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sábado, 26 de abril de 2014

LITERATURA. Sobre "El Lazarillo". Francisco Rico


   En la revista "Mercurio" (número 136. Diciembre 2011):

COMO UN BILLETE FALSO

"La aparición del Lazarillo de Tormes supone la mayor revolución literaria desde la Grecia clásica"

FRANCISCO RICO

 Lo primero que hay que recordar cuando se habla del Lazarillo de Tormes estriba en que el libro es una maravilla de humor, de ingenio y de humanidad, y que rebosa una ironía benévola y sin embargo implacable, presidida como está por la visión de un mundo en el que todo es relativo.
A continuación vale la pena realzar su extraordinaria originalidad: en los veinte y pico siglos de la literatura occidental no se había escrito otra narración como esa que al mediar el Quinientos llegaba a las manos de los españoles (y pronto de todos los europeos), porque posiblemente ninguna había tratado nunca antes a un personaje de la pobre categoría de Lázaro con una atención tan amplia y tan extremada, tan respetuosa con el punto de vista que un individuo en sus condiciones podría haber tenido de sí mismo, y tan centrada en la materialidad y en las minucias cotidianas de la existencia.
Por desgracia, el aspecto que en los últimos años con mayor frecuencia ha traído el Lazarillo a la actualidad (y hasta a la crónica amarilla) no ha sido ninguno de ésos, sino la cuestión de quién fue el autor. La respuesta puede ser tajante: no lo sabemos, y ninguno de los indicios accesibles posee ni la suficiente ni aun la mínima capacidad de convicción.
El Lazarillo, por tanto, ¿es un libro anónimo? La respuesta se vuelve ahora resbaladiza: sí y no, según se mire. Sí es un libro anónimo, cierto, si lo contemplamos desde fuera, con la mirada externa de la historiografía literaria. No lo es, porque quien lo escribiera ni quería ni en última instancia podía firmarlo, so pena de hacerle perder gran parte de su novedad y de su atractivo.
De hecho, si lo vemos con los ojos del autor real y tal como lo recibió el público de su tiempo, la obra va firmada desde la portada. El título (inventado por el editor) rezaba ahí La vida de Lazarillo de Tormes; el texto comenzaba rotundamente con un pronombre: “Yo por bien tengo…”; y en el principio del relato propiamente dicho se leía: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes”. Vale decir: el libro se presentaba como si fuera la autobiografía verdadera y veraz de un Lázaro de Tormes (Lázaro, no “Lazarillo”) de carne y hueso.
Entendemos que al autor real no se le pasara por la cabeza revelarnos su nombre, que sigue ocultándosenos, y que el Lazarillo, en rigor, no sea tanto un libro anónimo, de pluma ignorada, como, más exactamente, un libro apócrifo, atribuido a un falso autor, el propio protagonista. La gracia y la sustancia del relato están en su propósito de aparecer como historia auténtica, no ficción imaginada. Era una autobiografía fidedigna como un billete falso.
Nos consta que no se conocía ninguna otra narración en prosa con el insólito y ambiguo modo de ser del Lazarillo de Tormes. Porque el tal libro ¿era historia o era ficción? Ficción nadie lo diría, porque hacia 1553 no tenía curso corriente ningún género de prosa de imaginación que se atuviera íntegramente a los criterios de probabilidad, experiencia y sentido común que gobiernan la vida y el lenguaje de todos los días. Nada de cuanto en la obra se refería llevaba a pensar en los temas y en los modos distintivos de la ficción literaria en la edad del Renacimiento. Todo, por el contrario, estaba poblado de cosas y personas tan vulgares, tan naturales y en apariencia tan verdaderas, que en la época no podían despertar ninguna sospecha de ser pura creación de un fabulador.
Todo, digo, salvo un primer detalle: todavía en los comienzos de su carta, Lázaro contaba el amancebamiento de su madre con un esclavo negro. Lo hacía con delicadeza y afecto, pero no lo encubría. Y ¿quién en el siglo XVI se hubiera atrevido a escribirlo poco menos que con todas las letras? El dato no podía sino levantar un serio recelo: ¿no sería todo aquello una patraña? A partir de ese momento el lector forzosamente tenía que escudriñar el texto con cien ojos, decidido a comprobar si en alguna otra parte se infringía la presunción de veracidad con que lo había empezado. Pero a partir de ahí, y hasta la página final, a Lázaro no volvía a escapársele ni una línea que pudiera tacharse de inverosímil o inaceptable.
La duda se desvanecía en los dos últimos folios, donde el narrador descubría otro episodio paralelo pero aun más vergonzoso que los amores de su madre: las relaciones de su mujer y el Arcipreste. Pero hasta llegar al desenlace el lector había de sentirse obligado a seguir el relato con la sospecha de que todo él podría ser mentira, pero comprobando a cada paso que nada dejaba de parecer verdad.
El Lazarillo lograba así que por primera vez en la literatura de Occidente una narración en prosa fuera leída a la vez como ficción y de acuerdo con una sostenida exigencia de verosimilitud. Era la mayor revolución literaria desde la Grecia Clásica: la novela realista.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "El 'mainstream' nació con el Lazarillo"

"Lazarillo de Tormes". Goya

   En "elconfidencial.com":
DEL PALACIO A LA CALLE, LITERATURA DEL SIGLO XVI

El ‘mainstream’ nació con el Lazarillo

La cultura se hizo para el pueblo hace cinco siglos, cuando bajó de los palacios de la alta nobleza y llegó a las calles de la gran ciudad. El teatro abandona las salas palaciegas para convertirse en un gran acontecimiento comercial y masivo, “sacrificando en el proceso ciertos ideales clasicistas en aras de un populismo que permitía llenar los corrales”. Nacía la cultura popular gracias, también, a la cascada de novedades tecnológicas y comunicativas del siglo XVI: lectura privada, hojas volanderas, pliegos sueltos, relaciones de sucesos…
La revolución del libro impreso subraya la reordenación de los espacios culturales y la redefinición de la lectura y de la oralidad en la ciudad renacentista”, explica el volumen que cierra el gran proyecto de la Historia de la literatura española (Crítica), dedicado al siglo XVI, la conquista del clasicismo, datada entre 1500 y 1598.  Estamos ante el origen de la cultura de masas, en el que el Lazarillo (1553) se convierte en el primer fenómeno mainstream español.
El famoso pícaro adelanta las nuevas fórmulas de ficción, al que seguirán otras como Diana (1558-9) y Abencerraje (1561), que “será la escuela de narradores finiseculares” como CervantesLope de Vega o Quevedo, que se asoman al siglo por venir. Estos dejarán atrás un siglo dominado narrativamente, primero, por los mitos del caballero y del pastor, después,“con la luminosa excepción del pícaro Lazarillo”.
A finales del siglo, mientras el género picaresco madura, Miguel de Cervantes remata sus primeros pasos por la novella. Algunos años después, “la relación entre relatos cortos y narración larga desembocará” en el Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Su origen está “sin lugar a dudas en el siglo XVI”.
Un fantasma recorre Europa
Entre los años 1520 y 1590 se asienta la lengua vulgar en las novedades estéticas. Los aires proceden de Italia, desde donde poco a poco conquistan todo el continente. Pero costó hacer parlotear a la ficción como lo hacía la calle y no era un problema típicamente español.
A escritores como Antonio de Guevara les resultó más fácil hacerse con los temas o los géneros que acertar con la prosa. “El toque estilístico humanista parece abrirse camino más fácilmente en la prosa de las ideas que en la ficción”, aseguran los especialistas que se han encargado de este volumen, Jorge García LópezEugenia Fosalba y Gonzalo Pontón, para los que algunas enciclopedias romances les parecen mucho más cercanas al castellano moderno “que otros productos de la época”.   
La invención de un nuevo castellano, que acuñaron en esencia GarcilasoJuan de Valdés y Luis de León, progresa hasta alcanzar una versatilidad y una flexibilidad expresiva, inédita hasta el momento. “Escribo como hablo”, esbozó Juan de Valdés en el Diario de la lengua, como intención de las nuevas posibilidades. El alumbramiento de este humanismo, populista, dio lugar a nuevos tipos y registros como “las esclavas de color y lengua trabucada a las que da voz Lope de Rueda; el pícaro, con su mundo a ras de suelo y su equívoco lenguaje; las recreaciones ideales del estilizado pastor literario o del moro amigo”, entre otras.
Revolución narrativa  
El éxito de las nuevas sendas narrativas, a pesar de las leyes de censura y el mundo a la defensiva de Felipe II, rompen con las ataduras del mundo medieval. El Lazarillo de Tormes cuenta una historia de “indudable impronta narrativa”. Su flexibilidad le desliga de las servidumbres pasadas. El lenguaje nuevo ha nacido y la industria lo respalda. Aunque el príncipe Felipe trate de impedirlo: “Nós somos informado que de llevarse a esas partes los libros de romance de materias profanas y fábulas, así como son libros de Amadís y otros desta calidad, de mentirosas historias, se siguen muchos inconvenientes, porque los indios que supieren leer, dándose a ellos, dejarán los libros de santa y buena doctrina, y leyendo los de mentirosas historias deprenderán en ellos malas costumbres y vicios”, prohibió el futuro emperador de esta manera, en 1543, llevar a las indias libros de historias profanas.
Como la literatura y la voz popular esquiva al poder, La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades recibe una abundancia de ediciones en un mismo año (hasta cuatro en 1554), en varias ciudades. Todo ello “nos garantizan que nos encontramos ante un gran éxito editorial del medio siglo y de la segunda mitad de la centuria, otro best seller de la época”. Ni siquiera pudo con su fama y difusión la entrada, cinco años después, en la lista negra del inquisidor Valdés.
El algodón de la popularidad son las segundas partes. En este caso ocurrió en 1555, año en que aparece en Amberes, de pluma también anónima. Como se indica, la obra vuelve a reimprimirse en 1573, “ahora ya castigado”, es decir, expurgado por la censura de afirmaciones críticas contra costumbres de la época o referencias a materias eclesiásticas.
Gozar y entretener
Bajo el título El nacimiento de la ficción, los investigadores detallan que Lazarillo “es una estupenda narración en la línea de un humanismo ya asentado y nutrido de referencias clásicas y romances”. Así definen la que será la piedra angular de un nuevo género literario, la “novela picaresca”: “Con una andadura estilística cuasi oral, resulta también un prodigio de jugueteo literario, de despliegue de resonancias irónicas y de maestría en el diseño de un trazado ágil y sugerente”. Para los autores la atribución más antigua y verosímil es la de fray Juan de Ortega, de la orden jerónima.
Entre las revoluciones literarias del siglo XVI un hecho sin precedentes subraya la evolución de las prácticas artísticas: la aparición del teatro comercial. Del público aristocrático y de élite, con asuntos caballerescos y amorosos, con pretensiones comerciales, en manos de profesionales de la representación en espacios estables y ofrecido a un público masivo, “ávido de novedades y entretenimiento”.
Ese espectador teatral hizo que las principales ciudades españolas contemplaran la aparición del corral de comedias, bajo control y explotación de las autoridades locales, que así se aseguraban el control de los escenarios. Escribe sobre la popularidad Alonso López Pinciano, en 1596: “No es malo el entretenimiento que aquí se goza con muchas y varias cosas: con ver tanta gente unida”. Gozar y entretener, claves de la cultura de masas. 

martes, 17 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Babelia": "La verdad última de Lázaro de Tormes", por Francisco Rico

'El Garrotillo' (hacia 1808-1812), de Francisco de Goya, identificado como una escena del 'Lazarillo de Tormes'. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La verdad última de Lázaro de Tormes
   El 'Lazarillo' forma parte del canon mayor de la literatura europea por su riqueza significativa.
   Es enormemente divertido, una maravilla de ingenio y buen humor.
   El ‘Lazarillo’, de nuevo.

17 MAR 2012

   Por puro capricho, porque lo creía “el idioma más hermoso que se conoce”, V.S. Naipaul estudió castellano en la escuela, donde, al par que el Tartufo y el Cyrano, le pusieron de texto el Lazarillo de Tormes. Más tarde, de becario en Oxford, lo tradujo al inglés y se lo ofreció a los Penguin Classics. El director lo rechazó de plano, porque, explicaba, era un libro difícil de publicar y tampoco creía que fuera un clásico. De sobra entendemos lo que quería decir: que el Lazarillo no merecía entrar en el canon mayor de la literatura europea porque, sobre ser español, no pasa de un juguete para reír, mero entretenimiento, sin la reveladora comprensión de la vida, la hondura de humanidad y la capacidad de emocionar e inquietar que van regularmente asociadas a la categoría de clásico. Nada menos cierto.
   Leamos un par de líneas. “Cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo: -Hijo, ya sé que no te veré más”. Las sencillas palabras con que la pobre mujer asume la fuerza de las cosas tienen auténtica grandeza trágica. O tomemos un largo episodio. El proceso a través del cual Lázaro va averiguando quién es de veras el fantasioso escudero y cuántas hambres le esperan junto a semejante amo, y va compenetrándose con él al mismo tiempo y en la misma medida en que le descubre los puntos flacos y no entiende sus razones, es de una sympátheia y una perspicacia psicológica rigurosamente geniales.
   “Éste” -dice del escudero- “es pobre, y nadie da lo que no tiene”. Sin descuidar sus otras caras, Lázaro no olvida nunca presentar el mejor lado de los infelices y humildes y salir en su defensa. El acemilero que se amontona con su madre hurtaba el pienso y “las mantas y sábanas de los caballos” para llevarle a ella y los suyos “pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos”. Pero el narrador no está dando la simple imagen de un ladronzuelo, porque detrás de esos datos objetivos nos propone el mismo juicio moral que medio siglo después enunciaría Guzmán de Alfarache: “Que esté proveído el hospital de lo que se pierde en tu botillería o despensa; que tus acémilas tienen sábanas y mantas, y allí se muere Cristo de frío; tus caballos de gordos revientan, y se te caen los pobres muertos a la puerta de flacos”. ¿Cómo condenar a un esclavo si “el amor le animaba a esto”?
   La identificación con los débiles y desdichados va de la mano con la enemiga hacia quienes abusan de su poder. Lázaro arremete contra “el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo” que lo maltratan y le niegan la comida que a ellos les sobra. A “los que heredaron nobles estados” proclama nada se les debe. Es que no cree en los dogmas voceados por la sociedad y se deja guiar sólo por un elemental sentido de humanidad y un cristianismo sin más precepto que la caridad. Los biempensantes creerán lo que se les antoje, pero ningún principio vale fuera de cada camisa, es decir, si no se sustancia en beneficio de los individuos concretos.
   “¿Las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien?”. ¿El medro que viene de un “oficio real” en la administración? A Lázaro le da igual lo que opinen de su matrimonio con la criada del Arcipreste y de su modesta función de pregonero. Bien están, para quien tantas miserias ha padecido por los caminos. ¿Que la óptica común lo mira como a un bicho? Quizá. Pero una higa para la óptica común. Inútil cualquier pretensión de universalizar los grandes ideales más allá de las personas. No hay valores: hay vidas, hombres, sentimientos. Ese relativismo escéptico es también un humanismo y la verdad última de Lázaro de Tormes.
   Que el Lazarillo es enormemente divertido, una maravilla de ingenio y buen humor, nadie podría no percibirlo. Salta a la vista la gracia de las situaciones y de los comentarios que las puntean, por más que la sabiduría lingüística y el don de polisemia del apócrifo autor sean tan prodigiosos, que a mí me ha llevado medio siglo pillar ciertos juegos de palabras. Nadie podría tampoco no disfrutar la destreza y variedad de recursos que el escritor despliega en el arte de narrar, ya se trate de articular una serie de estampas en apariencia sueltas (los lances con el ciego), ya de graduar magistralmente en ritmo y clímax una acción única, en un escenario casi desnudo (la casa del cura), o de contar lo que no se cuenta, antes bien precisamente lo que se niega (el lío del Arcipreste con la mujer de Lázaro).
   Pero acaso la misma agilidad del relato y la frescura de estilo han encubierto que el Lazarillo, a todos los propósitos, tiene una riqueza significativa, una profundidad humana y una fuerza emotiva no ya equiparables sino harto superiores a las del Tartufo y el Cyrano que Naipaul conoció también en el colegio y que nunca fueron rechazados por un director de los Penguin Classics.

martes, 24 de febrero de 2009

BIBLIOTECA. "Lazarillo de Tormes". VV.AA.


Éste no es el Lazarillo de Tormes; es una recreación, a cargo de VV.AA., que se encuentra en la editorial 451.Re:

Los autores son Martín Casariego, Nicolás Casariego, Marta Rivera de la Cruz, Marcos Giralt Torrente y Francisco Casavella.

ESTÁ EN LA BIBLIOTECA.