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jueves, 11 de junio de 2015

PRENSA. "El reciclaje de la ropa que ya no queremos·

   En "El País":

El reciclaje de la ropa que ya no queremos

Europa desecha cerca de seis millones de toneladas de textiles al año. Solo un 25% de esa ropa es reutilizada

En la planta de reciclaje de Wolfen, Alemania, intentan darles una segunda oportunidad, mientras que el discurso de la sostenibilidad cobra relevancia en la industria de la moda


Almacén en el que se guardan las prendas que se revenden sobre todo en Europa del Este y África. / MATIAS SAUTER

Detrás de una camiseta hay entre 2.000 y 2.900 litros de agua. Es la cantidad necesaria para cultivar y procesar el algodón para confeccionarla. A la mezcla hay que añadirle una buena dosis de pesticidas y la emisión de partículas contaminantes a la atmósfera que acarrea el transporte de la prenda desde los lejanos países en los que se suele confeccionar. ¿Cuál es su expectativa de vida? Tres años… de media. La atracción de los consumidores occidentales por la moda rápida, alentada por una incombustible maquinaria de fabricación barata en China y otros países, se ha traducido en un incremento cada vez mayor de la cantidad de prendas que se compran y que, tras pasar un tiempo olvidadas en el fondo del armario, acaban en la basura.
En Europa, se desechan seis millones de toneladas de textiles al año. Solo un 25% son reutilizados, la mayoría tras pasar por plantas de reciclaje como la de la multinacional suiza Soex en Wolfen (Alemania). Aquí, la ropa que nadie quiere se clasifica para venderse en el mercado de segunda mano o transformarse en bayetas para limpieza y aislante para la construcción y el automóvil. “Salvamos a millones de prendas de morir incineradas”, explica Paul Dörtenbach, que trabaja para la empresa. “Buscamos el mejor destino posible para la ropa usada”.
Cada día llegan a esta nave 350 toneladas de prendas procedentes de toda Europa, recogidas en contenedores o en tiendas. Las ONG venden las que no necesitan a empresas de reutilización textil a cambio de un donativo (alrededor de dos euros por kilo) que destinan a financiar otros fines sociales. Las empresas también son clientes. Es el caso del grupo sueco H&M. En 2013 lanzó un programa de recogida y reciclaje de ropa con Soex para premiar a los clientes: por cada bolsa de ropa usada que llevan a la tienda, se les hace un descuento para comprar prendas nuevas. La firma de moda ha invitado a cuatro periodistas europeos a un recorrido por la planta, a unas dos horas en coche de Berlín, en territorio de la antigua RDA.

70 millones de toneladas de ropa se consumen cada año en todo el mundo, según Naciones Unidas
El proceso es laborioso. Los 800 empleados miran y clasifican, una y otra vez, las prendas. Las colocan según el tipo en diferentes cajones: pantalones, jerséis, camisetas, vestidos... Luego comprueban las que pueden ser usadas de nuevo y las que no. “Nos concentramos en separarlo todo para seleccionar lo que podemos reutilizar y vender en tiendas de segunda mano y lo que acabará en la trituradora”, explica Dörtenbach. La ropa siempre viaja en bolsas amarillas suspendidas en el aire y controladas por un ordenador que sabe en todo momento en qué etapa se encuentran.
La mitad de las prendas acabarán siendo reutilizadas. Un grupo de mujeres —“con sentido del estilo”, en palabras del ejecutivo— las escoge. “Esta parte de la planta es clave y las personas que trabajan aquí reciben dos meses de formación sobre moda y calidad de los tejidos: son todas mujeres, pero es por casualidad”, aclara. La ropa que puede tener salida en el mercado vintage es la más buscada. Es la más rentable, la que deja más margen y compensa el escaso retorno de otras vestimentas con menos personalidad. Al final, todo el textil recuperado se apretuja en grandes paquetes en un almacén gigante. Está listo para exportar, principalmente a las tiendas de Europa del Este y los grandes mercados de África (ropas de blancos muertos, como las llaman en Nigeria, Kenia y Tanzania).
El resto se somete a la trituradora. Los tejidos son descuartizados primero en una máquina grande y luego en otra más pequeña. Se mezclan y cortan a medida de las necesidades: fibra para la industria del automóvil, utilizada como aislante; una pelusa gris que se aprieta hasta formar una especie de ladrillo para forrar los techos de las casas; e incluso una mezcla que puede ser reutilizada para confeccionar ropa nueva. Un ejemplo muy directo: los vaqueros de Henrik Lampa, responsable de Sostenibilidad Medioambiental de H&M. Los pantalones forman parte de una pequeña colección de la firma sueca realizada en un 20% con algodón reciclado. “Los expertos siguen investigando y estoy convencido de que, en no mucho tiempo, ese porcentaje podrá aumentar sin mermar la calidad del tejido”, explica a los periodistas.


En esta máquina gigante, las prendas son totalmente destruidas. / MATIAS SAUTER
Como muchas otras empresas del sector, H&M se ha subido a la ola de lo ecológico o, por utilizar un término aún más de moda, lo sostenible. Primero fueron varias líneas de ropa orgánica y después el programa de reciclaje. La compañía, que se ha hecho famosa en el mundo por vender camisetas y vestidos a 10 euros, lo interpreta como un paso adelante para concienciar a los compradores de la importancia de preservar el medio ambiente. Para algunos críticos, se trata de una estrategia para vender más ropa y mejorar su imagen. “La decisión de comprar es del consumidor”, se defiende Lampa. “Queremos a nuestros clientes y somos una empresa rentable que tiene como objetivo hacerlo mejor que la competencia”, añade, “y creo que, además, podemos ayudar al medio ambiente”.
H&M ha recogido para el reciclaje 13.000 toneladas de ropa (un millar en España), volumen equivalente a 65 millones de camisetas, desde que hace dos años se lanzó el programa en 55 mercados, según los cálculos de Carola Tembe, que también forma parte del equipo de sostenibilidad de la empresa. “Queremos que sea fácil para el cliente encontrar moda sostenible. Un 45% de los consumidores busca activamente ropa respetuosa con el medio ambiente”, afirma. El grupo sueco, al igual que otras grandes cadenas de moda como Zara, su gran rival, ha estado en varias ocasiones en el punto de mira por las denuncias sobre las condiciones en las que trabajan los empleados de algunos de sus proveedores, especialmente en Asia. “Estamos haciendo grandes esfuerzos para controlar las fábricas a través de 70 auditores”, recuerda Tembe.
El discurso ecológico está cobrando cada vez más relevancia en la industria de la moda, ya sea por cubrir una demanda real, por cuestiones de imagen o por una combinación de ambos factores. “En los últimos diez años se ha convertido en una tendencia cada vez más popular, y va en ascenso. Ya no solo se trata de pequeñas marcas aisladas. Los consumidores son cada vez más exigentes en este sentido”, opina Franziska Schmid. Trabaja para uno de los grandes blogs de moda ecológica de Alemania, Lesmads, y es experta en lo que se conoce como moda vegana. Una prenda es vegana si no contiene material procedente de animales, como piel, pelo, lana, seda y plumas. “Una camiseta de algodón de H&M es vegana, como también los son las zapatillas Roshe Run de Nike; por accidente, siempre ha existido la moda vegana”, afirma Schmid. “Para mí hay tres factores importantes en cuanto a la moda: que sea un material orgánico o sostenible, que venga de comercio justo y que sea vegano”.

El cultivo de algodón es intensivo en agua. Para fabricar una camiseta de 250 gramos se necesitan 2.700 litros. Para unos vaqueros de un kilo se requieren más de 11.800 litros
La lista de empresas que se apuntan a esta tendencia crece. Puma y The North Face también tienen programas de reciclaje con Soex. El grupo español Inditex ofrece productos de algodón orgánico y detalla anualmente en su memoria de sostenibilidad (H&M hace lo mismo) los avances en su estrategia medioambiental, como por ejemplo la eficiencia energética. Además, se ha asociado con la cooperativa catalana Roba Amiga para mejorar la gestión de los residuos textiles y la construcción de una planta de reciclaje en Sant Esteve Sesrovires (Barcelona), inaugurada en enero de 2013. “Por las instalaciones pasan 4.000 kilos de ropa al año y 44 de los 59 empleados están en riesgo de exclusión social”, afirma su gerente, Chema Elvira.
El fenómeno no es nuevo. En la década de los setenta, el diseñador norteamericano Roy Halston Frowick creó un vestido realizado en un tejido sintético no biodegradable tipo ante, ultrasuede, que podría tomarse como ejemplo de moda sostenible y perdurable en el tiempo. Es poco probable que Halston tuviera en cuenta la preservación del medio ambiente cuando diseñó su popular modelo, pero el material era tan resistente que, aún hoy, se puede comprar uno de sus vestidos en el mercado vintage como si fuera nuevo. Pocos años después, el diseñador belga Martin Margiela empezó a realizar piezas únicas a partir de viejas prendas de vestir y otros objetos: jerséis hechos de retales de jerséis, vestidos confeccionados con cordones de zapatos…
El concepto de duradero suele estar en conflicto con uno de los grandes principios de la moda: moverse de forma compulsiva entre tendencias y estilos. “Normalmente, lo ecológico y el reciclaje se hacen por puro marketing. En el corazón mismo de la moda hay componentes antiecológicos, porque esta es intrínsecamente fugaz”, explica el sociólogo Pedro Mansilla. “Las marcas nos seducen para que compremos más y más. El ‘lo quiero’ acaba prevaleciendo en la gran mayoría de los casos, por mucha conciencia ecológica que tengan algunos consumidores. Lo que está calando más es el concepto de moda sostenible, también en el mundo del lujo. Ser sostenible está bien, porque no contaminamos, no explotamos a niños y, además, nos permite seguir siendo consumistas”, remata con ironía Mansilla.


Trabajadoras de Soex clasificando ropa. / MATIAS SAUTER
En el caso de la tendencia vintage se hace una excepción: “Es un fenómeno que se produce por una reacción frente a la gran mancha unificadora de las grandes cadenas, pero no creo que detrás esté la protección del medio ambiente”. Un caso similar puede ser la venta de objetos de lujo de segunda mano, como bolsos clásicos de grandes marcas, con descuentos. No parece que lo que impulse al comprador sea su amor por la naturaleza.
Sentado en la sala de reuniones de la planta de Wolfen, Henrik Lampa defiende la conciencia ecológica de H&M. No dispone de datos sobre cuántas prendas de la colección reciclada se han vendido. “Lo importante es que, poco a poco, se vea que esta ropa es también de calidad”, afirma presumiendo de nuevo de sus vaqueros, cuya fabricación requiere un 50% menos de agua y energía que unos normales. “Creo que debemos demostrar a los clientes que estas prendas pueden ser, además, divertidas”. Él parece convencido.

jueves, 28 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "La basura". Martín Caparrós

   En "El País":
LECTURA

La basura

Los desperdicios son casa, vida y sustento de miles de argentinos que no tienen qué comer. Martín Caparrós lo relata en su libro 'El Hambre'. Aquí, un extracto


MARÍA JOSÉ DURÁN
El sol ataca. Hay un camino de tierra, un descampado, olor a rayos; hay un puente. Bajo el puente, el río Reconquista es un amasijo de agua marrón y espuma, podredumbre. El sol deshace. Sobre el puente, cientos de personas esperan que, unos metros más allá, una barrera se abra. Transpiran, esperan, se miran, hablan poco; muchos tienen bicicletas. Bajo el puente se oyen unos gritos: dos muchachos de 15, 16 corren a otro muchacho de 15, 16. Sobre el puente, cuando se abra la barrera, los cientos de personas van a correr hacia la gran montaña de basura. Son hombres, casi todos; casi todos son jóvenes —pero hay mujeres, viejos. Bajo el puente, el perseguido grita; los perseguidores lo alcanzan, lo acosan, el perseguido grita más. Sobre el puente algunos miran: hacen como que no miran y los miran. Abajo, los perseguidores voltean al perseguido, lo agarran por los brazos y los pies, lo hamacan en el aire, lo revolean al río. El perseguido cae al río podrido, ya no grita. Los que esperan esperan. El sol estalla.
—Es muy feo tener que andar en la basura. Mi marido me decía que así es la vida. Y yo le decía que si es así, la vida es muy fea. Se fue, mi marido, vaya a saber dónde andará, se fue y me dejó con cinco chicos. Y yo sigo acá con la basura.
Los basurales de José León Suárez son una tradición argentina. Aquí, hace más de 50 años, un gobierno militar fusiló a una cantidad confusa de civiles que intentaban apoyar un levantamiento militar peronista. De aquí —de aquella historia— salió un relato que empezaba diciendo que un muerto estaba vivo:
"Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
—Hay un fusilado que vive.
"No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades". Escribió en 1957 Rodolfo Walsh para empezar a contar su Operación Masacre —y de esas líneas salió, poco más o menos, todo lo que hacemos. De aquí, de los basurales de José Léon Suárez.
—Paty, puré de tomate, sopa encuentro, cosas de ésas. Sí, yo cocino casi todo de allá arriba.
—¿Y qué es lo que más cocinás?
—Guiso. Guiso con papa, fideo, arroz. Si encuentro carne, carne.
Depende de lo que encuentre en la montaña.
Los basurales cambiaron mucho desde entonces. Ahora son un emprendimiento de 300 hectáreas que se llama Ceamse —Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado. Su origen es turbio de tan claro: en 1977, los militares que asesinaban con denuedo, que llenaban el río de cadáveres, decidieron que tenían que terminar con el smog que afeaba el aire de la ciudad de Buenos Aires. Era una causa noble, bien ecololó: prohibieron los quemadores de basura domiciliarios y los reemplazaron por grandes depósitos ubicados en los suburbios; en su sistema de metáforas, la claridad del cielo del centro bien valía la mugre de las tierras de la periferia.
En esos mismos días, a menos de un kilómetro de allí, en Campo de Mayo, uno de los cuarteles más grandes del ejército argentino, cientos o miles de cuerpos fueron desaparecidos, quemados, enterrados.
La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan —la consumen. La ciudad de Buenos Aires, donde viven tres millones de personas, produce cada día 6.500 toneladas de basura; treinta distritos del conurbano, donde viven diez millones, producen 10.000 toneladas diarias. O sea: cada habitante de la Capital basura el doble que uno de los suburbios. Pertenecer tiene sus privilegios.
Siempre hubo personas que cirujeaban: que rebuscaban en la basura cosas que vender. Con la instalación del Ceamse —con el aumento exponencial de la cantidad de basura que llegaba a la zona— los cirujas locales también fueron cada vez más. A fines de los noventa, cuando la Argentina se consolidó como un país partido, el Estado armó un cerco alrededor del basural: lo custodiaban docenas de policías. Y no tenían pruritos: cuando cruzaban un ciruja lo cagaban a golpes —y le sacaban, para su beneficio, lo que había recogido. Las autoridades del Ceamse decían que lo hacían por el bien de los invasores: que no podían permitir que se llevaran —y comieran— alimentos descompuestos que podían dañarlos. El Estado que no les garantizaba la comida garantizaba que no pudieran comerse un yogur agrio. Los cirujas empezaron a mejorar sus técnicas: entraban de noche, subrepticios, de a uno o dos o tres; cuando veían algún policía se escondían, a menudo bajo la basura.

"La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan, la consumen"
Aun así, el cirujeo era un trabajo posible en un país donde escaseaban los trabajos. Alrededor del basural había un cinturón de tierras vacías, inhabitables por razones sanitarias. De a poco, personas fueron ocupándolas.
—Yo ese día me enteré a las tres o cuatro de la tarde de que estaban ocupando, y a las seis estaba ahí, con mi pedazo de toldo. Fue difícil, muy difícil. Es como en todos los barrios: se mete uno, se meten dos y cuando te querés acordar ya estaban todos.
Dice Lorena.
—Yo ahí me terminé de dar cuenta de lo que es ser pobre.
Corría 1998 y la Argentina estaba, como suele, en plena crisis económica, social. Las tierras alrededor del basural se llenaban de personas que se habían quedado sin empleo, que ya no podían pagar los mínimos alquileres que les cobraban por una casilla donde sobrevivir. Y además habían llegado miles de refugiados de las inundaciones de las provincias del nordeste: la zona rebosaba de pobreza.
—Fue muy espontánea la toma. Cuando vos tomás la tierra es así, un gran kilombo, todo lleno de pedazos de cable para marcar los lotes, y yo estaba sentada arriba de una piedra cuidando un pedazo de tierra. Había un vecino que se llamaba Coqui, y él siempre me cargaba: "¿Vos te acordás de esos años, cuando eras bien blanquita? Y era muy joven: no tenía 25. Ahora Lorena tiene 38 años y pesa, dice, casi 200 kilos: una masa con la cara risueña, inteligente, el pelo corto medio rubio, carne que le desborda.
–Ahora soy colorada, la piel se te curte, se te quema, los bracitos negros... "¿Vos te acordás de cuando eras bien pálida, Lore, y estabas sentada ahí en esa piedra?" Yo lo que me acuerdo es que tenía un miedo...
Lorena había llegado del Uruguay ocho años antes, cuando tenía 16. Venía de un barrio obrero de Montevideo: su padre se había ido cuando ella era chiquita; su madre, costurera, trabajó mucho para mantener a sus cuatro hijas que, de a poco, fueron emigrando a la Argentina. Su último gran esfuerzo fue darle a la menor, Lorena, su fiesta de quince; estaba enferma y murió de un infarto dos meses después. Lorena, sola, sin recursos, no tuvo más remedio que irse a la casa de una hermana, del otro lado del Río de la Plata, en los suburbios de Buenos Aires, en José León Suárez.
—Me tomé el ómnibus que venía desde Montevideo, viajé toda la noche. Y a la madrugada entró a Buenos Aires, por una autopista, entró al centro y estaba amaneciendo y yo miraba por la ventana y yo decía uy, Hollywood, llegué a Hollywood, luces, autopista, unas mujeres que salían de vaya a saber dónde con las botas hasta la rodilla, los shorts cortitos y esas botas. Yo venía tipo Janis Joplin: la pollera hindú, las trenzas, los zuequitos de madera, y esa minas salían de la bailanta con botas y minishort. Yo miraba para afuera, por la ventana, y se me salían los ojos, porque era demasiado: "autopista, bota y culo", decía. Me explotaba el corazón y decía dónde estoy, qué es esto, dónde me metí.
En José León Suárez tampoco entendía nada. Sus hermanas se inquietaron ante esa adolescente que les llegaba del pasado. Lorena no tenía papeles, no tenía educación, no sabía qué hacer con su vida.
—Empecé a trabajar en un choripán al paso en la estación de tren. El dueño me tocaba el culo y yo no quería decir nada y un día exploté y lo mandé al carajo y no fui más. Y ahí enseguida me enganché a cartonear. Acá en Suárez todos iban con los carros y bueno, empecé a drogarme mucho. Yo no sabía lo que era un faso... Y todo ese submundo de la pobreza, la miseria. Yo me quería matar... Y después me pasó algo muy lindo: conocí al papá de mis hijos. Estuve muchos años, 16 años con el papá de mis hijos. Fue una linda historia.

"A finales de los noventa el Estado cercó el basural. Los que no les garantizaban la comida garantizaban que no pudieran comerse un yogur agrio"
El muchacho se llamaba César, trabajaba en una fábrica, tenía una familia. Juntos armaron otra: dos hijos biológicos, una hija adoptada. En esos días de 1998 vivían en un ranchito que alquilaban; a él lo habían echado de la fábrica y ya no sabían cómo pagarlo. Y además Lorena siempre había querido tener algo propio: un pedazo de tierra. Pero esa tarde él no quería ir a ocupar. Ella le insistía:
—Yo ya estaba hinchada las bolas, no daba más. Siempre hacía todo en regla, todo bien y me seguía yendo mal, nunca tenía nada. Pero el Flaco no quería quebrar la ley, quería hacer todo por derecha. Y más cuando vio lo que eran esas tierras, un basural medio inundado, todo lleno de mierda, de barro, las ratas de este tamaño. Fue la primera vez que nos separamos.
Esa tarde cada cual ocupaba lo que podía. Lorena lo recuerda con cariño. La gente se ayudaba: vení por acá, metete en este lugar, dale, qué necesitás. Al principio cada uno se quedó con un lote de 30 por 30; pronto vieron que así no alcanzaba para todos y decidieron cortarlos por la mitad: 30 por 15, y entonces sí. Empezaron a delinear las calles, el espacio donde alguna vez estarían las veredas: semanas de trabajos, de entusiasmo. Y de conflictos: había algunos que ocupaban para venderles a los que llegaran más tarde, pero los vecinos se ocupaban de impedirlo.
—Cuando me enteraba de que alguno estaba para hacer negocio llamaba a mis compañeros, les decía vamos para allá y nos poníamos nosotros en el lote hasta que metíamos una familia, no dejábamos que se venda hasta que metíamos a una familia. Todos teníamos tolderías, vivimos casi seis meses así. Para sobrevivir ahí teníamos que organizarnos en grupos de los que ya estábamos viviendo, para poder cocinar y hacer un fuego porque la policía no nos dejaba entrar con madera, no nos dejaba entrar chapas. Tampoco teníamos agua, el agua que había estaba repodrida, hubo mucha hepatitis. Organizamos la olla popular, empezamos a ver cómo podíamos traer agua; es muy duro el asentamiento al principio. Ahí empecé también a ver que yo podía hacer algunas cosas.
Tiempo después alguien se dio cuenta de que un barrio sin nombre no es un barrio. Lo discutieron en una asamblea de vecinos. Varios quisieron ponerle José Luis Cabezas, el nombre de un fotógrafo que un millonario menemista había mandado matar un año antes. Pero al final decidieron que lo llamarían Ocho de Mayo, porque ése era el día en que por fin se habían atrevido: el día en que empezó.
En los meses siguientes llegaron muchos miles más: todas las tierras baldías —los basurales, los pantanos— de los alrededores se fueron transformando en barrios. Con el tiempo, César aceptó ir a vivir al terreno ocupado y se reconcilió con Lorena. No tenían muchas fuentes de ingresos; había días en que no alcanzaba para comer todo lo necesario: cartoneaban. Cartonear es un verbo nuevo en el idioma de los argentinos: no tiene más de veinte años. Es, en síntesis, la forma políticamente correcta, descafeinada, de llamar a los que viven de rebuscar en la basura ajena, los que suelen llamarse a sí mismos con la palabra antigua: cirujas.

"A comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro"
Lorena solía ir hasta un barrio elegante de la Capital, Belgrano R. Algunos de sus vecinos también hacían el viaje; entre ellos, los padres de Noelia.
—Cuando Noelia tenía cinco o seis años, hace mucho, venía a un centro comunitario que habíamos armado en el barrio. Yo hacía un taller con los chiquitos y me acuerdo que estábamos hablando de los sueños, de lo que soñaba cada uno, y Noelia hizo un dibujo medio raro. Yo no entendía nada del dibujo, le pedí que me explicara. "Éste es un McDonald’s, tía". Y le dije: "¿Ése es tu sueño?" "Sí, comer, pero adentro, ¿eh?" Y me marcaba adentro. Porque la verdad es que a comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro.
Dice Lorena, y que McDonald’s era "San McDonald’s porque salía la hamburguesa más linda. Hasta hoy el McDonald’s es el que te tira más limpio todo", dice. Pero Noelia quería comer adentro.
La mayoría de los vecinos del barrio Ocho de Mayo, entonces, hace unos diez años, subían a cirujear a la Montaña. A ese lugar que todavía llaman la Montaña.
—Juntás coraje. Si yo te digo negro, metete en ese montonazo de basura que hay ahí, ¿vos te vas a animar? Yo te puedo asegurar que no. Vas a tener que hacer de tripas corazón y te va a dar mucho asco y vas a vomitar y vas a decir yo no puedo estar acá.
El montón de basura tiene cinco o seis metros de alto, veinte de base, y es una verdadera porquería: todo tipo de restos chorreantes, pegajosos, aquel olor a infierno.
—Pero si tenés mucha hambre vas a hacer lo que tengas que hacer, y mala leche, y al final no te vas a dar cuenta. Es la necesidad... Lo único que nos moviliza para organizarnos, para pelear, para tener una tierra es cagarse de hambre. Lo necesito y lo hago. No somos muy conscientes, como no somos muy conscientes de trabajar acá. Porque si fuéramos muy conscientes, no estábamos acá.
Acá es la planta cooperativa de procesamiento de basura que dirige Lorena, al pie de la Montaña. Planta de procesamiento es un gran nombre: es un galpón repleto de basura, montones de basura alrededor, varias docenas de hombres y mujeres separándola, preparándola para la venta. Son los que zafaron de subir cada día a la Montaña: los cirujas con trabajo fijo. La Argentina es un país donde todo puede institucionalizarse; el mundo actual es un mundo donde todo.
—¿Por qué? Si fueran muy conscientes, ¿qué harían?

"Se sancionó lo que había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida"
—No sé, otra cosa. Nosotros ni pensamos cuánto vamos a tardar en morirnos trabajando acá... Es terrible porque la vida de todos los que trabajamos en el rubro de la basura, en todo lo que es el sector... Estamos apestadísmos, negro. Estamos apestadísimos... Trabajamos con las ratas, mirá las condiciones. Pero vos tenés que solucionar el tema del morfi hoy. Cuando hay hambre no podés pararte a mirar esas cosas.
Me dice Lorena.
Con la crisis de 2001 y el aumento de las ocupaciones y la falta de plata, la cantidad de cirujas se multiplicó de pronto —y su insistencia y su desesperación: cuentan que la custodia del basural se volvió más violenta, que al que trataba de entrar lo corrían a balazos. Entonces los cirujas empezaron a asaltar los camiones que llegaban. La represión aumentó también, y se extendió a los barrios cercanos. Había palos, tiros: molidos, heridos.
La policía mejoró, dicen, su metodología: a veces los dejaban entrar y los agarraban cuando salían, para sacarles lo que habían encontrado —y venderlo después en las villas. Algunos policías, dicen todavía los cirujas, les cobraban por dejarlos entrar: en plata, en mercadería, en sexo.
Hasta el 15 de marzo de 2004: esa noche, dos mellizos de 16 años, Federico y Diego Duarte, entraron, como muchas otras noches, a cirujear a la Montaña. Cuando apareció la policía se escondieron debajo de unos cartones en una pila de basura. Federico vio un camión que descargaba cataratas de mugre unos metros más allá, donde debía estar su hermano; cuando la policía se fue y pudo salir lo buscó por todas partes. Al otro día, su hermana Alicia hizo la denuncia policial; no le hicieron mucho caso. Dos días después, cuando un fiscal ordenó que lo rastrearan, ya era tarde.
El cuerpo de Diego Duarte nunca apareció, y el caso se transformó en un escándalo que los diarios nacionales retomaron. En protesta, el Camino del Buen Ayre —que atraviesa los terrenos del Ceamse— fue cortado por organizaciones piqueteras; unos días más tarde, cientos de cirujas incendiaron galpones del predio. Al final la empresa negoció; acordaron que cada día, durante una hora, hacia las cinco de la tarde, los cirujas podrían entrar a la Montaña. Era un modo de sancionar, de hacer institucional lo que hasta entonces había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida.
(...)
El Hambre, de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), se publicó en España el 28 de enero. Editorial Anagrama, 624 páginas. 24,90 euros, versión impresa; 14,99 euros, versión electrónica. Planeta lo editó en Argentina.

miércoles, 27 de mayo de 2015

PRENSA. "El negocio de alimentar a la Humanidad"

   En "El País":

El negocio de alimentar a la Humanidad

Los límites de las tierras de cultivo y el agua disponible obliga a los gobiernos y al sector alimentario a tecnificarse para afrontar la cada vez mayor demanda mundial de comida


Miembros de una delegación de EE UU visitan una refinería de azúcar en Candelaria (Cuba), el pasado 3 de marzo. / ALEXANDRE MENEGHINI (REUTERS)

El pasado día 1, en un terreno de dos millones de metros cuadrados a las afueras de Milán, se abría al público la Exposición Universal de 2015, con el lema “Alimentar al planeta, energía para la vida”. En los pabellones, una amplia representación de empresas, organizaciones internacionales y 110 países exhibirán durante seis meses el progreso de la industria de la alimentación.
Mientras, fuera, las protestas callejeras señalaban las contradicciones del evento. La delegación que más se ha gastado en su pabellón de la Expo de Milán (72 millones de euros) es Emiratos Árabes, un país en el que la agricultura representa un 0,8% del PIB y que importa la mayoría de los alimentos que consume. Pero la principal ironía de una celebración global de la buena alimentación es que, a pesar de que los seres humanos consumen, en promedio, 2.868 calorías diarias, alrededor de 800 millones de personas sufren malnutrición crónica. Y aunque es una cifra que se ha reducido en los últimos 20 años (según la agencia alimentaria de Naciones Unidas, la FAO, el porcentaje de personas pasando hambre ha caído del 18,7% al 11,3%), el tamaño del problema sigue siendo enorme.

La alimentación en el planeta se sostiene sobre unos 570 millones de granjas
La alimentación en el mundo se sostiene sobre las 570 millones de granjas que, según la FAO, hay en el planeta. La inmensa mayoría (alrededor de un 80%) son pequeñas explotaciones familiares, por lo que el verdadero poder reside en sus mayores compradores: la industria agroalimentaria. Es un sector grande (según un informe de Bank of America Merrill Lynch, la industria vale 2,3 billones de euros, una cifra equivalente al PIB de Brasil y a un 3% de la economía global), poderoso y longevo: las tres mayores empresas del sector por ingresos (Nestlé, Archer-Daniels y Bunge) son centenarias. En gran medida, la seguridad alimentaria del planeta en el futuro dependerá de lo que hagan hoy estas grandes multinacionales.
Tradicionalmente, el sector agroalimentario ha sido un negocio familiar, pero la solidez de la industria ha atraído a inversores de todo el mundo. Dos de los más famosos, la estadounidense Berkshire Hathaway (con Warren Buffett a la cabeza), y la brasileña 3G Capital, se han coordinado en los últimos años en megaoperaciones de concentración. En 2013, se unieron para comprar Heinz, famosa por sus salsas y enlatados, en una adquisición de 28.000 millones de dólares (22.000 millones de euros). En marzo de este año, se volvieron a juntar para hacerse con Kraft Foods, otra fusión milmillonaria.


No es el único caso. En 2013 el mercado global de carnes vivió dos macrofusiones: la compra de Hillshire por Tyson Foods en 2013 (una operación de 8.550 millones de dólares) y la de la británica Smithfields por la china Shuanghui, por más de 7.000 millones, una operación que incluyó en parte a la española Campofrío.
Este proceso de concentración preocupa a las organizaciones no gubernamentales especializadas en alimentación. “El sector está en muy pocas manos, desde los insumos hasta la distribución, pasando por las grandes comercializadoras de grano”, explica Lourdes Benavides, responsable de seguridad alimentaria de Oxfam Intermón. “Eso les da un gran poder a lo largo de la cadena, tanto de fijación de precios como de control de reservas, eso sin hablar de su influencia a la hora de tomar decisiones políticas”.
Los grandes inversores buscan en el agroalimentario un sector sin sobresaltos, pero el futuro de la industria tiene enormes y costosos desafíos por delante. Según la FAO, dar de comer a los 9.600 millones de seres humanos que habitarán el planeta en 2050 necesita inversiones por valor de 83.000 millones de dólares al año. Y, en su mayor parte, tendrán que venir de la caja de las empresas. “Ya no concebimos alcanzar ninguna meta sin el sector privado”, comenta Marcela Villarreal, directora de Asociaciones de la FAO. “Es el que más ha cambiado su rol. En el pasado lo considerábamos un financiador. Hoy es un actor más. Estamos haciendo un llamamiento para que no solo se comporte de forma responsable, sino que contribuya de manera medible a las metas con instrumentos y guías”.
¿Y cuáles son los retos? Para empezar, tierra y agua. Solo un 11% de la superficie terrestre del mundo es cultivable, pero eso es más que suficiente para alimentar a toda la Humanidad. De hecho, un estudio patrocinado por la Fundación Rockefeller da por superado el peak farmland: el punto en el que más tierra ha sido necesaria para dar de comer al mundo. La desaceleración del crecimiento de la población y la mejora de la productividad harán reducirse esta cifra. Pero el problema es que este último dato solo es cierto si los hábitos de consumo se mantienen como ahora. Y no es así. Según la FAO, hasta 2050 la tierra cultivable deberá crecer un 70% para abastecer a todo el mundo. En 1961, había 2,5 hectáreas de tierra cultivable por habitante y en 2050 habrá menos de 0,8. Al mismo tiempo, se necesita un incremento de 64.000 millones de metros cúbicos de agua dulce cada año para adecuar la producción agroalimentaria a la demanda.
Un futuro ya de por sí complicado que se agrava cuando se incluye el cambio climático en la ecuación. El efecto es especialmente notable en las regiones tropicales y ecuatoriales. En Asia, donde la implantación de regadíos permitió un gran aumento de la productividad, la mayor inestabilidad del clima puede echar a perder los logros ganados. En algunos países africanos, la rentabilidad agrícola puede reducirse en un 50%.
Los problemas derivados del cambio climático se extienden pronto a toda la economía. “En 2010 y 2011, los años previos a la Primavera Árabe, hubo una sequía grave en todo el norte de África: Túnez, Libia, Egipto”, recuerda Kanayo F. Nwanze, presidente de IFAD, el brazo financiador de la FAO. “El precio del pan subió, la gente tuvo que emigrar a ciudades ya saturadas… El cambio climático trae crisis, trae inestabilidad”.
¿Cuáles son las posibilidades de negocio en éste nuevo mundo? El interés de varias instituciones o incluso Gobiernos, como el de Corea del Sur, por hacerse con tierras de cultivo en varios países africanos ha despertado muchísima polémica, aunque la realidad esté siendo algo distinta: “Llevamos varios años haciendo un seguimiento y es difícil cuantificar cuánto existe en realidad, si se aumenta o se estabiliza”, comenta Benavides. “Pero sigue ahí y se sigue regulando bastante mal. Muchas tierras ni siquiera se ponen a cultivar, por lo que los agricultores locales no tienen acceso”.

El cambio climático añade dificultad a un sector, sobre todo en el trópico
El negocio y el futuro de la producción alimentaria, según los analistas, está en las soluciones tecnológicas. “En inglés lo llamamos more crop per drop: más cosechas por cada gota de agua”, considera Sarbjit Nahal, estratega de Bank of America Merrill Lynch. “Hay oportunidades de negocio en el tratamiento, gestión, infraestructura y suministros de agua, así como en semillas y productos agrícolas tolerantes a la sequía, agricultura de precisión”.
Grandes empresas del sector ya están trabajando en ello. “Los productos para la protección de las plantas están yendo más allá de los fitosanitarios”, comenta Carlos Vicente, director de Sostenibilidad de Monsanto para Europa. “Hay productos desarrollados a partir de mecanismos que ya se encuentran en la naturaleza, como productos microbianos que ayudan a controlar plagas y potenciar el rendimiento, o el ARN de interferencia, que son instrucciones que hacen que plagas, malas hierbas o incluso parásitos de insectos beneficiosos, como las abejas, no hagan el daño que pueden hacer”.
Las posibilidades tecnológicas ya existen. “El regadío por aspersión utiliza mucha menos agua que la inundación”, explica el tecnólogo Ramez Naan en una entrevista al proyecto Future Foods 2050, organizado por el Instituto de Tecnología de los Alimentos (ITF). “Aunque sea un simple cambio como regar por la noche, cuando hay menos posibilidades de pérdidas por evaporación”. “En muchos casos, el que decide qué se riega y a qué hora es el agricultor, que la mayor parte de las veces es el propietario de la finca”, explica Juan Carlos Jiménez, socio fundador de IG4 Agronomía, una empresa de Huelva dedicada a aplicar las nuevas tecnologías al regadío. Y su criterio es por aproximación y observación: ahora 20 minutos, ahora tantas horas. “Lo que nosotros hacemos ir a la raíz, donde se ve qué le pasa a cada planta. Medir la humedad, la temperatura, ver que se usa la cantidad adecuada de agua y fertilizante”.
También el sector de la maquinaria agrícola está haciendo avances. “Todas las empresas están trabajando para que haya equipos más inteligentes, tractores que puedan medir qué le pasa a la planta por la que pasan”, explica Ulrich Adam, presidente de la patronal europea CEMA. “Incluso en países desarrollados, donde la productividad no puede crecer mucho más, se están consiguiendo mejoras en los rendimientos de entre un 3% y un 4%, y, lo que es realmente bonito, con mucho menos agua y fertilizantes”. Según Bank of America Merrill Lynch, el mercado de equipamientos agrícolas pasará de 130.000 millones de dólares en 2013 a más de 208.000 millones en 2018, un aumento del 60% en cinco años. Solo el mercado de drones (aviones no tripulados) de uso agrícola está estimado en 2.000 millones de dólares.

Para el grueso de los analistas, los mayores rendimientos pasan por un uso más intensivo de la tecnología. El reto está en llevarla a los mercados emergentes y a los pequeños agricultores. “Mucha de la agricultura en África se hace a base de azadón”, comenta Villarreal. “No solo es muy poco productivo, es dañino: eso deja a los granjeros con la espalda doblada en dos”. Desde las organizaciones internacionales se apuesta por la creación de cooperativas y asociaciones de pequeños granjeros para obtener las economías de escala necesarias para la mecanización. “Hay que organizar a los agricultores”, defiende Nwanze. “Hay iniciativas muy buenas que se están llevando a cabo en África”, explica Villarreal. “Juntar 20, 30, 40 agricultores para que puedan comprar un tractor. Y es un buen negocio para todos: para quien compra el tractor y para quien lo vende”. “Las nuevas tecnologías son caras porque requieren de una inversión de capital”, reconoce Ulrich Adam, “pero lo que pasó con la telefonía móvil, que ha entrado muy fuerte en el campo y ahora tiene una presencia enorme, puede pasar con otras tecnologías. La revolución digital puede hacer que la agricultura no sea tan intensiva en capital como lo es ahora”.
La tecnología también será indispensable cuando la industria agroalimentaria deba enfrentarse al cambio en el paradigma energético. El drástico aumento de la producción de hidrocarburos gracias a la fracturación hidráulica puede haber reducido las presiones económicas sobre los granjeros, pero el empuje de los objetivos de reducir emisiones de dióxido de carbono y el abaratamiento de las energías alternativas supondrían un cambio dramático en el sector.
La expansión del mercado de biocombustibles ha sido responsabilizada de la creciente demanda de tierras a nivel global, pero es poco si lo comparamos con el imparable aumento del consumo de carne. El 60% del incremento de producción de alimentos que se produzca hasta 2025 estará destinado a piensos. En la mayoría de países emergentes, el consumo de carne es un símbolo de modernidad y estatus: la señal de que se ha llegado a la clase media. “Pero si toda la Humanidad comiera carne como en Occidente, no habría planeta suficiente”, considera Villarreal.
Pero, posiblemente, el desafío tecnológico más serio es transporte y almacenaje de los alimentos. Un estudio patrocinado por la FAO estima que, en Norteamérica y Oceanía, hasta un 60% de las raíces y tubérculos se pierde en el camino que va desde el campo al consumidor. En el norte y centro de África, hasta un 55% de la fruta. “Uno viaja por Colombia y encuentra mangos preciosos tirados en el suelo”, comenta Villarreal. Desarrollar redes de transporte y cadenas de frío requieren grandes inversiones. No es la única solución posible. “Las producciones son más eficientes y menos costosas cuanto más cerca están de las zonas de consumo”, reflexiona Carlos Vicente. “Puede que la solución sea que los agricultores puedan abastecer a las poblaciones en sus zonas de origen”, añade.

La agricultura de precisión se abre camino como una alternativa muy viable 
Tecnologías como la de granjas urbanas podrían impulsar este movimiento, pero, para Ulrich Adam es más una cuestión de hábitos de consumo. “En el mundo desarrollado, la mayor parte de las pérdidas se produce en nuestros frigoríficos”, considera, “y por la distribución. Sobre todo mucha fruta y verdura se tira porque no tiene los criterios de calidad que exigen los consumidores. La tecnología puede ayudar a producir fruta más bonita, pero también quizás sea una cuestión de educar al consumidor para que no quiera comida perfecta en todo momento”.
La calidad de los alimentos también preocupa a los consumidores, tanto en los países tradicionalmente industrializados como en los emergentes. En 2008, una epidemia de dolencias renales empezó a afectar a miles de bebés en China. Pronto se encontró que la responsabilidad era de un lote de leche infantil adulterada con melamina, un pegamento industrial. Fue la primera de varias sonadas crisis alimentarias en el país asiático. Otras crisis, como la de las vacas locas en Europa y Norteamérica, han puesto presión sobre la industria y le han obligado a redoblar sus esfuerzos por garantizar la seguridad de los productos que vende.
Por otro lado, los consumidores buscan cada vez más variedad, cada vez más salud y cada vez más autenticidad en los productos que consumen. Y el sector responde. “Hoy en día, dos de cada tres compañías de la industria alimentaria están dedicadas de forma permanente a alguna clase de innovación”, explican desde el grupo de presión en Bruselas de la patronal europea del sector, FoodDrinkEurope. “El 50% de los productos que vemos en los supermercados hoy no estarán en los lineales dentro de cinco años”. “Los mercados son muy sensibles ante los temas medioambientales”, comenta Jiménez. “Cada vez se busca más la huella del agua, si se ha hecho un uso respetuoso del agua en la producción”.
El cambio en las preferencias de los consumidores también ha fomentado el crecimiento de pequeñas compañías fuera de los grandes grupos empresariales, especializadas en productos muy específicos creados con unos estándares muy difíciles de alcanzar por la producción en masa. “Nunca se han creado más empresas emergentes en la industria alimentaria como ahora”, comenta Michael Boland, profesor de la Universidad de Minnesota y experto en la evolución del sector agroalimentario. “Hay muchas rupturas con el pasado ahora mismo”.
“La inversión del sector empresarial al desarrollo agrícola es de hasta el 75% del total”, explica Nahal. ¿Vale la pena desde un punto de vista económico? “La inversión en I+D agrícola continua siendo una de las inversiones más productivas ahora mismo”, considera. “Ofrece tasas de retorno de entre el 30 y el 75%”. Un estudio de más de 200 proyectos de regadíos del Banco Mundial entre 1960 y 1995 habla de una tasa de retorno del 15%.
Para los países hay un incentivo adicional: eliminar el hambre no es solo un imperativo moral, sino que tiene sentido desde un punto de vista económico. Bank of America Merrill Lynch calcula que el hambre tiene un efecto en la economía global de dos billones de euros, casi el equivalente al peso del sector alimentario entero. Demasiada riqueza como para dejar que se pierda.

sábado, 4 de abril de 2015

PRENSA. "Viaje a la última frontera del mundo".

   En "El País Semanal":

Viaje a la última frontera del mundo

El deshielo del Polo Norte está abriendo fronteras antes inaccesibles. La extracción de petróleo y la apertura de nuevas rutas marítimas amenazan la destrucción de un ecosistema clave para la supervivencia del planeta.

Es la sensación de estar en el fin del mundo. El mar arroja el primer iceberg. Aparece a unos ochenta metros a babor, inerte. Después le seguirá otro. Luego, decenas. Centenares. Miles. El Esperanza, uno de los tres buques de la organización ecologista Greenpeace, aminora la marcha al alcanzar el mar despedazado, del que alertaba el radar horas antes con unos puntitos fosforescentes. En el puente, además del capitán, viaja un piloto de hielo, asesor para este tipo de mares. En la proa, el ruido del casco contra los bloques congelados rompe el silencio: aparta algunos y cabalga sobre otros, partiéndolos con el peso del barco. Entre los trozos resultantes penetra un torrente de agua, dando vuelta al hielo como a una peonza, buscando su nuevo equilibrio dentro del agua. Cubos de hielo gigantes y afilados, blancos y azul piscina.
Cuando el reloj marca las últimas horas del día, el barco se detiene en la inmensidad helada. Decenas de aves revolotean junto al buque, mientras los marineros apuran la jornada en la sala de estar del Esperanza, charlando, recordando mil anécdotas una y otra vez contadas, escuchando música y bebiendo cerveza entre amigos: el alcohol solo está permitido a partir de las seis. Por los ventanucos entra la luz del verano polar, 24 horas ininterrumpidas de claridad que burla los biorritmos. El sol, a esta latitud, bordeando los 80 grados norte, apenas calienta. En cubierta, los fumadores apuran sus cigarrillos con unas temperaturas que rozan los cero grados centígrados, aunque a veces el viento baje la sensación térmica hasta los menos 20. Estamos a principios de agosto.
A las dos de la mañana, tres osos polares se acercan al buque. Un marinero de guardia se percata y alerta a los pocos compañeros que no duermen. Los animales no tienen miedo. Probablemente tampoco excesiva hambre, aunque en esta época de deshielo cada vez más severo es cuando menos alimento encuentran y, por tanto, más peligrosos son. No intentan encaramarse al buque, aunque podrían por su tamaño: dos metros y medio de largo, 600 kilos de peso. Por si acaso, las puertas permanecen cerradas. Han sentido curiosidad por esa mole de color verde y blanco que somos nosotros, 72 metros de eslora, el barco mayor de Greenpeace. Saciada su incógnita, pierden el interés y se alejan. Al día siguiente, los pocos afortunados en verlos cuentan, exaltados, el encuentro. Los demás miran las fotografías con envidia mientras desayunan un café caliente con galletas.

Tres osos polares se acercan de madrugada al buque ‘Esperanza’. Miran curiosos la mole verde y blanca y desaparecen
Estamos a 1.207 kilómetros del Polo Norte geográfico. Un día después de zarpar de Longyearbyen –la capital de Svalbard, un territorio de ultramar noruego– invitados por Greenpeace, en lo que llaman la Expedición Ártico 2014. Un viaje para enseñar esta maravillosa y amenazada zona del planeta, un acto más de la campaña Salva el Ártico. Por la mañana, en el comedor, un activista de la organización ecologista da las indicaciones para la actividad del día, a la postre una de las más impactantes en casi una semana de navegación: caminar sobre el hielo marino. Hay que ponerse un traje especial. Sin él, en caso de pisar en falso y deslizarse al mar, estaríamos muertos de un infarto en dos minutos. También advierten de otro peligro, los propios osos, que no entienden de buenas intenciones.
El danés Arne Sørensen es el piloto de hielo, una figura obligatoria en estas latitudes. Con cuatro décadas de experiencia en el mar, es un tipo que descifra los hielos y se adelanta a lo que está por venir, eligiendo la mejor ruta, en una suerte de danza en zigzag que maximiza la velocidad y minimiza el roce del casco contra los icebergs. Sin él no estaríamos donde estamos ni podríamos amarrarnos al hielo que, por supuesto, está en leve movimiento aunque no lo notemos. Jesper baja primero y comprueba que no hay osos. Visto bueno. Y todos a un hielo lleno de baches y montañitas que nos ponen en nuestro lugar en la naturaleza. Afloran las torpezas: una caída, un pie que penetra hasta la rodilla en el agua, una pisada de un oso. Caminamos por un paraíso que podría desvanecerse pronto.


Miles de araos de Brünnich regresan a sus nidos en Svalbard (Noruega) / NICK COBBING
“El hielo decrece en el Ártico. Hay científicos que creen que no quedará nada en 2100. Otros adelantan las predicciones a dentro de 20 a 35 años en verano”, asegura Arne. Según el Centro Nacional de Hielo y Nieve de Estados Unidos (NSIDC), el pasado agosto ha sido el séptimo peor en el Ártico desde 1979 (año en que empezaron a recolectarse estadísticas gracias a las imágenes por satélite), con un mínimo de mar congelado de seis millones de kilómetros cuadrados. En el mismo mes en 1979 se superaban los ocho millones. El año 2012 marcó el mínimo histórico, pero detrás vienen 2007, 2011, 2010, 2008 y 2013. El director del NSDIC, Mark Serreze, alertaba en National Geographic hace un año: “La tendencia es indudablemente negativa”.
No solo hay menos hielo en extensión, sino en grosor. “Tres cuartas partes del volumen que había en 1979 no existen”, asegura Tatiana Nuño, responsable de la campaña de cambio climático y energía de Greenpeace en España. Un estudio de la Universidad de ­Washington y la NASA señala que, en el caso de las aguas al oeste y norte de Alaska, la cantidad de nieve acumulada sobre el hielo marino es entre un 33% y un 50% menor hoy que en 1950. Jiping Liu, de la Universidad de Albany, en Nueva York, autora de otro estudio que prevé que el Ártico podría estar libre de hielo a partir del verano de 2054, alerta de que “un hielo más grueso previene que la luz solar alcance y caliente el agua del mar”. En el Instituto Polar de Noruega, situado en Longyear­byen, su director, Kim Holmén, profundiza en las consecuencias: “A medida que los rayos del sol penetraran más profundo, el agua se calentaría, la evaporación del mar sería más rápida y aumentarían la humedad y las precipitaciones. Habría cambios en las corrientes de agua dulce y marinas, así como modificaciones meteorológicas en todo el mundo. Y, por supuesto, los animales y las plantas que necesitan el hielo perderían su hábitat y muchas especies desaparecerían”.

Con el deshielo podrían provocarse cambios en la corriente del Golfo. España podría sufrir entonces un tiempo más frío”
“El cambio climático está causado casi en su totalidad por la acción del hombre. El Ártico es donde más se nota. Aquí hemos observado glaciares deshelándose y fiordos que ya no siempre se congelan en invierno como sucedía hace cien años”, señala Holmén, con tres décadas de experiencia en el estudio del cambio climático. Lo vemos con nuestros ojos: el glaciar Blomstrand –situado frente a Ny-Ålesund, un asentamiento científico de Svalbard– ha retrocedido dos kilómetros en 80 años y ha dejado al descubierto una isla que se pensaba era una península. Allí avistamos focas, aves y un oso polar, que, perezoso, nos mira de reojo y se estira: le hemos despertado de la siesta.
Son las pérdidas de hielo en los glaciares las que contribuyen a un aumento del nivel del mar, que avanza a un ritmo de 3,2 milímetros anuales en la última década, según Tatiana Nuño, de Greenpeace. En este sentido no afecta el deshielo del océano Ártico congelado, que digamos ocupa el mismo espacio esté en estado sólido o líquido. “El gran cambio podría venir por la pérdida de hielo de los glaciares de agua dulce y del hielo continental en Groenlandia”, explica Andrés Barbosa, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Hasta siete metros podría subir el mar si todo el hielo groenlandés se derrite. “Semejante masa de agua dulce modificaría la salinidad del mar, alterando las corrientes marinas, que se establecen por diferencias entre la temperatura del agua y la sal”, asegura Barbosa, que explica que corrientes como la del Golfo podrían verse cambiadas, y con ello el clima, por ejemplo en España: “A pesar de que estamos a la misma latitud que Nueva York, nosotros disfrutamos de un clima más cálido que ellos, con inviernos más suaves. Un cambio en la corriente del Golfo podría provocar más frío en España. Justo lo contrario que se podría pensar cuando se habla de cambio climático, normalmente asociado al calentamiento”.


El agua dulce de los glaciares, en caso de derretirse, contribuiría al aumento del nivel del mar / NICK COBBING
Que el hielo se derrita tiene efectos “positivos” para algunos. Irónico: el cambio climático beneficia a las industrias del petróleo y gas, así como a las navieras, que podrían abrir nuevas rutas para el transporte de combustibles y de contenedores con origen o destino en Asia, donde se ubican 15 de los 20 puertos más activos del mundo. No es de extrañar que China sea por ello uno de los más interesados en el Polo Norte, hasta el punto de que sus dirigentes empujan con fuerza para que el país entre en el Consejo Ártico, al que pertenecen los países con territorio dentro del Círculo Polar, así como otro ramillete de Estados, entre ellos España, que por cuestiones históricas como la pesca también son observadores. Pero si hay un país que sueña e impulsa los cambios es Rusia. Su presidente, Vladímir Putin, tiene ambiciosos planes y reivindicaciones territoriales. En realidad todos los Estados dentro del Círculo Polar y con salida al océano Ártico las tienen (Estados Unidos, Canadá, Groenlandia-Dinamarca, Noruega, Islandia y Rusia), pero quizá los rusos sean los que más lejos hayan llegado. En 2007 avisaron: un minisubmarino alcanzó el lecho marino justo en el punto donde se encuentra el Polo Norte geográfico y plantó una bandera rusa de titanio. A bordo viajaba Artur Chilingarov, miembro de la Academia de las Ciencias de Rusia y diputado de la Duma. Era la manera de reivindicar que, más allá de las 200 millas náuticas desde la costa que delimitan las aguas nacionales de las internacionales, su país aspiraba a un trozo de la tarta mayor.
Los rusos podrían haber puesto una bandera en el hielo. Pero no, lo que les interesa es el subsuelo. Según un informe de la consultora Ernst & Young, el Ártico podría albergar un 20% del petróleo y gas del mundo aún sin descubrir, cifra que aumenta hasta el 30% según otras estimaciones más optimistas. Un caramelo que los países mencionados anteriormente quieren saborear. Los primeros descubrimientos en el Círculo Polar Ártico datan de la Guerra Fría. Primero los soviéticos en 1962, con el campo de Tazovskoye, y cinco años después los estadounidenses, en Alaska en el Prudhoe Bay. Desde entonces se han descubierto 61 campos de petróleo y gas: 43 en Rusia, 11 en Canadá, 6 en Alaska (EE UU) y 1 en Noruega. Sin embargo, las dificultades logísticas y económicas para explotar estos lugares tan al norte, debido al mal tiempo, al hielo flotante o a la oscuridad total en invierno, fueron siempre barreras. Hasta ahora. En abril de este año se extrajo en el campo ruso de Prirazlomnoye, explotado por ­Gazprom, el primer barril de petróleo ártico de la historia. El crudo llegó al puerto de Róterdam el 1 de mayo.

En el hielo es imposible controlar un vertido de petróleo: por el mal tiempo, el mar helado y la oscuridad del invierno”
En la ciudad holandesa esperaba el Rainbow Warrior, el afamado velero de Greenpeace, que trató de impedir el atraque del petrolero Mijaíl Ulyanov. El capitán ecologista Peter Willcox fue detenido junto a otros 43 activistas. Para él no era novedad. En septiembre de 2013, y a bordo de otro de los barcos de la organización, el Arctic Sunrise, Willcox y 29 compañeros más también fueron arrestados en aguas internacionales tras el intento de asalto, el día anterior, precisamente de la plataforma de Prirazlomnoye. El asunto derivó en un conflicto diplomático internacional con Rusia, que acabó amnistiando a los activistas tres meses después, al albor de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi y dentro de un paquete de medidas más amplio por el cual también fueron liberados afamados disidentes políticos rusos como las Pussy Riot o el exmagnate Mijaíl Jodorkovski. Uno de los llamados 30 del Ártico, el holandés Mannes Ubels, ingeniero de barcos de Greenpeace que permaneció encarcelado en Rusia, comenta en la sala de máquinas del Esperanza: “El revuelo de nuestra detención sirvió para expandir más el mensaje que queríamos. Pero a otro nivel, los rusos dejaron claro cómo manejarán estas situaciones en el futuro”.
El otro gran negocio que se avecina en el Ártico es el incremento del tráfico marítimo. Hay cuatro posibles rutas para atravesar el Polo Norte en barco, tres de las cuales ya están operativas, algunas recientemente. La que aún permanece cerrada por el hielo y no se ha utilizado jamás es la transpolar, que uniría el Atlántico y el Pacífico atravesando el Ártico prácticamente por el Polo Norte geográfico. La llamada ruta del Noroeste, que une Alaska y el Atlántico por la costa norte canadiense, la misma que navegó por primera vez Roald Amundsen en 1903-1906 a bordo del Gjøa, marcó su primer hito comercial en septiembre del año pasado, cuando el carguero Nordic Orion la cruzó con 15.000 toneladas de carbón en sus bodegas, acortando el viaje entre Vancouver y Pori (Finlandia) en cerca de 2.000 kilómetros. También en Canadá, pero en un sitio menos inhóspito, en Churchill, en la bahía de Hudson, parte o termina el camino que la une con Múrmansk (Rusia), utilizado desde finales de los años setenta principalmente para el transporte de cereales.


A bordo del Esperanza, barco de Greenpeace / NICK COBBING
Pero la joya de la corona es el paso del norte, que une Europa y Asia por el Ártico, un viejo anhelo ruso. Tras la Revolución de Octubre (1917), Vladímir Lenin impulsó el desarrollo de esta vía, que durante las décadas de mandato soviético casi siempre estuvo vetada a los extranjeros. Se usaba para el transporte de comida, suministros y material militar. A partir de los años cincuenta, en el contexto de la Guerra Fría, la ruta ganó impulso gracias al desarrollo de rompehielos nucleares, el primero de los cuales fue el Lenin, botado en 1957. Por el norte llegaron a pasar 6,6 millones de toneladas de mercancía rusa, pero el colapso de la URSS en 1991 detuvo todo aquello. Hasta que, recientemente, Putin decidió reverdecer el pasado comunista para hacer la competencia al canal de Suez y al de Panamá. Rusia cuenta hoy con 37 rompehielos, cuatro de ellos nucleares, estos últimos únicos en el mundo. Son la escolta necesaria para que otros barcos puedan navegar por el mar helado a cambio de una tarifa: unos 300.000 dólares por navío, precio similar al que se paga por atravesar Suez o Panamá, pero con la diferencia del ahorro en combustible y tiempo. En 2010, cuatro buques utilizaron la ruta. Fueron 34 en 2011, 46 en 2012 y 71 el año pasado. Entre ellos, el Yong Sheng, el primer mercante chino que se adentraba en la vía norte, acortando el camino desde Dalian hasta Róterdam de 48 a 33 días: 21.600 kilómetros por Suez frente a 14.600 por el paso del norte. Y, encima, sin preocuparse por la piratería que afecta a las costas de Somalia y a las del mar de la China Meridional. Otros trayectos que se beneficiarían son, por ejemplo, el que une Róterdam con Yokohama (8.500 kilómetros por el norte contra 20.600 por Suez) y de Vancouver a Róterdam (12.850 kilómetros por el Ártico frente a 16.400 por el canal de Panamá).
Desde un punto de vista ecologista, tanto la explotación de petróleo en el Ártico como su transporte es una bomba de relojería. “En la mayoría de estas áreas hace muchísimo frío y viento, por lo que las condiciones de trabajo serían muy difíciles. Si por lo que sea sucede un desastre, por ejemplo en septiembre, sería imposible controlarlo a tiempo antes de que llegue el invierno y caiga la noche 24 horas”, opina Arne, el especialista en hielo. Richard Steiner, exprofesor en la Universidad de Alaska durante 30 años, experto en vertidos de petróleo y hoy asesor freelance en la materia para Gobiernos y compañías por todo el mundo, alerta de que un accidente de una plataforma o un petrolero en el Ártico “podría tener consecuencias de muy larga duración e incluso permanentes”. Pone un ejemplo, el desastre del Exxon Valdez en 1989 en Alaska: “Todavía hoy recibimos petróleo”.
Para controlar un vertido hay tres métodos, de los cuales ninguno es efectivo hoy por hoy en el norte: el mecánico, que consiste en atrapar el petróleo mediante barreras; la dispersión química mediante productos lanzados desde el aire, y, por último, prendiendo fuego al crudo. “En realidad no hay un método que sea fiable en ningún mar. En el caso del Exxon Valdez se gastaron más de dos billones de dólares en la limpieza y solo se recuperó mecánicamente un 7% del petróleo derramado. En el caso del desastre de BP en el golfo de México, la compañía invirtió nueve billones de dólares y solo se rescató un 30% del crudo. En el hielo, hoy por hoy, es imposible: por el mal tiempo, el mar helado, la oscuridad del invierno… Además, el hielo podría atrapar el petróleo y hacerlo viajar muy lejos del derrame, multiplicando el desastre”, asegura Steiner. Según relata, tan solo una compañía finlandesa cuenta con unas barreras especiales: “Solo funcionan en determinadas condiciones de frío. Muy al norte no sirven. Eso lo saben las compañías, los Gobiernos, las ONG, los científicos… Lo que sucede es que las industrias y los Gobiernos pretenden estar más preparados de lo que están”.


Araos de Brünnich, en Svalbard (Noruega) / NICK COBBING
Recientemente, el Ártico ha vivido dos sustos. En enero de 2013, la plataforma Kulluk, de Shell, quedó a la deriva en el golfo de Alaska. Acabó encallada frente a la costa. No hubo derrame del más de medio millón de litros de combustible que acumulaba en su interior. El último incidente sucedió en Rusia, en el paso del norte, en septiembre del año pasado: el petrolero Nordvik, con 5.000 toneladas de diésel a bordo, chocó con un iceberg que le abrió una grieta en el casco. Por suerte, fue insuficiente para destruir el buque y causar un vertido al mar. Las autoridades rusas censuraron que el Nordvik hubiera entrado al hielo sin escolta.
Ambos incidentes causan preocupación en quienes ven en la exploración ártica un episodio más de la ambición humana. En opinión de muchos, desde ecologistas hasta científicos y Gobiernos de países que ven en el cambio climático una amenaza real a su propia supervivencia (Maldivas, por ejemplo, con una altura máxima de dos metros, podría desaparecer), lo que se necesita es crear un santuario Ártico, la firma de un tratado global parecido al que ya existe en la Antártida, que proteja el Polo Norte de los intereses comerciales: “Al menos debería ser así en el alto Ártico, que ningún país pueda ir más allá de las 200 millas náuticas de su costa. No tengo fe en que se haga, pero es lo que Naciones Unidas debería conseguir”. Kim Holmén, el director del Instituto Polar de Noruega, está acostumbrado a tratar con políticos: “Siempre les intento explicar que jamás llegaremos a ninguna parte si nos acusamos unos a otros. Hay países que históricamente tienen más culpa en las emisiones de CO2 a la atmósfera; otros la tienen ahora, pero la responsabilidad es de todos”.
¿Podría sobrevivir la humanidad a un mundo sin hielo marino? “Sobrevivir es una palabra muy fuerte. Creo que el hombre sobreviviría incluso si el oso polar desapareciera. Pero el mundo sería mucho más pobre. Lo que quiero decir es que el oso polar debe preocuparnos, pero también esos vínculos climáticos globales de los que te hablo”, señala Holmén. En Long­yearbyen, uno de sus vecinos es el cineasta australiano Jason C. Roberts, especializado en documentales de naturaleza: “El oso polar es una imagen icónica que ayuda a que la gente ponga rostro al Ártico. Es uno de esos animales simbólicos de la Tierra, como los elefantes o los tigres. Si no cuidamos de ellos, ¿cómo salvaguardaremos el futuro del planeta?”.