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viernes, 29 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Herta Müller no puede olvidar"

Herta Müller durante su visita al CCCB. / MARCEL·LÍ SAÈNZ ("El país")

   En "El País":

Herta Müller no puede olvidar

La Nobel repasa su vida bajo la dictadura de Ceausescu en una muestra en el CCCB

"Con el miedo no se pierde la fantasía”, afirma

Quizá sea el recuerdo del resplandor de la nieve del lager, donde estuvo cinco años recluida su madre; o quizá se deba a la luz en los interrogatorios a los que la sometió la Securitate de Ceausescu. O por el dolor ya eterno del frío clavándose como agujas en los ojos en el camión que permitía su emigración definitiva a Alemania. Sea por lo imaginado o por lo vivido, la premio Nobel de Literatura de 2009 Herta Müller no quiere que la fotografíen con flases. No confía en la luz. Tampoco en la lengua, como hizo saber ayer en una conferencia en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), ciudad donde hoy cierra su estancia con un coloquio. Tras su paso, quedan dolorosos jirones de vida en una exposición dedicada a su vida y su obra en el CCCB, auspiciada por el Goethe Institute.
Vestida de negro, con una media melena que apunta con sus astas al interlocutor y más de un mohín al final de sus respuestas, la dura tristeza de Müller embiste con el lenguaje, desde el mismo título de la conferencia: El idioma como patria. “Ese epígrafe no es mío: la lengua no es una patria, nunca lo es; las lenguas no causan las catástrofes… Un escritor cubano hablará la misma lengua que sus carceleros pero esa lengua habrá dejado de ser su patria”.
En el transcurso de una perorata que resultó tan inquietante y profunda como su prosa, la Nobel tuvo palabras también para España: “Olvido es una palabra muy complicada. ¿Quién debe hacerlo? ¿La víctima? Esta lo necesita para seguir. ¿El verdugo? ¿Para justificarse? Debe ser un proceso colectivo y es difícil. Si no se aborda bien acaba rebrotando, como ha sucedido en España”.
No es gratuita la preocupación de la escritora por la memoria. Ni por el lenguaje. Van ligados a su vida. Nada en ella es gratuito, ni su nombre: Herta, le dijo su abuela, era el de la mejor amiga de su madre en el campo de trabajos forzados en Rusia, adonde llegó en enero de 1945 para un confinamiento de cinco años como una más de los 85.000 rumanos de la minoría alemana que fueron obligados así a reparar su pecado colectivo. Su madre siempre le echó la culpa a la nieve, que delató su escondrijo bajo tierra al encajar sus pisadas. La metáfora en casa fue “la traición de la nieve”, como recordaba la Nobel en la conferencia, ante la proyección de sus collages de palabras.
Müller afirma que no sabe dónde está la frontera entre olvido y recuerdo ni qué deben hacer los ciudadanos con la memoria histórica. Su obra, su vida, es fiel reflejo de ello. En los relatos de En tierras bajas (su primer libro, de 1982, editado en España, como el resto de su obra, en Siruela; Bromera, en catalán) aparecen los rumanos de habla alemana que como su padre participaron en la SS. También, las deportaciones a Ucrania.
“Escribo en alemán”, dijo, “pero la lengua rumana va también conmigo y cada lengua tiene una mirada distinta sobre el mundo; la rumana es dura y vulgar pero tiene una dimensión metafórica que no poesee la alemana; envidio a los autores de escritura de cristal pero yo sólo puedo tocar la realidad haciendo uso de las metáforas”. Esa capacidad metafórica se muestra en los primeros poemas que publica en la prensa en 1972 esa jovencita, que en una de las fotos de la muestra del CCCB se la contempla como a una chica de piernas largas entre sus padres. En otra imagen, aparece el progenitor, ufano soldado del duro Regimiento número dos de la 10ª División Panzer SS Frundsberg del Reich.
“Mis preferencias por escribir prosa o lírica son intuitivas. Cuando iba hacia los interrogatorios de la Securitate solía recitarme poesías, me daban fuerza… El miedo a la muerte no elimina nuestros sentimientos; con el miedo no se pierde la fantasía, sino que ella y tú misma te vuelves un poco más loca, los ojos se te hacen más grandes… Lo he vivido; la poesía es más pragmática para sobrevivir, te da más tranquilidad; por eso el amor desmesurado por la poesía en las dictaduras”.
En la exposición se repasan sus heroicidades bajo una de las más feroces tiranías, la de Ceausescu. Fueron años de militancia en grupos de acción como Banat. Rápidamente despertó las suspicacias del aparato rumano. En una carta de 1985 incluida en la muestra se alerta sobre una chica que escribe de manera “discriminatoria, moral y religiosamente indecente”. Una “autora de embustes a la que se le llama la atención”. Tras El hombre es un gran faisán en el mundo (1986), el acoso de los interrogatorios, el cerco a sus amistades, escuchas y censura de sus textos la colocan al borde del abismo. Y la obligan en marzo de 1987 a buscar desesperadamemte un permiso de salida que le costó 8.000 marcos al gobierno alemán y otros tantos a su familia en sobornos.
Esto le supuso cruzar la frontera con una caja con sus pertenencia que no podía sobrepasar los 70 kilos. El reto de sus cosas tuvo que malvenderlas en una tasación oficial el resto, como recuerdan en el CCCB las fotos con su entonces marido.
Tres volúmenes con 914 páginas son la memoria oficial en Rumanía de Herta Müller: las cifras del “expediente Cristina”, que le dedicó la Securitate. “Algunos exmiembros bromearon cuando me dieron el Nobel hace tres años al decir que merecían la mitad del premio por haber contribuido a crear las obsesiones de mi mundo literario... No, no volveré a Rumanía, para ellos no soy rumana, sino alguien de una minoría; además, no es una democracia consolidada y existe una corrupción escalofriante; tampoco veo la necesidad de vivir donde se nace”.
Hoy, de los 1.500 habitantes de Nitchidorf, donde nació Müller en 1953, apenas quedan una veintena de alemanes. En su última novela, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, el protagonista, a su regreso del lager ruso, confiesa: “En mis tesoros pone: NO SALGO DE ALLÍ”. Müller tampoco parece poder salir de ese triángulo formado por el papel de su padre, la represión a su madre y la persecución que sufrió ella. Para su propio mal. Para bien de la literatura.

miércoles, 27 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "El rey se inclina y mata", ensayo de Herta Müller, premio Nobel de Literatura

Herta Müller

   En Babelia, suplemento cultural de "El País".
Dictadura y lenguaje

CECILIA DREYMÜLLLER 23/04/2011

     Ensayo. En una época de saldo general y banalización de la literatura, una escritura como la de Herta Müller, que se ocupa de persecución, resistencia y traición, que se compromete con la verdad e indaga incesantemente en el ambiguo poder de las palabras, ya es un acontecimiento en sí. Esto lo confirma nuevamente El rey se inclina y mata, con su dolorosa y vergonzante carga existencial. Probablemente, si la Academia Sueca no hubiese señalado la obra de Herta Müller con el Premio Nobel, no tendríamos oportunidad de conocer sus quebradas, turbadoras metáforas de la existencia dañada, no leeríamos nada de los agujeros negros que abre el miedo en la realidad cotidiana, ni nos tomaríamos la molestia de entrar en su mundo puesto al revés por la dictadura.
   Por qué y de qué manera se perpetúa esta experiencia en la percepción de la víctima, sólo se puede mirar caso por caso, y eso es lo que se propone el presente tomo de ensayos. El rey se inclina y mata se sitúa en la línea de reflexión sobre la relación entre lenguaje y dictadura de Imre Kertész o Czeslaw Milosz. Pero a diferencia de estos dos, Herta Müller centra sus observaciones no tanto en el terror con mayúsculas, sino en el minucioso examen del imperceptible desmoronamiento del yo. El enfoque aquí es, como en toda su obra, inexorablemente autobiográfico, mientras el estilo resulta sorprendentemente narrativo, ya que gran parte del libro se compone de unas lecturas universitarias de poética. "En realidad no alcancé a comprender los daños que sufrían aquellos mis familiares hasta que no me vi yo misma en una situación desesperada. Fue entonces cuando realmente tomé conciencia de que una herida demasiado profunda deja los nervios destrozados para siempre. Que las consecuencias de tener los nervios destrozados se manifiestan después, es más: incluso se extienden a las épocas anteriores".
   La historia del rey que mata es la historia de lo terrible e innombrable en una biografía de persecución. "Cuando se desmoronan los pilares de la mayor parte de la vida, también se caen las palabras. Yo he visto desmoronarse las palabras que tenía". Detrás hay, por una parte, el historial de Herta Müller como objeto de observación de la Securitate, con los interrogatorios, las amenazas de muerte, la desaparición de los amigos. Por otra parte está la infancia en un pueblo cerril del Banat, región habitada por rumanos de habla alemana y húngara. Es un entorno en el que el silencio es una actitud vital que "puede mantenerse durante toda una vida dentro de la cabeza cuando se está convencido de que gastar las ideas hablando es un despropósito", como explica el ensayo Cuando callamos, resultamos desagradables... Cuando hablamos, quedamos en ridículo. La tétrica y al mismo tiempo familiar figura del rey incluso posee valor simbólico para la historia de la madre de Herta Müller y su estancia de cinco años en el campo de trabajo soviético, herencia de la que se nutre la magnífica novela Todo lo que tengo lo llevo conmigo.
   De ahí que, para seguir el recorrido de lugares y acontecimientos vivenciales que engendran el mundo narrativo inclemente y emboscado de Müller, estos ensayos son de gran utilidad. Es más, también ayudan a encontrar claves de acceso a las imágenes perturbadoras de su poesía, que ha ido presentando en poemas collage de aterradora belleza. Al final de cada trecho del rastreo autobiográfico, las citas de sus versos fantásticos, crudos y enigmáticos han adquirido una nueva luz, también gracias a la transparente traducción de Isabel García Adánez. Así, disimuladamente, los ensayos pasan de la historia personal al terreno propio de la deliberación poética, que Müller despoja de cualquier borla académica-teórica, desmontando a su vez el mito de la literatura autobiográfica. "A lo vivido en tanto proceso ni le importa lo más mínimo la escritura, no es compatible con las palabras. (...) Para describirlo es necesario recomponerlo a la medida de las palabras y reinventarlo por completo. (...) Hay que demoler las presunciones de lo vivido para poder escribir sobre ello, apartarse de cualquier camino real para tomar uno inventado, porque tan sólo éste podrá parecerse al primero".
   Sin embargo, estos ensayos no tendrían el efecto que tienen -lo vergonzoso mentado al principio-, si no fuera por otra cosa: en ellos se percibe una punzante necesidad de explicarse y legitimarse. Pues, la víctima que se ha salvado se ve enfrentada de repente, en su vida en libertad, con el cuestionamiento de su trastorno, debe responder a la incredulidad de los saturados ciudadanos occidentales. Su aprendizaje de la libertad va a la par con una renovada pérdida de confianza: en la capacidad de entendimiento y en la empatía ajena. Señalar este efecto secundario, que yo sepa, es único en la literatura de esta temática. Y nos implica a nosotros, los lectores: nos asigna una parte de responsabilidad con unos destinos que no están tan apartados de los nuestros.

El rey se inclina y mata
Herta Müller
Traducción de Isabel García Adánez
Siruela. Madrid, 2010
190 páginas. 17,95 euros

viernes, 18 de junio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Herta Müller, premio Nobel de Literatura

"Nadie hablaba voluntariamente de aquello, me crié con el silencio angustioso en que estaba envuelto", señala Herta Müller sobre la deportación a los campos de trabajo soviéticos, tema de su nueva novela.- DAVID GANNON/AFP/Getty Images ("El País")


En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La vida extrema

CECILIA DREYMÜLLER 12/06/2010

"Las frases verdaderas están siempre relacionadas con una herida profunda", dice en una entrevista Herta Müller. La Nobel recrea las vivencias de los rumanos de origen alemán deportados a Ucrania en 1945, entre ellos, su madre y el poeta Oskar Pastior.

Por la puerta de la señorial torre modernista de la 'Literaturhaus' en el centro de Berlín entra una mujer de apariencia frágil, envuelta en amplios ropajes negros. Las facciones duras, nobles, sin edad, le confieren una belleza singular, como de condesa transilvana. Su figura menuda y sumamente discreta pasa inadvertida entre la clientela igualmente discreta del café; solo alguna ceja se alza en respetuosa señal de reconocimiento. Herta Müller (Nitzkydorf, 1953, Rumania, premio 'Nobel de Literatura' 2009) se acerca con el andar de una persona tímida. Habla con voz baja, si bien firme, y con este ligero acento de los rumanos de habla alemana que conservaron durante siete siglos su idioma y sus costumbres del sur de Alemania en esa Rumania multiétnica donde convivieron rumanos, húngaros, judíos, gitanos y búlgaros. Se confiesa agotada por los compromisos que le acarrea el Nobel, aunque sus ojos claros y vivos, la mirada directa, dan fe de una inusual fuerza vital. Sin esta energía tal vez no hubiese logrado abandonar su Rumania natal, todavía en plena dictadura del conducator Nicolae Ceausescu. No hubiese soportado las represalias por negarse a colaborar con la Seguritate, la vigilancia, los interrogatorios, la censura. Ahora lleva un cuarto de siglo viviendo en Alemania, país donde publicó en 1984 su primer libro no censurado, En tierras bajas. Ahora publica en España su última novela, Todo lo que tengo lo llevo conmigo (Siruela).
PREGUNTA. Dos meses antes del fallo del Premio Nobel publicó usted esta novela sobre la deportación de los alemanes de Rumania a campos de trabajo rusos en 1945. ¿Por qué eligió este tema que ha sido silenciado tanto tiempo en Rumania?
RESPUESTA. El tema me ha rondado por la cabeza durante muchos años, pues mi madre fue uno de los deportados, y me he criado con el silencio angustioso en que estaba envuelto, las alusiones veladas, la intuición del sufrimiento que había detrás. En Rumania esto era un tema tabú -y sigue sin ser investigado a fondo- porque evocaba el recuerdo del pasado fascista. A la gente no le gustaba que le recordasen que el Gobierno de Antonescu fue fiel aliado de Hitler. Solo porque el Ejército ruso invadió el país en agosto de 1944 y lo derrocó se produjo en Rumania el súbito cambio de régimen. Todos los soldados rumanos habían participado en las campañas hitlerianas de destrucción de la Unión Soviética, pero, en enero de 1945 -todavía meses antes de que terminara la guerra-, solo los miembros de la minoría alemana fueron enviados a Ucrania para trabajos forzados de reconstrucción. Fueron deportados en nombre de la culpa colectiva, en concepto de trabajos de reparación. Cerca de 100.000 rumanos de origen alemán fueron transportados en vagones de ganado hacia el Este. No sabían adónde los llevaban y, una vez allí, ignoraban cuánto tiempo debían permanecer en los campos de trabajo. Al final fueron cinco años, que pasaron en condiciones inimaginables. Realizaron trabajos extremadamente duros en minas de carbón, en la construcción y en los koljós, las granjas colectivas. No había comida, muchos murieron de hambre. No tenían con qué resistir el frío, la gente trabajaba a la intemperie y moría congelada. Sufrieron todo tipo de infecciones y enfermedades a causa de las terribles condiciones sanitarias y la mayoría de los que sobrevivieron volvieron mutilados o con enfermedades crónicas.
P. ¿Su madre habló con usted de su experiencia?
R. Nadie hablaba voluntariamente de aquello. De mi madre oía desde niña frases como: "El viento es más frío que la nieve", o "una patata caliente es como una cama caliente", o "la sed es peor que el hambre", que metí directamente en la novela. Pero en un momento dado, en el año 2001, me di cuenta de que quedaba cada vez menos gente que me pudiera hablar de lo que le pasó allí. Que cada vez era más difícil acceder a testimonios directos, pues mi madre, que había mantenido contacto con algunos de los deportados en nuestro pueblo después de marcharse a Alemania, me informaba sobre la desaparición de cada vez más conocidos y familiares. Yo siempre me había interesado por este tema, he escrito bastante sobre ello, tanto ensayo como ficción. En todos mis libros anteriores sale, si bien solo de forma secundaria. En Alemania se ha llevado a cabo una larga concienciación histórica, en relación con el fascismo y la guerra, pero en los antiguos países del Este, como Rumania, Hungría o Bulgaria, queda todavía mucho por hacer. Por eso empecé a hacer entrevistas a los supervivientes, viajé a Rumania, a mi pueblo, y hablé con gente que conocía. Sin embargo, no saqué mucho en limpio. Fue Oskar Pastior, el poeta rumano-alemán afincado en Alemania, el primero en hablarme abiertamente. Después, miré en el cementerio de Timisoara la placa dedicada a la memoria de los muertos en los campos de trabajo, que han colocado finalmente, y me apunté nombres que puse a los personajes de la novela, revestidos de las historias que él me había contado.
P. O sea, ¿que Oskar Pastior (1927- 2006), que es el álter ego del protagonista, Leo Auberg, no figuraba como punto de partida de su novela?
R. No, había empezado a trabajar en ella antes. Y aunque sabía que él había sido deportado, no me había atrevido a preguntarle. Le tenía una admiración y un respeto enormes, era un gran poeta, un personaje demasiado venerado. No concebía que él se iba a abrir ante mí. Yo era una amiga, pero de otra generación, ¿cómo iba a compartir conmigo sus recuerdos dolorosos? Pero lo curioso fue que cuando le expliqué mi proyecto le gustó. Parecía que tenía no solo ganas, sino necesidad de hablar de esta parte de su vida que había silenciado tantos años. Y así empezó a contarme cosas que yo apuntaba en cuadernos. Llegué a llenar cuatro cuadernos hasta su muerte repentina. Fue algo completamente inesperado. Era mayor, tenía 78 años, pero estaba bien. Y muy ilusionado con el libro porque habíamos acordado escribir la novela a cuatro manos. Existían ya unas treinta páginas.
P. ¿Y qué hizo usted entonces?
R. Primero no hice nada. Estaba paralizada por el dolor de la pérdida, no podía escribir. Había sido un gran amigo, una persona extraordinaria, y durante casi un año estuve de duelo. Después retomé los cuadernos y decidí seguir adelante con la novela por mi cuenta, también en homenaje al amigo.
P. Llama la atención el conocimiento de los lugares y la recreación de las sensaciones físicas: sobre todo, el hambre, pero también el calor, el frío, el agotamiento... La ambientación de la mina, del campo de trabajo, el paisaje y las condiciones climáticas poseen un verismo increíble. ¿Cómo se hizo con esa información?
R. Para empezar, leí muchísima documentación histórica. Existe toda una literatura sobre los distintos tipos de campos de internamiento rusos, sobre los gulags, los campos de trabajo, etcétera, aparte de los clásicos de Solzhenitsin o Shalámov. De gran ayuda fue también un viaje que hice con Pastior a Ucrania, a la cuenca del Donéts, para visitar los sitios de su cautiverio. No quedaba nada de los barracones del campo, pero sí estaban las minas. Y, sobre todo, ver la amplitud del horizonte, el gran espacio vacío de la estepa, fue fundamental para imaginarme un escenario. Además, disponía, naturalmente, de los apuntes de las largas conversaciones con Pastior, que era de un detallismo tremendo. Se acordaba de todo, y, por cierto, disponía de una mente y de un lenguaje para transmitirlo. Solo un intelectual es capaz de analizar y poner en palabras vivencias tan extremas. A otra persona, que no dispone del instrumento mental y verbal adecuado, simplemente le supera. Oskar Pastior era poeta y había creado un lenguaje para su experiencia. El "ángel del hambre", esa especie de monstruo de la inanición que en la novela acompaña a los deportados a todas partes, es de él. También la "pala del corazón", que directamente es una pala con una hoja en forma de corazón. Me dio tantas metáforas que, sin embargo, corresponden a realidades que derivan exactamente de lo vivido. Hay que añadir que Oskar Pastior mantenía una relación de amor-odio con sus recuerdos. Le perseguían día y noche. Él decía que preferiría no tener que acordarse. De ahí que era capaz de describir meticulosamente los objetos, la gente, los distintos trabajos. En el campo, para sobrevivir mentalmente, había llegado a identificarse con los trabajos que le tocaban, y lo mismo con los materiales. Te hablaba de los distintos tipos de carbón, de arena o de cemento como de un amante. La frase sarcástica del protagonista sobre su jornada en la mina, "Cada turno una obra de arte", es literalmente de él.
P. Entiendo. Como forma de salir de la pasividad del sufrimiento se apropió de esta realidad insoportable. Leo Auberg, en la novela, lo consigue con su imaginación y su lenguaje dadaísta. En su ensayo
De cómo se inventa la percepción, habla usted, ya en 1991, de este fenómeno: el ser humano inventa una percepción propia porque "lo que vemos sobrepasa nuestros límites".
R. Sí, creo que la literatura hace esto, acoge ese tipo de invenciones.
P. ¿De qué manera influye su experiencia personal del totalitarismo en su invención de la percepción? ¿Agudizó su mirada?
R. Yo creo que aquí hay dos temas: por un lado, los factores que llevan a una a la escritura y, por otro, lo que sería una conciencia política. Yo habría desarrollado una conciencia política crítica y resistente de todos modos en Rumania. Ya la tenía antes de empezar a escribir, a los 14 años.
P. En su primer libro, En tierras bajas, nace la "rana alemana", que representa para la niña narradora el espíritu de control y denuncia dentro de la minoría alemana.
R. Sí, la rana alemana fue el primer dictador que conocí. Ya asomaba en la guardería y el colegio. Lo observaba todo ya en mi infancia, de un modo que entonces todavía permanecía abstracto, pero que luego se iba a concretar: el Estado totalitario, la omnipresencia del servicio secreto. Te enseñaba a inventarte no solo una percepción sino una apariencia con la que los podías engañar.
P. En otro ensayo dice que probablemente cada autor tenga solo una única frase propia. ¿Cuál sería la suya?
R. Esta frase, naturalmente, no existe, no puede existir en la práctica. Pero es una frase que una está escribiendo sin cesar, que hace que sigas escribiendo. Es una frase veraz. Una frase que demuestra su verdad por sí misma. Es este tipo de frases que una quiere escribir y que también busco como lectora. En ellas sucede algo contigo. Si después de 30 páginas en un libro no he encontrado una frase así, dejo de leerlo. A mi modo de ver, las frases verdaderas están siempre relacionadas con la experiencia de una perturbación, con una ofensa de la persona, con una herida profunda. Muchas veces estas ofensas tienen que ver con la guerra, con los lager, con los regímenes totalitarios. Piense en la literatura de Imre Kertész, en la de Jorge Semprún -siempre escribe únicamente sobre su experiencia en el campo de Buchenwald-; piense en Lobo Antunes, en Thomas Bernhard o en Aleksandar Tisma, el novelista serbio. Tisma dejó una obra tan fundamental para entender los totalitarismos y no recibió ningún Premio Nobel. Duele de verdad que un autor como Tisma se haya descubierto y galardonado tan tarde, solo por vivir en un país que le engañó por el reconocimiento merecido. De todos modos, escribir no es algo que se hace por diversión. Es más bien lo contrario y, sin embargo, la escritura no te suelta. Cuando finalmente llego a empezar a escribir, me dedico a ello tan obsesivamente que no consigo pensar en otra cosa, día y noche. Me absorbe todas mis fuerzas y cuando termino dejo de escribir por largo tiempo. Yo no soy capaz de escribir siempre.
P. ¿Es entonces, en estas pausas entre libro y libro, cuando trabaja en sus poemas-collage?
R. Sí, representan una especie de pasatiempo relajante.
P. ¿Cree que el Nobel beneficia a su obra, al darle una difusión nueva o le perjudica, al reducir la maquinaria mediática sus contenidos complejos a tópicos simplificados y planos?
R. No, mire, yo puedo abstraerme por completo del Premio Nobel. No me siento con él a esta mesa. Naturalmente, significa un bonito reconocimiento, como los otros premios que he recibido. Y, por supuesto, estoy muy agradecida, puesto que para el resto de mi vida ya no necesito preocuparme de cómo llegar a final del mes. Porque esto en mi vida ha sido así a menudo. El premio ni es malo ni es bueno. Y yo, de hecho, gustosamente me olvidaría de él (risa burlona) si la gente no se empeñara en recordármelo constantemente.

El hombre es un gran faisán en el mundo / En Tierras bajas. Traducción de Juan José Solar. Siruela y Punto de Lectura. 140 y 191 páginas. Los pálidos señores con las tazas de moca. Traducción de José Luis Reina. Madrid, 2010. E.D.A. Libros. Benalmádena, 2010. 19,20 euros. 232 páginas.

Primeras páginas de Todo lo que tengo lo llevo conmigo.

Crítica de la novela, por Ignacio Vidal-Folch.

martes, 18 de mayo de 2010

PRENSA. AVANCE EDITORIAL. "Todo lo que tengo lo llevo conmigo", de Herta Müller

Portada del libro 'Todo lo que tengo lo llevo conmigo' de Herta Müller ("El País")


En "elpais.com":

Herta Müller y el horror del gulag


'Babelia' avanza un pasaje de la nueva novela de la premio Nobel: 'Todo lo que tengo lo llevo conmigo' (Siruela)

CECILIA DREYMÜLLER - Madrid - 17/05/2010
Finalmente está al alcance del lector español: la gran novela que acababa de publicar la poeta y narradora alemana de origen rumano Herta Müller, antes de que le concedieran el Premio Nobel en 2009: Todo lo que tengo lo llevo conmigo (Siruela). El libro llegará a las librerías mañana, pero hoy Babelia avanza un pasaje en esta edición digital de ELPAIS.com
Todo lo que tengo lo llevo conmigo es el libro más importante de esta especialista en las deformaciones del alma humana y constituye, sin duda, un acontecimiento europeo. Se trata del escalofriante y sin embargo poético relato de un chico de 17 años, miembro de la minoría alemana de Rumanía, que es deportado en 1945 a un campo de trabajo ruso en Ucrania, continúa la indagación en la historia de represión y persecución de la minoría alemana bajo el régimen totalitario comunista, que Müller inició con En tierras bajas, La piel del zorro y La bestia del corazón (todos en Siruela).
Tras varios libros de ensayo y poesía (en Granada acaban de presentarse en el Festival Internacional de Poesía sus impactantes poemas collage), Herta Müller vuelve a la narrativa con un texto de altísmo voltaje literario, compuesto de 64 capítulos con escenas del infierno: de la vida en el gulag. Basadas en entrevistas con deportados y, sobre todo, en conversaciones con el fallecido poeta rumano-alemán Oscar Pastior, esta recreación de la lucha diaria por la supervivencia en la mina de carbón o como peón de obras, se reviste de una desconcertante y arrebatadora mezcla de laconismo y belleza metafórica.
Herta Müller leerá el 28 de junio pasajes de su nueva novela en el Goethe-Institut de Madrid y el día 29 en la Biblioteca Nacional.

Aquí podemos leer un capítulo de la novela.

domingo, 14 de febrero de 2010

PRENSA CULTURAL. "Los pañuelos de Herta Müller": artículo de Fernando Aramburu sobre la Nobel de Literatura 2009

Herta Müller y su Nobel de Literatura
En el suplemento cultural Babelia, de "El País", ayer, este artículo del escritor Fernando Aramburu sobre Herta Müller, Nobel de Literatura 2009:

Los pañuelos de Herta Müller
Hay un poco de circo inevitable en torno a la concesión del Premio Nobel de Literatura. El rito anual repercute en la prensa de los países más o menos cultos de manera parecida: los vaticinios, el anuncio, con sorpresa o sin ella, del ganador, y las carreras de los fotógrafos y equipos de televisión en busca de las primeras imágenes del afortunado. Es un juego con la cara de una noticia. Así y todo, para los aficionados a la lectura un acontecimiento de dicha naturaleza tiene a veces la utilidad de darles a conocer autores valiosos. Y en este sentido la elección última de la Academia Sueca ha sido considerada justamente por muchos un acierto. La ganadora, Herta Müller, mujer renuente a la frivolidad y a los focos, se apresuraría a contradecirnos con razón, por cuanto no fue ella la premiada sino sus obras. Puesto que escribe de costumbre en idioma alemán, se declara escritora alemana. Uno percibe, sin embargo, que en Alemania este último Premio Nobel ha sido como una sortija que no termina de ajustarse al dedo, mientras que en Rumanía la sortija, ni empujándola con fuerza, va más allá de la uña. Las rápidas manifestaciones de orgullo de la prensa rumana no ocultaron la incomodidad que sienten algunos para entusiasmarse con el contenido abiertamente acusatorio de los libros de la galardonada, ni las dificultades que aprietan a otros para encajar en la cultura nacional una obra literaria cuyo conocimiento pasa por el trámite forzoso de leerla traducida. En el discurso que pronunció con ocasión de la entrega del premio, Herta Müller habló seriamente de pañuelos, prendas de su niñez y juventud provistas de un componente simbólico que le sirvió para ejemplificar la capacidad que posee la literatura tanto para retener en forma testimonial, para explicar y dar sentido al pasado propio o colectivo, como para brindar protección, aunque precaria, a los individuos y poner a buen recaudo jirones de dignidad humana. Mencionó el pañuelo por el que todas las mañanas le preguntaba su madre al salir de casa, pañuelo que terminaría convirtiéndose para la futura escritora en la madre misma. Y mencionó aquel otro de sus veintitantos años, cuando, por negarse a colaborar con la policía política de Rumania, fue despojada de su despacho en la fábrica donde trabajaba de traductora y donde, antes de ser despedida, se construyó una oficina imaginaria extendiendo a diario su pañuelo sobre un peldaño de las escaleras. No se mordió la lengua Herta Müller al enumerar en su discurso, partiendo de su experiencia personal, el sufrimiento, las humillaciones y la degradación moral que sufren los ciudadanos en los países regidos con mano opresora. Por más que en 1987 la República Federal de Alemania compró su libertad, nunca logró Herta Müller abandonar ni perder de vista su pasado, materia con que ha sido modelada la mayor parte de su obra. Sin renunciar a la belleza, la literatura testimonial de Herta Müller comporta un serio aviso para las actuales generaciones que se formaron en el hueco ideológico ocasionado por las tragedias colectivas del siglo XX, pero también para las generaciones futuras acaso tentadas de llenar dicho hueco con nuevas y sangrientas utopías. Terminó la escritora su intervención formulando con voluntad solidaria, más allá del público elegante que la escuchaba, una sencilla pregunta que a un tiempo entrañaba un acto de comprensión y de protesta por la soledad que padecen los seres humanos en los regímenes totalitarios. Levantada la mirada al frente, preguntó a los oprimidos de hoy, aunque estuvieran lejos, aunque en ese instante no la pudieran oír: ¿tenéis un pañuelo?

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) acaba de publicar la novela Viaje con Clara por Alemania. Tusquets. Barcelona, 2010. 472 páginas. 20 euros.

lunes, 7 de diciembre de 2009

LECTURA. LITERATURA. Discurso de la premio Nobel de Literatura, Herta Müller


Herta Müller. AFP

En "El País":

"Cuantas más palabras nos permiten usar, más libres nos volvemos"


Herta Müller recorre las heridas del siglo XX en su discurso por el premio Nobel.

La escritora rumano-alemana Herta Müller ha recorrido en Estocolmo, con un descorazonador juego literario, las cicatrices de su existencia, que no son otras que las de la Historia del siglo XX, durante un discurso previo a la entrega del Nobel de Literatura , titulado Cada palabra sabe algo del círculo vicioso .
"Los objetos no saben su propio material, los gestos no saben sus sentimientos y las palabras no saben las bocas que las hablan. Pero para estar seguros de nuestra existencia, necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Cuantas más palabras nos permiten usar, más libres nos volvemos", ha resumido Müller en la sede de la Academia Sueca.
La escritora, nacida en Nytzkydorf (Rumanía), en 1953, en una minoría alemana de este país, ha expresado así el doble filo de su instrumento de trabajo, la palabra, argamasa de una obra con piezas como El hombre es un gran faisán en el mundo o La bestia del corazón, pero que le fue negada bajo la dictadura de Nicolai Ceaucescu.
Así, una sola palabra, pañuelo, le ha servido en su discurso para hilar una vida marcada por la intersección del nazismo y el comunismo: la de la comunidad que cargó con las culpas del primero y fue azotado por el segundo. Desde 1987, Müller vive en Berlín y su premio coincide con los 20 años de la caída del Muro.

A continuación, el discurso:

Discurso Nobel

7 diciembre de 2009


Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso
¿TIENES UN PAÑUELO?, me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y, como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.
Y veinte años más tarde estaba hacía tiempo sola en la ciudad, como traductora en una fábrica de maquinarias. A las cinco de la mañana me levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada día igual al otro.
Al tercer año se acabó la igualdad de los días. En el transcurso de una semana entró tres veces en mi oficina, a primera hora de la mañana, un hombre gigantesco, de huesos sólidos, con ojos azules centelleantes, un coloso del Servicio Secreto.
La primera vez me insultó de pie y se marchó.
La segunda vez se quitó el impermeable, lo colgó en una percha del armario y se sentó. Aquella mañana yo había traído de casa unos tulipanes y los estaba acomodando en el florero. El tipo me observaba y alabó mi inusual conocimiento del ser humano. Su voz era resbaladiza. Sentí un gran desasosiego. Impugné su elogio y le aseguré que sabía algo de tulipanes, pero nada del ser humano. Entonces me dijo en tono malicioso que él me conocía mejor que yo a los tulipanes. Luego se colgó del brazo el impermeable y se marchó.
La tercera vez se sentó y yo permanecí de pie, porque había dejado su cartera sobre mi silla. No me atreví a ponerla en el suelo. Me insultó tratándome de necia redomada, holgazana, putilla, tan corrompida como una perra vagabunda. Empujó los tulipanes hasta casi el borde de la mesa, en cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Rugió: escribe. De pie, empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que..., y entonces llegó la horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí. Puse el lápiz a un lado y me dirigí a la ventana, por la que miré hacia la polvorienta calle. No estaba asfaltada, baches y casas gibosas. Y esa calleja ruinosa se llamaba, encima, Strada Gloriei: calle de la gloria. En la calle de la gloria había un gato trepado en la morera desnuda. Era el gato de la fábrica y tenía una oreja desgarrada. Encima de él brillaba el sol matinal como un tambor amarillo. Dije: N-am caracterul. No tengo este carácter. Se lo dije a la calle, fuera. La palabra CARÁCTER puso histérico al hombre del Servicio Secreto. Rompió la hoja y tiró los trozos al suelo. Pero probablemente se le ocurrió que tendría que presentarle a su jefe la prueba de que había intentado incorporarme a su red de espionaje, porque se agachó, recogió todos los trozos en una mano y los metió en su cartera. Luego lanzó un profundo suspiro y, en medio de su derrota, arrojó hacia la pared el florero con los tulipanes, que se estrelló y crujió como si hubiera dientes en el aire. Con la cartera bajo el brazo dijo en voz queda: esto lo pagarás muy caro. Te ahogaremos en el río. Como hablando conmigo misma dije: Si firmo eso ya no podré vivir conmigo y tendría que hacerlo yo. Mejor háganlo ustedes. Y al instante la puerta de la oficina ya estaba abierta y él se había marchado. Y fuera, en la Strada Gloriei, el gato de la fábrica había saltado del árbol al tejado de la casa. Una de las ramas se mecía como un trampolín.
Al día siguiente comenzó el tira y afloja. Yo debía desaparecer de la fábrica. Cada mañana a las seis y media tendría que presentarme ante el director, con el que cada mañana estaban el jefe del sindicato y el secretario el Partido. Y así como en otros tiempos me preguntaba mi madre: ¿tienes un pañuelo?, ahora me preguntaba cada mañana el director: ¿Has encontrado otro trabajo? Y yo le respondía cada vez lo mismo: No estoy buscando ninguno. Estoy a gusto aquí en la fábrica, quisiera quedarme hasta la jubilación.
Una mañana llegué al trabajo y mis voluminosos diccionarios estaban en el suelo del pasillo, junto a la puerta de mi oficina. La abrí, y había un ingeniero sentado a mi escritorio. Me dijo: aquí se llama a la puerta antes de entrar. Ahora estoy aquí yo, y tú ya no tienes nada que hacer en este despacho. A casa no podía irme, porque habrían tenido un pretexto para despedirme por faltar sin permiso. Ahora no tenía oficina, y con mayor razón tenía que ir cada día normalmente al trabajo, por ningún motivo debía ausentarme.
Una amiga, a la que cada día se lo contaba todo en el camino de vuelta a casa por la Strada Gloriei, me dejó compartir al principio una esquina de su escritorio. Pero una mañana se plantó ante la puerta de la oficina y me dijo: No me autorizan a dejarte entrar. Todos dicen que eres una soplona. Las trabas y vejaciones se enviaban hacia abajo, los rumores empezaron a propagarse entre los colegas. Eso era lo peor. Contra los ataques uno puede defenderse, contra la calumnia es impotente. Yo contaba cada día con todo, incluso con la muerte. Pero con esa perfidia no sabía qué hacer. Ningún cálculo la volvía soportable. La calumnia nos atiborra de mugre, y nos asfixiamos porque no podemos defendernos. En opinión de mis colegas yo era exactamente aquello a lo que me había negado. Si los hubiera espiado y delatado, habrían confiado en mí sin sospechar nada. En el fondo, me castigaban porque yo los protegía.
Como ahora con mayor razón no podía ausentarme, pero no tenía despacho y a mi amiga no le permitían dejarme entrar en el suyo, me instalé, indecisa, en la caja de la escalera, una escalera que recorrí varias veces de arriba abajo – de pronto volví a ser la hija de mi madre, porque TENÍA UN PAÑUELO. Lo extendí en un escalón entre el primer y el segundo piso, lo alisé para que estuviera como es debido y me senté encima. Me puse en las rodillas mis gruesos diccionarios y empecé a traducir descripciones de máquinas hidráulicas. Yo era un chiste malo sobre la escalera, y mi despacho, un pañuelo. En las pausas del mediodía, mi amiga se sentaba en la escalera junto a mí. Comíamos juntas como antes en su oficina y, más antes aún, en la mía. Por el altavoz del patio, como siempre, los coros de los obreros entonaban cantos sobre la felicidad del pueblo. Mi amiga comía y lloraba por mí. Yo no. Debía mantenerme firme y dura. Largo tiempo. Unas cuantas semanas eternas, hasta que me despidieron.
En la época en que yo era un chiste malo sobre la escalera, consulté el diccionario para averiguar la importancia de la palabra ESCALERA. El primer escalón de la escalera se llama PELDAÑO DE ARRANQUE, el último escalón, PELDAÑO DEL DESCANSILLO. Los escalones horizontales que uno pisa encajan lateralmente en las MEJILLAS DE LA ESCALERA, y los espacios libres entre los distintos peldaños se llaman incluso OJOS DE LA ESCALERA. Por las piezas de las máquinas hidráulicas, embadurnadas de aceite, ya conocía las bellas palabras COLA DE GOLONDRINA y CUELLO DE CISNE, para ajustar un tornillo se utilizaba una MADRE DE TORNILLO, e igualmente me dejaron asombrada los poéticos nombres de las partes de una escalera, la belleza del lenguaje técnico: MEJILLAS DE LA ESCALERA, OJOS DE LA ESCALERA – es decir, la escalera tenía un rostro, ya fuese de madera, piedra, cemento o hierro – y los hombres reproducen su propia cara en las cosas más voluminosas del mundo, dan al material muerto los nombres de su propia carne, lo personifican en partes del cuerpo. Y el arduo trabajo sólo les resulta soportable a los especialistas gracias a esa ternura oculta. Cada trabajo, en cada profesión, se rige por el mismo principio de la pregunta de mi madre sobre el pañuelo.
Cuando yo era niña, en casa había un cajón destinado a los pañuelos. En él se alineaban tres pilas en dos hileras, una detrás de la otra:
A la izquierda, los pañuelos de hombre, para el padre y el abuelo.
A la derecha, los pañuelos de mujer, para la madre y la abuela.
En el centro, los pañuelos de niño, para mí.
Aquel cajón era nuestro retrato de familia en formato de pañuelo. Los pañuelos de hombre eran los más grandes, tenían un borde oscuro de color marrón, gris o burdeos. Los pañuelos de mujer eran más pequeños, con borde azul celeste, rojo o verde. Los pañuelos de niño eran los más pequeños, sin borde, pero en el cuadrado blanco había flores o animales pintados. Entre los tres tipos de pañuelos había los que se usaban los días laborables, en la hilera anterior, y los que se usaban los domingos, en la hilera posterior. Los domingos, el pañuelo debía hacer juego con el color de la ropa, aunque no se viera.
Ningún otro objeto en la casa, ni siquiera nosotros mismos, nos resultaba tan importante como el pañuelo. Podía utilizarse para una infinidad de cosas: resfriados, cuando la nariz sangraba o había alguna herida en la mano, el codo o la rodilla, cuando uno lloraba o lo mordía para reprimir el llanto. Un pañuelo frío y húmedo en la frente aliviaba el dolor de cabeza. Con cuatro nudos en las esquinas servía para protegerse del sol o de la lluvia. Cuando uno quería acordarse de algo, hacía un nudo en el pañuelo como artificio mnemotécnico. Para cargar bolsas pesadas se envolvía en él la mano. Si ondeaba era una señal de despedida cuando el tren salía de la estación. Y como tren se dice en rumano TREN, y en el dialecto del Banato lágrima (Träne) se dice trän, en mi cabeza el chirrido de los trenes sobre los rieles equivalía siempre al llanto. En la aldea, cuando alguien moría se le ataba en seguida un pañuelo en torno a la barbilla para que la boca permaneciera cerrada cuando pasaba la rigidez cadavérica. Cuando en la ciudad alguien se desplomaba al borde del camino, siempre había un transeúnte que con su pañuelo cubría la cara del muerto, y así el pañuelo pasaba a ser su primer reposo mortuorio.
A última hora de la tarde, los días calurosos del verano, los padres enviaban a sus hijos al cementerio para que regasen las flores. Nos juntábamos dos o tres e íbamos de una tumba a la otra, regando rápidamente. Luego nos sentábamos, muy pegados unos a otros, en las escaleras de la capilla y observábamos cómo de algunas tumbas subían nubecillas de vapor blanco. Volaban un ratito en el aire negro y desaparecían. Para nosotros eran las almas de los muertos: figuras zoomórficas, gafas, frasquitos y tazas, guantes y medias. Y de vez en cuando un pañuelo blanco con el borde negro de la noche.
Más tarde, conversando con Oskar Pastior para escribir sobre su deportación a un campo de trabajos forzados soviético, me contó que una anciana madre rusa le regaló una vez un pañuelo blanco de batista. Tal vez tengáis suerte tú y mi hijo, y podáis regresar pronto a casa, dijo la rusa. Su hijo tenía la misma edad que Oskar Pastior y estaba tan lejos de casa como él, en la dirección opuesta, dijo, en un batallón de castigo. Oskar Pastior había llamado a su puerta como un mendigo medio muerto de hambre, quería cambiarle un trozo de carbón por un poquito de comida. Ella lo hizo entrar en la casa y le dio un plato de sopa. Y, cuando la nariz de Oskar empezó a gotear en el plato, le dio el pañuelo blanco de batista, que nadie había usado todavía. Con un borde calado de bastoncillos y rosetas impecablemente bordados con hilos de seda, el pañuelo era una belleza que abrazó e hirió al mendigo. Un híbrido; por un lado un consuelo de batista; por el otro, una cinta métrica con bastoncillos de seda, las rayitas blancas en la escala de su desamparo. El mismo Oskar Pastior era un híbrido para esa mujer: un mendigo extraño en la casa y un hijo perdido en el mundo. En esas dos personas lo había hecho feliz y le había exigido demasiado el gesto de una mujer que para él también era dos personas: una rusa extraña y una madre preocupada con la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO?
Desde que me enteré de esta historia también yo tengo una pregunta: ¿Es ¿TIENES UN PAÑUELO?, válida en todas partes y se halla extendida sobre medio mundo en el brillo de la nieve entre la congelación y el deshielo? ¿Cruza todas las fronteras pasando entre montañas y estepas hasta adentrarse en un gigantesco imperio sembrado de campos de trabajos forzados? ¿No hay manera de dar muerte a la pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO?, ni siquiera con la hoz y el martillo, ni siquiera en el estalinismo de la reeducación a través de tantos campos de trabajos forzados?
Aunque hace décadas que hablo rumano, en la conversación con Oskar Pastior me percaté por primera vez de que en rumano pañuelo se dice BATISTA, de nuevo la sensual lengua rumana, que simplemente lanza con apremio sus palabras hasta el corazón de las cosas. El material no da ningún rodeo, se designa como pañuelo listo, como BATISTA. Como si cada pañuelo fuera de batista en todo tiempo y lugar.
Oskar Pastior guardó en la maleta el pañuelo como reliquia de una doble madre con un doble hijo. Luego se lo llevó a casa tras cinco largos años en el campo de trabajos forzados. ¿Por qué? – su pañuelo blanco de batista era esperanza y miedo, y cuando uno renuncia a la esperanza y al miedo, muere.
Después de la conversación sobre el pañuelo blanco me pasé media noche pegándole a Oskar Pastior un collage sobre un papel blanco:


Aquí bailan puntos dice Bea
entras en un vaso de leche de tallo largo
ropa interior blanca tina de zinc gris verde
contra reembolso se corresponden
casi todos los materiales
mira aquí
yo soy el viaje en tren y
la cereza en la jabonera
nunca hables con hombres extraños ni
acerca de la Central


Cuando a la semana siguiente fui a su casa a regalarle el collage, me dijo: encima debes pegar: “PARA OSKAR”. Yo le dije: Lo que te doy, te pertenece, y tú lo sabes. Él dijo: debes pegarlo encima, tal vez el papel no lo sepa. Me lo llevé de nuevo a casa y encima pegué: para Oskar. Y se lo volví a regalar la semana siguiente, como si hubiera regresado la primera vez de la puerta sin pañuelo y ahora estuviera por segunda vez en la puerta con pañuelo.
Con un pañuelo termina también otra historia:
El hijo de mis abuelos se llamaba Matz. En los años treinta lo enviaron a Timişoara a estudiar finanzas para que se hiciera cargo del negocio de cereales y de la tienda de ultramarinos de la familia. En la Escuela enseñaban maestros del Reich alemán, auténticos nazis. Al concluir sus estudios, Matz quizás había recibido, de paso, una capacitación en finanzas, pero sobre todo recibió una formación de nazi – un lavado de cerebro planificado. Cuando salió de la escuela, Matz era un nazi fervoroso, un convertido. Ladraba consignas antisemitas, era inalcanzable como un débil mental. Mi abuelo lo reprendió repetidas veces, diciéndole que debía toda su fortuna sólo a los créditos de hombres de negocios judíos amigos suyos. Y al ver que esto no servía de nada, lo abofeteó varias veces. Pero a su hijo le habían trastornado el juicio. Jugaba a ser el ideólogo de la aldea, vejaba a los muchachos de su edad que se negaban a ir al frente. En el ejército rumano ocupaba un puesto de oficinista. Pero de la teoría quiso pasar a la práctica. Se presentó voluntario en las SS, quería ir al frente. Unos meses después regresó a casa para casarse.
Tras haber sido testigo de los crímenes en el frente, aprovechó una fórmula mágica válida para escaparse unos días de la guerra. Esa fórmula mágica era: permiso por boda.
Mi abuela tenía dos fotos de su hijo Matz en el fondo de un cajón, una foto de la boda y una foto de la muerte. En la foto de la boda se ve una novia vestida de blanco, una mano más alta que él, esbelta y seria, una virgen de yeso. Sobre su cabeza hay una corona de cera como hojas nevadas. Junto a ella está Matz con su uniforme nazi. En vez de ser un novio, es un soldado. Un soldado de la boda y su propio último soldado de la patria. Apenas volvió al frente, llegó la foto de la muerte. Y en ella un último soldado destrozado por una mina. La foto de la muerte es del tamaño de una mano, un campo negro, en el centro un paño blanco con un montoncito gris de restos humanos. Sobre el fondo negro, el paño blanco parece tan pequeño como un pañuelo de niño cuyo cuadrado blanco tiene pintado en el centro un dibujo extraño. Para mi abuela esa foto también tenía su híbrido. En el pañuelo blanco había un nazi muerto, en su memoria, un hijo vivo. Mi abuela dejó esa doble foto todos aquellos años en su devocionario. Rezaba cada día. Probablemente sus oraciones también tenían doble fondo. Probablemente seguían el hiato entre el hijo querido y el nazi obcecado y pedían también al Señor Dios que hiciera el espagat de amar a ese hijo y perdonar al nazi.
Mi abuelo había sido soldado en la Primera Guerra Mundial. Sabía de qué estaba hablando cuando decía a menudo y en tono amargo, refiriéndose a su hijo Matz: Sí, cuando ondean al viento las banderas, el juicio se pierde en las trompetas. Esta advertencia también era aplicable a la siguiente dictadura, en la que me tocó vivir a mí misma. A diario se veía cómo el juicio de los pequeños y grandes oportunistas se perdía en las trompetas. Yo decidí no tocar la trompeta.
Pero de niña tuve que aprender a tocar el acordeón contra mi voluntad. Pues en la casa se había quedado el acordeón rojo de Matz, el soldado muerto. Las correas del acordeón eran demasiado largas para mí, y para que no se resbalaran por mis hombros, el maestro de acordeón me las ataba a la espalda con un pañuelo.
Se puede decir que precisamente los objetos más pequeños, ya sean trompetas, acordeones o pañuelos, terminan atando las cosas más dispares en la vida; que los objetos giran y, en sus desviaciones, tienen algo que obedece a las repeticiones, al círculo vicioso. Uno puede creerlo, mas no decirlo. Pero lo que no puede decirse, puede escribirse. Porque la escritura es un quehacer mudo, un trabajo que va de la cabeza a la mano. De la boca se prescinde. En la dictadura yo hablaba mucho, sobre todo porque había decidido no tocar la trompeta. La mayoría de las veces, hablar tenía consecuencias intolerables. Pero la escritura empezó en el silencio, en aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo misma más cosas de las que podían decirse. El acontecer ya no podía articularse en palabras. A lo sumo los añadidos externos, mas no su dimensión. Esta yo sólo podía deletrearla en mi cabeza, en silencio, en el círculo vicioso de las palabras al escribir. Reaccionaba ante el miedo a la muerte con hambre de vida. Era un hambre de palabras. Sólo el torbellino de las palabras podía captar mi estado y deletreaba lo que no podía decirse con la boca. Yo iba detrás de lo vivido en el círculo vicioso de las palabras, hasta que aparecía algo que no había conocido antes. Paralelamente a la realidad entraba en acción la pantomima de las palabras, que no respeta dimensiones reales, reduce las cosas principales y aumenta las secundarias. El círculo vicioso de las palabras confiere de buenas a primeras una especie de lógica maldita a lo vivido. La pantomima es furiosa y permanece atemorizada y tan adicta como hastiada. El tema dictadura surge ahí espontáneamente, porque la naturalidad ya nunca regresa cuando a uno se la han robado casi por completo. El tema está implícito ahí, pero las palabras se apoderan de mí y llevan al tema adonde quieren. Ya nada es cierto y todo es verdad.
Como chiste malo sobre la escalera estaba yo tan sola como en aquella época, en que de niña, cuidaba vacas en el valle del río. Comía hojas y flores para formar parte de ellas, porque ellas sabían cómo se vive y yo no. Me dirigía a ellas dándoles un nombre. El nombre cardo lechoso debía ser realmente la planta espinosa con leche en los tallos. Pero la planta no escuchaba el nombre cardo lechoso. Entonces yo lo intentaba con nombres inventados: COSTILLA ESPINOSA, CUELLO DE AGUJA, en los que no figuraban ni cardo ni lechoso. En el engaño de todos los nombres falsos ante la planta verdadera se abría el agujero hacia el vacío. La situación ridícula de hablar a solas en voz alta conmigo y no con la planta. Pero la situación ridícula me hacía bien. Yo cuidaba vacas y el sonido de las palabras me protegía. Sentía:


Cada palabra en el rostro
sabe algo del círculo vicioso
y no lo dice


El sonido de las palabras sabe que debe engañar, porque los objetos engañan con su material, y los sentimientos, con sus gestos. En el punto de intersección del engaño de los materiales y de los gestos se instala el sonido de las palabras con su verdad inventada. Al escribir no puede hablarse de confianza, sino más bien de la honestidad del engaño.
Por entonces, en la fábrica, cuando yo era un chiste malo sobre la escalera, y el pañuelo, mi oficina, también encontré en el diccionario la hermosa palabra INTERÉS ESCALONADO, que designa las tasas de interés de un préstamo que van subiendo por tramos. Las tasas de interés son para uno gastos y para otro, ingresos. Al escribir acaban siendo ambas cosas, cuanto más voy ahondando en el texto. Cuanto más me expolia lo escrito, tanto más muestra a lo vivido lo que no había en el vivir. Sólo las palabras lo descubren, porque antes no lo conocían. Allí donde sorprenden a lo vivido es donde mejor lo reflejan. Se vuelven tan apremiantes que lo vivido debe aferrarse a ellas para no deshacerse.
Me parece que los objetos no conocen su material, que los gestos no conocen sus sentimientos y las palabras tampoco conocen la boca que las enuncia. Pero para asegurarnos nuestra propia existencia necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto más libres somos. Cuando se nos prohíbe la boca, intentamos afirmarnos con gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen un tiempo libres de sospecha. Y así pueden ayudarnos a convertir la humillación en una dignidad que permanece libre de sospecha por un tiempo.
Poco antes de mi emigración de Rumania, el policía de la aldea vino un día muy de mañana a llevarse a mi madre. Ella estaba ya en la puerta cuando se le ocurrió la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO? Y no lo tenía. Aunque el policía se mostró impaciente, ella volvió a entrar en la casa y sacó un pañuelo. En la comisaría el policía estalló en gritos e improperios. Los conocimientos de rumano de mi madre no bastaban para que comprendiera los rugidos del policía, que luego se marchó del despacho y cerró la puerta con llave desde fuera. Mi madre se pasó el día entero encerrada allí. Las primeras horas sentada a la mesa, llorando. Después empezó a ir de un lado para otro y a limpiar el polvo de los muebles con el pañuelo empapado en lágrimas. Por último cogió el cubo de agua del rincón y la toalla que colgaba de un clavo en la pared y fregó el piso. Me quedé aterrada cuando me lo contó. ¿Cómo has podido fregarle el despacho a ese individuo?, le pregunté. Y ella me respondió, sin ningún reparo: quería hacer algo para matar el tiempo. Y el despacho estaba tan mugriento. Hice bien en llevarme uno de los pañuelos de hombre, grandes.
Sólo entonces comprendí que con esa humillación adicional, pero voluntaria, se había proporcionado dignidad en aquel arresto. En un collage busqué palabras para formularlo:


Yo pensaba en la rosa vigorosa en el corazón
en el alma inservible como un colador
pero el propietario preguntó:
¿quién se acaba imponiendo?
yo dije: salvar el pellejo
él gritó: el pellejo es
sólo una mancha de la batista ofendida
sin juicio.


Me gustaría poder decir una frase para todos aquellos que, en las dictaduras, todos los días, hasta hoy, son despojados de su dignidad, aunque sea una frase con la palabra pañuelo, aunque sea la pregunta: ¿TENÉIS UN PAÑUELO?
Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser humano.

Traducido por Juan José del Solar Bardelli