orden es la inseguridad. La sensación de una vida en el alambre permanece, a pesar del crecimiento económico


Mireia Baixauli, 17 años, apenas recuerda España antes de la crisis. / GIANFRANCO TRIPODO

El mileurista es aquel joven, de 25 a 34 años, licenciado, bien preparado, que habla idiomas, tiene posgrados, másteres y cursillos (…) Ahora echa la vista atrás y quiere sentirse satisfecho, porque al cabo de dos renovaciones de contrato le han hecho fijo, en un trabajo que de alguna forma puede considerarse formal (…) Lo malo es que no gana más de 1.000 euros, sin pagas extras, y mejor no te quejes…”.
Así bautizó Carolina Alguacil el fenómeno económico que en la España del milagro iba a marcar a la generación más formada de su historia. Cuando Carolina escribió esta carta al director de este periódico, en 2005, la economía crecía tendida al sol y cientos de miles de universitarios se habían topado con que no había tantos trabajos cualificados para todos ellos. La ley de oferta y demanda había recortado su sueldo, el flamante euro lo había encarecido todo, la burbuja inmobiliaria se había hinchado hasta la aberración y esos 1.000 euros de jornal se antojaban miserables. Precios europeos con salarios españoles y un boom del ladrillo. Así es como el poder adquisitivo medio de los españoles logró la anomalía de bajar en plena bonanza. Ahora han pasado diez años, dos recesiones y se han evaporado 3,7 millones de puestos de trabajo; la crisis más dura desde la Guerra Civil. La vivienda pinchó, las cajas de ahorros desaparecieron, España pidió un rescate para la banca… Hasta el bipartidismo político, que parecía inmutable, se ha puesto en solfa. En mitad de esa década, China se colocó por delante de Japón como segunda potencia económica. Y la palabra mileurista, esa que Alguacil barruntó un día en un piso compartido de Barcelona, se ha incorporado con toda solemnidad al Diccionario de la Real Academia Española de la lengua. Solo que ahora brotan otrospalabrosseiscientoseuristasniniyayoflauta
–¡Max, compórtate como un perro civilizado!
Carolina llega despacio por la explanada de Madrid Río, con la catedral de la Almudena a lo alto, en uno de esos días de frío y sol tan mesetarios, a punto de terminar el mes de febrero. Un perro de mil razas, torpe y con cara de bueno la acompaña. A Max se lo encontró en una calle de Córdoba y lo llevó a su casa. Ahora la obedece y, sí, se sienta muy civilizadamente durante la conversación. No sabe el animal que dentro de poco va a ser un perro destronado, que su dueña camina lenta porque al cabo de unos días dará a luz a su primer hijo, una niña: Nora.
Los mileuristas se han hecho mayores. Carolina tiene 37 años, se ha casado, ha perdido un trabajo, ha encontrado otro, ha ganado más de 1.000 euros, menos, nada… En 2008 se mudó a Córdoba porque su chico, ingeniero, encontró allí un empleo en el sector de las energías renovables. Ella se llevó el suyo de Barcelona en la mochila, porque era en una empresa de negocio digital. Pero las cosas se torcieron en 2012, cuando las renovables entraron en crisis, y la compañía de su pareja, en barrena. Estuvieron un año sin pagarle y, al final, quedó en la calle. La compañía digital de ella también empezó a tambalearse. Cuando estaban con el agua al cuello, Carolina encontró un empleo en Madrid, en una firma de contenidos digitales, y se mudaron en marzo de 2013. Él encontró otro proyecto.


Fernando Ángel Moreno, profesor de la Complutense de 44 años, gana 1.480 euros limpios. /GIANFRANCO TRIPODO
–¿Sigues siendo mileurista?
–Los dos ganamos ahora más de 1.000 euros, afortunadamente, pero lo suyo es un contrato por obra que en teoría acaba en septiembre, así que…
–¿Vivís bien?
–Hemos vivido de mi sueldo durante un tiempo y eso se te queda, gastamos poco, ahorramos porque sabemos lo que puede venir. Al poco de llegar nos cambiamos de un piso de 800 euros a uno de 650. Vivimos bien, no renunciamos a cierto ocio, a comer fuera con los amigos algún fin de semana, pero no nos damos lujos. Yo creo que esto es general, ahora hay más conciencia para gastar menos…
Ha aprendido que el progreso tiene poco de ley natural: “Las cosas no tienen por qué ir de menos a más: de becario a trabajador temporal, luego fijo… No tiene por qué ser así, ahora lo sabemos, pero nuestra generación lo ignoraba y eso generó mucha frustración”, dice. “Ahora hay que estar preparados para bajar”.
Muchos entrevistados lo han llamado igual, de una forma sencilla y brutal: “Bajar”. Bajar todo: sueldo, patrimonio, expectativas. La recesión ha terminado, pero la angustia tardará en desaparecer en una sociedad con aún 5,4 millones de personas sin empleo, el 24% de su población activa. “El miedo no se ha ido, quien ha perdido el trabajo en esta crisis seguirá temiendo perderlo otra vez, aunque vea que la situación general mejora”, advierte el sociólogo Luis Garrido, catedrático de la UNED. Uno de los legados de la Gran Recesión es la sensación de inseguridad, la incertidumbre o, más bien, la certidumbre de que se puede “bajar” en cualquier momento.
La devaluación salarial se ceba, de hecho, en los que han encontrado ocupación después de perder otra mejor pagada. Según la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), el recorte en términos reales ha llegado al 17% para hombres y al 14% para mujeres en cinco años. El grueso del empleo que se crea, además, es temporal y la rotación en los fijos ha subido un 23% desde 2011. Despedir es más barato, no solo por la reforma laboral, sino porque la indemnización se calcula sobre salarios más bajos.
Tener trabajo ya no equivale a ganarse la vida, así que la profesora Montserrat Jiménez, de 40 años, tiene dos. Se siente miembro de pleno derecho del club de los españoles que se han empobrecido, que han “bajado”. “Hace 10 años, como becaria predoctoral, cobraba 1.500 euros, y en la estancia en el extranjero podía subir a 1.800. Mi situación se ha visto degradada”. Doctorada, especializada en latín, trabaja como profesora asociada de lengua castellana en la Universidad Complutense. Tres horas de docencia y tres de atención a alumnos semanales en la uni por 270 euros limpios. Además, enseña italiano en la Escuela Oficial de Idiomas por otros 800. Pero en verano pierde esos ingresos. Vive en un piso compartido por unos 500 euros con los gastos.

El miedo no se ha ido, quien ha perdido el trabajo en esta crisis seguirá teniendo miedo a perderlo otra vez”
“Soy mileurista y casi me siento privilegiada. Pero tengo dos trabajos. Estoy como asociada porque no hay plaza de otra cosa”, explica. Montserrat ve también la precariedad a la que se enfrentan sus alumnos de la Complutense, una universidad peleona, reivindicativa, cuyos profesores y estudiantes han llevado a cabo clases en la calle como forma de protesta.
Fernando Ángel Moreno, profesor de Filología y Teoría Literaria, es uno de los que han sacado las clases a las plazas. Ninguno de sus alumnos más brillantes se queda en España, lamenta. “A los jóvenes hoy se les exige muchísima formación para lo que luego se les ofrece. Los que son buenos, muy buenos, se van. Y con los recortes en educación va a ir a peor”.
La estabilidad laboral, esa a la que tradicionalmente han aguardado los españoles para formar familias, no llega en la forma en la que se la concebía, aunque se apure el reloj biológico. Esto es, dice Carolina Alguacil, lo que ve a su alrededor, en los primeros mileuristas que han creado hogares en medio de la crisis. “Si hago una media entre los que me rodean, muchos han formado familias, pero con otra mentalidad, sabiendo que hay que vivir al día, sin la seguridad como antes la entendíamos”.
Los españoles son campeones en retrasar la maternidad, con una media de 30 años para el primer hijo. Y, con la crisis, han recuperado una de las tasas de nacimientos más bajas del mundo, que antes con el baby boom y la inmigración habían mejorado, según explica Teresa Castro, demógrafa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). La media de hijos ha pasado de 1,46 a 1,27 entre 2008 y 2013. Y las proyecciones de natalidad y migración señalan, según Castro, “que no vamos a crecer como país, más bien vamos a decrecer”. Solo en Macao, Hong Kong, Corea del Sur, Singapur, Portugal, Bosnia-Herzegovina, Grecia y Polonia se tienen menos hijos, según datos del Banco Mundial de 2013.
En El precariado. Una nueva clase social, Guy Standing habla de la inseguridad como un rasgo distintivo respecto al viejo proletariado: no tienen un salario estable, ni predecible. “Tres de mis amigas tienen hijos, pero con trabajos temporales o de freelance. Son trabajos sólidos en el sentido de que tienen una continuidad, pero no son seguros como antes”, apunta Carolina, y apostilla: “¿Comprar un piso? Salvo que tengas mucho capital, no lo veo una opción, no te puedes anclar a ese compromiso”.


Juan Alberto Guirao tiene 24 años y dejó su máster para empezar a trabajar en un McDonald’s porque no logró la beca solicitada. / GIANFRANCO TRIPODO
Los mileuristas de 2005 protestaban por su derecho a una vivienda digna. Llegaron a hacer falta hasta ocho años de renta de una familia para pagar una casa. “Pero ahora siguen haciendo falta seis años porque las rentas disponibles han bajado mucho”, advierte José García Montalvo, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).
“Cuando nació el concepto, los mileuristas eran una gente que aspiraba a dejar de serlo. Ahora hay un sentimiento fatalista”, explica José Luis Nueno, de la escuela de negocios IESE. Eso se nota en el mercado, dice este experto en consumo: “El aspecto del low cost es mucho más digno porque una cosa es ofrecer algo, entre comillas, cutre a alguien que cree que está en una situación transitoria y otra hacerlo a familias que creen que van a estar así siempre o incluso a exricos”.
Carolina Alguacil creció en Colmenar Viejo (Madrid) en una familia de seis hijos. El sueldo de aparejador de su padre dio para mantener a toda la familia y para que todos estudiaran. “Nosotros heredamos la actitud de nuestros padres, que era la de ‘fórmate bien para encontrar un buen empleo fijo’. Pero las cosas no eran así”, apunta.
–¿En qué se diferencian los mileuristas que ahora tienen veintitantos?
–Nosotros no éramos conscientes de lo que se nos venía, pero ahora la gente joven sí lo sabe y está aún más preparada, trabajan muchísimo, nosotros también lo hacíamos, pero ellos… Ellos, por decirlo de alguna forma, salen a matar, ¿entiende?
“Me llamo Juan Alberto Guirao García, tengo 24 años y he tenido que abandonar mis estudios a mitad de curso por no poder pagarlos tras quedarme sin beca, para ponerme a trabajar en un McDonald’s (…) Tirando de mis pocos ahorros y con la ayuda que mis padres me podían ir dando, fui aguantando los primeros cinco meses en Madrid mientras esperaba que la beca me fuera concedida. Pero eso nunca llegó a suceder. El día de Nochebuena, el 24 de diciembre, estando en la biblioteca estudiando para los exámenes de enero, recibí la notificación de la resolución por correo electrónico. La abrí, la leí y recogí mis libros. Esa fue la última vez que toqué mis apuntes del máster”.
La carta iba dirigida simbólicamente al ministro de Educación, José Ignacio Wert, pero Juan la envió también a través de redes sociales y a EL PAÍS. No quiere parecer lastimero. Lo repite de varias formas a lo largo de la conversación en un café del centro de Madrid, cerca del local de Gran Vía en el que trabaja. Y, sin embargo, sí suena amargo. “No somos mileuristas, el concepto ahora es otro: somos trabajadores pobres, ya me gustaría a mí ganar 1.000 euros, pero ahora el mileurismo es ganar 700, 800 euros…”.
Su sueldo se queda en 450 mensuales porque trabaja 20 horas a la semana. Es uno de tantos contratos a tiempo parcial no deseados, por eso se les conoce como subempleos.

Ya no somos mileuristas, el concepto ahora es otro: somos trabajadores pobres"
Con padre carpintero y madre ama de casa, siempre estudió con beca, se graduó en Trabajo Social en Murcia y en octubre comenzó en Madrid un máster de 8.000 euros sobre su área en la Complutense. “Hay gente que cree que ya no tengo por qué tener beca del Estado para un máster, pero para mí eso prueba que no hay igualdad de oportunidades: si tuviéramos más dinero yo ahora seguiría estudiando allí, como mis compañeros”, recalca.
En España familias con diferencias económicas abismales se han identificado tradicionalmente como clase media, pero Juan no ve ahí su sitio. El suyo es un caso de sobrecualificación de manual.
Montalvo, de la UPF, estudia este fenómeno desde hace años y ve un cambio crucial. En 2005, los jóvenes que afirmaban tener un empleo inferior a su nivel de formación eran el 42%, y en 2011 bajó al 28%. Se han destruido empleos poco cualificados, pero además se ha disparado el número de jóvenes a los que no les importa tener un trabajo adecuado a su nivel académico: del 12% en 2005 al 48% en 2011, según datos de Madrid y Barcelona. “Tres años después ya no se sienten sobrecualificados, eso significa que han rebajado sus expectativas. Es dramático”, lamenta el profesor al analizar su último trabajo, financiado por Recercaixa. “Nuestra economía está basada esencialmente en el turismo y servicios y el nivel del empresariado español es más bajo que el de la media de la sociedad, eso hace que se valore menos la formación”, añade.
¿Se rebelarán los jóvenes? “¡Cómo se van a rebelar! El mileurista ya no se mide con el que gana 1.500 o 2.000 euros, se compara con el parado, el que no tiene nada, y su posición relativa ha mejorado”, apunta Luis Garrido.


Carolina Alguacil creció en Colmenar Viejo, en un hogar con seis hermanos sostenido con el único sueldo de su pare, aparejador. / GIANFRANCO TRIPODO
Rubén del Campo, por ejemplo, se siente en buena situación. Estudió Biología, hizo un máster en biodiversidad y ahora, con 25 años, está enfrascado en una tesis sobre la ecología del río con una beca salario de entre 980 y 1.024 euros, en función del mes. “Soy con diferencia de los que están mejor, muy poca gente tiene trabajo de algo relacionado con los estudios, otros buscan prácticas en empresas…”, dice. Y tiene esperanzas de encontrar empleo a medio plazo.
De los 3,7 millones de empleos perdidos, 2,5 millones son de menores de 30 años. Pero el mileurismo y su particular declive “no tiene que ver solo con la crisis, hay cosas estructurales, previas a este declive, y que tampoco van a desaparecer con la recuperación”, advierte Josep Oliver, catedrático de Economía de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Hay un dato clave: la mano de obra disponible en la economía mundializada se ha triplicado en las tres últimas décadas. “Eso produce un fuerte choque en los salarios, como ya estuvo ocurriendo entre 2001 y 2005, pero en la crisis emerge con una fuerza brutal. Y el cambio tecnológico también va a destruir empleo”, advierte el profesor.
En 2001, la estadounidense Lear Corporation decidió cerrar su fábrica de Cervera (Lleida), una planta de cableado para automóviles que daba trabajo a 1.280 personas. Tenía beneficios, pero trasladó la producción a Polonia para ahorrar costes alegando que su competencia lo había hecho y que, si no deslocalizaban, tenían los años contados. Muchas fábricas cerraron así, pero quedó amortiguado por un boom crediticio que disparó la economía. Luego, el crédito se hundió, pero aquellas factorías no regresaron.

¿Comprar un piso? Salvo que tengas mucho capital, no lo veo una opción, no te puedes anclar a ese compromiso”
“Hay una gran paradoja en la globalización: estamos trasladando la producción a otros países para poder fabricar de forma barata cosas que puedan comprar nuestros parados”, destaca Nueno.
–¿Te has arrepentido de estudiar Trabajo Social?
Juan pone de repente la cara muy aniñada, sorprendido por la pregunta.
–No. Nunca…, aunque sí pienso mucho en el futuro. Cuando empezamos la carrera nos dijeron que en ese trabajo no podíamos aspirar a hacernos ricos, pero yo solo quería un trabajo con un sueldo que me dejara vivir.
“Tengo 17 años y aún no soy miembro del censo electoral, pero como más jóvenes de mi edad este año nos estrenaremos en las urnas. Imaginaos, veteranos, si es difícil una primera elección. Tenemos varias alternativas y no sé cuál es peor: unos que nos llevaron a la crisis; otros que están hundidos hasta las cejas de corrupción, y los últimos, que van de salvadores de España, gritando al cielo valores, sin saber ni ellos mismos llevarlos a la práctica. Solo espero que la mía no sea otra generación perdida (…)”.
Mireia Bauxauli conoce el concepto de mileurismo prácticamente desde que tiene uso de razón y el primer presidente que recuerda es Zapatero, pero apenas tiene memoria de la España del milagro. Sí sabe cuándo percibió los primeros embates de la crisis, no tenía más de diez años. “Fue en clase, cuando algunos padres se quedaron sin trabajo y muchos compañeros dejaron el colegio porque no podían pagar las cuotas”.
–¿Y ahora qué decís en tu clase?
–Cuando empezó la crisis había gente que decía: “Para qué voy a estudiar si no encontraré trabajo”. Pero ahora la mayoría lo dice al revés, que van a estudiar más porque hay muy pocos trabajos y así también podrán irse al extranjero. Los profesores nos dicen que no basta con sacar buenas notas, que tenemos que sacar las mejores porque no hay tanto empleo.
Esa hambre por salir adelante de la que hablaba Carolina Alguacil lo irradia esta chica de Picassent (Valencia) que mandó su carta a EL PAÍS, que se debate entre estudiar Periodismo o Administración y Dirección de Empresas y entre votar o no votar. Ha terminado los exámenes, tiene una nota media de 8,2, pero el cuerpo lleno de inquietud.
El mundo que Mireia conoce ofrece llamadas gratis, cultura accesible por Internet, plataformas alternativas de transporte… El bajo coste en prácticamente cualquier ámbito. Pero, al mismo tiempo, su generación es la que tiene definitivamente claro que no va a ser fácil vivir igual o mejor que sus padres.
Son temores fundados, muy fundados. “La riqueza se está concentrando en la parte alta de los salarios”, advierte Josep Oliver, pero el profesor insiste en que esas “fuerzas exteriores” de la globalización sí se pueden contrarrestar. “Unas políticas fiscales más agresivas para reducir los desequilibrios y una mayor apuesta por el valor añadido pueden frenar la desigualdad”, explica.
En pocos sitios como España la crisis ha abierto tanto la brecha entre ricos y pobres. Mireia, de padre ingeniero agrónomo y madre profesora, es muy sincera cuando se le pregunta si le preocupa ser mileurista. “Sí, no estoy acostumbrada a padecer por el dinero. Mis padres no me dan paga, pero si necesito algo lo pido. Con 800 euros para todo, a lo mejor lo pasaría mal”.
Diez años después, los jóvenes siguen escribiendo cartas con lo que les atormenta. Mireia clama por que “cuando acabe la carrera, la crisis haya terminado de verdad”.

lunes, 4 de mayo de 2015

PRENSA. "El estado social de la nación: indicadores del nuevo 'modelo precario' en España"

   En "infolibre.es":
El estado social de la nación: indicadores del nuevo 'modelo precario' en España

  • "El ascensor social se ha gripado en el sótano, dejando allí atrapadas a millones de familias", señala la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales en su Informe sobre el estado social de la nación
  • Explican que "las claves de la situación en la que nos encontramos hay que buscarlas antes de la crisis"; en especial, en la "ola neoliberal" a la que España se sumó al principio de la década de los 90

Actualizada 17/04/2015 
Cola de desempleados en una oficina del paro en Alcalá de Henares (Madrid).  EFE
Cola de desempleados en una oficina del paro en Alcalá de Henares (Madrid). EFE
"El ascensor social se ha gripado en el sótano, dejando allí atrapadas a millones de familias". Es una de las consecuencias de la crisis económica que denuncia la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, que presentó este jueves su Informe sobre el estado social de la nación.

Este texto, de 98 páginas, pone en cuestión la salida de la crisis que pregona el Gobierno de Mariano Rajoy. Prueba de ello es el subtítulo del informe: ¿Y si ya hemos salido de la crisis...? Se trata de una "réplica" al informe que presenta anualmente el presidente del Gobierno, pero en este caso, apunta esta asociación, "las protagonistas son las personas y las dinámicas sociales".

También lanzan un aviso: se ha producido "una mutación en el ADN de la sociedad española", generando "un nuevo modelo de sociedad". Así, explican que esta situación "no es consecuencia inevitable del devenir de la economía, sino que tiene sus causas en decisiones políticas que conforman un escenario de precariedad y desigualdades extremas". Por este motivo, esta estructura social estaría basada en "un modelo productivo y de relaciones laborales que apuesta por la precariedad y los bajos salarios, una fiscalidad débil y regresiva y el desmontaje de las políticas sociales".

El informe analiza numerosos datos sobre la sociedad y economía españolas, jugando con una alternativa: ¿España ha salido de la crisis o, más bien, se ha instaurado un nuevo modelo en los últimos años? No obstante, detallan que "las claves de la situación en la que nos encontramos hay que buscarlas antes de la crisis", subrayando la "ola neoliberal" a la que España se sumó al principio de la década de los 90.

Trabajadores pobres

Al término de 2014, 1.766.300 hogares tenían a todos sus miembros activos en el paro. O lo que es lo mismo, casi uno de cada diez hogares en España, según la Encuesta de Población Activa en el cuarto trimestre del pasado año. El informe reconoce una "ligera tendencia decreciente", pero recalca que no es suficiente y que perpetuará unos "elevados niveles de pobreza y desigualdad en España, y constituirá una de las características más preocupantes del nuevo modelo de sociedad".

"Por encima de la frialdad de estos datos hay que imaginar la angustia y desesperación en la que han de vivir a diario las personas en una familia con todos sus miembros activos en paro", lamenta el texto, que subraya dos datos importantes: incremento de las depresiones –un 19,4% entre 2006 y 2010– y los suicidios –un 21,7% emtre 2011 y 2013–.

Se trata, en definitiva, de que "tener un empleo no garantiza, en absoluto, la capacidad para afrontar las necesidades básicas de una persona o familia". Sobre todo mujeres y jóvenes, los dos colectivos más afectados por el desempleo y/o el empleo precario.

Insolvencia alimentaria
Según el Informe sobre el estado social de la nación, la "insolvencia alimentaria" afecta a 1,9 millones de personas en España. Es más, el 7% de la población afirma "conocer a algún adulto en su entorno familiar, o él mismo, que ha dejado de tomar alguna de las tres comidas diarias en este último mes por falta de dinero".

Además, según la Encuesta de Condiciones de Vida, 624.308 personas no pueden garantizarse una "alimentación adecuada"; es decir, comer carne pollo o pescado "al menos cada dos días". Por otro lado, recuerdan que "otros estudios multiplican por cuatro estas cifras oficiales":

Pobreza energética
La pobreza energética es definida como "la incapacidad para mantener el hogar en una temperatura adecuada". Concretamente, esto afecta a tres millones de ciudadanos en España (8% de la población) que, enfatizan, quedan "abocadas a sufrir frío y humedades en invierno o calores excesivos en verano en sus domicilios".

Sobreendeudamiento y desahucios
Se trata de dos indicadores relacionados entre sí: el enduedamiento excesivo está "ligado fundamentalmente a la adquisición de vivienda", teniendo como consecuencia "el incremento de las ejecuciones hipotecarias cuyo triste final es en muchos casos el desahucio". Señalan a la burbuja inmobiliaria como origen de esta situación.

Por ello, recuerdan que ya en 2002, el 43,6% de los hogares españoles tenía "algún tipo de deuda financiera" y, dentro de este endeudamiento, la compra de vivienda representaba el 21,6% del total. Asimismo, destacan que, entonces, los hogares más pudientes eran los que "presentaban mayor tendencia al endeudamiento financiero" por esta razón. Nueve años más tarde, en 2011, tanto los hogares endeudados como el porcentaje de vivienda que formaba parte del total de estas deudas, se ha incrementado –cinco puntos más en ambos casos–. El informe recalca que en el periodo 2002-2011 los hogares más ricos redujeron su deuda, mientras que en el resto de hogares se incrementó.

Así, señalan que "la carga de la deuda hipotecaria en un hogar deja de ser prudente si consume más del 30% de los ingresos mensuales disponibles". Si esta llega al 40%, se considera que está sobreendeudado, en "zona peligrosa" y, por tanto, presenta riesgo de impago. Pues bien, el porcentaje de hogares en esta situación aumentó diez puntos en seis años, alcanzando al 16,6% del total en 2008. No obstante, en 2011 disminuyó algo más de tres puntos, algo que el informe considera que se debe a la baja del Euribor y a las ejecuciones hipotecarias, "que suponen la resolución del préstamo".

"Las familias españolas presentan unos niveles de deuda muy elevados que unidos al problema del desempleo y a la pérdida de capacidad de pago suponen una trampa mortal de largo plazo", advierten.

Los desahucios son consecuencia directa de este sobreendeudamiento. Así, recuerdan que la última estadística oficial, señala que el pasado año se produjeron 28.877 desahucios. Calculan que, de ellos, tres de cada cuatro se produjeron en primeras viviendas.

Desigualdad estructural
La pobreza "amenaza con convertirse en un elemento estructural de la sociedad en la próxima década", comenta el informe, que recalca que puede afectar a un 20% de la población. "El problema del aumento de las desigualdades viene de lejos y es consecuencia de un determinado proceso histórico e ideológico", y no solo "consecuencia directa de la actual crisis", explican.

Así, citando datos de Eurostat, afirman que "España es el país de la UE que más rápido ha deteriorado sus números relativos a desigualdad en los años correspondientes a la crisis y especialmente desde que aplicamos los criterios exigidos por la troika" en 2010. Destacan que la distancia entre el 20% más rico y el 20% más pobre se ha incrementado en 1,8 puntos en el periodo 2007-2012, más que en otros países del entorno, como Grecia, Italia o Portugal.

"La desigualdad genera un importante aumento de la desconfianza social, se deshace el pagamento que nos mantiene unidos", comentan sobre las consecuencias de la desigualdad, de la que destacan una especialmente grave: pone en riesgo la democracia, ya que, en la pobreza, las personas se convierten "en siervos de un nuevo sistema feudal".

Sistema fiscal: débil e injusto
"Nuestro problema no es un gasto público elevado, sino unos débiles ingresos". Ese es el resumen del análisis del sistema fiscal español que hace el documento. Es más, lo califica como "injusto", ya que se dan "privilegios a grandes empresas y fortunas mediante desgravaciones, exenciones y beneficios, que hacen que en la práctica paguen porcentajes muy inferiores a los que en teoría les corresponden". Concretamente, apuntan que "la mayor parte de las personas" contribuyen con un 22% de impuestos, "mientras que las grandes fortunas solo contribuyen un 1% y las multinacionales un 3,5%".

Así, defienden que "los ingresos fiscales en España han sido siempre, contrariamente a lo que suelen sugerir los neoliberales, muy inferiores a los que se obtienen en el resto de los países de nuestro entorno". Especifican que estos ingresos son del 32,6% en España, "frente a porcentajes próximos o superiores al 40% que caracterizan a los países más desarrollados".

Servicios sociales
Este punto también está relacionado con el anterior: España tiene un gasto público 5,6 puntos inferior a la media de la zona euro, según Eurostat. Además, según el informe, se dedican "menos recursos" en políticas sociales que en otro tipo de actividades, como orden público y seguridad, por ejemplo.

Así, apuntan que esto "ha empeorado en los últimos dos años", ya que "los recortes, con un perfil claramente ideológico, han deteriorado de forma continuada las bases del Estado del bienestar español".

Uno de los datos más destacados es que el gasto público por habitante en servicios sociales se ha reducido un 15,8% entre 2010 y 2013, pasando de 383,9 a 323,4 euros. O lo que es lo mismo, el Estado ha gastado 4.970 millones de euros menos en servicios sociales en este periodo.

martes, 28 de abril de 2015

PRENSA. Carta al director sobre la crisis económica concreta

Fotografía de Samuel Aranda

   En "El País" (Carta al director. 6 febrero 2014):

   Les escribo, queridos señores, para matar el hambre de madrugada. Sí. Tengo 41 años. Estoy en esa franja de edad invisible para ustedes. Por alguna oscura razón, a pesar de sus leyes, y Constituciones, sobrevivo gracias al arroz blanco, al amor materno y a la amistad. También por pequeños trabajos en eso que ustedes llaman “economía sumergida”. A mí difícilmente me verán llorando por televisión porque no tengo hijos ni suficiente valentía para hacerlo. Pero sí tengo a veces hambre, insomnio y horror de pedir lo que, para mí, constituye un derecho sagrado en toda democracia que se precie: comida. Son ustedes poco dignos, caballeros. Cuando regresen a Europa para hablar de macroeconomía, piensen dos veces antes de decir que España ha hecho los deberes. Esta carta se escribe para engañar el estómago, recuérdenlo. Esta carta es el saldo pendiente de una ciudadana a la que se le está agotando el arroz y la paciencia. No sonrían tanto, queridos dignatarios, porque son los abuelos quienes apuntalan el país con sus pensiones y ayudan a que no se desplome; no son ustedes. Son indignos de una España llena de gente fuerte y agradecida a pesar del abandono y la corrupción. Con el hambre ya cargamos unos pocos. Tengan ustedes la decencia, al menos, de cargar con la vergüenza para hacernos el peso algo más llevadero.                                            Elisa Mollá Saval. Valencia.