Mostrando entradas con la etiqueta dictadura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dictadura. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Octavio Paz en manos de la censura franquista"

   En "El País":

Octavio Paz en manos de la censura franquista

La dictadura elaboró, entre 1950 y 1976, hasta 14 informes contra los libros del Nobel

Los documentos se exponen ahora en el AGA, en Alcalá de Henares

 

  • Foto inédita de Octavio Paz a los 23 años.

    Los funcionarios de la Dirección General de Propaganda y la Dirección General de Cultura Popular del Ministerio de Información y Turismo, que se ocupaban de revisar (léase censurar) todo lo que se publicaba en España durante la dictadura de Franco, afilaban la mirada, subrayaban, tachaban y, al final de su lectura, rellenaban siempre el mismo formulario: “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”. Uno de los grandes afectados por aquellas preguntas y los subsiguientes cortes y supresiones de pasajes fue el escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998).
    En julio de 1950, la compañía Editora y Distribuidora Hispanoamericana S.A. (EDHASA) solicitó el permiso para distribuir 200 ejemplares de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, publicados en México. El libro fue enviado a dos censores. El primero, Pedro de Lorenzo, dijo en su informe que en seis páginas había “frases o expresiones obscenas, otras irreverentes”. El segundo, Andrés de Lucas, apuntó con letra angulosa: “Versos oscuros y estúpidos con algunas expresiones equívocas. Creo, sin embargo que puede autorizarse por el escaso número de lectores que leerán estos engendros”.
    Catorce informes de este estilo, sobre distintos libros del escritor mexicano y Premio Nobel de Literatura 1990, se exhiben hasta el próximo 20 de marzo en el Archivo General de la Administración, ubicado en Alcalá de Henares (Madrid), como parte de la exposición Octavio Paz: Guerra, Censura y Libertad. “La muestra podría dividirse en dos partes: la figura de Octavio Paz y el contexto de sus ideas y su obra en relación con España”, dice Evelia Vega, una de las comisarias, quien trabaja en el archivo dependiente del Ministerio de Educación Cultura y Deporte. En la exposición hay, además, fotografías del autor mexicano durante su estancia en España en 1937, junto a algunos de sus colegas que asistieron al Congreso de Escritores Antifascistas de ese año en Valencia, como el narrador José Mancisidor, el poeta Carlos Pellicer, el músico Silvestre Revueltas o el pintor José Chávez Morado. Y un reportaje gráfico de abril de 1982, cuando Octavio Paz visitó el Ateneo de Madrid.

    “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”
    Dice Eduardo Ruiz Bautista, investigador de la Universidad de Alcalá, que los censores franquistas se caracterizaban por su “servilismo desmedido, exceso de celo, ínfulas de literato frustrado y la crasa ignorancia y competencia lectora que exhibían en muchos de sus juicios y prejuicios”. Cuando en 1955 revisaron el poemario Semillas para un himno, escrito por Paz un año antes, Jesús Garcés señaló en su informe que se trataban de “poesías de un poeta americano, creacionista sin un argumento general. Después de la obra creadora el poeta hace unas traducciones de los poetas Marvell y Gerardo Nerval. Nada que objetar. Autorícese salvo superior parecer”.
    Cuenta Jesús Cañete, el otro comisario de la exposición y director del Festival de la Palabra de la Universidad de Alcalá, que “la censura veía a Octavio Paz como alguien peligroso por haber asistido al Congreso Antifascista de Valencia. Quizá porque esa experiencia marcó para siempre al autor de El laberinto de la soledad, tanto en su obra poética como ensayística. Llama la atención que cuando la censura no podía evitar la publicación de algún libro, hacía todo lo posible por demorarla. El 17 de abril de 1973, Círculo de Lectores solicitó autorización para reeditar Los signos en rotación y otros ensayos, que ya había publicado Alianza en 1971. En esta ocasión el lector censor volvió a tachar las referencias que había a la Virgen en el texto dedicado a la obra de Marcel Duchamp (“La novia desnudada por sus solteros”). La editorial protestó argumentando que el libro ya se había editado anteriormente y que detener la impresión le causaba daños económicos. Entonces el censor no pudo impedir su impresión pero sí hizo todo lo posible por retrasarla. El libro no se publicó hasta año y medio más tarde: en septiembre de 1974”.
    En 1971, la editorial Seix Barral decidió publicar Las peras del Olmo, un compendio de ensayos del Premio Cervantes 1981. La censura pidió que se suprimiera el texto titulado Aniversario Español. Y así se hizo en su primera edición. La censura, sin embargo, no se conformaría con trocear los libros de Paz. En 1975 se impidió la libre circulación de la revista Plural en España y el editor Pere Gimferrer organizó una protesta pública. Un año después, cuando ya el dictador había muerto, la censura seguía fijándose en los libros de Paz. “Vuelta, poemario de Seix Barral, es poesía surrealista. No me ha gustado. Pero desde el punto de vista jurídico-administrativo, nada que señalar”, dice el informe fechado en aquel año.
    Este tratamiento al que fue sometida la obra de Octavio Paz en la España franquista ha despertado un interés mesurado entre los conocedores de la vida y obra del escritor mexicano. “Conocer estos documentos es algo curioso”, dice el filósofo Fernando Savater, “y son una buena anécdota para sumarla a toda la información que ya tenemos sobre Octavio. Son interesantes, también, porque demuestran la mentalidad de esos inquisidores contemporáneos que eran los censores franquistas, cuyos criterios literarios dejaban mucho que desear. Lo sé bien, porque me tocó vivir la censura en todo lo que escribí hasta los 28 o 30 años, la edad que tenía cuando yo murió Franco”.
    Para Chus Visor, editor de Visor Libros, “los cortes que se le hicieron a la mayoría de los libros que pasaban por la censura franquista fueron poco importantes para su publicación. De lo contrario, los autores se hubieran negado a publicar. Lo que solía hacerse era cambiar algunas palabras por eufemismos. Y eso te jodía, como autor o editor, pero eras consciente del contexto en el que vivías y podías soportarlo”. Joan Tarrida, director editorial de Galaxia Gutenberg, que en alianza con Círculo de Lectores ha publicado las obras completas de Paz en España, opina que “el hecho de que ahora se conozcan estos informes no aporta gran cosa a la vida y obra del Nobel. Pero sí a la historia cultural de España. Porque demuestra cómo se trataba a los escritores durante la dictadura”.

    viernes, 2 de octubre de 2015

    PRENSA. HISTORIA. "Una historia de horror en Galicia"

       En "Jotdown":

    Una historia de horror en Galicia

    Publicado por 
    Fotografía: Gabriel González (CC)
    Fotografía: Gabriel González (CC)
    Así como a veces la literatura no precisa de historia, la historia no siempre precisa de literatura.
    Doña Severina, de ochenta y cinco años, es la primera de las personas del pueblo que accede a contarme cómo recuerda ella la muerte de Raúl en 1949. El cura de la parroquia me había facilitado dos días antes y a través de un familiar los teléfonos y direcciones de los más ancianos, pero la mayoría de ellos no se sienten cómodos ante la posibilidad de figurar en un reportaje. Si hay dos temas tabú en la Galicia rural son los incendios forestales y las siniestras historias de posguerra. Doña Severina, que me recibe en el zaguán de su casa y toma asiento junto a la galería que da al camino, ejerce orgullosa de rompehielos. «Todavía cuesta hablar en público sobre los fuxidos —explica mientras me sirve una copa de un licor de hierbas que ella misma elabora—. Tenga en cuenta que en estos pueblos se conocían todos. No es como ahora. Los de una familia se casaban con los de otra y por tanto eran los propios primos, cuñados y vecinos los que denunciaban e incluso ayudaban a la Guardia Civil a sacar a la gente de sus casas. Todavía hoy muchos no se hablan e incluso se marchan del bar si entran los otros. Y eso que son parientes».
    Una mujer más joven, convocada por la anfitriona, saluda desde el zaguán y se sienta con nosotros junto a la galería. No me dice su nombre. Escucha con atención la historia de cómo los miembros de una determinada familia, durante las fiestas del pueblo, se colocan todos los años en uno de los extremos del campo de la orquesta para no tener que cruzarse con los de otro clan concreto. En su opinión, los motivos de aquellas delaciones de posguerra tenían muy poco que ver con una cuestión de fidelidad a la militancia o de intransigencia ideológica. Mantiene que en realidad solían ser viejas disputas familiares y no convicciones políticas las que subyacían a la inquina existente entre unos y otros. Doña Severina discrepa, y aunque el analfabetismo de la época y la coyuntura demográfica y sociocultural de una población gallega rural entonces muy compartimentada y endogámica son argumentos que refuerzan la postura de su interlocutora, insiste en la polarización resultante del desenlace de la Guerra Civil: «Recuerdo que a mi padre lo metieron varias veces en el calabozo. Cuando volvía a casa solía permanecer callado, nunca nos contaba nada. Poco después detuvieron a mi tío, su hermano, y jamás lo volvimos a ver. Nos dijeron que había fallecido en una cárcel de Salamanca. Esa clase de cosas no suceden por una simple venganza de alguien del pueblo. Cuántas veces se ejecutaba a gente en el Alto de Curros. Era el castigo de los vencedores sobre los vencidos».
    Raúl pertenecía al segundo bando. Visitando el cementerio, un pariente lejano me cuenta que regresó al pueblo poco después de finalizar la guerra. Había huido en el 37, empujado por el avance de las tropas sublevadas —Galicia formó parte muy pronto de la zona nacional—, cuando rondaba los veinte años y el ideario comunista. «Dicen que un sacerdote amigo de la familia, don Carlos, lo ayudó a salir de Galicia vestido de mujer, pero nunca se supo dónde había ido», murmura mientras señala un ciprés cercano en cuya copa se decía que pasaba las noches durante las últimas semanas, cuando ya estaba acorralado. «Son tonterías. Anda que no había bosque suficiente para esconderse como para venir a hacerlo al cementerio, al lado del pueblo». Es probable que nunca llegase a abandonar España para integrarse en el maquis francés, como se comentaba entonces. Tal vez jamás salió de Galicia. Algunos dicen que en realidad se refugió en una cueva y sobrevivió gracias a la ayuda clandestina de los más cercanos. Cuando volvió al pueblo permaneció dos o tres años en casa de sus padres, conviviendo con los vecinos con absoluta normalidad. De él cuentan que era buena persona, muy risueño y de trato amable, «lo que pasa es que pensaba diferente». Doña Severina explica que las cosas empezaron a ponerse feas cuando varios de los miembros de su familia fueron detenidos. «Yo era entonces una niña, pero a veces bailaba con él en las fiestas y lo veía por las tardes en el bar. Era un chico muy cercano y simpático. Cuando empezaron a llevarse a los suyos dejó de hacer vida con la gente del pueblo, hasta que un día desapareció». Nadie recuerda las fechas con exactitud, pero sospecho que la huida debió de coincidir con el auge ofensivo de la Federación de Guerrillas de León-Galicia y la represión posterior a la derrota en el valle de Arán en 1944, en la operación Reconquista de España. Muchos de los derrotados se exiliaron en Francia y en Marruecos, y el resto se ocultó en los montes y los bosques de la geografía española. De ahí que la denominación «maquis» se impusiese en la terminología popular a la de «huidos», tanto por asociación a la guerrilla francesa de resistencia, en la que muchos habían militado, como por la conexión semántica de las expresiones francesa e italiana «prende le maquis» y «buttarsi alla macchia» con la española «echarse al monte», que en los tres casos hacían referencia a una misma realidad.
    Raúl no tardó en buscar amparo en un grupo de fuxidos —así eran conocidos en Galicia— liderados por un guerrillero llamado Mario «que tenía fama de revolucionario». La mujer que nos acompaña en la galería de doña Severina cuenta que en su casa se hablaba mucho de él. «Nunca le hicieron daño a nadie. Todo el mundo sabía que se ocultaban en los bosques de los alrededores y a veces en los corrillos escuchabas historias sobre ellos entre susurros. Los niños les tenían miedo, pero lo único que hacían cuando bajaban al pueblo era molestar a los que alguna vez habían detenido o encarcelado a sus familiares. Había un juez con muy mala leche y un alcalde, Pepe “do Sacristán”, que eran muy crueles con los delatados, y se había corrido el rumor de que una noche Mario había matado al alcalde, pero eso en realidad nunca sucedió». Doña Severina interrumpe para afear el comentario de nuestra acompañante y centrar el tema con severidad: «Estamos hablando de Raúl, no de Mario». Un hijo de Severina llega en ese momento y la conversación es desviada a propósito hacia lugares comunes y escenarios más amables.
    En el pueblo cuentan que Mario fue capturado y asesinado. También otros fueron «sacados de sus casas» y su destino era la cárcel o la ejecución. Ante la represión, Raúl y uno de sus compañeros se quedaron solos en el monte. Su pariente me lleva hasta una casa en ruinas que antaño perteneció al cura. Está al lado de la iglesia y en su parte posterior, pegado a la casa, hay un viejo cobertizo. «Cuando los buscaban en el monte venían a esconderse aquí. La casa ya estaba abandonada entonces porque el cura, al que llamaban “o Rizo”, vivía en otra parroquia. Los domingos por la mañana decía una misa en cada pueblo, y Raúl y el otro chico aprovechaban que esto estaba deshabitado para refugiarse en el cobertizo». Doña Severina corrobora la historia y recuerda en voz alta la vez en que se los encontró en el bosque, el mismo año que Raúl falleció: «En aquella época no era como ahora, que para coger leña en el monte tienes que pedir permisos y comprársela a su dueño porque todo el mundo se entera de quién ha sido y casi parece un crimen. Entonces, cuando llegaba el invierno, cualquier vecino hacía lo que fuese necesario para no pasar frío. Y si eso suponía coger leña que no era tuya, la cogías. Una tarde, antes de anochecer, mi hermana pequeña y yo salimos a buscar algunos troncos en el bosque. Fuimos hasta una arboleda que está en un cerro muy alto que todos llaman “o diestro”, y al llegar escuchamos cómo alguien removía con el pie unas hojas en el suelo, no sé si para advertirnos a nosotras de que no siguiésemos adelante o para avisar a quien fuese de nuestra llegada. Mi hermana pequeña no se daba cuenta de lo que pasaba y quería continuar, pero enseguida la detuve y le dije que teníamos que dar media vuelta. Raúl apareció entonces de entre unos árboles para cortarnos el paso. Se acercó a mí y me dijo que entrásemos en la arboleda a coger leña, que ellos se iban. Me quedé paralizada. Le contesté que daba lo mismo, que nosotras nos marchábamos, pero insistió. Dijo que eran ellos los que se iban y que cogiésemos toda la leña que necesitásemos. Cuando volvimos a casa fuimos corriendo a contarles a nuestros padres lo sucedido, y entonces mi padre nos llevó a otra habitación, se sentó delante de nosotras, y nos dijo que no podíamos hablar con nadie sobre lo que había pasado. Que jamás comentásemos nada sobre aquello y que nunca más lo quería volver a escuchar. Dijo: “No queremos atraer más problemas al pueblo”. Y aquello se me quedó grabado. Tenía la misma mirada que cuando volvía del calabozo, antes de que se llevasen a mi tío a Salamanca».
    Fotografía: Gabriel González (CC)
    Fotografía: Gabriel González (CC)
    Otra mujer, de nombre Marisol, me cuenta la trampa en la que algunos meses más tarde cayó Raúl. Al llegar a su casa y comenzar a conversar le comento lo mucho que me sorprende la precisión con que detalla el relato. No es difícil calcular a ojo que por aquel entonces sería una recién nacida. Me explica que es una historia que en su familia se ha venido contando desde que era niña y que resulta difícil de olvidar. Terminaré coincidiendo con ella. La localización y captura de los guerrilleros se había convertido a finales de la década de los cuarenta en una de las prioridades del franquismo y su búsqueda se había intensificado. El Partido Comunista de España, que había perdido toda esperanza de contar con apoyos internacionales en su lucha contra el régimen, decide poner fin a la asistencia táctica y logística de las guerrillas y adopta una nueva estrategia en un intento de contrarrestar el descreimiento de la población y la escasa operatividad de los comandos. En otras palabras, los pocos fuxidos que todavía permanecían en el monte gallego se quedaron solos. Raúl y su compañero carecían de recursos y se veían cada vez más asediados en una situación de resistencia ficticia que ya no tenía sentido. La única salida, descartadas la muerte y el exilio, era la amnistía. «En Galicia la guerra fue diferente —comienza diciendo Marisol—. En muchas partes del territorio apenas se sintió. Pero sí se sintieron los fusilamientos y las ejecuciones controladas durante la posguerra. Raúl y el otro chico estaban cansados de ocultarse durante años y de sentirse traicionados por los que hasta entonces defendían sus mismos ideales —se refiere, imagino, a Santiago Carrillo y el PCE—, así que cuando se vieron sitiados optaron por pactar». La autoridad municipal se sirvió de la madre y el hermano de Raúl para trasladar a los dos huidos el mensaje de que se desplazasen hasta un pueblo vecino, donde en una cabaña se reunirían con responsables civiles del Ayuntamiento para tratar de negociar un acuerdo. Raúl y su compañero aceptaron, abandonaron el bosque y, sin llamar la atención, acudieron al lugar convenido en la fecha y la hora que se les había indicado. El hermano y la madre de Raúl aguardaban fuera mientras los dos chicos esperaban a sus interlocutores en la cabaña. Quien apareció, sin embargo, fue la Guardia Civil.
    El escenario era el peor de los posibles. Habían caído en la emboscada y sabían que si los detenían serían ejecutados. «La Guardia Civil amenazaba desde fuera con hacer daño a la madre y el hermano de Raúl si no se entregaban. Él y su compañero se pusieron muy nerviosos y comenzaron a disparar». Raúl comprendió que no había acuerdo posible para ellos, y aunque no quería que su familia sufriese percance alguno, tampoco estaba dispuesto a aceptar el deshonor de ser fusilado por el enemigo tras una rendición que con toda seguridad identificaba como un acto de cobardía. «Se desató un tiroteo —continúa Marisol— en el que el compañero de Raúl fue alcanzado y falleció en el acto. Para Raúl tuvo que ser terrible verlo morir a su lado, encerrados entre aquellas paredes. No había escapatoria y al verse acorralado, como cualquier hombre en una situación límite, tomó una decisión extrema». Resistir habría supuesto arriesgar la integridad de su madre y su hermano, al otro lado de las balas. Rendirse era renunciar a sus convicciones y a su identidad, muriendo sin dignidad ante un pelotón de fusilamiento. Los disparos cesaron al advertir que el ataque desde el interior de la cabaña se había detenido. Segundos después se escuchó una detonación. Tras el asalto, los guardias encontraron los cadáveres de los dos chicos en el suelo. Raúl se había introducido la pistola en la boca y había apretado el gatillo.
    Al día siguiente les dieron sepultura. Fueron enterrados fuera del cementerio en un último acto de desprecio y humillación, algo que no era del todo infrecuente en el caso de los huidos ejecutados. Nadie recuerda haber asistido al funeral, si es que lo hubo. Paseando con el familiar de Raúl que me había explicado su huida con veinte años y cómo tras la guerra había regresado al pueblo con la ingenua esperanza de llevar una vida normal, este me muestra las lápidas que señalan la tumba de los dos chicos. «Décadas más tarde se decidió ampliar el camposanto por razón de espacio, y sus restos quedaron dentro de los muros. El destino tiene estas cosas». Doña Severina me invita a visitar su jardín y me regala una botella de licor de hierbas casero. Da igual fingir que no puedo aceptar su obsequio. Es una mujer tenaz. «El hermano de Raúl nunca se perdonó haber caído en el engaño —comenta justo antes de despedirnos—. Lo único que pretendía era que su hermano pudiese regresar al pueblo. Y en su situación cualquiera se habría agarrado a un clavo ardiendo. Pero le atormentaba pensar que había sido él quien lo había conducido a la boca del lobo. A las pocas semanas apareció muerto. Nunca supimos muy bien cómo sucedió. Sencillamente, le pudo la culpabilidad. Supongo que por eso a nadie le gusta hablar de este tema. No es más que una historia de horror».
    Fotografía: Javier Cobo (CC)
    Fotografía: Javier Cobo (CC)
    Regreso al coche y el pueblo me parece distinto. Los árboles, las casas, el río, todo parece cuchichear a mis espaldas. A lo largo del día el paisaje ha ido adquiriendo un aspecto siniestro, como si algo oculto me dirigiese la mirada. Como si el sistema detectase un intruso. Lo que por la mañana era un lugar apacible ahora da la impresión de enmascarar algo perverso. Más allá de la vista. Quizá en el aire o en el subsuelo. Pienso en qué otros relatos sombríos se esconden en aquellos prados, bajo aquellas piedras. Y pienso que por ahora prefiero no saberlo.

    viernes, 8 de mayo de 2015

    PRENSA. Sobre los desaparecidos durante la dictadura argentina. "Una verdad que quema"

       En "El País Semanal":

    Una verdad que quema

    Fueron tomados como botín de guerra, despojados de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines al régimen militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983

    Cuatro hijos de militantes políticos asesinados narran cómo afrontaron su nueva vida entre dos familias, tras ser recuperados por Abuelas de Plaza de Mayo

    Hijos de asesinados y desaparecidos políticos de la dictadura argentina. / MARIANA ELIANO

    Llora como un niño, hipando. Matías tiene 37 años y sabe desde hace 25 que es hijo de desaparecidos, víctimas de la dictadura militar argentina, pero se quiebra y tarda varios minutos en recobrarse cuando piensa en cómo va a contarle a Benjamín, su hijo, que no ha cumplido dos aún, que él y su hermano mellizo llamaban papá a Samuel Miara, un torturador que se los apropió en mayo de 1977, pocos días después de que su madre los diera a luz en La Cacha, un centro clandestino de detención ubicado en la cárcel de Caseros, La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. “Si hay algo que no le voy a hacer a mi hijo es mentirle. Te entrenan para mentir, para llevar una doble vida”, cuenta en su apartamento de la ciudad de Rosario, a 300 kilómetros de la capital del país.
    Tatiana recuerda que a Mirta, su mamá, la secuestraron frente a sus ojos en una plaza de Villa Ballester, cuando tenía tres años y medio. “La veo como en una película muda. Reconstruyo lo que dice: ‘Cuídense mucho”. Allí quedaron ella y Laura, su hermana de tres meses, hasta que la policía las llevó a un juzgado de menores como NN (Nomen nescio: sin identidad conocida). Adoptadas de buena fe por un matrimonio, fueron las primeras nietas recuperadas por Abuelas de Plaza de Mayo en 1980. “Hasta los 12 años pensaba que mis padres iban a volver”, dirá embarazada de Pedro, su tercer hijo, que habrá nacido cuando este reportaje se publique.
    Victoria nació en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los centros clandestinos de detención más emblemáticos de Argentina, durante el cautiverio de su madre, Cori, cuyos ojos ella heredó y también Trilce, su beba de cinco meses. Militante social desde muy joven, Viki vivió hasta los 27 años creyéndose hija de Esther y Juan Antonio Azic, Piraña, exmiembro de las fuerzas de seguridad devenido comerciante, condenado a 18 años de prisión por secuestros y torturas. Fue restituida en 2004, y en 2007 se convirtió en la primera nieta recuperada en ser elegida diputada nacional. Pero sigue visitando en el penal de Ezeiza a su apropiador, a veces con su niña en brazos. “A pesar de lo que hizo y de lo que es, un represor, lo quiero”, definirá con la voz quebrada en el salón de su apartamento del barrio de Boedo, un ambiente pintado de naranja furioso.
    Ignacio, músico, vive en Olavarría, a 350 kilómetros al suroeste de la ciudad de Buenos Aires. El 5 de agosto de 2014 se enteró de que es el hijo de Laura Carlotto y nieto de Estela, la presidenta de Abuelas, que lo buscaba desde hacía más de tres décadas cuando supo que su hija lo había parido en una prisión clandestina. “Pobre mujer, ¿lo encontrará?”, llegó a preguntarle a Celeste, su mujer, mirando una entrevista televisiva, sin sospechar que Guido, el pródigo al que buscaba, era él. Y aunque dice que recuperar su identidad a los 36 años ha sido “un sacudón feliz” (“me llovieron dos familias”), reconoce que “lleva tiempo reinterpretar toda tu vida” y que no es fácil asumir “de la noche a la mañana que tu cara se convierte en un póster”. Mientras, la justicia investiga aún su apropiación y la responsabilidad de Clemente Hurban, su padre de crianza, un trabajador rural que apenas terminó la escuela primaria, a quien Ignacio atesora como su “viejo”.
    Tomados como botín de guerra por los militares, unos 500 niños nacidos entre 1975 y 1980 fueron despojados en Argentina de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines que los registraron como propios, a fin de evitar que fueran educados en ambientes que el régimen consideraba “subversivos”. Hijos de militantes políticos secuestrados y asesinados por la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983 (algunas fuentes elevan a 30.000 los desaparecidos), Matías Reggiardo Tolosa, Tatiana Sfiligoy, Victoria Donda Pérez e Ignacio Montoya Carlotto representan cuatro casos de los 116 nietos recuperados hasta hoy por Abuelas de Plaza de Mayo, una asociación civil creada en octubre de 1977 por mujeres que encontraron fuerzas para seguir en la ilusión de recuperar a los hijos de sus hijos. El País Semanal entrevistó a los cuatro para saber cómo se vive después de una verdad que escalda y que obliga a reconstruir con retazos y relatos de otros las historias de sus padres, en las que se entreveraron ideales, mentiras, torturas, muerte y terrorismo de Estado. Todos ellos son más viejos hoy que sus padres al ser asesinados.

    Ignacio Montoya Carlotto
    Hijo de Laura Estela Carlotto y Walmir Óscar Montoya, secuestrados en 1977.
    Le dicen “el Messi de los nietos”, un apodo que le pusieron otros jóvenes restituidos medio en broma, reprochándole que desde que él apareció, el 5 de agosto de 2014, los demás quedaron opacados. “Si no estás bien contenido, una noticia como esta te destruye, empezás a hacer pavadas”, dice, mate de por medio, Ignacio, el nieto que Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, esperaba desde hacía 36 años.
    La búsqueda de su abuela, Estela, empezó cuando supo por testimonios de sobrevivientes que su hija Laura, militante del grupo armado Montoneros y secuestrada en noviembre de 1977, había dado a luz –esposada, en un hospital militar– a un niño al que llamó Guido, en homenaje a su papá. A las pocas horas los separaron; la joven fue asesinada dos meses más tarde en un falso enfrentamiento. Los militares entregaron a la familia el cuerpo de Laura, pero no el niño.
    La búsqueda de Ignacio empezó el 2 de junio del año pasado, el día de su cumpleaños, cuando un allegado a la familia le confirmó a Celeste Madueña, su mujer, algo que él sospechaba: que era adoptado. Entonces, se contactó por correo electrónico con Abuelas. Le dijeron que solo uno de cada mil casos resulta en una confirmación. Entretanto habló con sus “viejos”, Juana y Clemente Hurban, a quienes sigue defendiendo como tales. “Me contaron que Carlos Francisco Aguilar, el dueño del campo donde ellos eran puesteros, sabiendo que no podían tener hijos, les dijo que había una mujer de La Plata que no quería criar al suyo y que podía traerlo. Ellos aceptaron y firmaron papeles que creyeron que eran de adopción. Les dijeron que era mejor que no me contaran nada. Son gente muy humilde, confiaron ciegamente”. Aguilar murió en marzo de 2014 y su ausencia parece haber relajado los pactos de silencio.
    El 5 de agosto, tras los cruces de ADN pertinentes, cotejados con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos creado durante la presidencia de Alfonsín en 1987, el país y el mundo se conmovieron por la aparición de Ignacio, el nieto recuperado número 114, cuya abuela es Estela de Carlotto. Todo argentino recuerda dónde estaba cuando recibió la noticia. Así de movilizador es su caso.


    Ignacio Montoya Carlotto, nieto de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas Plaza de Mayo. / MARIANA ELIANO
    “Es muy difícil la situación, no solo por lo íntimo y por el peso de la verdad, sino por todo lo que lo acompaña: la portada de las revistas, las cámaras que te siguen y la expectación por lo que vas a decir”, describe. “Es raro, por ejemplo, tener que explicar que sos quien eras y que te llamás como te llamás. Yo no soy Guido. Y a veces recibo cartas de gente que me pide explicaciones: ‘¿Cómo puede ser que no te hagas cargo del símbolo que representás?”. Cree, no obstante, en una responsabilidad cívica, que supera esas molestias: “Yo no soy un militante, pero el derecho a la identidad es fundamental y hago lo que puedo para aportar y alentar a que otros se animen a saber”.
    Hace apenas ocho meses que la vida de Ignacio giró 180 grados. La primera vez que se encontró con Estela, su abuela, se abrazaron y se pusieron a llorar. “Fue en La Plata. Nos sentamos y empezaron las charlas. A unas cuadras esperaban mis primos: 14 más sus parejas y sus hijos. Me preguntó si los quería conocer y le pedí tiempo. Fue al día siguiente. La abuela les dijo: ‘No le gusta que lo abracen ni que lo toqueteen como hacemos nosotros’. Cuando llegué habían hecho una fila y estaban duros: ‘Hola, qué tal, yo soy fulano’. Los saludé a todos ¡y una se coló dos veces! Fue gracioso. Vinieron también unas primas por parte de mi papá. Todos nos conocimos ahí, porque no había certeza hasta el ADN de quién era la pareja de mamá. Fue un gran momento”.
    Ignacio no habla de pérdidas; sí, de duelo y de una historia con un “inicio dolorosísimo que tiene esta instancia de luminosidad”. “Yo no tuve oportunidad de preguntar nada, me llenaron de información. Cosas que sé que son ciertas, pero que están tamizadas por años de repetir la historia para no olvidarla. Pero de a poco, con todos los viajes que hice en estos meses, encontré anécdotas y fui construyendo una imagen de Laura y de Walmir, que se conocieron en la clandestinidad. Me mostraron por ejemplo una postal que mi papá le mandó a mi abuela Hortensia, que hoy tiene 92 años. Está llena de horrores de ortografía. Y en una época yo era así, un asco escribiendo. Así junto pedacitos, un rompecabezas de cositas lindas. Eso es mío y ahí sí los puedo ver como papá y mamá. Si no, es muy difícil: no los conociste, no tenés registro”.
    Lo que más le ha costado es defender su espacio y su intimidad de la invasión que supone convertirse en alguien público. Ahora que han llovido posibilidades “de tocar acá y allá, de vivir en otra parte”, volvió a elegir Olavarría, donde está haciéndose una casa y donde Celeste y él quieren tener un hijo (“estamos en eso”).
    A sus dudas de antes las llama “ruidos”. “Yo tuve y tengo una vida feliz. Pero había ciertas cuestiones básicas: los parecidos físicos, por ejemplo. No nos parecíamos. Y la música, porque nosotros vivíamos en el campo, a 45 kilómetros de acá, en un sitio donde no hubo luz eléctrica hasta el año pasado. Ni radio había. Y cuando un día fuimos a una localidad cercana, yo tendría ocho o nueve años, escuché una orquesta típica que tocaba un poquito de todo –pasodoble, rock, pop…–, fue un flash, no pude creer lo que escuchaba”, recuerda. Y empezó a estudiar.
    Esa música, lo sabe ahora, corría en la familia. Walmir Montoya, su papá, era baterista: militante montonero secuestrado en 1977 y acribillado en un presunto enfrentamiento, sus restos enterrados como NN en una fosa común, fueron hallados en 2006 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Su abuelo paterno era saxofonista, y su abuelo materno, Guido, un melómano, amante del jazz. “La sangre no es agua”, dice Ignacio. Saborea ese refrán que tiene equivalencias en varias lenguas, mientras toca en el piano Los niños que soñaban en colores, “un valsesito jazzeado”, lánguido y bello, que es lo primero que compuso después de saber quién es.

    Tatiana Sfiligoy 
    Hija de Mirta Graciela Britos Acevedo y Óscar Ruarte, que continúan desaparecidos.
    Habíamos visto en la esquina de casa el operativo, una patota armada. Y mi mamá atinó a ir a la plaza. Nos siguieron y no tuvo alternativa. Comenzó a besarnos y a despedirse. No recuerdo haber tenido miedo. Sí, desconcierto. Esa es la última vez que vi a mi mamá”, cuenta Tatiana volviendo a ese día infernal de 1977.
    Tenía tres años y medio. Seis meses después, ella y su media hermana Laura (hija de Alberto Jotar, también desaparecido, pareja de Mirta Britos en ese momento) fueron dadas en guarda a un matrimonio de buena fe, Inés y Carlos Sfiligoy, quienes las adoptaron, cuyo apellido decidió conservar y a quienes llama mamá y papá. “Cuando en 1980 nos citaron al juzgado porque mis abuelas nos localizaron y se produce el encuentro de ambas familias, hubo un entendimiento. ‘Arréglense las partes’, dijo el juez, y lo hicieron. Se estableció un régimen de visitas para mis abuelas, que vivían en Córdoba. Eso me permitió crecer y sostenerme en otros papás sin cortar lazos con ellas ni con mis primos y tíos y sin ocultar la historia de mis padres biológicos. Eso fue atípico”, resume Tatiana. Casos como el suyo –donde no hubo robo de niños ni apropiación de quienes criaron a los chicos– son contados con los dedos.


    Tatiana Sfiligoy tenía tres años y medio cuando su madre la abandonó en una plaza junto a su hermanita bebé mientras los perseguían los paramilitares. / MARIANA ELIANO
    Hasta los 18 años, Tatiana no preguntó mucho. Un día encontró en un diario un remitido de la Asociación Argentina de Actores que incluía el nombre de sus padres. “Me impactó muchísimo y tardé casi un año en buscar más datos”. Pero lo hizo. Viajó a Córdoba, donde Mirta y Óscar militaban en las organizaciones guerrilleras FAL 22 y el PRT-ERP. “Fue muy fuerte para mí y para sus compañeros. Me miraban como si fuera un fantasma, porque me parezco a mis papás”.
    Comenzó entonces para ella una época de activismo por los derechos humanos. Estudió Psicología y participó de los primeros escraches organizados contra represores por la agrupación H.I.J.O.S., creada en 1995 para luchar contra la impunidad. “Los escraches estaban muy mal vistos. Eran momentos muy álgidos para los hijos de desaparecidos. Llevó mucho tiempo, incluso en democracia, que la memoria fuera una política de Estado”, recuerda.
    H.I.J.O.S. acaba de poner de manifiesto las divisiones que existen entre los militantes por los derechos humanos en relación con el kirchnerismo, al quemar en La Plata –el último 24 de marzo, a 39 años del golpe de Estado– dos muñecos abrazados de Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Plaza de Mayo, y César Milani, actual jefe del Estado Mayor del Ejército argentino. La quema repudió las contradicciones del Gobierno de Cristina Kirchner, que auspicia activamente una política por la memoria, pero nombró en 2013 y aún sostiene a ese militar sospechoso de crímenes de lesa humanidad.
    La historia se lleva en la piel. “No juzgo a mis padres. Su generación pensó que era posible un cambio. Era grande el compromiso y poca la conciencia de lo siniestro que se gestaba. Nunca pensaron que los iban a matar”, reflexiona Tatiana. Tras la muerte de sus abuelas, hace cinco años, los contactos con la familia biológica se espaciaron (“casi todo es por Internet”). Con Laura, su hermana, pasa algo similar. “Ella hizo un proceso diferente. Vive en EE UU. Es paradójico porque no conoció a nuestros padres, no los recuerda, pero los padece. No los perdona. Allí es donde se produce el mayor desencuentro. Estamos hablando otro código. Tengo dos sobrinos allá y es complicado”.

    Matías Reggiardo Tolosa
    Hijo de María Rosa Ana Tolosa y Juan Enrique Reggiardo, desaparecidos en febrero de 1977.
    "Yo les preguntaba a las chicas con las que salía: ‘¿Vos sabés quién soy?”, lanza Matías mientras conversamos rodeados de la sillita de comer y los juguetes de Benjamín. “Ahora lo tomo a risa, pero ante esa pregunta, pensaban: a) es un asesino en serie; b) está casado; c) es gay”. En 2009 conoció a María, que no temió explorar la respuesta; se casaron tres años después y nació el chiquilín cuyas fotos tapizan las paredes.
    Se considera un hombre feliz e incluso rei­rá varias veces a lo largo de la conversación. Pero nunca pudo acostumbrarse a festejar su cumpleaños el 27 de abril, cuando se presume que nació, durante el cautiverio de María Rosa Tolosa, su mamá, quien continúa desaparecida. Sigue haciéndolo el 16 de mayo, día en que él y su hermano mellizo, Gonzalo, llegaron a la casa del exsubcomisario Samuel Miara, condenado en 2013 a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención Club Atlético, El Banco y Olimpo. Miara y su mujer, Beatriz Castillo, los registraron en 1977 como hijos propios. Hasta 1985 los chicos no sospecharon nada. Ese año huyeron a Paraguay: Abuelas de Plaza de Mayo los descubrió pensando que eran otros mellizos hijos de desaparecidos, los Rossetti Ross.
    Los extraditaron en 1989, pero verificar su identidad llevó años (“pensá que no había ADN aún, sino estudios de histocompatibilidad”), durante los cuales siguieron viviendo por decisión judicial con los Miara. Ese tiempo fue muy difícil: “Ellos nos dijeron que habían cometido un delito y que iban a ir presos. La justicia estableció un seguimiento muy cercano. Durante toda mi adolescencia y hasta que cumplí los 18 años, tuve que ir cada 15 días a ver a un psicólogo forense. Nos sentimos como conejillos de Indias y sé que nuestro caso se trata aún hoy en distintas cátedras de psicología”.


    Matías Reggiardo Tolosa desapareció en 1977. Supo de adolescente que fue arrebatado de sus padres siendo un bebé. / MARIANA ELIANO
    No es lo mismo restituir a un menor de edad que descubrir quién eres de adulto. El caso Miara aún duele. En 1994, los mellizos llegaron a las pantallas de la televisión argentina; tenían 16 años y acababan de mudarse con su tío materno, Eduardo Tolosa. Pedían volver con sus apropiadores, a quienes por entonces sentían y querían como padres. ¿Por qué? “Nos obligaron a cortar todo lazo con nuestra vida anterior: la ciudad, los amigos, el colegio, los Miara. Al principio tratábamos de hablar en forma clandestina con ellos, nos escapábamos. Llegaron a poner policías para seguirnos. Estábamos presionados por ambos lados. Lo que generó todo eso fue un retraso muy significativo en nuestra voluntad de recobrar nuestros orígenes”, recuerda ahora Matías.
    Después del escándalo mediático (“todavía me parece una locura que nos hayan dado aire, hoy sacás a un menor sin autorización en la tele y te cierran la emisora”), Eduardo, que no quería negociar un régimen de visitas con los apropiadores, renunció a la guarda de sus sobrinos y los chicos vivieron con una familia sustituta hasta su mayoría de edad. A los 21 años, Matías y Gonzalo decidieron volver a vivir con Beatriz Castillo. “Sentía que no tenía otro lugar a donde ir”, explica Matías. “A ella le decía mamá, pero siempre era consciente de lo que habían hecho. Samuel estaba preso por nuestra apropiación. La distancia se empieza a profundizar a mis 28 años, porque empecé a caer”.
    En junio de 2005, la Corte Suprema declara la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que junto con los indultos del menemismo garantizaban impunidad. Así, militares cuyo enjuiciamiento se había suspendido vuelven a los tribunales. Miara regresa a prisión para ser juzgado por delitos de lesa humanidad. El proceso fue muy lento y los mellizos lo visitaban. “Lo vimos varias veces en la cárcel. Hablábamos de todo, pero hubo momentos en que mi hermano y yo lo acorralamos un poco y esas charlas me hicieron sentir que yo no tenía por qué pasar por eso: estar con una persona que es un psicópata y te lo demuestra, que dice cosas que te hacen daño y que está en la cárcel, además, con otros represores. La última vez que vi a Miara fue en 2007, y a Beatriz, en 2011. Cuando vine a vivir a Rosario, le pedí incluso que no me hablara más. Pero siguió haciéndolo por un tiempo”.
    Sabe por relatos que Quique, su papá, tenía un hablar susurrado como el suyo y que amaba como él la literatura. “Cuando te los quitan a sus 24 años no podés pelearte con nada. No podés llegar a esa distancia natural que hay en la adolescencia respecto de los padres. Aunque siempre te preguntás si hubieran podido actuar de otro modo para salvarse”.
    Compleja y dolorosa para los hermanos Reggiardo Tolosa, su experiencia supuso un antes y un después en los casos de restitución. Diana Kordon, psicoanalista que trabajó con las Madres de Plaza de Mayo hasta 1990 y que hoy coordina el Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, especializado en el apoyo a víctimas de traumatismos sociales, recuerda que el consenso en aquel momento era otro: “No solo los medios debatían si había que restituirlos o no. Discutíamos entre profesionales. Era muy fuerte la presión en el sentido de que estábamos estimulando un nuevo trauma en los chicos. Ahora es distinto: hubo una legitimación acerca de que la apropiación existió y es un crimen condenable en términos sociales, pero también en relación con las personas que la sufrieron y sus familias”.
    Ese cambio de mirada se evidencia también en la cantidad de consultas anuales que recibe Abuelas, que crecieron más del 600% entre 2001 (109 consultas) y 2014 (678), con un pico de 117 presentaciones el pasado septiembre a raíz del efecto Guido, tras la restitución del nieto de Estela de Carlotto, presidenta de la institución. “La apropiación es una situación traumática porque rompe la cadena genealógica y su transmisión cultural, que va mucho más allá de la sangre. La restitución, en cambio, es un momento de crisis grande, pero también la posibilidad de un gran encuentro con la verdad”, define Kordon. Reconstruir lazos con sus familias de origen llevó años para Matías. El tiempo saneó su relación con Eduardo, su tío materno, a quien reencontró en las audiencias del juicio a Miara, condenado finalmente en 2013.
    Aunque con demora, volvió a relacionarse con la familia de su padre: atesora un álbum fotográfico de tapas azules que prepararon en 2009 para él sus tías paternas. En la primera página de ese documento se lee “Memorias de tu papi, Quique, Juan Enrique Reggiardo” y se ve un árbol genealógico dibujado a mano, que pone nombres a los rostros de las fotos.

    Victoria Analía Donda Pérez
    Hija de María Hilda Pérez y José María Laureano Donda, que continúan desaparecidos.
    Su vida cambió para siempre el 24 de julio de 2003, cuando Juan Antonio Azic, a quien llamaba papá, intentó suicidarse volándose la cabeza con su arma reglamentaria. Quedó en coma tres meses. La razón llegó por la prensa: Azic figuraba entre los represores cuya extradición pedía el juez español Baltasar Garzón para juzgarlos por delitos de lesa humanidad fuera de Argentina, donde aún regían las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
    Analía (ese era su nombre entonces) sintió que su vida se derrumbaba y llamó a Abuelas de Plaza de Mayo para disculparse por su padre. Pocos días después, la contactó un grupo de H.I.J.O.S. para decirle que sospechaban que había sido apropiada por Azic y su mujer, Esther, y que solo un análisis de ADN podía confirmarlo. “Recuerdo la sensación de estar ante un abismo, que todo se caía. Veía todo negro y temblaba mucho. Supongo que de miedo. Fueron días en los que no paré de temblar”, cuenta ahora Victoria Donda con un hilo de voz, mientras prepara el biberón de Trilce, su beba.


    Detalle del mural de los desaparecidos en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro de detención y tortura de la dictadura militar argentina. / MARIANA ELIANO
    “Tardé ocho meses en decidirme a hacer el análisis porque sentía que era dar una prueba para que metieran preso a Juan, un hombre al que yo quería mucho. Al que quiero mucho. A pesar de lo que hizo y de las responsabilidades que le caben por ello, porque es un represor y por eso está preso, yo lo quiero”. Aún lo visita en el penal. ¿Cómo son esos encuentros? “Más tranquilos, ya no hay nada que ocultar. De algunas cosas elegimos no hablar, pero es una linda relación”.
    Ese análisis demostró que era hija de María Hilda Pérez, Cori, y José María Donda, a quien llamaban Pato, integrantes de Montoneros, secuestrados en 1977. Y también, que su tío no es otro que el marino Adolfo Donda Tigel, hoy preso, responsable de inteligencia de la ESMA, por donde pasaron más de 4.200 detenidos desaparecidos. Allí nació Victoria, separada de su madre con 15 días de vida: fueCori quien le puso el nombre y también quien, ayudada por una compañera a parir, perforó sus orejitas con una aguja quirúrgica y pasó hilitos celestes por ellas, según relatos de algunos sobrevivientes. Esas voces señalan a su tío como el delator de sus padres. Él fue también quien arrebató a Eva Daniela, su hermana mayor, nacida en 1974, que estaba al cuidado de su abuela, Leontina, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.
    Adolfo Donda logró quitarle la guarda de la niña y la crio como hija propia, ahondando una tragedia familiar que representa la de todo un país. Eva siente afecto de hija por ese tío-padre-apropiador que estaba al tanto del secuestro de su cuñada y de su hermano y que la educó a ella, pero permitió –en el colmo de la crueldad o de la contradicción– la entrega de su otra sobrina, Victoria, a quien incluso se negó a conocer.
    La relación entre ambas hermanas fue muy difícil durante años. La mayor de las Donda llegó incluso a participar en 2009 en un acto de la asociación de Familiares y Amigos de las Víctimas del Terrorismo en la Argentina, que cuenta los asesinatos de militares a manos de la guerrilla. Recién ahora el vínculo está recomponiéndose, alentado en parte por el deseo de dejarles a sus propios hijos otra realidad afectiva. “Estamos en eso”, dice Victoria. “Nos visitamos, nos vemos. Salimos juntas. Está bueno. Hay cosas que mejor no hablamos. Ella está en un proceso personal también”, define.
    La política fue la mejor terapia de Victoria. “Belicosa”, como le gusta definirse, es un rostro de las ideas de izquierdas que brega por la legalización de la droga (“es el único modo de luchar contra el narcotráfico”) y por los derechos de las mujeres. Asegura que cuando Trilce, su beba, pueda entenderlo, le contará todo, con Disney como aliado (mal que le pese a sus compañeros de partido, Libres del Sur). “Tengo pensado ver con ella Enredados. La película habla de una apropiación porque a Rapunzel la alejan de sus padres y le mienten sobre su origen”.
    Viki tuvo dos madres. O así lo siente. “Esther, la mujer de Juan, fue mi mamá y va a ser la abuela de Trilce, no importa que haya muerto hace cuatro años. Pero mi mamá biológica, Cori, también me hizo falta: la extrañé mucho durante mi embarazo. Nunca la vi, cierto, pero la necesitaba cerca”.
    Y hay cicatrices. Desde 2003 sueña que la secuestran hombres sin cara y falta un sitio donde honrar a sus mayores. “Lo que más duele es la ausencia de la ausencia; no saber dónde están mis padres. Que cuando quiero ir a llevarles una flor tengo que ir a un río”, señala, aludiendo a la muerte de Cori, que fue “trasladada”, eufemismo que usaban los militares para aludir a los prisioneros que eran drogados y tirados al Río de la Plata en los llamados “vuelos de la muerte”.
    Mientras la beba sonríe, contentísima con el despliegue de grabadoras y cámaras, Victoria habla del nombre que junto con Pablo, su marido, eligieron para ella: “La canción de Trilce”, de Daniel Viglietti, una de sus favoritas; el sonido, casi un caramelo, que no quiere decir nada y sin embargo “suena a una mezcla de triste y dulce”. Quizás un verso del poema homónimo de César Vallejo encierre otra clave de la elección cuando repite testarudo: “Ya no tengamos pena”.

    ¿ADN obligatorio?

    ¿Se puede obligar a alguien a lidiar con una verdad que no quiere conocer? La hermana de crianza de Victoria Donda nació en 1980, también apropiada y llamada Carla por el matrimonio Azic. Su caso se resolvió en 2008 cuando, ante su negativa a hacerse los análisis inmunogenéticos, la justicia ordenó obtener muestras de ADN a través de objetos personales de la joven. El 27 de mayo de ese año se confirmó que se trataba de Laura, tercera hija del matrimonio formado por Silvia Beatriz María Dameri y Orlando Antonio Ruiz, aún desaparecidos. Existen precedentes de la Corte Suprema argentina que declaran inconstitucional la extracción forzosa de sangre. Pero dada la existencia de métodos no invasivos (análisis de muestras de pelo o saliva), la justicia ha fallado priorizando el valor social que tiene restituir la identidad de una persona y la posibilidad de investigar el delito de su apropiación.
    Un caso muy controvertido fue el de Marcela y Felipe Noble Herrera, hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble, directora del periódico Clarín, medio al que el kirchnerismo considera opositor. Ante el reclamo de dos familias querellantes (Lanuscou-Miranda y Gualdero-García) que alegaban la presunta condición de hijos de desaparecidos de los jóvenes, se inició un periplo judicial, que incluyó en 2010 el secuestro de la prendas íntimas que los hermanos vestían en ese momento. Para poner fin a lo que vivían como una “inédita persecución política”, los jóvenes solicitaron en 2011 el cotejo de su ADN con todas las muestras existentes en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Todos los análisis dieron negativos.
    El 10 de marzo de 2014, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado dio por terminadas las pericias en la causa. En marzo de este año, Javier Gonzalo Penino Viñas, quien había sido adoptado ilegalmente por el represor Jorge Vildoza y recuperó su identidad en 1999, declaró como testigo de la defensa en el juicio contra su apropiadora, Ana María Grimaldos, esposa de Vildoza, alegando su derecho a mantener ese lazo. La justicia condenó el pasado 14 de abril a la apropiadora a seis años de prisión. El 12 de abril, Abuelas de Plaza de Mayo confirmó el suicidio de Pablo Germán Athanasiu Laschan, quien había recuperado su identidad a los 37 años en agosto de 2013, tras someterse voluntariamente a los análisis. Pablo había sido anotado como hijo propio por un matrimonio con estrecha vinculación con la dictadura. Su apropiador está detenido en el marco de una causa por crímenes de lesa humanidad.

    martes, 28 de abril de 2015

    PRENSA. "García Lorca: fue un crimen político"

       En "El País":

    García Lorca: fue un crimen político

    Los historiadores y la familia del poeta destacan la trascendencia del informe policial porque reconoce la responsabilidad de las autoridades en la muerte


    Federico García Lorca, retratado en la plazoleta de los Olmos en Toledo en febrero de 1933. /MARCELLE AUCLAIR (ARCHIVO GREGORIO MARAÑÓN)

    El crimen de Federico García Lorca pesó sobre la dictadura durante sus cuatro décadas, pero el régimen nunca reconoció oficialmente que hubiese tenido alguna responsabilidad en el fusilamiento del poeta. La trascendencia del informe policial y las cartas ministeriales difundidas por la Cadena SER reside en el hecho de documentar oficialmente la implicación de las autoridades rebeldes en la detención y muerte del poeta, según Ian Gibson, biógrafo y autor de numerosos libros sobre el autor de Bodas de sangre. “No quiere decir que no hubiera otros, pero no han salido a la luz, este es el primer documento oficial. Da idea además del problema que representa la muerte de Lorca para el régimen desde el mismo momento en que se produce. Si el informe policial se llega a publicar pondría en evidencia que lo que habían afirmado hasta entonces es falso”, explica Gibson.
    Laura García Lorca, sobrina del autor de Poeta en Nueva York, fue incluso más contundente: “Desde el punto de vista histórico es importante que exista un documento interno del régimen de Franco reconociendo que fue un crimen político”. La difusión de la documentación interna de la dictadura sobre el crimen de Víznar entierra definitivamente versiones “peregrinas” que circularon sobre el fusilamiento como que obedecía a “rencillas familiares” o “pasiones homosexuales”. “La policía reconoce lo que ya sabíamos: que fue un crimen político motivado porque le consideraban, y por ese orden, socialista, amigo de Fernando de los Ríos, masón y homosexual”.
    El relato mecanografiado el 9 de julio de 1965 en Granada por un policía que no se identifica no deja dudas sobre la responsabilidad política de las fuerzas sublevadas en la detención y asesinato del poeta en 1936: “En el cuartel de Falange, instalado en la calle San Jerónimo, se hallaban el jefe de bandera don Miguel Rosales Camacho cuando en él se presentaron el diputado obrerista por la CEDA, don Ramón Ruiz Alonso, don Juan Trescastro, don Federico Martín Lagos y algún otro que no ha podido precisarse, con una orden de detención dimanante del Gobierno Civil contra FEDERICO GARCÍA LORCA”.
    El mismo documento relata que fuerzas dependientes del Gobierno Civil sacan al poeta del calabozo y lo conducen a Víznar, donde es “pasado por las armas” tras “confesar”. Gibson pone el acento sobre esto: “El informe que piden es contundente. Demuestra que no fue un asesinato callejero, que fue sacado del Gobierno Civil para asesinarlo. Ellos mismos lo dicen”, señala.
    Pero el régimen, que había solicitado en 1965 el informe para atender la petición de la hispanista francesa Marcelle Auclair, que preparaba una biografía sobre Lorca, decide ocultar el resultado de la investigación, tal y como se deduce del intercambio de cartas entre los ministros de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, y Asuntos Exteriores, Fernando Castiella. “Lo que más me gusta es cuando Camilo Alonso Vega le dice a Castiella que ‘peor es menearlo”, agrega Gibson, que sin embargo le resta importancia a otros detalles del informe policial, como las referencias al lugar donde muere o de las personas que le acompañan. Un aspecto cuestionado también por los historiadores que trabajan en la excavación de la fosa de García Lorca.
    “Públicamente, hasta dónde yo conozco, nunca aceptaron que la muerte de Lorca procediera de una orden desde arriba. Siempre aludían a escaramuzas incontroladas, tiñéndolo de brumas. Es una estrategia típica de la propaganda: crear la sombra de la duda, decir que cabía la posibilidad de que fuese una venganza o incluso una cuestión pasional relacionada con su homosexualidad”, señala José Luis Ledesma, profesor de Historia contemporánea de la Universidad Complutense y autor de varios libros sobre la violencia durante la Guerra Civil en la retaguardia, como fue el caso de García Lorca. Ledesma resalta que se trata de un “documento privado, no destinado a ser público, y por tanto no determinado por su posible trascendencia pública o por intereses de propaganda, donde se reconoce abiertamente lo que ya intuíamos y en buena medida sabíamos: que la orden de detención de Lorca vino desde arriba”.
    El único documento oficial que existía hasta ahora era la partida de defunción del poeta, datada en 1940 y extraída clandestinamente de España en un calcetín por el investigador Agustín Penón en los años sesenta, según recuerda Fernando Valverde, profesor de Literatura en la Universidad de Georgia, que ha escrito numerosos artículos sobre la muerte del poeta. “Penón nunca llegó a publicar nada, pero dejó una maleta llena de documentos de la que luego tirarían otros investigadores”, recuerda Valverde.
    La partida ayudó a desmontar la versión que corría por Granada sobre la muerte del intelectual que llevó el teatro a pueblos perdidos con La Barraca. “La partida recogía el eufemismo que se usaba entonces de que había muerto ‘por heridas en actos de guerra’, pero al menos dejó de decirse que había sido un ajuste de cuentas”, señala.