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jueves, 30 de agosto de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre Lawrence Durrell y su "Trilogía mediterránea"

Lawrence Durrell en su casa de la Provenza, en 1961 / ELLIOTT ERWITT / MAGNUN PHOTOS ("El país")

   En "El País":

El espíritu de las islas

Se cumplen cien años del nacimiento del autor de El cuarteto de Alejandría. Una nueva edición recoge en un volumen sus libros sobre Corfú, Rodas y Chipre

 25 AGO 2012 
El cuarteto de Alejandría y El quinteto de Aviñón no estarían completos sin la trilogía de las islas. Efectivamente, el mapa de la creación de Lawrence Durrell (1912-1990) se extiende más allá de los límites de sus dos mayores obras de ficción y tiene en el conjunto que componen sus tres grandes libros literarios sobre islas —consagrados respectivamente a Corfú, Rodas y Chipre— un maravilloso archipiélago, al que ahora se puede arribar en un solo viaje al haberlos reunido en un único volumen la editorial Edhasa bajo el título de Trilogía mediterránea (2012). Una estupenda opción de lectura para los felices mortales que aún estén de vacaciones y una cita de indudable melancolía para los que ya hayan (hayamos) regresado de alguna isla similar. Es cierto que en puridad deberíamos añadir al lote insular de Larry Carrusel siciliano (Noguer, 1990) y Las islas griegas (Folio, 2004), aunque el primero escapa al ámbito griego y el segundo, publicado originalmente en 1978, es una obra mucho más tardía que las otras tres y utiliza parte del material de las anteriores.
La celda de Próspero (Corfú), Reflexiones sobre una Venus marina (Rodas) y Limones amargos (Chipre) son mucho más que libros de viajes, aunque compartan algunos elementos de ese género literario. El escritor y amigo de Durrell, Richard Aldington, al que, por cierto, debemos la primera (1955) biografía desmitificadora de otro Lawrence, el de Arabia, decía muy acertadamente que había que considerar más bien esas tres obras insulares como “foreign-residence books”, libros de extranjero residente. Durrell, hombre que pasó su vida abroad —en outremer, que diría él—, hizo mucho más que viajar allí: pasó una larga temporada en cada una de las islas, periodos muy importantes de su vida personal —con diferentes mujeres, amistades y circunstancias— y creativa, y adquirió viviendas en todas ellas, como la vieja y encantadora casa de pescadores (Casa Blanca) en Kalamai, al norte de Corfú; la pequeña Villa Cleóbulo, junto a un cementerio turco en Rodas, oculta por adelfas y rododendros, o la gran casa hecha una ruina, pero de tan indescriptibles vistas en el pueblo de Bellpais, bajo el castillo de Buffavento, en Chipre, y cuya rocambolesca compra es motivo de algunas páginas divertidísimas antes de que el libro derive hacia la tragedia.
La trilogía reivindica una cierta “islomanía”, como la define encantadoramente uno de los personajes de Reflexiones sobre una Venus marina, una “dolencia del espíritu” que afecta a las personas para las que las islas resultan irresistibles. “El simple conocimiento de que se encuentran en una isla, un pequeño mundo rodeado por el mar, las llena de una indescriptible embriaguez”. Los islómanos natos serían (seríamos) descendientes directos de los atlantes, “y durante toda su vida isleña su subconsciente tiende hacia la perdida Atlántida”…
En conjunto, estos libros de islas, llenos de caiques, pescadores de esponjas, baños en aguas frescas y transparentes de un mar “que enreda y desenreda sus mallas de plata”, veladas con gentes inolvidables fumando cigarrillos Papastratos, y una vida en general frugal, pero bien regada de vinos, licores y amistades, componen una mezcla bastante completa de los intereses de Durrell. Hay historia, atravesada de mito, leyenda y folclore (destruye nidos de golondrinas y te saldrán pecas, advierten en Rodas); hay formidables descripciones de paisajes, llenas de un lirismo arrebatador que entra a menudo en el campo de la poesía (y algunos de los poemas de Durrell brotan directamente de ahí); hay una riquísima galería de personajes y sucesos, en cuyo dibujo puede verse cómo el autor tiende a ficcionalizarlos (incluso a sí mismo), como si fueran embriones de sujetos y episodios de sus novelas; hay política (la ocupación aliada en Rodas al final de la II Guerra Mundial, el conflicto de la enosis, la aspirada unión con Grecia de la comunidad grecochipriota, en Chipre, que nos muestran a Durrell en su avatar de funcionario del Foreign Office), y hay aventura (de la que le gustaba a Larry, de película de espías), incluso pistola en mano…
El autor de El cuarteto de Alejandría
La deriva continúa hacia lo narrativo, la metaliteratura, la atracción por los elementos oscuros, heterodoxos, sexuales y morbosos; la experimentación con el lenguaje, incluidas metáforas audaces hasta la torsión, y la fijación con la amistad y la recurrente pérdida de los amigos, la despedida, la desbandada y el recuerdo (“qué lejano viaje podemos desear a los amigos / para mimar su ausencia con nuestro recuerdo”, decía en unos versos), son otros aspectos comunes a este apasionante abanico durrelliano.
Por encima de todo está la obsesión característica de Durrell por definir el sprit of the place, el alma del lugar, algo que siempre consigue tan magistralmente, sea en Alejandría o la Provenza. Y está Grecia, por supuesto, el gran amor del escritor (que en cambio —nadie es perfecto— difícilmente soportaba Egipto).
La celda de Próspero, que arranca con una frase memorable —“En algún sitio entre Calabria y Corfú comienza realmente el azul” (con perdón de Formentera)—, describe la estancia de Durrell y su mujer entonces, Nancy Myers, en la isla jónica, a la que la familia Durrell, la madre viuda, Louisa, y sus cuatro hijos (Larry, obsesionado con la literatura, Leslie, obsesionado con las armas, Margo, obsesionada con los chicos y Gerald, obsesionado con los bichos, como sintetiza simpáticamente el biógrafo de Lawrence Durrell, Gordon Bowker —Trough the dark labyrinth, Pimlico, 1996—), habían llegado en 1935 desde una Inglaterra que les parecía gris y opresiva. Lo era especialmente en comparación con la India que había sido su hogar (el padre era ingeniero de los ferrocarriles del Raj) y donde Larry había nacido (Jalunda —actual Jalandhar—, 1912). El libro, en el que encontramos a Larry y “N.” en su propia casa, apartados de la encantadora, pero ruidosa familia y de la afición de Gerald a la fauna más indeseable, es delicioso aunque inevitablemente elegiaco, pues está escrito desde una “abrumadora distancia”: desde Alejandría, donde Durrell se instaló tras huir por los pelos de Grecia a raíz de la invasión alemana en 1941 y cuando pensaba que jamás regresaría a la brillante y diminuta motita de aquella Arcadia jónica. La añoranza es contagiosa y más cuando Durrell recuerda los baños desnudo en el mar del verano o el hallazgo en la playa de una tortuga muerta de pesados párpados amarillos. De la vecina Léucade, otra de las jónicas, yo conservo la imagen muy durrelliana de una mantarraya gigante extendida sobre la parte trasera de la baqueteada camioneta del capitán Spyros (un saludo desde aquí, ¡yasas kapitanos!), rezumando mar y misterio a partes iguales.
Los enamorados de las islas, irredentos islómanos, serían para el escritor los nostálgicos descendientes de los atlantes
Hay muchas otras cosas maravillosas en el libro: la pesca de una anguila fiera como Satanás y de pulpos con tridente, las historias de náyades y del dios Pan, o la de san Espiridón, a cuya momia le puedes besar las zapatillas; la búsqueda del lugar de encuentro entre Ulises y Nausica, las conversaciones con el conde D. (al tío del cual, acreditado vampiro —vrikolakas—, hubo que exhumarlo y clavarle una estaca para acallar habladurías). El conde sostiene que Shakespeare pensaba en Corfú al describir la isla de La tempestad. En los silencios de las veladas se oyen las naranjas que caen de los árboles en el huerto, y a los búhos. Aprenderemos que es peligroso echar la siesta bajo un ciprés o que la cama es lo único que no te pueden embargar por deudas en Corfú. Entre los personajes, Mateo, el dinamitero de peces que, como un Stauffenberg de la pesca, ha perdido un ojo y media mano; Zarian, el poeta armenio, y Theodore Stephanides, el médico erudito que introdujo a Larry en la poesía de Palamas y Kavafis y al que Durrell consideraba uno de sus “tíos” espirituales.
Encontramos en este y los otros dos libros un interés por la anécdota histórica culta y las etimologías similar al de los hermosos libros griegos de Patrick Leigh Fermor, buen amigo de Durrell. Paddy, al que Larry conoció durante la guerra en El Cairo, aparece, retratado con cariño y admiración (Durrell al cabo no fue soldado, ni héroe), en diferentes episodios en Rodas y Chipre, acompañado por su camarada de armas Xan Fielding y por la que el escritor denomina La Diosa del Trigo (Joan Eyres-Monsell, la futura esposa de Paddy). Juntos, Larry, Paddy y Xan, exploran los conductos subterráneos de agua infestados de murciélagos de la antigua Cameirus, en Rodas, aventura origen del poema de DurrellThe lost cities.
Hay momentos de una poesía sublime, y de indecible tristeza en Corfú; otros jocosos. Como cuando al mostrársele a un viejo campesino el cuarto de baño del conde —con sus elementos tan insólitos en la isla, carente de retretes—, el hombre se persigna y dice: “Ruego a Dios, mi Señor, que nunca lo necesite”. O cuando un pastor, al interrogársele por la costumbre local de tener una oveja favorita, a la que se engalana, responde: “Desde cualquier punto de vista son superiores a nuestras esposas. Pero sobre todo no hablan”.


La famosa Casa Blanca de Lawrence Durrell en Kalamai, al norte de Corfú
Rodas es una isla que conozco bien y por eso he de confesar una debilidad especial por Reflexiones sobre una Venus marina, aunque, claro, la Rodas de la inmediata posguerra, sin gatos, con prisioneros alemanes, alambradas, el aeródromo con sus aviones chamuscados y aún con playas minadas está muy lejos de mi experiencia turística. Por supuesto no debe haber nada mejor, históricamente hablando, que ver Rodas después de un asedio. Durrell llega desde Egipto (“hervidero de sabandijas”) como oficial de información de las fuerzas de ocupación británicas tras cuatro años de exilio de su querida Grecia. Inmediatamente entra en un éxtasis Egeo con el reencuentro y se pone bajo la advocación de la Venus de Rodas, la bellísima estatua de la diosa pescada en el mar y genius loci de la isla (que tiene su alter ego en Afrodita, la pobre puta que vende sus favores en los muelles). Pronto se le une su nuevo amor, E. (Eve Cohen, la inspiración para el personaje de Justine). De nuevo el azul, los amigos que vienen y van, el aire con aroma a mandarinas. A Durrell, anonadado de dicha, le cautivan las famosas puestas de sol rodias que provocan la ignición de las murallas y los minaretes entre hibiscos y adelfas, y no deja de escribir sobre el legendario Coloso —“tardes enteras zambulléndonos en el puerto en busca de fragmentos”— . En Rodas los niños pasean con una cigarra atada como un juguete ruidoso. El periódico que lanza Durrell tiene sumo éxito por la falta de papel para envolver los pescados. “Eso sitúa al periodismo en su perspectiva correcta”, anota.
Me ha sorprendido encontrar un párrafo que sugiere el inicio de Justine: “Otra vez el siroco: un gigantesco oleaje coronado de espuma blanca que corre hacia Anatolia y estalla en pedazos contra los promontorios hundidos en humo”. Y en Limones amargos, unas consideraciones sobre los templarios y Bafomet que apuntan al Quinteto.
A Chipre llega Durrell en 1953 tras cinco años de destierro griego, esta vez en Serbia. Las primeras noticias sobre la isla son desalentadoras. Árida y la gente bebe demasiado. “¿Y las mujeres?”, pregunta Larry. “Muy feas. Feas de veras”. No es extraño que sus primeros pensamientos vayan hacia Bragadino, el defensor de Famagusta, desollado por los turcos y cuya piel rellena de paja fue paseada por el Mediterráneo en el palo de una galeaza. No obstante Durrell acaba disfrutando en Chipre, donde se reencuentra con las encantadoras moeurs mediterráneas. Para evitar una pelea con un macizo chipriota —pese a que Larry era buen boxeador—, se inventa que su hermano ha muerto combatiendo junto a los griegos contra los pánzer nazis en las Termópilas (1941). Luego, al llegar de visita Gerald, se produce la natural sorpresa. El libro deriva hacia lo político y el thriller al irse agriando la situación en la isla por la aparición del terrorismo del EOKA. Durrell se encuentra en la difícil coyuntura de ser funcionario británico entre sus amigos griegos encabronados. El escritor acaba pareciendo un personaje de Graham Greene: le llaman vecino, pero lleva pistola. Cuando se marcha por piernas, le prometen que le cuidarán la casa y le despiden con el proverbio chipriota: “El vino del año próximo es el más dulce”.
Trilogía mediterránea. Lawrence Durrell. Traducción de Floreal Mazía. Edhasa. Barcelona, 2012. 768 páginas. 28,50 euros.

sábado, 1 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA: "Archipiélago de sueños", artículo de José Manuel Fajardo

En "El País", este artículo de José Manuel Fajardo sobre las islas, [que] han sido siempre territorio propicio para mitos, leyendas y metáforas de la condición humana. Han excitado la imaginación de aventureros, piratas y exploradores, e inspirado magníficos relatos: ARCHIPIÉLAGO DE SUEÑOS:

Desde mucho antes de que Tomás Moro situara la sociedad perfecta en la imaginaria isla de Utopía, las islas han sido espacios en los que los hombres han proyectado sus sueños. Territorios de leyendas y quimeras. Como si sus superficies, claramente delimitadas por el mar, las convirtieran en bancos de pruebas, en laboratorios ideales para que la imaginación humana, la individual y también el imaginario colectivo campen a sus anchas.
Algunas pertenecen sólo al mundo de la literatura, otras al del mito, pero incluso las reales, las que se pueden hallar en los mapas y visitar en vacaciones, suelen estar aureoladas de misterio, como si la fantasía formara parte de los cúmulos de nubes que delatan su cercanía en el mar cuando su perfil todavía no ha aparecido en el horizonte.
La isla mítica por excelencia es la Atlántida. Fue Platón quien por primera vez habló de ella en el diálogo Critias, donde la describe como un vasto imperio cuyo centro estaba en una isla fortificada por Poseidón y situada más allá de las columnas de Hércules. Sus reyes eran los hijos del dios del mar y sus reinados se describían con la añoranza de una Edad de Oro perdida, cuyas sabiduría y mesura terminaron destruidas por unos descendientes corruptos y abusadores de su poder.
El hundimiento de la Atlántida vendría a ser el equivalente del Diluvio, el castigo a la maldad humana y a la injusticia.
En el corazón de toda leyenda suele haber un grano, por pequeño que sea, de verdad. La búsqueda de la legendaria Atlántida ha propiciado todo tipo de teorías disparatadas, pero la mayor parte de los historiadores sitúa hoy el origen del mito en un hecho ocurrido hace 3.600 años en la zona del mar Egeo y, en particular, en las islas de Creta y Santorini (Thera).
La espléndida civilización micénica, que prosperó en ellas y cuyas ruinas todavía hoy podemos admirar, desapareció efectivamente de manera súbita, coincidiendo con el momento en que, según los rastros hallados por los geólogos, una gigantesca inundación arrasó las costas del mar Egeo, causada por la explosión del volcán de la isla de Thera. Con una violencia equivalente a una bomba atómica de 700 kilotones, la catastrófica erupción hundió en el mar el centro de la isla, lanzando un tsunami monstruoso y dejando tan sólo un escarpado arco terrestre, que hoy es una de las principales atracciones turísticas del archipiélago griego de las islas Cícladas, y una leyenda.
Durante la Edad Media, otras islas míticas, como la isla itinerante de San Borondón -seguramente sugerida por avistamientos de las desconocidas tierras americanas en distintas latitudes- o la isla de las Amazonas, alimentaron la imaginación de los marinos europeos. Pero estas islas ya no evocaban tanto ecos de un trágico pasado como espejismos de un porvenir lleno de peligros, pero también de posible fortuna.
Buen ejemplo de esa mirada fue, en el año 981, el vikingo Eric el Rojo, quien lanzó la que se podría considerar primera campaña publicitaria de la Historia al bautizar la isla de Groenlandia con ese nombre -que significa Tierra Verde-, como si, en vez del territorio frío e inhóspito que era, fueran a encontrar en ella los posibles colonos fértiles praderas.
Los cuentos de islas rebosantes de riquezas han excitado a aventureros y consolado las penurias del presente. Con ese imaginario en la cabeza se hizo a la mar Cristóbal Colón en 1492, como perfecto ejemplo de la mentalidad de la época, escindida entre las nacientes ciencias renacentistas y la fantasía.
La cartografía del mundo, en la época del Descubrimiento, pintó en los mapas islas imaginarias, tomó por tierra firme lo que no eran sino islas -tal fue el caso de Cuba- y llevó a Colón a sugerir, durante su tercer viaje, que el Paraíso Terrenal debía de hallarse en las inmediaciones de la isla de Trinidad.
El mundo crecía a los ojos de los hombres, islas y continentes parecían brotar de la nada, más allá del horizonte. Eran "no lugares", tierras nuevas que abrieron paso a la idea de que otros mundos eran posibles en este mundo. Otras formas de vivir.
Una isla vino a poner nombre a ese descubrimiento intelectual, la isla de Utopía, en la que Tomás Moro imaginó una sociedad libre de las explotaciones e infelicidades de la nuestra. No era ya el perdido jardín del Paraíso Terrenal que buscaba Colón, sino un paraíso de igualdad y justicia construido en la Tierra por los seres humanos, no por Dios. Una verdadera rebelión contra la fatalidad del destino.
La imaginaria isla de Utopía fue presentada como el hallazgo de un marinero que habría viajado con Américo Vespucio en sus viajes a tierras americanas, sellando así la alianza intelectual de la modernidad, la que hermana el conocimiento del mundo con la emancipación de los hombres. Moro publicó su libro el año 1516, tan sólo 24 años después del Descubrimiento de América, pero su referente lejano hay que buscarlo en el mito de la perdida Atlántida.
Tanto Utopía como la Atlántida usan la isla como expresión simbólica de la ciudad, es decir, del espacio político de la civilización humana. Platón se sirvió de la leyenda de un reino perdido por la ambición de sus gobernantes para criticar el imperialismo de la Atenas de su época. Y Tomás Moro planteó en su sociedad utópica el núcleo de la pugna política de los tiempos modernos: el que enfrenta a libertad e igualdad, a propiedad privada y social, a individuo y comunidad.
No es extraño, pues, que las islas hayan jugado también un papel simbólico fundamental en la literatura. Desde la Ítaca de Ulises a la isla de Robinson Crusoe (inspirada por la muy real isla de Juan Fernández), pasando por La isla del tesoro, de Stevenson; la terrible isla de El señor de las moscas, donde los niños náufragos de William Golding redescubren el ceremonial de la crueldad, o las islas que son escenarios de experimentos científicos o de catástrofes ecológicas, como La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells; la isla de La invención de Morel, de Bioy Casares, o la imaginada por Cristina Fernández Cubas en El año de Gracia.
Alimentado por leyendas y por ficciones literarias, queda también el recuerdo de las numerosas islas que durante los siglos XVI, XVII y XVIII se convirtieron en guaridas de piratas, como la isla de la Tortuga, descubierta por Cristóbal Colón y en la que los bucaneros construyeron su fortaleza, o la república de Barataria, un conjunto de islas y marismas situado cerca de la ciudad de Nueva Orleans, donde los corsarios de los hermanos Jean y Pierre Laffite rindieron un sangriento homenaje a Cervantes. Individuos enfrentados al orden social, como islas a la deriva, los piratas reflejaron brutalmente las contradicciones del moderno pensamiento utópico, pues en las sociedades que levantaron en sus islas, como la Cofradía de Hermanos de la Costa, el ansia de libertad y la fraternidad coexistían con la violencia, la esclavitud y la codicia.
No tiene nada de raro tampoco que haya sido en dos islas donde se produjeran, con todas sus contradicciones, dos de las revoluciones sociales más significativas de los últimos 200 años: la revolución antiesclavista de los negros haitianos y la revolución socialista cubana. Pero ya en el mismo libro de Utopía, Moro trazaba el retrato en claroscuro del esfuerzo humano por hallar un orden social igualitario (sus virtudes y también sus riesgos).
Y en la búsqueda de conocimiento y de justicia emprendida por nuestra civilización hace ya más de cinco siglos, de alguna manera las islas han terminado por convertirse en la metáfora de la condición humana: individuos que vivimos en sociedad, como islas en un archipiélago. Un curioso archipiélago que tiene la prodigiosa capacidad de soñarse a sí mismo.

José Manuel Fajardo, escritor, es autor de la novela El converso.