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miércoles, 14 de mayo de 2014

PRENSA. Sobre la mutilación genital femenina en Somalia

   En "El País":

“Mi hija será circuncidada porque es una tradición familiar”

La mutilación genital más brutal es practicada con frecuencia en Somalia, lo que deja a las mujeres con importantes secuelas físicas y psicológicas


Huba Yousef, de 27 años, espera para dar a luz a su tercer hijo en una sala del Hospital Banadir de Mogadiscio. / J. M. LÓPEZ
“Lo primero que hago es entumecer la zona con agua muy fría. Así no podrán sentir ningún tipo de dolor. Después realizo un corte rápido en la izquierda, luego otro a la derecha. Continuó cortando de abajo a arriba. Para terminar, lo coso todo con una aguja bien gruesa e hilo. Dejo sólo un pequeño agujero para la menstruación y la orina”, relata Idil Yusuf Ahmed, quien sostiene a su recién nacida en el regazo.
Las manos de esta mujer, madre de ocho hijos (tres de ellos niñas), recrean con absoluta frialdad el procedimiento que sigue cada vez que circuncida a una niña en este campo de desplazados de Al-Cadaala, a 10 kilómetros de la ciudad de Mogadiscio. Una sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios mientras explica cómo se gana la vida. Es, a pesar de su frialdad a la hora de relatar esta brutal tradición, una persona respetada en la comunidad.
Idil es la comadrona de este campo y sus manos han mutilado a centenares de niñas en los últimos tres años, el tiempo que lleva viviendo en este trozo de tierra lleno de polvo, arena y tiendas de colores, que albergan a más de 100.000 desplazados internos. Ella tiene el don de convertir a las niñas en mujeres. Y es que, en Somalia, hasta que una menor no está circuncidada no se considera que haya entrado en la edad adulta y que se encuentra lista para casarse y tener hijos (suele hacerse a partir de los 12 y 14 años). Idil, por supuesto, no tiene ningún tipo de formación médica y el instrumental que usa para este ritual jamás ha sido desinfectado. De hecho, la sangre seca de la última ablación sigue impregnando la hoja del cuchillo con el que mutila a las adolescentes.

En Somalia, hasta que una menor no está circuncidada no se considera que ha entrado en la edad adulta
Esta mujer es experta en lo que se conoce popularmente en Somalia como "circuncisión faraónica", la más brutal de las ablaciones. “Es la forma más agresiva de Mutilación Genital Femenina (MGF) y consiste en la extirpación de los labios mayores y menores y del clítoris. Después se cose ambos lados de la vulva hasta que está prácticamente cerrada dejando un único orificio. Es una práctica inhumana y brutal que causa cientos de muertos al año en Somalia”, denuncia Sagal Sheid Ali, trabajadora social en Somali Women Development Center (SWDC).
Entre 100 y 130 millones de mujeres han sufrido algún tipo de MGF. Es un tradición que pasa de generación en generación y que está presente en 28 países de África, pero que también ha comenzado a desembarcar en Europa, Oriente Medio y Europa. El 95% de las somalíes están circuncidadas; es el país del mundo donde más se realiza esta práctica, según un informe de Save the Children. “No es una cuestión religiosa porque va en contra del Islam. Es algo cultural y que pasa de generación en generación y se ha convertido en algo habitual entre las mujeres de Somalia”, denuncia Sagal.
La circuncisión femenina es una práctica más antigua que el cristianismo y el islamismo. Aunque debido a un Hadiz (palabras atribuidas al profeta Mahoma), relatado por Umm ‘Atiyyah, en el que se refiere a esta práctica se cree que es propia de esta religión. “Una mujer acostumbraba a practicar la circuncisión en Medina. El Profeta dijo: 'Cuando circuncides a una mujer no cortes demasiado de su miembro, para que tenga la cara más luminosa y sea más amistosa con su marido”. En las interpretaciones del Hadiz se dice que solo es cortado el prepucio del clítoris y no el propio clítoris.
Pero, según algunos estudiosos, la práctica de la mutilación genital femenina es muy anterior al islam. Algunos sitúan su origen en el antiguo Egipto. Por ello, la mutilación más agresiva, la infibulación, se denomina circuncisión faraónica. Un papiro griego fechado en el año 163 antes de Cristo menciona la operación que se les realizaba a las niñas en Memphis, Egipto, a la edad en la que recibían su dote, lo que respaldaría la idea de que la mutilación genital femenina se originó como una forma de iniciación para las mujeres jóvenes.
Visto como una deformidad y un motivo de vergüenza, el clítoris generaba irritación por el roce continuo contra las ropas, lo que estimulaba el apetito por las relaciones sexuales. Ante esta situación, los egipcios consideraban adecuado extirparlo antes de que se volviera demasiado grande, “especialmente cuando las niñas estaban a punto de contraer matrimonio”, escribió el físico griego Aetios en su obra Ginecología y Obstetricia del siglo VI después de Cristo

Entre 100 y 130 millones de mujeres han sufrido algún tipo de ablación
Los primeros pasos para erradicar esta técnica fueron dados por el gobierno de Somalia, que prohibió la mutilación genital femenina en la nueva Constitución, en la que se considera está práctica como una “tortura” para las mujeres. “La circuncisión de las niñas es una práctica tradicional cruel y degradante, y equivale a la tortura. La circuncisión de las niñas está prohibida”, señala el artículo 15 (4) de la Constitución del país africano. Pero la realidad es que no hay ninguna ley específica y la práctica se mantiene tanto en áreas rurales como urbanas de Somalia.
En un país como este, donde las tradiciones son fuertemente respetadas por la sociedad, las mujeres que no están circuncidadas son mal vistas por el resto e incluso llegan a ser repudiadas. Se las considera insalubres (ya que según la creencia popular la MGF ayuda a mejorar la higiene de las mujeres) y no pueden manipular ningún tipo de alimento para no contagiar al resto de la comunidad con sus pérfidas manos. Incluso, existe la creencia que el contacto del bebé con el clítoris materno puede llegar a ser mortal para el recién nacido.
Habibo Mohamed Suso tiende la ropa sobre una endeble cuerda de esparzo para que se seque bajo el sol que castiga el campo de desplazados de Al-Cadaala. Entre sus piernas corretean sus dos hijas pequeñas. Las niñas juegan al pilla pilla entre risas. La madre las manda al interior de una de las tiendas para que traigan los utensilios para comenzar a preparar la comida. Habibo tiene 25 años y siete hijos (cuatro hembras y tres varones). Como la mayoría de las mujeres de Somalia fue circuncidada cuando era muy joven. Recuerda, como si hubiese sido ayer, aquel día como uno de los peores de su vida. “Me pusieron un cuchillo ardiendo entre las piernas para comenzar a cortarme. Luego me untaron con ungüentos lo que me provocó una terrible infección”, recuerda haciendo una pequeña pausa para tratar de reprimir las lágrimas. “Cuando me casé (tenía 14 años) en mi noche de bodas mi marido tuvo que abrirme la vagina con un cuchillo porque la tenía totalmente cerrada. Y cuando di a luz (con 15 años) los dolores fueron terribles…”, afirma esta mujer.
Aquel primer bebé fue una niña. Habibo trató de impedir que su hija pasara por lo mismo que ella pero, finalmente, la presión de su familia y de sus vecinos pesaron más que el sentido común y accedió a someterla a la circuncisión faraónica. “Lo hice como toda madre”, se sincera. Mientras la comadrona mutilaba a su hija delante de ella, Habibo juró que ninguna de sus otras hijas sería jamás circuncidada. “Es una práctica inhumana y quiero que mis hijas tengan una vida plena”, afirma esta madre que se ha convertido en una de las más fervientes luchadoras contra la mutilación genital en el campo de Al-Cadaala.

El peso de la tradición

Deega Abukar está agotada. Dormita sobre su brazo derecho mientras a sus pies descansa su pequeña. La niña mueve lentamente las manitas, suelta un largo bostezo y comienza a llorar. Deega entorna los ojos. Está desorientada. Los lloros de la pequeña se hacen más fuertes y la muchacha (tiene solo 18 años) la toma en brazos y la ofrece el pecho para calmar su sed.
Deega dio a luz en el Hospital Banadir –el más importante de todo Mogadiscio– hace unas horas. Fue un parto lento, agónico y muy doloroso. La doctora Lul Mohamud Mohamed tuvo que hacerle varias incisiones para ayudar a dar a luz ya que debido a la circuncisión faraónica la vagina estaba completamente cerrada imposibilitando el parto. Cuando se le pregunta a la doctora por la situación de la madre después de la cirugía se encoje de hombros resignada y ladea la cabeza. “Lo he hecho tantas y tantas veces que es algo habitual. Lo normal es que las tengamos rajar con el bisturí para poder abrir la vagina porque de otra forma los bebés no podrían nacer y la madre moriría de agotamiento y de dolor”, confiesa esta mujer que lleva prácticamente toda su vida ayudando a las madres a dar a luz.
En este hospital se hacen grandes esfuerzos para que las mujeres comprendan los riegos a los que someten a sus hijas realizando la MGF. Las niñas pueden padecer graves problemas psicológicos, fuertes dolores, hemorragias, infecciones y transmisión de enfermedades, ya que las ablaciones se producen en grupo y con un instrumental que no ha sido esterilizado previamente entre intervención e intervención. “Incluso puede provocar fístulas en la mujer dado que durante las relaciones sexuales el hombre hace fuerza para penetrar a la mujer”, puntualiza la doctora.

La mutilación genital es una práctica más antigua que el islam y nada tiene que ver con esta religión
La doctora Lul se acerca hasta la cama donde Deega continúa dando el pecho a su hija. La mira y la pregunta como está. La muchacha sonríe. Deega fue circuncidada cuando tenía 14 años. Recuerda que trató es escapar cuando vio lo que le estaban haciendo a las otras niñas, pero entre varias mujeres la lograron retener. “Me hicieron muchísimo daño. Fue algo horrible que jamás podré olvidar en toda mi vida”, se sincera. Pero, a pesar de la experiencia a la que fue sometida, la joven tiene claro que el peso de la tradición puede más que el sentido común. “Mi abuela, mi madre, mis hermanas, mis primas y yo estamos todas circuncidadas. Mi hija también lo será porque es una tradición familiar”, afirma sin dudar un instante. “Es nuestra cultura. Es lo que somos y lo que debemos transmitir a nuestros hijos para que ellos hagan lo mismo con los suyos”, confiesa.
La respuesta no sorprende a la doctora Lul: “A pesar de ser una sociedad patriarcal, las mujeres son las que acaban sometiendo a sus hijas y, en muchas ocasiones, el marido ni siquiera es preguntando sobre sí quiere que su hija sea circuncidada o no. En este asunto quién manda es la mujer”.

La concienciación

Los habitantes del campo de desplazados de Maslah se van acercando en torno a una mujer que cubre su cabello con un largo velo rosa. Los hombres a un lado y las mujeres a otro. Algunos se sientan sobre la arena caliente, otros se resguardan bajo la sombra de unos endebles árboles y el resto aguanta con estoicismo bajo el intenso calor que castiga Mogadiscio. La mujer habla con pausa. El silencio es absoluto. Todos la miran y la escuchan con respeto. “No debéis someter a vuestras hijas a la circuncisión porque esto la acarreará graves problemas en el futuro, afectará a su salud…”, la mujer alza la voz para que todos la puedan escuchar.
Los trabajadores de SWDC acuden, una vez al mes, a este campo para tratar de concienciar a sus habitantes de que dejen de circuncidar a sus hijas. “La Circuncisión va contra el Islam y contra las mujeres. No debemos someter a nuestras hijas a esta práctica inmoral y antireligiosa”, clama una mujer entre los asistentes. Todos se giran para mirarla. Algunos cuchichean entre ellos. “En nuestros tiempos, cuando no teníamos educación, la circuncisión era una práctica normal entre las mujeres. Pero ahora, los tiempos han cambiado. Nuestros hijos tienen más educación y más conocimiento que nosotros así que no debemos someterlos a prácticas ancestrales”, afirma con firmeza Maryah Habeeb Haydar.
Esta oronda mujer que cubre su cabeza con un larguísimo velo blanco salpicado de motivos verdes es la esposa de uno de los líderes religiosos más importantes del campo de desplazados. A sus 58 años es madre y abuela y lucha con fiereza contra la MGF. “Las mujeres somalíes nos encontramos indefensas y en una situación terrible. Somos nosotras las que imponemos tradiciones sin sentido a nuestras hijas sin recordar lo que sufrimos”, denuncia. Maryah hace memoria y se traslada 44 años atrás cuando fue sometida a la circuncisión faraónica. “Fue terrible. Recuerdo que en mi primera menstruación sufrí fuertes dolores, al igual que la primera vez que tuve relaciones sexuales con mi marido o cuando di a luz que tuvieron que intervenirme quirúrgicamente para que mi bebé pudiera salir”.
Maryah es consciente de su autoridad entre las mujeres del campo y la utiliza para tratar de cambiar conciencias y evitar que más niñas continúen sufriendo de manera innecesaria. Son actitudes como la de esta mujer la que están consiguiendo que el número de ablaciones disminuya en Mogadiscio. Somali Women Development Center ha registrado un leve descenso en las niñas que han sido circuncidadas, pero solo es un espejismo porque en las áreas rurales donde no pueden llegar está práctica sigue siendo habitual.

viernes, 11 de noviembre de 2011

PRENSA. "Viaje a la capital del caos", reportaje de Jon Sistiaga. (Sobre Mogadiscio, capital de Somalia)

Abdulkhadir Moallin Noor es un señor de la guerra más conocido como El Califa.Lidera la milicia Ahlu Sunna Wa' Jamma, la única que ha plantado cara a los islamistas de Al Shabab, vinculados a Al Qaeda.- HERNÁN ZIN. ("El País")


   En "El País Semanal":
Viaje a la capital del caos

JON SISTIAGA 06/11/2011

   Al aterrizar en Mogadiscio, el visitante debe rellenar un formulario. Nombre, nacionalidad, motivo de la visita y... ¡tipo de arma que lleva! Marca, calibre y número de serie. Si no traes ninguna, te miran con cara de extrañeza. Así se entra en Somalia. Un país que lleva 20 años hundido en la anarquía. Ahora sufre la peor crisis humanitaria en lo que llevamos de siglo. Hambrunas. Sequía. Balas. Casi dos millones de desplazados, dentro y fuera del país. Entramos en el territorio de los señores de la guerra en el Cuerno de África.



Somalia
Capital: Mogadiscio. Gobierno: República. Población: 9,558,666 (est. 2008)

   Bienvenidos a Mogadiscio", dice con voz metálica la azafata. Nadie sonríe en el avión. Casi todo el mundo suspira y mira por la ventanilla los restos de un gigantesco Ilhusin, un avión de carga alcanzado por un lanzagranadas hace unos años y que ahí sigue, varado al final de la pista, dando la bienvenida al viajero. Todos los pasajeros sabemos que esta ciudad no tiene nada de acogedora. Que no es ni amable ni hospitalaria, sino más bien todo lo contrario. Si Somalia es el paradigma de la anarquía, Mogadiscio es la capital del caos, porque aquí la vida no vale nada, y se mata por muy poco. Y porque aquí, mientras muchos se mueren de hambre, otros no paran de comprar balas.
   "Poneros los chalecos antibalas y el casco, que salimos del aeropuerto", nos dice nuestro contacto. Se llama Bashir Yussuf, tiene 40 años, pero aparenta muchos menos. Viene con una escolta de 14 hombres armados hasta los dientes porque, según él, es la única forma de garantizar nuestra seguridad. Es la primera vez que acepto la lógica de la protección armada para poder trabajar. Estaremos siempre escoltados. Nuestros movimientos serán limitados. Nuestro contacto con la gente, escaso. No podremos parar cuando queramos, ni ir donde nos apetezca. Esas son las reglas. Bashir asegura que él no es un señor de la guerra, sino solo un hombre de negocios. Un tipo bien conectado que se dedica a meter periodistas y cooperantes en la ciudad más peligrosa del mundo y que ha hecho de ello su modo de vida: "No me voy a ir a limpiar váteres a Europa", me dice altanero.
   La comunidad internacional se ha gastado en Somalia casi 40.000 millones de euros en 20 años. En ese tiempo ha habido 14 procesos de paz fallidos y 15 Ejecutivos interinos. Ahora, un nuevo Gobierno de transición apoyado por las Naciones Unidas y construido según un inestable acuerdo entre clanes, subclanes y sub-subclanes, intenta enderezar el país. O al menos Mogadiscio, que es el único territorio que controla realmente el Gobierno. Somalia sigue siendo, según 'Transparency International', el país más corrupto del mundo, un lugar en el que el 25% de la ayuda humanitaria cae en manos de los señores de la guerra, que después trafican con ella. En cualquier calle se pueden ver fardos de comida de las distintas cooperaciones que son revendidos a precios desorbitados. Sin embargo, el Gobierno sigue sin hacer nada al respecto. Siguen creyendo que la corrupción es un vicio moral y no un delito.
   "Lo siento, las ventanillas subidas. Vuestro problema es la piel. No quiero que se vea que hay dos blancos en el coche. Cualquiera puede avisar por teléfono y nos montan una emboscada en cinco minutos", nos alecciona Bashir en el aparcamiento. Antes de salir del aeropuerto hay que esperar a que un soldado retire con una excavadora la enorme barrera de hormigón que impide la entrada de coches suicidas. Este lugar es uno de los objetivos preferidos de los islamistas de Al Shabab, la rama de Al Qaeda en el Cuerno de África. Y cuando salimos de ese recinto amurallado es cuando percibimos el Mogadiscio real: no hay ni un solo edificio que no haya sido alcanzado por las dentelladas de la guerra. Todo está destruido y diezmado. La ciudad transpira hostilidad. Nos movemos a velocidades de vértigo por unas calles que se convierten, de repente, en ratoneras. No hay un solo edificio que no haya sido reventado o esté lleno de muescas de metralla, pero a diferencia de Grozni, Sarajevo o Gaza, estas son resultado de 20 años seguidos de nihilismo.

Soldados del Gobierno Federal de Transición patrulla el norte de la ciudad, antiguo bastión de los islamitas.- HERNÁN ZIN. ("El País")



ESTADO COLAPSADO
   Somalia tiene todos los epítetos que definen a un Estado fallido: es refugio de piratas, paraíso de yihadistas, paradigma de la corrupción, negocio para los traficantes de armas, ejemplo de desgobierno, modelo de guerra eterna... Si le sumamos la sequía y el hambre, Somalia es más bien un Estado colapsado. Llegar por fin al hotel es respirar tranquilo y preguntarse: ¿por qué le han puesto de nombre de hotel 'Paz'? ¿Por qué considerarnos seguros aquí dentro? ¿Por las barricadas de arena que impiden la intrusión de un coche bomba? ¿Por las torretas de vigilancia que controlan a quien se acerca a menos de 50 metros? ¿Por las alambradas de espino que impiden los asaltos e intentos de secuestro? ¿Por qué le llaman 'Paz', cuando la dirección ofrece chalecos y cascos para los clientes que tienen que salir a hacer alguna gestión?
   "Todo el mundo dice que Mogadiscio es el lugar más peligroso del mundo, pero me niego a creerlo", me insiste vehemente el alcalde Ahmed Nur Mohamed. "Si comparamos las estadísticas, Bagdad es más peligroso. Nuestra media de muertos diarios es mucho menor. Lo que pasa es que las grandes potencias tienen muchos intereses en Bagdad y en Kabul, pero nadie tiene interés en venir a Mogadiscio". El señor Nur, de mirada profunda y discurso directo, ha pasado casi toda su vida en Londres. Llegó a presentarse a concejal por el barrio de Camden con el partido laborista. No salió elegido y poco después le llamaron para ofrecerle la alcaldía. Desde entonces le han puesto una bomba en el coche y se ha librado de otro par de intentos de atentado. "Cuando acepté el puesto sabía que era un trabajo peligroso, porque me convertía en objetivo prioritario de los islamistas de Al Shabab, pero asumí el riesgo", me dice con tranquilidad. El primer edil de Mogadiscio no se preocupa por los baches en las calles o el alumbrado de las aceras. Todavía no. En una ciudad devastada y cantonalizada por clanes y milicias, Nur intenta poner un cierto orden y convencer a los paramilitares de que el Estado debe tener el monopolio de la fuerza. "Los señores de la guerra y todas esas milicias armadas son una bomba de relojería", avisa.
   Cuando volvemos a los coches me fijo en nuestra escolta. ¿Por qué le llamo escolta? ¿No es también un pequeño ejército privado, una milicia? Me quedo mirándolos y pensando si no hemos entrado nosotros también en el negocio de los mercenarios, de los ejércitos de alquiler. De acuerdo, es la única manera de retratar Mogadiscio. Se muestran profesionales, hasta educados y no han amenazado a nadie, ¿pero no somos nosotros también parte del gran juego de la guerra?

Dramática panorámica de la catedral de Mogadiscio. En el claustro fue asesinado de un tiro en la cabeza el obispo de la ciudad. El retablo ha sido acribillado hasta deformar a Cristo.- HERNÁN ZIN. ("El País")



LOS SEÑORES DE LA GUERRA
   Dice un proverbio somalí: "Yo y mi clan contra el mundo. Yo y mi familia contra el clan. Yo y mi hermano contra mi familia. Yo contra mi hermano...". Este bucle violento ha funcionado aquí durante siglos. Antes con lanzas, ahora con Kaláshnikov. Desde que cayó el dictador Mohamed Siad Barre, en 1991, Somalia ha sido un país solo en los mapas. Se convirtió en el Estado hobbesiano perfecto devorado por señores de la guerra, milicias incontroladas, mercenarios sin escrúpulos y militantes de Al Qaeda.
   "Yo ahora soy el consejero de Seguridad Nacional del presidente, así que no puedo ser un señor de la guerra. Los señores de la guerra se peleaban por controlar el mercado de Bakara, el aeropuerto o el puerto. Querían poder y dinero. Yo no soy así. No necesito poder porque ya estoy en el poder como líder espiritual. La gente me besa la mano, lo has visto. No me dan la mano, me la besan. ¿Qué más necesito?". Abdulkhadir Moallin Noor es conocido como El Califa y es el líder de la milicia Ahlu Sunna Wa' Jamma, la única que le ha podido plantar cara a los islamistas de Al Shabab. Alto, de buenos modales, educado en Londres, Abdulkhadir no responde al perfil clásico de un warlord. Ahora trabaja para el Gobierno de transición e intenta legitimarse ante la sociedad limpiando su historial sangriento con un nuevo perfil político. "En Pakistán y Afganistán tienen un nombre, talibanes. Aquí se hacen llamar Al Shabab, pero todos vienen del mismo sitio: Al Qaeda. Tienen diferentes nombres, pero la ideología es la misma", insiste El Califa.
   Su ejército privado está formado por milicianos sufíes, una corriente del islam tolerante y pacifista. Los islamistas radicales, que los consideran una herejía, iniciaron una campaña de asesinatos y profanaciones de tumbas. Los sufíes, liderados por Abdulhadir, se armaron e hicieron frente con notable éxito a Al Shabab, conquistándoles incluso algunos territorios. ¿Dónde están ahora los milicianos de El Califa?: "Se los he transferido al Gobierno, que paga sus nóminas y les compra sus armas. Ya no reciben órdenes mías". Escuchando la rotundidad con la que habla Abdulkhadir y viéndole escribir mensajes en su iPad, es difícil no caer seducido por su discurso de la convivencia. Pero la realidad es que El Califa sigue controlando las lealtades de todos sus hombres, que a una orden suya se volverían contra el Gobierno. Como ha pasado siempre en Somalia, donde la fidelidad está con el clan y no con el Estado. El Califa sigue controlando a todos esos paramilitares y, como otros señores de la guerra, lucha por controlar su territorio, cobrar impuestos y redistribuir la ayuda humanitaria.

Niños famélicos en el hospital de Benadir. Más de 30.000 han muerto a lo largo de tres meses por el azote de la hambruna.- HERNÁN ZIN. ("El País")


MUERTOS DE HAMBRE
   Mogadiscio se ha convertido también en un inmenso campo de refugiados, a los que se les llama eufemísticamente desplazados internos. La sequía bíblica que asola el Cuerno de África y el auge de los precios de los alimentos básicos provocados por los especuladores internacionales han provocado el éxodo, dentro y fuera del país, de casi dos millones de somalíes. "¿Que si tenemos hambre? Todos los días. Ni siquiera puedo alimentar a mis niños. Esto es un infierno", me dice Farhiya Abdala, con 36 años y seis hijos. La guerra llamó a su puerta hace unas semanas, en su aldea a 15 kilómetros de Mogadiscio, y desde entonces malvive en el campo de refugiados de Sayidka. Un mortero cayó cerca de su casa y le dejó varias cicatrices en la muñeca y algunos trozos de metralla en la cabeza. Hace calor en su pequeña tienda de plástico. Huele a orín y a humo. Y todo está lleno de moscas. Farhiya tenía un pequeño negocio de tatuajes de henna en un puesto callejero. "Ahora soy una refugiada sin casa", se lamenta.
   Pese a que la escolta armada no se separa de nosotros y ejerce una cierta intimidación a los que nos rodean, conseguimos dar un pequeño paseo por este mar de plástico. Hablamos con panaderos, lavanderas e ingenieros. La condición de refugiado altera cualquier orden social y despoja al que la adquiere de su identidad anterior. Te conviertes en un número, vives en una tienda y haces cola como todo el mundo. Da igual quién seas o el dinero que tuvieras. Solo tienes derecho a una ración. No hay muchos occidentales por aquí. Más bien ninguno. Las ONG que trabajan en la zona hace años que lo hacen con empleados locales supervisados desde Nairobi. La inseguridad es muy alta; el secuestro de cooperantes, un lucrativo negocio. Las autoridades suelen cribar los campos. Creen que aquí también se infiltran muchos islamistas que luego pueden atacar desde el mismo corazón de la ciudad. Estamos en un campamento de refugiados, pero Bashir nos recuerda que las reglas son las reglas: no quedarse quieto mucho rato en el mismo sitio, no hablar con cualquiera, evacuar rápido a la primera orden. Y los guardaespaldas nos sacan prácticamente a empellones cuando se percatan de que un guardia ha quitado el seguro de su Kaláshnikov para poner orden en una cola de refugiados. Puede que dispare, o puede que no, pero mejor irse.
   Hay muchas organizaciones caritativas musulmanas de países limítrofes trabajando en la zona. La proximidad religiosa y el hecho de no ser occidentales les facilita el acceso. El doctor Mohamed Abdurrahman es miembro de la ONG sudanesa 'Fondo de Ayuda al Paciente': "La mayoría de estos niños están hambrientos, y todos los casos que tenemos aquí padecen malnutrición agravada con diarrea, que provoca deshidratación...". Estamos en la zona de pediatría del hospital Banaadir, el mayor de Mogadiscio. Aquí, en esta sala, uno cruza la invisible línea entre la realidad y lo intolerable. Una treintena de niños famélicos se debaten entre la vida y la muerte. El llanto del hambre es un sollozo constante y lánguido que te deja devastado. Es un gimoteo suplicante que taladra la conciencia. El lloro final de críos que han tenido la mala suerte de nacer, y a los que la vida se les escapa sin vivirla. Apenas un pellejo recubre sus huesos. La falta de tejido graso debajo de la piel les provoca hipotermias. Otros tienen hipoglucemia porque el hambre, qué paradoja, al final les quita las fuerzas y el apetito. "Todos los días se nos muere un niño. A veces, dos. Otros días, tres o cuatro. La mayoría vienen del interior del país y llegan demasiado tarde para salvarlos", me cuenta Abdurrahman mientras coloca una vía a una cría que le mira desde sus ojos vacíos.
   La mayoría de estas familias provienen de territorios controlados por Al Shabab. Durante años, los islamistas prohibieron las vacunaciones porque aseguraban que eran parte de un complot occidental para matar a los críos somalíes. El resultado es que ahora, con la hambruna y la bajada de defensas, estos niños se mueren de hambre, de cólera, de sarampión o de diarrea... Un reciente informe de la ONG 'Enough Project' asegura que el papel de Al Shabab con la hambruna va a ser recordado en el mundo musulmán como el de los Jemeres Rojos en Camboya. Su interpretación retorcida del islam y su negación de la crisis humanitaria han llevado a la muerte en masa de miles de personas, la mayoría niños. Somalia tiene la mayor tasa de mortalidad infantil del mundo en niños menores de cinco años. Se mueren 200 de cada 1.000.

SE BUSCA HOMBRE BOMBA
   Hay en Mogadiscio una tremenda banalización de la violencia. Generaciones enteras de jóvenes han crecido y se han hecho mayores con un Kaláshnikov como juguete. Para ellos, términos como justicia o estado de derecho son conceptos abstractos. Viven en un estado de guerra permanente de todos contra todos... Y es en la vieja catedral de Mogadiscio donde se pueden percibir todas esas malas vibraciones de este nuevo barbarismo. La que en su día fue una de las joyas arquitectónicas de la ciudad es hoy una escombrera llena de cascotes y excrementos. Aquí fue asesinado de un tiro en la cabeza, en el mismo claustro, el obispo de Mogadiscio, el italiano Salvatore Colombo. Durante los años del caos, su cuerpo fue desenterrado y profanado para robarle los empastes de oro. No queda ni una sola estatua o figura en el vía crucis. El retablo ha sido fusilado a conciencia, hasta que la figura de Cristo quedó destrozada.
   Para llegar a la catedral, nuestro chófer ha tenido que conducir de manera temeraria, evitando atascos o embotellamientos. Mogadiscio transmite una perturbadora sensación de peligro constante e invisible. De que nada es lo que parece. De que cualquier coche, cualquier furgoneta, puede ser lo último que veas en tu vida. Cien personas murieron recientemente en la principal rotonda de la ciudad por el estallido de un camión cargado de explosivos. En las entradas de los edificios oficiales hay carteles con fotos de militantes de Al Shabab que dicen: "Se busca a este hombre bomba". Por eso me quedo de piedra cuando entro en el despacho del ministro de Defensa de Somalia: "Te aseguro que Mogadiscio está al cien por cien bajo nuestro control. Puedes ir con libertad a cualquier lado. Disfrutar de sus vistas, de su gente, ir a nadar a la playa". Hussein Arab Isse vivía en Los Ángeles hasta hace unos meses. Allí tiene varios negocios y ha dejado, por el momento, a su familia. Le comento que ese no es el Mogadiscio que yo he percibido y le invito a que hagamos la entrevista en la calle. El ministro acepta, pero no pasa del aparcamiento del ministerio. Eso es para él la calle.
   Hussein no tiene ni experiencia militar ni política, pero ha aceptado la cartera de defensa en un país que lleva 20 años en guerra y que se enfrenta a una poderosa milicia islamista. Sus soldados, mal pagados, mal formados, desertan a menudo, venden sus armas en el mercado negro o pasan información al enemigo. Muchos son antiguos milicianos cuya lealtad sigue estando con su señor de la guerra, y no con el Estado somalí. Algunos de esos warlords, autores de auténticos desmanes que cualquiera calificaría de crímenes de guerra, han sido nombrados comandantes o generales del nuevo ejército nacional. "Vale, tenemos a algunos antiguos señores de la guerra (...), pero hubo mucha gente que luchó por la liberación de Mogadiscio y que sacrificó mucho. Y esa gente merece ser escuchada". Antes de despedirnos le pedimos permiso para acudir al frente.

BOMBA EN EL HOTEL 'PAZ'
   El general Dhagabadam es el segundo jefe de Estado Mayor del Ejército. "Los hemos expulsado, los hemos echado de aquí", me dice con cierto triunfalismo de los milicianos de Al Shabab. Lo cierto es que si estamos aquí, en los arrabales de Mogadiscio, es porque los islamistas han decidido retirarse del centro de la capital, no porque este general, educado en Cuba en los setenta, haya conquistado la zona. La mayor parte de las tropas que vemos son de Burundi y de Uganda, dos países de la Unión Africana que llevan años poniendo soldados sobre el terreno en esta guerra externalizada por Occidente. La comunidad internacional teme que Somalia se convierta en el nuevo refugio de Al Qaeda, pero, después de Irak y Afganistán, prefieren subcontratar la guerra a países de la zona para que ellos pongan los muertos.
   "Los de Al Shabab están a unos 200 metros de nosotros, y como se les ocurra atacar, los freímos... Ahí enfrente no tendrán más de 150 hombres". El coronel Mohamed Saney es el comandante de la zona. Habla inglés porque recibió formación militar en Estados Unidos. Estamos en la última posición del frente controlada por el Gobierno de Mogadiscio. Unas empalizadas de tierra y hormigón nos separan de los islamistas. Me asomo por una de las troneras. Al otro lado, solo silencio y una extraña quietud. No hay movimiento. Tampoco se percibe vida. No se les ve, pero se les presiente. Las estimaciones más serias creen que Al Shabab tiene unos 10.000 efectivos, con los que controla prácticamente todo el país. Le digo al coronel que solo en Nueva York hay casi 40.000 policías. Y me dice: "Poco a poco".
   Nos volvemos al hotel 'Paz' para hacer las maletas. Mientras almorzamos, una poderosa explosión nos levanta de la silla y succiona el aire a nuestro alrededor. Un coche explota delante de la recepción. Un hombre muerto en el asiento del conductor. Metralla en el jardín. Vuelta al caos. Mogadiscio nos despide a su manera, con una bomba en el hotel. Pasados los primeros momentos de pánico, después de grabar la escena y percibir de nuevo, esta vez más cerca, esa presencia invisible y volátil del peligro de esta ciudad, el cocinero nos dice que la comida se va a enfriar. Que nos volvamos a sentar. Y nos sentamos. Y comemos. Y me acuerdo de los versos del poeta somalí Gamuute: "Nos movemos entre lo malo y lo peor".

   El documental 'Los señores de la guerra' se emite en Canal + el próximo 17 de noviembre.
Fotos: Hernán Zin.

martes, 18 de octubre de 2011

VÍDEO. Hambre en Somalia

   Niños muriendo de hambre en Somalia.


Gracias a Virginia Molina por su envío.

miércoles, 17 de agosto de 2011

PRENSA. "Somalia", por Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El Día de Córdoba":
Somalia

Joaquín Pérez Azaústre
08.08.2011

   Nombrar Somalia es una indignidad, pero cómo no hacerlo. Todos somos culpables de lo que está ocurriendo allí, que es la triste historia de un genocidio sin ejecutores, pero con ideólogos en la sombra. Escribir hoy Somalia, y leerlo en el periódico, para volver después a nuestra gran preocupación de la prima de riesgo y la caída en picado de nuestro modo de vida, es el mayor indicio de que somos los cómplices silentes de la exterminación de todo un pueblo. No digo que cada uno de nosotros, desde nuestra inocente y muy acomodaticia ignorancia de todos los días, seamos responsables directos de todos esos miles de muertes por la hambruna, hora tras hora; pero nuestra manera de vivir, de armar el mundo, de articularlo en medio de políticas económicas que ha quitado a los pobres hasta la propia dignidad del pobre, esa antigua forma de autoabastecerse, es la gran culpable de la devastación somalí.
   Si pensamos en Somalia, hay que remontarse a los largos efectos del colonialismo británico, italiano y francés, durante los dos últimos siglos, pasando también luego por ese gran silencio de la Guerra Fría. Se buscó, en vano, convertir Somalia en una sociedad distinta, muy lejana a ella misma, para alcanzar el tipo de vida occidental. Ésa era la excusa, la coartada moral, para el mayor expolio de las últimas décadas: así, con la justificación de importar para Somalia los modos de justicia, democracia y formas estatales que conocemos aquí, sin importar apenas que no respondieran, nunca, a la situación real del pueblo somalí, en los años 80 el FMI decidió intervenir para "reorientar" la economía nómada-pastoral de pequeños agricultores. Así, se proyectaron programas de reasentamiento buscando una economía comercial, llegando a alcanzar un 80% de los ingresos por exportaciones en 1983. Pero las reformas fueron desintegrando las viejas relaciones de intercambio monetario, y mientras se extraían recursos económicos para pagar la deuda externa, esta "reorientación estructural" impuso la importación de grano extranjero. Así se empezó a hablar de "ayuda alimentaria" y en los 80 la importación de trigo y arroz -norteamericano, por supuesto- se multiplicó por 15, mientras los productores locales se iban quedando arrinconados, con lo que la capacidad de alimentarse del pueblo somalí quedó reducida a las importaciones.
   Varias devaluaciones y privatizaciones continuas, hasta dejar Somalia, bajo el ala protectora del FMI, sin capacidad para alimentarse a sí misma. El relato puede ser más o menos sesgado, más o menos completo; pero es este, tristísimo y doliente, ejemplo turbador de la sociedad global que todavía queremos preservar. Quizá la teoría del cataclismo, de un gran estallido que se lleve esta vida por delante, no sea tan descabellada: mirando hacia Somalia, llevamos muchos años ganándonos a pulso un mal final.

martes, 16 de agosto de 2011

PRENSA. "¿Es posible una hambruna en 2011?", por Olivier Longué

   En "El País":
¿Es posible una hambruna en 2011?

OLIVIER LONGUÉ 23/07/2011

   Lo es. Está pasando hoy, ahora. A unas cuatro horas de avión de Europa y tras recolectar las tres cosechas más grandes de la historia de la humanidad. Niveles de desnutrición aguda por encima del 30%, dos muertes por cada 10.000 habitantes al día, menos de 2.100 kilocalorías por persona al día, menos de cuatro litros de agua diarios para consumo humano, desplazamientos masivos de población y conflicto de gran intensidad. Todo esto y más puede atribuirse hoy Somalia, que el imaginario colectivo ubica solo como "el país de los piratas" o, los menos, como uno de los "Estados fallidos" del planeta.
   Pero, no nos engañemos, la declaración oficial de hambruna que Naciones Unidas acaba de hacer no se limita a una distinción semántica o técnica. Es más bien el fracaso de la humanidad de lograr una gobernanza global en la era de las comunicaciones, en un momento en que todas las barreras físicas y espaciales parecían poder ser abatidas y 63 años después de que se proclamase que hay unos derechos que son universales. ¿Cómo explicar si no a un niño desnutrido, que ya no quiere ni puede comer, el hecho de que esta sea una crisis anunciada, de la que las organizaciones humanitarias presentes en el país veníamos alertando desde hace semanas?
   El factor desencadenante ha sido esta vez una sequía (la mayor de los últimos 60 años), la consecuente pérdida de cosechas y ganado y la subida brutal del precio de los alimentos básicos. Pero Somalia ha venido viviendo en una situación de continua inseguridad alimentaria, violencia y fragilidad durante los últimos 20 años. Hoy hablamos de una emergencia dentro de otra emergencia que se traduce en un hambre masiva, brutal, letal. No veíamos nada igual desde 1992, cuando otra hambruna se cobró la vida de 300.000 somalíes. En todas las mentes está el recuerdo de Biafra, donde murieron, en 1984, un millón de personas.
   ¿Qué hacer ante una situación así? Actuar. Responder. Prevenir. Resolver en el corto plazo pero proyectarse también en el medio y el largo plazo. Hoy, con la etiqueta oficial de hambruna, la comunidad internacional debe sin mayor dilación liberar todos los fondos necesarios para aliviar el sufrimiento de los 2,5 millones de somalíes que han dejado sus hogares huyendo del hambre. Proteger a los 11 millones de personas amenazadas por esta sequía en el Cuerno de África. Asegurar la próxima siembra a principios de 2012. Los Gobiernos de la región deben también facilitar el acceso inmediato a la ayuda humanitaria. Naciones Unidas debe coordinar la respuesta y las organizaciones no gubernamentales asegurar el uso más eficiente de los recursos disponibles sobre el terreno. Los ciudadanos, que sistemáticamente señalan en las encuestas el hambre como primera causa de preocupación global, tienen la oportunidad de hacer real su solidaridad. Pero esto no se resuelve salvando un puñado de vidas y relegando después otra vez al olvido al Cuerno de África, al que nadie le importa un cuerno.
   Toda esta indignación que despiertan las imágenes de vientres hinchados por el hambre debe transformarse en algo concreto. Podemos empezar por dejar de considerar la desnutrición aguda como una fatalidad y empezar a verla como una enfermedad. Diagnosticable, prevenible y tratable. Ojalá Somalia pueda abrirnos los ojos.

   Olivier Longué es director general de Acción contra el Hambre.