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martes, 3 de diciembre de 2013

PRENSA. "Regreso al esperpento". Alicia García Ruiz

Alicia García Ruiz

   En "Público.es":
Regreso al esperpento
Alicia García Ruiz  2 diciembre 2013
Investigadora de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona
Yo no viví la España de Azcona y de Berlanga. Tal vez por eso me reí tanto volviendo a ver hace meses la escena del alcalde que, desde el balcón del ayuntamiento, promete “os debo una explicación y os la voy a dar.” Pero la risa se me va congelando a medida que la realidad social española se desplaza, involuciona, hacia aquellos esperpentos que retornan corregidos y aumentados. Son ese tipo de vicios y prácticas que no regresan del pasado cargados de sabiduría, sino de resabios, con el añadido de generar en su repetición un clima de fatalismo e inexorabilidad que ninguna falta nos hace.
Puede que dos sátiras de Berlanga estén dando más claves del curso de los acontecimientos que buena parte de lo que se escucha desde los balcones del poder, fértiles en explicaciones del calibre de las del alcalde que arengaba a sus vecinos. El posible retorno de la España de Plácido y Bienvenido Mister Marshall se asienta sobre dos gravísimos desplazamientos. Ambos, cargados de supuesta benevolencia, están asfaltando los senderos del infierno con sus buenas intenciones. Tanto uno como otro glorifican la arbitrariedad y el azar. Representan una auténtica mofa de los marcos legales y de la tarea de la política, si por todo ello entendemos el intento de construir objetivamente una distribución lo más justa posible de derechos y deberes para la vida en común.
El primer desplazamiento es el que va de la alabanza del mecenazgo a la exaltación de la caridad, previo saqueo de la riqueza social. En una memorable escena dePlácido una de las grandes damas que sientan a un pobre por sorteo a su mesa en Nochebuena le comenta a su amiga que el indigente que le ha tocado en la rifa no le gusta, y que “se lo cambie por el suyo”. La sátira es tan certera que hiela la sonrisa. La propuesta, bien intencionada, de apadrinar casos individuales de estudiantes o trabajadores por cuenta propia (emprendedores) en cierto modo supone sustituir a la “cuestión social” por los buenos propósitos individuales. Ahora bien, como saben todos los republicanos, en política ningún recurso a la virtud debería ir desacompañado de instrumentos institucionales que garanticen las bases materiales para la existencia.
La proximidad o la simpatía no son criterios redistributivos. Nadie puede negar el papel que han tenido los entornos familiares, primera instancia de solidaridad, como colchón frente a la crisis. Pero convertir esas instancias y procedimientos en un cajón de sastre donde descargar los efectos destructivos de una crisis es un disparate. Las relaciones sociales no son equivalentes al ámbito de la intimidad, ni pueden descansar sobre la metáfora de una gran familia, concepto que, hay que recordar, históricamente no sólo ha incluido lazos consanguíneos sino también de servidumbre. Los esclavos o los criados eran “contados” como familia, pero no como “miembros” de ésta sino como “parte” incluida a su pesar. La familia es, sin duda, una metáfora política muy problemática, cuya carga arrastran también otros conceptos políticos etimológicamente afines y que hay que rescatar de posibles interpretaciones simplistas, como es el caso de la fraternidad. Es cierto que la reivindicación de la fraternidad actúa como un buen escudo contra los apóstoles “liberales” del antiestatalismo que consagran el individualismo, la desregulación y la competitividad como los remedios infalibles para adelgazar la estructura de un estado paquidérmico y paternalista, supuestamente repleto de ciudadanos holgazanes a los que hay que inculcar las virtudes del hágaselo usted mismo en vez de papá estado.
Pero una cosa es invocar el ideal de fraternidad y otra confundirlo con la buena voluntad. Esto es lo que sucede cuando un sentimiento no se somete a su debida traducción política. Atravesar el momento deliberativo de un proceso de institucionalización requiere que unas sensibilidades encaren su inevitable confrontación con otras y se transformen. Los sentimientos íntimos o las solidaridades interpersonales en crudo no pueden ser utilizados como reemplazos de la responsabilidad normativa. Más bien constituyen material de construcción para un ethos político, una red de fondo que impregne el diseño de instituciones justas. Abandonar a la buena voluntad de particulares la tarea de efectuar políticas sobre cuestiones cruciales como la desigualdad o el daño equivale a dejarlas en manos del albur. La proliferación de anuncios de apuestas y dinero fácil, de programas televisivos que usan retorcidamente la compasión, el mecenazgo empresarial conocido como “angel financing” (en román paladino, pedir una aparición mariana tras el cierre del grifo de crédito por parte de bancos rescatados por todos) o el vasallaje ante entidades tan irracionales y azarosas como “los mercados”, ilustran la entronización de la suerte y la incertidumbre en todos los niveles de la vida pública. Pensadores como Judith Shklar, con su crucial distinción entre injusticia e infortunio como línea de demarcación de la responsabilidad política o John Rawls, que plantea una teoría de la justicia sostenida por mecanismos institucionales de corrección del azar, resultan hoy más necesarios que nunca. Ambos, por lo demás, filósofos liberales, en un sentido muy distinto a la vulgarización de este término en la derecha española.
El segundo desplazamiento al que me refería es la loca apuesta por el modelo Eurovegas-Mister Marshall, insigne ejemplo de estado en excepción en miniatura, donde la ley quedaría suspendida y hecha a la carta. Saltarse la ley, “legislar” la trampa, es la actividad más característica de los templos paganos del azar y la parcialidad. Casinos y paraísos fiscales representan modelos seculares de consagración de la diosa fortuna. La ley ha de intentar adaptarse a la singularidad, pero no admite ser modificada a discreción y a exigencias de quien no tiene legitimidad alguna para hacerlo, o sea, Mister Adelson. Retocar legislación pública a golpe de interés privado admite pocos maquillajes y uno de los más inverosímiles es la racionalización de la desregulación y el “sálvese quien pueda” como medios seguros de “creación de empleo”. “Liberales” como Esperanza Aguirre y jóvenes politólogos conversos a la fe de la competitividad, harían bien en leerse con mayor profundidad a sus (¿propios?) clásicos. Sin ir más lejos, en el marco de su argumentación sobre el derecho de resistencia, John Locke establece que el gobierno “debe gobernar por medio de leyes establecidas y promulgadas, que no deberán ser modificadas en casos particulares y tendrán que ser idénticas para el rico y para el pobre” (Ensayo sobre el Gobierno Civil, parágrafo 142) La situación de emergencia social corre paralela con un uso torticero de la “razón de estado” y de decisionismo de baja intensidad para implantar medidas arbitrarias, potencialmente injustas o, directamente, delirantes. Si el modelo del azar encarnado en megacasinos, juegos olímpicos o loterías patrióticas para ayudar a niños pobres va a ser el modelo de desarrollo y de reconstrucción para los próximos años que Dios nos coja confesados porque vamos derechos al infierno.

jueves, 14 de noviembre de 2013

PRENSA. "No a la caridad televisada"


   En "blogs.público.es":
No a la caridad televisada
Juan Tortosa 11 noviembre 2013

Cada viernes por la mañana, antes de irse a trabajar, mi padre preparaba unas cuantas monedas de perra gorda, alguna vez de dos reales, para los pobres que una vez a la semana tocaban el picaporte de la puerta de nuestra casa en busca de su preceptiva limosna.
Éramos pobres como ratas, pero ellos eran más pobres todavía. Eran “nuestros pobres”: La “Muda”, cargada de hijos y de moratones cuyo autor, su marido, claro, tenía como única ocupación arrear los caballos del coche fúnebre cada vez que alguien del pueblo pasaba a mejor vida; el “Matamoros”, un entrañable anciano, impedido, que debía su apodo a haber estado combatiendo en Marruecos…
Por la noche, década de los cincuenta, primeros sesenta, escuchábamos Radio Intercontinental, Pepe Iglesias “El Zorro”, Matilde, Perico y Periquín... y en la Ser Ustedes son formidables, un programa de incuestionable éxito cuya sintonía eran los primeros compases del cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak. Lo conducía un monstruo de la radio, Alberto Oliveras, tan eficaz en su trabajo como inconsecuente -al menos así me lo pareció a mi siempre- entre lo que predicaba y lo que practicaba. Oliveras vivía en París a todo lujo y cada semana se trasladaba a Madrid para conducir un programa de radio en el que ¡pedía limosna!
Primero se presentaba el caso: alguien que necesitaba unas simples muletas para caminar, o dinero para ser operado de un tumor, o muebles por haber sido víctimas de una inundación… Se abrían los teléfonos y gente a la que en muchos casos le faltaba para cubrir sus necesidades más primarias se desprendía de unas cuantas pesetas entre lágrimas, emoción y aplausos, y se comprometía a ingresarlas en la cuenta de “Ustedes son formidables“.
Hace algún tiempo que hablé de este asunto en mi blog, antes de comenzar a escribir en “Público“. Hoy vuelvo sobre él tras conocer la exigencia que el Consejo General del Trabajo Social ha hecho a tve: suspender inmediatamente la emisión del programa “Entre todos“, que la cadena pública emite en la sobremesa de los días de diario, una réplica cutre del “Ustedes son formidables” de Alberto Oliveras perpetrada cuarenta años después.
Los trabajadores sociales exigen la retirada del programa porque consideran “inadmisible -palabras textuales- que la televisión pública estatal vulnere de una forma tan evidente la dignidad de las personas, mediante un periodismo de lo más amarillo y rancio que llama al llanto y potencia la lástima hacia la persona necesitada. Rechazamos esa actitud, en tanto en cuanto defendemos la igualdad y dignidad social”.
Caridad, beneficencia, compasión. Ese era el mundo que, desde hace ya un par de décadas largas, habíamos dejado felizmente atrás. Pero no, parece que volvemos: Caridad, no derechos. Limosnas, no posibilidades de tener trabajo. Favores, no conquistas sociales. Y s para dar más pena hay que utilizar a niños, pues se hace
La Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, por su parte, ha denunciado el espacio a la oficina del Defensor del Pueblo por utilizar menores para “despertar la solidaridad y generosidad de los telespectadores“. El Psoe ya se ha subido también al carro  y ha registrado en el Congreso una proposición no de ley en la que insta a RTVE a tomar medidas para “evitar la vulneración de la Ley de Protección Jurídica del Menor” en programas como “Entre todos”.
Comparto plenamente los argumentos de los trabajadores sociales en su denuncia: “la ayuda nunca debe sustituir el sistema público de protección social, como está ocurriendo. Los recortes y eliminación de las partidas sociales en los presupuestos (como el plan concertado), el endurecimiento de los requisitos para obtener ayudas y los cambios legislativos aplicados (muy patentes en la Ley de Dependencia) y los que están en trámite parlamentario (la reforma de la Administración Local eliminará los servicios sociales municipales) son algunos ejemplos del inadmisible desmantelamiento del Estado del Bienestar y bajo ningún concepto estos derechos pueden ser sustituidos por pornográficos programas de televisión basados en la piedad, la lástima y la explotación de las miserias más íntimas del ser humano.
El programa de Alberto Oliveras buscaba soluciones a problemas que tenía que resolver el Estado en una época de carencia de libertades en la que la dictadura se dedicaba a blindar los privilegios de los poderosos y se despreocupaba de los problemas de los más desfavorecidos. Que eso vuelva a suceder cuarenta años después es para que se disparen todas las alarmas. No se puede tolerar una vuelta atrás en el tiempo tan escandalosa.
Banqueros y políticos tendrían que explicar por qué su gestión está tan claramente encaminada a favorecer a los que más tienen, esa desprejuiciada casta de amorales que, para sentirse verdaderamente rica, ha de contar con “sus pobres” a los que graciosamente socorrer y así poder garantizarse que los tienen pillados por los huevos, serviles y agradecidos.
Que el fantasma del programa de Alberto Oliveras vuelva a planear sobre nuestras cabezas mientras las políticas del gobierno del PP continúan desangrándonos sin parar es un trágico síntoma de que no sólo vamos para atrás como los cangrejos, sino que quienes están a cargo del chiringuito no tienen ningún interés en que mejoren las cosas. A este paso, no tardaremos en volver a ver a los mendigos pidiendo limosna puerta por puerta.