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martes, 1 de marzo de 2011

BIBLIOTECA. "Con el diablo en los talones", de José Pellón


   Desi, estudiante de secundaria y hasta no hace mucho tiempo traficante de drogas en su instituto, da un repaso a los últimos meses de su vida y a todos los cambios que, gracias a Paz, inmigrante argelina, ha experimentado. Aunque el futuro no se presenta fácil, Desi intentará encararlo sin esconderse ni perder de vista el horizonte.
Texto de la contracubierta.

   Editado por Everest, en su colección "Punto de Encuentro, tiene 166 páginas, y lo tienes en la BIBLIOTECA.

viernes, 25 de febrero de 2011

BIBLIOTECA. "La mirada", de Carlos Puerto

   La vida de Ada, una joven violonchelista, cambia para siempre al descubrir que es seropositiva, terrible secuela de un accidente sufrido en un viaje. La incertidumbre que conlleva el saber que es portadora del virus del SIDA provocará en ella un replanteamiento de toda su vida, acompañado de miles de dudas: ¿cómo reaccionará ella misma ante este hecho? ¿Cómo reaccionarán los demás? No todos continuarán a su lado. La falta de solidaridad y de comprensión tendrá como primera consecuencia el abandono de su novio. Pero el apoyo que recibe de su familia y de sus amigos más próximos fortalecerá sus deseos de seguir adelante y enfrentarse al futuro con optimismo y ganas de vivir.
Texto de la contracubierta.

   Editado por Everest, en su colección "Punto de encuentro", tiene 140 páginas, y se encuentra en la BIBLIOTECA.

jueves, 24 de febrero de 2011

BIBLIOTECA. "Segismundo y compañía", obra de teatro de Fernando Lalana


   Una pareja de espectadores acude a ver una obra de teatro por equivocación. Tras insistir una y otra vez en que es mejor representar una pieza más divertida, proponen al actor principal y a toda la sala improvisar una de piratas, en la que no falten palmeras, luchas, loros y, por supuesto, un cofre del tesoro...
   En esta obra se hace una propuesta muy clara: jugar al teatro dentro del teatro. Y se plantea haciendo un guiño divertido, pero nunca irrespetuoso, a una de las obras más significativas del teatro español: La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. De esta manera se comprueba una vez más que el teatro es algo siempre vivo con lo que podemos disfrutar.
Texto de la contracubierta.

   Editado por Everest, en su colección "Punto de encuentro", tiene 80 páginas, y está en la BIBLIOTECA.
   Recomendado para la ESO, sobre todo el primer ciclo.

viernes, 28 de enero de 2011

IES "MAIMÓNIDES". REFLEXIONES SOBRE LA PAZ. POESÍA. RECURSOS DIDÁCTICOS. Alumnado de 2º de ESO

   A continuación, unas REFLEXIONES SOBRE LA PAZ, escritas por alumnos y alumnas de HISTORIA Y CULTURA DE LAS RELIGIONES, asignatura impartida por la profesora Juana Duque:

LA PAZ Y LAS RELIGIONES
   Las religiones forman parte del ser humano, ya que afirman la existencia de una realidad distinta a la nuestra, y tratan de responder a las preguntas que nos planteamos y de resolver los problemas que nos angustian.
   A lo largo de la historia han existido numerosas batallas originadas por las diferencias entre religiones; desde las luchas entre moros y cristianos hasta las actuales guerras entre musulmanes y judíos. Es triste que religiones que se basan en la paz y la tolerancia sean motivo de guerra y no de unión. Si cada uno piensa que su religión es la verdadera y que su dios es el único, ahí está el conflicto.
   Cada religión propone una forma distinta de vida condicionada por sus doctrinas; sin embargo, todas ellas tienen valores comunes. Hay más similitudes que diferencias y aun así surgen enfrentamientos.
   Entonces, ¿cuál es la solución? Debemos aliarnos por esos aspectos comunes, olvidando nuestras diferencias. ¿Qué importa que tu Dios sea Alá, Yahvé o Buda, cuando todos buscan la paz y la tolerancia? Debemos convertir las religiones en lazos que nos unan y no en murallas que nos separen.
                                                   Ara Méndez Murillo. 2º ESO A

¿LAS RELIGIONES CAUSAN GUERRAS?
   Si nos limitásemos a escuchar la radio y ver las noticias pensaríamos que sí, que gran parte de las guerras, ya sean actuales o pasadas, están causadas por motivos religiosos. Yo pienso que no es así.
   Las guerras ocurren por una razón: las diferencias. La culpa no es suya, sino de algunas personas que no quieren aceptarlas. Personas cerradas de mente que ven un solo camino, el suyo.
   Las religiones son una de esas diferencias. En el origen de algunas de ellas está la explicación del nuestro y sin embargo se utilizan para destruirnos. Las usamos como muros cuando deberían ser puentes; nos hemos acostumbrado a odiar lo distinto, tachándolo de raro.
   Al pensar en religiones, visualizamos muchas cosas distintas cuando, en realidad, son todas tan parecidas que es fácil confundirse. Comparten muchísimos rasgos comunes, claro que también hay características que las diferencian.
   Sería mucho más fácil vivir sin religión alguna, no habría tantos conflictos, pero eso nunca habría sido posible porque el ser humano necesita creer en algo, cualquier cosa. La clave está en ser libre para creer, respetando las creencias de los demás. Los problemas aparecen cuando intentas imponer tus creencias usando la violencia, cuando la mejor arma son las palabras.
   Sí, sería más fácil vivir sin religión alguna, pero en mi opinión no sería lo correcto, sería intolerante.
                                                Carmen Aparicio Serrano. 2º ESO A

LAS RELIGIONES Y LA PAZ
   “Tenemos la suficiente religión para odiarnos (…) pero no la suficiente para amarnos…”.

   Creo que esa frase es muy cierta, ya que personas de diferentes religiones (judía, cristiana, musulmana, budista…) no aceptan las de los demás, no aceptan otro Dios que el suyo; este sentimiento genera conflictos y el uso de la fuerza en nombre de la religión provoca sufrimiento. Si nadie quiere la guerra, ¿por qué la provocamos? La religión no provoca nada, somos los hombres; las religiones nos dan un guión, nosotros lo interpretamos o lo interpretamos mal. Las religiones no odian a nadie, el hombre sí en su nombre.
                                               Inmaculada Granados Alba. 2º ESO A

REFLEXIÓN SOBRE LA PAZ Y LA RELIGIÓN
   Desde mi punto de vista, no creo que la religión tenga que estar siempre diciendo “SÍ A LA PAZ, NO A LA GUERRA”. Cada hombre opina que su religión es la mejor; de todas maneras, el problema no es la religión, es el fanatismo y la ignorancia de quien considera que el suyo es el único punto de vista.
                                                          Luis López Valiente. 2º ESO A

   Éstas son reflexiones hechas por alumnos de la asignatura de Historia y Cultura de las Religiones de 2º de ESO. En el aula, ellos expresan sus opiniones, después del conocimiento histórico de las distintas culturas y creencias. Están plenamente convencidos de que la diversidad nos enriquece y que la tolerancia y el respeto nos hacen grandes. Es nuestro granito de arena a la conmemoración del Día Mundial de la Paz y la No Violencia con una invitación a la lectura de estos poemas.

   Juana Mª Duque Pérez. Profesora de Historia y Cultura de las Religiones de 2º ESO

Gloria Fuertes

SÓLO TRES LETRAS
Solo tres letras, tres letras nada más,
solo tres letras que para siempre aprenderás.
Solo tres letras para escribir PAZ.
La P, la A, y la Z, solo tres letras.
Solo tres letras, tres letras nada más,
para cantar PAZ, para hacer PAZ.
La P de pueblo, la A de amar
y la zeta de zafiro o de zagal.
(De zafiro por un mundo azul,
de zagal por un niño como tú.)
                    GLORIA FUERTES

Miguel Hernández

GUERRA
La vejez en los pueblos.
El corazón sin dueño.
El amor sin objeto.
La hierba, el polvo, el cuervo.
¿Y la juventud?
En el ataúd.

El árbol, solo y seco.
La mujer, como un leño
de viudez sobre el lecho.
El odio sin remedio.
¿Y la juventud?
En el ataúd.
              MIGUEL HERNÁNDEZ. Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)

lunes, 14 de diciembre de 2009

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "Una Navidad diferente", de Bárbara Maestre



UNA NAVIDAD DIFERENTE
Hace mucho tiempo, en un pueblo dejado de la mano de Dios, vivía una familia un poco diferente, puesto que la formaban dos mujeres con sus 2 hijos (adoptados, ¿qué pensabais?...).
Eran el hazmerreír del pueblo, porque eran la única pareja formada por dos mujeres. Ya llegaba la navidad, cuando de repente, un día de enero, a las 8.00 de la mañana,María, una de las hijas de ellas, se despertó llorando porque decía que había visto una sombra muy, muy, muy, pero que muy grande, que parecía un soldado de plomo. El hermano, que se llamaba Carlos, no se creía nada de lo que decía la hermana.Él decía:
- Claro,claro…
-¡Sí, mamá! Yo lo he visto, !te lo juro¡ -respondía ella.
Ya le ocurría antes, comentaba la pareja.
Ya era preocupante, pero lo dejaron pasar. A la hora de cenar, se oían ruidos extraños en el cuarto de María, pero nadie los oyó. Eran las 3 de la madrugada, cuando, de repente, María volvió a ver la sombra.
Sin miedo, se levantó de la cama y fue detrás de ella. Estaba bajando la escalera cuando de pronto vio un resplandor. Resultaba ser un soldadito de plomo muy chiquitito, con muchos amigos.
Había dos bolitas de árbol azules y un ángel, y muchos regalos de todo tipo. Lo que les hacía más grandes era el cariño de los niños. Ya no eran tan grandes porque los niños de hoy en día sólo piensan en las consolas, ordenadores, y todo tipo de objetos electrónicos, y dejan de lado las cosas de la navidad y los regalos de antes. Ya les dan igual. Por eso, fueron a casa de María, Carlos, y sus madres. Todos los acogieron con mucho cariño. Entonces,se iban haciendo grandes, grandes, grandes…
CONTINUARÁ…

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "El pavo y yo", de Marina Lucena Expósito



EL PAVO Y YO
En una granja, a las afueras del pueblo Tabú, vivía un pavo muy grande. Él tenía miedo porque, cuando sus antepasados llegaban a esa edad, y por esas mismas fechas, no se les volvía a ver. Temía que le pasara lo mismo.
Esa granja tenía una cosa muy curiosa, y es que alimentaban a los pavos con garbanzos, para tenerlos bien gorditos, y así, cuando llegaban las navidades, tener una buena cena.
-Todavía lo recuerdo perfectamente. Era un sábado, sobre las... 2.30 de la tarde. Estaba metido, junto a otros compañeros garbanzos, en un recipiente blanquecino. Nos habían metido ahí e íbamos a ser devorados… ¡por un pavo! Yo, listo de mí, pegué un salto y salí de allí con rapidez. El horrendo pavo, al verme, se asustó. Los dos chillamos y salimos corriendo, uno para cada lado. Yo me escondí debajo de una hoja, aprovechando que soy pequeño de estatura y quepo en cualquier sitio. El pavo, que por aquel entonces no sabía cómo se llamaba, corriendo despavorido, me pisó y solté otro chillido.
Una buena manera de conocer a un nuevo amigo, ¿no?
Bueno, el caso es que una cosa llevó a la otra y nos hicimos amigos. Me di cuenta de que los dos teníamos bastantes cosas en común: los dos íbamos a morir comidos por un “animal” de otra raza, los dos teníamos miedo de ser comidos por un “animal” de otra raza… Así que hicimos un trato. Gracias a mi “gran” cerebro y a su fuerza idearíamos un plan para escaparnos de allí. Así fue. Con su pico hizo un agujero en la verja y los dos salimos… pero… ¡EL DUEÑO NOS VIO! Salimos corriendo hasta perderle de vista y, cuando nos dimos cuenta, estábamos en frente de una gran puerta de colorines.
Los dos teníamos hambre, así que entramos en la casa. ¡No os podéis imaginar lo bien que olía allí adentro! Registramos la casa de arriba a abajo en busca de comida, pero nada. Pepe, el pavo, estaba desesperado, y, acostumbrado a comer garbanzos, se lanzó hacia mí con intención de comerme, pero, justo cuando estaba a punto de devorarme, apareció un extraño humano que le frenó. Era como yo, pero mucho más grande y gordo. Tenía una larga barba blanca y vestía de rojo y blanco. Lo llamaban Papá Noel.
Dijo: ¿Cómo os llamáis?
Nosotros ni siquiera intentamos decírselo.
Pensamos que, como la mayoría de los humanos, no podría oírnos, pero, para nuestra sorpresa, sí pudo. Le explicamos que nos querían comer y que hicimos un plan para escaparnos, que todo parecía ir bien hasta que nos perdimos.
Nos ofreció quedarnos a vivir allí y nosotros aceptamos. Durante las primeras semanas, pensábamos que su intención era comernos.
Pero no, aquí estamos después de 7 años, vivitos y coleando, y contando la historia de nuestra vida a vosotros, nuestros nietos.
Y, como en todos los cuentos, vivieron felices y comieron... comida.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "La muñeca de trapo", de Dámaris Báez Conde



LA MUÑECA DE TRAPO
En el desván de los Ramírez había un viejo baúl, donde habitaba una muñeca de trapo, desde hacía muchos años.
Un día de navidad, por la tarde, subió Mariquilla al desván de su abuelo, donde encontró aquella polvorienta muñeca de trapo. Mariquilla fue corriendo a preguntarle a su abuelo de quién era aquella muñeca. Era de la madre de Mariquilla. Su abuelo le contó que era su muñeca favorita, con la que siempre jugaba. Mariquilla también le preguntó que si podía quedársela.
-Eso se lo tienes que preguntar a tu madre, le contestó.
-Vale, abuelo, se lo preguntaré, dijo ella.
Y fue a su madre a preguntárselo
-Mamá, mamá.
-¿Qué quieres, Mariquilla?, le preguntó su madre.
-Esta muñeca es tuya, ¿verdad?
-Sí, esa es mi vieja muñeca Rosita, le dijo su madre.
-¿Me la puedo quedar?, le preguntó a su madre.
-Sí, pero tienes que cuidarla como si fuera un tesoro, le dijo.
-Vale, mamá, contestó Mariquilla.
Ella se fue corriendo a lavar la muñeca de trapo, y se pasó toda la tarde jugando con ella.
Se le ocurrió una idea, y le escribió a Santa Claus una carta que decía así:
“Querido santa, mi mamá me ha regalado su vieja muñeca de trapo y me he pasado la tarde lavándola. Por eso te escribo esta carta. Quiero que me traigas ropa para la muñeca porque la suya está muy estropeada .Adiós, santa. Felices navidades”.
Cuando se hizo de noche, toda la familia de Mariquilla celebró la navidad. Después de la cena se fueron a abrir los regalos. Mariquilla se puso muy triste al ver que no le habían regalado los vestiditos que ella pidió. Su madre, al verla tan triste, se pasó toda la noche haciendo los vestidos que Mariquilla quería.
Al día siguiente, cuando estaba amaneciendo, la madre de Mariquilla la despertó y le dijo:
-Mariquilla, corre, levántate.
-¿Qué pasa, mamá?, preguntó Mariquilla.
-Es una sorpresa, le contestó su madre.
Mariquilla se llevó una grata sorpresa. Debajo del árbol de navidad había unos regalos para ella. ¡Eran los vestiditos que ella quería!
Se puso muy feliz al verlos. Se fue corriendo a su habitación con los vestidos y se los puso a su muñeca de trapo.
Y al final, tanto la niña como la muñeca de trapo se pusieron muy felices.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "El niño y su sueño mágico", de Mª José Rodríguez Díaz



EL NIÑO Y SU SUEÑO MÁGICO
Había una vez... un niño llamado Cristian. Estaba un poco nervioso porque al día siguiente Papá Noel le traería sus regalos. Cristian estaba muy impaciente porque llegase la hora de acostarse.
Llevaba días y días soñando con que llegase el día de Navidad. Esa noche era muy especial para él, porque se reunía toda su familia a cenar.
Su madre estaba en la cocina y de repente le llegó un olor a los pasteles que estaba cocinando. De repente sonó el timbre... Eran mis abuelos, tíos y primos, que venían a cenar. Mi hermana pequeña salió corriendo gritando: ¡Mamá, ya están aquí!
Su papá estaba terminando de decorar el árbol de navidad y también ayudando a preparar la comida y la mesa para que todo estuviera perfecto. Mis abuelos venían con unos paquetes y los dejaron en el cuarto de mi madre Toda la casa era un bullicio de alegría y felicidad. Transcurridos esos momentos, la madre se asomó y dijo:
¡A cenar!
Mis tías y mi abuela ayudaron a mamá a poner los deliciosos manjares que había preparado durante toda la tarde. A Cristian se le estaba haciendo la boca agua, nada más que pensar en el asado que estaba terminando de cocinar mi madre. Yo estaba nervioso, pensando en la noche que me esperaba, de felices acontecimientos.
Nos sentamos todos en la mesa para engullir todo lo que había preparado mi madre, tan rico. Después de cenar toda la familia, cada uno se fue a su casa y mi mamá dijo :¡A la cama, que mañana nos espera un gran día. Me acosté pensando que no podría conciliar el sueño… De repente me quedé dormido... Soñé que caía nieve. Ese siempre fue el sueño que deseaba tener y siempre quise que nevara. Nunca he visto nevar... El tejado estaba recubierto de una una nieve fría y blanca... Soñé que salía a jugar con mi familia. Me desperté y... ¡mi sueño se hizo realidad!
Me asomé a la ventana de mi cuarto y vi la hermosa nieve, y fui corriendo al cuarto de mis padres con mi hermana y salimos a jugar juntos todos… Por fin mi sueño se hizo realidad. Es una maravillosa oportunidad de ver y jugar con la nieve.
Y así ocurrió la historia de Cristian y su sueño mágico, ya hecho realidad.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "El caballo de madera", de Patricia Serrano




EL CABALLO DE MADERA
Hace mucho tiempo, en un bosque muy lejano, en una pequeña casa había un caballo de madera, en un viejo desván, que los antiguos dueños de esa casa habían dejado allí. Pero no era un caballo de madera normal y corriente. Era especial porque tenía vida y podía hablar. Era marrón, de ojos brillantes y sobre todo muy viejo.
Al cabo de un tiempo, vino una familia muy alegre para pasar la navidad. Esa familia estaba compuesta por un niño pequeño y los padres.
Un día, el niño subió al desván para ver qué había y, al ver el caballo de madera, se quedó muy sorprendido porque él nunca había visto nada igual. Entonces llamó a su madre y le preguntó qué era. Ella le dijo que era un caballo de madera muy antiguo, que seguramente habían dejado allí olvidado.
Al niño le gustó tanto que decidió quedarse con él como regalo de Navidad. Se lo llevó a su habitación y allí lo limpió y empezó a jugar con él. Pero, ¡cuál fue su sorpresa!, el caballo le sonrió y empezó a hablarle. Le contó la historia de cómo lo habían abandonado hacía mucho años, al ser muy viejo, y la ilusión que le hacía pasar la Navidad con una familia que le quisiera. Entonces, el niño pensó que él le cuidaría y sería siempre su amigo, y le dijo que sería la mejor navidad de su historia y que nunca jamás la podría olvidar. En ese momento, algo extraño sucedió: el caballo de madera ya no era caballo, era una niña pequeña, encantadora, y le explicó al niño que un diablo muy malvado la había embrujado, y, cuando un niño pequeño le diera su amistad, ella volvería a ser humana.
Los padres del niño aceptaron a la niña y fueron las mejores navidades y ninguno de ellos las podrá olvidar.
Esa familia siguió celebrando la Navidad y celebrando que, a partir de ese momento, una niña pequeña se unió a ellos y fueron muy felices.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "Cuento de Navidad", de Mª Josefa Ubiña Pérez




CUENTO DE NAVIDAD
Les voy a contar la historia de una familia en navidad.
Todos viven en Barcelona y es una familia numerosa, es una gran familia. Son seis personas: el matrimonio, tres hijos y una hija.
El padre es profesor y se llama Bernardo. La madre se llama Carmen. Trabaja en un banco. Los niños van todos al instituto. Se llaman Alejandra (de 13 años, la más pequeña), Antonio (de 15 años), Alberto (de 16 años), Rafael (de 18 años).
Ya mismo viene la navidad y quieren hacer un regalo especial a su padre, que estuvo enfermo mucho tiempo y le quieren dar una gran sorpresa.
Él tiene un hermano muy lejos y no lo ve mucho.
Sus hijos le han escrito una carta invitándolo a pasar la navidad con ellos.
Él ha contestado que sí irá.
Los niños, cuando recibieron la carta, se pusieron contentos.
Se lo comentaron a la madre, pero le dijeron que no se lo comentara a su padre.
Al día siguiente, los niños se reunieron con la madre para que se fuese a dar un paseo con el padre, para poder hablar sobre lo que iban a regalarles.
-Alejandra: yo quiero regalarle una colonia.
-Antonio: pues yo le quiero regalar una corbata.
-Alberto: pues la idea de la corbata era mía.
-Antonio: no, no, la compro yo.
-Antonio: le puedes comprar una bufanda.
-Alberto: tienes razón. ¡Yo le compro la bufanda!
-Rafa: le compraré un móvil nuevo.
Rafa, como es el mayor, dice: A mamá le podemos comprar el bolso marrón que quería.
-Todos: sííííí.
Los padres regresan de su paseo.
-Hola, mamá. Hola, papá.
Rafa le dice a su madre que por la tarde van a salir todos juntos.
-De acuerdo, contesta la madre.
Y compran sus regalos. Todos regresaron contentos, escondiéndolo todo.
Llega el gran día de navidad. Es por la mañana y la madre manda al padre a que compre los pasteles.
La madre y los niños preparan la comida y la cena.
El mayor, mientras, va a la estación a recoger a su familia: sus dos titos y sus dos primos.
El hermano mayor llama a la madre preguntándole si papá ya está en casa.
La madre le dice que sí. Entonces llegan a la puerta, coge la llave y abre.
Entran y el padre se lleva una sorpresa. Todos se abrazan con mucha emoción.
Se sientan a comer. Son las 3 de la tarde. Después se sientan en el salón y hablan mucho.
Ya es por la noche. La madre pone la cena de navidad y todos están muy contentos.
Brindan con champán. El gran regalo ha sido la visita de su familia.
Luego se intercambian los regalos, les gustan a todos. Son muy felices.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "La chica a la que no le gustaba la navidad", de Jenifer Luengo Escobar



LA CHICA A LA QUE NO LE GUSTABA LA NAVIDAD
Había una vez una chica a la que no le gustaba la navidad, porque siempre se las pasaba trabajando y no podía estar con su familia.Trabajaba  en un centro comercial como dependienta. Su familia la llamaba y le decía que si iba a celebrar la navidad con ellos :
-Marta,hija, vendrás a casa en nochebuena, verdad?
-No, mamá, cuántas veces te he dicho que tengo que trabajar.
-¿Y no le puedes pedir a tu jefe unos días libres?
-¿Para qué? Además, a mí no me gusta la navidad.
-Está bien, hija, como quieras. Un beso. Adiós.
De todas formas, Marta, al día siguiente, le pidió a su jefe unos días libres, pero, lamentablemente, éste le dijo que no.
Marta se apenó mucho y a la vez también se enfadó.
Fue y se lo dijo a sus padres:
-No pasa nada, hija, ya lo celebraremos otro año -le dijo la madre.
-Está bien.
-De momento, si quieres, podemos poner el árbol de navidad -le dijo el padre.
Marta aceptó.
Mientras que Marta estaba decorando el árbol, algo muy extraño le sucedió: de repente, la estrella que había colgado en lo alto del árbol comenzó a hablarle .
Marta no se lo podía creer: o era una alucinación o era un sueño, pero verdad no podía ser.
Fuera lo que fuera, lo importante fue lo que supuestamente había dicho:
-Marta, sé que te parecerá extraño que una estrella te esté hablando, pero lo que yo quiero que sepas es que la navidad puede llegar a gustarte mucho. Lo que pasa es que, como estás empeñada en que no te gusta y no te gusta, pues nada. Pero piénsalo bien. ¿A
quién no le gustan los regalos y todo lo relacionado? Puedes llegar a pasártelo muy bien. Y si este año no puedes pasarlo con tu familia, no importa. Ya la pasarás el año que viene, pero disfrútala todo lo que puedas, que la navidad está para eso.
Marta se quedó boquiabierta por lo que le estaba pasando. No se lo podía creer. Por supuesto no se lo dijo a nadie .
Marta se quedó pensando y al final llegó a la conclusión de que no hay que decirle a nada que no sin antes de probarlo, y más o menos ese era el caso de la navidad .
Al final, Marta recapacitó y ahora le encanta la navidad y la disfruta con su familia.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "La vela mágica", de Joaquín Abad Girona



LA VELA MÁGICA
La historia comienza en una tienda de regalos de Navidad. Era mediodía, cuando el dueño empezó a preparar la tienda para poner los regalos y adornos, para que, cuando llegase la gente, estuviera todo listo. Empezó haciendo una lista de todos los objetos, y numerándolos para ponerlos en su sitio correspondiente en las
estanterías. Tenía juguetes, adornos navideños, figuras del belén,...
En el fondo del almacén, llena de polvo, se encontraba una caja de velas. El dueño no echó cuentas de ella, porque creía que era una caja vacía para tirar a la basura. Comenzó a ordenar la mercancía y a rellenar los estantes. Poco a poco, iban quedando todos los estantes llenos, pero el dueño de la tienda se dio cuenta de que
quedaba un espacio libre. Cogió la lista y la repasó minuciosamente, hasta que se dio cuenta de que faltaba algo, las velas. Se puso a pensar dónde se podrían encontrar las velas que le faltaban, y de pronto recordó la caja del almacén. Bajó a por ella y la vio allí, en aquel rincón polvoriento. El dueño abrió la caja y contó las velas que había en total, dándose cuenta de que una de ellas era diferente, era la vela mágica.
Cuando las colocó en la estantería vio que algo especial ocurría al coger la diferente, parecía que reía. No salía de su asombro y pensó:
-Esta es muy especial, me la quedo.
La vela estaba ansiosa por ocupar su lugar, ya que estaba esperando ese gran momento desde hacía mucho tiempo. Se encontraba nerviosa porque ya no estaría más en esa estantería. El dueño no
sospechaba de su poder mágico: al ser encendida cumpliría todos deseos de aquella persona que la encendiera. Llegó el día de la apertura de la tienda. El dueño la colocó en la repisa del san Pancracio. Con mucho cuidado, prendió la mecha y se dispuso a atender a los clientes, mientras pensaba: “Ojalá tenga buena venta”. La Vela de pronto se encendió con una llama más intensa y se cumplió el deseo. En cuestión de horas, las estanterías estaban vacías. Haciendo caja, sintió otra vez la risa, miró hacia la Vela que, con un guiño, le dijo:
-Gracias por escogerme, tu deseos serán cumplidos siempre.
Y así acaba la historia de la Vela mágica que fue encontrada en el fondo del almacén.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "Rudolf", de Paula Pavo Lora



RUDOLF
Érase una vez un bonito día de invierno en Patagonia. Nevaba mucho, estaba todo blanco y precioso. Era un día perfecto para nacer y eso fue lo que pasó, que nacieron muchos renitos chiquititos. Todas las mamás renas estaban contentas y los demás renos de Patagonia visitaron a todos los recién nacidos; pero había uno especial, no por su belleza, ni mucho menos, sino porque tenía la nariz grande y de un color rojizo. Todos se quedaban extrañados, y lo veían feo, pero, para su mamá, era el reno más bonito del mundo, y le decía que él era especial.
Cuanto más grande se hacía, más le daban de lado al pobre Rudolf, que así se llamaba el reno. Todos los renos se reían de él. Rudolf creía que no servía para nada; no tenía amigos y nadie le hablaba, pero lo que sí tenía era el cariño de su madre, pues casi siempre estaba con ella, menos los ratos del colegio, porque, a pesar de ser renos, iban al colegio, donde aprendían sobre todo la orientación. Rudolf era uno de los primeros en su clase.
Un día, todos los renos del colegio de Patagonia se fueron de excursión. Se hizo de noche, estaba todo oscuro y se habían perdido. Todos estaban asustados porque se habían separado de los renos mayores y no sabían cómo volver a casa. Una rena muy bella se acercó a él, hablaron y se fueron haciendo amigos. Tanto hablaron que se les pasó el miedo y ella le contó un chiste:
-¿Por qué los de Lepe nunca salen del pueblo?
-¿Por qué?
-Porque cada vez que lo intentan se topan con un cartel en el que pone HUELVA.
Rudolf se rio tanto que se le encendió la nariz. Así pudo alumbrar el camino para volver a casa, y, como él era el primero de la clase de orientación, no tuvo ningún problema en encontrar el camino. Cuando todos volvieron sanos y salvos, todo el pueblo de Patagonia se lo agradeció a Rudolf.
Rudolf estaba muy contento, porque ya sabía que servía para algo y entonces hizo muchos amigos. Su madre le explicó que tenía un don y que ese don lo utilizara adecuadamente.
Ya en navidad, Papá Noel elegía a sus renos y, cuando vio la nariz iluminada de Rudolf, pensó que sería un buen guía para las noches oscuras de Nochebuena. Rudolf se puso tan contento de que Papá Noel lo eligiera, que nunca se le volvió a apagar la nariz. Santa Claus ya lo tenía decidido: Rudolf debería estar con él para siempre para alumbrarle su camino, viajar por todo el mundo y llevar los regalos en Nochebuena, porque es muy importante la ilusión de los niños.
Y así fue cómo Rudolf se convirtió en el reno favorito de Papá Noel, aparte de Cometa, etc.
Pero eso ya es otra historia.

CUENTOS DE NAVIDAD. ALUMNOS/AS DE 1º ESO. "Navidad en soledad", de Nieves Santos Belmonte



NAVIDAD EN SOLEDAD
Eran exactamente las 22:45 del 23 de diciembre. Su primera navidad en soledad. Venía a su mente el recuerdo de tantas navidades compartidas con alguien muy especial… Habían roto hace apenas unos meses.
Aún permanecían en su memoria esas maravillosas navidades con su pequeño David. Recordaba con qué ilusión el niño insistía en un portal y un árbol: lo deseaba grande,muy grande,tan inmenso como el que tenían enfrente de su casa.
Ella intentaba explicarle con todo su cariño que eso era imposible, porque, para que cupiera en casa, tenía que conformarse con algo más pequeño. Así, podrían colocarse las bolas, las botas, las luces y, además, habría espacio para sus zapatitos, donde los magos de Oriente dejarían los regalos.
Ella recuerda cómo los ojitos de su pequeño David se iluminaban de ilusión esperando la noche mágica, aunque también recuerda los malos momentos pasados, cuando su ex pareja le gritaba y el pequeño David se refugiaba en sus brazos, sin entender por qué su papá hacía que su querida mami se pusiera tan triste. A veces, sus lágrimas se deslizaban por su cara. Él no lo entendía, pero
quizás por eso estas navidades no echaba de menos a su papá, aunque de vez en cuando recordara algunos buenos momentos. Ahora, sin embargo, se sentía feliz junto a su mami.
Elizabeth, que así se llamaba esta mujer que iba a pasar sola la navidad junto a su pequeño, estaba un poco deprimida y no quería transmitir su tristeza a sus seres queridos. Por eso, les había dicho que no podía pasar las fiestas con ellos, porque ya había quedado con unos amigos. Era mentira.
Llega Nochebuena. Esa tarde, ayuda a su pequeño a dar los últimos retoques a las luces del árbol, la ubicación adecuada a las figuritas, el último vistazo al pequeño belén que con tanta ilusión habían montado. La pobre Elizabeth tiene ánimos para seguir adelante gracias a la dulzura, el encanto y la cara de felicidad de su pequeño. En su interior, esto le iba dando fuerzas para seguir adelante; se prometió a sí misma olvidar de una vez las malas historias, y pensar que merecía la pena la vida junto a su pequeño David: con él, el futuro podía ser vivido plenamente.
David se quedó dormido; ella, tiernamente, lo llevó a su camita, le dio el beso de buenas noches y pensó: “quién sabe; quizá un día encuentre a una persona que me respete y me quiera y, sobre todo, que también quiera a mi pequeño”.

martes, 6 de octubre de 2009

LECTURA. "La sirenita", cuento de Hans Christian Andersen


LA SIRENITA

En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella, poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.
-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo, que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!
-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín, adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.
-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le dio un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.
-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”.
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!”. La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.
Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.
-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...
La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.
-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.
La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás de sí, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
-¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo, sentirás un terrible dolor.
-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!
¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.
-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y, cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.
-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?
Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.
-Te llevaré al castillo y te curaré.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero, tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:
-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y, cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.
-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.
Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.



viernes, 25 de septiembre de 2009

LECTURA. "El príncipe feliz", cuento de Óscar Wilde


EL PRÍNCIPE FELIZ

La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz más que a cualquier otra cosa.
—Es tan bonito como una veleta —comentaba uno de los regidores de la ciudad, a quien le interesaba ganar reputación de hombre de gustos artísticos—; claro que en realidad no es tan práctico —agregaba, porque al mismo tiempo temía que lo consideraran demasiado idealista, lo que por supuesto no era.
—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz —le decía una madre afligida a su pequeño hijo, que lloraba porque quería tener la luna—. El Príncipe Feliz no llora por nada.
—Mucho me consuela el ver que alguien en el mundo sea completamente feliz —murmuraba un hombre infortunado al contemplar la bella estatua.
—De verdad parece que fuese un ángel —comentaban entre ellos los niños del orfelinato al salir de la catedral, vestidos con brillantes capas rojas y albos delantalcitos.
—¿Y cómo saben qué aspecto tiene un ángel? —les refutaba el profesor de matemáticas— ¿Cuándo han visto un ángel?
—Los hemos visto, señor. ¡Claro que los hemos visto, en sueños! —le respondían los niños, y el profesor de matemáticas fruncía el ceño y adoptaba su aire más severo. Le parecía muy reprobable que los niños soñaran.
Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado atrás, porque estaba enamorada de un junco, el más hermoso de todos los juncos de la orilla del río. Lo encontró a comienzos de la primavera, cuando revoloteaba sobre el río detrás de una gran mariposa amarilla, y el talle esbelto del junco la cautivó de tal manera, que se detuvo para meterle conversación.
—¿Puedo amarte? —le preguntó la golondrina, a quien no le gustaba andarse con rodeos.
El junco le hizo una amplia reverencia.
La golondrina entonces revoloteó alrededor, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata en la superficie. Era su manera de demostrar su amor. Y así pasó todo el verano.
—Es un ridículo enamoramiento —comentaban las demás golondrinas—; ese junco es desoladoramente hueco, no tiene un centavo y su familia es terriblemente numerosa—. Efectivamente toda la ribera del río estaba cubierta de juncos.
A la llegada del otoño, las demás golondrinas emprendieron el vuelo, y entonces la enamorada del junco se sintió muy sola y comenzó a cansarse de su amante.
—No dice nunca nada —se dijo—, y debe ser bastante infiel, porque siempre coquetea con la brisa.
Y realmente, cada vez que corría un poco de viento, el junco realizaba sus más graciosas reverencias.
—Además es demasiado sedentario —pensó también la golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por eso el que me quiera debería también amar los viajes.
—¿Vas a venirte conmigo? —le preguntó al fin un día. Pero el junco se negó con la cabeza, le tenía mucho apego a su hogar.
—¡Eso quiere decir que sólo has estado jugando con mis sentimientos! —se quejó la golondrina—. Yo me voy a las pirámides de Egipto. ¡Adiós!
Y diciendo esto, se echó a volar.
Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad.
—¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad haya algún albergue donde pueda pernoctar.
En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su columna.
—Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado.
Y diciendo esto, se posó entre los pies del Príncipe Feliz.
—Tengo una alcoba de oro —se dijo suavemente la golondrina mirando alrededor.
En seguida se preparó para dormir. Pero, cuando aún no ponía la cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón.
—¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le encantaba la lluvia, pero era de puro egoísta.
En ese mismo momento cayó otra gota.
—¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea.
Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo.
Sin embargo, antes de que alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia arriba la golondrina vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado.
—Cuando yo vivía, tenía un corazón humano —contestó la estatua—, pero no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá... ¡Era tan hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón es de plomo, lo único que hago es llorar.
—¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley?
Era un avecita muy bien educada y jamás hacia comentarios en voz alta sobre la gente.
—Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical—... allá abajo, en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa. Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas, están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina... ¡hazme un favor! Llévale a la mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo ves?... tengo los pies clavados en este pedestal.
—Los míos están esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar revoloteando sobre el Nilo, y estarán charlando con los grandes lotos nubios. Y pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey, donde se encuentra el propio faraón, en su ataúd pintado, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias olorosas. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde, y sus manos son como hojas secas.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿por qué no te quedas una noche conmigo y eres mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre, la costurera, está tan triste!
—Es que no me gustan mucho los niños —contestó— la golondrina—. El verano pasado, cuando estábamos viviendo a orillas del río, había dos muchachos, hijos del molinero, y eran tan mal educados que no se cansaban de tirarme piedras. ¡Claro que no acertaban nunca! Las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo pertenezco a una familia célebre por su rapidez; pero, de todas maneras, era una impertinencia y una grosería.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la golondrina se enterneció.
—Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera.
—Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe.
La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y, teniéndolo en el pico, voló por sobre los tejados. Pasó junto a la torre de la catedral, que tenía ángeles de mármol blanco. Pasó junto al Palacio, donde se oía música de baile y una hermosa muchacha salió al balcón con su pretendiente.
—¡Qué lindas son las estrellas —dijo el novio— y qué maravilloso es el poder del amor! —Ojalá que mi traje esté listo para el baile de gala —contestó ella—. Mandé a bordar en la tela unas flores de la pasión. ¡Pero las costureras son tan flojas!
La golondrina voló sobre el río y vio las lámparas colgadas en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el barrio de los judíos, donde vio a los viejos mercaderes hacer sus negocios y pesar monedas de oro en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa, y se asomó por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con las alas.
—¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor.
Y se quedó dormido deslizándose en un sueño maravilloso.
Entonces la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
—¡Qué raro! —agregó—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad es que hace muchísimo frío.
—Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe.
La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida.
Al amanecer voló hacia el río para bañarse.
—¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno!
Y escribió sobre el asunto una larga carta al periódico de la ciudad. Todo el mundo habló del comentario, tal vez porque contenía muchas palabras que no se entendían.
—Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía sentirse muy contenta.
Luego visitó todos los monumentos públicos de la ciudad y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones que la veían pasar comentaban entre ellos: "¡Qué extranjera tan distinguida!". Cosa que a la golondrina la hacía feliz.
Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe.
—¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir ahora.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más?
—Los míos me están esperando en Egipto —contestó la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la segunda catarata del Nilo. Allí, entre las cañas, duerme el hipopótamo, y sobre una gran roca de granito se levanta el Dios Memnón. Durante todas las noches, él mira las estrellas toda la noche, y, cuando brilla el lucero de la mañana, lanza un grito de alegría. Después se queda en silencio. Al mediodía, los leones bajan a beber a la orilla del río. Tienen los ojos verdes, y sus rugidos son más fuertes que el ruido de la catarata.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, allá abajo, justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas violetas están marchitándose. Tiene el pelo largo, castaño y rizado, y sus labios son rojos como granos de granada, y tiene los ojos anchos y soñadores. Está empeñado en terminar de escribir una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo tiene extenuado.
—Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí?
—¡Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y podrá terminar de escribir su obra.
—Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer.
Y se puso a llorar.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor, haz lo que te pido.
Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y, cuando al fin levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas.
—¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré acabar mi obra!
Y se le notaba muy contento.
Al día siguiente, la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con maromas unas enormes cajas de la sentina del barco.
—¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso.
Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz.
—Vengo a decirte adiós—le dijo.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo otra noche?
—Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos días mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las miran mientras se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo.
—Allá abajo en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niñita que vende fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero. Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará.
—Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el otro ojo. Te vas a quedar ciego.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que te pido, te lo suplico.
La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar. Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos.
—¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su casa.
Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe.
—Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre.
—No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto.
—Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose entre los pies de la estatua.
Al otro día ella se posó en el hombro del Príncipe para contarle las cosas que había visto en los extraños países que visitaba durante sus migraciones.
Le describió los ibis rojos, que se posan en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados con sus picos; le habló de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; le contó de los mercaderes que caminan lentamente al lado de sus camellos y llevan en sus manos rosarios de ámbar; le contó del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; le refirió acerca de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y veinte sacerdotes la alimentan con pasteles de miel; y le contó también de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y que siempre están en guerra con las mariposas.
—Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo que veas.
Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles oscuras.
Bajo los arcos de un puente había dos muchachos acurrucados, uno en los brazos del otro para darse calor.
—¡Qué hambre tenemos! —decían.
—¡Fuera de ahí! les gritó un guardia, y los muchachos tuvieron que levantarse, y alejarse caminando bajo la lluvia.
Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había visto.
—Mi estatua está recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina por lámina, y llévaselo a los pobres. Los hombres siempre creen que el oro podrá darles la felicidad.
Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo jugaron por las calles de la ciudad.
—¡Ya, ahora tenemos pan! —gritaban.
Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el río.
La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar.
Una tarde comprendió que iba a morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe.
—¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—. ¿Me dejas que te bese la mano?
—Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—. Has pasado aquí demasiado tiempo. Pero no me beses en la mano, bésame en los labios porque te quiero mucho.
—No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?
El avecita besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón de plomo se había partido en dos. Ciertamente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para admirar la estatua.
—¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado!
—¡Completamente desharrapado! —reiteraron los regidores; y subieron todos a examinarlo.
—El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado —dijo el alcalde—. En una palabra: se ha transformado en un verdadero mendigo.
—¡Un verdadero mendigo! —repitieron los regidores.
—Y hay un pájaro muerto entre sus pies —siguió el alcalde—. Será necesario promulgar un decreto municipal que prohíba a los pájaros venirse a morir aquí.
El secretario municipal tomó nota dejando constancia de la idea.
Entonces mandaron derribar la estatua del Príncipe Feliz.
—Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió al Municipio para decidir qué harían con el metal.
—Podemos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
—Claro, la mía —dijeron los regidores cada uno a su vez.
Y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos seguían discutiendo.
—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura.
Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina muerta.
—Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
—Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en mi Áurea Ciudad.