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lunes, 1 de febrero de 2016

ENSAYO. "Stevenson vivo, viajero y escritor". Fernando Savater

   En "Babelia":



Stevenson vivo, viajero y escritor

Tres espléndidos volúmenes recogen los ensayos personales, biográficos y literarios del autor escocés y una antología de sus crónicas de viajes




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El escritor escocés Robert Louis Stevenson.

Hoy, como de sobra sabemos, el género ensayístico abarca desde un esbozo recreativo en una revista literaria hasta un volumen imponente de cientos de páginas sobre un tema trabajado durante décadas. Tampoco es cosa de sublevarse, en imprecisiones más graves buceamos todos los días. Sin embargo, los verdaderos aficionados al ensayo —y que por tanto comemos de todo cuando toca, siempre con buen apetito, sea una imponente fabada o un liviano canapé de caviar— guardamos un especial aprecio a dos características que nunca deberían faltarle: la ligereza desenfadada de trazo (lo que Baldassare Castiglione llamó sprezzatura) y la sorpresa, lo imprevisto de la perspectiva o del giro que toma el asunto planteado inicialmente. Una de las dos nunca está ausente y en la mayoría de los casos se dan ambas en los sucintos ensayos o artículos que a lo largo de su vida “breve y valerosa” (Borges dixit) escribió Robert Louis Stevenson.
RLS es recordado ante todo como narrador de la que quizá sea la mejor novela juvenil de la era modernaLa isla del tesoro, y de uno de los más turbadores relatos de terror psicológico y fisiológico (pionero de la ciencia-ficción), algo posterior: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Así como otras narraciones largas o breves que alternan un aire vintage neorromántico con formas de contar que prefiguran los experimentos de vanguardia o renuevan la novela histórica y que fueron capaces de atrapar a lectores adolescentes, a nostálgicos de Walter Scott o el capitán Marryatt, junto a maestros del porvenir como Henry James y Marcel Schwob. Pero RLS no es en absoluto un candoroso impulsivo que se deja llevar por los ardores célticos de su corazón escocés, sino un artista que reflexiona con finura sobre el oficio de las letras, sobre las perplejidades tanto de la estética como de la ética, y que cuando recala en las playas de los mares del Sur no se entrega sin más a las exóticas bellezas de su paisaje, sino que también se rebela contra las injusticias de ese aparente paraíso. Cuando debe hablar de las lecturas que más han influido en él, tras la debida reverencia a Shakespeare y al querido D’Artagnan, ese compañero de alma que le regaló Alejandro Dumas, pone inmediatamente en lo más alto a Montaigne, un retratista de la vida “moderado y genial” cuyos lectores, si saben leerlo bien, “sentirán cómo tiemblan sus ortodoxias y se conmueven sus convicciones, y se darán cuenta de que esos movimientos no se han producido sin pretexto ni justificación”. También reconoce que la lectura de uno de los grandes ensayistas de la generación anterior a la suya, William Hazlitt, en particular su ensayo Sobre el espíritu de la obligación, “marcó un hito en su vida”. Estos predecesores dilectos se hacen notar cuando uno lee sus escritos de no ficción.






De la vasta colección de artículos y ensayos breves —RLS escribió mucho, pese al apretado plazo de su vida—, la editorial Páginas de Espuma, nombre muy adecuado al autor, selecciona casi un millar y medio de páginas, ordenados temáticamente en tres volúmenes. Bajo el título Vivir recoge ensayos personales y biográficos. Entre ellos, sus recuerdos familiares acerca de sus mayores que construyeron faros en las costas escocesas, de quienes se encontraba particularmente orgulloso. Y remembranzas de su infancia y juventud, tan determinantes luego en su obra, de sus nada vehementes estudios, de sus primeras impresiones sobre la mortalidad, relevantes en alguien de salud frágil desde su niñez, del islote adolescente que marcó su imaginación hasta llevarle luego a un tesoro y hasta de sus consideraciones reflexivas sobre la vejez ajena, ya que la propia le sería negada, feliz él.






Otro volumen, quizá el más interesante, se titula Escribir y reúne los ensayos dedicados a esa tarea y, no menos importante, a la lectura, pues ambas fueron la viga maestra de la vida de RLS. Aquí se revela como un crítico apasionado y perspicaz de otros, pero sobre todo de sí mismo. Las páginas que dedica a cómo creó La isla del tesoro y algunos más de sus libros son esclarecedoras de modo estimulante: hacen sentir la ilusión de la obra que se abre paso, cuando los obstáculos aún son acicates y no barreras. Sorprende su severidad —que no regatea méritos— con los autores que podríamos suponer que le encantaban, como Edgar Allan Poe (que obviamente tanto le influyó, aunque no lo admita así) o Julio Verne. Y no olvida, desde luego, una reflexión sobre La moralidad del ejercicio de las letras, un texto que merece más atención que muchas consideraciones célebres sobre el “compromiso” del escritor.






El tercer volumen, titulado Viajar,reúne una antología de textos viajeros. ¡Qué estupendo cronista de vagabundeos fue RLS! Sus relatos versan no sólo sobre los lugares a los que iba o desde los que partía —si bien se mira, todos los puntos cardinales son eso, sitios, en los cuales bajo unas u otras luces se vive y se malvive por igual—, sino ante todo acerca de lo que significa viajar, la emoción del desplazamiento y los mitos que obtenemos de ella. Mi preferido es el artículo que dedica a cómo disfrutar de los lugares menos agradables, una lección de resignación creadora… Esta edición de los escritos de no ficción de RLS está hecha con cuidado primoroso, tres tomos en pasta dura, bien ilustrados, ofrecidos en una caja de calidez irresistible. Pueden señalarse algunas leves inconsecuencias en la traducción y lunares menores en la versión de algunos títulos de obras de otros autores: los amantes de Julio Verne, que somos muy irritables, soportamos mal que al héroe abrumadoramente inglés que dio en 80 días la vuelta al mundo se le llame “Phíneas” (que suena a filósofo cínico) en lugar de “Phíleas”, o que se hable de “los supervivientes del canciller” en lugar del Chancellor, cuyo naufragio da pie a la novela. Pero todo eso cuenta poco ante la esplendidez del conjunto. Si el amigo o familiar al que quieren hacer un regalo es aficionado a la lectura, no hay mejor elección que esta edición de los ensayos de RLS. Y si no es aficionado a la lectura, no le regalen nada: que se fastidie.
Vivir. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2015. 400 páginas. 25 euros.
Viajar. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2014. 472 páginas. 25 euros.
Escribir. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2013. 448 páginas. 25 euros.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Adaptaciones literarias al cómic (1): "La isla del tesoro", de Robert Louis Stevenson

Portada para la editorial Bruguera

Iniciamos una serie de entradas para mostrar cómo la literatura ha sido "traducida" al lenguaje del cómic. Por supuesto, la "interpretación" que aquí ponemos como ejemplo sólo es una entre todas las posibles.
También adjuntaremos el principio de las obras.
Podemos ver la misma página en blanco y negro y en color. Sus autores fueron Carlos Giménez, Luis García y Adolfo Usero.

Ahora, el principio de la novela:

Parte Primera: EL VIEJO PIRATA

Capítulo 1 — Y el viejo marino llegó a la posada del «Almirante Benbow»


El squire [algo así como un "hacendado de la baja nobleza"]Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello tomo mi pluma en este año de gracia de 17... y mi memoria se remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería Almirante Benbow, y el viejo curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo para nuestro techo.
Lo recuerdo como si fuera ayer; meciéndose como un navío llegó a la puerta de la posada, y tras él arrastraba, en una especie de angarillas, su cofre marino; era un viejo recio, macizo, alto, con el color de bronce viejo que los océanos dejan en la piel; su coleta embreada le caía sobre los hombros de una casaca que había sido azul; tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con uñas negras y rotas; y el sablazo que cruzaba su mejilla era como un costurón de siniestra blancura. Lo veo otra vez, mirando la ensenada y masticando un silbido; de pronto empezó a cantar aquella antigua canción marinera que después tan a menudo le escucharía:


Quince hombres en el cofre del muerto...
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!


con aquella voz cascada, que parecía afinada en las barras del cabrestante. Golpeó en la puerta con un palo, una especie de astil de bichero en que se apoyaba, y, cuando acudió mi padre, en un tono sin contemplaciones le pidió que le sirviera un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, lo bebió despacio, como hacen los catadores, chasqueando la lengua, y sin dejar de mirar a su alrededor, hacia los acantilados, y fijándose en la muestra que se balanceaba sobre la puerta de nuestra posada.
—Es una buena rada —dijo entonces—, y una taberna muy bien situada. ¿Viene mucha gente por aquí, eh, compañero?
Mi padre le respondió que no; pocos clientes, por desgracia.
—Bueno; pues entonces aquí me acomodaré. ¡Eh, tú, compadre! —le gritó al hombre que arrastraba las angarillas—. Atraca aquí y echa una mano para subir el cofre. Voy a hospedarme unos días —continuó—. Soy hombre llano; ron, tocino y huevos es todo lo que quiero, y aquella roca de allá arriba, para ver pasar los barcos. ¿Que cuál es mi nombre? Llamadme capitán. Y, ¡ah!, se me olvidaba, perdona, camarada... —y arrojó tres o cuatro monedas de oro sobre el umbral—. Ya me avisaréis cuando me haya comido ese dinero —dijo con la misma voz con que podía mandar un barco.
Y en verdad, a pesar de su ropa deslucida y sus expresiones indignas, no tenía el aire de un simple marinero, sino la de un piloto o un patrón, acostumbrado a ser obedecido o a castigar. El hombre que había portado las angarillas nos dijo que aquella mañana lo vieron apearse de la diligencia delante del «Royal George» y que allí se había informado de las hosterías abiertas a lo largo de la costa, y supongo que le dieron buenas referencias de la nuestra, sobre todo lo solitario de su emplazamiento, y por eso la había preferido para instalarse. Fue lo que supimos de él.
Era un hombre reservado, taciturno. Durante el día vagabundeaba en torno a la ensenada o por los acantilados, con un catalejo de latón bajo el brazo; y la velada solía pasarla sentado en un rincón junto al fuego, bebiendo el ron más fuerte con un poco de agua. Casi nunca respondía cuando se le hablaba; sólo erguía la cabeza y resoplaba por la nariz como un cuerno de niebla; por lo que tanto nosotros como los clientes habituales pronto aprendimos a no meternos con él. Cada día, al volver de su caminata, preguntaba si había pasado por el camino algún hombre con aspecto de marino. Al principio pensamos que echaba de menos la compañía de gente de su condición, pero después caímos en la cuenta de que precisamente lo que trataba era de esquivarla. Cuando algún marinero entraba en la Almirante Benbow (como de tiempo en tiempo solían hacer los que se encaminaban a Bristol por la carretera de la costa), él espiaba, antes de pasar a la cocina, por entre las cortinas de la puerta; y siempre permaneció callado como un muerto en presencia de los forasteros. Yo era el único para quien su comportamiento era explicable, pues, en cierto modo, participaba de sus alarmas. Un día me había llevado aparte y me prometió cuatro peniques de plata cada primero de mes, si "tenía el ojo avizor para informarle de la llegada de un marino con una sola pierna". Muchas veces, al llegar el día convenido y exigirle yo lo pactado, me soltaba un tremendo bufido, mirándome con tal cólera, que llegaba a inspirarme temor; pero, antes de acabar la semana parecía pensarlo mejor y me daba mis cuatro peniques y me repetía la orden de estar alerta ante la llegada "del marino con una sola pierna".
No es necesario que diga cómo mis sueños se poblaron con las más terribles imágenes del mutilado. En noches de borrasca, cuando el viento sacudía hasta las raíces de la casa y la marejada rugía en la cala rompiendo contra los acantilados, se me aparecía con mil formas distintas y las más diabólicas expresiones. Unas veces con su pierna cercenada por la rodilla; otras, por la cadera; en ocasiones era un ser monstruoso de una única pierna que le nacía del centro del tronco. Yo le veía, en la peor de mis pesadillas, correr y perseguirme saltando estacadas y zanjas. Bien echadas las cuentas, qué caro pagué mis cuatro peniques con tan espantosas visiones.
Pero, aun aterrado por la imagen de aquel marino con una sola pierna, yo era, de cuantos trataban al capitán, quizá el que menos miedo le tuviera. En las noches en que bebía más ron de lo que su cabeza podía aguantar, cantaba sus viejas canciones marineras, impías y salvajes, ajeno a cuantos lo rodeábamos; en ocasiones pedía una ronda para todos los presentes y obligaba a la atemorizada clientela a escuchar, llenos de pánico, sus historias y a corear sus cantos. Cuántas noches sentí estremecerse la casa con su ¡Ja, ja, ja! ¡Y una botella de ron!, que todos los asistentes se apresuraban a acompañar a cuál más fuerte por temor a despertar su ira. Porque en esos arrebatos era el contertulio de peor trato que jamás se ha visto; daba puñetazos en la mesa para imponer silencio a todos y estallaba enfurecido tanto si alguien lo interrumpía como si no, pues sospechaba que el corro no seguía su relato con interés. Tampoco permitía que nadie abandonase la hostería hasta que él, empapado de ron, se levantaba soñoliento, y dando tumbos se encaminaba hacia su lecho.
Y aun con esto, lo que más asustaba a la gente eran las historias que contaba. Terroríficos relatos donde desfilaban ahorcados, condenados que pasaban por la plancha, temporales de alta mar, leyendas de la Isla de la Tortuga y otros siniestros parajes de la América Española. Según él mismo contaba, había pasado su vida entre la gente más despiadada que Dios lanzó a los mares; y el vocabulario con que se refería a ellos en sus relatos escandalizaba a nuestros sencillos vecinos tanto como los crímenes que describía. Mi padre aseguraba que aquel hombre sería la ruina de nuestra posada, porque pronto la gente se cansaría de venir para sufrir humillaciones y luego terminar la noche sobrecogida de pavor; pero yo tengo para mí que su presencia nos fue de provecho. Porque los clientes, que al principio se sentían atemorizados, luego, en el fondo, encontraban deleite: era una fuente de emociones, que rompía la calmosa vida en aquella comarca; y había incluso algunos, de entre los mozos, que hablaban de él con admiración diciendo que era un verdadero lobo de mar y un viejo tiburón y otros apelativos por el estilo; y afirmaban que hombres como aquél habían ganado para Inglaterra su reputación en el mar.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

BIBLIOTECA. CÓMIC. Joyas literarias juveniles


Segunda entrega de esta colección de Joyas literarias juveniles ilustradas:

En este caso, tres títulos de Robert Louis Stevenson:

1. La isla del tesoro.

2. La flecha negra.

3. La isla de la aventura.

Los tienes en la BIBLIOTECA.