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jueves, 2 de junio de 2016

LITERATURA. "La condición humana". Juan Goytisolo

   En "El País":

La condición humana

La obra literaria es una simbiosis de elementos racionales e irracionales mezclados en grados muy diversos. El lado oscuro del hombre aguardaba la pluma audaz que le pusiese su santo y señas. Gracias a Sade y Masoch es cosa hecha

Juan Goytisolo. 10 abril 2016
La condición humana
                                             NICOLÁS AZNÁREZ
Durante mis años de profesor visitante en la New York University conocí a un estudiante del departamento de Lenguas Románicas que preparaba una tesis sobre el libertinaje en la literatura francesa del siglo XVIII. Ambos compartíamos una gran admiración por Choderlos de Laclos y sus Amistades peligrosas —la mejor novela francesa según André Gide— y en una de nuestras charlas salió a relucir el nombre de Sade a quien el joven había leído con una mezcla de fascinación y de horror. “¿No cree usted que su obra no debería dejarse al alcance del público?”, me preguntó. Los lectores interesados darán siempre con ella, le repuse, pues saca a la luz los impulsos que anidan en la animalidad del ser humano y en virtud de ello posee una dimensión universal. Prueba de esto es la generalización del adjetivo sádico que llena el vacío de algo que carecía hasta entonces de una formulación precisa y clara como la de masoquista responde a las pulsiones expuestas en La Venus de las pieles, de Sacher Masoch.


Si evoco esta conversación lo hago a propósito de los esfuerzos por imponer unas líneas rojas a la expresión literaria de los fantasmas de la libido. Como escribí en mi ensayo sobre La Celestina, el frenesí del amor carnal —el sexo en toda su crudeza— es el de un mundo íntimo que se opone al mundo real como la desmesura a la medida, la locura a la cordura, la ebriedad a la lucidez, es decir, al de estos fantasmas que durante el sueño de la razón engendran monstruos. Conforme exponen Maurice Blanchot y George Bataille al estudiar la obra sadiana, la animalidad del ser humano —su exuberancia sexual— se convierte para el “divino marqués” en el único elemento que preserva al individuo de aquellos simulacros llamados prójimo, Dios, ideal: el yo sadiano no acepta ningún obstáculo que contraríe o amengüe su fiebre. Obviamente, los delirios e impulsos destructivos descritos en las páginas de Juliette o Les cents vingts jours de Sodome chocan en el plano real con la justicia y las leyes, pero su expresión literaria abarca al ser humano en toda su complejidad freudiana. La rebeldía del cuerpo frente a la ideología dominante y sus construcciones racionales omnímodas es la que reivindica la primacía de la impulsión erótica y esa ciega inexorable furia que restituye al individuo la conciencia de existir por sí mismo.
La estrecha relación entre libido y escritura ha sido minuciosamente analizada a partir de Freud y una amplia gama de psicólogos, ensayistas y estudiosos de la literatura. La obra literaria —novela o poesía— es una simbiosis de elementos racionales e irracionales en los que unos predominan sobre otros en grados muy diversos según el propósito de su creador. Un examen de un buen puñado de autores de diversas épocas nos muestra la imposibilidad de juzgarlos sin tener en cuenta dicha mezcla. ¿Cómo imponer una corrección política o ética a Rimbaud, Lautréamont o a los surrealistas? Empeño inútil: sin su irracionalidad desafiante simplemente no existirían. Los fantasmas del yo profundo, de un extravío sin límites, arramblan con los diques de contención de la ética y la razón. El artista impone la soberanía de sus fantasmas más allá de toda otra consideración y su libertad gozosa nos ilumina.
Existe en el ámbito literario una neta distinción entre la racionalidad del ensayo y la complejidad de la creación artística. Esta última no se sujeta a unas normas de regla y compás. Si me ciño a mi propia experiencia, he delimitado cuidadosamente sus campos sin mezclar capachos con berzas. La lógica de la razón resulta irrelevante por ejemplo en el caso de mis novelas Don Julián y Juan sin tierra. Algunas críticas formuladas aún en tiempos recientes ilustran no obstante la frecuente confusión de ambos planos. No es posible poner puertas al campo.

El frenesí del amor carnal es el de un mundo íntimo que se opone al real como la locura a la cordura

El lector me excusará aquí una breve digresión personal. Si la homosexualidad fue tildada de aberración durante siglos y condenada por el Santo Oficio a la hoguera hasta su aceptación tardía el pasado siglo en las sociedades democráticas occidentales, con la normatividad impuesta por los llamados “estudios de género” mi libido ha sido objeto de censuras por no ajustarse al esquema del canon gay. El que mis colegas de hecho y techo no fueran precisamente licenciados en Filosofía y Letras y pertenecieran a las que nuestros burgueses denominaban clases bajas ha llevado a algunos a concluir que mantuve con ellos una “relación neocolonial”. Ante tal manipulación no puedo sino manifestar sin complejos la primacía de mis gustos. La libido no admite enmienda mientras se mantenga en el plano de la imaginación y no engendre abusos por un empleo de la fuerza contra el otro sexo o en el caso aún más odioso de los abusos de la pedofilia que tanto abundan en las filas del clero. En nuestro erial, la expresión de la complejidad connatural al origen de la creación artística escasea pero halla una notable expresión en los escritos de Antonio Saura para quien “la cruda y salvaje belleza que anida en el ser humano” no cabe en la camisa de fuerza de lo normativo. Como dice a los guardianes de la corrección, “el arte, el placer y el mal caminan íntimamente relacionados, y difícilmente puede deslindarse cuál es la parte de Eros, cual es la porción de Tánatos en la cúpula de la intensidad”.
El Sade aprisionado en las mazmorras de la Bastilla a instancias de su poderosa suegra por la inaceptable violencia física ejercida en la persona de unas prostitutas encarna una libido que llevada a la realidad merece su inapelable condena. Ello era punible ya bajo l’Ancien Régime y lo es con mayor razón en la actualidad merced al lento progreso de nuestras costumbres y leyes que castigan la violencia sexual en la mayoría de Estados de nuestro mundo globalizado. Pero la exposición abierta de los impulsos animales de la libido en el terreno literario o virtual no incumple ley alguna en los países —los menos— no sometidos a una censura ideológica o religiosa, y las obras de Sade captan y dan un nombre a la furia animal subyacente en nuestra incorregible especie a la vez inhumana y humana.

Sin su irracionalidad desafiante, Lautréamont o Rimbaud simplemente no existirían

Si sus novelas —con el sufrimiento detallado que impone a las víctimas— no sobresalen por su calidad artística, por el hecho de calar en las honduras de nuestro yo y hacer brotar de ellas como un géiser todo lo oculto bajo las apariencias de la convivencia y sociabilidad, se sitúan en un espacio nuevo e imposible de soslayar. El lado oscuro del hombre permaneció en estado latente en el universo de ruido y de furia en el que vivimos y aguardaba la pluma audaz que le pusiese su santo y señas. Gracias a Sade y Masoch es cosa hecha.
Robo el título a André Malraux: La condición humana.
Juan Goytisolo es escritor.

martes, 16 de febrero de 2016

TERRORISMO. "Semillas del actual yihadismo". Juan Goytisolo

   En "El País":

Semillas del actual yihadismo

Los atropellos de los años noventa en Chechenia, Afganistan, Argelia o Bosnia y la difusión a golpe de petrodólares del fundamentalismo wahabí son el germen de los conflictos que ahora azotan a Oriente Próximo, Magreb y África subsahariana

Semillas del actual yihadismo
                                                                                    EDUARDO ESTRADA
Uno. Mis viajes de corresponsal de este periódico a Sarajevo (junio de 1993, enero de 1994 y agosto de 1995), Argelia (marzo 1994) y Chechenia (julio 1996) me procuraron una experiencia de primera mano de la incipiente fractura entre el mundo islámico y Occidente cuyas consecuencias vivimos hoy. Si el inicio del proceso de radicalización de las sociedades musulmanas se remonta a 1979 (año de la proclamación de la República Islámica de Irán tras la caída del Sha y de la desastrosa intervención soviética en Afganistán), sus manifestaciones más patentes se produjeron en la siguiente década (ascensión del FIS en Argelia, golpe de Estado que abortó su victoria electoral en 1992, y desmembramiento el mismo año de la Federación Yugoslava, que encendió la mecha de la guerra interétnica y el sitio de Sarajevo).
Por estas fechas asistí a la emergencia de los futuros movimientos yihadistas, fruto de la frustración creada por la política de no intervención de la ONU en la “limpieza étnica” en Bosnia; por las brutalidades del régimen argelino en respuesta a las del Grupo Islámico Armado (no una guerra civil sino una guerra contra los civiles por parte de ambos bandos); y el genocidio ruso en Chechenia. La radicalización previsible de las víctimas y de los correligionarios que acudían a socorrerlas venía cantada y la yihad global de Al Qaeda no me sorprendió en exceso.


Las semillas sembradas en dicha década por tales atropellos y la difusión a golpe de petrodólares del fundamentalismo wahabí iban a germinar en las zonas conflictivas de Oriente Próximo, Magreb y África subsahariana: esa guerra asimétrica de Occidente contra el terrorismo yihadista tanto en Siria, Irak, Libia, Afganistán y el Sahel como en el interior de sus propias fronteras. Conviene recordar que el horror vivido el 13-N en París lo experimentan a diario sirios, iraquíes y afganos que buscan refugio en Europa a través de Turquía y los Balcanes. La islamofobia desatada por los atentados y la llegada masiva de refugiados al interior del espacio Schengen coloniza hoy los medios informativos en unos términos que culpabilizan a los veinte y pico millones de musulmanes europeos y ahondan la fractura abierta entre estos y el resto de la población.
El Frente Nacional francés y sus equivalentes en la mayoría de Estados europeos (España es por ahora una feliz excepción) son paradójicamente aliados objetivos del Daesh en su designio de apuntar a aquellos con el dedo y de encerrarlos mentalmente en guetos en el interior de sus sociedades. De este modo, los que constituyen una ínfima minoría en el colectivo musulmán encuentran un terreno abonado para su propaganda nihilista: la de presentarse como una alternativa viable a ojos de quienes se sienten discriminados por el discurso social dominante. Retrospectivamente, verificamos que cuanto germinó en la década de los 90 del pasado siglo llama ahora a nuestras puertas y no se prevé su fin.

La crisis de los refugiados ahonda la brecha entre los inmigrantes musulmanes y el resto de la población

Dos. Cuando viajé a Chechenia en 1996 conocía en la medida de lo posible los dos siglos y pico de lucha del pueblo checheno para preservar su independencia —cinco guerras además de su deportación masiva al gulag por orden de Stalin— gracias a los libros de Baddeley, La conquista rusa del Cáucaso, Bennigsen, El sufí y el comisario, y los trabajos de Hélène Carrère d´Encausse acerca de las cofradías sufíes y su resistencia tenaz primero a la Rusia zarista y luego a la soviética, pero sobre todo por mi lectura asidua de tres grandes autores de la literatura rusa del siglo XIX: Puschkin, Lérmontov y Tolstoi. Por aquellas fechas, según pude verificar personalmente por mediación de Osmán Imáiev, ex fiscal general de la República de Chechenia, proclamada en 1991 por Dzhajar Dudáiev aprovechando el derrumbe de la URSS, y en cuyo domicilio en la aldea de Kularí me alojé pocos días antes de su desaparición definitiva por obra de los servicios de seguridad rusos, los combatientes que participaron en la ceremonia ritual sufí pertenecían a la cofradía qadirí que, como en tiempos de Shamil y de Kunta Hadji, luchaban por la independencia de su país contra su enemigo secular.
Tras el aplastamiento de la rebelión chechena por el zar Putín y el establecimiento del virreinato de su siniestro protegido Ramzán Kadírov, la guerrilla chechena se ha deslocalizado y se extiende esporádicamente por el norte del Cáucaso mientras más de cuatro mil miembros de ella, radicalizados por la represión sangrienta de la que de nuevo son objeto, se han alistado en las filas del autoproclamado califato islámico de Abu Bakr al-Bagdadi en virtud de unos sentimientos magistralmente descritos por Tolstoi en Hadji Murat en su descripción de los atropellos y barbarie de sus compatriotas en tiempos del zar Nicolás I.
Tres. Mi experiencia de Argelia, sumida también en una espiral de violencia que se cobró más de 150.000 víctimas, fue de otro orden. No había bombardeos ni línea de frente como en Sarajevo y Chechenia sino asesinatos de uno y otro bando en la capital y matanzas de civiles en las zonas cercanas a la misma. En mi recorrido por aquella no tropecé con ningún otro europeo, posible blanco de los islamistas radicales por su condición de Kafir, esto es, infiel, y lo hice fundido en el paisaje: había dejado de afeitarme diez días antes del viaje y caminaba acompañado de tres jóvenes miembros arabófonos de la Unión de Escritores que conversaban conmigo en el dialecto local en las calles de Belcourt, Bab el Oued y la Kasba, feudos del FIS (Frente Islámico de Salvación) y escenario de la llamada entonces “segunda batalla de Argel” (la primera fue contra el colonizador francés).

El mesianismo del Daesh conserva su poder de atracción: el retorno a una pureza primigenia

El poder opaco que desde Bumedián gobierna Argelia guardaba un silencio cómplice ante los asesinatos de intelectuales y el terror impuesto ya por el GIA (Grupo Islámico Armado), ya por las escuadras parapoliciales, y expresé lo mejor que pude el desamparo de la población en la serie de artículos titulados Argelia en el vendaval. La violencia se apagó gradualmente al final de la década y hoy día tan solo grupos residuales de Al Qaeda en el Magreb islámico actúan de forma esporádica en connivencia con los yihadistas que campean en Libia y el Sahel. Pero la frustración acumulada tras tres mandatos del ahora invisible Buteflika, protagonista a pesar suyo del clásico Reinar después de morir, no invita al optimismo.
El mesianismo apocalíptico del Daesh conserva en todo el Magreb su mefítico poder de atracción: el del retorno ideal a una pureza primigenia que otorga el glorioso estatuto de mártir a quienes se sienten despreciados por los “poderes arrogantes” que rigen los Estados árabes. Los millares de yihadistas magrebíes que combaten en Siria dan testimonio de dicho incentivo y de la seducción de su escatología mirífica. Pensar que cuanto ocurrió en la década de los 90 no iba a pasarnos factura equivale a vivir en otro planeta.
Juan Goytisolo es escritor.

sábado, 16 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. "La verdadera obra literaria no tiene prisa". Juan Goytisolo

   En "El País":

La verdadera obra literaria no tiene prisa

Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos del glorioso relato histórico español y su correlato catalán. En ‘Recuento’, Luis Goytisolo consigue una de las más ambiciosas muestras del arte novelístico


EVA VÁZQUEZ

La belleza de una novela es inseparable de su arquitectura. Penetrar en ésta es como adentrarse en un conjunto armónico, en una mansión amueblada en la que, como el París de Balzac o el Madrid de Galdós, hallamos bien dispuestos, a nuestro alcance, los distintos elementos que la componen: comedor, dormitorios, salones con sus arañas, cortinas, alfombras, sillones, sofás, retratos, que parecen aguardarnos para cobrar vida, sin olvidar, claro está, sus dependencias sustraídas de ordinario o la mirada del visitante, la cocina, despensa, lavabos, trastero, cuartos de la servidumbre, cocheras, caballerizas. Los personajes se mueven en el conjunto con familiaridad y asistimos de espectadores a sus amores y desamores, ambiciones, envidias, celos, contradicciones, mentiras, disputas, arranques de sinceridad.
Este cuadro novelesco, prolongado y reiterado hasta hoy para el lector interesado ante todo por el argumento con gancho y por la psicología de los personajes, sufrió un brusco cambio en la pasada centuria con la aparición de obras compuestas de cuantos materiales y géneros literarios tenían a mano —poesía, diarios, documentos, digresiones, ensayos...— en las que el autor muestra velazquianamente su presencia en el acto de creación, ya diseminando sus temas y multiplicando sus formas, ya poniendo el acento en la intensidad del lenguaje o en la cadencia y belleza de la palabra. Opciones diversas pero cuyo objetivo común radica en la creación de un todo coherente en sus contradicciones y simétrico en sus asimetrías, aglutinante en su dispersión. Obras en las que las innovaciones arquitectónicas y las mutantes estructuras urbanas fraguan una nueva construcción novelesca que transforma la compleja topografía del espacio en una no menos compleja estructura narrativa.
Recuento, primer volumen de 'Antagonía' de Luis Goytisolo, es el centro geométrico o eje en el que convergen las demás novelas de la tetralogía. El astro en cuya órbita giran los otros tres satélites. La mansión o casa pairal, volviendo al símil arquitectónico, en torno a la cual se alzan los demás edificios del conjunto. Pues mientras se lee como una novela autosuficiente (aunque luego comprobemos que se integra en un macrorrelato), las restantes obras de 'Antagonía' no pueden entenderse sino en conexión con ella. Dicho eje, astro o mansión central narra con muy diferentes estilos la vida de Raúl Ferrer Gaminde, cuya infancia, adolescencia y juventud transcurren en Cataluña (Barcelona, Cadaqués, la finca de Vallfosca) después de la Guerra Civil: la familia burguesa gradualmente venida a menos, el colegio, la mili, la universidad, sus amores, la adhesión al partido comunista clandestino, viajes a París, detención, cárcel, pérdida de la fe en el credo ideológico. En Los verdes de mayo hasta el mar, el protagonista, convertido ya en escritor, nos brinda el proceso de creación de la novela que estamos leyendo y la que leeremos en el cuarto volumen de la obra. La cólera de Aquiles concede la palabra a la examante de Raúl, Matilde Moret, voluntariamente aislada en Cadaqués, en donde vive sus tempestuosos amores lésbicos mientras recapitula su vida y lee una novela escrita en su juventud, El edicto de Milán, novela dentro de otra novela en el interior de la tetralogía. El último satélite en órbita es la obra ya compuesta de Raúl Ferrer Gaminde, una reflexión totalizadora en la que, como en Las Meninas, de Velázquez, se refleja e incluye el propio autor.

La visión panorámica de Barcelona se fragmenta como un prisma de infinidad de caras y lados
La visión panorámica de Barcelona en Recuento, ya sea desde Montjuïc, Tibidabo o el parque Güell, se descompone y fragmenta como un prisma de infinidad de caras y lados, en una abigarrada combinación de elementos orográficos y urbanos, históricos, políticos y sociales. En primer lugar del casco antiguo, la catedral, el Museo Histórico de la ciudad y los vestigios superpuestos de civilizaciones extintas, pero también de las cuadrículas del plan Cerdà de ese Eixample creado por una burguesía laboriosa y emprendedora, burguesía hostigada pronto por unas clases bajas levantiscas que del antiguo Barrio Chino y el puerto se extenderían por las barriadas míseras de la periferia hasta cercarla de monte a mar y de río a río. El lenguaje propio de las guías turísticas (por ejemplo, de la obra genial de Gaudí) se transforma así en un flujo narrativo de frases largas, envolventes, que engarzan un símil con otro: espirales cada vez más amplias, de ondas que se extienden con poderosa fuerza centrífuga, dibujando círculos evolutivos como los de una piedra arrojada a la lumbre quieta de un agua estancada. Si, como dice el autor, “la Barcelona modernista no acertó a encontrar su Marcel Proust”, la de la opresiva posguerra y del tardofranquismo lo halla a su modo en Recuento.
Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos, pero complementarios del glorioso relato histórico español, con la retórica evocadora de sus grandes gestas imperiales, cuando en nuestros dominios no se ponía el sol, y su correlato catalán, con el recordatorio de los sueños frustrados, secesiones aplastadas por la fuerza de las armas, odiosa dependencia identitaria respecto a una entidad estatal opresora o, en palabras del autor, “residuos del pretérito convertidos en pretexto de impotencia presente, en contemplaciones ensoñadoras de futuro”. Forcejeo que se prolonga al hilo del tiempo con nuevos argumentos y disfraces, arrogancia frente a victimismo, épica frente a lirismo herido, convertido éste en instrumento negociador cuando el Estado entra en crisis y se busca una solución pragmática al estéril enfrentamiento de esencias perennes y sentimientos nacionales ofendidos, a la confrontación entre las ilusiones dulcemente acariciadas y los límites avariciosos de la realidad.

Con ironía demoledora, trata del partido comunista antes de la fallida huelga nacional
La parodia narrativa de los distintos discursos políticos, nacionales, religiosos e ideológicos no tiene desperdicio. Junto a la del españolismo y catalanismo más rancios, el autor se entrega con ironía demoledora a la del partido comunista en vísperas de la fallida huelga nacional pacífica destinada a derribar el castillo de naipes en el que se asentaba la dictadura franquista: disquisiciones presuntamente científicas sobre las contradicciones del capitalismo, el distanciamiento paulatino de éste por la burguesía no monopolista, la toma de conciencia de las clases medias y el campesinado hasta el salto cualitativo final, la agrupación de todos los elementos dispares en un frente único encabezado por el Partido. Con singular destreza el novelista enlaza un discurso con otro —el del españolista al catalanista, el del “salto cualitativo” a la transustanciación de Cristo en la eucaristía— mediante un fundido encadenado que nos traslada del ámbito ideológico al religioso, pero con idéntica convicción doctrinal, propia de quien se cree en posesión de la verdad. Lo mismo la de la Biblia enseñada a niños y adolescentes que el manual de divulgación marxista, ese Politzer que circulaba de mano en mano en las aulas del Alma Mater.
La tetralogía que cierra magistralmente Teoría del conocimiento con la inserción de la novela escrita por el protagonista, incluye así lo creado y el proceso de creación del artista. Releída con calma al cabo de 30 años se nos revela como una de las más ambiciosas y logradas muestras del arte novelístico del siglo que dejamos atrás. Las prisas del consumidor de efímeros productos editoriales y la miopía de un buen sector de la crítica pasaron de largo por ella sin advertir su valía. Pero a diferencia de los éxitos de venta, la gran obra literaria no tiene prisas. Con premio o sin él, la historia se encarga de poner a cada autor en el lugar que le corresponde.
Juan Goytisolo es escritor.

viernes, 8 de enero de 2016

OPINIÓN. "¿Qué literatura ante el horror?". Juan Goytisolo

   En "El País":

¿Qué literatura ante el horror?

Califato Islámico, desembarco masivo de refugiados, atentados sangrientos… Cuando la sucesión de acontecimientos dramáticos sobrepasa los límites de la comprensión quien esto escribe se refugia en la lectura de Bouvard y Pécuchet

¿Qué literatura ante el horror?
NICOLÁS AZNÁREZ

Uno. Decía Borges, el mejor lector moderno de Las mil y una noches:“No hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos”, y su reflexión abarca tanto el orden literario como el real. Por tomar un ejemplo reciente, sin la inmolación por el fuego el 17 de diciembre de 2011 en la localidad tunecina de Sidi Bouzid del joven informático en paro Mohamed Buazid, cuyo puesto de verduras fue tumbado brutalmente por la policía por carecer de autorización para vender su mercancía, el movimiento popular de indignación que barrió la satrapía de Ben Alí no se hubiera producido y su contagio a la Libia de Gadafi y al Egipto de Mubarak —todo cuanto se conoce hoy con el nombre de la primavera árabe—no habría sido el detonante del caos en el que actualmente se halla sumido todo el Oriente Próximo y sus secuelas de violencia en Europa: masacre diaria de civiles en Irak y Siria, emergencia del autotitulado Califato Islámico, huida de millones de civiles, desembarco masivo de refugiados en Italia y Grecia, ataques de la coalición a los yihadistas, atentados sangrientos de estos contra los denominados apóstatas y cruzados… ¿Qué habría ocurrido, me pregunto, si en la mañana del 17 de diciembre Mohamed Buazid no hubiera ido al mercado a causa de un resfriado o la agente de policía hubiese permanecido de guardia en la comisaría? Las cosas no se habrían encadenado en la manera en que lo fueron o lo habrían hecho de forma y en tiempos distintos. La combinación del azar y la fatalidad que guían la vida y destino de los seres humanos confirma a diario el análisis borgiano del genio narrativo de Sherazad.
 Dos.La guerra sin límites contra el terrorismo exige la permanente realidad del terror y su comercialización en cuanto imprescindible mercancía. La próspera industria armamentista que crea a escala mundial centenares de miles de empleos requiere como premisa indispensable la existencia de guerras como las que asuelan hoy a Siria e Irak, Libia y Sudán, Malí y Afganistán, Nigeria y Yemen. Las tensiones regionales constituyen también un excelente mercado de cara a los países árabes aliados de Occidente, países respetuosos al máximo, como sabemos, de los valores democráticos y de los derechos humanos como son Arabia Saudí y los Emiratos petroleros del Golfo. Las armas que llegan a las manos de los grupos yihadistas solo pueden ser combatidas mediante los substanciosos contratos firmados con aquellos y su suministro secreto a intermediarios de doble juego como los que se enfrentan en nombre de un credo religioso o nacional: suníes contra chiíes, kurdos contra turcos, partidarios y víctimas del tirano El Asad. De nuevo Borges: laberinto sin salida de la guerra al terrorismo y círculo vicioso de ataques y respuestas en el que Obama, Putin y Hollande se hallan atrapados.

La combinación del azar y la fatalidad guían la vida y destino de los seres humanos
Tres. Cuando la sucesión de acontecimientos dramáticos sobrepasa los límites de la comprensión quien esto escribe se refugia en la lectura de Bouvard y Pécuchet: imagina a los héroes (por cierto, muy poco heroicos) de Flaubert enzarzados en elucubraciones producto de su lectura de una abundante bibliografía centrada en el tema terrorismo e islam. Han discutido la conveniencia de visitar los barrios sensibles de la Banlieu para contactar con los jóvenes seducidos por el discurso yihadista, estudiar sus manuales de educación islámica, indagar las razones de su desafección de los valores republicanos y laicos de Francia. Bouvard sugiere entrevistar a un imán radical a fin de recabar su opinión sobre el choque de civilizaciones profetizado por Huntington. Pécuchet prefiere un estudio exhaustivo de la historia de Oriente Próximo desde la caída del califato otomano y las fronteras artificiales de los nuevos Estados creadas por los acuerdos Sykes-Picot. La transformación del credo religioso en ideología belicista es el quid del problema, dice Bouvard. ¿Qué pasa por la mente de quien se inmola con un cinturón de explosivos?, se pregunta Pécuchet. La docena de libros escritos sobre el tema no nos lo aclara. Quizás un psiquiatra pueda procurarnos algunas pistas (Bouvard). ¿Qué diferencias hay entre los jóvenes de la segunda generación de inmigrantes y los conversos al islam? (Pécuchet). Las familias conflictivas, el abandono escolar, el trapicheo con drogas… (Bouvard). En su mayoría son chicos en apariencia integrados que de la noche a la mañana asumen el discurso integrista (Pécuchet). ¿Cómo hacer frente a la avalancha de refugiados que se dirigen a la Unión Europea como en la época de las invasiones de mongoles y tártaros? ¿No asistimos acaso a la decadencia de Occidente, al ocaso de las naciones blancas? (Bouvard). ¿Los valores de fraternidad y tolerancia de nuestras sociedades son compatibles con las barreras de alambre de espino alzadas en Hungría, Croacia, Eslovenia y Austria? ¿Cómo distinguir entre aquella muchedumbre de refugiados a los auténticos cristianos de los de origen musulmán? (Pécuchet) ¿Por qué no ofrecerles a su llegada un sándwich de jamón? (Bouvard). Acabo de leer en mi diccionario que en caso de gran amenaza o peligro pueden recurrir a la takiya, bueno, el disimulo de su fe y comerse el sándwich (Pécuchet). ¿Qué hacer entonces en caso de nuevos atentados? ¿Cuáles son los países más seguros? (Bouvard). Los dos personajes flaubertianos intercambian conjeturas. Cuanto más alejados de Eurabia y sus infiltrados mejor. Noruega les atrae, pero la presencia de inmigrantes magrebíes y turcos les llena de dudas. Islandia es más segura, mas la severidad del clima les desanima. Ambos consultan la oferta de destinos turísticos a paraísos remotos y plácidos. Con un sobresalto descubren que Sharm el Sheikh figura entre ellos. Abatidos, evocan las islas del Pacífico cuyos habitantes profesan el cristianismo. Únicamente allí pueden sentirse a salvo. Aunque que quizás…

¿La fraternidad y la tolerancia son compatibles con las barreras de alambre?
Cuatro. “No estés donde no deberías estar. Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros locales de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos. Sobre todo, no te quedes en casa a hojear los periódicos, seguir la tele o follar con tu cónyuge. Éste será siempre nuestro objetivo estratégico primordial”.
(El lector de este manifiesto premonitorio publicado hace ocho años en las páginas del Exiliado de aquí y de allá lo hallará en dicha novela junto a otras predicciones sombrías del futuro que nos aguarda en el mundo globalizado de hoy).
Juan Goytisolo es escritor.

lunes, 28 de septiembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "Homenaje tardío a Rafael Chirbes". Juan Goytisolo

   En "El País":

Homenaje tardío a Rafael Chirbes

El escritor elogia 'Crematorio', la obra del fallecido Rafael Chirbes


Tenía desde hace unos años en mi biblioteca un ejemplar de Crematorio, la penúltima novela de Rafael Chirbes. El día en que la recibí, al descubrir su extensión, cuatrocientas páginas de letra menuda, no me animé a leerla. Mis horarios de lectura se han reducido con la edad: cincuenta páginas por día. No quiero perder el breve lapso del que dispongo, voy a tiro hecho: lecturas y relecturas de novelas rusas, anglosajonas, alemanas que reviven y me hacen revivir, volver atrás para seguir adelante. A raíz de la muerte de Chirbes busqué entre mis libros hasta dar con el suyo. Lo he leído despacio disfrutando de cada página. Erré del todo en el momento de su salida y lamento profundamente no haber escrito antes lo que escribo hoy. Cuando él estaba aún para comentar con él el contenido de su obra.
¿Cómo compendiar en un par de cuartillas una novela de su amplitud y profundidad? Novela social realista, leí en alguna reseña. Sí y no. El panorama que traza de nuestro país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos es devastador. La costa mediterránea española cubierta de grúas, andamios, chalets adosados, ladrillo y cemento. Zonas urbanizadas o a punto de serlo. Muerte del paisaje, de los olivares, viñedos y almendros. Especulación financiera de antes de la maldita burbuja. Un país colonizado por la corrupción y el capitalismo global. Pero este encuadre realista no es el del realismo decimonónico que se prolongó hasta los años cincuenta del pasado siglo. Proust, Joyce y el huracán Faulkner han pasado por allí, asociando estrechamente literatura y realidad. El espejismo de Misent es el de una sociedad que fue pueblerina y pobre hasta hace unos sesenta años. Una sociedad que ha pasado de la pobreza al boom turístico sin haber tenido tiempo de asimilar la brutalidad del cambio. Hoteles cuatro estrellas, pistas de tenis, golf resorts y también mafias, drogas, puticlubs al borde de las carreteras.
La estructura de la novela se centra en el corto espacio de tiempo que sigue al fallecimiento de su protagonista, Matías, al del traslado de sus restos desde el tanatorio hasta el crematorio. Matías, hijo de propietarios agrícolas que fue revolucionario en su juventud, un miembro de la izquierda radical que predicaba la lucha armada antes de pasarse al PC de Carrillo y, desengañado de este, reciclarse en el ecologismo, en una vuelta a los orígenes campesinos de su familia. Y, en torno a Matías, entremezclando primera, segunda y tercera persona del verbo, monólogos interiores, galerías de voces y evocaciones que funden el pasado y presente de los familiares y parientes del difunto.
Chirbes nos descubre su mezquindad e hipocresía, su afán de poder y dinero, su hambre de sexo. Con una riqueza de lenguaje y un bagaje cultural muy infrecuente en nuestros predios brinda al lector el desfile de unos personajes que son un reflejo de ese “ayer se fue, mañana no ha llegado” quevediano, que es el paso del tiempo de silencio al de destrucción de Luis Martín Santos, en una sucesión de capítulos que mantienen en vilo al lector.
Un elemento primordial del texto consiste en su cruda descripción del paso del tiempo, ese despiadado retrato de la decadencia física, de los estigmas de la vejez en que los lectores de mi edad se reconocen. Una vejez que Chirbes presintió pero no ha llegado a conocer. Al cerrar el libro recordé nuestro breve encuentro de 1981 en Fez, donde él era profesor de español en el centro cultural de nuestro país y hallé en la primera página de Crematorio una dedicatoria: “Con los viejos rescoldos de nuestra amistad”. Ahora la releo con el propósito de seguir su incentiva empresa literaria con una lectura —relectura— de su última novela, En la orilla.

lunes, 27 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Goytisolo por Goytisolo"

   En "Babelia":

Goytisolo por Goytisolo

El escritor recibe el jueves el galardón más importante de las letras en español

En su casa de Marraquech selecciona y comenta los textos que mejor resumen su obra


Juan Goytisolo, en el patio de su casa de Marraquech. /BERNARDO PÉREZ


Juan Goytisolo camina muchas tardes hasta el viejo palacio real de Marraquech para ver a las cigüeñas. Durante un tiempo, cuenta, hubo en su casa una que no podía volar. Su foto, con el escritor en segundo plano, aparece en la cubierta de Las semanas del jardín. “Hubo quien pensó que era un truco, pero la foto es real. Se tomó ahí”, dice señalando la galería de su casa. “La alimentamos hasta que se fue. Un vecino francés me dijo que si le cortaba las plumas del pecho no volaría ya nunca y me la podría quedar. Yo le dije:‘Monsieur, no quiero presos políticos en mi casa”.
Nacido en Barcelona en 1931, también Goytisolo, recuerda él mismo, ha hecho vida de ave migratoria entre Europa y África. Salió de España camino de París en 1956 y no ha vuelto a pasar en la Península más de dos meses seguidos. El jueves próximo recibirá en Alcalá de Henares el Premio Cervantes. Allí, adelanta lacónicamente, hablará del Quijote —un libro que ha leído cuatro veces—, de “la situación social y política” y, qué remedio, de los huesos de Cervantes: “Encontrarlos no alimenta la cultura, sino la burocracia. Que los dejen en paz”.
En el comedor de su casa de Marraquech, a resguardo de una lluvia que amenaza con dejarle sin paseo y sin cigüeñas, el escritor despliega unas fotocopias con fragmentos que ha seleccionado de su obra.

VIAJE A LA POBREZA

 Hacia Cabo de Gata. Tres autobuses diarios cubren los nueve kilómetros de trayecto Almería-El Alquián. La carretera está alquitranada hasta Níjar y, a la salida de la ciudad, una bifurcación paralela a la Nacional 340 lleva a los baños de Sierra Alhamilla, en cuyo balneario, actualmente derruido, acostumbraban reposar sus fatigas los ricos ociosos de la capital. El autocar toma el camino de Níjar dejando atrás las últimas casuchas del suburbio almeriense. Mi vecino es hombre de una cuarentena de años, moreno y enjuto. Cuando le ofrezco de fumar me pregunta si soy extranjero. Le respondo que soy de Barcelona y pronuncia unas palabras en catalán.
—He trabajado allí casi diez años — dice—. En Hospitalet, Barcelona, Tarrasa… Aquello sí que es vía. Ojalá que nunca me hubiera marchao. A la mujer no le sentaba bien el clima y cometió la estupidez de volver. Ahora, con cuatro hijos y otro en camino, no puede tentar la suerte como antes.
—Aquí uno se hace viejo en seguía, y luego, la familia que le amarra…
Mientras se desahoga contra el destino contemplo el paisaje por la ventanilla. Una llanura ocre se extiende hasta el golfo de Almería, salpicada de tanto en tanto por el verde de alguna higuera. El suelo está agrietado y lleno de cantizales. El mar cabrillea a lo lejos.
Campos de Níjar (1959)
 Los libros de viaje son una constante en la obra de Juan Goytisolo. De Cuba a Capadocia pasando por SarajevoArgelia o Chechenia, el testimonio y el periodismo (de guerra) han sido una corriente paralela a su escritura narrativa. Cinco años después de publicar su primera novela—Juegos de manos— publicó Campos de Níjar, un periplo de Almería a Carboneras convertido hoy en un clásico de la literatura viajera. El libro, explica el escritor, refleja bien la orientación literaria de los jóvenes narradores de la posguerra: “Un realismo crítico y el deseo de expresar literariamente la realidad oculta por la prensa. Para nosotros la literatura cumplía el deber que en los países democráticos corresponde a los medios de comunicación”.
La elección de Almería como destino tuvo un detonante curioso: la mili. De allí era la mayoría de los reclutas con los que el novelista coincidió en, todavía recita los datos de carrerilla, el Regimiento de Infantería Badajoz número 26: “Me llamaba la atención el desamparo educativo y social en el que vivían. La mayor parte eran analfabetos. Me interesaron mucho los giros idiomáticos que empleaban. Anotaba frases que me llamaban la atención. Me serví de ellas al redactar Campos de Níjar”.
Ese libro y el posterior, La Chanca (1962), dedicado al barrio del mismo nombre en la capital almeriense, le valieron a Goytisolo el título de hijo adoptivo de Almería. Años después, en 2000, sus protestas por la persecución de inmigrantes subsaharianos y magrebíes en El Ejido le valdrían el de persona non grata: “Un país de emigración como España se transformó en país de inmigración. El cambio fue demasiado rápido: de la extrema pobreza a la extrema riqueza sin recibir una educación política y cultural. Esto dio lugar a episodios tan lamentables como los de El Ejido”.
Pese al extremo realismo de sus páginas, Campos de Níjar pasó la censura franquista “sin recorte alguno”. Juan Goytisolo tiene una explicación para esa, añade irónicamente, “hazaña”: “El lector sacaba una impresión desoladora de la pobreza, pero no había nada concreto a lo que referirse. Estaba todo tan minuciosamente calcu­lado que el censor no podía aferrarse a una frase concreta. Esto lo consideré entonces una gran victoria, pero luego me entró cierta melancolía: me di cuenta de que si no lo habían censurado era porque me había censurado yo mismo. A partir de entonces decidí dejar al censor su papel y yo cumplir con el mío. Lo que se publicó después fue prohibido”.


Un grupo de inmigrantes magrebíes observa cómo arden algunas chabolas en El Ejido (Almería), en 2000. / JULIÁN ROJAS

EL LIBRO-FRONTERA

 La matanza de Yeste. Compuesta de la doble y contradictoria versión de los protagonistas del suceso, he aquí la síntesis informativa divulgada posteriormente en los periódicos imparciales.
“Al sonar las primeras detonaciones hay un movimiento de pánico. Los paisanos tratan de arrebatar los fusiles a los guardias y los acometen con sus hoces y sus cuchillos. En tanto que el grueso de la multitud se desbanda, los hombres más audaces forcejean con los civiles y emprenden con ellos un violento cuerpo a cuerpo. Un campesino logra apoderarse del mosquetón de uno de los números y dispara sobre él. El guardia Pedro Domínguez Requena se lleva las manos a las cartucheras y las retira empapadas de sangre. Al caer, un paisano le hunde en el cuello un gancho de conducir pinos. El delegado del Ayuntamiento de Yeste, Andrés Martínez Muñoz, primer teniente de alcalde y presidente de la oficina de colocación, implora inútilmente una tregua. El brigada le hace fuego a bocajarro diciendo: ‘¡Toma, por ser de la Gestora!’. Desde tierra suplica vida salva en nombre de sus hijos y el brigada le remata con tres balazos. ‘De éste no os ocupéis — grita—, que no sana”. […]
“Cuando los periodistas llegan al lugar unas horas después del tiroteo se divisan todavía cuajarones de sangre en la boca de la atarjea. En la otra alcantarilla hay un reguero negruzco de varios metros de longitud. Entre los zarzales, una boina nueva, un pañuelo y varios trozos de paño manchados de rojo revelan los esfuerzos de las víctimas por restañar la hemorragia. Olvidados en medio del campo yacen cuatro cadáveres. Una mujer llora arrodillada junto a uno de los cuerpos. El hombre herido en el brazo y en la pierna agoniza aún, perdiendo sangre y escupiendo baba. El sol brilla implacablemente y hormigas y moscas se disputan el inesperado festín bajo la presencia agorera de los buitres que, en círculos tenaces y concéntricos, planean sin prisa sobre los olivares”.
Señas de identidad (1966)
 Juan Goytisolo recuerda que empezó a escribir Señas de identidad en París en 1962. La publicó en 1966, eso sí, en México. En España estuvo prohibida hasta la muerte de Franco. Durante meses, el original tuvo como título provisional un verso de Luis Cernuda: "Mejor la destrucción, el fuego". Del poeta sevillano aprendió el novelista barcelonés el uso de la segunda persona tan característico de su estilo. El libro es además el parteaguas de la narrativa del último premio Cervantes: “Con él empieza mi obra adulta”. Goytisolo tenía 35 años cuando la publicó y era ya autor de novelas “tradicionales” más que dignas pero que no le convencen:“Señas nace de la insatisfacción respecto a mi propio trabajo. Con los primeros libros había cumplido con mi deber de ciudadano, pero no con mi deber de escritor”. ¿Qué deber? “Devolver a la literatura algo distinto de lo que recibiste. Sin la idea de novedad no hay obra verdadera, y yo no había roto con el canon literario”.
Dice Goytisolo que a partir de Señas de identidad su escritura no distingue la prosa de la poesía. “Verso libre narrativo”, llama a un estilo que rompe la ortografía y la linealidad del argumento y en el que las crónicas de prensa se mezclan con las citas de los clásicos, las canciones populares con los diálogos de películas baratas y la religión con la pornografía. Aunque se aparte de la tradición realista española, la novela no se aparta de España, su grisura presente y su crueldad pasada. En 1981, Goytisolo volvió al pueblo albaceteño de Yeste para comprobar que, “aunque la vida había mejorado y se respiraba mayor libertad”, todavía se hablaba de “canalla roja” en los escenarios de uno de los acontecimientos recreados en su relato: la matanza en mayo de 1936 de varios campesinos “a manos de las fuerzas del orden enviadas por el cacique del pueblo”. Junto a cuestiones históricas y políticas, el libro recoge también cuestiones más sociológicas: la especulación inmobiliaria, por ejemplo. Ahora es fácil reparar en ello; en los años sesenta, no tanto: “La literatura siempre se adelanta a la realidad. Lo que dice no lo ve una mayoría, pero poco a poco se va imponiendo”.
Además de un hito en la trayectoria de su autor, Señas de identidad se convirtió en una fórmula usada hasta el absurdo: “En un periódico hablaban de un exhibicionista que a la salida de un colegio de niñas mostraba sus ‘señas de identidad’. Me encantó la acepción que le daban al título”, se ríe el escritor. Por lo demás, la contundencia del sintagma ha confundido a muchos lectores: “El título está al final de la novela cuando se habla de ‘Álvaro Mendiola a secas, sin señas de identidad’. No se trata de afirmar la identidad, sino de negarla”.

ELOGIO DEL TRAIDOR



Juan Goytisolo, en Tánger en 2007. / JOAQUÍN MAYORDOMO
 En el café del moro. altivo, gerifalte Poeta, ayúdame : a luz más cierta, súbeme : la patria no es la tierra, el hombre no es el árbol : ayúdame a vivir sin suelo y sin raíces : móvil, móvil : sin otro alimento y sustancia que tu rica palabra : palabra sin historia, orden verbal autónomo, engañoso delirio : poema : alfanje o rayo : imaginación y razón en ti se aúnan a tu propio servicio : palabra liberada de secular servidumbre : ilusión realista del pájaro que entra en el cuadro y picotea las uvas : palabra-transparente, palabra-reflejo, testimonio ruinoso yerto e inexpresivo : cementerio de coches, oxidada hecatombe en las orillas de la gran ciudad : incontinencia verbal que ensucia y no abona, deyección maloliente e inútil : discursos, programas, plataformas, sonoras mentiras : palabras simples para sentimientos simples : amores honestos, convicciones fáciles : las tuyas, Julián, en qué lengua forjarlas? : palabra extrema de pasión extrema, orquídea suntuosa que envuelve e hipnotiza : pasión vedada, sentimiento ilícito, fulgurante traición
Don Julián (1970)
 Narrador y ensayista, Juan Goytisolo es también autor de dos títulos fundamentales de la literatura autobiográfica en español: Coto vedado (1985) y En los reinos de taifa (1985). Escritas sin tapujos familiares, sexuales o literarios, esas memorias terminan con el autor contemplando la costa española desde Tánger, la ciudad en la que todavía pasa cada verano para huir del calor de Marraquech. La evocación del conde don Julián, el noble visigodo que según la leyenda habría facilitado la entrada en la Península de los musulmanes, era evidente. En 1970 Goytisolo publicó la segunda novela en la que aparece Álvaro Mendiola, la voz surgida en Señas de identidad. En ella, un español asentado en Tánger desata su cólera contra la tradición moral y cultural del nacionalcatolicismo hispánico. “Su violencia extrema responde a una situación que para mí era muy violenta”, recuerda. “La prensa española me insultaba, la censura prohibía mis libros y el Partido Comunista me atacaba. Si a eso le sumas el descubrimiento de mi homosexualidad…”. De todo ello habla en esas memorias que terminan en la orilla africana del Estrecho. De todo ello surgió su particular elogio del traidor oficial de la España oficial, publicado con el primer título de Reivindicación del conde don Julián. El hecho de que todas las traducciones se limitaran al nombre del reivindicaco llevó al escritor a rebautizar un libro al que se refiere como "una explosión irrepetible". “En 1969 me vi mezclado en una lucha interna del PCE a raíz de un artículo que publiqué en L’Express como motivo del 25º aniversario del final de la Guerra Civil. Decía que el franquismo no iba caer víctima de la lucha de la izquierda, sino que la transformación social que estaba ocurriendo en España iba a arrinconar al régimen como a una antigualla, que es lo que sucedió”.
¿Tan claro estaba? El progreso económico no siempre trae la democracia. Ahí está China. Goytisolo escucha la pregunta y continúa: “Era lo que intentaban en el tardofranquismo: mantener las estructuras del régimen y el poder de la Iglesia abriendo la libre concurrencia. En España fue esencial la salida a Europa de tres millones de españoles, que entraron en contacto con sociedades abiertas, y la llegada masiva de los turistas. Este doble influjo alteró profundamente la sociedad. El franquismo no pudo contenerlo y el PCE no quiso verlo, y decir aquello en aquel momento era una blasfemia. Al haber mostrado mi artícu­lo a Fernando Claudín y Jorge Semprún, y contar con su aval, me vi mezclado en la polémica. Yo no sabía que existía una dispu­ta interna y Santiago Carrillo arremetió contra mí y usó el artículo como elemento de la lucha contra Claudín y Semprún. Esto me desanimó”.
La “agresión onírica y esquizofrénica” contra el canon que supone Don Julián nació también, añade Goytisolo, de “la conciencia de que el régimen de Franco no era fruto de la casualidad, sino de una larga tradición nacionalcatólica”. Partiendo de una invocación de Góngora, el narrador trata de “destruir la imagen de la España sagrada, incapaz de abarcar la riqueza y la variedad de la tradición española”. El escritor, no obstante, insiste en que no se juzgue la novela como un ensayo. Para eso están sus estudios sobre La lozana andaluzaJosé María Blanco White o Manuel Azaña. La otra España posible. La heterodoxa, dicen.

APÁTRIDA AL FIN



Juan Goytisolo en la terraza del Café de France, en la plaza de Xemaá-el-Fná, en Marraquech, en 1985. / BERNARDO PÉREZ
∂ cuando las voces broncas del país que desprecias ofenden tus oídos, el asombro te invade : qué más quieren de ti? : no has saldado la deuda? : el exilio te ha convertido en un ser distinto, que nada tiene que ver con el que conocieron : su ley ya no es tu ley : su fuero ya no es tu fuero : nadie te espera en ítaca : anónimo como cualquier forastero, visitarás tu propia mansión y te ladrarán los perros : tu chilaba de espantapájaros se confunde con la de los habituales mendigos y alegremente aceptarás la ofrenda de unas monedas : el asco, la conmiseración, el desdén será la garantía de tu triunfo : eres el rey de tu propio mundo y tu soberanía se extiende a todos los confines del desierto : vestido con los harapos de tu fauna de origen, alimentándote de sus restos, acamparás en sus basureros y albañales mientras afilas cuidadosamente la navaja con la que un día cumplirás tu justicia : la libertad de los parias es tuya, y no volverás atrás
ávidamente te asirás a tu anomalía magnífica
Juan sin Tierra (1975)
 ∂ “Los que no me entendéis, / dejad de seguirme. / Nuestra comunicación ha terminado. / Estoy definitivamente al otro lado, / con los parias de siempre, / afilando el cuchillo”. Con estas líneas, pero escritas en caracteres árabes, termina Juan sin Tierra, la novela que cierra la llamada trilogía de Álvaro Mendiola, iniciada con Señas de identidad y continuada con Don Julián. Alguna vez se han publicado juntas bajo el título de Tríptico del mal, pero Goytisolo aclara que se trató de una decisión editorial. Lo que fue decisión suya fue podar en sus obras completas, publicadas por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, la “carga teórica” en esta novela, que defiende respecto a la moral dominante una rebelión sexual similar a la rebelión textual planteada por Don Julián respecto al canon dominante. “En los años sesenta”, recuerda su autor, “leía más a los formalistas rusos, el círculo de Praga, Benveniste, lingüística… Llegó un momento en que tenía que elegir entre seguir siendo un escritor-novelista o convertirme en un teórico de la literatura. Y corté con este tipo de lectura. Como decía Proust en El tiempo recobrado: “Una obra en la que hay teorías es como un objeto en el que se deja la etiqueta del precio”. Como sugiere su título, Juan sin Tierra buscaba certificar la “muerte” de Juan Goytisolo como escritor español. Al menos desde el punto de vista de las reglas dictadas por “doña Hakademia”.

LEER MARRAQUECH


 La mancha de lo perfecto. Para facilitar el primer contacto, la Guide Bleu aconseja subir al atardecer a la terraza florida de algún café, cuando el sol incendia el paisaje urbano y es posible atalayar en su esplendor la ubicua improvisación de su fiesta
Fodor propone, al revés, una irrupción matinal por Bab Fteuh, a fin de captar muy a lo vivo el increíble bric-à-brac de sus mercados
Nagel, Baedeker, Pol, más precavidas, sugieren una aproximación leve y discreta : pillarla de flanco sin prevención ni aparato, y dejarse arrastrar por el gentío hasta desembocar inopinadamente en ella couleur lócale breakaway fascinación
y sin embargo
como una araña, como un pulpo, como un ciempiés que se desliza y escurre, bulle, forcejea, elude el abrazo, veda la posesión
todas las guías mienten
no hay por dónde cogerla
Makbara (1980)
 En la plaza de Xemaá-el-Fná de Marraquech, esa sobre la que las guías “mienten”, hay una placa enorme que certifica en varios idiomas su declaración como patrimonio inmaterial de la humanidad. Mucho tuvo que ver en esa declaración Juan Goytisolo, que presidió durante años el comité de selección de la Unesco. “Fue una manera de protegerla de la especu­lación inmobiliaria”, explica. Él vive cerca de allí, en una casa que compró en 1981, “cuando nadie quería vivir en la Medina”. Un año antes había publicado Makbara(cementerio en árabe), una novela dedicada “a quienes la inspiraron y no la leerán”, es decir, a los habitantes de la ciudad ocre-rosada. Goytisolo llegó a ella por primera vez en 1976 para aprender el árabe dialectal: “En Tánger todo el mundo terminaba hablándome en español. Aquí no, y yo decía que no sabía francés, pero sí algo de árabe”. Ahora se dirige en ese idioma a los vecinos que se encuentra por la calle o en el Cafe de France.
Si Don Julián fue escrita bajo la advocación de Góngora, Makbara invoca al Arcipreste de Hita: “Escuchando una de las historias que contaba un juglar de la plaza al que apodaban Cohete —era muy alto— reparé en que en el Libro de Buen Amor hay una versión parecida. Frecuentar la plaza me ayudó a comprender la tradición española y en qué contexto funcionaba la oralidad. Traté de que eso estuviera en la novela, por eso siempre aconsejo, como para el resto de mis libros adultos, una lectura en voz alta, a veces incluso cambiado el tono: grave, irónico… Por ejemplo, en Paisajes después de la batalla”.

PARÍS MESTIZO



Porteadores clandestino en el barrio parisiense del Sentier, en 1998. / AVELINO ESTÉVEZ
 Ni Stalin ni Trujillo ni Pol Pot: Bela Lugosi. La idea me vino al contemplar el culebrón interminable que diariamente se formaba a lo largo de la acera de mi manzana durante el festival del Filme de Terror: millares y millares de personas, de todas edades y categorías socioprofesionales, aguardaban pacientemente, soportando los rigores de un tiempo ­desapacible y hosco, el instante exquisito de abonar el precio, bastante elevado por cierto, para introducirse en la sala archirrepleta, y pasar allí una hora y pico de angustia y sobresalto, sudores fríos, palpitaciones y vuelcos del corazón, gemidos ahogados y a veces gritos de verdadero pánico, en un estado de febrilidad, casi de trance, sólo comparable, por su intensidad y plenitud, al deliquio amoroso. Descubrimiento capital, incontrovertible, del que no tardaría en sacar provecho: aquel gentío anhelaba vivir en una atmósfera de zozobra y espanto, estaba dispuesto a sufrir, a pagar por ello.
En consecuencia, desde mi ascensión al poder, he ajustado a dicha observación mi conducta y gobierno, procurando al pueblo, a mi pueblo, de continuo y de balde, un ambiente y acción parecidos a los que antes, por pura frustración, se veían obligados a buscar en la penumbra y anonimato del cine: vivir en un estado de inquietud asfixiante, temblar cada vez que suena el timbre y no es la hora en que suele venir el lechero, bajar desprevenido la escalera y topar con la cabeza ensangrentada del vecino que había contraído la necia costumbre de lamentarse y hablar mal de mí; salir a la calle con el temor de que un coche oscuro, sin matrícu­la, frene junto a una persona inofensiva cualquiera y cuatro individuos enmascarados la empujen brutalmente al interior del vehícu­lo y desaparezcan con ella sin dejar rastro.
Paisajes después de la batalla (1982)
 Instalado en París desde 1956, Juan Goytisolo empezó a trabajar al año siguiente como asesor de la editorial Gallimard, donde conoció a su futura esposa, Monique Lange. Con ella se instaló en la mestiza Rue Poissonière, escenario de Paisajes después de la batalla, una novela fragmentaria, política y loca, cargada de humor, que se abre cuando el protagonista, trasunto de Goytisolo, sale a la calle y se da cuenta de que no entiende las pintadas porque no están en francés, sino en turco: “La experiencia de la emigración que había conocido en la mili la reviví cuando me establecí en París, en el Sentier, un barrio compuesto primitivamente por una mayoría de franceses de origen armenio y judío que luego vivió la llegada de oleadas de italianos y españoles. Más tarde aparecieron los árabes y poco después, masivamente, los turcos tras el golpe militar en su país. También paquistaníes e hindúes. Salir a la calle era, como en el libro de Cortázar, dar la vuelta al día en ochenta mundos”. Las pintadas podían decir, en turco, cosas como ‘Viva la lucha de las masas populares del Perú’. ¿La razón? El apoyo a Sendero Luminoso de los trabajadores exiliados que se reunían en una asociación a la que Goytisolo, que vivía a 200 metros, acudía cada tarde para aprender el idioma.
La novela está llena de referencias a la alta y a la baja cultura —“¿sabrán los jóvenes de hoy quién era Bela Lugosi?”— y retrata un París ajeno a todo glamour. Tal retrato tuvo sus consecuencias: “No era precisamente un barrio aristocrático, no. En Estados Unidos e Inglaterra las críticas fueron muy buenas; en Francia, no. La responsable de las páginas literarias de Le Monde dijo de mí: ‘¿Quién se cree que es para hablar así de París?’. Lo consideraron una ofensa porque los novelistas extranjeros hablaban del Barrio Latino o de Montmartre, pero no de los barrios poco elegantes”.
Para Goytisolo, el Sentier era un ejemplo de integración quebrado por la “expulsión” de los inmigrantes de origen musulmán hacia las afueras, hoy célebres por las revueltas de 2005: “Fue un fracaso de la República respecto a la inmigración. Hoy vas a los barrios de la banlieu, al norte de París, y notas la segregación. A la especulación inmobiliaria se sumaron los errores de Chirac. Jóvenes que se estaban integrando en el centro —conozco varios casos— fueron desplazados a los arrabales. Volvían convertidos en pequeños delincuentes. Se crearon guetos. Muchos terminaron cayendo en el extremismo islámico. Como no se les consideraba verdaderos franceses, trataron de convertirse en auténticos musulmanes sin atender al discurso delirante al que estaban sometidos. El resultado está en los atentados contra Charlie Hebdo y el supermercado judío. Algo horroroso. Por eso mucha gente dijo ‘Yo no soy Charlie, soy Ahmed”.

MÍSTICA Y MIEDO (AL SIDA)



Ilustración de Frederic Amat para 'Las virtudes del pájaro solitario'.
∂ La agonía sanjuanista. pronto, rápido, agárrate a la sombra huidiza del tiempo, coge tus deseos por el rabo, repasa con celo los recuerdos más bellos, atesora imágenes de cuerpos, rostros, miembros hermosos, instantes felices, afanes colmados, rememora la dichosa plenitud de tus versos y su lectura encendida en voz alta sin olvidar la sonrisa y figura de quienes te inspiraron, las notas del piano expresamente tocadas para ti, tus tormentos y goces de enamorado, apresúrate, no dispones de tiempo, el reloj de la mesilla de noche escurre sus últimos granos de arena, frailes comisarios malsines enfermeras doctores parecen agitarse en torno al lecho con mascarillas y guantes protectores, todo ha sido breve, denso, apasionante y confuso como un sueño, infancia estudios vocación escritura beatitud extática, todo soñado!, persecuciones encierro castigos manuscritos quemados, puro sueño!, celda del convento procesión en jaulas soledad de amor herido en las alhamas, igualmente soñados!, despierta de tu sueño, penetra al punto en el que lo contiene, en el círculo de materia incompósita que lo ciñe y abarca, tu vida ha sido recia, los raudales de luz que te deslumbran son fruto de la hiperestesia?, de una droga nueva y más fuerte que tus veladores te han inyectado?, o has llegado al fin al Loto del Término y sus mansos ríos?, recita, recita una vez más los versos traducidos por Ben Sida, la pasión persevera y la unión se demora, el encuentro no llega y la paciencia se agota, si no hay posible amor contigo, promételo al menos a mi esperanza y prolóngala por mí aunque no te propongas realizarla, un gesto tuyo desabrido me resulta infinitamente más dulce que el sí de un amante solícito!
Las virtudes del pájaro solitario (1988)


Ilustración de Frederic Amat para 'Las virtudes del pájaro solitario'
∂ “En 1985 contraje en Egipto una dolencia intestinal que no lograban curarme. Muchos amigos estaban muriendo de sida y yo llegué a pensar que lo tenía. Algunos síntomas coincidían. En febrero de 1986 empecé a escribir Las virtudes del pájaro solitario. Me salió de un tirón. Hay libros que he ido escribiendo por fragmentos que luego he montado. Fue el caso de Señas de identidad y de Paisajes después de la batallaDon Julián y Las virtudes los escribí de principio a fin, en estado febril casi”. Así recuerda Juan Goytisolo la génesis de un libro atravesado por la muerte y contrapunteado por la voz de San Juan de la Cruz, que en sus Dichos de luz y amor describió las cinco condiciones del pájaro solitario: “La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente”.
A Goytisolo siempre le fascinó el hecho de que San Juan se tragara unas páginas suyas antes de ser detenido. Los versos del poeta y las circunstancias de su detención se mezclan en una novela de la que partió José María Sánchez-Verdú para componer la ópera El viaje a Simorgh. Se estrenó en el Teatro Real de Madrid el 4 de mayo de 2007 con dirección musical de Jesús López Cobos y coreografía de Cesc Gelabert. La dirección y la escenografía corrieron a cargo de Frederic Amat. Pintor y escritor colaboraron también en una edición ilustrada de novela.

La muerte


Monique Lange, la primera por la izquierda, al lado de Juan Goytisolo.
∂ Habla el demiurgo. “No hay grandes diferencias entre tú y yo. Aunque fuiste engendrado por una gótica de esperma y a mí me fabricaron a golpe de especulación y concilio, los dos tenemos lo primordial en común: la inexistencia. Somos quimeras o espectros soñados por algo ajeno, llámalo azar, contingencia o capricho. Tú naciste muerto y perteneces ya al reino de las sombras. Yo fui inventado a lo largo de milenios de querellas bizantinas y dejaré de existir el día en que el último de tus semejantes cese de creer en mí. Cada uno de mis atributos o propiedades imaginarios fueron causa de disputas, enmiendas, precisiones, luchas mortíferas. ¿Soy Uno, soy Trino, soy Misericordioso? […] ¿Por qué Trino y no Cuádruple? La madre de mi Hijo ¿no reunía acaso los requisitos de una verdadera Deidad? Y, puestos a soñar, yo, el Soñado, ¿por qué no sería un Hexágono o, mejor aún, un Decaedro de tantas caras y ángulos como mandamientos esculpidos en las Tablas de la Ley que entregué a Moisés? Me veía a mí mismo como un bloque cristalino y prismático, como esos ojos de las moscas capaces de examinar los seres y cosas desde enfoques opuestos. Te confieso mi envidia a los dioses paganos: tenían competencias limitadas, pero vivían sin rebozo sus pasiones y odios, no se tomaban demasiado en serio, os mentían pero se dejaban sobornar y aplacar. A mí, en cambio, me vedáis el humor y la risa. Soy solemne como vuestros autócratas o Napoleón en el día de su coronación. […]”.
Telón de boca (2003)
∂ Juan Goytisolo se instaló definitivamente en Marraquech en 1997, donde vive con su “tribu”, la familia de su amigo Abdelhadi. Un año antes había muerto su mujer, Monique Lange, que en la novela Casetas de baño narra el modo en que encajó la homosexualidad de su marido. Encima de la tele, en casa de Goytisolo, hay una foto de Lange y su figura, su ausencia, atraviesa Telón de bocaun lamento con tres personajes: el narrador, Ella y el demiurgo, Mefisto, que se hace pasar por Dios. Cuando se publicó en 2003, el escritor anunció que con esa novela cerraba su obra aunque en 2008 publicó El exiliado de aquí y alláuna secuela de Paisajes después de la batalla. El resto han sido artículos y ensayos, algún poema. Eso sí, acaba de entregar a su agente, Carmen Balcells, un libro “sobre asuntos sociales y personales”, dice escuetamente. Ha dado orden de que solo se publique 10 años después de su muerte.