Blog de la biblioteca del IES "Maimónides" (Córdoba).
TU BIBLIOTECA: TU CENTRO DE RECURSOS.
A las aladas almas de las rosas/
del almendro de nata te requiero,/
que tenemos que hablar de muchas cosas,/
compañero del alma, compañero.
MIGUEL HERNÁNDEZ
ODA AL TIEMPO DENTRO de ti tu edad creciendo, dentro de mí mi edad andando. El tiempo es decidido, no suena su campana, se acrecienta, camina, por dentro de nosotros, aparece como un agua profunda en la mirada y junto a las castañas quemadas de tus ojos una brizna, la huella de un minúsculo río, una estrellita seca ascendiendo a tu boca. Sube el tiempo sus hilos a tu pelo, pero en mi corazón como una madreselva es tu fragancia, viviente como el fuego. Es bello como lo que vivimos envejecer viviendo. Cada día fue piedra transparente, cada noche para nosotros fue una rosa negra, y este surco en tu rostro o en el mío son piedra o flor, recuerdo de un relámpago. Mis ojos se han gastado en tu hermosura, pero tú eres mis ojos. Yo fatigué tal vez bajo mis besos tu pecho duplicado, pero todos han visto en mi alegría tu resplandor secreto. Amor, qué importa que el tiempo, el mismo que elevó como dos llamas o espigas paralelas mi cuerpo y tu dulzura, mañana los mantenga o los desgrane ycon sus mismos dedos invisibles borre la identidad que nos separa dándonos la victoria de un solo ser final bajo la tierra.
El oficinista regresa de la oficina, el juez de su estar cansado, el conductor de su noche al volante, el panadero de su horno, la abogada de sus pleitos, la médica de sus enfermos y sus largos pasillos de hospital, el electricista de sus faroles rotos, la farmacéutica de los medicamentos caros, los niños de su infancia, y los sueños vuelven a darle la vuelta al mundo.
En una de sus vueltas, cuando menos se lo esperan, los sueños se encuentran una vez más con la poesía de Pablo Neruda. Acaba de aparecer y llega esta semana a las librerías Tus pies toco en la sombra (Seix Barral), un libro que reúne 21 poemas inéditos del autor de Residencia en la tierra y Odas elementales. Darío Oses, director de la Fundación Pablo Neruda, explica que han aparecido entre los papeles que se conservan en el archivo. Al preparar las publicaciones póstumas,estas composiciones sigilosas se habían escapado de la minuciosa búsqueda de Matilde Urrutia, la viuda del poeta.
Cada cual escoge sus propias leyendas. Vivir es rechazar y forjar leyendas hasta convertirse en uno mismo. Me gusta creer en la leyenda del asalto militar a la casa de Pablo Neruda en 1973. El poeta estaba muy enfermo cuando se perpetró el golpe de Estado de Pinochet. Los soldados llegaron a su casa para registrarla, y cuenta la leyenda que Neruda les advirtió: lo único peligroso para ustedes que van a encontrar aquí es la poesía. Me creo la leyenda y me creo que la poesía es un peligro para los fusileros. La poesía no sabe obedecer a una pistola.
Ni siquiera obedece a la muerte. Cuando menos se espera, en un cuaderno perdido, en el reverso de un programa musical, en el menú de un restaurante, en una hoja suelta, en la cámara acorazada en la que se conservan los manuscritos a su debida temperatura, surge la poesía y con ella regresa Pablo Neruda, amando, tocando una caracola o un cuerpo, denunciando un crimen, sentado en un avión o en la orilla del mar.
Cuando dejen de aparecer inéditos, no pasará nada. Los buenos poemas publicados tienen vida propia y se mueven como rabos de lagartija en el saco sin fondo del tiempo. Los clásicos viven, reviven, cambian de postura, cobran significados para entrar en diálogo con los ojos y las generaciones nuevas. Esto es así, pero bien está que de vez en cuando haya un acontecimiento y aparezcan poemas inéditos, poemas de verdad, buenos poemas, de un autor como Neruda, que pasó por el mundo con ganas de poesía.
Aquí está el amor, venid a verlo: “Tú y yo somos la tierra con sus frutos”. Supo Neruda que el tú y yo del amor interioriza en la intimidad el diálogo de cada corazón con los otros, del ciudadano con la sociedad. Por eso defendió la alegría, el amor feliz, prueba última de que es posible pronunciar al viento la palabra nosotros.
Aquí está la sangre, venid a verla: “La nieve, el mar, la arena, / todo será camino. / Lucharemos”. Supo Neruda que la palabra del poeta es algo más que un adorno. Es un modo de ser dueño de uno mismo, dueño de la propia conciencia y la mirada propia. Por eso vuelve de su muerte para establecer un diálogo con el muchacho que fue, con el aspirante a poeta que fue: “hay que ser en la vida / buen fogonero, / honrado fogonero, / no te metas / a presumir de pluma, / de argonauta, / de cisne / de trapecista entre las frases altas / y el redondo vacío, / tu obligación / es de carbón y fuego / tienes / que ensuciarte las manos”.
La poesía no es cuestión de volumen. ¡Es que Neruda escribió mucho! Qué suerte. ¡Otros escriben mucho menos! Qué suerte también. Con Neruda empieza todo, igual que con Juan Ramón, Machado, Lorca, Alberti, Borges, Vallejo, Ángel González, Gil de Biedma… Porque el vivo regresa de su cansancio, el oficinista de su oficina, la abogada de sus pleitos, los políticos de sus reuniones, la maestra de su escuela, y la poesía vuelve a darle una vuelta al mundo, a la necesidad de sentir, de ser nosotros mismos, de encontrar una respuesta a la vida que aprieta.Tiempo para ti, para mí, para el tú y yo.
Actualidad: elecciones, juicios, pactos, repartos, atentados, dioses, corruptos. No, esta semana es Neruda.
SeixBarral ha publicado Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos, un libro que ha causado cierto revuelo en el mundillo literario porque nos trae de nuevo obra no conocida de PabloNeruda, uno de los grandes poetas en español del siglo XX, lo que es decir mucho. No es para menos. El libro contiene poemas de excelente factura, fueron escritos entre 1952 y 1973, y han sido descubiertos gracias a la labor de DaríoOses, director de los archivos de la Fundación PabloNeruda y autor de una introducción a la edición que tiene su lado divertido y esclarecedor pues termina confesando que este libro se mantuvo inédito porque MatildeUrrutia, mujer del poeta, no se enteró de su existencia, permaneciendo, no se sabe muy bien la razón, casi escondidos a la mirada de la viuda que se encargaba con ojo certero y vigilante a velar por la memoria del poeta muerto en la Isla Negra, paisaje depositario del imaginario de Neruda hasta el extremo de revelar gran parte de sus referencias poéticas.
Los poemas están escritos en menús de restaurante, hojas de los conciertos que se daban en los barcos, incluso alguno hay creado en un avión, como uno donde MatildeUrrutia ha escrito al lado: “Día 29 de Diciembre 1952, 11 de la mañana, volando a 3500 metros de altura entre Recife y Río de Janeiro”. Ni que decir tiene que los manuscritos son fácilmente reconocibles: todos están escritos con la tinta verde de estilográfica que siempre empleó el poeta. El color, también la letra, manuscritos que se reproducen para que la edición justifique un número de páginas suficiente para atraer al lector. Lo agradecemos. Casi otorga una cortesía antigua que se hacía con los viejos maestros y este libro lo merece con creces.
Neruda y el amor. Probablemente no haya poeta en la literatura en español del siglo XX que haya escrito más sobre el amor, sobre su celebración. En eso Neruda se mostró siempre impecable, desde su temprano Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Tiene gracia que aquel libro contuviera el mismo número de poemas que éste publicado ahora y da al asunto un matiz casi místico que, tratándose de Neruda y su concepción del amor, no tiene nada de extraño. En Neruda el amor lo es casi todo y ello impregnaba todo su entorno: MatildeUrrutia, su viuda, hablaba de que no le importaba morir porque el objeto de su amor ya no existía. De ahí ese aspecto solar que poseen todos estos poemas. Al fin y al cabo esa fascinación que Pablo Neruda ejerce entre el público, y que no ha decaído, es la de su enorme vitalidad, que se escapa de cada poema a raudales, un poco al modo torrencial de un Balzac, otro enorme fascinador. La comparación no es baladí: esa vitalidad tiene que ver todo con la potencia creadora y esta es capaz de transmitirse a través de la lectura del poema en un lado indefinible e indetectable al análisis, pero que sabemos existe. Es probable que a esta cualidad mágica, por inasible, aludiera Octavio Paz cuando afirmó que en el futuro PabloNeruda sería grande por su poesía y no importaría nada su ideario político y, esto es de agradecer en Paz, a continuación deseó que eso mismo le pasara a él y su obra. Frase certera en un poeta que fue descubierto por Neruda cuando era muy joven pero que luego, por circunstancias sobre todo políticas, aunque no sólo, se distanciaron hasta no dirigirse la palabra.
PabloNeruda y el amor… Neruda, es sabido, repartió su leyenda amatoria en tres mujeres: MaríaAntonietaHagenaar, con la que tuvo una hija, Malva Marina, que murió de niña: Delia delCarril, con la que convivió veinte años y que bien puede ser considerada la destinataria de muchos de sus más celebrados poemas, y MatildeUrrutia, la última, que vivió los años en que el poeta era figura reconocida en todo el mundo, que asistió a los fastos del Nobel en 1971, pero también a los terribles días del golpe de estado del general Pinochet, cuando PabloNeruda no pudo aguantar aquellos sucesos aunque hay quien afirma que en realidad no murió sólo por la enfermedad del cáncer, agravado por la quiebra emocional, sino envenenado por los servicios secretos chilenos. Algo que la exhumación de los restos del poeta desmintió pero que el secretismo de estos poemas, algunos escritos por aquellas fechas, favorece de nuevo. Ya se sabe: esa tendencia a la conspiración.
Y todo ello, de nuevo, debido al amor. No sabemos a ciencia cierta los destinatarios de los poemas contenidos en el libro, pero es probable que entre ellos se encuentre AliciaUrrutia, la muy joven sobrina de Matilde a quién esta pilló en la cama con el poeta. AliciaUrrutia es la única superviviente de este callado drama amoroso, pero que ha salido a la palestra porque ella ha confesado su relación amorosa con el poeta del amor.
En cualquier caso los poemas mantienen una excelencia probada. Muchos, entre ellos Pere Gimferreren el prólogo al libro, han celebrado uno sin título, al que llamaremos “el número cuatro”. Pertenece a ese orden fascinante de vitalidad desbordante, de plasmación de lo que es la creación de la vida y su celebración, que se hallan en el mejor Neruda, el de las Odas elementales, pero también al de algunos destellos memorables del Canto General, como el dedicado al general Miranda al que imagina por las nieblas del San Petersburgo de Catalina. Pero hay otros, en realidad son seis los que puede ser catalogados como poemas de amor, como el dedicado al viajero chileno que enlaza directamente con el universo de caracolas del que estaba llena su casa de Isla Negra, o el catorce, que parece rondar la idea de muerte, al igual que el diecinueve, escrito cuando el cáncer estaba muy avanzado. En él , titulado Del incomunicado, se habla del teléfono como tabla de salvación para poder entablar relación con el Otro: “Mi ansiedad resistió medicamentos / doctores, sacerdotes, estadistas / el desprecio que me consagrarán / cuando yo ya no sirva para nada / es decir, para que hablen / a través de mi cuerpo las avispas” Premonitorios versos pocas fechas antes de su muerte.
“Tú y yo somos la tierra con sus frutos./ Pan, fuego, sangre y vino/ es el terrestre amor que nos abrasa”, dice el final del poema, escrito en un menú impreso en una cuartilla. Hay una fecha apuntada: 29 de diciembre, un buen día para volar a 3.500 metros de altura, entre Recife y Río de Janeiro. Es posible que Neruda lo escribiera cuando volaba de regreso de Europa a reunirse con Matilde Urrutia –viuda y tercera mujer del poeta– y pasar juntos Año Nuevo. Versos entre postres, entradas, vinos. El poema hecho carne. Del puño y letra, de la tinta y el borrón, a la pulcritud de la versión hecha máquina.
En el camino hacia el libro impreso, las pérdidas. La Fundación Pablo Neruda ha puesto orden al archivo del poeta chileno desde 2011, para rehacer el trayecto del maestro. Hubo sorpresas, aparecieron poemas inéditos, que son los que forman el libro que ahora aparece en España con el título Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos (Seix Barral). Como indica Darío Oses, director de la biblioteca y los archivos de la fundación, estos poemas escaparon a las revisiones que hizo Matilde Urrutia a la muerte de su esposo.
Los poemas perdidos abarcan un largo periodo, desde principios de los cincuenta hasta poco antes de la muerte
“Fue un excepcional viaje hacia el interior de la poesía de Neruda, en su materialidad primordial”, recuerda Oses en la introducción del volumen. Al manejar los originales creyó ver “el pulso del poeta” entre sus manos. Como si fuera un corresponsal en sus tripas, revisaba materiales de escritorio habituales: cuadernos escolares de los años cincuenta y sesenta, papeles sueltos, blocs de distintos formatos, “algunos con marcas extrañas”, cuadernos universitarios, tintas de varios colores… y los menús. También hay garabateados programas musicales de los barcos en los que viajaba.
Uno de los poemas inéditos y manuscritos de Pablo Neruda.
Los poemas perdidos abarcan un largo periodo, desde principios de los cincuenta hasta poco antes de la muerte de Neruda, en 1973, y sus temas recurrentes. Amor, naturaleza, mundo, biografía, responsabilidades del poeta, viajes, trabajos. Oses subraya que se ha respetado la ortografía original, “en especial la ausencia de signos y puntuación”.
En una de las cajas con manuscritos de poemas conocidos (odas a Walt Whitman, a Louis Aragón) apareció uno inédito, en el que el premio nobel de Literatura se dirigía al joven para aconsejarle. Para restarle importancia y bajarle los humos, en un largo sermón sobre la humildad y la honestidad. “Conserva/ alarga tu silencio/ hasta que en ti/ maduren/ las palabras,/ mira y toca/ las cosas,/ las manos/ suben, tienen/ sabiduría ciega,/ muchacho,/ hay que ser en la vida/ buen fogonero,/ no te metas/ a presumir de pluma,/ de argonauta,/ de cisne,/ de trapecista entre las frases altas/ y el redondo vacío,/ tu obligación/ es de carbón y fuego,/ tienes/ que ensuciarte las manos/ con aceite quemado,/ con humo/ de caldera,/ lavarte,/ ponerte traje nuevo/ y entonces/capaz de cielo puedes/ preocuparte del lirio,/ usar el azahar y la paloma,/ llegar a ser radiante,/ sin olvidar tu condición/ de olvidado,/ de negro…” Un reflejo certero para cualquiera de los oficios que se quieran ver advertidos en esta definición del poeta.
Neruda durante la entrega del Premio Nobel de Literatura, en 1971.
También el Neruda irascible, tan sarcástico como divertido, contra el teléfono, un invento del demonio que, aun silencioso, le insulta. “Pasé de ser telefín, telefonino,/ telefante sagrado,/ me prosternaba cuando la espantosa/ campanilla del déspota pedía/ mi atención, mis orejas y mi sangre,/ cuando una voz inequivocadamente/ preguntaba por técnicos o putas”.
Los retazos inéditos del poeta maduro responden al “terror de vivir sin ser amado”, a la necesidad del poeta de “partir y regresar”, al “crecimiento de la historia” y la necesidad de luchar contra “las viejas cicatrices”. Apuntes sobre el dolor de la despedida, esos que “murieron antes de morir”. Bocetos apresurados sobre cualquier papel, en los que reflexiona sobre su paso por la vida y sus “corbatas machitas”. El poeta no es una piedra perdida, siempre vuelve al poema.
Lo distinguimos como si fuera un caballito diferente de todos los caballos. Adornamos su frente con una cinta, le ponemos al cuello cascabeles colorados, y a medianoche vamos a recibirlo como si fuera explorador que baja de una estrella.
Como el pan se parece al pan de ayer, como un anillo a todos los anillos: los días parpadean claros, tintineante, fugitivos, y se recuestan en la noche oscura.
Veo el último día de este año en un ferrocarril, hacia las lluvias del distante archipiélago morado, y el hombre de la máquina, complicada como un reloj del cielo, agachando los ojos a la infinita pauta de los rieles, a las brillantes manivelas, a los veloces vínculos del fuego.
Oh conductor de trenes desbocados hacia estaciones negras de la noche. Este final del año sin mujer y sin hijos, no es igual al de ayer, al de mañana? Desde las vías y las maestranzas el primer día, la primera aurora de un año que comienza tiene el mismo oxidado color de tren de hierro: y saludan los seres del camino, las vacas, las aldeas, en el vapor del alba, sin saber que se trata de la puerta del año, de un día sacudido por campanas, adornado con plumas y claveles,
La tierra no lo sabe: recibirá este día dorado, gris, celeste, lo extenderá en colinas, lo mojará con flechas de transparente lluvia, y luego lo enrollará en su tubo, lo guardará en la sombra.
Así es, pero pequeña puerta de la esperanza, nuevo día del año, aunque seas igual como los panes a todo pan, te vamos a vivir de otra manera, te vamos a comer, a florecer, a esperar. Te pondremos como una torta en nuestra vida, te encenderemos como candelabro, te beberemos como si fueras un topacio.
Día del año nuevo, día eléctrico, fresco, todas las hojas salen verdes del tronco de tu tiempo.
Corónanos con agua, con jazmines abiertos, con todos los aromas desplegados, sí, aunque sólo seas un día, un pobre día humano, tu aureola palpita sobre tantos cansados corazones, y eres, oh día nuevo, oh nube venidera, pan nunca visto, torre permanente!
Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada. Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, y que hemos de soñar sobre la misma almohada.
Te acostaré en la tierra soleada con una dulcedumbre de madre para el hijo dormido, y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna al recibir tu cuerpo de niño dolorido.
Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas, y en la azulada y leve polvareda de luna, los despojos livianos irán quedando presos.
Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, ¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna bajará a disputarme tu puñado de huesos! GABRIELA MISTRAL
¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía! ¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría, pues con callado pie todo lo igualas!
Feroz, de tierra el débil muro escalas, en quien lozana juventud se fía; mas ya mi corazón del postrer día atiende el vuelo, sin mirar las alas.
¡Oh, condición mortal! ¡Oh, dura suerte! ¡Que no puedo querer vivir mañana sin la pensión de procurar mi muerte!
Cualquier instante de la vida humana es nueva ejecución, con que me advierte cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana. QUEVEDO
Pablo Neruda
SÓLO LA MUERTE
Hay cementerios solos, tumbas llenas de huesos sin sonido, el corazón pasando un túnel oscuro, oscuro, oscuro, como un naufragio hacia adentro nos morimos, como ahogarnos en el corazón, como irnos cayendo desde la piel al alma.
Hay cadáveres, hay pies de pegajosa losa fría, hay la muerte en los huesos, como un sonido puro, como un ladrido sin perro, saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas, creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.
Yo veo, solo, a veces, ataúdes a vela zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas, con panaderos blancos como ángeles, con niñas pensativas casadas con notarios, ataúdes subiendo el río vertical de los muertos, el río morado, hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte, hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.
A lo sonoro llega la muerte como un zapato sin pie, como un traje sin hombre, llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo, llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta. Sin embargo sus pasos suenan y su vestido suena, callado, como un árbol.
Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo, pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas, de violetas acostumbradas a la tierra porque la cara de la muerte es verde, y la mirada de la muerte es verde, con la aguda humedad de una hoja de violeta y su grave color de invierno exasperado.
Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba, lame el suelo buscando difuntos, la muerte está en la escoba, es la lengua de la muerte buscando muertos, es la aguja de la muerte buscando hilo. La muerte está en los catres: en los colchones lentos, en las frazadas negras vive tendida, y de repente sopla: sopla un sonido oscuro que hincha sábanas, y hay camas navegando a un puerto en donde está esperando, vestida de almirante. PABLO NERUDA
Federico García Lorca
Cuerpo presente (De Llanto por Ignacio Sánchez Mejías)
La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados. La piedra es una espalda para llevar al tiempo con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra; pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura: la muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca. El aire como loco deja su pecho hundido, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente: aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura. Los que doman caballos y dominan los ríos; los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra. Delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen dónde está la salida para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río, que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna que finge cuando niña doliente res inmóvil; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar! FEDERICO GARCÍA LORCA
Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra, de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.
Walking Around Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias.
Oda a las cosas rotas Se van rompiendo cosas en la casa como empujadas por un invisible quebrador voluntario: no son las manos mías, ni las tuyas, no fueron las muchachas de uña dura y pasos de planeta: no fue nada y nadie, no fue el viento, no fue el anaranjado mediodía ni la noche terrestre, no fue ni la nariz ni el codo, la creciente cadera, el tobillo, ni el aire: se quebró el plato, se cayó la lámpara, se derrumbaron todos los floreros uno por uno, aquél en pleno octubre colmado de escarlata, fatigado por todas las violetas, y otro vacío rodó, rodó, rodó por el invierno hasta ser sólo harina de florero, recuerdo roto, polvo luminoso. Y aquel reloj cuyo sonido era la voz de nuestras vidas, el secreto hilo de las semanas, que una a una ataba tantas horas a la miel, al silencio, a tantos nacimientos y trabajos, aquel reloj también cayó y vibraron entre los vidrios rotos sus delicadas vísceras azules, su largo corazón desenrollado.
La vida va moliendo vidrios, gastando ropas, haciendo añicos, triturando formas, y lo que dura con el tiempo es como isla o nave en el mar, perecedero, rodeado por los frágiles peligros, por implacables aguas y amenazas.
Pongamos todo de una vez, relojes, platos, copas talladas por el frío, en un saco y llevemos al mar nuestros tesoros: que se derrumben nuestras posesiones en un solo alarmante quebradero, que suene como un río lo que se quiebra y que el mar reconstruya con su largo trabajo de mareas tantas cosas inútiles que nadie rompe pero se rompieron.
Hoy, dedicado casi por completo a nuestra lengua castellana, con motivo de la celebración en Valparaíso (Chile), entre el 2 y el 5 de marzo, del V Congreso Internacional de la Lengua Española:
1. La libertad de hablar. Reportaje de Emilio Lledó. "El lenguaje abre las puertas a la razón y la vida", afirma el autor de Filosofía y lenguaje, que inaugurará el 2 de marzo en Valparaíso (Chile), junto a Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, el V Congreso de la Lengua Española.
2. Polola, menso, trucho, rumbear...Por Winston Manrique Sabogal. El español de América protagoniza el Congreso de la Lengua. Durante el encuentro, que reúne a 22 academias, se presentará el Diccionario de americanismos, un recorrido por la historia del castellano en Latinoamérica que muestra la diversidad del idioma.
4. Un esclarecedor inventario poético. Crítica de José Manuel Caballero Bonald. Una antología de la poesía latinoamericana agrupa a 58 autores de 19 países, con plurales modales estéticos y otras fórmulas expresivas. Son los últimos heraldos de un marco creativo que desconoce dogmas.
5.(Del arte de) contar historias reales. Reportaje de Leila Guerrero. Nació con los primeros cronistas de Indias y el género no ha hecho más que crecer: el arte de contar la realidad, la no ficción ocupa cada vez un hueco más importante en las letras hispánicas.
6. La aventura del español. Reportaje de Juan Antonio Frago. La andadura del castellano americano durante el periodo colonial se desarrolla en un escenario multiétnico y pluricultural. De ahí la conservación de muchos dialectalismos propios de la primera colonización sin que esté reñido con tendencias innovadoras. Las independencias no rompen los vínculos idiomáticos.
7. El lenguaje de la banda. Por el escritor Élmer Mendoza. "El lenguaje es una bestia que lo que menos desea son héroes". El novelista reflexiona sobre cómo las palabras del hampa han permeado en la literatura.
8. Salvemos la 'acercanza'. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla. Las palabras que caen del Diccionario de la Real Academia lo hacen por desuso en siglos. Pero siempre hay escritores dispuestos a utilizarlas antes de matarlas.
9. El interés por una lengua compartida. Por Francisco Moreno Fernández, director académico del Instituto Cervantes y secretario general del Congreso Internacional de la Lengua Española. Valparaíso acoge el foro sobre la transformación del desarrollo cultural hispánico.
10. El valor económico de un idioma redondo. Por Miguel Ángel Noceda. El español se consolida en el mundo como segunda potencia lingüística que hablan 440 millones de personas.
11. La lengua polifónica. Por el escritor José María Merino, escritor español que se ha pateado América Latina. Nadie habla ya "el mejor español". El idioma de ambas orillas del Atlántico está lleno de vasos comunicantes por los que la lengua va y viene.
12. Otras músicas. Por Juan Gabriel Vásquez, narrador colombiano asentado en Barcelona. La voz de las novelas es siempre una invención. El autor que vive en el extranjero se debe dejar contaminar para enriquecer la lengua.
13. La vida de los refranes. Reportaje de Elisa Silió. Hispanoamérica ha asimilado, adaptado y reinventado un buen número de dichos peninsulares. A esta filosofía popular ha añadido la cultura de sus pueblos nativos como el guaraní o el jopará. Veintidós escritores de sendos países, donde hay una Academia de la Lengua, comparten los refranes preferidos o que mejor retratan a sus regiones. Hay espacio para todo: desde resonancias del Quijote hasta cultos afrocubanos.
Otros artículos:
14. Besos con lengua. Por Marcos Ordóñez. Los bosques barrocos a menudo no dejan ver los árboles. Sin embargo, en Valle-Inclán y en Lorca tiemblan todas las hojas y se te llena la boca de fruta. Dos espíritus libres y salvajes que escriben para el teatro del porvenir.
15. El corazón convulso de Pablo Neruda. Por Manuel Vicent. Era volcánico en los versos y en los amores. Tras la muerte de Vicente Huidobro, se acabó la rabia. Serenado ya el ánimo, fue atravesando cuerpos de mujer y recibiendo honores con gorra de marino y blazer azul con botones de ancla.