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viernes, 19 de octubre de 2012

PRENSA. "Familia y bienestar en horas bajas", por David Reher

David Reher

   En "El País":

Familia y bienestar en horas bajas

En España, este baluarte contra los estragos de la crisis tiene también un lado oscuro que afecta tanto a las intervenciones en sí como a las implicaciones de las mismas a medio y largo plazo

 13 OCT 2012

No cabe dudar de la seriedad de la crisis económica, social y política en la que se encuentra inmersa España. Es con toda probabilidad la peor crisis de este tipo vivida aquí en más de medio siglo, cuya gravedad no radica tanto en los niveles de vida vigentes en el país —por el momento bastante altos en términos relativos—, sino en la pérdida de ilusión y confianza que tiene la gente en sus gobernantes y en el futuro ante una espiral negativa aparentemente sin fin.
Ante esta situación no deja de sorprender la relativa falta de signos de desintegración social que se puede observar y el mantenimiento de cierta apariencia de bienestar. Ello se debe sin duda al papel que desempeñan en la sociedad el sistema de pensiones, el seguro de desempleo, la economía sumergida y la familia. De ellos, los primeros dos pueden estar ya en la senda de futuros recortes. El tercero, de largo abolengo, reporta beneficios únicamente a la parte de la población que participa en ella y sus costes para la sociedad pueden superar ampliamente a sus beneficios.
Sorprendentemente, para todos aquellos que veían en el declive irremediable de la familia una especie de mandato histórico y fuente de liberación de las personas, la familia hoy está más presente en la vida de los españoles que nunca. En realidad, nunca ha dejado de ser una de las claves de la vida del país. Aquí existe una familia fuerte donde la lealtad al grupo tiende a primar sobre el individuo. Se trata de un tipo de familia característica del sur y de una parte del este de Europa que contrasta con la familia débil, que predomina en el oeste y norte del continente y en el mundo anglosajón, donde el valor del individuo y del individualismo tiende a primar sobre las lealtades de grupo. No se trata de debatir los méritos de estos distintos sistemas familiares, sino de constatar una existencia con hondas raíces históricas, una cierta impermeabilidad a las fuerzas de cambio y una indudable relevancia en la actualidad. Los profundos cambios habidos en la vida familiar en estas últimas décadas apenas han tocado la importancia de las lealtades intrínsecas que dan cohesión a la misma.

La prolongada dependencia juvenil no promueve una cultura de responsabilidad
No resulta sorprendente, pues, que en momentos de crisis de instituciones, de valores y de la sociedad, la familia brille como una institución sólida y digna de confianza. Se trata de una institución que existe básicamente al margen de las políticas, del sistema político, de las clases sociales y de la economía predominante. Las intervenciones de la familia afectan a personas de todas las edades y condiciones, pero en la situación actual la clave de su importancia se percibe ante todo entre jóvenes adultos y ancianos.
Los niveles de desempleo cercanos al 50%, amén de un subempleo cada vez más extendido, parecerían indicar una situación desesperada entre los jóvenes. Sin embargo, apenas se percibe esa desesperación, salvo tal vez en su estado anímico: las calles están repletas de ellos, participan en botellones y fiestas como siempre han hecho, viajan y procuran pasárselo bien. ¿Cómo se lleva esto en una situación de desempleo y subempleo tan elevados? Pues, por la sencilla razón de que son sus familias las que costean estos y otros muchos gastos. La estancia de los jóvenes en sus casas paternas se viene prolongando desde hace más de dos décadas, tendencia que la crisis actual no ha hecho sino acelerar. Lo que ha ocurrido es que, ante la falta de perspectivas laborales y la prolongación de la vida en formación, las familias les han acogido en su seno de forma natural, sin fisuras ni discontinuidades. ¿Vive mejor un joven en el norte de Europa, donde existen amplias oportunidades de empleo y posiblemente políticas sociales que faciliten su autonomía, o en el sur, sin empleo ni políticas sociales, donde la familia se hace cargo de los costes de alojamiento y de comida, y a menudo de los gastos de ocio y diversión de los mismos? La respuesta aquí dista mucho de ser clara. Sin entrar en las razones de fondo para esta permanencia en casa paterna, no cabe duda de que la intervención de la familia actúa como cortafuegos eficaz contra los estragos del desempleo y falta de oportunidades para jóvenes en el país. Es, además, un apoyo que continúa más adelante en la vida cuando surjan problemas laborales o matrimoniales de estos mismos jóvenes.
La familia ha sido siempre clave para la salud y bienestar de los ancianos, bien mediante intervenciones directas (corresidencia, transferencias de dinero, etcétera) o mediante su participación activa en la vida diaria de los mismos. Existen abundantes estudios que demuestran que el grado de intervención de la familia en la vida de los mayores es muy superior en el sur de Europa y que ello tiene implicaciones para su salud y bienestar. Nada de ello es nuevo, claro está, aunque sí que es nuevo el aumento en el número de ancianos en la sociedad y por consiguiente en la carga relativa que suponen para las familias. Caso de que se reduzcan en el futuro las pensiones o las prestaciones de salud, no cabe duda de que la familia también se implicará en la medida de sus posibilidades. Aquí son las mujeres las que suelen actuar como eje vertebrador de toda intervención de la familia.

¿Hasta cuándo podrá la mujer seguir siendo ese eje fundamental de la vida familiar?
No se trata aquí de lanzar un panegírico de la familia. Este baluarte contra los estragos de la crisis tiene también un lado oscuro que afecta tanto a las intervenciones en sí como a las implicaciones de las mismas a medio y largo plazo. En cuanto a los jóvenes, cabe preguntarse si tanto apoyo familiar no habrá contribuido a aumentar los costes de oportunidad para la salida del hogar paterno, abonando así el terreno para una cultura de aversión al riesgo y de comodidad tan extendido entre muchos jóvenes adultos. De ser así, la familia se convertiría en factor causante, al menos en parte, del desempleo existente y de la preocupante falta de asunción de responsabilidad personal de muchos jóvenes. El retraso en convertirse realmente en adultos —¿se puede ser adulto de verdad mientras se dependa de la familia?— tendrá implicaciones adversas para la reproducción y probablemente para otros aspectos de la vida adulta. Una prolongada dependencia de los jóvenes con respecto a sus familias contribuye poco a promover una cultura de responsabilidad individual y de autonomía personal tan importantes a la hora de enfrentarse a la vida. También cabe preguntarse hasta qué punto podrán seguir las familias interviniendo así en la vida de sus jóvenes cuando el desempleo empiece a afectar a padres ya de edad madura.
Se plantean otros interrogantes con sombrías implicaciones que merecen nuestra consideración. ¿Hasta cuándo podrá la mujer seguir siendo, sin mucha colaboración de los hombres, ese eje fundamental de la vida familiar, tanto hacia la generación de los jóvenes como hacia la de los ancianos? El esfuerzo económico que realiza la familia con respecto a sus jóvenes viene precisamente a una edad de los padres en la que deberían de estar ahorrando para su propia vejez incierta en duración y salud. Podría tratarse de una especie de bomba de relojería cuyas implicaciones solo se verían en el futuro. Por fin cabe preguntarse, ¿cómo va a gestionar la familia el apoyo a sus mayores en una situación en que el número de mayores es cada vez más elevado con respecto a los miembros de la familia en condiciones de colaborar?
Ninguno de estos interrogantes tiene respuesta fácil. Lo que está claro, sin embargo, es que la familia española es la que es, con sus luces y sus sombras, y poco va a cambiar en el futuro. Considerando su importancia para la vida de los jóvenes y los ancianos, en estos momentos de dificultades la sociedad española se juega mucho en facilitar en lo posible que pueda seguir desempeñando esta labor, sin por ello olvidar las implicaciones tan importantes —y a menudo tan sombrías— que estas intervenciones y otras dimensiones de la familia no tratadas aquí puedan conllevar.
David Reher es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y Director del Grupo de Estudios Población y Sociedad (GEPS).

jueves, 30 de junio de 2011

PRENSA. "Elogio a la familia (con algunos gritos aterrados al fondo)", por Rosa Montero

Rosa Montero

   En "El País Semanal":
Elogio a la familia (con algunos gritos aterrados al fondo)

ROSA MONTERO 26/06/2011

   Una de las noticias que más me han impresionado últimamente es una pequeña y acongojante historia que sucedió en Madrid, en Villaviciosa de Odón, hace unas semanas: una mujer de 62 años mató de un disparo a su padre, de 91, en mitad de la noche. La mujer se confesó culpable y al parecer el padre padecía demencia senil. Esto es todo lo que se sabe sobre el asunto porque los medios no han vuelto a tocar el tema, de lo cual me alegro. Es una tragedia demasiado íntima, demasiado esencial como para escarbar en ella. Bastante carga ha de sobrellevar la detenida sobre los hombros, esa culpa ancestral del parricidio. Sobre todo si, como yo me imagino, lo mató por piedad, porque estaba muy anciano y muy demente y lo veía sufrir.
   Pero, aun así, ¡qué terrible nudo gordiano roza esta historia de violencia y de muerte! En el hermetismo de la privacidad doméstica, las familias hacen y deshacen vidas a su antojo, establecen leyes inconfesables, otorgan premios y ordenan castigos, crean paraísos y atizan infiernos construidos a la medida de media docena de personas, o de cuatro, o de dos, justo ese pequeño grumo de individuos que componen lo que llamamos un hogar.
   La familia, sí. Palabra contradictoria, enorme en sus significados, aterradora y hermosa al mismo tiempo. Durante muchos años me quejé y despotriqué de la familia latina, de ese núcleo de convivencia tan pegajoso, del cariño y el odio que nos tenemos, de cómo los españoles no sabemos vivir, por lo general, sin estar entrañados con nuestra reata de sangre. Y, en mi juventud, envidié el desprendimiento de los anglosajones, su ligereza a la hora de volar del nido, su facilidad para desengancharse. Tuve que cumplir los treinta, residir un tiempo en Estados Unidos e impartir clase allí en la universidad, para darme cuenta de los estragos psíquicos que ese distanciamiento familiar había provocado en mis alumnos. Al cabo aprendí que, puestos a pagar un precio (siempre se paga), prefería el exceso emocional de la familia latina a la frialdad y la enloquecedora ausencia de la anglosajona. Cuando te peleas contra el otro (los padres, los hermanos) te construyes. Pero cuando no existe el otro, cuando nadie te refleja ni te limita, es el abismo. Por no hablar de lo que esto supone en cuanto a cohesión social: España, con su enorme porcentaje de parados, sigue siendo uno de los países con menos vagabundos callejeros, porque las familias se aprietan y acogen en sus casas a aquellos que lo han perdido todo. Mientras que Inglaterra, por ejemplo, está llena de personas sin hogar, muchas de ellas sorprendentemente jóvenes.
   Releo lo que he escrito y advierto que estoy haciendo una especie de elogio a la familia. Pues sí, es verdad, reivindico la familia pese a todo, y más ahora, cuando, por fortuna, nos estamos librando del modelo tradicional, patriarcal, autoritario y represivo (sí, justo ese modelo de cartón piedra que tanto defiende la Iglesia católica). Pero esto no me impide reconocer que el núcleo familiar es una caldera hirviente en la que cabe todo, desde el cobijo, la complicidad y el amor más generoso y sin exigencias, hasta la barbarie y la crueldad.
   Me refiero a los terribles secretos de alcoba, que son todas esas perversiones emocionales que suceden en el sancta sanctórum más inexpugnable de la casa, en el interior del hogar y sin testigos. Desde los malos tratos físicos a las humillaciones, culminando, claro está, en los abusos sexuales. Es decir, en el incesto, ese gran secreto familiar que casi nadie se atreve a nombrar. Angélica Liddell lo gritaba furiosamente hace unos días sobre un escenario madrileño, en su contundente obra teatral Maldito sea el hombre que confía en el hombre. Y Montxo Armendáriz lo cuenta con estremecedora veracidad en su gran película No tengas miedo. Es un infierno real, mucho más común de lo que querríamos creer, desoladoramente próximo (quizá esté crepitando en estos momentos al otro lado de la puerta de tu vecino). Según un informe de 2008 de la prestigiosa Revista d'Estudis de la Violència, entre un 20%-25% de mujeres y un 10%-15% de hombres españoles confesaron en diversos estudios haber sufrido abusos sexuales en la infancia; en el 39% de los casos el agresor era el padre, y en el 30% otro familiar. Son unas cifras aterradoras.
   "El niño es el padre del hombre", decía Wordsworth en un hermoso verso que me gusta citar. Y es verdad: lo que fue nuestra infancia (nuestra familia) influye decisivamente en lo que somos, esto es, en el resto de nuestra vida. Nunca acabamos de salir del todo de ese nido primero en el que nos formamos. La familia es una horma, un troquel. Arrastramos hasta el final la criatura que fuimos. Y, con noventa años, morimos llamando a nuestra madre.

www.rosa-montero.com / www.facebook.com/escritorarosamontero

viernes, 24 de diciembre de 2010

PRENSA. 24 diciembre 2010

En "El País":

1. El silencio. Columna de Juan José Millás.

2. Ojo al tirar de tarjeta. Reportaje de Sebastián Tobarra. Las compras con 'dinero de plástico' sostienen el consumo de los ciudadanos en plena crisis - La clase media mileurista recurre al crédito en la segunda mitad del mes - Las operaciones de pago aplazado pueden costar hasta un 20%. Del plástico al arma blanca. Por Vicente Verdú.

3. Cristianos de Oriente. Artículo de Nicole Muchnik, periodista y escritora. Traducción de Juan Ramón Azaola.

4. Drogas y dogmas. Artículo de Juan Gabriel Tokatlian, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella, Argentina.

5. Nuevos padres, nuevos hijos. Artículo de Vicente Verdú. La 'sagrada familia' de la segunda posguerra ha ido desacralizándose: el amor es democrático, el sexo es divertido, la boda es un juguete; los hijos, una fórmula; los padres, un mecano. ¿Y la comunicación familiar?

6. CINE. Un tartamudo rumbo al Oscar. Reportaje de Toni García. Colin Firth borda en 'El discurso del rey' los problemas de habla de Jorge VI.

domingo, 5 de septiembre de 2010

PRENSA (2). 5 septiembre 2010

En suplementos de "El País":

1. Los escobazos de Sarkozy. Reportaje de Ana Teruel. Francia alarma a las instituciones europeas con sus expulsiones en grupo de rumanos de etnia gitana. Algunos de ellos ocupan hoy una zona al norte de París donde, un siglo atrás, los que llegaban eran inmigrantes españoles.

2. ¿Una petición puede salvar una vida? Por Bernard-Henri Lévy. La pregunta no tiene respuesta, pero la clave para que se le conmute la pena a Sakineh, la mujer iraní condenada a morir lapidada, puede estar en que más países y personalidades exijan su liberación.

3. El "tonillo" maldito. Por Elvira Lindo.

4. Libros del silencio. Por Maruja Torres.

5. 'Si te alejas completamente de tu hogar, pierdes tu alma'. Entrevista a Joyce Carol Oates. Por Jesús Ruiz Mantilla. No olvida sus raíces, ni a su adorado padre, ni a la niña que fue. Ni a mitos triunfadores/perdedores como Marilyn Monroe. La escritora, candidata año tras año al Nobel, nos recibe en su casa.

6. Afganistán. No hay salida. Reportaje de Jesús Rodríguez. Un verano sangriento, filtración de documentos, relevo de generales, ruptura de la unidad de los aliados, anuncio de retirada de tropas… El Vietnam de Obama. Un lodazal. Cunde el desánimo en los ocupantes y el enojo en los ocupados. Nueve años después del 11-S, la violencia marca la vida de Afganistán y el conflicto parece no tener fin.

7. No prometéis nada bueno. Por Javier Marías.

8. ¿Cómo puedo vivir en paz con mis padres? Reportaje de Borja Vilaseca. ¡Ay, los padres! Les queremos mucho, pero a veces acaban con nuestra paciencia y no podemos pasar con ellos un día entero. ¿Y los hijos? Es que nos 'matan' a disgustos. Relaciones problemáticas. Las analizamos para intentar mejorarlas de la mano de seis historias reales. Seguro que nos vemos retratados.