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viernes, 14 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "América latina reescribe la muerte"

   En "El País":

América Latina reescribe la muerte

Veinte autores emergentes trazan una radiografía en sendos relatos sobre la forma en que la ‘catrina’ o la ‘pelona’ vive en su continente y cómo es su relación con ella


Cementerio de Panchimalco, El Salvador, el Día de muertos, 1 de noviembre, de 1985. / JEAN GAUMY (CONTACTO)
La muerte, que siempre ha estado presente en la literatura latinoamericana, se manifiesta estos días con fuerza. Allí, donde sostiene un fuerte duelo con la vida al ser desvalorizada por bandas criminales y el propio Estado y sus representantes, como ha ocurrido estos días en México, y antes en Colombia, y antes en Venezuela y Argentina y Chile… y donde muchas personas sacralizan y desacralizan la vida y la muerte con la misma ilusión de engañar a una y a otra, veinte de las voces literarias latinoamericanas más prometedoras se adentran en esos predios para seguir sus huellas y ponerle su verdadero rostro, el de la vida.
Veinte relatos-testimonio escritos expresamente para la antología Disculpe que no me levante (Demipage). Cuentos que van y vienen, sin perder de vista de donde son sus autores porque “en la historia de Chile, de México ahora, y de Latinoamérica en general, hemos tenido que lidiar con nuestra historia de cuerpos sin sepultura, de fantasmas perturbadores que denuncian desde su ausencia la violencia de los estados y el poder”, afirma la chilena Andrea Jeftanovic, autora de Hasta que se apaguen las estrellas (sobre la enfermedad de su padre y la complicidad que se establece entre ambos).

‘Disculpe que no me levante’ reúne cuentos exclusivos para ese libro. Son tragedias sobre muertes súbitas, ausencias presentes, enfermedades...
Cuando se habla de muerte aparece México. Primero por sus raíces culturales al acercarse a ella en un sentir singular recogido en clásicos como Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Y, segundo, porque en los últimos días, y años, el país vive una relación cotidiana con un tipo de muerte en particular, explica la mexicana Laia Jufresa: “Arbitrarias, violentas, masivas e impunes, que además muchas veces no se nombran como tal. Tenemos (y también tiene Centroamérica) muchos desaparecidos (más de 25.000) (sí, veinticinco mil personas) cuyas familias no pueden con certeza, con un acta, llamar muertos. Son muertos no nombrados, gente que ya no está, y un montón de duelos que no pueden emprenderse cabalmente”. Una situación que ha influido en la escritura, aunque, se lamenta Jufresa, autora de El esquinista, “hay algunos libros notables y también hay mucha basura que, so pretexto de retratar la realidad, coloca la violencia en un pedestal, trabaja con estereotipos y deja de ocuparse de la labor narrativa que es generar mundos propios que se sostengan independientemente de cuánto se parezcan a este”.
Autores que en silencio comparten las palabras de La viuda de Montiel, del relato de Gabriel García Márquez, cuando, tras fallecer su marido, se queja: “El mundo está mal hecho”, al pensar que “si Dios no hubiera descansado el domingo habría tenido tiempo para terminar el mundo”, y no le hubieran quedado “tantas cosas mal hechas. Al fin y al cabo, le quedaba toda la eternidad para descansar”.

Hemos lidiado con nuestra historia de cuerpos sin sepultura, Jeftanovic
Una cosa mal hecha para gracia de las artes que tienen ese entuerto como punto fuerte de inspiración, creación, reflexión y belleza. Muertes, entierros, duelos y pesares recogidos desde el mismo origen de la literatura, con Epopeya de Gilgamesh, y seguido con el testimonio de los grandes autores de todos los tiempos que palpitan en las historias de Disculpe que no me levante. En esta última antología, la sombra de la muerte se manifiesta de múltiples maneras, la tragedia de una enfermedad, el impacto de un adiós súbito, la visión del primer difunto, los fantasmas de las ausencias presentes, las pulsiones de cortar la vida, el sueño de inmortalidad, las musarañas surgidas tras una pérdida, las emociones del sepulturero…
Milenios que escritura que no despejan dudas. “La muerte es incógnita, duda o miedo porque es quizá la única acción humana cuyo testimonio no compartimos”, recuerda Carlos Yushimito, autor de El peso inevitable de las palomas. Para el escritor peruano, “más que el acto nuevo, lloramos siempre una rotura o una discontinuidad de lo precedente, del mismo modo que, al leer, nos afecta sobre todo aquello que llega al borde de algo, lo que decía Borges que era la experiencia estética: la inminencia de una revelación que no se produce”.
Rutas literarias que hunden sus raíces en la vida. Y que debería ser tratado con la misma óptica o técnica que el resto de historias, pero con cierto cuidado. “Sin ceder ante los extremos del sentimentalismo, la ornamentación o la truculencia, porque si se lo hace se corre el riesgo de hacer demasiado ruido y opacar el texto”, explica el mexicano-boliviano Sebastián Antezana, autor de Si contarlo está en tu poder. “Ficcionalizar la muerte requiere de equilibrio y mucha edición”, agrega, “es complejo por todas las implicaciones que trae la idea de muerte y su condición de punto de encuentro de pulsiones y tensiones varias, pero no más complejo que, digamos, escribir una escena de sexo o un buen diálogo”.

Más que el acto nuevo, lloramos una rotura de lo precedente”, Yushimito
Para escribir sobre cualquier tema doloroso, explica el boliviano Maximiliano Barrientos, autor de Moscas, “un escritor no necesariamente tiene que haber pasado por una experiencia traumática, pero sí tiene que estar ligado a esta ya sea por el miedo o por la obsesión. A veces el miedo de perder a las personas amadas es un motor narrativo más poderoso que el luto de la pérdida real. Hay que escribir sobre aquello que late en la cabeza, no importa qué tipo de voz sea la que suena”.
A veces procede de la primera vez que el autor se topa con la catrina.En las historias de la argentina Selva Almada es un tema presente, un personaje que le resulta familiar. Toda su serie En familia (del libro ‘Una chica de provincia’) gira en torno al suicidio de su tío. “Si tenía alguna aprensión para escribir sobre muertes y muertos, creo que la superé escribiendo esos cuentos”, confiesa la creadora de El viejo muerto.
La mezcla de recuerdos infantiles y adolescentes y las suposiciones son un buen material para los autores. Es el combinado con el cual el colombiano Andrés Felipe Solano creó Baila en el bosque. Sus padres tenían una pequeña casa de campo a las afueras de Melgar, un pueblo muy caliente a dos horas de Bogotá, donde hay una base aérea militar. Así es que en el cuento se imaginó “un encuentro enloquecido entre una pareja joven, que lleva saliendo muy poco, y varios soldados gringos en una discoteca de Melgar. Me interesaba cruzar esos dos mundos a ver qué salía”. Y de fondo las cenizas de su abuelo.
Esa visibilidad de la pelona también es azarosa. Le ocurrió a la chilena Lina Meruane como lo relata en Ay. Una historia que la acompaña desde que empezó a escribir y se encontró con una nota muy breve en el diario sobre una familia de enterradores de un barrio marginal que se habían negado a enterrar a su hija. “La dificultad”, cuenta Meruane, “era la de la separación y la del duelo, pero también estaba la pobreza... Recorté esa nota, la archivé como posible material pero en sucesivos cambios de casa la perdí; muchos años después, escribiendo por encargo, esa escena resurgió como relato de la relación entre una madre y su hija y los muchos modos de pérdida que ocurren entre ellas, no sólo la de la vida”.
En ese mundo de los sepultureros también entra la uruguaya Fernanda Trías en Cuerpos Extraños. Lo hizo porque ese otro lado de la muerte suele ser ignorado. “Al pensar en la muerte pensamos en el que muere o en los que padecen la ausencia”, dice Trías. Y recuerda que “los sepultureros deben lidiar con lo más prosaico, los restos materiales de la muerte, lo que nadie quiere ver, ni siquiera imaginar. Son seres fantasmas que asociamos con frialdad y desinterés. Y sin embargo allí hay una persona, con vida, con hijos, con problemas. El sepulturero está envuelto en la niebla del tabú y me interesaba rescatar esa voz, dejarlo hablar".
¿Y si tuviera razón la viuda de Montiel?

Finados, funerales y adioses literarios inolvidables

Selección de las primeras muertes que leyeron o las que más les gusta a los autores de Disculpe que no me levante (Demipage).
Hamlet, de William Shakespeare.
Madame Bovary, Gustave Flaubert.
Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes.
Los muertos, de James Joyce.
La muerte de Ivan Illich, de Leon Tólstoi.
Pedro Páramo, Juan Rulfo.
Mi planta de naranja-lima, de José Vasconcelos .
La luz difícil, de Tomás González.
Moby Dick, de Herman Melville.
La amortajada, de María Luisa Bombal.
Mujercitas, de Louise Alcott.
Tierras de cristal, de Alessandro Baricco.
Sandokán, de Emilio Salgari.
Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy.
La hojarasca, de Gabriel García Márquez.
Muerte en Venecia, de Thomas Mann.
La dama de las camelias, de Alejandro Dumas.
Anna Karenina, de León Tolstoi.
Cien años de soledad y La hojarasca, de Gabriel García Márquez.
Mientras agonizo y El ruido y la furia, de William Faulkner.
Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

martes, 8 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "¿Hasta dónde puede llegar la literatura?" Luis García Montero

Piedad Bonnett
   En "Infolibre.es":

¿Hasta dónde puede llegar la literatura?

LUIS GARCÍA MONTERO
El 14 de mayo de 2011 sonó el teléfono en casa de la escritora colombiana Piedad Bonnett. Llegaba desde Nueva York la peor de las noticias. Su hijo Dani, que estaba cursando una maestría de arte en la Universidad de Columbia, acababa de suicidarse. En un instante el horror se hizo vida cotidiana y recuerdo hiriente. La memoria de una larga enfermedad mental, sobrellevada por Dani con inteligencia y coraje, se mezcló con la necesidad de viajar, desmontar una habitación de estudiante y sostenerse en el rito del funeral y los pésames. Como Dani era un muchacho pudoroso de 28 años, dejó ordenados en su mesa la billetera, el teléfono y otros objetos personales antes de saltar al vacío. Pero no dejó ninguna carta.

En medio del duelo, Piedad Bonnett empezó a leer y releer libros sobre el suicidio. Intentaba llenar la ausencia de esa carta. Si toda muerte es una interpelación, el suicido multiplica la nada, el dolor, la culpa y el deseo de encontrar sentido. Aunque el consuelo resulta imposible en esta experiencia, la decisión de dialogar con la verdad puede convertirse en una forma de resistencia. Algunas voces hablaban de accidente para evitar el tabú de la palabra suicidio. Pero ella no podía cerrar los ojos y empezó a escribir sobre la verdad, sobre su hijo, sobre la realidad de una existencia que tenía, pese a la muerte joven, su razón propia y cumplida. El resultado de muchas horas obsesivas de redacción y corrección fue un libro despiadado y sereno: Lo que no tiene nombre(Alfaguara, 2013).

Refugiarse en la escritura durante un tiempo de duelo tiene mucho que ver con la concepción del hecho literario que Piedad Bonnett asume. Su obra es una de las más importantes de la poesía hispánica contemporánea. Los versos consiguen que la intensidad sentimental nazca de la lucidez y que la inteligencia objetiva se llene de quiebros emocionantes capaces de alcanzar los pliegues más íntimos, las fronteras y las debilidades de una mirada individual. La idea de que el poema es el lugar de la verdad alejó pronto a Piedad Bonnett de la retórica sobrante y el hermetismo cobarde. Estableció en sus libros un pacto de honestidad con el lector.

Lo que no tiene nombre es un libro honesto con la literatura y con la vida. Una madre cuenta, se cuenta, el suicidio de su hijo. Necesita volver a darle sangre, volver a traerlo al mundo. Las palabras son también una forma de cuidado. Primero se descubre que lo más cercano puede ser un enigma y después la imaginación nos lleva hasta el lugar del otro, nos sitúa dentro de su experiencia, nos ayuda a conocerlo por dentro. Piedad se atreve a descubrir las cosas que desconocía de Dani y, al mismo tiempo, en el mismo proceso, se enfrenta con su propia personalidad, se mira en el espejo iluminador de una experiencia tan dura que no permite ser esquivo con la verdad.

Sí, el relato es parte de los cuidados. Le cambiamos los pañales a un hijo, lo apretamos contra el pecho desnudo, le ponemos un pijama limpio, lo metemos en la cama y le contamos un cuento. Las palabras son físicas, extienden el cuerpo. Ir hacia el otro descubre nuestro rostro, porque el que nos oye forma parte de nosotros. Necesitamos hablarnos, contarnos.

Este libro le ha recordado a Piedad Bonnett que la literatura, por encima de todas las elaboraciones intelectuales, surgió de la necesidad de contar la vida y confesar algunas emociones importantes. Lo que no tiene nombre se ha convertido en un acontecimiento en Colombia, ha despertado el deseo de hablar entre muchos lectores condenados al silencio. El miedo, el tabú y la soledad imponen la incomunicación, impiden y ocultan el reconocimiento de nuestras debilidades. Y es precisamente ese reconocimiento el que sostiene desde sus orígenes el impulso de hablar, relatar, dialogar y convivir.

Piedad Bonnett cita a Paul Auster: “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”. Piedad Bonnett nos ha contado su vida y la vida de Dani. La buena literatura convierte la historia personal en una experiencia humana colectiva. Por eso este libro habla de la fragilidad de cualquier vida y de la necesidad de seguir viviendo, de seguir conviviendo. 
Luis García Montero


miércoles, 2 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Autorretrato del dolor innombrable"

La escritora colombiana Piedad Bonnett. / ELIZABETH REYES LE PALISCOT (EL PAÍS)

   En "El País":

Autorretrato del dolor innombrable

Piedad Bonnett da testimonio del suicidio de su hijo en Lo que no tiene nombre.

El libro aborda un tema tabú y crea un diálogo lleno de preguntas con el lector

 Madrid 29 SEP 2013

…Y Daniel sube corriendo por las escaleras mientras su madre se gira desde el escritorio para verlo antes de que él desaparezca. Una y otra vez. Es como si toda la vida Piedad Bonnett hubiera caminado hacia este dolor que no tiene nombre, incluso dando los pasos con los que creía evitarlo. Pero el joven pintor ya no está, se suicidó a los 28 años. Ya no es.
Todo son preguntas, “como mariposas enloquecidas revoloteando” alrededor de su cabeza. De allí surgió un relato en el que a medida que desteje el amor materno en busca de respuestas, teje el de la vida con preguntas. Lo que no tiene nombre (Alfaguara) le puso por título. Aún hoy, Piedad Bonnett (Antioquia, 1951), que estuvo el fin de semana en el Hay Festival de Segovia, lidia “tercamente con las palabras para tratar de bucear en el fondo de la muerte, de sacudir el agua empozada, buscando, no la verdad, que no existe, sino que los rostros que tuvo en vida (su hijo) aparezcan en los reflejos vacilantes de la oscura superficie”.
No es que quiera resucitar a Daniel, sino que busca saber quién era en realidad. Lo que no tiene nombre es un relato testimonial que aborda el tabú del suicidio y establece un diálogo con el lector del que brotan preguntas, preguntas. La autora de títulos como El hilo de los días y Para otros es el cielo empezó a ver la historia cuando, inmersa en el duelo, viajó con su familia para apaciguar la devastación. De la madre dolida emergió la escritora. Lo recuerda en su casa de Bogotá…

La literatura está para conmover, en el mejor sentido, no para hacer llorar”
“Es el libro más misterioso desde el punto de vista del proceso. La palabra no es tanto dolor en ese momento, sino terrible desconcierto; desconcierto con la vida, no es desconcierto de que él se matara, pero si preguntándome ¿me pasó esto?, ¿cómo me pasa esto con este muchacho y después de todo lo que hicimos?, porque hicimos todo y no pudimos detener el destino, que fue la idea que hizo generar el libro”.

Letras d

Entre las preguntas que revolotean como mariposas enloquecidas se cuela el arte como refugio, el arte como reconciliador, la literatura como catalizadora…
 “Nunca había comprobado de manera tan impresionante cómo literatura y yo somos una sola cosa. Lo primero que se me ocurrió fue escribir. A partir de ahí aparecieron preguntas sobre otras cosas: qué es un duelo o que significa perder a alguien. En ese viaje llevaba libros en los que esperaba hallar alguna aclaración ante la incertidumbre. Entre ellos El Dios salvaje, de Al Álvarez, y de pronto comprendí la potencia dramática de esta historia que es como una tragedia griega: todos los pasos eran para que todo fuera exitoso y, como en Edipo rey, todo lo que iba pasando estaba mal. La decisión de escribir fue tremenda. Fue lo que me permitió sortear el duelo. Siempre hice un movimiento de lo puramente emotivo, que me arrasaba, a un movimiento intelectual. Una de las preguntas más inquietantes era la que me había hecho Daniel, que estaba en tratamiento psiquiátrico: ‘¿Me ayudarías a llegar al final?’... El amor de una mamá es de tal naturaleza que prefiere el hijo muerto que el hijo sufriendo. Cuando me hizo esa pregunta yo pensé sí, si este niño me dice: ‘Mamá, estoy sufriendo, no puedo vivir así, ayúdame a morir’, yo lo ayudo. Esa es la dimensión del amor de la mamá”.
 Él moriría en Nueva York, donde estudiaba, mientras ella estaba en Bogotá. Ahí empieza la historia.131 páginas en las que el lector es testigo de cómo ella “miraba vivir a Daniel con un secreto temblor”. La reacción de la gente ha sido cálida y le ha descubierto otras verdades…

Si alguna reflexión sale del libro es que solo es bueno lo que nos hace felices”
 “Se nos olvidó que la literatura está para conmover en el mejor sentido del término, no para hacer llorar, ni como algo sentimental. Pero sí para conectar con el alma del lector. La literatura se nos volvió una cosa muy intelectual. Yo estaba incluida dentro del paquete de los intelectuales haciendo maromas. Y recordé que cuando entré a la literatura, a los 15 años, me ayudaba a vivir, a soñar”.
 Una ligera y triste sonrisa se vislumbra en su cara al recordar que los lectores han señalado caminos equivocados que han tomado ciertos intelectuales y la sociedad…
 “Hay mucho pudor. Les da pena expresar el sentimiento; no es que no sientan, pero niegan manifestaciones efusivas. Es resultado de la sobredimensión de la razón. Desde Descartes lo que hemos hecho es adorar y rendir un culto a la racionalidad, a costa de cosas tan importantes como la intuición y los afectos. Aunque hay unas corrientes que han tratado de recuperar eso pero siempre dentro de una mesura”.
 Habla emocionada de las docenas de emails que recibe y que, también, le han descubierto otros desvíos de la sociedad, la enorme presión de éxito sobre las personas, la competitividad que horada todo…
 Si alguna reflexión sale de este libro sería que solo es bueno lo que nos hace felices. Lo digo yo que duré 30 años en una universidad viendo a la gente joven, que es cuando se define la vida, haciendo cosas que no querían”.
 Lo siguiente es una exposición de la obra de Daniel y el catálogo que Piedad Bonnett editará con el dinero del premio Casa de América de Poesía que le concedieron la víspera de la muerte de su hijo, en uno de cuyos poemas dice: “y la literatura, ya sabemos / está hecha por dioses pequeños e impacientes / y a menudo rabiosos / que adoran lo que existe y sin embargo / viven de consagrar lo que no existe”.

Letras de duelo en primera persona

De la madre: Richard Ford, Mi madre(Anagrama).
Del padre: Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos (Seix Barral).
Del padre: Marcos Giralt Torrente, Tiempo de vida (Anagrama).
Del marido: Joyce Carol Oates, Memorias de una viuda (Alfaguara)
De la esposa: Francisco Goldman, Di su nombre(Anagrama).
De la hija: Isabel Allende, Paula (Plaza y Janés).
Del marido y la hija: Joan Didion, El año del pensamiento mágico y Noches azules (Global Rhythm y Mondadori).
Sobre la inminencia de la propia muerte:Christopher Hitchens, Mortalidad (Debate).

jueves, 3 de noviembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Literatura de Todos los Santos", reportaje

Literatura de Todos los Santos- EULOGIA MERLE ("El País")


   En "El País":
Literatura de Todos los Santos

   Ensayos y novelas que tratan sobre la pérdida de seres queridos llenan la mesa de novedades - ¿Puede servir la escritura para superar la melancolía del duelo?

JORDI SOLER 01/11/2011

   Para paliar el dolor insoportable de la pérdida, la escritora neoyorquina Joyce Carol Oates empezó a poner por escrito su propia historia frente a la muerte de su esposo. Como durante el proceso de duelo no podía escribir páginas largas, porque la pena y sus fantasmas recurrentes ocupaban la mayor parte de su energía, dedicó aquel periodo oscuro a vaciar su experiencia en textos breves, en una serie de entradas de diario que con el tiempo, y la perspectiva, fue convirtiéndose en Memorias de una viuda, una conmovedora obra literaria. La pérdida y el duelo de Joyce Carol Oates la llevaron a construir una historia por un camino que no había recorrido antes, el de la narración construida a fuerza de fragmentos, y el proceso de escritura de esta obra la ayudó a sobreponerse a la muerte de su esposo.
   Situada también en ese territorio terapéutico de la literatura está Meghan O'Rourke, poetisa nacida en Brooklyn que, a partir del duelo que sentía por la muerte prematura de su madre, escribió The long goodbye.
   Estas dos historias y otras que tratan la pérdida de los seres queridos y pueblan la mesa de novedades justamente hoy, Día de Todos los Santos, son parientas de El año del pensamiento mágico, que la escritora californiana Joan Didion publicó en 2005, una historia sobre la muerte, que es un tema tabú en Estados Unidos y que empieza con estas líneas contundentes: "La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces se acaba". Didion nos cuenta, en este libro sobrecogedor, la crónica de sus propias acciones, reacciones y reflexiones frente a la muerte súbita e inesperada de su marido.
   Estas obras de pérdida y duelo, que además son memorias de una etapa negra y salvavidas de quien las escribe, funcionan también para los lectores que consiguen encontrar en ellas elementos con los cuales encuadrar mejor, y eventualmente reconducir, la onda expansiva de una pérdida.
   Reflexionando sobre esto, la poetisa Meghan O'Rourke sostiene, en una entrevista reciente, que este tipo de historias son, entre otras cosas, un espacio público donde se puede conversar, sin ningún riesgo, sobre la pérdida y el duelo, son "una respuesta orgánica a la pérdida".
   Estas historias escritas desde el dolor que produce la muerte de alguien muy querido, cuyo filón terapéutico no tiene nada que ver con los libros de autoayuda, han ido llegando en los últimos meses a las librerías, como una versión actual de esa escritura de duelo que ha existido siempre en la literatura, comenzando por Hamlet, ese melancólico arquetípico que va arrastrando la muerte de su padre, una pena que lo parte en dos y que tiene que purgar solo, con una intensidad que es la sustancia de la historia, porque Gertrude, su madre, ya se ha ido con su tío Claudio.
   Entre los libros de "respuesta orgánica a la pérdida", para utilizar la terminología de Meghan O'Rourke, que han ido apareciendo en los últimos tiempos están Vidas ajenas, del desasosegante escritor francés Emanuelle Carrere; El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron; Correr el tupido velo, donde Pilar Donoso disecciona su historia con José Donoso, su padre; Azul serenidad o la muerte de los seres queridos, de Luis Mateo Díez; Diario del duelo, el oscuro lamento de Roland Barthes por la pérdida de su madre, o Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.
   El psicoanalista inglés Darian Leader aborda el tema de la pérdida y el duelo en un ensayo, de muy reciente aparición, titulado La moda negra y con el subtítulo Duelo, melancolía y depresión. Leader se puso a trabajar a partir del ensayo Duelo y melancolía de Freud y, desconcertado ante la poca información que encontraba en los libros de sus colegas, recurrió a la literatura y ahí encontró una gran cantidad de obras que lo hicieron formularse la pregunta que dio origen a su ensayo: "¿Podrían las artes ser de hecho una herramienta vital que nos permita dar sentido a las inevitables pérdidas en nuestras vidas?".
   Darian Leader, en sintonía con Meghan O'Rourke, la poetisa de Brooklyn que escribió The long goodbye, ve en este tipo de obras un elemento terapéutico: "El lugar de las artes en nuestra cultura adquiere un nuevo sentido: como un conjunto de instrumentos que nos ayudan a vivir el duelo. Las artes existen para permitirnos acceder al dolor y hacen esto mostrando públicamente cómo la creación puede emerger de la turbulencia de una vida humana. En nuestro uso inconsciente de las artes, tenemos que ir fuera de nosotros para volver adentro".
   La autora de Memorias de una viuda, Joyce Carol Oates, dice que el duelo es la más humana de las emociones, pero que se trata de una emoción que va rigurosamente en un solo sentido, porque no puede ser recíproca.
   Darian Leader cita en La moda negra a la psicoanalista Ginette Raimbault, y redondea, de una manera involuntaria, la idea de Joyce Carol Oates: "El trabajo de escritores, artistas, poetas y músicos es muy importante para ayudar a sacar a la luz la naturaleza universal de lo que siente una persona en duelo, pero no en el sentido de que todos sentirán lo mismo. Por el contrario: lo que nadie puede entender de mi dolor, alguien puede expresarlo en tal forma que yo pueda reconocerme a mí misma en lo que no puedo compartir".
   Entusiasma la idea de Leader, que comparten las dos escritoras, de que estos libros donde un autor exorciza la muerte sirven también de exorcismo para el lector; la literatura, que, como todas las artes, forma parte de las cosas que no sirven para nada, cobra aquí una dimensión terapéutica. La idea es, desde luego, opinable, pero, de entrada, no está mal que en este milenio en donde todo debe tener una utilidad, y producir algún tipo de ganancia, aparezcan de pronto estas obras que tienen, desde el punto de vista de Leader, una utilidad añadida a sus méritos literarios.
   No deja de ser curioso que un tema tan grave como la muerte, y el duelo, se trate con más amplitud y generosidad en la literatura que en el mundo del psicoanálisis, donde Leader buscó ideas infructuosamente; quizá se deba a que estos libros escritos desde el duelo son obras que rozan la ficción y que, aunque sean rigurosamente verdad, utilizan recursos narrativos propios de las novelas. Probablemente la muerte, la pérdida y el duelo, son una realidad tan real, tan insoportablemente puntual y veraz, que termina tocándose con la ficción, con ese mundo de mentiras donde las cosas no existen, hasta el día en que se convierten en verdad.

   Letras terapéuticas

   Libros sobre la pérdida aparecidos en los últimos meses.

   - Vidas ajenas (Anagrama), de Emanuelle Carrere.
   - El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori), de Patricio Pron.
   - Correr el tupido velo (Alfaguara), de Pilar Donoso.
   - Azul serenidad o la muerte de los seres queridos (Alfaguara), de Luis Mateo Díez.
   - Diario del duelo (Paidós), de Roland Barthes.
   - La moda negra (Sexto Piso), de Darian Leader.
   - Memorias de una viuda (Alfaguara), de Joyce Carol Oates.